Crítica: La suerte de los Logan

¿Recordáis cuando en 2013 Steven Soderbergh dijo que se retiraba de la dirección de largometrajes? Su última película como director antes de hacer el anuncio fue la TV movie de HBO Behind the Candelabra, ganadora de 11 Emmys ese año. Desde entonces, Soderbergh ha dirigido la soberbia e injustamente ignorada The Knick, ha producido otras series, la igualmente sublime The Girlfriend Experience y Red Oaksha hecho la fotografía de Magic Mike XXL bajo un pseudónimo y ha sido productor ejecutivo del documental Citizenfour entre otras cosas. Por tanto, a la hora de hablar del “regreso” de Soderbergh al cine, hay que decirlo con la boca pequeña, ya que aunque técnicamente La suerte de los Logan (Logan Lucky) sea su comeback oficial a la dirección cinematográfica, no se había ido a ninguna parte en este tiempo.

Después de experimentar con la ficción serial, Soderbergh vuelve a la silla del director para encabezar un proyecto que se podría considerar lo opuesto a experimentalLa suerte de los Logan nos devuelve al Soderbergh más comercial con una premisa diseñada para atraer y agradar a un público más amplio que sus proyectos inmediatamente anteriores. La película cuenta la historia de Jimmy (Channing Tatum) y Clyde Logan (Adam Driver), dos hermanos que, para salir de la precaria situación económica en la que se encuentran y romper la maldición familiar que generación tras generación los ha convertido en los gafes del pueblo, llevan a cabo un golpe durante la legendaria carrera Coca-Cola 600 de la NASCAR.

Las comparaciones con Ocean’s Eleven son inevitables. De hecho, el propio director no esconde sus intenciones, pero se apresura a diferenciar ambos films definiendo La suerte de los Logan como “la versión inversa” o “anti-glamour” de su mayor éxito. En un momento muy simpático de la película, uno de los personajes se refiere a la banda de los Logan como “Ocean’s 7-Eleven”, un detalle autoconsciente con el que Soderbergh guiña el ojo a su audiencia. Efectivamente, La suerte de los Logan es Ocean’s Eleven con paletos yanquis. “Nadie viste bien, nadie tiene cosas bonitas. No tienen dinero, ni tecnología”, ha explicado el director, que repite la fórmula de las películas de atracos cambiando los componentes y el escenario de la acción.

Pero como decíamos, el hecho de que La suerte de los Logan sea la anti-Ocean’s Eleven no quiere decir que Soderbergh no apunte alto con ella. Al final, el objetivo es el mismo: entretener y divertir al respetable. Para ello, el director cuenta con un reparto de lo más atractivo, encabezado por el novio de América, Channing Tatum, y uno de los mayores valores en alza de Hollywood, Adam Driver (GirlsStar Wars), y aderezado por la magnética presencia de Daniel Craig en su papel reciente más memorable al margen de Bond, la siempre exquisita Riley Keough, una breve pero hilarante participación de Seth MacFarlane, y las rescatadas del olvido Katie Holmes y Hilary Swank en pequeños papeles secundarios. Todos están estupendos, pero hay que destacar especialmente al robaescenas de Craig, y sobre todo a Tatum, que demuestra que cuando se lo propone es capaz de dar la talla interpretativamente sin explotar su físico, con un protagonista muy cercano y humano que llega incluso a dejar mal parado al siempre eficiente Adam Driver, que aquí forcejea demasiado con su personaje (y su acento redneck), resultando poco natural.

La suerte de los Logan juega a menudo con la suspensión de la incredulidad del espectador. La trama resulta demasiado rocambolesca e inverosímil, sobre todo a medida que avanza el golpe y uno se pregunta cómo y cuándo se ha podido idear un plan tan rebuscado (la gracia es que los Logan no son tan tontos como todos creen, pero también es imposible que sean tan listos). Los giros se suceden hasta desembocar en uno de esos finales en los que la historia ha dado tantas vueltas que uno no sabe quién estaba al tanto de qué y quién está compinchado con quién. Pero no importa, esa confusión, ese rizar el rizo forma parte del juego. Y ante todo, La suerte de los Logan es un juego muy divertido, ingenioso y desenfadado, un producto mainstream con sensibilidad auteur que tiene descaro y encanto para repartir, brillantes golpes de comedia y un repartazo que por sí solo ya hace que la entrada quede amortizada. ¿Lo peor? Una trama romántica algo forzada con Katherine Waterson y un final que deja la puerta abierta para una secuela que seguramente no ocurrirá.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: ¡Canta!

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Chris Meledandri se ha confirmado como una de las fuerzas creativas y comerciales más destacadas del cine de animación actual. El estudio que dirige, Illumination Entertainment, lleva varios años con las pilas puestas para hacer competencia a los gigantes de la animación, Pixar, Disney y DreamWorks. Después de los exitazos de taquilla de Gru. Mi villano favoritoLos Minions Mascotas, el estudio amplía horizontes con ¡Canta! (Sing), comedia musical que, al igual que Zootrópolis, se ambienta en el mundo moderno, con la diferencia de que está poblado únicamente por animales. Sin embargo, mientras la película de Disney usaba esta idea para explorar cuestiones sociales muy actuales, ¡Canta! lo usa como mero elemento circunstancial.

La historia de ¡Canta! la hemos visto muchas veces. El optimista koala Buster Moon (Matthew McConaughey) ha heredado el sueño y el negocio de su padre, un teatro al que dedica todos sus esfuerzos y pasión, y que actualmente se encuentra en horas bajas. Desesperado por salvarlo, Buster tiene una idea que podría devolver el esplendor al escenario: organizar el concurso de canto más impresionante del mundo. Para ello, el koala hace un llamamiento a todos los animales con talento de la ciudad, solo que por un error de imprenta causado por su senil asistenta, una camaleona llamada Nana (Jennifer Saunders, probablemente lo más divertido de la película), los que acuden a las audiciones creen que optan a un premio de 100.000 dólares, en lugar de 1.000, que es la cantidad real de la que dispone. Después de pasar varias etapas, son cinco los finalistas que quedan para el concurso: Mike (Seth MacFarlane), un ratón crooner trapichero y con mucha labia, Rosita (Reese Witherspoon), una estresada ama de casa y madre de 25 cerditos, Johnny (Taron Egerton), un joven gorila hijo de un mafioso que desea alejarse de su familia de delincuentes, Meena (Tori Kelly), una elefanta adolescente que sufre un horroroso miedo escénico y Ash (Scarlett Johansson), una puercoespín punk-rock que vive artística y profesionalmente atada a su egoísta novio. Los cinco llegan al teatro de Buster convencidos de que este les está ofreciendo una oportunidad para cambiar radicalmente sus vidas, pero el secreto acaba saliendo a la luz, lo que provocará que el koala se dé cuenta de que su teatro no es lo único que hay que salvar.

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¡Canta! se apunta a la moda de los concursos musicales tipo Factor XAmerican Idol para realizar una aventura completamente arraigada en nuestros días. Aunque también suenan algunos clásicos intemporales (“Hallellujah”, “My Way”), el repertorio musical de la película está compuesto sobre todo por éxitos pop de los últimos años, canciones de Taylor Swift, Katy Perry, Carly Rae Jepsen, Lady Gaga Nicki Minaj, que le dan ese aura de producto actual, pero también peligrosamente caduco. La banda sonora es el síntoma de un problema mayor: no hay verdadero interés en realizar una película que vaya más allá de la superficie de un tema pop bien confeccionado. ¡Canta! es agradable, se deja ver y tiene momentos muy simpáticos, pero en conjunto le falta mucha entidad, le sobra metraje y es incapaz de escapar de las garras de lo convencional. La película no logra aprovechar las oportunidades que brinda la historia y el formato, sobre todo porque, para empezar, el plan de Buster no tiene mucho sentido (el concurso nunca llega a ser tal cosa y se revela solo como una excusa para sacar provecho de una moda), y para continuar, los números musicales no existen como tales hasta el final, sino que son más bien breves fragmentos de actuaciones a modo de gag (lo que provoca la sensación de que la película no termina de despegar).

Afortunadamente, el último tercio de ¡Canta! la rescata de caer en el soserío absoluto, gracias a un sorprendente y muy dramático giro que supone el punto de inflexión que le hacía falta urgentemente. A partir de ahí, las distintas tramas individuales, hasta ese momento bastante deslavazadas, empiezan a converger hacia un grand finale en el que, por fin, podemos disfrutar de números musicales propiamente dichos. Es entonces cuando más se lucen las fantásticas voces del cast original, de las que sobresalen las de Scarlett Johansson, que lo mismo te borda un tema hard-rock que el “Call Me Maybe”, y Taron Egerton, cuyo timbre es capaz de derretir los polos. Sin desmerecer a Kelly, MacFarlane y Witherspoon, todos perfectamente escogidos para casar con las personalidades de sus personajes.

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Este estupendo clímax hace que todo acabe encajando y pone toda la carne (musical) en el asador (el número estrella es el tema original interpretado por Johansson, lo que hace plantearse si esta película funcionaría mejor con canciones originales; pero como dice Damien Chazelle, director de La La Land, más allá de Disney, Hollywood tiene alergia a los musicales que no sean remakes o no estén compuestos por canciones conocidas). Gracias al espectáculo final, es inevitable salir con buen sabor de boca y una sonrisa en la cara (hasta los más cínicos se emocionan con la final de un concurso musical, es nuestra naturaleza humana). Sin embargo, no es suficiente. Todo en ¡Canta!, desde su desarrollo argumental hasta los anodinos diseños de personajes (los coloristas escenarios y las texturas son alucinantes, pero qué genérico es el aspecto de los animales) pasando por sus chistes del montón, resulta superficial y poco memorable, por no hablar de que su historia se sustenta sobre todo en estereotipos (cinematográficos y de género). Si Illumination quiere consolidarse en el cine de animación más allá de la recaudación en taquilla, tiene que empezar a preocuparse un poco de lo más importante: el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Ted 2

Ted 2

Cuando lo cuentas demasiadas veces, el chiste pierde la gracia. De acuerdo, esto no siempre se cumple, hay chistes que funcionan y funcionarán bien no importa las veces que los oigas. Pero lo habitual en comedia es que cuando algo se vuelve repetitivo o expone al espectador a más de lo mismo, su eficacia acaba disminuyendo. De esto sabe mucho Seth MacFarlane, creador de éxitos animados como Padre de familiaPadre Made in USA, irreverentes sitcoms cuyo humor cafre más allá de la incorrección política ha sido trasladado por el autor a sus películas de acción real, donde las aventuras de sus protagonistas no se distancian demasiado de las de Peter Griffin o Stan Smith. Ted sorprendió en 2012 por su eficacia como comedia gamberra y su éxito en taquilla, pero la carrera de MacFarlane como director de cine no ha hecho más que decaer con sus siguientes películas. Mil maneras de morder el polvo fue recibida con indiferencia y desidia (algo injustamente, he de decir), y con su último film, Ted 2, no ha conseguido repetir el éxito de su predecesora. El humor de MacFarlane no ha evolucionado, pero el público sí, y llega un momento en el que lo mismo de siempre no es suficiente.

Ted 2 continúa las andanzas de los “compitruenos” (“thunder buddies”) John Bennett (Mark Wahlberg) y su osito de la infancia, Ted (voz de MacFarlane), vulgar y blasfemo peluche que cobró vida para convertirse en una de las personalidades corrosivas más famosas del país. Después de su primera aventura, Ted vive una existencia mediocre y vacía como cajero de supermercado y su reciente matrimonio atraviesa problemas, por lo que decide tener un hijo para superar el bache. Sin embargo, su vida se complica aun más al descubrir que no puede adoptar, ya que no es oficialmente una persona, sino una propiedad. Con la ayuda de John, deprimido después de su reciente divorcio y una peculiar abobada novata con debilidad por la marihuana (Amanda Seyfried en sustitución de Mila Kunis), Ted lucha ante los tribunales para ser legalizado como humano y así poder disfrutar de los derechos civiles que garantiza la constitución. Mientras, el viejo amigo de John, Donny (Giovanni Ribisi), traza un plan junto a la compañía Hasbro para hacerse con Ted, con la intención de desguazarlo para descubrir por qué ha cobrado vida y realizar réplicas del osito en cadena.

ImprimirA pesar de tener un argumento lineal y un objetivo claro que da forma a la historia y evita que se vaya demasiado por las ramas, Ted 2 continúa la tradición narrativa de las comedias de MacFarlane, con una película que más que otra cosa es una acumulación de gags que conducen a un clímax. Los hay muy buenos (la visita de John y Ted al club de comedia improv, la aparición de Tom Brady, el chiste recurrente sobre los ojazos de Seyfried, ya utilizado en Mil maneras…, la comparación que hace Ted de sí mismo con Kunta Kinte), muy malos (demasiados para enumerar), muy meta y pop (el regreso de Flash Gordon, la mini-historia de Liam Neeson que alcanza su conclusión en la escena post-créditos, todo lo que ocurre en la Comic-Con de Nueva York durante el acto final), y por supuesto muy ofensivos, escatológicos, gratuitos y soeces (se lleva la palma la visita al banco de esperma y el ataque a Kim Kardashian). Lo bueno es que, funcionen o no los chistes, algo que permanece intacto con respecto a la primera parte es la química de Wahlberg y MacFarlane (el primero sigue demostrando que se le da bien la comedia y el segundo que es un excelente actor de doblaje). Como el que no quiere la cosa, Ted 2 nos habla muy oportunamente de la lucha por los derechos de aquellos considerados “ciudadanos de segunda” a ojos de la ley, pero sin dejar de ser la misma simpática y deslenguada buddy-film sobre dos amigos que darían la vida el uno por el otro (algo que ya vemos desde su póster, reminiscente de otros carteles del género, como este, este o este).

Sin embargo, este bromance no es suficiente para sostener la película, que presenta un cuadro clásico de secuelitis agudaTed 2 está hecha a desgana, motivada más por la necesidad de seguir explotando la popularidad del personaje que por el deseo de continuar la historia (algo habitual en Hollywood que algunas franquicias saben disimular mejor). Además, su metraje se alarga más de la cuenta, llegado casi a las dos horas, con lo que la película se acaba resintiendo en su predecible recta final. Y es que Ted 2 es sobre todo una comedia blockbuster rutinaria y previsible, igual a tantas otras, una película de verano con suficientes buenos momentos para ser disfrutada, pero al fin y al cabo diseñada para ver y olvidar.

Valoración: ★★½

Sobre el crossover de ‘Los Simpson’ y ‘Padre de familia’

Fox tuvo una primera Premiere Week 2014 horrible. Desde hace un par de años está que no levanta cabeza, y sus series (especialmente sus comedias) están alcanzando mínimos irrisorios. Se dice incluso que Fox es la nueva The CW, haciendo alusión a los índices de audiencia peligrosamente cercanos al 1.0 en la demo 18-49 que lleva cosechando desde el año pasado. Claro que la audiencia target de CW es más específica, y por tanto se espera que sea más limitada, así que Rupert Murdoch tiene de qué preocuparse. Por suerte para la cadena, el regreso el pasado domingo de dos de sus buques insignia, Los Simpson y Padre de familia, salvó su semana en la hora 11, como dicen por allá. El incremento en la audiencia de ambas series se debió sin duda al factor crossover que juntó a las familias Simpson y Griffin en un especial de doble duración. La estrategia del crossover por cierto también benefició a Once Upon a Time esa misma noche, que regresó por todo lo alto con la incorporación de los personajes de Frozen a su colección de “fábulas” de Disney. Pero centrémonos en el acontecimiento animado televisivo del año (al menos hasta el próximo domingo, que vuelve Bob’s Burgers).

Os voy a ser sincero, estaba más desinformado de lo que creía con respecto al crossover de Los Simpson Padre de familia. Había asumido que estaría dividido en dos episodios, uno de una serie y otro de otra, así que pensando que daría comienzo en el estreno de la 26ª temporada de la serie de Matt Groening y continuaría en el arranque de la 13ª de Padre de familia, vi el capítulo de Los Simpson pensando que en cualquier momento harían acto de presencia los Griffin. En lugar de eso, me encontré con otro acontecimiento que Fox ha estado todo el verano anticipando: la muerte de un otro habitante de Springfield. En “Clown in the Dumps” (26×01), el padre de Krusty el payaso fallece, y mi reacción a tal anticlimático acontecimiento, y al episodio en general fue la siguiente: Eh!” (léase con la voz del rabino Hyman Krustofsky, por si no estaba claro).

Simpsons Family Guy crossover

Además de esta muerte, el episodio pasó sin pena ni gloria, no fue más que otro refrito sin chispa de viejas ideas y gags (por ejemplo, el programa de Krusty a lo largo de los años mostrando la evolución del payaso en consonancia con cada época), o sea, un jarro de agua fría para aquellos que no hemos seguido la serie en sus últimas (¿10?) temporadas y aún nos sorprendemos de lo muchísimo que se ha desvirtuado cuando nos topamos con un capítulo. Afortunadamente, no todo en “Clown in the Dumps” fue olvidable. El gag del sofá se mantiene como lo único verdaderamente fresco, interesante y estimulante de la serie, y el primero de la 26ª temporada no dejó indiferente a nadie. Los Simpson sigue confiando este espacio de su serie a cineastas y artistas consagrados, y también a animadores experimentales, como el último, Don Hertzfeldt, nominado al Oscar por su cortometraje Rejected. El couch gag de Hertzfeldt es uno de los más extraños, arriesgados y desconcertantes que hemos visto en la serie. Una auténtica maravilla en mi opinión. Os lo dejo a continuación, por si no lo habéis visto todavía, o por si, como yo, queréis verlo una y otra vez con los ojos como platos:

THE SAMPSANS EPASODE NUMBAR 164,775.7
HAIL HAIL MOON GOD

¿Y en cuanto al tan publicitado crossover? Pues nada mal, si os digo la verdad. Nunca he sido fan de Padre de familia, es más, en más de una ocasión he mostrado mi rechazo hacia la serie de Seth MacFarlane, pero os estaría engañando si os dijera que el episodio de Los Simpson me gustó más, solo por ser Los Simpson. Nada más lejos de la realidad. Aunque me cueste reconocerlo, Family Guy aún conserva algo de la agudeza y capacidad de observación que Los Simpson perdió hace mucho tiempo. El crossover tuvo sus más y sus menos, pero en general fue un buen trabajo de autocomentario, autocrítica y homenaje por parte de MacFarlane a Groening. Hubo sal gruesa, claro, porque técnicamente era un episodio de Padre de familia, y porque Los Simpson hace mucho tiempo que empezaron a sazonar sus episodios con este ingrediente. Pero hasta los últimos 10 minutos, reinó el respeto (es más, la reverencia), el ingenio y el absurdo -el del bueno, el del tipo “I’m a Family Guy” “I’m a The Simpsons”.

The Simpsons Guy” (13×01) se remontó a la primera etapa de Los Simpson para analizar todo lo que la convirtió en un fenómeno cultural, y lo hizo emparejando a los personajes de ambas series para que estos se encargasen de repasar sus elementos más icónicos y las diferencias entre una ficción y otra (véase la broma telefónica), con mejores y peores resultados: muy aprovechada la relación Bart/Stewie (genial la admiración que profesa el pequeño de los Griffin al mayor de los Simpson), menos fructífera la de Lisa y Meg o Brian y Pequeño Ayudante (mucho mejor habría sido poner juntos a los cerebritos de ambas familias, Lisa y Brian). Asimismo, los constantes guiños al carácter de estrategia publicitaria del crossover resaltaban la autoconsciencia del producto de manera ingeniosa (como cuando Peter reconoce que le está costando seguir adelante, porque está acostumbrado a “hacer esto durante media hora sólo”).

Matt Groening Seth MacFarlane

La sobredosis de meta fue considerable (cameos de Bob’s Burgers American Dad incluidos), y culminó en la brillante escena del juicio por plagio de cervezas, en la que un puñado de habitantes de Springfield aparecían sentados junto a sus análogos de Quahog, despachando los mejores chistes del capítulo condensados en el menor tiempo. Por esta inspirada escena hay que elogiar a MacFarlane (¿qué me pasa, doctor?), por reconocer abiertamente que su serie es una copia, y por utilizar este evento televisivo para celebrar el legado de Los Simpson, serie a la que Padre de familia debe su mera existencia. Claro que todo esto se va un poco al traste en el segmento final, en el que asistimos a la chicken fight entre Peter y Homer, un gag agotado y sin gracia, y con el que, junto al horrible, vergonzoso, vomitivo gag del lavado de coches, la serie de MacFarlane acaba fagocitando por completo a la de Groening.

Crítica: Mil maneras de morder el polvo

Seth MacFarlane ovejas

Albert Stark no es el típico héroe del Lejano Oeste. Es “el tipo que se esconde entre la multitud y se ríe de la camisa que lleva el héroe del Lejano Oeste”. Pero en Mil maneras de morder el polvo (A Million Ways to Die in the West), este cobarde hombre del montón se ve obligado a pasar a la acción y ponerse frente al cañón de la pistola. En su segunda película como director, Seth MacFarlane decide también ponerse delante de las cámaras y debuta como protagonista, extendiendo así su ego hacia todas las facetas de su producción.

Aunque no nos hacía falta este film para que pusiéramos cara al creador de Padre de familia (una cara por cierto que nos obliga a contemplar el parentesco con Casey Affleck), porque en los últimos años MacFarlane ha ido saliendo progresivamente de entre esa multitud desde la que observaba y se reía del mundo, para ponerse debajo de los focos -hasta el punto de convertirse en el peor presentador de los Oscars de la historia, sí, incluso por debajo de James Franco (Franco al menos no intentaba ser gracioso). Aunque sus productos sean un éxito, MacFarlane es un “autor” muy odiado, por su vertiente de cómico, por su repelente presencia pública y por su humor cáustico y políticamente correcto, con el que no todo el mundo comulga (en muchos casos no porque uno se escandalice, sino porque simplemente no es gracioso). Sin embargo, con Mil maneras de morder el polvo, el creador de Padre de familia (me) lo pone difícil para odiarlo con consistencia.

Mil maneras de morder el polvo

Tras el éxito de la aceptable Ted, MacFarlane decide revitalizar un género muerto, el western, y lo hace de la única manera que muchos se atreven a intentarlo: a través de la parodia. Sin embargo, las películas del Oeste son el único género que escapa a la naturaleza cíclica de los fenómenos y las modas del cine, así que de entrada, Mil maneras lo tenía complicado para hallar el favor del público masivo -y efectivamente así ha ocurrido, dándose de bruces en la taquilla. Una pena, porque como parodia, la película es todo un éxito, desmontando y metacomentando todo lo que define al western a la vez que homenajea certeramente al género de la fotografía decididamente cartoonesca a la fantástica partitura de Joel McNeely, los valores de producción son excelentes. El humor de Mil maneras se basa en el contraste anacrónico del universo idiosincrásico del Far West y la mentalidad y jerga de nuestros días. A partir de esa idea, MacFarlane explora los lugares comunes del western y las peculiaridades de la América de la Frontera para construir unos cuantos chistes recurrentes que, con mucho ingenio y agudeza, van estructurando la historia.

Sin embargo, si hay algo más difícil que ser consistente odiando, es ser consistente haciendo comedia. Y de eso sabe mucho MacFarlane, que a ratos da la sensación de que no entiende cómo funciona el humor. Mil maneras es otro ejemplo de la incontinencia del autor, que dispara mil balas a ciegas esperando atinar con alguna. La película es una sucesión continua de chistes y gags al estilo Family Guy de los cuales funcionan un tercio -debería llamarse Mil maneras de intentar hacer un chiste. Bien es cierto que la carcajada está asegurada con un buen puñado de ellos (normalmente los más estúpidos: “Mila Kunis”, los “ojazos” de la Seyfried), pero el resto nos hace pensar que MacFarlane no tenía a nadie que le dijese cuándo parar (algo que salta a la vista en todos sus trabajos). Y tener carta blanca puede ser algo muy peligroso.

El problema no es la escatología desmesurada del film, aunque esta da lugar a los gags más desinspirados -nunca fue más adecuado referirse al humor de una película como “humor caca-culo-pedo-pis“, porque tenemos en ella al menos uno o dos chistes sobre caca, culos, pedo y pis. Literalmente. Lo malo es que queda patente a lo largo del metraje que MacFarlane es capaz de realizar comedia inteligentemente provocadora y ofensiva (muy geniales los chistes racistas, aunque suene mal decirlo), one-liners brutales y slapstick del bueno (él concibe la acción real como la animación), pero no sabe cómo hacerlo sin rellenar el espacio entre ellos con chistes vulgarmente malos que deberían haber quedado descartados en la sala de edición. Por tanto, el rango de calidad de la comedia que hay en Mil maneras es tan amplio que la película será mejor o peor según los chistes que recordemos.

Charlize Theron Mil maneras

Aún con todo, Mil maneras de morder el polvo es una película que cuenta con muchos aciertos. Y es que más que un western, la cinta es por encima de todo una comedia romántica, la clásica historia del perdedor que consigue a la chica más guapa del instituto. A pesar de ser un impepinable error de casting (por así decirlo), MacFarlane al menos acierta identificándose con el nerd y trasladando los elementos del romance moderno al Lejano Oeste (la mean girl, el matón, la típica trama de emparejamiento para dar celos que acaba en enamoramiento). En este sentido, es Charlize Theron la que le saca las castañas del fuego al director, dando vida con sumo encanto y carisma a la forajida Anna, que hará que nos creamos que Albert es de verdad el underdog encantador y adorable que ella ve, algo que MacFarlane no logra por sí solo.

Mil maneras de morder el polvo es una comedia tremendamente facilona, a ratos insultantemente simple en lugar de simplemente insultante -que es a lo que aspira- y corrosiva por inercia. Además, el talento de su reparto está trágicamente desaprovechado en favor del protagonismo de MacFarlane –Neil Patrick Harris se arrepentirá toda su vida de ese interminable copro-gag, dentro de unos meses nos olvidaremos de que Liam Neeson y Amanda Seyfriend salen en esta película, y Sarah Silverman y Giovanni Ribisi, aunque más cómodos haciendo el cafre, también podrían preguntarse “¿para esto hemos venido?”. Sin embargo, de vez en cuando, en este festival de penes de oveja, gore (sí, gore), semen y cubos de diarrea podemos hallar momentos de verdadera chispa, incluso de dulzura e introspección. Y a pesar de la irregularidad de sus chistes, el film se las arregla para mantener el ritmo la mayor parte del tiempo, constituyendo al fin y al cabo un entretenimiento más que aceptable. Y por si eso no fuera suficiente, Mil maneras de morder el polvo contiene un par de cameos que son todo un sueño húmedo para el cinéfilo y el geek y que harán aplaudir a más de uno. Solo por esos ocurrentes crossovers la película ya merece la pena.

Valoración: ★★★

Especial Pilotos 2013-14 – Parte I

Sleepy Hollow Fox

Sleepy Hollow

Emisión: Los lunes en Fox USA

Opinión sobre el piloto: Sleepy Hollow no pierde el tiempo y va directa al grano, descargando en su piloto todo su arsenal: acción, flashbacks, comedia, violencia, mitología, leyendas, religión… Estamos ante una serie entregada de lleno a lo fantástico. Y esta es su mayor baza, la oportunidad de construir una serie en la que los monstruos y los demonios animen el cotarro de la televisión generalista. Por desgracia, Sleepy Hollow también contiene ese elemento policial de investigación del que parece que ninguna serie de género en abierto puede prescindir. El resultado, por bien empacado que esté, es clónico y formulaico. Y para potenciar aun más esa sensación, el piloto cuenta con el rostro mismo de la pereza seriéfila: John Cho (FlashForward, Go On).

Sleepy Hollow es un batiburrillo de estilos e ideas cuyo núcleo parece encontrarse en la interacción entre la pareja protagonista, Ichabod Crane (adecuado Tom Mison) y la agente de policía Abbie Mills (correcta Nicole Beharie), una suerte de doctor y companion de segunda cuyos vínculos empiezan a estrecharse demasiado pronto -como decíamos, no se puede perder el tiempo, hay que mostrar desde el piloto todo lo que la serie guarda en la recámara. Por suerte, su química funciona, aunque por ahora no llegue al nivel requerido para que veamos en ellos un “ship” importante (no se acercan ni al Sherlock y Watson de CBS). Sleepy Hollow lleva el cuento de Washington Irving hasta nuestros días, convirtiendo a Ichabod Crane en un loco afectado por el choque cultural y al jinete sin cabeza en el azote de un pueblo dominado por la niebla perenne y los Starbucks. Podría funcionar, pero no seré yo quien se quede a comprobarlo.

Puntuación: 4/10

Razones para quedarse: La imaginería monstruosa. El demonio-cabra es lo único que ha despertado mínimamente mi interés.

Razones para abandonar: Muchas, pero sobre todo el peligro de convertirse en un policíaco con 20 episodios de relleno y solo 2 que avancen realmente la trama que inicia el piloto. Y en definitiva, porque ya hemos visto 80 series como esta.

 

Dads Fox

Dads

Emisión: Los martes en Fox USA

Opinión sobre el piloto: Parece mentira que en 2013 se sigan produciendo sitcoms como esta. Supongo que la clave está en la pasta. Estas series son tan baratas como parece, y, si encuentran su audiencia, pueden resultar muy rentables. Definir Dads como “barata” es quedarse muy corto. La nueva comedia multicámara de Fox proviene de la sobrevalorada mente de Seth MacFarlane, uno de los mayores cánceres de la tele actual, y está capitaneada por Alec Sulkin y Wellesley Wild, dos de sus guionistas habituales. Lo más paradójico de todo es que, a pesar de detestar la producción animada de MacFarlane, lo que más he echado de menos en Dads ha sido precisamente lo que la define: descaro e incorrección política (pero de la de verdad, no para mayores de 7 años). Lo peor del piloto de Dads no es que sea racista o sexista (2 Broke Girls también lo es, y aun así es graciosa y entrañable), sino que su humor es carca, insultantemente básico, como si se hubiera escrito hace 20 años.

Dads es una comedia de risas enlatadas (y gritos al más puro estilo Salvados por la campana) sobre dos exitosos treinañeros que trabajan en una compañía de videojuegos de cartón piedra, y que deben cargar con sus fracasados padres. Los hijos son Giovanni Ribisi y Seth Green, y por muy bien que caigan (Green mucho más que Ribisi, claro), no son lo suficientemente graciosos o carismáticos. Los padres son Martin Mull y Peter Riegert y ya me he olvidado de ellos. Dudo que el espectador medio en su día menos exigente llegue a reírse más de dos veces con Dads (no tengo que decir que durante los 20 minutos que dura el episodio, mi cara ha permanecido más inexpresiva que la de Channing Tatum).

Puntuación: 2/10

Razones para quedarse: La criada del personaje de Seth Green.

Razones para abandonar: Todas, pero principalmente preservar tu criterio y tu salud mental.

 

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Brooklyn Nine-Nine

Emisión: los martes en Fox

Opinión sobre el piloto: ¿Seguís llorando por el final de 30 Rock y The Office? ¿Teméis el día en que se acabe Parks and Recreation (y admitámoslo, ese día está cerca)? No os preocupéis, ya tenemos sustituta para todas ellas. Quizás sea muy pronto para poner Brooklyn Nine-Nine a la altura de esas tres maravillas de la comedia del siglo XXI, pero desde luego el piloto muestra todos los síntomas y todo el potencial para que la serie acabe encantándonos igualmente. No sorprenderá a nadie que detrás del proyecto esté media plantilla de productores y guionistas de todas esas series. La fórmula es muy conocida por todos nosotros: comedia single-cam de 20 minutos -afortunadamente esta vez no se trata del manido estilo mockumentary- que muestra el día a día de un lugar de trabajo (workplace comedy), en este caso una comisaría de policía en Brooklyn, a través de un elevado número de personajes.

Brooklyn Nine-Nine está protagonizada por Andy Samberg, pero ya desde el piloto se nos insiste en la importancia de la coralidad en la serie. Y también desde el principio se caracteriza hábilmente a todos los personajes, con un simple y efectivo barrido por la oficina mientras el agente Peralta (Samberg) nos habla de ellos. A simple vista ya podemos ir haciéndonos a la idea de quiénes serán nuestros favoritos, y es indudable que hay química -especialmente entre Samberg y Andre Braugher. El piloto de Brooklyn Nine-Nine tiene ese halo a neositcom de NBC (produce Universal, aunque se emite en Fox) y ese inconfundible toque absurdo a lo Saturday Night Live (Samberg, ya no nos da tanta pena que te marcharas), que la convierten en una vuelta de tuerca semi-paródica al policíaco televisivo, con tendencia al gag y el sketch. Son 20 minutos escritos con inteligencia y cariño, con un timing cómico fantástico, un protagonista 100% likeable, y un reparto que da para mil y una tramas. En definitiva, el piloto de Broklyn Nine-Nine es una carta de presentación impecable que, si los ejemplos de las series mencionadas sirven de precedente, precederá a una temporada aun mejor.

Puntuación: 8/10

Razones para quedarse: Todo lo expuesto anteriormente.

Razones para abandonar: Que este tipo de comedias no sean de tu gusto, o que no seas capaz de concentrarte en la serie porque te distraiga la enorme boca de Andy Samberg.