El Rey León: Mismo animal, piel nueva

Hay pocas cosas seguras en esta vida y una de ellas es que El Rey León es una de las mejores películas de animación de la historia. Otra sería que, tarde o temprano, Disney le haría un remake. Justo cuando se cumplen 25 años del estreno del clásico original, el estudio presenta su nueva versión, un espectáculo enteramente digital dirigido por Jon Favreau, quien hace tres años ya se enfrentase al reto de dar vida a animales realistas parlantes con El Libro de la Selva

Sin embargo, en esta ocasión, Favreau y Disney no han llevado a cabo una relectura como sí hicieron con el clásico de los 60 (cuyo escuálido guion tuvieron que modificar y ampliar necesariamente), sino que han optado por mantenerse lo más fiel posible a la original. Y es que si algo no está roto, no lo arregles, debieron pensar. El Rey León es una de las películas de Disney más queridas y está grabada a fuego en la memoria colectiva, así que, teniendo en cuenta que el público por lo general prefiere las adaptaciones literales, estaba claro que esa era la senda a seguir con este remake. Pero, ¿tiene sentido hacer la misma película otra vez?

La nueva versión de El Rey León es prácticamente una reproducción plano a plano de la original, un ejercicio de duplicación similar al Psycho de Gus Van Sant, solo que en este caso, el público sí tiene interés en verlo. Desde el sol que amanece sobre la sabana al compás de los míticos cantos tribales africanos hasta la última escena en la Roca de la manada, Favreau ha calcado las icónicas imágenes del film de Roger Allers y Rob Minkoff, respetando además su estructura narrativa, su ritmo, sus diálogos, su score (que el propio Hans Zimmer revisiona) y sus canciones, con la principal diferencia de que está realizada en imagen digital fotorrealista, lo que le confiere un aspecto de documental de naturaleza de National Geographic.

Aunque no asume ningún riesgo, sí hay pequeños cambios y novedades que se añaden de forma orgánica y en ningún caso modifican la trama o la esencia de los personajes que conocemos desde los 90. Por ejemplo, algunos diálogos se amplían, sobre todo los de Timón y Pumba, que protagonizan los momentos más divertidos (y más meta) del film; y cómo no, hay una nueva canción cuyo único propósito es competir en los Oscar, ‘Spirit’, interpretada por Beyoncé durante una escena de transición que en el clásico original no contenía diálogo, por lo que en ese caso realmente tampoco cambia nada. Por lo demás, se apoya en todo momento en la original, hasta el punto de que uno puede recitarla.

Las diferencias más sustanciosas tienen lugar durante los números musicales, que, a excepción de ‘El ciclo de la vida’, que es exactamente igual, pierden ese toque mágico y simbólico de la animación tradicional para ajustarse al realismo que condiciona, y en gran medida, constriñe a la película. ‘Yo voy a ser el rey león’ funciona, porque encuentra la manera de respetar el número original sin cambiar la animación y ‘Hakuna Matata’ cumple su cometido gracias sobre todo al humor que brindan Timón y Pumba. Pero ‘Preparaos’ o ‘Es la noche del amor’ se quedan escasas, a pesar de contar con excelentes actualizaciones (producidas por Pharrell Williams) que insuflan nueva vida a los temazos inmortales de Tim Rice Elton John que nos sabemos de memoria.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es su impresionante reparto original, a cada cual más perfecto para su personaje. El cálido juego de voces de Donald Glover y Beyoncé como Simba y Nala es exquisito, Billy Eichner y Seth Rogen se mimetizan por completo con los tronchantes Timón y Pumba (risas garantizadas con ellos), el presentador John Oliver borda a Zazú, Chiwetel Ejiofor ofrece un auténtico recital dramático con Scar, haciendo más que justicia a uno de los mejores villanos del cine, y James Earl Jones repite como Mufasa, para gozo nostálgico de los que prefieran la versión original (los que la vean doblada no podrán evitar echar de menos a Constantino Romero).

No obstante, el buen hacer de su reparto no hace sino subrayar el principal problema de la película, que la riqueza en matices de sus interpretaciones se ve lastrada por la necesidad de mantener el realismo en la representación de los animales. Es decir, lo que transmiten las voces no se ve reflejado en los rostros inexpresivos de los leones, lo que hace que el remake caiga a menudo en el valle inquietante y, por tanto, pueda provocar desconexión emocional. Por muy mono que sea Simba (y lo es, mucho), si no vemos en su semblante el mismo dolor y miedo ante la muerte de su padre que vimos en su análogo 2D, es muy difícil emocionarse como lo hicimos entonces.

No cabe duda de que El Rey León es una gran proeza técnica y un espectáculo visual y sonoro increíble. El remake lleva la animación CGI a un nuevo nivel, con imágenes preciosas y un detallismo completamente apabullante. Pero a la vez que nos asombra con sus avances y la verosimilitud de sus personajes digitales, pone de manifiesto las limitaciones dramáticas de la técnica fotorrealista aplicada a los animales y, como consecuencia, acaba resultando más fría de lo que debería. Al final, es lo mismo, pero no es lo mismo. Está todo, pero falta algo. Parece real, pero cuesta encontrar el alma.

El Rey León halla su razón de ser en su naturaleza de experimento técnico y ejercicio nostálgico. Se trata de una historia que ya se ha contado más de una vez, que de hecho se cuenta una y otra vez en formato musical en varias ciudades del mundo con enorme éxito, y que ahora se vuelve a contar en el cine, tanto para las nuevas generaciones como para los que crecieron con el clásico de dibujos. Al margen de lo señalado, no se le puede reprochar mucho más al remake, porque es prácticamente la misma película. Es la misma obra maestra, con piel nueva, una que luce muy bien pero no arropa tanto. Por supuesto que podemos cuestionar la necesidad que había de hacerla, pero las cifras de taquilla nos darán la respuesta. Era inevitable, así es el ciclo de la vida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Reseña Blu-ray: #SexPact (Blockers), la comedia sexual evoluciona

La tradición de la comedia sexual se remonta a los 70, década en la que el cine estalló en un frenesí erótico-festivo, y culminó en los 80 con la salidísima Porky’sEl género evolucionó y también se suavizó (acorde al puritanismo y la hipervigilancia que empezó a invadir la cultura audiovisual norteamericana), pero a finales de los 90 siguió dejándonos clásicos como American Pie, que aunaba la tradición del cine coming-of-age con la comedia verde. Aunque este tipo de películas han experimentado una transformación, incluso sofisticación, lo que apenas ha cambiado es que suelen narrar la revolución sexual de los personajes masculinos.

Esto está empezando a cambiar en el siglo XXI, donde cada vez tenemos más perspectivas femeninas de los géneros que tradicionalmente han estado dominados por el hombre (¿todos?). Sería el caso de #SexPact (cuyo título original es Blockers, en referencia a la expresión “cock blocker”, que se usa para describir a aquella persona que arruina a otros, a propósito o sin querer, la oportunidad de tener sexo), primera película como directora de Kay Canon, guionista nominada a tres Emmy de 30 Rock y de la saga musical Dando la nota. Canon le da la vuelta a la fórmula American Pie centrándose en tres chicas que hacen un pacto para perder la virginidad en la noche del baile de fin de curso.

Las adolescentes son Julie (Kathryn Newton), Sam (Gideon Adlon) y Kayla (Geraldine Viswanathan, toda una revelación), tres mejores amigas muy diferentes entre sí que desean atravesar al mismo tiempo el ritual de la primera vez. Sin embargo no lo tendrán fácil, ya que, tras enterarse por accidente del pacto de sus hijas, sus preocupados padres les seguirán los pasos y harán todo lo posible para impedir que sus inocentes niñas se entreguen a la vorágine del sexo y la perversión. Esto dará como resultado una noche de aventuras y loquísimos contratiempos tanto para las chicas como (sobre todo) para los sufridos padres.

En cuanto al humor, #SexPact no ofrece nada verdaderamente novedoso. La comedia, en la línea de las películas de la factoría Judd Apatow (en la producción están sus colaboradores habituales, Seth Rogen y Evan Goldberg, y su mujer, Leslie Mann, es una de las protagonistas), se apoya en la improvisación, los diálogos picantes y el gag escatológico, con un trasfondo muy emotivo y voluntad de retrato generacional. Entre litros de cerveza por el ano, orgías con los ojos vendados y cadenas de vómitos, el film nos habla de cómo el fin de una época tan importante como el instituto afecta tanto a los adolescentes como a sus padres, que se deben aceptar que ha llegado el día de verlos volar del nido. #SexPact tiene un argumento muy convencional, pero capta esta etapa de transición con sorprendente ternura y un acento femenino que aporta la frescura necesaria al género.

Hay que destacar especialmente a los tres protagonistas adultos, un divertidísimo John Cena (el famoso luchador se mueve con total confianza en la comedia), el marciano y siempre eficiente Ike Barinholtz (The Mindy Project), y por último, y por ello más importante, Leslie Mann, una de las actrices cómicas más infravaloradas del cine reciente, una mujer capaz de hacer reír y conmover profundamente con una mirada. La química que desprenden juntos y su relación con las protagonistas adolescentes otorgan un empaque emocional que eleva la película. #SexPact destaca entre otras cosas por tener a una adolescente queer, y manejar con mucho acierto y sensibilidad su salida del armario, y también por tratar con respeto, pero sin olvidar nunca el humor, el importante rito de paso de las protagonistas hacia la vida adulta. Esos son los detalles que hacen que #SexPact sea algo más que la típica comedia sexual.

Nota: ★★★½

Universal Pictures pone a la venta #SexPact en Blu-ray y DVD desde el 12 de septiembre. La edición en Blu-ray incluye un generoso apartado de contenidos adicionales que paso a detallar a continuación:

Escenas eliminadas: tres breves escenas de las que destaca una en la que las puertas de un ascensor no pueden cerrarse por culpa del gran trasero de John Cena.
Tomas falsas (2:39 min.)
Misión de rescate (5:15 min.): mini making of con imágenes del rodaje y entrevistas al equipo, incluyendo a los productores Seth Rogen, Evan Goldberg y James Weaver disfrazados de gallo (en referencia al “cock” censurado del título original).
El kit de supervivencia para padres adolescentes de John Cena (2:35 min.): el título lo dice todo, una especie de infomercial en el que Cena presenta los objetos imprescindibles para sobrevivir a la noche del baile de fin de curso de tus hijos.
Line-O-Rama (7:26 min.): selección de diálogos que muestran el trabajo de improvisación de los actores, y las múltiples líneas que pronuncian en una sola toma, de las que más tarde solo una entrará en la versión final.
La noche del baile (6:37 min.): otra featurette con entrevistas e imágenes tras las cámaras, esta vez centrada en las protagonistas femeninas y el rito del baile de fin de curso. Con el equipo compartiendo los recuerdos nostálgicos de su propia prom night.
Historia del sexo (2:06 min.): Ike Barinholtz hace un recorrido en clave de humor por la historia del sexo a lo largo de los siglos acompañado de secuencias animadas.
Chug! Chug! Chug! (3:20 min.): featurette centrada en la filmación de una de las escenas más memorables de la película, John Cena “bebiendo” cerveza por el ano.
Puke-a-Palooza (2:02 min.): otro divertido vídeo que profundiza en la técnica usada para crear y proyectar vómito. Incluye imágenes de los actores ensayando en la parte trasera del set con el aparato para vomitar.
Comentarios de la directora Kay Cannon.

Crítica: The Disaster Artist

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Si no habéis visto The Room, ya estáis tardando, porque es imprescindible para disfrutar The Disaster Artist a todos los niveles. La llaman la peor película de la historia y se ha convertido en un título de culto, sobre todo en Estados Unidos, un fenómeno que ha ido creciendo desde su (auto)estreno en 2003 hasta llenar sesiones interactivas de medianoche al estilo de The Rocky Horror Picture Show. La historia detrás de The Room es tan increíble como la película en sí, y James Franco, que es muy dado a indagar en la realidad con su cine para explorar el lado más excéntrico del ser humano (ahí tenéis King Cobra como prueba), era quien tenía que contarla.

Franco se pone detrás y delante de la cámara en The Disaster Artist para intentar desentrañar el enigma de Tommy Wiseau, el “artista desastre” cuya mente indescifrable concibió The Room, y mostrarnos los entresijos del rodaje de una película que contó con un presupuesto de seis millones de dólares que, a día de hoy, se desconoce de dónde salieron, aunque no en qué se gastaron (entre otras cosas, Wiseau compró el equipo en vez de alquilarlo, rodó simultáneamente en digital HD y 35mm y corrió con los gastos de la premiere).

Mientras descubrimos alucinados el making of de las que ya son algunas de las frases más míticas del cine (“You’re tearing me apart, Lisa!”, “I did not hit her! It’s not true! It’s bullshit! I did not hit her! I did naaht! Oh hi Mark”), Franco se mimetiza con Wiseau de manera pasmosa, adoptando su particular acento (se dice que de algún lugar Europa del este), sus ademanes y su tronchante risa desganada y casi nunca oportuna (carcajadas the-disaster-artist-posteraseguradas cada vez que se ríe), para componer el retrato de un lunático fascinante cuyo proceso creativo escapa al entendimiento. Transformándose por completo en Wiseau y humanizando al personaje, Franco lleva a cabo un trabajo interpretativo sublime. Nunca ha estado mejor.

Lo acompaña su hermano, Dave Franco, que interpreta a Greg Sestero, uno de los protagonistas de The Room y autor del libro en el que se basa The Disaster Artist. Aunque la interpretación de James es más llamativa por la naturaleza marciana del personaje, el pequeño de los Franco también lleva a cabo su mejor actuación hasta la fecha, aportando la necesaria nota de cordura para anclar emocionalmente el relato. Y además de los hermanos Franco, el film cuenta con un reparto fantástico que incluye a los habituales de la comedia USA (Alison Brie, Seth Rogen, Megan Mullally, Judd Apatow) y cameos por doquier (qué placer volver a ver a Melanie Griffith en otra película sobre cine trash, después de la genial Cecil B. Demente).

The Disaster Artist es una absoluta maravilla dentro del subgénero del cine dentro del cine, una cinta divertídisima, brillante, y a ratos conmovedora que nos habla sobre un artista inclasificable (porque dudamos que lo sea) y una amistad forjada y condicionada por el sueño (atrofiado) de Hollywood. Una de las mejores películas del año.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

[Crítica] La fiesta de las salchichas: Desperdicio de comida

El exitoso tándem formado por Seth Rogen y Evan Goldberg lleva ya casi una década pisando fuerte en la taquilla estadounidense, primero en cintas como Supersalidos Superfumados (donde el primero actúa y ambos escriben), y más tarde asumiendo total control creativo de sus proyectos, co-escribiendo y co-dirigiendo juntos películas con resultados tan dispares como Juerga hasta el finThe Interview, o aventurándose en televisión con la serie PreacherRogen y Godlberg, junto a su pandilla de amiguetes humoristas se han hecho un nombre con un tipo muy específico de cine que se podría denominar “comedia gamberra con corazón” o “bromance comedy”. El siguiente paso de estos dos enfant (no tan) terribles les lleva al cine de animación, donde nos presentan La fiesta de las salchichas (Sausage Party), aventura realizada por ordenador que se orienta única y específicamente al público adulto.

Para esta nueva andanza, ideada a tres bandas junto Jonah Hill, han contado con Conrad Vernon (Shrek 2, Monstruos contra Alienígenas, Madagascar 3: de marcha por Europa) en la dirección y un reparto de voces formado por los indispensables de su cine: Kristen Wiig, Bill Hader, Michael Cera, James Franco, Danny McBride, Craig Robinson, Paul Rudd, Nick Kroll, David Krumholt, Edward Norton y Salma Hayek, además de Rogen y Hill. Con todos estos nombres involucrados, es fácil imaginarse qué nos podemos encontrar en La fiesta de las salchichashumor fumado, provocación, incorrección política y una historia muy pasada de rosca. Pero la libertad que proporciona la animación les ha empujado a ir un paso (o veinte) más allá para acabar realizando la que es quizá su película más bestia hasta la fecha.

Esta suerte de Toy Story obscena y salvaje se ambienta en un supermercado en el que los alimentos y utensilios cobran vida y ven a los humanos como dioses encargados de elegirlos para llevarlos al “Más Allá”. Frank (Rogen), una salchicha confinada en su pack de diez, sueña con ser elegido algún día junto a su amada, Brenda (Wiig), un curvilíneo pan de perrito caliente con quien desea vivir feliz en el Paraíso. Un día, un bote de mostaza devuelto por un cliente del supermercado les advierte de la verdad que hay más allá de las puertas automáticas del supermercado: el mundo es en realidad un infierno en el que los humanos someten a los alimentos a las más indescriptibles atrocidades. Tras un accidente con un carrito de la compra, Frank, Brenda y un grupo de alimentos del supermercado emprenderán un viaje para volver a sus respectivas secciones, en el que aprenderán la verdad sobre su existencia y en última instancia se verán obligados a hacer algo contra los humanos para sobrevivir.

La fiesta de las salchichas es una irreverente parodia de las películas de Disney, Pixar o DreamWorks (opening musical incluido), una “clásica” aventura de regreso a casa pasada por el filtro de South Park, es decir, animación para adultos con cantidades industriales de sal gruesa, sexo, palabrotas y humor ofensivo para escandalizar a base de bien. La historia se construye básica y casi enteramente a base de estereotipos raciales y culturales y no hay prácticamente nada fuera de límitesLa fiesta de las salchichas puede llegar a ser absolutamente demencial, en especial durante su recta final y clímax (narrativo y literal) a lo John Waters, donde se le va la olla de tal manera que uno no puede creerse lo que está viendo en pantalla (la película da un nuevo significado al término “food porn”). Esta osadía sin cortapisas lleva a Rogen y Goldberg a idear unas cuantas escenas aisladas que destacan especialmente, como dicho final, el accidente en el carrito (brutalísima parodia del cine bélico), la participación de Chicle (caricatura de Stephen Hawking que disparará hacia la estratosfera el sentido de culpa del espectador por encontrarlo tan gracioso), o la verdad sobre lo que ocurre en la cocina de los humanos, un festival de “gore” alimenticio que remite a la (ya de por sí cruel) escena de “Les Poissons” en La Sirenita.

Sin embargo, el impacto que generan estos puntuales momentos divertidos se diluye por culpa del decepcionante tratamiento general, con una historia que se burla de los tópicos de otros para caer en los suyos propios, y que alardea de humor autoconscientemente ofensivo (machista, racista, y todos los -istas que hay) sin preocuparse de darle algo de garra e inteligencia (como sí hace South Park, y ahí está la diferencia entre ambas), lo que hace que la mayor parte del tiempo sea una comedia simplemente pueril y simplona, y que su humor derive continuamente hacia el cuñadismo. No ayuda tampoco que sea más bien pobre técnica y visualmente (una cosa es el feísmo, otra diferente es lo cutre) y que su ritmo sea atropellado. Y es que la historia es en realidad tan rudimentaria que la película puede resultar bastante pesada y plasta (como un cuñado, vaya).

La fiesta de las salchichas tiene sus puntazos, un par de gags memorables que desatarán carcajadas y dejarán con la boca abierta a más de uno, un humor tan vulgar y animal que invita a celebrar que alguien (más) se haya atrevido a hacer algo así en Hollywood. Pero a la vez, obliga a lamentarse por lo que podía haber sido y no es. Porque se puede hacer humor ofensivo e inteligente, está demostrado, o se puede hacer como esta película, para la que los últimos 20 años no existen. A pesar de algún que otro destello de ingenio, La fiesta de las salchichas desaprovecha su oportunidad de dejar huella de verdad en favor de lo fácil, de los estereotipos más hastiados (no me hagáis hablar del personaje de Salma Hayek) y las ideas políticas más planas, quedándose así en una simple “película para tíos” (habla por sí solo que Jorge Cremades haya participado en la campaña publicitaria en España). Sin ánimo de ofender a los “tíos”…

Pedro J. García

Nota: ★★

 

Preacher: Predicando una promesa

Preacher 1

Preacher era uno de los estrenos televisivos más esperados de la temporada. Rodeada de mucha expectación, tanto por parte de los fans del género fantástico y los cómics, como de los serieadictos, la nueva serie fantástica de la cadena AMC por fin se ha manifestado en su forma corpórea. Preacher llega para inaugurar por todo lo alto la temporada estival y la cadena tiene muchas esperanzas depositadas en ella, ya que necesita encontrar un éxito que no esté directamente relacionado con su buque insignia The Walking Dead. ¿Conseguirá AMC la repercusión esperada con Preacher? De momento su piloto no tuvo malos índices de audiencia, pero tampoco fueron para tirar cohetes, así que queda esperar a ver si es capaz de atraer a un público fiel, para que el boca-oreja haga el resto. Ingredientes para conseguirlo no le faltan, eso seguro.

Preacher está basada libremente en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon pertenecientes al sello Vertigo de DC, y conocidos en España bajo el título de Predicador. Detrás de la serie se encuentra el tándem creativo formado por Seth Rogen y Evan Goldberg, que cambian considerablemente de tercio después de haber trabajado juntos en numerosas comedias ‘gamberras’, desde Lío embarazoso hasta la próxima La fiesta de las salchichas, pasando por 50/50Juerga hasta el fin. Con Preacher Rogen y Goldberg abandonan el humor fumado y la crisis de los 30-40 para contar la historia de Jesse Custer, pastor de un pequeño pueblo de Texas que regresa a su comunidad después de haberle fallado varias veces y es poseído por un ente demoníaco que lo convierte en un ser todopoderoso.

El piloto de Preacher plantea la historia y los personajes de forma un poco deslavazada y con un ritmo irregular, pero es normal, se trata de un primer capítulo, una introducción a un universo del que todavía nos queda mucho por saber. Y la experiencia nos dice que es preferible que un piloto nos deje con ganas de más a que una serie despliegue todo su arsenal demasiado pronto. De momento se nos ha dado a conocer la premisa y se nos ha presentado a los personajes principales, Custer, un religioso poco convencional interpretado por un Dominic Cooper ‘humeante’ y muy atinado (hemos visto poco, pero de momento parece todo un acierto de casting), su ex, Tulip (Ruth Negga), que tiene la presentación más explosiva (literalmente) del episodio, y Cassidy (muy divertido Joseph Gilgun), vampiro irlandés que aporta el alivio cómico principal de la serie (qué ganas de verlos a los tres juntos en acción). Claro que, además de este trío de ases, el piloto de Preacher nos da la bienvenida a la sofocante Annville, Texas, en la que sus habitantes forman un microcosmos que recuerda en cierto modo a la entrañable Bon Temps de True Blood, y no solo por el acento redneck de Texas, similar al de Louisiana, o el ambiente caluroso del pueblo (aquí árido y asfixiante), sino también por el tono, la violencia y la manera de introducir los elementos fantásticos de la historia. Solo faltan los desnudos y el sexo, pero tiempo al tiempo (aunque mejor no esperar demasiado de AMC en este sentido).

Preacher 2

Está claro que Preacher no aspira a la locura camp de True Blood, pero a juzgar solo por el piloto tampoco se queda muy lejos, postulándose como un pasatiempo veraniego brutal e irreverente, como lo fue durante un tiempo la serie de HBO, solo que mucho más ambicioso y adaptado a la imagen de AMC. La primera hora de Preacher nos deja altas dosis de violencia gráfica, sangre, vísceras y huesos rotos, una llamativa fauna de personajes (qué adorable Caraculo), y mucho estilo en la puesta en escena. Todo lo que cabe esperar de una serie basada en una novela gráfica ‘para adultos’ como Predicador, sin entrar a valorar su grado de fidelidad al material de referencia -algo que debería darnos igual si la serie funciona, y de momento, Preacher funciona. Como decía, la historia da sus primeros pasos de una forma algo caótica, pero esto es habitual en la mayoría de series (especialmente las de esta cadena), que tardan unos cuantos capítulos en enderezarse y encontrar su voz definitiva. Lo importante es que la serie tiene potencial de sobra para enganchar, y su carta de presentación promete un producto muy potente y divertido.

Algo me dice que Jesse Custer va a darnos muchas alegrías, y que la serie nos va a dejar con la boca abierta en más de una ocasión. Si juega bien sus cartas, Preacher podría tener mucha cuerda y convertirse en una serie fantástica imprescindible. Esperemos que sepa aprovechar su materia prima para darnos algo más que shock value y nos deje un producto con el que merezca la pena sermonear a los demás para que lo vean.

Crítica: Los tres reyes malos

Joseph Gordon Levitt;Seth Rogen;Anthony Mackie

Érase una vez tres amigos de toda la vida, Ethan (Joseph Gordon-Levitt), Isaac (Seth Rogen) y Chris (Anthony Mackie), que se reunían todas las vísperas de Navidad para pasar juntos una noche de diversión y desenfreno en Nueva York. Mientras Isaac y Chris encuentran la plenitud familiar y profesional (o eso parece), Ethan sigue atascado a los 33, trabajando como elfo de Santa Claus en el centro comercial y sin novia después de que el miedo al compromiso boicotease su relación con ella (Lizzy Caplan). Ahora que los tres amigos se han convertido en adultos (técnicamente), la tradición llega a su fin y se disponen a pasar la última Nochebuena juntos. Y para despedir la tradición de la forma más memorable, están decididos encontrar de una vez por todas la legendaria “Nutcracka Ball“, una fiesta secreta que levan buscando todas las Nochebuenas desde que empezaron a salir juntos.

Con ese argumento, no os sorprenderá saber que detrás de Los tres reyes malos (The Night Before) se encuentran los responsables de películas como Juerga hasta el fin (This Is the End) o Malditos vecinos (Neighbors). Dirigida por Jonathan Levine (50/50, Memorias de un zombie adolescente), y escrita a cuatro bandas por los guionistas y productores de prácticamente todas las cintas protagonizadas por Seth Rogen y su troupeLos tres reyes magos es exactamente lo que parece, otra comedia gamberra digna de esta pandilla de humoristas, con bien de sal gruesa, humor de fumetas y ese toque de ternura y reflexión sobre la adultez que no puede faltar en ninguno de sus títulos. Desde que Judd Apatow implantó el modelo a seguir con SuperbadPineapple Express, estas películas han repetido una y otra vez el mismo patrón: un grupo de adultos que se niegan a crecer viven una aventura alucinada repleta de encontronazos de la que su amistad saldrá reforzada. Es el triunfo del bromance en la comedia USA, la clave de una fórmula tonta pero inteligente que sigue resultando infalible a la hora de desatar carcajadas.

Los Tres Reyes MalosPorque Los tres reyes malos no deja de ser lo mismo de siempre, pero se las arregla para mantener el interés y divertir de principio a fin. Es más, la película mejora conforme avanza y las pesquisas de estos tres buenos amigos se vuelven cada vez más disparatadas y bizarras. El secreto está en dibujar a unos personajes que despierten simpatía, que transmitan un halo de perdedores pero a la vez nos hagan desear vivir esta rocambolesca Jo, ¡qué noche! con ellos. Y eso es justo lo que hacen Gordon-Levitt, Rogen y Mackie, tres actores que dan rienda suelta a su encanto bobalicón y se crecen en la torpeza social de sus personajes (que ni son malos, ni hacen de reyes, ni siquiera mencionan a los Magos de Oriente, de hecho son tres trozos de pan, pero vamos a obviar la chapuza de título en español para evitar una pataleta).

Gordon-Levitt está perfecto como el “amigo normal” con el que es más fácil identificarse y Mackie da rienda suelta a su vis cómica (de la que ya tuvimos un adelanto en Capitán América: El soldado de invierno) con un personaje gracioso y adorable a partes iguales. Pero es Rogen en particular quien se erige como el alma de la película, derrochando energía desquiciada en descacharrantes escenas de colocón (especial atención a la del móvil y sobre todo a la misa de medianoche). Ahora bien, aunque la excelente química del trío es lo que sostiene la película, lo mejor de Los tres reyes malos es el genial y continuo desfile de cameos, rostros (y voces) populares de la comedia americana actual (tanto en cine como en televisión) y alguna que otra estrella pop, que es mejor no desvelar para no estropear la sorpresa. Apariciones estelares (y espectrales) de las que destaca una cuyo nombre sí debemos escribir (ya que no es técnicamente cameo, sino secundario): Michael Shannon. Es más, volveremos a escribirlo, esta vez en mayúsculas, para que quede bien claro lo que queremos decir: MICHAEL SHANNON. A sus pies.

Los tres reyes malos no revolucionará el panorama de la comedia USA actual, pero es una película navideña sorprendentemente sólida, una “distinguida” adición al catálogo de Rogen & co. que satisfará a los que suelan disfrutar de sus gamberradas con corazón (La entrevista no cuenta).

Valoración: ★★★½

Crítica: Malditos vecinos (Neighbors)

Rose Byrne Seth Rogen Malditos vecinos

Del director de Forgetting Sarah Marshall, Nicholas Stoller, los productores de Juerga hasta el fin, y… bueno, de toda esa gente que siempre está en todas las comedias de estudio USA, nos llega Malditos vecinos (Neighbors). Es la historia de una pareja de treintañeros que se muda a un apacible vecindario para criar a su primera hija, de pocos meses. Un día después de la mudanza, la pareja descubre que la casa de al lado ha sido alquilada a una fraternidad, lo que dará pie a una disparatada guerra vecinal entre el matrimonio y los superhormonados universitarios.

El matrimonio está interpretado por el imprescindible Seth Rogen y Rose Byrne, que sigue explotando su excelente vis cómica después de suponer la revelación de Bridesmaids (con permiso de Kristen Wiig, que se llevó toda la atención). Rogen y Byrne aportan la nota más humana a la vorágine de locura lisérgica y übersexual que se desata cada dos escenas en la fraternidad. Ellos dos representan las ideas que siempre vertebran las comedias de la escuela Apatow, la crisis de los 30 y los 40, la ansiedad por el paso del tiempo, la amenazante llegada de las nuevas generaciones, y la negativa a aceptar que la vida loca queda atrás y lo que nos espera son años de responsabilidades, trabajo y pañales.

Esa es la idea con la que comienza Malditos vecinos, a medio camino entre Animal House This Is 40. La película abre con una escena de sexo en el sofá en la que Mac (Rogen) y Kelly (Byrne) comentan en voz alta lo espontáneos que están siendo, negándose a aceptar que porque ahora sean padres se ha acabado su juventud y su libido ha disminuido. La verdadera amenaza que supone la fraternidad no es el ruido o la suciedad, ni la música atronadora a altas horas de la madrugada, y mucho menos las drogas y el sexo, es el constante recordatorio a Mac y Kelly de que ya no son universitarios.

Más que por el bienestar de la niña (aunque también), esto es básicamente lo que les lleva a perder los papeles luchando contra los cabecillas de la fraternidad, Pete, interpretado por Dave Franco -que gana terreno a su hermano por méritos propios-, y sobre todo Teddy Sanders, Zac Efron en un papel hecho a medida de sus cualidades interpretativas físicas: un cabezahueca seductor y zalamero, sin aspiraciones, imposíblemente bello y apolíneo (como si estuviera “diseñado en un laboratorio gay”), demasiado centrado en su cuerpo y su pelo como para ponerse a pensar en otra cosa, y mucho menos en el futuro más allá de la universidad. Para gozo de muchos y muchas, Efron se pasa casi la totalidad del filme descamisado luciendo palmito o con ropa diez tallas menos que la suya, sin relajar un músculo ni una décima de segundo. Y es que para eso está. Buen trabajo, Zac:

Zac Efron Malditos vecinos

Lo más divertido de Malditos vecinos -que es una película divertida de principio a fin- son las secuencias en las que Mac y Kelly intentan parecer modernos y enrollados para confraternizar con los jóvenes y ganarse su complicidad –Rogen y Byrne están fantásticos haciendo el ridículo y es imposible no empatizar con ellos. Durante las fiestas en la fraternidad, Stoller despliega todas sus armas creativas y realiza escenas muy potentes visual y sonoramente, fluorescentes y ensordecedoras orgías psicotrónicas que revelan una mayor ambición estilística de lo que nos tiene acostumbrado este cine. Es entonces cuando el realizador se muestra más inspirado y los actores ponen toda la carne en el asador.

Por lo demás, Malditos vecinos cumple con todos los requisitos del género. Garantiza carcajadas -casi todas las mías provinieron del personaje de Lisa Kudrow-, nos proporciona gags físicos cafres e hilarantes (atención a los airbags), practica con éxito ese humor estúpidamente inteligente y autorreflexivo, y se regodea confiada en la sal gruesa, haciendo del mal gusto un arte (véase la escena de los pechos de Byrne). Además, se agradece que el metraje no ascienda esta vez a las dos horas y se quede en poco más de 90 minutos, lo que juega definitivamente en su favor -aunque aún así la historia se alargue más de lo debido y acabe repitiéndose. Sin embargo, Malditos vecinos evidencia algo que sabemos desde hace un tiempo: estas comedias blockbuster se empiezan a parecer demasiado entre sí y han perdido espontaneidad y frescura. Las escenas de improvisación (real o guionizada) ya cansan, y aunque por lo general siguen haciendo reír -que es lo importante-, uno se pregunta si esta gente dejará en algún momento de hacer siempre lo mismo.

Valoración: ★★★

Crítica: Juerga hasta el fin (This Is the End)

1170481 - This Is The End

Existe en Hollywood una generación de jóvenes actores que únicamente se diferencian del veinte y treintañero de a pie por su éxito y sus desorbitadas cuentas bancarias. La hornada Freaks and Geeks ha esquivado el gen problemático que sí ha afectado a las generaciones inmediatamente posteriores. Este grupo de actores no son conocidos por ingresar todas las semanas en centros de rehabilitación o rellenar páginas de papel couché, sino por sus trabajos y sus personalidades artísticas. Fumados, sí, pero también centrados. Tomando como punto de partida la imagen pública de todos ellos, Seth Rogen y Evan Goldberg han construido con Juerga hasta el fin (This Is the End) una suerte de Gran Hermano -o más bien un Dead Setde la generación Apatow.

Juerga hasta el fin, basada en el corto de los mismos creadores Jay and Seth versus the Apocalypsepropone una de las historias más originales y prometedoras de la cartelera en mucho tiempo. En una de sus habituales visitas a Los Ángeles, Jay Baruchel se reencuentra con su amigo de toda la vida Seth Rogen, que lo invita a la fiesta de inauguración de la nueva casa de James Franco. Allí se congregan colegas anónimos, estrellas y pseudo-estrellas del panorama de la comedia actual (aquello parece a ratos una fiesta de 1170481 - The End Of The WorldNBC), además de alguna que otra popstar (Rihanna) y una visitante del otro lado del charco, Emma Watson. En el transcurso de la fiesta, el Apocalipsis da comienzo en el exterior. Baruchel, Rogen, Hill, Franco (que está inconmensurable), y los eslabones más débiles de la película, los antipáticos Danny McBride y Craig Ferguson, se quedan encerrados en casa. Fuera parece que las puertas del Infierno se han abierto de par en par y Los Ángeles es pasto de las llamas del averno. La cosa parece bastante grave, porque “los actores famosos son los primeros en ser rescatados en estas situaciones“, y sin embargo nadie viene a por ellos. Se masca la tragedia, pero hay reservas suficientes de marihuana para sobrellevarla.

Todos los actores se interpretan a sí mismos, aunque más bien todos son una proyección amplificada y aberrante de la percepción que el público tiene de ellos. Caricaturas generadas a partir de rasgos descontextualizados o rumores que los reducen a la mínima expresión, pero que también los convierten en divertidísimos arquetipos. Baruchel es un hipster canadiense anti-yanqui, Rogen es un osito de peluche con un botón en la barriga que permite oír su risa, Jonah Hill es un pelota remilgado con el ego subido por su nominación al Oscar, y Franco es un colgado excéntrico con irrefrenables tendencias homosexuales. De los numerosos y geniales cameos (atención al de Channing Tatum, brutal) destaca un absolutamente excesivo y demencial Michael Cera, que lleva su imagen de “rarito” hasta límites insospechados. A ratos, Juerga hasta el fin parece una sátira sobre la fama, un tratado acerca de lo que une y distancia al actor del individuo anónimo. Pero solo a ratos. El resto del tiempo la película es simplemente una otra comedia disparatada y ramplona, un elogio de marihuana y depravación que es raro que no haya sido rebautizado en España como “Superfumados y supersalidos contra el fin del mundo“.

Juerga hasta el fin se presenta como el gran acontecimiento meta del momento. Sin embargo, la película de Rogen y Goldberg no tarda en despachar a las estrellas que abarrotan la casa de Franco -uno de los grandes atractivos de la cinta es ver morir a toda esta gente- para convertirse rápidamente en algo así como una sitcom de fumados. Hasta su desenfrenado tramo final, los seis protagonistas apenas salen de la casa -que vemos rodeada de destrucción en planos de transición, al más puro estilo telecomedia para toda la familia. Y aunque la película sea ocasionalmente desternillante, y nos proporcione algunos de los momentos cinematográficos más memorables del año, el conjunto no está a la altura de las circunstancias.

1170481 - The End Of The World

Dejando a un lado el importante factor sobrenatural, Juerga hasta el fin no es más que una buddy movie, una película hecha por un grupo de colegas con ganas de pasarlo en grande, y por tanto, una cinta más deudora de Superfumados -Pineapple Express- que de Supersalidos -Superbad- (ambas escritas por Goldberg). Y esa es su mayor virtud, y su principal problema. A pesar de que logran que no nos aburramos ni un solo segundo, todo lo que a estos amiguetes les mata de la risa quizás no sea tan gracioso para nosotros, y esto resulta en más de un gag desatinado y desfasado. Los golpes de genialidad cómica son más bien aislados. Juerga hasta el fin destaca sobre todo por su habilidad para hacer reír a base de imágenes impactantes -léase Emma Watson cortando un pene gigante con un hacha- y situaciones extremas. Está claro que Rogen y Goldberg se las han bastado solos para hacer una de las películas más divertidas del año, y con eso deberíamos darnos con un canto en los dientes, pero no les habría venido mal la mano de un Judd Apatow o un Paul Feig. Quizás así Juerga hasta el fin hubiera tenido algo más de corazón, y de cabeza.

Clásicos recuperados: Freaks & Geeks

John Hughes estaría orgulloso

Creada por Paul Feig, en colaboración con Judd Apatow, Freaks & Geeks nace al final de la década de los noventa a la sombra de otras series sobre adolescentes, como Dawson crece (1998-2003). Hasta el momento, los dramas centrados en las vidas de un grupo de adolescentes no habían conseguido aunar el favor de la crítica y el público. Freaks & Geeks continuaría, por desgracia, esta tradición. A pesar de un entusiasta colectivo de seguidores y unas críticas más que decentes, la serie de Feig se daba semana a semana de bruces con la realidad: la gente prefería evadirse con ¿Quién quiere ser millonario? antes que con un grupo de adolescentes marginados a los que, no nos engañemos, semana a semana no les pasaba nada. Si nos fijamos en los dramas norteamericanos en prime time, todos se apoyaban (y se apoyan) en una acusada serialidad, que si bien permitía elaborar tramas episódicas, enganchaba al espectador con cliffhangers e historias románticas que se desarrollaban a lo largo de los episodios.

Freaks & Geeks nacía como una serie fuertemente anclada en la realidad, con mayores dosis de costumbrismo y pocos artificios narrativos. Los “romances” de la serie nunca llegaban a pasar a primer plano, y cuando lo hacían, no respondían a los cánones, sino que más bien se convertían en historias extrañas y algo incómodas, propias de series como The Office (de la que Feig dirigiría más tarde un buen número de episodios). Los episodios solían cerrar una historia concreta que podía influir en los siguientes, pero que no daba pie a la elaboración de arcos argumentales que ocupasen varios episodios (solo el descubrimiento de la infidelidad del padre de Neil, a mitad de la temporada, se acercaría a esto). Además, la serie rara vez recurría a los temas polémicos que veíamos en otras series, como la mencionada Dawson crece. En Freaks & Geeks, ningún adolescente iniciaba un romance prohibido con una profesora. Es más, en Freaks & Geeks, todos los adolescentes despreciaban y trataban con recelo y distancia a sus profesores y guías académicos. Es por todo esto, quizás, que la serie no se convirtió en un éxito de audiencia. Está claro que este tipo de historias llegan a un sector muy reducido de la audiencia, y la cadena en la que se emitía, NBC, no se contentaba con tener a un apasionado grupo de freaks y geeks siguiendo la serie todas las semanas. Es la misma historia de siempre. La serie se canceló dos días después de la emisión del episodio 1.13, “Chokinand Tokin” (dando tiempo suficiente para que el último episodio constituyese un final para la serie y esta no quedase incompleta como tantas otras series canceladas). Feig confiesa en la edición en DVD de la serie que quizás el hecho de que el episodio se centrase en el habitual consumo de marihuana de los freaks (sin apenas interés moralizante) y llevase a uno de los geeks (Bill) a una experiencia cercana a la muerte, fue una de las razones de la cancelación.

Como ya sucedería con otras series canceladas antes de tiempo (My So-Called Life, Firefly), el culto de Freaks & Geeks fue tan poderoso, que la serie se mantendría en el candelero mucho tiempo, convirtiéndose en un referente indispensable del drama adolescente de calidad en la televisión norteamericana. La serie cuenta con dos ediciones en DVD. La primera de ellas llevó cuatro años en ser completada, puesto que los creadores se negaban a sacar la serie cambiando la música (práctica habitual en Estados Unidos, debido a los problemas con los derechos de las canciones). Más tarde se editaría una edición para coleccionistas (Yearbook Edition) que emulaba la forma del anuario del Instituto McKinley y llevaba horas y horas de contenido extra, ideales para el fan más completista. Se sentía el amor de Feig y Apatow por su creación, y por los que la habían apoyado hasta el final.

Freaks & Geeks cuenta la historia de dos hermanos, los Weir, y su día a día en el instituto durante el curso escolar 1980-81. Sam, el pequeño, forma parte de los geeks, los apestados del instituto, fanáticos de Star Wars y Dragones & Mazmorras, castigados a diario por manifestar físicamente el complicado paso de la pubertad a la adolescencia (de la ausencia de vello en las axilas de Sam se ríen hasta sus amigos). Lindsay, la hermana mayor, está en el último año de instituto. Hasta el momento había sido la estudiante ejemplar (era la mejor de los mathletes), pero luchando en su paso de la adolescencia a la adultez, Lindsay decide romper con su pasado y se acerca a los freaks, el grupo de marginados sociales que, al contrario que los geeks, son populares por su estilo de vida alternativo y su resistencia a adherirse a las normas sociales. A través de los 18 fantásticos episodios que conforman Freaks & Geeks, asistimos a la evolución de estos dos hermanos, que luchan por ser aceptados y encontrar su identidad. La de Lindsay es una historia más satisfactoria. Ella debe luchar a diario con el pasado que la acecha en los pasillos del instituto. Este pasado empollón y recatado viene representado por su antigua amiga Millie, uno de los mejores personajes de la serie, que a menudo pone patas arriba los débiles argumentos que la unen a los freaks. Sin duda, Angela Chase (Claire Danes en My So-Called Life) es el antecedente más inmediato de Lindsay. Ambas series vienen a contarnos más o menos lo mismo a través de sus protagonistas. Aunque el hilo conductor de My So-Called Life era el amor de Angela por Jordan Catalano, ambas series podían resumirse como “historias sobre adolescentes que se buscan a sí mismos”.

Uno de los aciertos de Freaks & Geeks con respecto a My So-Called Life fue la descarga de protagonismo de los padres de los adolescentes. Si bien en Freaks & Geeks se podía hablar de falta de profundidad en las figuras paternas (algo parecido, aunque no tan extremo, a lo que sucedía en la primera temporada de Skins), se agradecía que los padres de Sam y Lindsay no fueran más que secundarios que aparecían en pantalla lo justo y necesario para dar sentido (y a menudo solucionar) los conflictos emocionales de sus hijos. Un abrazo de Sam o Lindsay a su padre (genial Joe Flaherty) en el momento justo, nos contaba mucho más de su relación con sus padres que cualquier trama de adulterio o crisis matrimonial en Dawson crece o The OC. Esta puede ser otra de las claves de la cancelación. Por lo general, las serie de adolescentes en prime time incorporan tramas “adultas” para no restringir la audiencia y atraer a un espectro mayor de la población. Pero esto no suele ser suficiente para asegurar el éxito. Por lo general, una serie de adolescentes en prime time en una network siempre será un caso perdido.

Está claro que Freaks & Geeks es una serie con la que sería más fácil identificarse de haber crecido entre taquillas de instituto. Pero como ya hizo John Hughes en los 80, Feig y Apatow consiguen universalizar los conflictos de los adolescentes y los acercan a todas las sensibilidades (o si no lo hacen ellos, ya ponemos nosotros de nuestra parte). Porque freaks y geeks hay en todos los institutos de todo el mundo, y cabe la gran posibilidad de que si estás leyendo esto, tú fueras uno de ellos. Víctimas de bullying, empollones, trekkies, calculines y desastres en educación física, una vez superados los problemas de identidad (aunque queden resquicios), una vez convertidos en adultos (o algo parecido), el visionado de series como Freaks & Geeks (o de películas como El club de los cinco o Superbad) es un visionado pleno. Por eso quizás es tan complicado encontrar una serie de adolescentes que sea buena, porque las que lo son, no son para ellos. Son para nosotros.