‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Shia LaBeouf solo quiere caerte bien

Shia Allmymovies

Después de ver su filmografía completa (29 películas en orden cronológico inverso) durante 55 horas ininterrumpidas en su celebrado maratón #ALLMYMOVIESShia LaBeouf ha concedido la primera entrevista (con Newhive, que organizó el streaming, por supuesto) para hablar sobre la experiencia/performance que tantos buenos momentos, reflexiones y capturas/gifs de reacción nos ha dado estos días y que ha hecho en última instancia que mucha gente vea con otros ojos al actor.

¿Hemos asistido en directo a la redención pública de Shia LaBeouf? Os traduzco algunos de los fragmentos más interesantes de la entrevista (via Vulture) para que respondáis vosotros mismos.

Sobre la experiencia de ver la película de Even Stevens acompañado:

“La película de Even Stevens fue interesante, porque forma parte de la infancia de todos nosotros. De la mía y de la tuya. Yo no era el único que sonreía al verla. Si miráis las capturas del streaming veréis que todos están sonriendo, recordando a Beans. Cómo me acordaba de esa estúpida canción. Era como si estuviéramos mirando nuestro anuario juntos y todos estuviéramos en él. Me sentí en familia, fue como estar sentado con mi clase del instituto“.

Sobre cómo consiguió aguantar sus peores películas:

Creo que lo peor empezó después de Lawless. Ahí es cuando las películas empezaron a volverse una mierda. En serio. El público notó que yo estaba sintiendo que eran una mierda, y era como si todos estuviéramos compartiendo un secreto. Y no porque yo salga en las películas. Todos estamos en el mismo barco, yo también era un espectador y para mí también es duro aguantarlas. De hecho, decidí echarme una siesta porque me odié a mí mismo. No porque estuviera cansado, sino porque me estaba muriendo de vergüenza. A nadie le molestó que lo hiciera. Cuando me desperté una hora más tarde y vi Transformers 2 es cuando sentí que me hundía en mi butaca. No estaba haciendo una performance. Era yo atravesando una crisis. Y no era yo solo. Antes de dormirme miré al tipo que estaba a mi lado y también se estaba durmiendo. Puedes vernos sobando a los dos en las capturas. Y al que había detrás también.

Sobre lo que sintió cuando todo terminó y se marchó del cine:

Salí de allí queriéndome a mí mismo. Pero no de forma arrogante, no en plan “eres la puta hostia”, sino como parte de una comunidad. Sentí que formaba parte de algo humano, que yo era humano. Siempre me he sentido como un animal en un mundo de humanos teniendo que jugar al juego de los humanos y llevando una máscara de humano. Pero al salir de ahí sentí que por primera vez formaba parte de esto de verdad. Fue muy humanizador. Salí queriéndome a mí mismo. Y no creo que yo fuera el único que se sintió así.

Y para terminar:

Creo que la gente me odia, y lo único que quiero es caerles bien“.

Aquí podéis leer la extensa entrevista completa: http://blog.newhive.com/allmymovies-interview/

Crítica: Fury (Corazones de acero)

Logan Lerman Brad Pitt

Texto escrito por David Lastra

En 2015, una película bélica puede dar más miedo y respeto que Macarena Gómez en Musarañas y un Babadook juntos. Como aquel que se atrevió a afirmar que “la Historia ha muerto”, el espectador clamaba que ya se había cansado de tiros, balas y soldados estadounidenses descuajeringando nazis (y viceversa). De ahí que esta clase de películas desapareciesen de las carteleras. Un reposo latente, no tan cercano a la muerte como otros géneros clásicos, como el western. De vez en cuando, alguna valiente como Kathryn Bigelow con En tierra hóstil, nos ha demostrado que todavía no lo hemos visto todo, que seguía habiendo historias que contar. Este 2015 es David Ayer (director de Sin tregua, guionista de Training Day) el culpable de que volvamos a ver tanques en la gran pantalla con su Corazones de acero (Fury).

Si destacábamos la originalidad de Bigelow a la hora de acercarse al conflicto, en el caso de Ayer, el aspecto más destacable es su sobriedad a la hora de rodar. Corazones de acero es un alivio ante las producciones de acción de nuevo cuño. Su clasicista decisión de no descoyuntarnos con movimientos de cámara imposibles que desafían a la velocidad de la luz es su gran acierto. Ese temple, junto a su acertada forma de narrar y de acotar los detalles y no dejarse llevar por tramas secundarias innecesarias, hace que la obra de Ayer remita directamente a clásicos como Sahara (en la que el mismísimo Humphrey Bogart capitaneaba un tanque el desierto libio) más que obras bélicas contemporáneas como La delgada línea roja o Salvar al Soldado Ryan. Corazones de acero nos cuenta los horrores de la guerra basándose en imágenes potentes y un guión solvente (que no Cartel CorazonesAcerosorprendente) sin caer en el romanticismo poético y aburrido de las dos últimas películas citadas. En este film, un caballo abierto en canal es la única opción de una mujer para encontrar comida y no una metáfora de la libertad del pueblo europeo.

El grupo salvaje encargado de domar a Fury (tanque) y acribillar alemanes, está capitaneado por un cumplidor Brad Pitt (también productor de la cinta), todo un seguro interpretativo en la última década, a medio camino entre John Wayne (en sus mejores momentos en el film) y su caricaturesca interpretación italiana de Malditos bastardos (en los peores). Acompañan correctamente al marido de Angelina Jolie, el enfant terrible de la performance Shia LaBeouf; Michael Peña, chico Ayer en Sin tregua; y el televisivo Jon Bernthal (The Walking Dead). A destacar la presencia del niño mimado de esta página, Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado), que se apunta otro tanto en la taquilla y otra notable interpretación. La credibilidad de este grupo puede haber ayudado a la elección de Ayer para lidiar con Will Smith o Jared Leto en Suicide Squad, el que está llamado a ser uno de los hypes cinematográficos del próximo año.

Corazones de acero es cine bélico hecho con plantilla. No sorprende, ni emociona, pero tampoco aburre en ninguno de sus ciento treinta y cuatro minutos, y eso tiene mucho mérito.

Valoración: ★★★½

Crítica: Nymphomaniac. Volumen 1

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Texto: David Lastra

Desde tiempos inmemorables, la labor del tonto del pueblo siempre ha sido la de divertir con sus torpezas y sandeces al resto de sus conciudadanos. Gracias a ese humor malsano y, en cierto modo, autoconsciente, el tonto del pueblo ha logrado medrar en el escalafón hasta ser un pilar necesario de la sociedad. Ese otrora marginado, se convierte en la voz de la libertad, ya que de su boca solo saldrán esputos de realidad, que no deberán ser confundidas con verdades, ya que esa propiedad se atribuye históricamente a los borrachos y los niños.

Tras su polémica autodenominación como nazi en la rueda de prensa de Melancolía en el Festival de Cannes, Lars Von Trier decidió mostrar todas sus cartas y proclamar a los cuatro vientos algo que sus espectadores más ávidos ya sabíamos hace tiempo: Mi función es la del tonto del pueblo. Reivindico la existencia de personas que digan las cosas tan torpes como las que dije yo. Es bueno para la salud política que se digan cosas así. Los tabúes son malos para la salud política. Es mejor que exista la posibilidad de decir cosas que son basura que pronunciar solo lo que se considere correcto (Público, 01/11/2011). Esa es la libertad del tonto del pueblo, esa es la base del cine de Lars Von Trier y, por extensión, la de la película que hoy nos ocupa: Nymphomaniac.

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En la citada presentación de Melancolía, Von Trier anunció un proyecto pornográfico (no olvidemos que su productora Zentropa ya tuteló los largometrajes porno Hot Men Cool Boyz, Pink Prison, Constance y All About Anna), demandado según el propio director por la actriz Kirsten Dunst, porque así son las mujeres: hardcore. Lo que muchos entendieron como una tomadura de pelo, cristalizó en un proyecto mastodóntico de cinco horas que prometía un festival de penes, chochetes y demás pelambreras en acción, con una buena dosis de penetraciones y felaciones reales (al final nos tendremos que contentar con dobles de cuerpo, pero siempre nos quedará la esperanza de un comunicado de Von Trier dentro de veinte años diciendo que todo fue una gran farsa y no había especialistas). Un cast de ensueño capitaneado por Charlotte Gainsbourg, musa de su Trilogía de la depresión, y un gran plantel de actores hollywoodienses descastados (Christian Slater y Uma Thurman), parte de la realeza europea (Stellan Skarsgard y Connie Nielsen) y un chico blockbuster Shia LaBeouf dispuesto a todo.

Como si de una broma por parte de los Weinstein se tratase, Nymphomaniac se nos presenta en dos volúmenes. Estrenándose el primero de ellos en las pantallas españolas el mismísimo día de Navidad (y un mesecito después, el 24 de enero la segunda). Conocemos por primera vez a Joe, nuestra protagonista, tendida en el suelo de un callejón tras haber recibido lo que no sabemos si ha sido una paliza o un polvazo. Es en ese preciso instante, entre las gotas de agua y el trallazo de Rammstein, cuando Seligman salva de la calle al ángel caído. Una taza de té después descubrirá que más que un ángel, lo que ha llevado a su casa es nada más y nada menos que un ángel-puta de la estirpe de Laura Palmer. Desde el no-lugar que es la habitación de Seligman, Joe comenzará a relatar su caótico cuento moral a modo de capítulos eyaculados directamente por el coño de Joe. Porque no estamos ante una película narrativa al uso. Aquí no hay voces, hay flujo vaginal para dar y tomar.

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Durante dos horas conoceremos la odisea sexual de una mujer autodiagnosticada ninfómana, desde las nada inocentes ranitas hasta un acto sexual con “ingrediente secreto”, pasando por la pérdida de la virginidad y el trenecito chuchú. La despreciable Joe (denominación también autoimpuesta) comete el crimen de ser consciente del poder de la mujer: su coño. Dadme un coño y moveré el mundo. Who run the World? Cunts. La vulva de Joe es el centro de la historia y a través de ella irán entrando todos y cada uno de los personajes masculinos de la historia (el lesbianismo nos espera a la vuelta de la esquina). A través de ese orificio sagrado, Joe desarrolla la maldad del par 23 para con el macho. Crímenes que van desde el pecado capital del orgasmo fingido, la adulación y consiguiente violación, llegando incluso a atacar a una semejante robándole la pareja. Pero no caigamos en la estupidez de tacharle de misógino como gran parte de sus detractores, Von Trier habla de la mujer porque conoce sus rasgos a la perfección. El danés es un especialista en la psique femenina. Si acaso no de la mujer como ser humano, sí de su naturaleza como hembra. La llamada Naturaleza que tan bien lleva explorando desde sus comienzos y que llegó a su culmen en Anticristo.

Si el caos reinaba en las aventuras campestres de Gainsbourg y Willem Dafoe (que se reencontrará con su amada en el segundo volumen) y la desesperación en Melancolía, el humor hace lo propio en Nymphomaniac. El gracejo del danés siempre está presente, ya sea a través del sadismo (especialmente en la trilogía del corazón dorado) o por la vía de lo burdo (El jefe de todo esto o Los idiotas). En esta ocasión decide decantarse por lo segundo, lo primero estará presente de manera contundente de la mano (puño) de Jamie Bell en la siguiente entrega. Von Trier construye situaciones desbocadas, fuera de todos los límites, y es ese exceso el que provoca la consiguiente carcajada. No una sonrisa cómplice o una risilla nerviosa ante la imagen de un pito bamboleante, sino una gran y sonora carcajada. Una reacción completamente buscada, no solo en la caza (perdón, pesca) en los vagones para conseguir la bolsita de chocolates o en la excesiva escena con Mr. y Mrs. S, sino con cada metáfora de Seligman. Durante la narración alterada de Joe, Seligman se empeña en no juzgar a su huésped a través de paralelismos entre el comportamiento de la mujer con la pesca (aplaudamos al señor Von Trier por el anzuelo clitoriano) o la inmensa polifonía de la Choralvorspiel de Bach. El ver a Fibonacci ante un claro caso de 3+5 (por el culo te la hinco) es descacharrante y un guiño a la cantidad de papanatas que comulgan con el tratamiento psicológico de la depresión. No obstante, su nombre es un guiño para nada trivial a Martin Seligman, psicólogo positivista y padre de los estudios de la indefensión aprendida relacionada con la depresión. No me extrañaría que el danés termine moviendo los hilos para que Seligman caiga en las garras de Joe, ya que su pasividad, sus tés y sus cruces de piernas no pueden esconder otra cosa que una notoria erección.

Nymphomaniac

Señores con pene y señoras con vagina (y viceversa), no olvidemos que estamos ante un genio y un bufón y esta Nymphomaniac no debe ser tomada como una obra cinematográfica al uso. Sus lecturas no son tan complicadas como busca el crítico de marras, realmente puede que se acerquen más a la liviana e infravalorada visión del pajillero o pajillera de turno. El arte nunca es objetivo, es real y Von Trier como buen tonto del pueblo que es nos lanza un lefazo de realidad sin ningún tipo de miramiento. Todo en esta película es real. Es una chorrada pararse a hablar de artificialidad o inverosimilitud. ¿Acaso ganas algo yendo en contra de la realidad de Von Trier? Si has entrado en su juego, pantalones abajo marinero.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Pacto de silencio

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Robert Redford suena fuerte para llevarse el Oscar el año que viene por su Náufrago particular, Cuando todo está perdido (All Is Lost). Pero antes de ofrecer la que (supuestamente) es una de las mejores interpretaciones de su dilatada carrera, tenía que quitarse de en medio una de las peores. En su nuevo film como director, Pacto de silencio (The Company You Keep, 2012), sobre un ex miembro del grupo radical The Weather Underground cuya identidad secreta es descubierta y comienza una fuga por el país, Redford trata por todos los medios de demostrar que sigue en forma, física y profesionalmente, pero fracasa estrepitosamente.

Como realizador, Redford demuestra temple y oficio, pero su experiencia no es suficiente para sacar adelante una historia tan mustia y genérica como la que cuenta Pacto de silencio, basada en una novela de Neil Gordon. Como actor (también es el protagonista de la cinta), se muestra inexpresivo, limitado en gran medida por la cirugía plástica. Y no ayuda precisamente que se haya exigido a sí mismo un esfuerzo físico muy superior a sus posibilidades. Redford parece utilizar la película como un recordatorio a la industria y al público: “Eh, que puedo seguir haciendo estas cosas, mira cómo salto, mira cómo corro”. Pero desafortunadamente no puede.

Podemos obviar el hecho de que intente pasar por padre de una (insoportable) niña de 10 años -y eso que mantiene con ella una química desastrosa-, pero resulta especialmente triste verlo saltar verjas, escapar corriendo de la policía (con el uniforme de fugitivo oficial: gafas de sol y gorra en interiores) o incluso haciendo jogging. Redford se empeña en que está para esos trotes, y por muy de acuerdo que estemos con eso de que “la edad se lleva en el alma”, también hay que saber aceptar que el tiempo no pasa en balde. Está claro que Redford debería haberse limitado a sus labores tras la cámara.

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En teoría, Pacto de silencio es un thriller político, pero en la práctica, tiene de político lo que una clase de Ciencias Sociales en el instituto o un post de denuncia en Facebook, y de thriller lo que una tarde (calzados) en el parque. Redford reúne un ecléctico y multigeneracional elenco de talentos interpretativos para infrautilizarlo antológicamente. Convierte a Shia LaBeouf (el típico periodista “que busca la verdad” y nos enseña el lado oscuro de la ética periodística), Julie Christie o Susan Sarandon (hippies que dicen que no son hippies) en meros recipientes de las ideas políticas más simplistas y demagogas, expresadas en diálogos sobre-explicativos que no dejan que el espectador saque sus propias conclusiones.

Este tipo de películas funcionan cuando hay algo de riesgo. Bien manejada, la ambigüedad política y moral de un relato de estas características puede estimular, incitarnos a pensar, a preguntarnos qué nos quieren vender, qué clase de agenda política puede existir detrás de la película, de qué lado estamos, y en última instancia, a descubrir cuál es realmente nuestra postura en el asunto. Si nos dicen qué pensar, si nos explican las metáforas y nos llevan de la mano a través de la película, perdemos el interés y nos aburrimos. Y eso es justo lo que ocurre en Pacto de silencio. Nos aburrimos soberanamente, porque se nos ahoga con clichés y obvias sentencias categóricas que supuestamente desvelan lo podrido que está el sistema, porque nos manipula pero lo hace con las estrategias más evidentes. Y también porque la película no es más que una sucesión de encuentros con personajes que dejan caer torpemente la información necesaria para que la trama “avance”, una eterna y exasperante introducción/contextualización que incorpora personajes nuevos casi hasta el final y no parece arrancar nunca.

Quizás porque estaba ocupado entrenando, o porque realmente no estaba interesado en profundizar, Redford se queda en la superficie de la historia de los Weathermen, utilizándola únicamente para abrirnos los ojos con lecciones de baratillo (“Los políticos y grandes empresarios cometen delitos y están en la calle, y vender marihuana es ilegal”, dice el personaje de Julie Christie) y para señalarnos con el dedo quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Como si no lo supiéramos.

Valoración: ★★