Crítica: La señal (The Signal)

THE SIGNAL

Raro es que nos llegue a la cartelera española una película de ciencia ficción que no sea una superproducción de Hollywood con reparto de estrellas. Sin embargo, todos los años, del Festival Internacional de Cinema Fatàstic de Sitges suele escaparse alguna cinta con ganas de ser descubierta por el gran público. Es el caso de La señal (The Signal), segunda película de William Eubank (Love), que fue galardonada en el mencionado certamen con el premio a Mejores Efectos Especiales. El film, cuyo guión está co-escrito por el propio Eubank, nos propone un viaje lleno de enigmas y preguntas, una historia que se transforma constantemente hasta culminar en un imaginativo final caracterizado por el estupendo uso de los efectos digitales, un gran trabajo de economía de medios con el cual Eubank se las arregla para sacar el máximo partido de un presupuesto más bien ajustado (apenas 4 millones de dólares).

La señal es la historia de Nic (Brenton Thwaites), un estudiante universitario que emprende un viaje de una punta a otra del país para llevar a su novia, Haley (Olivia Cooke), a su nueva casa, Cartel La señaldonde estudiará durante un año separada de él. Les acompaña el mejor amigo de Nic, Jonah (Beau Knapp), con el que comparte su afición y talento informático. La mudanza sufrirá un cambio de itinerario para que Nic y Jonah traten de localizar a un genio cibernético que se ha infiltrado en los sistemas del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sin embargo, las pistas que tienen les acabarán llevando por un camino totalmente inesperado. Y es que La señal es sobre todo eso, un viaje lleno de bruscos giros que van cambiando la historia y componen un misterio que va adquiriendo un carácter de conspiración cada vez mayor, y del que es mejor no saber demasiado de antemano.

De esta manera, La señal es en realidad varias películas en una. Lo que comienza como un road trip con cierto aroma a Friday Night Lights sobre jóvenes en una importante encrucijada personal pasa a ser enseguida una suerte de film de found footagecon la llegada de los amigos a la cabaña remota desde la que surge la “señal” de baliza que les lleva a emprender su aventura. Dentro de la espeluznante casa-búnker en el bosque, la cosa se vuelve bastante Proyecto de la Bruja de Blair, con referencia incluida. Pronto el terror (que dura poco pero es bastante efectivo) da paso a la ciencia ficción, cuando Nic se despierta en unas asépticas instalaciones hospitalarias después de haber sido atacado por un E.B.E. (ente biológico extraterrestre). Allí será sometido a pruebas, dirigidas por el críptico Damon (Laurence Fishburne), e irá descubriendo poco a poco los secretos del lugar, del hombre que lo observa oculto en su traje de aislamiento, y de la organización que lo mantiene en cuarentena. Así hasta el explosivo desenlace, que parece pensado para la director reel que Eubank acabará mandado a Marvel.

La señal es cine joven, hecho con ilusión y ganas de sorprender. Quizás Eubank peque de ingenuo en el desarrollo de su historia, mucho más predecible y convencional de lo que él cree, y se vuelque demasiado en el aspecto visual y técnico de la película (impecable la composición de planos) en detrimento de la coherencia, pero este es uno de esos casos en los que la intención cuenta tanto como el resultado. En un género en el que, paradójicamente, cuesta mucho innovar, se agradece que haya jóvenes talentos con el entusiasmo y la pericia técnica para al menos intentar marcar la diferencia. Le seguiremos la pista.

Valoración: ★★★

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

Chris Pratt GotG

La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

Guardianes grupo

Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

Rocket

En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Al filo del mañana

Al filo del mañana Tom Cruise

A raíz del estreno de la nueva Godzilla, me he enzarzado en varios debates sobre cómo ver o no ver los blockbusters que nos llegan de Hollywood. Para muchos, es necesario experimentar las superproducciones cargadas de efectos especiales con una mirada inadulterada, rebajando nuestro rasero crítico y teniendo muy claro lo que se les puede exigir y lo que no. Estoy de acuerdo hasta cierto punto. Una aventura palomitera no demanda el mismo grado de inmersión “intelectual” en el espectador, e invita normalmente a dejarse llevar, como si uno estuviera en una montaña rusa. Sin embargo, esta idea se lleva a menudo al otro extremo, y se convierte en excusa para pasar por alto un espectáculo completamente vacío e invalidar opiniones más exigentes porque “no estás viendo una de Haneke” -de ahí pasamos al insulto: si criticas un blockbuster debe ser porque eres un gafapasta que rechazas por sistema el cine comercial. En fin, allá cada uno con su visión cuadriculada del mundo.

Lo de “hay que verlo con ojos de niño” está muy bien, y yo soy el primero en ponerlo en práctica, pero muchos ya no somos niños, y este esfuerzo por nuestra parte debe ser compensado con una historia y unos personajes mínimamente trabajados que apelen a nuestro criterio adulto. A los que nos gustan los blockbusters también nos gusta el buen cine, y sabemos que una cosa no está reñida con la otra, porque en los últimos años hemos visto muchas superproducciones que son mucho más que una vía de escapismo o una invitación a no pensar y simplemente disfrutar. Con películas como Capitán América: El soldado de invierno, Star Trek en la oscuridadX-Men: Días del futuro pasadoLa LEGO película -precisamente una parodia de los blockbusters-, se nos ha demostrado que este cine de gran presupuesto puede ofrecer algo más que pirotecnia. Y en este panorama en el que, afortunadamente, cada vez se subestima menos la importancia de los personajes y de un guión bien construido en el cine de palomitas llega la revelación de la temporada, Al filo del mañana (Edge of Tomorrow), la prueba definitiva de que Spielberg no es rara avis.

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Al filo del mañana no es una propuesta excesivamente original. Además de estar basada en una novela –All You Need Is Kill de Hiroshi Sakurazaka-, la película de Doug Liman (El caso Bourne, Sr. y Sra. Smith) adopta la estructura iterativa del mismo día que se repite una y otra vez, algo que hemos visto en numerosas ocasiones en cine y televisión. Sin embargo, el gran sentido del ritmo de Liman y un guión impecable escrito a tres manos aunque parezca surgir de una sola mente (Cristopher McQuarrie, Jez Butterworth y John-Henry Butterworth) resultan en una película refrescante y en cierto modo novedosa. Un blockbuster de ciencia ficción que fusiona Atrapado en el tiempoMinority Report, y tiene en cuenta la inteligencia del espectador sin por ello descuidar el elemento espectacular, enganchando y fascinando tanto por lo que nos está contando como por su componente visual. En definitiva, la experiencia blockbuster completa, y la prueba de que podemos pedirle algo más a estas películas, porque sabemos que nos lo pueden dar.

Además de un vibrante y trepidante sci-fiAl filo del mañana es ‘una película de Tom Cruise‘. Ya sabemos lo inteligente que es este señor, sobre todo en lo que respecta a elegir los proyectos en los que se involucra. Hoy en día, Cruise es mejor productor que actor, aunque en Al filo del mañana nos demuestra que sigue siendo un leading man excelente, capaz de derribar los prejuicios que arrastra desde aquella empalagosa y bizarra etapa hace años en la que su imagen pública se le fue de las manos. Lo mejor de su William Cage es que no es el típico héroe de acción americano, al menos no desde el principio. Cruise se convierte en él a medida que la trama avanza y se enreda, pero comienza muy alejado del arquetipo que suele interpretar, dando vida a un hombre amoral y cobarde. En un magnífico ejercicio de subversión de estereotipos, en Al filo del mañana él es el eslabón débil, y ella, una fantástica Emily Blunt, es la que da caña, la heroína pateaculos más famosa del mundo. Cierto es que los papeles acaban revertiéndose en cierta forma, pero en ningún caso mermando la función de Blunt en la película, que se mantiene firme e implacable hasta el final.

EDGE OF TOMORROW

Uno de los mayores aciertos de Al filo del mañana es su sentido del humor. Liman saca provecho de las posibilidades cómicas del formato narrativo atrapado en el tiempo para hacer reír, y en parte gracias a ello logra la hazaña de realizar una película sobre el concepto de la repetición que no resulta repetitiva, y que consigue reinventar constantemente el relato, garantizando la continuada atención del espectador, al que no da un solo segundo de tregua desde el impresionante primer desembarco. Conforme las capas se van superponiendo y giran unas sobre otras (y en nuestra cabeza), la historia va ganando en profundidad y se nos da a conocer a los personajes, en constante evolución (sobre todo Cruise) al compás de una interesante mitología. Como el mencionado Steven Spielberg, Liman consigue con Al filo del mañana un equilibrio absoluto entre el sci-fi inteligente y el mejor cine de acción -lo que intentaron sin éxito Oblivion Elysium, una película de efectos (los mejores aliens que hemos visto en el cine en muchos años), explosiones, geniales diseños de trajes y naves, y set pieces, que no escatima en historia y personajes, y que va mucho más allá de su apariencia de videojuego de última generación. En definitiva, un blockbuster de calidad y un clásico moderno en potencia.

Valoración: ★★★★

Crítica: The Zerø Theorem de Terry Gilliam

The Zero Theroem

Texto escrito por Daniel Andréu

Seguro que no éramos pocos los que asistíamos a la inauguración oficial del II Nocturna Festival Internacional de Cine Fantástico de Madrid atraídos por el nombre y la magia del maestro Terry Gilliam, que se da en pantalla grande cada demasiado tiempo. Afortunadamente, medio año después, Sony Pictures recupera la cinta y la estrena en salas comerciales. Una segunda oportunidad para disfrutar de Gilliam en el cine. Con The Zerø TheoremTito Terry regresa al futuro para contar la historia de un trabajador, una pieza dentro del gigantesco mecanismo de una sociedad pasada de tuercas, que vive obsesionado esperando una llamada que nunca va a llegar, y que conforme deja entrar a gente en su vida, ve cómo esta se va desmoronando. El realizador ha contado esta historia en diversas ocasiones ya, en 12 Monos o sobre todo en Brazil. Esta última ya fue una visión gilliamizada de la célebre novela de George Orwell 1984, pero The Zerø Theorem comparte incluso más puntos en común con aquel clásico literario. El anterior largometraje de Terry Gilliam, El imaginario del Doctor Parnassus (2009) tuvo un problema principal que fue el abuso de los efectos digitales. Este error se ha enmendado con su nuevo film, pero se ha vuelto a cometer otro que lastra el conjunto. Se trata del guión. Pat Rushin firma su primer trabajo para la gran pantalla, y aunque imparta clases de escritura creativa en la universidad, en este negocio todavía es un principiante. Su principal pecado a la hora de escribir el libreto ha sido estar pensando desde un principio en que lo iba a dirigir Gilliam, queriendo imitarle en todo momento, lo que provoca un choque negativo que hace que la película en general se quede a medias. Con un director así hay que dejar que la absorción de la historia se haga de forma natural. Desde la primera escena ya se nota demasiado el esfuerzo que hace el guionista por llevar a la pantalla las marcas de un autor que no es él, por ser el más absurdo, el más barroco, el más inventivo. En ese intento por crear un mundo futuro lo más enrevesado posible, Rushin se pierde, al igual que se pierde intentando abarcar demasiado. Es una pena porque la película tiene unas cuantas ideas que habiéndose centrado un poco más habrían dado mayor fruto, como el propio “Teorema Cero”, la locura del protagonista o la organización de la sociedad.

Zero

Terry Gilliam vuelve a crear un delicioso paisaje futuro como a él le gusta, sin esparajismos formales pero con un exceso patente en cada plano. Como señalábamos, la visión de ese futuro imaginado en es muy cercana a la que creó hace casi 20 años en 12 Monos. Por aquel entonces se trataba de un futuro post-apocalíptico, pero en The Zerø Theorem podríamos pensar que estamos viendo las mismas calles de esa Philladelphia del año 2034, solo que con muchas pantallas y con más gente caminando por ellas. Aunque no haya apocalipsis, se nota que la decadencia y la ruina han avanzado tanto como la tecnología. A un admirador como yo le gustaría pensar que los paralelismos con aquella obra maestra de 1995 no son casuales, como la iglesia en ruinas en la que vive el protagonista, que podría ser el centro comercial abandonado que visita James Cole en su primera expedición a la superficie, el aparato cilíndrico que guarda los tubos de datos que es casi idéntico a la máquina del tiempo en la que viaja Cole… O algo que me puso los pelos de punta, el personaje que llama Bob a todo el mundo, justo lo que hacen el mendigo de 12 Monos y la locura interior del Personaje de Bruce Willis. Este futuro se afronta desde una actitud de viejo cascarrabias que conoce pero no acepta el tiempo al que nos dirigimos. Demuestra más claramente su postura en esas fiestas tan ultramodernas como añejas en las que todo el mundo está con su tablets y sus auriculares individuales. Acostumbrados a otras representaciones más estilizadas, esto puede parecer menos natural, pero también es un futuro más probable.

Qoen Leth

Otra parte importante de la película son sus actores, un Christoph Waltz que no sabe darle autenticidad y naturalidad al desequilibrio que requiere su Qoen Leth. Brillan más sus compañeros, destacando el joven Lucas Hedges, que junto a Mélanie Thierry y el resto de secundarios se integran en el filme mejor que Waltz. Pero tampoco hay que quitarle todo el mérito al oscarizado actor alemán, que realiza un trabajo correcto que consigue llegar al corazón con su necesidad de afecto, que es a lo que se reduce todo finalmente. A él le tenemos que agradecer esa playa virtual, escenario de la secuencia que consiguió ponerle los ojos húmedos a un servidor: Qoen Leth entrando en el agua y cogiendo el Sol con sus manos para crear un bello atardecer al ritmo de la versión de “Creep” cantada por Karen Souza. Puro Gilliam. Entre tanto vaivén de llegar y no llegar a su objetivo, The Zerø Theorem sí que es capaz de dejar una sensación de tristeza y desasosiego en el espectador que se deja llevar, y eso es fruto del trabajo colectivo capitaneado por Gilliam que, sin haber conseguido una película perfecta, sí que ha dado un paso adelante respecto a su anterior trabajo. Esperemos que ensaye bien su reunión con los Monty Python y que cuando termine se ponga manos a la obra para entregarnos de una vez su versión de Don Quijote.

Valoración: ★★★★

Crítica: El juego de Ender (Ender’s Game)

ENDER'S GAME

Intentar adaptar al cine una novela muy querida es un acto temerario que, de salir adelante, se enfrentará sí o sí a la ira de una fracción del colectivo de fans de la obra en cuestión. Es el caso de El juego de Ender (Ender’s Game), el famoso libro de ciencia ficción escrito por Orson Scott Card hace ya casi tres décadas. El proyecto cinematográfico basado en la novela lleva muchos años intentando salir a la luz. La dificultad de trasladar a la pantalla la carga filosófica y los pensamientos de su protagonista, Ender Wiggin, hacían que el propio autor considerase que la novela era intraducible al lenguaje cinematográfico. Hasta ahora. Después del largo y tortuoso camino, El juego de Ender llega por fin a su destino: los cines de todo el mundo. Yo no he leído la popular novela de 1985 que adapta la cinta de Gavin Hood (realizador de X-Men Orígenes: Lobezno), por lo tanto mi perspectiva es la de espectador de cine que valora la película por sí misma, y no como adaptación.

Dicho esto, quizás el mayor problema de El juego de Ender sea precisamente que, aunque no se esté familiarizado con el material de referencia, salta a la vista en todo momento que la historia de Ender Wiggin ya ha sido contada anteriormente, y estamos asistiendo a una versión condensada de la misma. A pesar de que Hood realiza los pertinentes cortes para ajustarla al metraje de dos horas, o quizás por ello, su película adolece de un extraño sentido del ritmo, causado indudablemente por la dependencia de la novela. El comienzo del film transcurre de manera precipitada, sin aportar suficiente información (la exposición es confusa y falta contexto), sin dar tiempo para que los personajes (sobre todo el protagonista) se asienten en el relato antes de dar comienzo la acción. Por el contrario, una vez Ender llega a la Escuela de Batalla, asistimos a numerosos pasajes en los que el tiempo se dilata en exceso haciendo que la película parezca una eterna introducción.

ENDER'S GAME

Con El juego de Ender, Hood intenta levantar un puente entre la ciencia ficción más sesuda y el entretenimiento puro, obteniendo un resultado irregular. La película es un lustroso y espectacular sci-fi militar protagonizado por niños del que subyace una estimulante y ocasionalmente provocadora reflexión sobre la guerra (precisamente por la edad de los cadetes). El apartado técnico y visual es sobresaliente, los efectos digitales consiguen que algunas escenas en la Sala de Batalla dejen sin aliento, y el niño protagonista, Asa Butterfield, hace un trabajo soberbio con su personaje, sacando máximo provecho de la logística en la que se desenvuelve (atención a la impactante escena en las duchas); no así el resto de personajes, bastante desdibujados, en especial los adultos (Harrison Ford y Viola Davis pasaban por ahí). Sin embargo, a El juego de Ender le cuesta mucho mantener el interés y se pierde en incontables escenas de entrenamientos y simulacros que, a pesar de cumplir su función de mostrarnos la superdotada psique de Ender, lastran inevitablemente la narración.

Se nos recuerda constantemente que “hay que estar preparado para cuando llegue la batalla real“, dejando claro en todo momento que El juego de Ender no es una cinta de acción al uso, y que lo importante no es la batalla en sí, sino la mente de Ender, y su apasionante proceso de aprendizaje. Pero no es suficiente. El polémico final de El juego de Ender justifica todo lo ocurrido hasta el momento, y mediante un genial golpe de gracia, aporta una nueva e interesante perspectiva que aumenta su valor de revisionado (quizá esta sea una de esas películas que mejoran cuanto más se ven). No obstante, un gran desenlace como el de esta película puede justificar su estructura en mayor o menor medida, pero no compensa la mala gestión narrativa con la que se ha acometido la historia. Por esta razón, aunque no hayamos leído la novela, al final no podemos evitar plantearnos si adaptar El juego de Ender fue una buena idea.

Valoración: ★★★

Crítica: Elysium

Matt Damon

Con la aclamada Distrito 9 (2009), Neill Blomkamp se ganó a pulso el apelativo de “gran esperanza de la ciencia ficción“. Cuatro años después, el realizador surafricano regresa con una propuesta similar a su ópera prima en muchos aspectos, con el mismo espíritu creativo e incendiario, pero con presupuesto y estrellas de Hollywood. Gracias a Elysium, Blomkamp se confirma como un gran artesano del sci-fi, uno capaz de levantar un (otro) rico y complejo futuro distópico desde cero. Sin embargo, el director no se ha deshecho de los preocupantes vicios que dejaba entrever con su primera película, permitiendo que el interesante planteamiento se difumine en la peor de las demagogias.

Como cinta de acción futurista, Elysium es una obra ciertamente notable. Blomkamp se reafirma en su gusto por el paisaje sucio y árido, por el realismo salpicado de tecnología premonitoria, (por hacer saltar a personas en añicos por los aires), pero esta vez construye un aséptico y CartelCine ELYSIUM TRZ.aiorganizado universo paralelo para potenciar los acusados contrastes de su relato. La estación espacial-barrio residencial Elysium -que bien podría haberse llamado Arcadia, aunque al caso es lo mismo- es la tierra prometida para los ciudadanos que, por falta de recursos, están condenados a vivir entre las ruinas del planeta, como si del futuro de Wall-e se tratase -o el de Oblivion, con el que la película guarda más de un parecido. Elysium lo deja claro en todo momento: los ricos se salvan, los pobres se mueren. Y para garantizar que esto se cumple (y que a nosotros nos queda claro el mensaje) tenemos a la Secretaria de Estado Delacourt, el personaje de Jodie Foster, una villana en la línea de la Charlize Theron de Prometheus. Es decir, mala porque sí. Alegoría de la corrupción en las organizaciones gubernamentales a la que solo le falta frotarse las yemas de los dedos mientras descarga una carcajada de mala malísima.

Una de las funciones más básicas de la ciencia ficción -además de la escapista- es la social. El sci-fi más serio suele elaborar un comentario de la situación socio-política presente a través de la hipérbole high-tech y la profunda segmentación de clases en el futuro, a modo de advertencia sobre lo que se nos podría venir encima si seguimos así. Como diría Frank Herbert, “la función del género no es siempre predecir el futuro, a veces se trata de prevenirlo“. En este sentido, Elysium va sobrada de metáforas que aluden directamente a problemas que azotan a la sociedad norteamericana en la actualidad, en concreto a la cuestión de la sanidad públicalos absurdos de la burocracia o la inmigración (en Distrito 9 eran alienígenas, esta vez son terrícolas, pero todos cumplen exactamente la misma función). El problema es que Blomkamp no es capaz de encontrar el equilibrio entre escapismo y denuncia. En Elysium, la acción está siempre al servicio del evidente y taladrante discurso antisistema, y esto acaba sumiendo la película en el panfletismo más alarmante.

Jodie Foster

Afortunadamente, Blomkamp se encarga que nos divirtamos en todo momento, trata el género y a sus aficionados con el respeto y la dedicación que se merecen, construyendo a priori un ejemplar blockbuster pensado para el espectador adulto -es decir, sin cortapisas de estudios para rebajar el Rated R. Muy bien hasta que lo estropea todo cuando no nos deja pensar por nosotros mismos. En Elysium, los buenos son muy buenos: o masa de víctimas sin rostro, o “últimos héroes americanos” como el Max de Matt Damon, uno de esos everyman que salvan, y alteran el orden mundial con sus dos manitas -y alguna que otra mejora cibernética. Y por supuesto, los malos son malísimos. La teatralidad y el maniqueísmo con el que se construyen tanto a villanos como a héroes está al servicio de la metáfora sci-fi, para que la moraleja de este cuento quede bien clara en todo momento. Pero, ¿es necesaria tanta afectación para hacer llegar el mensaje? Si Blomkamp hubiera refrenado levemente estos impulsos combativos, si hubiera menospreciado un poco menos la inteligencia del espectador, Elysium no habría derivado en un producto tan convencional, e incluso irritante, y podríamos disfrutarla sin distracciones como la gran cinta de acción que es.

Orphan Black: Tuyas, mías, nuestras

Este verano me he planteado un reto que no os será ajeno. Ponerme al día con las series que sigo (¿casi todas?) para empezar el curso con dos o tres temas del libro ya leídos (¿quién me iba a decir que algún día pondría en práctica ese consejo?) e intentar llevar el nuevo calendario de series con menos agobio de cara al otoño que se acerca. Vaya, ¿desde cuándo esto de la seriefilia se ha convertido en una obligación más que en una afición o pasión? Dejemos ese tema para otro momento. Además de ponerme al día con series que por una razón u otra (básicamente la inexistencia de días de 48 horas) dejé paradas, he decidido que es el momento de echar un vistazo a aquellas “trending series” a las que aun no había hincado el diente. Series de esas que la masa seriéfila recomienda con fervor en Twitter, de esas que gracias a Tumblr ya has visto capítulos enteros en formato gif. Sin duda, la serie que más vi mencionada en las redes sociales la temporada pasada fue Orphan Black. Todo el mundo hablaba de ella, todo el mundo la reivindicaba, y la semana pasada decidí comprobar con mis propios ojos por qué tanto jaleo.

Orphan Black es un thriller de ciencia ficción que cuenta por ahora con una temporada (se prepara la segunda para 2014) y que consta de tan solo 10 episodios. Las temporadas de 10 capítulos son un regalo del cielo para nosotros. No solo porque nos permiten más tiempo para otras series, sino porque ya está más que demostrado que cuanto más condensadas son las temporadas, mejor contadas están. Mirad por ejemplo Juego de Tronos, o lo bien que le ha sentado el recorte de capítulos a True Blood. Este también es el caso de Orphan Black, que sin ser nada excesivamente original o novedoso, se las arregla para mantener el interés del primer al último episodio. Estamos ante una coproducción de Canadá y Estados Unidos, emitida en la cadena temática de género Space y en BBC America. Sin embargo, Orphan Black podría pasar por una serie de SyFy, si no fuera porque sus efectos especiales son magníficos y sabe en todo momento lo que nos quiere contar.

La premisa de Orphan Black recuerda ligeramente a la de la malograda (y malísima) Ringer. Pero solo la premisa, que conste. Sarah Manning, una joven de mala vida se encuentra en una estación de tren con una mujer idéntica a ella. Ante la mirada atónita de la protagonista, su “gemela” se suicida saltando a las vías. A continuación, Sarah suplanta la identidad de la suicida, Beth Childs, que resulta ser una agente de policía involucrada en un extraño caso que llevará a Sarah a conocer a más mujeres idénticas a ella. A pesar de que en su núcelo es una serie sci-fi, Orphan Black es estilística y narrativamente un thriller. La serie adopta a menudo forma de policíaco y se desenmaraña a base de sorpresas, giros, y escenas de acción. No hay nada verdaderamente impactante o extraordinario en el relato en sí, pero sí en la forma de contarlo. Ausencia de pretensiones, esfuerzo (fructífero) por mantener el interés del espectador, y el imprescindible factor “adicción”Orphan Black entra fácil, se puede ver en dos días, y no resiente al espectador como otras series de la misma naturaleza.

Pero sin duda alguna, la mayor virtud de Orphan Black, su mayor baza, tiene nombre propio: Tatiana Maslany. Lo que Joss Whedon buscaba (en vano) en Eliza Dushku para su multi-personaje de Dollhouse, lo que Sarah Michelle Gellar creía tener (ilusa) para interpretar a las gemelas de Ringer, es justo lo que posee Maslany, y además a raudales: talento camaleónico. Lo de esta chica es increíble. Dramáticamente no es un portento, pero triunfa en la dificultosa tarea de interpretar a un gran número de personajes, de sostener ella sola el peso de toda la historia, y de crear microcosmos creíbles para cada uno de estos personajes, sin que esto suponga una distracción negativa. Ahí es nada. Mediante cambios de acento, lenguaje corporal, gestos, cadencia de la voz y caracterización (vestuario, peluquería y maquillaje), Maslany nos ayuda a diferenciar sin problema a todas las doppelgängers a las que da vida. Es más, no solo consigue que las distingamos y que no tengamos presente que es Maslany la que está en todos y cada uno de los planos de la serie (y además a veces por partida doble y triple), sino que se las arregla para que conectemos con todos sus personajes y los apreciemos a varios niveles. Sarah, Cosima, Alison o Helena son entidades altamente individuales, personajes distintos por los que mostramos más o menos afecto en escala. Un logro muy considerable.

Orphan Black es por tanto Tatiana Maslany -sin desmerecer a Felix, alivio cómico y complemento perfecto a todas las Maslanys. Pero también es entretenimiento poco exigente, una serie a la que se perdonan los vicios de policíaco y su carácter predecible por su capacidad para hacer pasar un buen rato, y también por su factura técnica, de la que destacan indudablemente los efectos para situar a varias Maslanys en el mismo plano. Por todo esto, Orphan Black es una serie idónea para practicar el binge-watching (maratón de episodios). De rápido consumo, fácil digestión, y a otra serie, seriéfilo. No nos cambiará la vida, pero nos alegramos de que Tatiana Maslany haya entrado a formar parte de ella.

Crítica: Star Trek: En la oscuridad

J.J. Abrams puede regodearse de tener actualmente una de las marcas autoriales más definidas y reconocibles del panorama catódico y fílmico. La ha cultivado durante mucho tiempo en series de televisión, pero ya lleva años dedicado en cuerpo y alma al cine. Si bien ya había demostrado que era un nombre a tener en cuenta gracias a series como Felicity o Alias, fue con el hito de la cultura popular, Perdidos, con el que llegó al lugar privilegiado de la industria en el está instalado ahora. Abrams ya no está interesado en la tele como antes. Está claro que las series eran para él una plataforma hacia la gran pantalla. Si Super 8 le granjeó reconocimiento más allá de Lost, con Star Trek ha logrado confirmar que tiene madera de fabricante de blockbusters con alma, al estilo de su mentor Steven Spielberg.

La marca Abrams sigue vinculada a un tipo de narración muy particular que se fundamenta en la manipulación de las expectativas del espectador. Enigmas, preguntas sin respuesta, anticipación, fragmentación. Sin embargo, con la primera entrega de la nueva era cinematográfica de Star Trek, el autor se alejaba considerablemente del escondite narrativo y visual al que jugaba en Monstruoso y Super 8, dejando en herencia este particular estilo a su segundo de abordo, Damon Lindelof -que con Prometheus confirmaba el hastío del espectador ante la fórmula. Para acometer la importante tarea de relanzar la franquicia Star Trek, Abrams debía dejar atrás sus vicios como narrador. Había de encontrar la manera de conservar el espíritu trekkie y a su vez adaptarlo a las nuevas sensibilidades cinéfilas. Afortunadamente, tanto la primera entrega, como su secuela, Star Trek: En la oscuridad, confirman que Abrams es capaz de contar una historia de corte clásico sin marear al espectador (quizás solo en algunas secuencias de acción), de convertirse en un cuentacuentos contemporáneo, algo que sin duda le cualifica para emprender su próxima odisea pop, ponerse al frente de la primera entrega de la nueva trilogía de Star Wars. Abrams mucho abarca, y de momento, afortunadamente, mucho aprieta.

Star Trek: En la oscuridad supone una continuación orgánica y natural de la primera entrega, estrenada en 2009. Otra vertiginosa, colorista y emocionante aventura a bordo de la nave Enterprise, que funciona como secuela y a su vez como enlace con el pasado de la creación de Gene Roddenberry -materializado con la presencia, de nuevo, de Leonard Nimoy como el Spock del futuro pasado. Abrams repite fórmula, solo que esta vez pule los defectos de la primera parte logrando una cinta igualmente efectiva pero más redonda, más explosiva e impactante, y en definitiva, más satisfactoria. El primer acierto de Star Trek: En la oscuridad con respecto a su predecesora es la incorporación de un villano carismático, un Benedict Cumberbatch cuya abrumadoramente magnética presencia es suficiente para olvidar que alguna vez existió el Nero de Eric Bana (aunque seguro que a muchos no les hacía falta Cumberbatch para olvidarlo).

Sin embargo, el idolatrado Sherlock de BBC y su profunda voz gramofónica no es lo mejor de Star Trek: En la oscuridad. Como en la primera película, la gran química entre Chris Pine y Zachary Quinto como Kirk y Spock -dos de los mayores aciertos de casting del cine reciente- continúa siendo la espina dorsal del proyecto. En esta secuela se sigue profundizando en la complicada pero gratificante amistad entre estos personajes, haciendo que esta culmine en un sorprendentemente emotivo, e incluso desgarrador, clímax. Pero no solo de Spock y Kirk vive Star Trek. De hecho, la mayor virtud de esta nueva etapa de Star Trek es haber reclutado a un estupendo elenco coral que aporta una dinámica de grupo magnífica. Kirk y Spock aprenden juntos a ceder en lo que respecta a sus férreas convicciones y rasgos de personalidad, y lo hacen en gran medida gracias a una tripulación que les muestra la posibilidad de complementarse y explotar la diferencia por el bien común, algo que el espectador percibe claramente. No hay nada más importante que hacer ver que los personajes se preocupan los unos por los otros para que la audiencia estreche el vínculo con ellos y con la historia.

Star Trek: En la oscuridad es todo un triunfo del cine de aventuras y sci-fi, un intenso y trepidante viaje a través de los rincones más hermosos y peligrosos de la galaxia, en el que la acción más espectacular complementa el desarrollo de personajes, en lugar de eclipsarlo. Abrams firma así un producto de gran empaque visual -el bellísimo prólogo lo evidencia- en el que salta a la vista el amor hacia los personajes, un nuevo capítulo dentro de una macro-historia -y obsesión- de casi cinco décadas en el que el autor saca provecho de su experiencia televisiva para seguir conquistando el cine.

Oblivion: el batallón de limpieza de Tom Cruise

Oblivion (Joseph Kosinski, 2013)

El secretismo y la expectación levantada alrededor del nuevo filme de Joseph Kosinski (TRON: Legacy) ha convertido Oblivion en una de las películas más esperadas de la temporada. Desde luego, la campaña de márketing en la que Universal se ha enfrascado ha sido más que efectiva. Pero, ¿merece Oblivion todo el hype -autobombo puro- que ha tenido? La respuesta, en mi opinión, es un rotundo no.

El mayor interés de Oblivion reside en la espectacularidad de sus paisajes. Los naturales -gran parte del rodaje tuvo lugar en Islandia, donde se recreó una Manhattan desolada y enterrada tras una guerra con los alienígenas; Los artificiales -el diseño de producción de Darren Gilford, y en concreto la aséptica casa de estrella de Hollywood en la que viven Jack (Tom Cruise) y Victoria (Andrea Riseborough); Y por último los sonoros -la estimulante banda sonora de M83 y Joseph Trapanese, que fusiona tradición orquestal con elementos electrónicos. En general, Oblivion sigue al pie de la letra el manual de la ciencia ficción más minimalista, haciendo fácil la tarea de identificar sus mayores referentes: desde la obvia y confesa inspiración de 2001: una odisea del espacio, hasta la más acertada comparación con (la mucho más interesante) Moon, de Duncan Jones, pasando por el Spielberg de los actos primero y último de A.I. Inteligencia Artificial.

Sin embargo, lo verdaderamente importante, la historia, no está a la altura del acabado técnico. Con un arranque prácticamente calcado al de WALL·E -de la que podía haber aprendido también que a veces es mejor que los personajes no digan nada-, nos sumergimos en un escenario postapocalíptico en el que un hombre -que se autodenomina “limpiador” en cierto momento- se encarga de proteger un rincón de la Tierra del que aun se pueden aprovechar recursos naturales. Como el pequeño y entrañable robot de Pixar -pero mucho menos expresivo- Jack realiza un reconocimiento rutinario cada mañana, supervisado por su compañera Victoria. Dos personajes atrapados en una suerte de bucle temporal. El tiempo es precisamente uno de los principales leit-motifs de la película, que nos plantea una realidad cuyos cimientos se tambalean por los recuerdos de una vida pasada que se empeña en regresar a la mente de Jack -nosotros los vemos a modo de flashback en blanco y negro. Así, Oblivion se adscribe también al sci-fi existencialista que popularizó Matrix, el que cuestiona los límites entre la realidad y la fantasía, y que Kosinski ya practicó en TRON -aunque su discurso se pasase por alto.

Las posibilidades que brinda el género son completamente desaprovechadas en un guion evidente y carente de ambición. Oblivion subestima completamente al espectador al creer que este no predecirá en todo momento sus supuestamente sorprendentes giros argumentales. Lo peor es que la tensión se dilata de tal manera que cuando Kosinski se decide a insertar sus golpes de efecto, ya es demasiado tarde. El aturullado e insatisfactorio desenlace es la prueba final de que la única aspiración de Cruise y Kosinski era construir un festín visual -carne de IMAX– y un vehículo de dignificación y gloria para el dañado actor.

(Las interpretaciones de la película bien merecen un epílogo: Un Cruise temeroso y aburrido, que parece evitar movimientos interpretativos bruscos, no solo porque su personaje se lo pida, sino porque sabe que su imagen pública ha perjudicado su credibilidad como actor; una Olga Kurylenko impávida e inerte -aunque preciosa-, demostrando una vez más que NO es actriz. Y un reparto de secundarios trágicamente desaprovechados: Melissa Leo a través de una pantalla, Nikolaj Coster-Waldau y Zoe Bell con menos personalidad que un Stormtrooper, y Morgan Freeman en el papel más tópico de la película. Solo se salva Riseborough, como diva gélida y zorra celosa de culebrón).