Crítica: La bruja

La bruja

La bruja (The VVitch) no es una película de terror al uso. Y por “al uso” entendamos lo que uno se puede encontrar hoy en día en la cartelera de cualquier cine de centro comercial (una acepción reductiva, pero necesaria para entender qué ha pasado con esta película). ¿El problema? Que quizá se ha percibido -porque se ha vendido- como eso mismo. Una cinta de miedo orientada comercialmente a pandillas de adolescentes y espectadores con ganas de sobresaltos. Nada malo en buscar esto, pero La bruja no ofrece este tipo de experiencia terrorífica, sino otra completamente opuesta, la de la atmósfera, la incertidumbre y lo desconocido por encima del susto o la acción, la de lo sugerente, lo extraño, incluso lo libidinoso… Terror, sí, aunque muchos lo nieguen (erróneamente), pero no del que los estudios han convertido en normativo. De ahí la confusión e indignación por parte de un sector del público ante una película que no es lo que creía.

Habiendo dejado claro lo que no es La bruja, centrémonos en lo que es. El primer largometraje de Robert Eggers supone un excelente ejercicio de estilo y ambientación, pero no nos lo comamos de vista. Además de recrear con enorme detallismo la Nueva Inglaterra del siglo XVII, esta es una historia rebosante de significado y contada con suma inteligencia, un relato que planta constantemente la duda en el espectador, jugando con lo que puede ser real y lo que puede ser fantasía, dosificando la información de manera que no haya conclusiones precipitadas y la historia tome vida propia en la mente de cada uno. Si se entra en la propuesta de Eggers, La bruja tiene el potencial de convertirse en una de las experiencias cinematográficas más inmersivas y envolventes de los últimos años, una de la que cuesta tiempo salir después de su final.

La bruja cartelCon ciertas reminiscencias a El bosque de M. Night Shyamalan, La bruja nos cuenta la fascinante historia de una familia que subsiste a duras penas en una granja junto al aterrador bosque que hay a las afueras del pueblo, del que han sido exiliados por una misteriosa razón (una que, precisamente por no conocerla, influye en cómo percibimos la historia y tratamos de sacar conclusiones). El film nos lleva a la época previa de los juicios de las brujas de Salem en 1692, y nos presenta su folclore de forma realista, con un naturalismo que hace que lo que vemos (o intuimos) sea aun más sobrecogedor. Alrededor de los conceptos de la magia negra y la posesiónLa bruja traza un absorbente relato sobre el miedo y la ignorancia, un retrato que pretende ser fidedigno (no en vano se usaron transcripciones reales de la época para escribir los diálogos) de la histeria de la época y el fanatismo religioso que conducía hacia la violencia y el horror. Todo visto a través de los ojos de una adolescente, Thomasin (fantástica Anya Taylor-Joy), junto a la que vivimos la progresiva destrucción de su familia en una serie de acontecimientos que exploran la naturaleza del mal en relación al paso de la adolescencia a la vida adulta de una mujer.

Todos los elementos que conforman La bruja están meticulosamente construidos para dar como resultado una opera prima de gran pulsión cinematográfica: las impactantes y perturbadoras imágenes que recorren todo el film (bellamente fotografiado por Jarin Blaschke), la increíble banda sonora de Mark Korven, las interpretaciones (de adultos y niños, inolvidable la escena de posesión del pequeño Harvey Scrimshaw), los diálogos, cadencias y acentos, la imponente voz de Ralph Ineson, ese poderosísimo clímax que redefine la historia y obliga a revisitar todo lo acontecido para saber qué nos ha estado contando en realidad, sin olvidar la inquietante (omni)presencia de la cabra Black Phillip, animal en el que confluyen todos los miedos y angustias que sostienen el film. Todo esto hace que La bruja presente una visión escalofriante y hermosa de un terror que pocas veces se nos manifiesta de forma tan lúcida y sugestiva, y se postule seriamente como un clásico moderno del género.

Nota: ★★★★★

Crítica: Regresión

"Regression" Day 32 Photo: Jan Thijs 2014

Minnesota, 1990. Angela (Emma Watson), la benjamina de una problemática familia de la zona, acusa a su padre de cometer abusos sexuales contra ella para a continuación buscar refugio en la parroquia local, donde se esconde del mundo. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) se encarga de investigar el caso, que no tarda en dar un giro cuando el padre de la adolescente admite la culpa, pero asegura no recordar haber cometido el crimen. Para llegar al fondo del misterio, Kenner cuenta con la colaboración del reconocido psicólogo Dr. Raines (David Thewlis), que ayuda al sospechoso a recuperar sus recuerdos reprimidos mediante la regresión hipnótica. Esto no hace sino destapar una siniestra conspiración mucho mayor detrás del caso, una secta satánica que realiza rituales macabros y horribles sacrificios en el pueblo, y cuyo desenmascaramiento se convertirá en una obsesión cada vez más personal para el detective.

Regresión es la vuelta de Alejandro Amenábar al cine después de seis años de ausencia en la silla del director (sin contar un videoclip para las Nancys Rubias o el cortometraje publicitario Vale, sus únicos trabajos tras las cámaras en este tiempo), y a su vez supone su regreso al género de terror desde que estrenara Los otros en 2001. Para su nuevo largo, Amenábar aparca la ambición de sus anteriores proyectos (el dramón bigger-than-life Mar adentro y el péplum Ágora) y nos ofrece un thriller psicológico a la vieja usanza, un film sin otra pretensión más que la de narrar una historia de suspense y terror de las de antes, concretamente como las que se hacían hace veinte años (es más, como las que hacían otros, no él).

RegresiónEstamos ante una película noventera en todos los aspectos. La mera presencia de Ethan Hawke como protagonista ya otorga al film ese regusto a 90s que va intrínseco al actor de Texas, pero es que el ejercicio de regresión que nos propone el director va más allá de lo meramente circunstancial o estético. Regresión pide al espectador que se traslade atrás en el tiempo y firme el pacto de la ficción que habría firmado entonces (y ojo, no porque haya muchos agujeros, sino porque no pretende impactar o sorprender al público más resabiado). Amenábar, que también firma el guión (escrito por él solo), ha dibujado un contundente relato pre-Internet basado en hechos reales que juega con la idea del miedo aislado y magnificado dentro de una comunidad; una historia muy americana (no busquéis rastros de españolidad aquí tampoco) con la que también explora el lugar común del paleto yanqui (magnífica Dale Dickey como siempre en este tipo de papel) que lleva sus férreas creencias retrógradas al fanatismo más perturbador. El director nos recuerda que la ola de satanismo de los 90 es algo que ocurrió de verdad (y no solo en la América profunda), dando pie a un contexto fascinante en el que indaga en busca del origen del mal. Y lo hace evitando excesos efectistas y sin pasarse de listo (como sí ocurría en el cine temprano del autor), construyendo una película críptica y engañosa en su justa medida que mantiene en vilo hasta el final.

Regresión es en cierto modo una cura de humildad para Amenábar y a la vez una llamada a abrir los ojos para aquellos que lo tienen en un pedestal sin saber exactamente por qué (relax, por favor). No es un regreso por todo lo alto, no recuperamos a aquel director obsesionado con estar a la altura de lo que la crítica y el público esperaban de él (se le llegó a llamar muchas veces “el Kubrick español“, paraos a pensar en tamaña tontería). Regresión es el trabajo de un cineasta que ha decidido volver al trabajo, sin presiones, sin agobios. Y resulta que, mientras nos rasgamos las vestiduras porque no ha hecho una obra maestra o nos jactamos de nuestro excelente criterio porque “no es para tanto”, él nos está recordando lo más importante, que es un realizador muy solvente y eficaz (claro que a muchos esto ya no les vale). Regresión es la prueba, un trabajo asequible, bien contado (con un desenlace valientemente anticlimático y coherente con la idea que vertebra la película), un perverso juego de sugestión con una atmósfera turbia que envuelve magníficamente toda la película. Este es el Amenábar que yo quiero ver, no el que necesita conservar a toda costa su lugar en el Olimpo, sino el que recuerda por qué empezó a hacer cine.

Valoración: ★★★½