Spider-Man – Lejos de casa: La gran aventura europea de Peter Parker

Los acontecimientos de Vengadores: Endgame restauraban el orden tras la devastación provocada por Thanos en Infinity War, pero el regreso a la normalidad conllevaba cambios importantes y varias pérdidas insondables en las filas de los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Si Endgame fue el gran clímax de la Saga del Infinito, la Fase 3 de Marvel concluye oficialmente con Spider-Man: Lejos de casa (Spider-Man: Far From Home), la segunda aventura en solitario del héroe arácnido interpretado por Tom Holland. Presentada como un epílogo a este ciclo de 10 años y 23 películas, la película lidia con esas consecuencias desde la perspectiva de nuestro héroe adolescente favorito.

Peter Parker necesita desesperadamente unas vacaciones. El joven héroe se enfrenta a la vida sin su mentor, Tony Stark (Robert Downey Jr.), figura esencial en el desarrollo de su identidad, y a las consecuencias del chasquido de Thanos en su vida diaria en el instituto: mientras unos compañeros desaparecieron y regresaron cinco años más tarde como el resto de desvanecidos, otros sobrevivieron y siguieron creciendo en este tiempo, provocando una importante brecha entre ellos. El mundo ha cambiado, y Peter siente la presión que esto conlleva en su rol como superhéroe, lo cual se suma a las preocupaciones que ya de por sí tiene cualquier chico de 16 años.

¿La mejor solución para desconectar? Un viaje de estudios. Peter, Ned (Jacob Batalon), MJ (Zendaya) y sus compañeros se embarcan en un tour de verano por Europa que los lleva a Venecia, Praga y Londres. Sin embargo, sus vacaciones serán interrumpidas por Nick Furia (Samuel L. Jackson), que le encomienda la misión de detener a los Elementales, monstruos formados por las principales fuerzas de la naturaleza (aire, tierra, agua y fuego) que están sembrando el caos en el viejo continente. Para ello contará con la ayuda de un extraño aliado, Mysterio (Jake Gyllenhaal), héroe proveniente de otra dimensión que lleva un tiempo siguiendo la pista a las misteriosas criaturas. Y al propio Peter Parker.

Lejos de casa continúa el tono más ligero y el enfoque juvenil de Spider-Man: Homecoming, pero se vuelve más ambiciosa y eleva considerablemente la escala de la franquicia con más acción, una gran amenaza global y un importante conflicto personal para Spider-Man que impulsa su maduración como superhéroe. Si en Homecoming, Peter era nuestro amigo y vecino Spider-Man, ocupándose de malhechores callejeros y villanos más humanos, en Lejos de casa se ve obligado a actuar como un Vengador para acabar con un peligro mayor. El reto que plantean los Elementales le llevará a salir de la sombra de Iron Man para tratar de averiguar quién es sin él (¿Es él el nuevo Iron Man que el mundo necesita desesperadamente?). Eso sí, a pesar de habernos dejado, la presencia de Tony se hará sentir a lo largo de toda la aventura europea de Peter, gracias a la tecnología que este le dejó en herencia, y a la huella que imprimió en el como figura paterna.

Jon Watts, director de Homecoming, repite en Lejos de casa, realizando un buen trabajo a la hora de hilar tramas nuevas y antiguas y disponer las capas de humor, acción, desarrollo de personajes, y también romance. Hay momentos en los que se le va un poco de las manos y puede provocar confusión (pasan tantas cosas que es inevitable), pero por lo general, supera el desafío con nota. Es difícil analizar lo que ocurre en la película sin desvelar datos importantes sobre el argumento, pero es mejor así. Lejos de casa es una de las películas con más giros y sorpresas de Marvel, y destapar los secretos antes de tiempo arruinaría la experiencia. Digamos simplemente que lo que ocurre en el film y en sus dos impactantes escenas post-créditos conlleva importantes implicaciones para el futuro de la franquicia del Trepamuros, y del UCM en general.

De lo que sí podemos hablar abiertamente es del reparto. Holland vuelve a bordar el personaje, confirmando una vez más que nació para interpretarlo. El actor británico ES Peter Parker. Su compromiso y entusiasmo saltan a la vista en cada uno de los planos en los que aparece, dotando a la película de sinceridad, encanto y humanidad. Por otro lado, Zendaya adquiere mayor protagonismo, dejándonos conocer mejor a su MJ (aunque todavía nos queda mucho por saber sobre ella) y desarrollando con Peter la relación más adorable de Marvel. Su indudable química es de lo mejor de un film que no tiene miedo a entregarse con los brazos abiertos al amor (en una saga que no suele hacerlo mucho), recordándonos que estamos viendo una película de Spider-Man, y también una de instituto.

También hay que mencionar al reparto secundario juvenil, “repetidores” (Jacob Batalon, Angourie Rice, Tony Revolori) y novatos (incluido el primer actor transgénero del Universo Marvel, Zach Barack), que forman un simpático plantel adolescente con el que se refleja la diversidad étnica y cultural de los institutos de hoy en día. En el frente adulto debemos destacar de nuevo a Marisa Tomei como Tía May, aunque su participación vuelve a saber a muy poco, y la aparición de Samuel L. Jackson y Cobie Smulders como Nick Furia y Maria Hill, ejerciendo como nexo entre Spidey y los Vengadores. Por último, Jake Gyllenhaal como Mysterio se convierte en la atracción principal de Lejos de casa, con permiso del Trepamuros. El actor, al que Marvel llevaba mucho tiempo rondando, ha encontrado el papel perfecto para él. Gyllenhaal está simplemente sensacional, construyendo en Mysterio uno de los personajes más sorprendentes y fascinantes del UCM.

Aunque a la película le cuesta un poco arrancar, cuando lo hace, llega a lo más alto y no baja. Lejos de casa es divertidísima, emocionante, inteligente, romántica, fresca y visualmente vibrante. Watts eleva considerablemente el listón de Homecoming con secuencias de acción espectaculares y de lo más imaginativo, que parecen salidas directamente de las páginas del cómic. Su detallismo a la hora de diseñar el aspecto del film y orquestar la acción se salda con set pieces muy vistosos (gracias en parte a haber rodado en localizaciones europeas reales) e imágenes llenas de información y guiños. Todo esto, sumado a los giros que cambian lo que creíamos saber (algunos arriesgados y potencialmente polémicos), hace que el valor de revisionado se dispare por encima de lo habitual. Es decir, para verla completa, hace falta verla dos veces. De hecho, es una de esas películas que te dejan con la necesidad de repetir, pero también de saber qué pasará a continuación. Aunque ya hemos visto a Holland encarnando al personaje en cinco ocasiones, el viaje de Peter no ha hecho más que empezar y Lejos de casa prueba que el futuro es suyo.

Pedro J. García

Nota: 🕷️🕷️🕷️🕷️

Capitana Marvel: El eslabón perdido de Marvel

Ha tardado diez años, pero por fin ha llegado. Marvel presenta su primera película protagonizada por una mujer (después de que la Avispa compartiese cartel con el Hombre Hormiga en Ant-Man y la Avispa). Capitana Marvel es la penúltima entrega de la Fase 3 del Universo Cinematográfico Marvel, un acontecimiento muy esperado que promete sacudir los cimientos de este universo de ficción. Anna Boden y Ryan Fleck dirigen la primera película en solitario del divisivo personaje de Marvel Comics, adoptando su encarnación más reciente, Carol Danvers. La oscarizada Brie Larson se pone en la piel de la heroína de poderes cósmicos en una película que ejerce como presentación oficial del personaje y también como precuela del Universo Marvel y la Iniciativa Vengadores, es decir, un entreacto para rellenar los huecos entre Vengadores: Infinity War Endgame.

Como viene siendo habitual en las películas del estudio, Capitana Marvel toma elementos icónicos de la historia de Marvel Comics y los transforma y adapta a sus necesidades. La película se construye como una historia de orígenes, pero no es exactamente la que nos encontramos en las viñetas, sino que han decidido alterar el orden de los factores para tratar de darle un giro refrescante. La de Carol Danvers es una historia de autodescubrimiento clásica, pero en lugar de utilizar el ABC del decálogo superheroico, cambia el esquema por un BCA, resultando en una origin story ligeramente diferente, si bien algo confusa e irregularmente desarrollada, sobre todo durante su primer acto.

Capitana Marvel transcurre en los 90, y se asemeja a una película de acción y ciencia ficción de invasiones extraterrestres propia de esta década, una aventura intergaláctica que nos presenta el Universo Marvel tal y como era antes de que lo conociéramos. Después de estrellarse en la Tierra durante una misión, en la época en la que todavía se usaban las cabinas telefónicas y existían los videoclubs, la guerrera Kree Vers (Larson) trata de ponerse en contacto con su equipo, liderado por su mentor, Yon-Rogg (Jude Law), mientras investiga la infiltración en nuestro mundo de la raza alienígena de los Skrulls, con la que los Kree libran una guerra a través del espacio. Durante su estancia en la Tierra, Vers empieza a ver flashes de una vida anterior, lo que le lleva a descubrir la impactante verdad sobre su pasado, su identidad y el origen de sus poderes.

Larson está acompañada la mayor parte del tiempo por Samuel L. Jackson, que retoma su papel como Nick Furia cuando aun era un simple agente de S.H.I.E.L.D, gracias a la tecnología digital rejuvenecedora a la que tanto partido le está sacando el estudio (y con éxito, porque el “lifting” de Furia es impecable y no distrae en ningún momento). Ambos llevan el timón, junto a la robaescenas oficial de la película, la gata Goose, de una divertida buddy film dentro del espectáculo sci-fi al que nos tiene acostumbrados Marvel, protagonizando los momentos más cómicos en una película que sabe dosificar el humor para no saturar con demasiados chistes. El reparto es uno de los puntos fuertes del film, con Jackson como una de las atracciones principales, y un grupo de aclamados intérpretes secundando a los protagonistas. Los personajes de Jude Law, Ben Mendelsohn y Annette Bening están correctamente caracterizados e interpretados, nos deparan bastantes sorpresas (Talos la más grata), y los actores parecen estar pasándoselo bien, algo que no siempre ocurre con este tipo de fichajes de renombre en el cine de superhéroes.

Pero por supuesto, Larson es el centro de atención. La actriz, blanco de polémicas externas por su empeño en aumentar la diversidad en la crítica y la cobertura de prensa de la película, se ha tenido que enfrentar a un injusto escrutinio por parte de un sector del público. Afortunadamente, la actriz demuestra con su estupendo trabajo en la película que fue una elección más que acertada para el papel. Su Carol es una superheroína definida, una mujer inteligente, decidida y carismática que Larson construye encontrando el equilibrio adecuado entre el temple y la capacidad analítica de un soldado, la fuerza extraordinaria de un superhéroe y la humanidad de una persona que está tratando de descubrir quién es en realidad.

Capitana Marvel es una oportunidad para visitar otro rincón pasado del Universo Marvel y reencontrarse con viejos conocidos. La presencia de Furia, Ronan (Lee Pace), Korath (Djimon Hounsou) o Phil Coulson (Clark Gregg) establece conexiones con las vertientes terrenales y cósmicas del UCM, ayudando a completar sus historias mientras trazan líneas directas con Los Vengadores (algunas inesperadas) que nos preparan para el enfrentamiento final con Thanos en Endgame. Pero estos nexos están debidamente entrelazados en la historia de Carol de modo que nunca hacen que el foco se distancie demasiado de ella y que, por tanto, la película se mantenga contenida en sí misma.

Aunque no sobresale especialmente por su aspecto visual o su dirección, más bien convencional (sobre todo si lo comparamos con otras entregas de la Fase 3 mucho más estimulantes como Doctor StrangeThor: Ragnarok Black Panther), Capitana Marvel saca provecho de su ambientación noventera con detalles nostálgicos muy simpáticos (de los que, afortunadamente, no abusa) y sobre todo una banda sonora de temazos de los 90 (Garbage, Hole, No Doubt, TLC, Nirvana, REM…) que harán vibrar a cualquiera que creció durante esta década. Las canciones suelen acompañar escenas de acción electrizante y combates excelentemente ejecutados (memorable un explosivo una contra todos al ritmo de ‘Just a Girl’ de No Doubt), en los que Larson destaca por su agilidad y contundencia, haciendo honor a la reputación de su personaje como el más poderoso del Universo Marvel (aunque eso aun está por ver).

Capitana Marvel es la historia de empoderamiento femenino que el eminentemente masculino Universo Marvel necesitaba. Carol Danvers no solo se enfrenta a villanos del espacio exterior, sino también al sexismo de cada día en la Tierra (en una escena le llegan a pedir que sonría, evocando así a la absurda polémica en Internet porque el personaje no aparece sonriendo en el material promocional de la película), respondiendo siempre con entereza y dignidad, dándole a lo trolls la justa atención que merecen y levantándose cada vez que se cae para demostrar su valía en un mundo de hombres que no creen que haya lugar para ella. También hay que señalar que no hay historia de amor en la película, sino una bonita amistad entre Carol y su excompañera de vuelo y mejor amiga Maria Rambeau (la revelación Lashana Lynch), con la que protagoniza las escenas más emotivas. Pero su mensaje feminista viene también acompañado de un (quizá no muy sutil) mensaje anti-bélico y una reflexión en torno a los refugiados alienígenas que sirve como reflejo de nuestra realidad y ayuda a dar un mayor empaque emocional y trascendencia a la historia.

Evidentemente, Marvel sabe exactamente lo que tiene que dar a su público, y eso es justo lo que hace en Capitana MarvelQue es formulaica es más que obvio. Aunque, como ya he dicho, trata de darle una vuelta de tuerca a esa fórmula para contar una historia de orígenes desde otro punto de vista, al final no deja de ser una película de Marvel en todos los aspectos, para bien y para mal. Ofrece las dosis de acción y espectáculo que esperamos de Marvel (con efectos digitales mejorables, desgraciadamente también como siempre), la fusión de drama y comedia, las conexiones con el UCM, la fijación con las relaciones paterno-filiales, la definición de qué hace al héroe y su lucha moral, los giros argumentales que dan la vuelta a lo que creíamos saber, el marveliano juego de la anticipación que da lugar a un tercer acto que eleva la película… Todo está aquí, y todo funciona tan bien como siempre. Porque si algo no está roto, ¿por qué vas a arreglarlo?

Capitana Marvel es un disfrutable estallido galáctico de nostalgia noventera, una bienvenida incorporación al Universo Marvel que cumple su cometido presentando a su heroína y dejándonos con ganas de volver a verla. No es una película perfecta, pero es que sería injusto pedirle que lo fuera. El hecho de que sea la primera película de Marvel centrada en una mujer ha hecho que le exijamos más que a sus predecesoras, cuando lo cierto es que Marvel ha hecho con ella lo que debía: darle el mismo tratamiento que a sus héroes masculinos. Su primera incursión en Marvel es un eslabón imprescindible para todo fan del estudio, una inspiradora historia que sirve para encajar las piezas que faltaban y calentar motores para el gran acontecimiento de Vengadores: Endgame, en el que volveremos a ver a Carol, ya unida a los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El otro guardaespaldas

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Hace unos meses me encontré con el póster de una supuesta nueva comedia de acción titulada The Hitman’s Bodyguard en el que se podía ver al resucitado Ryan Reynolds (recordemos lo accidentada que estaba siendo su carrera antes de Deadpool) sosteniendo en brazos a Samuel L. Jackson. El cartel en cuestión (que tenéis más abajo) es un jocoso homenaje al póster de El guardaespaldas, el clásico noventero (y casposísimo, no sé si la habéis vuelto a ver) protagonizado por Whitney Houston y Kevin Costner. Pues bien, solo por esta imagen, y quizá influenciado por Deadpool y la divertida personalidad pública de Reynolds, en mi cabeza The Hitman’s Bodyguard se convirtió en una parodia del cine de acción de lo 90 (otros directamente creyeron que se trataba de una broma de Internet). Pero nada más lejos de la realidad.

La película, en España rebautizada El otro guardaespaldas por el mismo avispado departamento de marketing que subtituló Sex Tape, la película de Cameron Díaz, Algo pasa en la nube en nuestro país (esto es una suposición mía, que como todo lo que digo, podría ser errónea), es una buddy film a la vieja usanza. Énfasis en lo de “vieja”. Una película que ha viajado 25 años desde el pasado hasta nuestros días para continuar la tradición cinematográfica de las cintas de acción testosterónica protagonizadas por una pareja de polos opuestos, rebosante de topicazos, estereotipos y sexismo. Todo con mucho humor, sí, pero sin apenas atisbo de ironía o metacomentario. Es decir, El otro guardaespaldas es la misma machirulada de siempre, lo que tiene sentido cuando descubrimos que en la silla del director se sienta el muy macho Patrick Hughes, realizador de Los mercenarios 3.

Volviendo al concepto de buddy film, la película explota adecuadamente la química entre sus dos dispares protagonistas, Ryan Reynolds, que da vida a Michael Bryce, un guardaespaldas de élite, y Samuel L. Jackson, uno de los sicarios más famosos del mundo, Darius Kincaid. Por una serie de desafortunadas circunstancias, Bryce ve cómo su lujoso estatus profesional se desvanece, lo que le llevará a tocar fondo cuando reciba el encargo de proteger a Kincaid, su enemigo mortal, quien ha intentado acabar con su vida en más de veinte ocasiones. Ambos deberán aguantarse durante 24 horas en un trepidante viaje que los llevará desde Londres a La Haya para que Kincaid testifique en un juicio en contra de un despiadado dictador de Europa Oriental (Gary Oldman, en serio), y en el que vivirán alocadas persecuciones, explosiones, huidas en barco y tiroteos a mansalva.

A pesar de lo anticuado de esta historia y su enfoque, lo que delata a El otro guardaespaldas como una película de 2017 es su cuidada factura técnica. Otra cosa no, pero el film al menos cumple en lo que debe cumplir, con secuencias de acción diestramente coreografiadas y filmadas con mucho pulso y gusto por el espectáculo más desmesurado. También se salva el trabajo de Reynolds, reinventado como uno de los actores de comedia más solventes del cine reciente y desbordante de ese tipo de carisma cercano que lo hace tan simpático para la audiencia. Su contrapunto, Jackson, se limita a hacer lo que se espera de él en una película de estas características, sin importarle demasiado hacer el ridículo. Una payasada de las suyas, un “motherfucker” cada dos palabras y Jackson se lleva su cheque más contento que unas pascuas.

elotroguardaespaldasposterY luego están los secundarios… Élodie Yung (Elektra en las series de Marvel/Netflix) hace de agente de la Interpol, pero por mucho que la dibujen como mujer de acción, no es más que la chica del héroe, un personaje que aparece casi exclusivamente para mover la trama romántica del film. Pero esa no es la exhibición de sexismo más flagrante de la película. Para eso está Salma Hayek, la mujer de Kincaid (cómo no, ella es casi 20 años más joven que él), un personaje sumamente vergonzoso que protagoniza un lamentable flashback que se recrea en las tetas y el culo de la actriz (desde el punto de vista de Jackson) mientras esta masacra sádicamente a sus acosadores (¿el feminismo según Hughes?), en un alarde exploit que tiene la gracia en el… bueno, ya sabéis dónde. Y por último, lo de Gary Oldman no tiene nombre. Bueno, sí: hay que pagar las facturas. Su villano, además de obsoleto y ofensivo, es el personaje más plano de la película, que ya es decir.

El último guardaespaldas planteaba una buena oportunidad para reírse de los lugares comunes del género, incluso para intentar reinventarlo y traerlo al siglo XXI, pero la desaprovecha por completo (no creo que la idea ni se les pasara por la cabeza en ningún momento). Además de no tener demasiada gracia y ser pesadísima (dos horas dura, y se nota), es tan rancia, tan arcaica que ni sus explosivas escenas de acción, ni el majete de Reynolds la redimen. Que alguien la devuelva a 1990, donde pertenece.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Kong – La Isla Calavera

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Warner Bros. tiene las películas de DC Comics, pero el estudio está interesado en construir otros universos compartidos a base de blockbusters interconectados. Con esto en mente estrenó en 2014 la nueva versión de Godzilla, a la que sucede ahora la reinvención de King Kong en Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island), una superproducción de escala gigantesca con la que se allana el terreno para la secuela de Godzilla en 2019, y el colosal encuentro de ambos monstruos en el crossover de 2020. Si Godzilla servía como introducción a este Universo Cinematográfico Monstruoso, Kong: La Isla Calavera amplía considerablemente sus fronteras, descubriéndonos un mundo poblado por criaturas míticas anteriores al hombre que se seguirá explorando en las siguientes entregas. Los cimientos ya están asentados, ahora solo queda que los monstruos los destruyan para nuestro deleite.

Kong: La Isla Calavera recoge la sensibilidad del cine clásico de aventuras del que procede, rindiendo tributo a la King Kong de 1933, a la vez que la moderniza ajustándose a los cánones del blockbuster actual, componiendo un espectáculo de acción y efectos visuales que tiene mucho en común con Parque Jurásico y otras películas de expediciones que acaban en desastre (cuyo principal referente es precisamente la King Kong original). En Kong acompañamos a una fotógrafa (Brie Larson) y un rastreador (Tom Hiddleston), que junto a un equipo de científicos y militares, se adentran a mediados de los 70 (recién terminada la Guerra de Vietnam) en la Isla Calavera, una formación en medio del Océano Pacífico que no se encuentra en los mapas y permanece oculta al mundo por una permanente borrasca tormentosa, ejerciendo así como una suerte de Triángulo de las Bermudas. Lo que se inicia como una expedición cartográfica es en realidad una misión personal con la que un miembro de la organización Monarch (John Goodman) pretende demostrar que no está loco y tanto Kong como otras criaturas monstruosas desconocidas existen. Esto llevará al equipo a adentrarse en la isla, ignorante de los horribles peligros que los esperan. No solo el que supone su Rey, Kong, sino también otras especies de animales prehistóricos de grandes dimensiones a los que deberán enfrentarse para intentar escapar de allí con vida.

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Aunque no sea el colmo de la profundidad o la película más inteligente del mundo (nadie espera que lo sea), Kong: La Isla Calavera es una buena, a ratos muy buena, película de monstruos, una aventura épica que sabe exactamente lo que tiene que dar al espectador. Grandes dosis de acción, peligro, sobresaltos y bichos enormes para dejar con la boca abierta. La película no solo cumple de sobra con estos requisitos, sino que además cuenta con un sentido del humor más acertado de lo que cabía esperar (este tipo de películas suelen fallar en los chistes, pero en Kong, la mayoría de los momentos cómicos dan en la diana) y, lo más importante, no descuida el factor humano. Sí, el impresionante despliegue visual y los monstruos son la atracción principal, pero todos sabemos que hace falta algo más para que un blockbuster se sostenga en pie, y Kong lo tiene. Personajes con motivaciones, personalidades marcadas, arcos de transformación y relaciones que vertebran el argumento mientras Kong y los habitantes de la isla lo ponen todo patas arriba. No son especialmente complejos, pero sí lo suficientemente definidos y diferenciados como para que nos importen más que los habituales personajes humanos unidimensionales e intercambiables de este tipo de cine (como los de Godzilla, sin ir más lejos).

Pero como decía, lo más importante sigue siendo el espectáculo, y en este sentido, Kong: La Isla Calavera sabe cómo distinguirse. Siguiendo los pasos de Gareth Edwards, Jordan Vogt-Roberts dirige una película muy cuidada en lo estético y visual que nos deja planos de auténtica belleza. Casi todas las apariciones de Kong, una creación digital absolutamente imponente, son particularmente destacables, sobre todo cuando Vogt-Roberts contrapone al titán peludo al atardecer, dando lugar a un film de tonos cromáticos ocres y anaranjados que sirven como homenaje a Apocalypse Now -una conexión nada casual, ya que Kong también es un alegato antibelicista con mensaje ecológico. A esto se suma lo bien coreografiadas que están las secuencias de acción, con persecuciones impresionantes y batallas estruendosas que hacen vibrar la butaca: los helicopteros atravesando la tormenta para entrar a la isla, la apocalíptica primera aparición de Kong (y todas las siguientes, porque nunca deja de ser un acontecimiento), la emboscada del cementerio… la película está llena de momentos adrenalínicos que mantienen la atención en todo momento y la convierten en una aventura vertiginosa y consistentemente entretenida.

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Claro que, por muy infalible que sea como película de aventuras, Kong: La Isla Calavera tiene sus problemas. Por un lado, un reparto de estrellas empequeñecidas por las circunstancias: Hiddleston está más bien plano, por no decir inerte, Larson no hace demasiado, y Samuel L. Jackson está ahí únicamente para ser Samuel L. Jackson y dejar caer sus icónicas expresiones malsonantes, lo que hace que sean los secundarios los que sobresalgan, como John C. Reilly (de lo mejor de la película), Shea Whigham y Thomas Mann (el prota de Yo, él y Raquel), responsables de los mejores momentos cómicos de la cinta, y de que esta no se tome excesivamente en serio. Y por otro, un tercer acto en el que la película está a punto de desbordarse por situaciones que rozan el absurdo y una tendencia progresivamente fardona en la acción, anteponiendo así lo estético a la lógica narrativa. En cualquier caso, nada que estropee la experiencia, ya que es habitual que este tipo de cosas ocurran en todo blockbuster con el mismo ADN. Por lo demás, Kong: La Isla Calavera es una película de aventuras más que digna. Va al grano y no da tregua (afortunadamente, tampoco comete el error de retrasar el gran momento de ver a Kong y nos lo muestra enseguida), divierte de principio a fin, acaricia los sentidos con imágenes de gran preciosismo y los aturde con acción contundente y bien realizada. En definitiva, cine evasión que indica el camino correcto a seguir para una saga que, a juzgar por la marveliana escena post-créditos, nos tiene preparadas gigantes sorpresas.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Que el cine de Tim Burton ya no es lo que era es algo que tenemos bien asumido. Sin embargo, el director no parece demasiado preocupado por recuperar la fe del público que un día lo consideró uno de los directores más visionarios, originales y subversivos del cine. En su lugar, Burton se ha acomodado en la última década eligiendo proyectos que se ajustan como anillo al dedo a su personalidad y estética, contando/adaptando historias que, antes de pasar por su filtro particular, ya eran marcadamente burtonianas (lo que viene a llamarse “moverse por inercia”). Este es el caso de su nueva película, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, basada en el best seller homónimo de Ransom Riggs, y con la que Burton regresa a sus excéntricos mundos de fantasía después de rebajar la burtonidad con el biopic Big Eyes.

El hogar de Miss Peregrine es la historia de Jake (Asa Butterfield), un adolescente asocial que ha crecido escuchando los cuentos maravillosos de su abuelo, Abe (Terence Stamp), relatos fascinantes sobre niños con poderes especiales que convivían en un orfanato en la costa de Gales. Tras la muerte de Abe en circunstancias misteriosas, Jake decide viajar al Reino Unido para comprobar con sus propios ojos si este lugar existe en realidad. Allí descubrirá el refugio secreto donde los niños de los cuentos de su abuelo, conocidos como Peculiares, permanecen ocultos en 1943 gracias a un bucle temporal creado por Miss Peregrine (Eva Green), la enigmática institutriz que los mantiene a salvo de los peligros que los acechan. A medida que conoce a sus nuevos amigos y las reglas que rigen el hogar de Miss Peregrine, Jake se dará cuenta de que no todo es lo que parece, ni siquiera él, y será clave en la lucha contra los monstruos que quieren hacer daño a los Peculiares.

Miss Peregrine ofrece a Burton la oportunidad de volver a dar rienda suelta a su particular sentido de la magia y la aventura para hablarnos una vez más de esos inadaptados, freaks o seres peculiares por los que siempre ha sentido predilección. Y el director la aprovecha para realizar otro trabajo visualmente estimulante que fusiona el color y la oscuridad, lo luminoso y lo tenebroso, como solo él sabe hacerlo. Otra cosa quizá no, pero este sigue sabiendo cómo construir una fantasía que nos entre fácilmente por los ojos y no nos deje apartar la mirada de la pantalla gracias a su inconfundible imaginario. Efectivamente, Miss Peregrine está llena de imágenes deliciosas, planos iconoclastas rebosantes de romanticismo al más puro estilo del autor (Jake tirando de la cuerda que evita que Emma salga volando, las hermosas secuencias bajo el agua) y momentos de gran asombro que conquistarán sobre todo a los más jóvenes. Y es que, a pesar de dejar escapar unos cuantos momentos verdaderamente grotescos y terroríficos (que la hacen no apta para niños pequeños) y de algún que otro destello del Burton más ácido y extravagante, Miss Peregrine es una película de marcado corte familiar, en la que el director parece esforzarse por mantenerse dentro de unos parámetros de seguridad. Los mismos que, a la larga, acaban perjudicándola.

Pero ese no es el principal problema de Miss Peregrine. Lo cierto es que durante la primera hora la cosa parece prometer bastante, incluso nos hace recuperar por momentos la esperanza en un verdadero regreso a la forma del director, pero se trata solo de una ilusión. A medida que la historia avanza se ponen de manifiesto los defectos de la película. Principalmente un ritmo irregular, que hace que esta se haga demasiado larga (con 127 minutos técnicamente lo es, pero es que además da la sensación de que dura media hora más), el triunfo del estilo sobre la sustancia (con lo que queda una película bonita, pero más vacía de lo que querríamos), y sobre todo un guion que empieza bien y acaba descarrilando hasta no saber por dónde cogerloMiss Peregrine presenta una intrincada mitología que la guionista Jane Goldman (Kingsman: Servicio secreto) no ha sabido exponer de forma clara, haciendo que las reglas de su universo, el desarrollo y los giros argumentales resulten confusos y tiendan excesivamente a la omisión y el deus ex machina. Esto se pone de manifiesto especialmente durante el alocado clímax, cuando el caos se apodera del guion y se trata de cerrar de forma apresurada todo lo que se ha abierto en la primera parte. Es decir, Miss Peregrine sabe cómo captar nuestra atención, pero no es capaz de mantenerla y se/nos pierde enrevesándose demasiado.

El reparto es otro de los aspectos más inconsistentes de Miss Peregrine, tanto por el nivel interpretativo como por el uso que se hace del mismo. Aunque sobre decirlo, Eva Green es una de las mayores bazas de la película. Ella fue lo mejor de Sombras tenebrosas, así que es un absoluto placer volverla a ver a las órdenes de Burton dando vida a otro personaje que permite a la actriz francesa hacer lo que mejor se le da: hipnotizar con su magnética presencia y expresiva mirada turquesa (aunque a ratos se confunda con Vanessa Ives de Penny Dreadful). Sin embargo, su Miss Peregrine queda desdibujada y relegada a segundo plano, desapareciendo literalmente durante el tercer acto de la película, para regresar a última hora sin aportar mucho al desenlace (no corren mejor suerte Judi Dench y Allison Janney, cuyos talentos son dramáticamente desaprovechados). Por otro lado, y esto es lo más importante, Asa Butterfield (muy prometedor en El juego de Ender) no es capaz de sostener sobre sus hombros el peso de la película, llevando a cabo una interpretación plana con la que no logra transmitir apenas emociones. Y por último, Samuel L. Jackson chirría con un villano caricaturesco que debería haber sido divertido, pero en su lugar resulta algo ridículo. Afortunadamente, suplen las carencias del cast principal el encantador grupo de niños peculiares, un plantel de adorables secundarios de entre los que destaca una exquisita Ella Purnell. Es una pena que el guion no sepa aprovechar mejor sus poderes (¿quizá se lo están guardando para una secuela/saga? Daría para ello, desde luego).

El hogar de Miss Peregrine no es un desastre, nada más lejos de la realidad. Esta mezcla de Mary Poppins, Harry PotterX-Men homogeneizada a través de los ojos de Burton es un film de imaginación desbordante, lleno de humor y buenas intenciones, y técnicamente impecable, con diseño de producción, vestuario y efectos de primera (todo lo que cabe esperar del autor). Sin embargo, la magia e ilusión inicial de la propuesta se diluye por culpa de un tratamiento narrativo que no saca partido de su material y una falta de riesgo por parte de Burton, que sigue atrapado en su propio bucle. Con esta película tenía una oportunidad de oro para recuperar el esplendor, pero ha vuelto a dejarla marchar en favor de la mentalidad de estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La leyenda de Tarzán

La leyenda de Tarzán 1

Hay dos maneras de hacer un remake o volver a contar por enésima vez una historia en el cine: haciéndolo muy bien o aportando algo nuevo, algo distinto a lo que hemos visto en las anteriores iteraciones de la historia. La leyenda de Tarzán opta por la segunda vía. La película dirigida por David Yates (responsable de las cuatro últimas películas de Harry Potter y su spin-off Animales fantásticos y donde encontrarlos) toma al famoso personaje creado por Edgar Rice Burroughs y nos lo presenta bajo una nueva luz, tratando de no repetir la misma historia que se ha llevado al cine en varias ocasiones, y que el clásico Disney de 1999 se encargó de inmortalizar para las nuevas generaciones. Así, La leyenda de Tarzán se construye como secuela que se inicia presentándonos la faceta menos explorada del personaje: su vida burguesa en Inglaterra después de abandonar la jungla y adoptar la identidad de John Clayton III.

La historia de Tarzán forma parte del imaginario colectivo, por lo que el film no se detiene demasiado en sus orígenes, únicamente mostrándonos varios flashbacks necesarios para unir pasado y presente. De esta manera, La leyenda de Tarzán se centra en contar el regreso a la jungla de John, conocido en Londres como Lord Greystoke (Alexander Skarsgård), junto a su amada Jane (Margot Robbie). Clayton, convertido en leyenda en la capital británica, es invitado al Congo para servir como emisario comercial del parlamento, pero no acepta hasta que un diplomático norteamericano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le desvela que los belgas están esclavizando a la tribu que hace años fue su familia. Junto a él y su mujer, Clayton regresa a su verdadero hogar para acabar con los planes de Leon Rom (Christoph Waltz), el corrupto capitán detrás de la trama homicida del rey belga para hacerse con el Congo y sus recursos naturales, un plan malvado que conecta directamente con el pasado de Tarzán y destapa heridas que no llegaron a cicatrizar nunca.

La leyenda de Tarzán 2

A partir de las historias de Burroughs, Yates y sus guionistas componen una película que trata por todos los medios de ofrecer algo distinto, de mostrarnos a un Tarzán de los Monos más oscuro, más violento, una versión de la historia en cierto modo más actualizada, con mucha acción “moderna” (es decir, pensada para el 3D). Tanto es así, que por momentos La leyenda de Tarzán parece una película de superhéroes, en la que un justiciero con poderes extraordinarios recupera su súper-identidad después de permanecer inactiva (pero latente) durante años. Pero los esfuerzos son en vano, y a pesar de contarnos algo relativamente nuevo, el déjà vu es inevitable, y acabamos teniendo la sensación de que estamos viendo lo mismo de siempre. La razón es una aproximación excesivamente convencional, superflua y carente de fuerza creativaLa leyenda de Tarzán es una película insípida, sin verdadero interés, un trabajo que no aporta nada interesante al canon cinematográfico del personaje, ni a la actual corriente de puestas al día de los cuentos clásicos.

Si al menos hubiera otros alicientes que compensasen esta monotonía y falta de ímpetu, podríamos intentar salvarla. Pero La leyenda de Tarzán renquea en todos sus departamentos. Su reparto es cuanto menos irregular: la presencia física de Skarsgård es indudablemente imponente y el actor hace buen uso del lenguaje corporal para componer al personaje, pero aun con esas su interpretación resulta inexpresiva, escasa, algo parecido a lo que pasa con el impresionante Djimon Hounsou; Robbie es buena actriz, pero está muy mal escogida para este papel, y su aspecto indudablemente contemporáneo chirría con el entorno (además, el tratamiento de su personaje deja mucho que desear, insistiendo de boquilla en que Jane no es ninguna damisela, para ponerla en este rol durante la mitad del metraje y reducirla a eso; no chirriaría tanto si no lo dijera tanto, porque una cosa es decirlo, y otra demostrarlo -y no le estoy hablando a Jane, sino a los guionistas); Jackson ejerce como alivio cómico interpretándose a sí mismo, pero sus momentos 100% jacksonianos, por muy simpáticos que sean, son poco oportunos y revelan una gran desesperación por hacer que la película tenga algo de chispa; y por último, el de Waltz es el enésimo villano desdibujado y aburrido que nos deja el blockbuster actual, un personaje que a su vez es la enésima prueba de que el repetitivo y afectado actor austríaco siempre ha hecho y seguirá haciendo lo mismo una y otra vez.

La leyenda de Tarzán 3

Aunque no lo creáis después de todo esto, La leyenda de Tarzán no es del todo mala película (podría haber sido mucho peor). Lo que sí es es una película muy mal hecha. Parece mentira que su presupuesto ascendiera a 180 millones de dólares, porque en pantalla no se nota por ninguna parte. La inconsistencia visual del film es increíble (parecen tres películas de diferentes estilos mal pegadas). Por un lado, tiene ocasionales destellos de fuerza y contundencia que atronan los sentidos, y los escenarios naturales africanos dejan estampas preciosas, pero por otro, el empaque que la cinta podía haber tenido (y que tiene por momentos) se va al traste por culpa de una gran cantidad de planos pixelados y desenfocados, imágenes nocturnas con un nivel de grano inaceptable, zooms artificiales que estropean la imagen, un montaje torpe que en lugar de cubrir estos defectos los acentúa, y lo peor de todo, unos efectos digitales lamentables (flaco favor le ha hecho tener tan cerca El Libro de la Selva de Disney), con cromas chirriantes y falsísimas criaturas CGI (incluyendo un Tarzán de videojuego que parece hecho en 2001). En definitiva, la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como pasatiempo o espectáculo, que es lo mínimo a lo que debería aspirar, y parece una versión inacabada que todavía no estaba preparada para su proyección en cines.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Los Odiosos Ocho

THE HATEFUL EIGHT

Hay pocos directores de cine tan seguros de sí mismos y con el control de su estilo y sus universos de ficción como Quentin Tarantino. Lo ha demostrado una y otra vez, elevando el pastiche y el homenaje (o imitación) a un arte cinematográfico que pocos dominan. Tarantino no se sale de su zona de confort, porque ahí dentro es un maestro. Por eso con su octava película, Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight), va sobre seguro. Un reparto de actores fetiche para el realizador de Tennessee, diálogos marca de la casa, violencia pasada de rosca, reverencia a uno de sus géneros predilectos, el western (rodado además en nostálgico 70mm), y ese sentido del humor tan particular. Nada de esto falla en Los Odiosos Ocho, sin duda un “lugar feliz” para los incondicionales del director, en el que la novedad más destacable es que el título de la película está formado por tres palabras, en lugar de dos.

Los Odiosos Ocho nos traslada a la época inmediatamente posterior a la Guerra de Secesión en Estados Unidos, al mundo de la Frontera, con sus “Se Busca Vivo o Muerto”, sus forajidos y sus diligencias. Con una variación: estamos ante un western nevado de interiores con espíritu de obra de teatro. El paisaje invernal de Wyoming es el escenario donde se sitúa la acción, concretamente dentro de la Mercería de Minnie, una parada para diligencias en un puerto de montaña, durante un feroz temporal de nieve. Uno de esos coches de caballos arriba en la Mercería llevando cuatro pasajeros, que son recibidos por cuatro hombres. Cuatro y cuatro, ocho (más algún acoplado que no sabe dónde se ha metido). Como siempre, Tarantino cuida al máximo la caracterización y las historias de sus personajes, con el objetivo de convertirlos en iconos desde el primer minuto. Y estos ocho personajes (unos más que otros) son decididamente memorables.

El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) lleva a su fugitiva, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), al pueblo de Red Rock, donde Ruth, más conocido como “el Verdugo”, debe llevar a la delincuente a la justicia. Por el camino se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), otro cazarrecompensas antiguo soldado negro de la Unión, y el nuevo sheriff de Red Rock, Chris Mannix (Walton Goggins), sureño con pocas luces que se dirige al mismo lugar para ocupar su nuevo puesto. En la Mercería, estos cuatro sospechosos personajes conocen a Bob (Demian Bichir), mexicano a cargo del local mientras Minnie se encuentra ausente, el sofisticado británico Oswaldo Mobray (Tim Roth), el vaquero de voz rasgada y pocas palabras Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Stanford Smithers (Bruce Dern).

Hateful EightComo si de un “episodio botella” de una serie se tratase, Los Odiosos Ocho transcurre casi íntegramente en el mismo lugar, impulsada por una dialéctica constante entre estos ocho personajes, en la que se van destapando heridas abiertas y el pasado se va apoderando del relato, hasta que lo conquista. Los diálogos tarantinianos son lo que mueve la acción durante una primera hora y media que, no obstante, puede resultar algo pesada, en la que el director no consigue brillar en su escritura como de costumbre. En esta ocasión, las casi tres horas de metraje que dura la película no están justificadas, y lo que se cuenta en la primera sección del film podría haberse reducido a la mitad sin problemas. Pero ya sabemos cómo es Tarantino. My way or the highway. Su cine suele funcionar de esta manera, se va calentando a fuego lento, a su ritmo (por capítulos), sin prisa, y va yendo a más, para culminar en un acto final en el que la sangre llega al río, y lo desbordaLos Odiosos Ocho no es una excepción. Como dice un personaje durante la película, “El nombre del juego es ‘paciencia'”. Efectivamente, si uno escucha atentamente y aguanta con calma la primera parte, le aguarda una gran recompensa en la segunda. Una última hora divertidísima, en la que el humor estalla después de ir a medio fuelle casi todo el tiempo, y donde el juego de misterio que es su historia nos reserva un par de giros y triquiñuelas narrativas que ponen el resto de la película en perspectiva.

Aun con todo, a ratos da la sensación de que el director se mueve por inercia, confiando demasiado en que bastará con desplegar los mismos trucos de siempre, porque tiene a su público en el bolsillo. Por eso en esta película son los demás los que se llevan verdaderamente el gato al agua. Concretamente el legendario Ennio Morricone, que firma una banda sonora que se eleva por encima de la cinta (la música durante los créditos iniciales pone los vellos de punta), el director de fotografía, Robert Richardson (que hace maravillas tanto en interiores como cuando se nos deja ver el impresionante paisaje nevado que sitia a los personajes), y por supuesto el reparto, consistentemente excelente (a excepción quizá de Tim Roth, en un papel sin duda escrito para Christoph Waltz, en el que el británico imita… a Christoph Waltz, y Channing Tatum, que menos mal que sale poco, porque no consigue hacerse con el tono de su personaje). Russell está especialmente inspirado, y si Leigh se ha llevado muchos laureles por su (sobre)interpretación demente y desquiciada, quien está en estado de gracia es Samuel L. Jackson, que merece una nueva nominación al Oscar ya solo por su sádico flashback narrado, uno de los momentos que más serán recordados de la película.

 Los Odiosos Ocho no es el mejor Tarantino, pero es puro Tarantino, lo que debería ser bastante.

Valoración: ★★★½

Crítica: Vengadores – La era de Ultrón

Capitán América AoU

Con Los Vengadores (2012), Joss Whedon asumía un reto de proporciones épicas: escribir y dirigir la primera “reunión” de los Héroes Más Poderosos de la Tierra, una película en la que las previas entregas individuales de Marvel habían de converger, donde todos los superhéroes debían encajar en la historia y esta tenía que servir como puente a la siguiente fase sin dejar de funcionar como una película autónoma. Juego de niños, vamos. A tenor del resultado (tercera película más taquillera de la historia y críticas generalmente positivas), no cabe duda de que Whedon superó la prueba con nota. Tanto es así, que la Segunda Fase del Universo Cinematográfico de Marvel no sería como es de no ser por el punto de inflexión creativo que supuso la película.

Gracias al éxito que tuvo el humor en el film, el estudio introdujo una dosis mayor de comedia en el UCM y Los Vengadores implantó el esquema definitivo a seguir por los siguientes “episodios”, en los que el director cumplió un rol de asesor que lo devolvía en cierto modo a sus años como showrunner televisivo. Las películas post-Avengers experimentaron un incremento de calidad (todas exceptuando quizás Iron Man 3), y Marvel se afianzaba como el estudio que no podía dar un paso en falso, al estilo del Pixar de antaño. Concretamente Capitán América: El soldado de invierno Guardianes de la Galaxia pusieron el listón tan alto que el reto que suponía la secuela de Vengadores para el autor era aún más complicado. Con Marvel en su apogeo y las expectativas disparadas más allá del Bifrost, ¿ha sido Whedon capaz de repetir la hazaña con La era de Ultrón? Sin duda. ¿Es suficiente a estas alturas? Eso ya no está tan claro. Si uno ve la película como el blockbuster veraniego que es, no tendrá problemas con ella, pero si se compara demasiado con la primera o se le exige más de la cuenta (y no nos engañemos, no se nos ha preparado para otra cosa), podría desmoronarse. En cualquier caso, no cabe duda de que estamos ante otro gran acontecimiento Marvel, una colosal y comunitaria experiencia cinematográfica que, a pesar de no superar a su predecesora, demuestra una vez más el enorme poder de la Casa de las Ideas.

ultron group

En Vengadores: La era de Ultrón recuperamos a los seis miembros originales del equipo gozando de una compenetración absoluta en el campo de batalla. La vertiginosa secuencia de apertura nos muestra a los superhéroes llevando a cabo una misión en la que cada uno de ellos cumple una función imprescindible. Además de advertirnos implícitamente de que no deberíamos parpadear demasiado si no queremos perdernos toda la información por segundo que nos ofrecen los abarrotados planos de la película, esta escena establece uno de los temas centrales del film: el trabajo en equipo es lo que hace que los Vengadores sean imparables. Es importante dejar clara desde el principio esta idea, puesto que el resto de la película se dedicará a la delicada misión de intentar desintegrar al grupo, provocando fisuras internas y una fricción entre los miembros que culminará sin duda en Civil War. Por eso, La era de Ultrón parece más bien una película de transición, una en la que un Whedon más instrumental se ha preocupado menos de dejar su sello personal y más de cumplir con los designios de Marvel (y Disney). En ella se respira continuamente el futuro de la saga; por ejemplo, la importancia de las Gemas y varios vistazos al Guantelete del Infinito nos recuerdan (una vez más) que lo más gordo está por llegar, y los mil y un cameos parecen encajados a la fuerza para aumentar la sensación de continuidad del UCM (#ItsAllConnected). Es más, la trama se enfoca en todo momento hacia la creación de una nueva formación de Vengadores, lo que hace que La era de Ultrón funcione más como enlace o antesala, y menos como película autónoma que la primera parte.

Wanda y Pietro Maximoff

Además de Capitán América, Iron Man, Hulk, Thor, la Viuda Negra y Ojo de HalcónLa era de Ultrón cuenta con los “mejorados” Wanda y Pietro Maximoff, hermanos gemelos de impresionantes poderes (prohibido decir “mutantes”) que no solo ponen en jaque a los Vengadores, sino también a Whedon, que tiene aún más personajes con los que hacer malabares narrativos. No obstante, en lugar de amenazar la coralidad de la película, se suman a ella sin apenas problemas. Los futuros MercurioBruja Escarlata son incorporados a la historia casi in media res, y a pesar del poco tiempo que tienen en pantalla, su arco argumental (el paso del lado oscuro al luminoso) se desarrolla satisfactoriamente (sobre todo en lo que respecta a Wanda), siempre supeditado a la historia principal, y como decíamos, con un ojo puesto en el futuro del UCM (¡esas visiones! ¡ese epílogo!). Solo dos quejas acerca de los hermanos. Primero, Elizabeth Olsen eclipsa a un apocado Aaron Taylor-Johnson, cuyo Mercurio recibe menos énfasis en la caracterización -quizá porque sabían que intentar hacer sombra al Quicksilver de X-Men podía salir mal. Y segundo, esos acentos de pega. Para la próxima, o pasan más tiempo con el coach de dicción o que se deshagan de ellos por completo.

Ultron

Wanda y Pietro no son las únicas caras nuevas del multitudinario elenco de La era de Ultrón. A la lista interminable de conocidos del UCM que desfilan por ella (Peggy Carter, Heimdall, los miembros principales de SHIELD menos Coulson, Erik Selvig, War Machine, Falcon…) se suman nuevos secundarios: la Dra. Helen Cho, Ulysses Klaw (primera semilla de Black Panther), el barón Wolfgang von Strucker, sin olvidar al Hulkbuster, que protagoniza uno de los numerosos set pieces de la secuela. Pero sin duda, los dos fichajes estrella de La era de Ultrón son el villano que da subtítulo a la película y uno de los personajes más populares de Marvel Comics, Visión. La cadena de acontecimientos que da lugar al “nacimiento” de ambos seres de inteligencia artificial resulta algo aturullada, saltando a la vista que han eliminado muchas escenas por exceso de metraje (se podría haber sacrificado alguna batalla que no aporta nada en favor de los personajes y la historia). Sin embargo, el momento en el que Ultrón adquiere su primer cuerpo y se libera de los “hilos” de su Gepetto (Tony Stark, contradiciendo a los cómics, en los que su creador es Hank Pym) dejamos de cuestionarnos cómo ha llegado a existir, porque estamos demasiado ocupados cayendo rendidos ante su magnético carisma y su amenazante presencia (excelente trabajo de James Spader como voz del villano, fundiendo megalomanía y humanidad, como ya se hizo con Loki). Y si Ultrón es un personaje interesante, aun con su precipitada caracterización y motivaciones a base de clichés, cuando la Visión entra en escena, la película alcanza un nuevo nivel (en parte estamos ante una historia clásica de robots). El sintezoide, interpretado a la perfección por Paul Bettany, ocupa poco tiempo en pantalla, pero es suficiente para despertar la fascinación y aumentar la expectación por verlo en las siguientes entregas del UCM.

AoU grupo

Ahora bien, con Wanda, Pietro, Ultrón y Visión, ¿queda tiempo para los Vengadores originales? Por supuesto. Es más, Whedon logra de nuevo lo que parecía imposible: darles un hueco a todos en la historia, hacer evolucionar sus amistades y alianzas (antes de que empiecen a romperse), y reservarles a cada uno de ellos varias escenas (aunque sean pequeñitas) para brillar por encima de los demás. En ocasiones esto se vuelve en su contra, ya que, como hemos dicho, son demasiados elementos los que el director debe manejar y no tiene más remedio que quedarse en la superficie o correr más de la cuenta; claro que por el lado bueno, hace que La era de Ultrón no nos dé tregua y tenga de todo para todos. Thor se ha convertido en el personaje más gracioso del grupo, y nos regala los momentos más simpáticos y tronchantes de la película (sobre todo gracias al running gag sobre quién será “digno” de levantar el Mjolnir), aunque es el Vengador original con menos tiempo en pantalla; Tony y Bruce comparten varias escenas en las que Whedon saca partido a los adorables “Science Bros” (todo un regalo para los shippers de esta pareja); Steve Rogers, al igual que Stark, sigue ocupando un puesto protagonista, pero es más bien simbólico, ya que parece estar reservándose para Civil War. Y así llegamos a las verdaderas estrellas de La era de Ultrón: Natasha Romanoff y, sobre todo, Clint Barton, los Vengadores supuestamente más débiles o prescindibles, convertidos aquí en miembros centrales del equipo por obra y gracia de Whedon.

Ya que no cuentan con sus propias películas en solitario, la Viuda Negra y Ojo de Halcón tienen que aprovechar al máximo su tiempo en las distintas entregas del UCM para justificar su presencia en el mismo. Y en La era de Ultrón sobran las razones para considerar a Romanoff y Barton Vengadores esenciales. Por un lado, el arquero protagoniza una de las tramas más sorprendentes de la película y pronuncia las frases más inspiradas del guión, a menudo cargadas de autoconsciencia y metahumor. Clint se convierte así en el comentarista oficial de Los Vengadores, llamando la atención sobre lo demencial de algunas situaciones o cuestionándose sarcásticamente su propio papel en el grupo. Pero lo más importante ocurre en el “intermedio” de la película (uno de los pocos momentos en los que descansamos de su ritmo acelerado), donde conocemos una vertiente del personaje que aporta más significado a su afiliación a los Vengadores y desvela vínculos más fuertes de lo que pensábamos entre ellos, especialmente entre los dos agentes de S.H.I.E.L.D.

ojo de halcón

Por otro lado, a Natasha ya la disfrutamos en todo su esplendor pateaculos en El soldado de invierno, y en La era de Ultrón vuelve a desempeñar un papel fundamental en el grupo, como guerrera, y principalmente como ancla del “grandullón” verde. Y he aquí uno de los problemas de la película, que hasta cierto punto deshace lo que Whedon y los hermanos Russo han hecho hasta ahora con el personaje (una de las pocas mujeres importantes en un universo eminentemente masculino, y recordemos, lo más parecido a mejor amiga y wingwoman de Steve Rogers en la secuela de Capitán América). El guión de Whedon no solo reduce en un momento dado la amistad de Natasha y Steve a un posible rollo de cara a sus compañeros (no era necesario), sino que explora un romance entre Romanoff y Banner (también precipitado) adentrándose en los farragosos terrenos de la comedia romántica. Y no es que “Nat” deba ser un personaje asexual o no merezca tener su historia de amor, faltaría más (los demás Vengadores la tienen), pero no hacía falta ponerla a ronronear durante toda la película, solo para forzar una relación que todavía no tenía cabida en la historia. La Viuda sigue siendo uno de los personajes femeninos más interesantes y prominentes del cine de superhéroes (quizás el que más), y afortunadamente, en La era de Ultrón se continúa explorando con mucha atención el lado más humano de la letal espía (cada vez más divertida, por cierto). Por eso preocupa que Whedon, defensor a ultranza de la causa feminista dentro del patriarcal Hollywood y creador de una de las heroínas más importantes de la historia, la haya convertido en la chica para todos (aunque solo sea para hacer un gag), la mujer del héroe, e incluso damisela en peligro que necesita ser rescatada por su príncipe verde (por no hablar de su analogía entre esterilidad y monstruosidad, muy desafortunada aunque tenga sentido en la historia). No sabemos en qué grado el autor es responsable de todo esto, ya que por todos es sabido que las decisiones creativas finales corresponden siempre al estudio y no es cosa suya que la Viuda sea la única mujer del grupo, pero decepciona encontrarse un material tan poco propio de él vinculado a su nombre. Es más, nunca le perdonaré la escena en la que Bruce cae sobre Natasha y aterriza con la cara entre sus pechos. No solo es ofensivo y supone un retroceso para el personaje, es un chiste pobre y anticuado.

Natasha Bruce

Y hablando de chistes, La era de Ultrón está plagada de ellos. A pesar de que los adelantos promocionales vaticinaban un cambio de tono con respecto a la primera Vengadores, así como un giro hacia el terror y la ciencia ficción reconocido por el propio director, el humor sigue teniendo una presencia capital. De hecho, en ocasiones resulta algo intrusivo, lo que nos obliga a hablar de “alivio dramático“, que tiene lugar entre constantes chascarrillos y repetitiva comedia física (“golpes” que funcionan como reflejo o segunda parte de los de la primera película). Aquí todos son bromistas natos (incluidos Ultrón y Visión) y cualquier momento es bueno para demostrarlo, no importa lo dramático que sea. Huelga decir que hay abundantes diálogos y one-liners para la posteridad y que las risas están garantizadas, pero la media de chistes buenos es inferior a la de la primera película (no me hagáis hablar de la infantil broma recurrente sobre la fobia de Rogers a las palabrotas) y la historia, decididamente más oscura, tal vez pedía menos comedia.

Convenientemente, el tercer acto de La era de Ultrón rebaja el humor y da paso a una recta final espectacular y explosiva en la que Whedon eleva (nunca mejor dicho) el factor épico del UCM, con la Tierra enfrentándose a su peor amenaza hasta la fecha. La acción se vuelve (aún más) monumental, imparable -y algo mareante y confusa, por qué no decirlo. Pero si bien la destrucción del clímax roza el nivel de caos visual de Man of Steel, la película se preocupa constantemente de mantener la lógica interna, y no pierde de vista nunca el propósito de todo esto: salvar a la humanidad, y además hacerlo juntos. Y ahí está la clave de Los Vengadores. Cuando vemos al equipo en formación de combate todo encaja. Estos personajes están ahí, hombro con hombro, luchando contra un enemigo común, y todos tienen una razón para hacerlo, todos tienen una historia, una motivación que les lleva a formar parte de ese grupo. Esa preocupación por los personajes ha calado en el funcionamiento interno del UCM, así como en la audiencia, y eso es lo que hace que Joss Whedon se despida de la franquicia por todo lo alto, habiendo contribuido en gran medida a darle la forma que tiene hoy en día. Como hemos visto, La era de Ultrón tiene sus más y sus menos, pero en última instancia, solo hace falta un plano, el que nos muestra a todos los Vengadores “reunidos” segundos antes de librar la batalla final, para que entendamos por qué estamos ahí nosotros también.

Vengadores 2

 

RESUMEN BIPOLAR

Lo peor:

– Demasiados chistes. Por estadística, algunos tienen que resultar fallidos, y eso es justo lo que ocurre. El humor puede llegar a ser excesivamente inocentón (incluso para Whedon), y no, no todo momento es bueno para introducir una broma.
– A ratos parece una película de transición, creada para conectar pasado y futuro del UCM. No vendría mal rebajar la serialidad, Marvel, que se os va de las manos.
– Algún diálogo sobre-explicativo con el que los héroes excusan las ausencias de la película (no hacía falta que Thor y Tony nos contaran que sus respectivas parejas están muy ocupadas con sus carreras como para aparecer aquí).
– Demasiados elementos y personajes que conjungar. Como resultado: tramas aceleradas, ideas a medio formar y caos narrativo.
– Las motivaciones de Ultrón podrían haberse trabajado más.
– Se nota que ha habido mucha tijera.
– Que, aunque tengamos cameos de sobra, nos hayan privado de ver a Loki o no hayan aprovechado para presentar a algún héroe de futuras entregas del UCM como Black Panther, Spider-Man o Captain Marvel (que eran los que se rumoreaban). Aunque con la superpoblación de héroes y villanos que hay, es lógico y en el fondo lo mejor.
– Lo mareante y confuso de las batallas. La acción puede llegar a saturar. Se nos da apenas una fracción de segundo para ver “splash pages” en los que nos solemos recrear mucho más tiempo en las páginas de un cómic, y por tanto se pierden los detalles.
– El acento de Pietro y Wanda.
– El agresivo product placement.
– El romance de Natasha y Bruce, simplemente no encajaba en esta película.
– El tratamiento de la Viuda Negra no está a la altura del personaje (ni de la persona que la está escribiendo), y deshace lo que se ha hecho con ella desde Vengadores. Da la sensación de que Marvel no sabe muy bien qué hacer con ella. ¿La solución? Más personajes femeninos importantes (a poder ser, no dependientes de uno masculino).
– Otra muerte que perderá su impacto (que tampoco es muy fuerte) cuando resuciten al personaje.
– Se puede palpar el tira y afloja de Whedon con Marvel/Disney. No es de extrañar que el director no se quede para la próxima y que en las entrevistas promocionales suene desencantado, desafiante, e incluso triste.
– Algún desliz en la post-producción digital que nos deja ver la cara de los dobles de riesgo.
– El chiste de Steve Rogers y las palabras malsonantes. No funciona ninguna de las 800 veces que se hace.
– La repetición del esquema narrativo de siempre con la destrucción de una ciudad al final. Va siendo hora de que Marvel empiece a variar la fórmula si no quiere que el público se canse.

Lo mejor:

– Que todos los personajes tengan su momento.
– El carisma tan grande que tienen todos los protagonistas y lo cómodos que están los actores en su piel.
– Ojo de Halcón lo peta.
– Que Whedon trate a Natasha y Clint como Vengadores esenciales en la historia.
– “Nathaniel”, “Traidor”.
– Las escenas de calma entre la acción son las mejores.
– Whedon ha realizado una oda al cómic, una película repleta de planos sacados directamente de las páginas de Marvel, lo que hará las delicias de los lectores de la Casa de las Ideas.
– Ultrón y sobre todo, Visión. Personajes que demuestran que bajo la capa de metal (y tejidos sintéticos) de la película hay un componente muy humano.
– Elizabeth Olsen, aunque no tenga mucho tiempo para lucirse.
– Scarlett Johansson se eleva por encima del guión. Ellos maltratan a su personaje, pero ella está mejor que nunca. Película en solitario YA.
– Que aunque es una película menos whedoniana que la primera, seguimos encontrando paralelismos con sus series y whedonismos a cascoporro.
– El profético primer contacto de Wanda y la Visión.
– Que como en todo lo que hace Whedon, la película te toca la fibra cuando menos te lo esperas y entre toda la destrucción sigue sobresaliendo la emoción.
– Los one-liners están a la altura de los mejores del UCM (“He’s fast, she’s weird”).
– Thor y el running gag del Mjolnir. Hacen bien en aprovechar la gran vis cómica de Chris Hemsworth.
– Los mil y un cameos y guiños al pasado y el futuro del UCM (aunque afecte a la estructura del film, son todo un regalo para fanboys).
– La espectacularidad de las escenas de acción y los efectos, sobre todo en el clímax.
– Los Science Bros.
– Cuando los chistes y los gags son buenos, son MUY buenos.
– La secuencia de créditos finales con la impresionante estatua de mármol de los Vengadores luchando, además de una imagen hermosa y potente, un excelente guiño a uno de los diálogos de la película.
– Que a pesar del mayor énfasis en la acción de esta entrega, lo más importante siguen siendo los personajes (gracias, Joss) y sus luchas internas, uno de los núcleos del film.
– Es una película ante todo divertida y las más de dos horas y media que dura se pasan en un suspiro.
– Ver al equipo reunido de nuevo y en acción sigue siendo lo más emocionante. Por encima de todo.

Valoración: ★★★½

Crítica: Kingsman – Servicio Secreto

Kingsman Servicio Secreto

Desde los lejanos tiempos de Stardust (2004), Matthew Vaughn había expresado su deseo de realizar una película de James Bond. No tenía por qué ser una entrega de la saga del agente 007 propiamente dicha (aunque no creemos que dijera que no si se la ofrecieran), sino que bastaba con hacer una película de espías con la que el director londinense pudiera rendir homenaje a uno de sus géneros favoritos. Durante el rodaje de Kick-Ass, la idea tomó forma junto al novelista gráfico Mark Millar (co-autor del cómic en el que se basaba aquella gozada postmoderna), que se encargó de elaborar una novela gráfica que narrase los orígenes de un espía de élite como Bond, pero con un pequeño giro: el candidato era un gamberro callejero, un chav inglés con la lengua y las manos muy sueltas. Así nacía El servicio secreto, historia en viñetas en la que se basa Kingsman: Servicio Secreto, la última locura comiquera del director de X-Men: Primera generación.

Para la primera película de Bond, Agente 007 contra el Dr. No, su director, Terence Young, tuvo satisfacer los deseos de Ian Fleming y convertir a Sean Connery en el caballero que el autor había concebido. Para ello, Young “educó” a Connery durante un tiempo, llevándolo a restaurantes elegantes, enseñándole a hablar como un gentleman y lo más importante, llevándole a su sastre para que le hiciera un traje a medida. Esta es básicamente la premisa de Kingsman, en la que el recién llegado Taron Egerton se convierte en ese joven asalvajado que debe transformarse en un espía capaz de aniquilar a los enemigos sin arrugarse la chaqueta ni perder la educación en ningún momento. Para instruir a Eggsy, que es como se llama el joven aprendiz de espía, durante su viaje de una clase social a otra (de trashposh en 10 sencillos pasos), hacía falta alguien que personificase el porte británico que caracteriza a Bond, y quién mejor que Colin Firth, epítome incontestable del donaire British, para dar vida al kingsman Harry Hart. Ya está, tenemos premisa, localización, casting perfecto. ¿Qué es lo siguiente? Pues está claro, volverse completamente loco de las pelotas.

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Porque además de una carta de amor a todo lo británico (Michael Caine también está en el ajo), Kingsman: Servicio Secreto es una auténtica desbarrada sin ningún tipo de autocontrol, una gamberrada deliberadamente excesiva y escandalosa que cruza el límite del buen gusto en numerosas ocasiones, pero que como el propio Firth, lo hace sin despeinarse o perder un ápice de su sofisticada elegancia. Vaughn da rienda suelta al Tarantino que lleva dentro, a quien parece estar sacando el paso en algunas de las escenas más violentas y polémicas de la cinta, como la brutalmente gráfica masacre en la iglesia (que ha escandalizado, y con razón, a muchos sectores conservadores y no tan conservadores de EE.UU.), que a muchos recordará al enfrentamiento de la Novia contra Go-Go y los 88 Maníacos en Kill Bill Vol. 1, o el clímax, con una impresionante exhibición de fuegos artificiales estallando con los colores del arcoíris con cientos de cabezas de miembros de la alta sociedad y la política explotando al ritmo del himno patriótico británico “Land of Hope and Glory”. Sublime. Sangre a borbotones, brazos y piernas volando por los aires, espías partidos por la mitad (como si estuviéramos viendo una de Takashi Miike), torsos empalados, cabezas atravesadas por todo tipo de arma. La violencia no cesa en Kingsman, aunque su presentación híper-estilizada (con bastante mano de CGI) resta impacto, sobre todo para los aficionados al cómic adulto.

Pero Kingsman es mucho más que un cafre desfile de provocaciones para que los más remilgados se lleven la mano a la cabeza y los fanboys aplaudan excitados. Kingsman es sobre todo una ejemplar comedia de acción, una parodia irreverente de las películas de espías que no se deja ni un solo lugar común por desmontar y subvertir. Vaughn echa mano de los tópicos bondianos más reconocibles, los expone de forma brillante (el traje, la bebida de elección del caballero, la forma de hablar, el villano caricaturesco), y a continuación les da vuelta, se ríe de los clichés más estúpidos y desmonta el género con gran ingenio para hacer la película de espías que le da la gana hacer. En este sentido, Kingsman encaja como pieza de tetris en la filmografía del autor, situándose a medio camino entre Crimen organizado X-Men: Primera generación (de la que rescata la dinámica de la academia de jóvenes, a la que añade un divertido componente Juegos del hambre), y continuando el espíritu autorreferencial y agitador de Kick-Ass (en cierto modo para correr un tupido velo sobre su secuela). Pero entre golpes, espías con cuchillas en lugar de piernas (cómo mola Gazelle, ¿eh?), fuentes de sangre y excursiones a la estratosfera, Vaughn cuela momentos de respiro para descansar de la locura (¡ay el carlino!) y se permite reflexionar sobre la lucha de clases y la importancia del legado. La sátira no brilla por su sutilidad, pero igualmente el mensaje llega alto y claro.

Taron Egerton Kingsman

Por último, Kingsman es la película que nos ha mostrado a Colin Firth haciendo cosas que nunca le habíamos visto hacer en el cine (paradójicamente, sin dejar de ser en ningún momento el Colin Firth que conocemos) y nos ha dado a Samuel L. Jackson (otra conexión tarantiniana) como el megalómano Valentine, archinémesis de los Kingsman que habla con frenillo y se marea con la sangre (sí, a Vaughn casi se le va de las manos la broma con él). Pero sin duda, la mayor revelación de la película es esa futura estrella que es Taron Egerton, heartthrob inglés que en su primer gran papel para el cine ya ha demostrado un enorme talento y versatilidad. Harry Hart cede el testigo de la organización Kingsman a Eggsy, y si quieren, Vaughn y Millar tienen entre manos una interesante mitología y un nuevo héroe con posibilidades de sobra para expandirse en una saga de éxito.

Valoración: ★★★★

Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. El fin del comienzo

Agente Coulson

Que sí, que solo había que esperar, confiar en lo que nos decían Jed Whedon y Maurissa Tancharoen al comienzo de esta temporada televisiva que toca a su fin. “Vosotros quedaos, aunque os aburráis, aunque sintáis que estáis viendo mil capítulos de relleno todos iguales, aunque os canse que os demos tanto la tabarra con los secretos que parece que nunca vamos a desvelar, porque si no se nos acaban los trucos, aunque tengáis que oír los mismos chistes una y otra vez. Quedaos, que cuando llegue la recta final de la temporada, todo tendrá sentido, veréis que #TodoEstáConectado, y la serie empezará de verdad”. Tenían razón, todo ha cobrado sentido, y Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. ha mejorado considerablemente. Pero, ¿y todo el tiempo que han malgastado para llegar ahí? S.H.I.E.L.D. ha dado por concluida su primera temporada, compuesta de 22 episodios de los que salvamos menos de la mitad, y que nos confirma que la era de las temporadas largas está llegando a su fin. Sin embargo, bien está lo que bien acaba. Intentaremos mirar hacia delante y dejar el pasado atrás.

El caso de S.H.I.E.L.D. recuerda indudablemente al de otra serie creada por Joss Whedon, la malograda (e infravalorada) DollhouseLa idea de Dollhouse (y la de todas las obras televisivas de Whedon) era construir una ficción altamente episódica que, mediante aventuras semanales auto-conclusivas, nos fuera dando a conocer a los personajes y proporcionándonos datos de una trama mayor, para ir pasando a lo puramente serial con el tiempo. Los primeros episodios de Dollhouse fueron realizados atendiendo a esta idea, pero no funcionó, y si hubiera sido por Whedon, no habrían existido nunca. Algo parecido le ha pasado a Agents of S.H.I.E.L.D., aunque esta vez no nos lo reconocerán. Hasta la mitad de la temporada, S.H.I.E.L.D. se limitó a retrasar el momento, a distraer y rellenar el tiempo, esperando a que el estreno en cines de Capitán América: El soldado de invierno le diera el impulso necesario y también permiso para desplegar todo su arsenal. Al final, como en Teen Wolf, es verdad que todo estaba conectado, pero no tiene el mismo efecto cuando todo eso que estaba conectado nos ha importado bien poco a lo largo de la temporada.

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Lo que no se puede dudar es que S.H.I.E.L.D. ha mejorado considerablemente en la recta final de la temporada. Los guiones han subido de nivel (aunque siguen en el lado de lo convencional), los personajes han evolucionado (no todos), la acción y los efectos han sido de primera (televisivamente hablando) y los episodios parecen más compactos, más aprovechados, como si efectivamente ya no hiciera falta rellenar minutos con artilugios misteriosos, aburridos personajes episódicos y tramas clónicas. La historia por fin avanza, y se nota, y los actores se han hecho definitivamente con sus personajes. La caída de la organización S.H.I.E.L.D. y el gran descubrimiento de la afiliación de Grant Ward a Hydra (una de las pocas sorpresas verdaderas que nos han conseguido colar los showrunners) ha hecho que la serie adquiera el tono adecuado y que S.H.I.E.L.D. se empiece a parecer a eso que llaman appointment television. Pero ha llegado demasiado tarde, cuando la mitad de la audiencia ha abandonado el “bus” por falta de paciencia. Los que nos hemos quedado hemos obtenido nuestra recompensa, y confiamos en que el nivel demostrado en el final de la temporada se reproduzca de alguna manera el año que viene.

La season finale, “Beginnig of the End” (1.22) ha sido sin duda uno de los mejores episodios de la serie hasta la fecha. Puede que el mejor desde el piloto. Y es que en este final se vuelve a respirar el estilo Joss Whedon de la misma manera que el piloto era inconfundiblemente obra del autor de BuffyFirefly. Quizás incluso demasiado -véase ese final con Garrett resucitando y poniéndose una armadura para ser pulverizado en una décima de segundo por Coulson, mientras pronuncia su grandilocuentemente discurso de villano, un golpe de efecto cómico que nos recuerda al final de Loki a manos de Hulk en Los Vengadores, y a tantos otros momentos marca Whedon. ¿Cuántas veces se puede hacer lo mismo sin que parezca auto-plagio o simplemente una copia? En fin, dejando a un lado esto, que tampoco es para tanto, “Beginning of the End” es un final emocionante, bien estructurado, lleno de humor (May es la estrella) en el que todos los personajes están aprovechados debidamente y las tramas alcanzan una resolución satisfactoria.

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Como suele ser habitual, el final nos remite directamente al principio, al momento y el lugar donde todo comenzó, con Mike Peterson y su hijo Ace, una trama que, a pesar de su importancia, afortunadamente no ha copado muchos más episodios de la temporada, y que espero no regrese pronto. Porque ni Deathlock ni su drama personal y familiar es interesante -como tampoco lo es ninguno de los villanos, desde el caricaturesco Garrett hasta la soporífera mujer del vestido de flores. Lo mejor al final ha sido ver cómo han evolucionado las relaciones entre los agentes, algo que nos temíamos que se quedaría en la superficie, y afortunadamente no ha sido así. Me quedo con el intenso tira y afloja de Ward y Skye -fantástica Chloe Bennet transmitiendo el asco y la decepción que siente su personaje-, con la preciosa escena bajo el mar (Angel, ¿hola?) en la que Fitz le declara su amor a Simmons y se sacrifica por ella -tenemos nuevo mejor beso de la temporada, bravo también a Elisabeth Henstridge por su interpretación, y por ese precioso momento Amélie antes de morir-, con Melinda May y su ira reservada para descargar en Ward -les faltó decir “We Have a May”, aunque se entendía que la idea era esa-, y por último, con la conmovedora esperanza que Fitz sigue depositando en su amigo Ward -a pesar de lo del sándwich. Con quien sigo sin quedarme es con el agente Coulson. No hay manera de que Clark Gregg transmita algo de emoción en su rostro, y tampoco ayuda que sea un pésimo actor de acción -¿habéis visto qué raro corre y qué mal coge las armas? Él es el eslabón más débil de la cadena, aunque Nick Furia no piense lo mismo. Y no negaremos que casi nos convence con este bonito diálogo:

-Furia: Era una situación tipo “Rompa el cristal en caso de emergencia”
-Coulson: Sí, pero se suponía que esa emergencia sería la caída de un Vengador.
-Furia: Exacto.

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La presencia de Samuel L. Jackson en “Beginning of the End” es otra de las grandes armas que se estaban guardando los showrunners -ya está demostrado que incluir más Marvel en la serie no aliena a la audiencia, aunque tampoco hace que suba. Que sí, que ya ha aparecido anteriormente en la serie, pero no habíamos visto a Furia desde su “muerte” en El soldado de invierno. La participación de Jackson en la finale es mucho más que un cameo. Nick llega para ayudar restaurar el orden, y para cederle las llaves de S.H.I.E.L.D. al Vengador Phil Coulson y su equipo -menos Ward, que ya veremos si hay redención posible para él, Fitz porque está entre la vida y la muerte, y más ese agente que nos han metido en el equipo casi sin que nos demos cuenta y cuyo nombre no recuerdo. Esta es la premisa para la próxima temporada, reconstruir la agencia desde cero, y lo cierto es que es buena idea. Una oportunidad para redefinir la serie a partir de su destrucción -que siempre sienta bien a estas series que tanto miedo tienen a cambiar. Así que lo mejor que ha podido ocurrirle ha sido la caída de S.H.I.E.L.D. a manos de Hydra. Agentes de S.H.I.E.L.D. empieza a tener personalidad y ha conseguido captar nuestra atención y mantenerla durante varios capítulos. Confiemos en que la segunda temporada no dé ningún paso atrás y esto sea de verdad el comienzo de la S.H.I.E.L.D. que queremos ver.

Crítica: Capitán América – El soldado de invierno

Capitán América El soldado de invierno

Capitán América: El primer vengador era en forma y esencia toda una película de aventuras en la tradición de Indiana Jones. Tan solo tres años después de aquella primera entrega hay mucho más en juego. Al igual que “La batalla de Nueva York” lo cambió todo en el Universo Cinematográfico de Marvel, Los Vengadores supuso un gran punto de inflexión para estas películas. Capitán América: El soldado de invierno deja a un lado la aventura y se convierte en una explosiva y monumental cinta de acción, altamente influenciada por la de Joss Whedon.

Resulta paradójico que Thor: El mundo oscuro, que estaba dirigida por una sola persona (Alan Taylor), parecía un trabajo de poliautoría, la obra resultante de muchas voces participantes poniendo sus ideas en común, mientras El soldado de invierno, que cuenta con dos directores, Joe y Anthony Russo (productores de Community), es una película tremendamente centrada y excelentemente estructurada (también en tres actos), en la que ni una sola escena sobra o parece insertada a posteriori.

A pesar de que el núcleo del relato sea obviamente Steve Rogers (Chris Evans), la cinta de los Russo acentúa la coralidad del reparto, de manera que, a ratos, El soldado de invierno parece Los Vengadores pero con los miembros del equipo cambiados. Esto no la perjudica en ningún momento, todo lo contrario. Todos los personajes tienen peso en la historia, y todos brillan de manera que ninguno eclipsa a los demás, sin que por ello el filme deje de ser la segunda entrega de lo que ahora sabemos que va a ser una trilogía. Es decir, un nuevo capítulo en las aventuras por separado del Capi, tan independiente como supeditado a la apabullante macroestructura narrativa de Marvel.

Capitán América Mackie Evans

Los Vengadores dejó la historia de Rogers en la reserva, y en El soldado de invierno obtenemos lo que no pudimos ver en aquella. Sobre todo en lo que respecta a su proceso de adaptación al mundo actual, después de saltarse 60 años de historia. En la divertida secuencia que abre El soldado de invierno, el personaje de Evans explica a Sam Wilson (estupendo Anthony Mackie) que no lo lleva tan mal (“Internet es muy útil”), y le está cogiendo el gustillo a la era moderna; incluso lleva encima una libreta donde apunta las cosas importantes que se ha perdido desde los 50 (no reproduciré la lista, pero no tiene desperdicio).

Sin embargo, Rogers está comprobando que el mundo no ha cambiado tanto en algunos aspectos, que sigue habiendo dictadores y megalómanos, pero ahora se esconden mejor. Tras convertirse en “el mejor soldado del mundo“, y después de su servicio en La Batalla de Nueva York, Capitán América es un miembro más de S.H.I.E.L.D., un agente al servicio del Gran Hermano. Desde dentro de la organización -de la que descubrimos mucho más en dos horas que en más de media temporada de Agents of S.H.I.E.L.D.-, Rogers destapa sus alarmantes secretos, así como sus planes para “proteger” a la Tierra y establecer un nuevo orden (marcial). El soldado de invierno se permite hacer una reflexión bastante bien planteada sobre el estado de terror y la pantomima de la seguridad nacional en Estados Unidos, y en este sentido, la presencia de Robert Redford como Alexander Pierce es clave. De no ser por las piruetas sobrehumanas de Rogers, los hombres voladores o los ordenadores con consciencia, podríamos decir que El soldado de invierno es básicamente un thriller político de acción y espionaje. Y uno bastante emocionante, además.

Viuda Negra Capitán América

Los hermanos Russo (sin parentesco con Blossom) enhebran con pericia una trama en la que casi todos los personajes dudan en algún momento de la lealtad de los demás (“Trust No One”), resultando en un ejercicio conspiranoico de suspense del que emergen las verdaderas alianzas de la película. El Capitán cuenta con la inestimable ayuda de Natasha Romanoff (Scarlett Johansson), el mencionado Sam Wilson, alias Halcón, Nick Furia y Maria Hill (Cobie Smulders), que forman un equipo cohesionado y eficiente, como el explosivo acto final del film demuestra. Al contrario que en Los Vengadores, este súper grupo no se ve afectado por ningún choque de egos.

El soldado de invierno explora en mayor profundidad a la Viuda Negra, que se ha convertido en lo más parecido a una mejor amiga para Steve Rogers. Aunque existe cierta tensión sexual no resuelta, afortunadamente la película no convierte al personaje de Scarlett Johansson en un mero interés romántico para el protagonista -quizás porque el corazón de Rogers todavía pertenece a Peggy Carter. Romanoff sigue siendo una espía letal, sin escrúpulos, una asesina que acepta las misiones que nadie quiere, pero su química con Rogers y la bonita amistad que nace entre ellos contribuye a la humanización del personaje, del que Johansson se ha adueñado completamente.

Por otro lado, la incorporación de Anthony Mackie al Universo Marvel es uno de los mayores aciertos de El soldado de invierno. El Halcón desprende carisma por los cuatro costados, y se compenetra magníficamente con el resto de intérpretes, sobre todo con Evans, junto al que nos da algunas de las escenas más divertidas. Maria Hill es el miembro del equipo con menos peso en la trama, aunque ella también tiene su gran escena -de la Agente 13 no hablaremos, puesto que el personaje de Emily VanCamp sale tan poco como Lady Sif en El mundo oscuro. Y por último, después de aparecer en cinco películas y limitarse a su estático papel de autoridad, Nick Furia entra por fin en acción. Ya era hora de que Samuel L. Jackson protagonizara algún set piece, y El soldado de invierno cubre ese déficit en el Universo Marvel con una memorable persecución en carretera durante el primer acto.

Soldado de invierno

Por supuesto, huelga decir que Evans sigue siendo el perfecto Capitán América, porque es básicamente el americano ideal, el súper hombre por antonomasia, tan rubio y apolíneo, tan noble y leal. En esta entrega, el Capi se enfrenta a lo que los Russo han calificado como “el alter ego oscuro de Rogers“, El Soldado -cuya identidad no desvelaré, aunque es un secreto a voces que la película tarda demasiado en destapar. Sus encontronazos con este villano nos proporcionan las mejores batallas cuerpo a cuerpo que hemos visto en una película de Marvel. Y no solo ellos, Natasha Romanoff también protagoniza la acción más sofisticada e impresionante que nos ha dado el género en los últimos años.

Este componente físico da paso en el clímax a la imprescindible vorágine de destrucción, que esta vez se antoja excesiva por momentos (no llega al nivel de El hombre de acero pero en ocasiones lo roza). Eso sí, los Russo saben muy bien cómo armonizar todos los elementos marvelianos para no caer en el espectáculo pirotécnico descerebrado: los sorprendentes giros, los cameos, el desarrollo de los personajes (que cuando no están luchando, están teniendo diálogos siempre esenciales para su caracterización), y sobre todo ese fantástico sentido del humor, cada vez más inspirado y seguro de sí mismo. El soldado de invierno supone por tanto el perfeccionamiento de la fórmula Marvel, y junto a Los Vengadores, es sin lugar a dudas la mejor película del estudio hasta la fecha.

Valoración: Capitán estrellas copia

Crítica: RoboCop (2014)

Joel Kinnaman;Abbie Cornish

La reacción inicial entre el público a cualquier tipo de remake o reboot en Hollywood suele ser rechazo, ya sea porque se considera sacrilegio perturbar un clásico intocable o porque pone de manifiesto la preocupante falta de creatividad del cine comercial de los últimos años. Sin embargo, hay ocasiones en las que el remake consigue trascender su carácter de mera estrategia comercial para crear una obra pertinente a nuestro tiempo a partir de un relato que, si lo pensamos bien, se prestaba a la actualización. Es el caso del clásico de acción de los 80 RoboCop, sci-fi distópico y ultraviolento dirigido por Paul Verhoeven. Sorprende (positivamente) que para dirigir el remake de RoboCop se optase finalmente por otra voz no-estadounidense, la del brasileño José Padilha, que como el realizador neerlandés, se sale con la suya erigiendo con su película un fiero discurso anti-imperialista que se ríe a carcajadas del patriotismo americano.

Padilha no se limita a iterar o reproducir el original, sino que realiza una notable y autosuficiente relectura acorde al contexto sociopolítico norteamericano actual, a la vez que profundiza en las cuestiones existencialistas del protagonista. La historia del policía Alex Murphy (Joel Kinnaman) convertido en súper cíborg tras ser víctima de un intento de asesinato, sirve para construir una película que fluctúa entre la acción más estilizada (olvidaos por completo de la casquería de la original y acostumbraos a las pistolas de descarga eléctrica) y la sátira con más bilis. En efecto, RoboCop es en ocasiones dos películas colisionando de frente, dos entes luchando una Cartel cine 68x98 Robocop.aimisma carcasa, como el propio Murphy. Por un lado la visión PG-13 del estudio y por otro el interés de Padilha por emular a Verhoeven en su denuncia del estado policial, la capitalización del terror de la ciudadanía a través de la privatización de servicios públicos, la corrupción del poder o la manipulación de los medios.

Padilha utiliza el contexto post-11S para dibujar un futuro muy próximo en el que el país conserva su hegemonía global auspiciando un estado cuasi-fascista de ultra-vigilancia que coarta las libertades cívicas bajo la ilusión de protección, y propagando el miedo a lo desconocido. La figura de RoboCop no solo pretende destapar la corrupción del gobierno, sino que Murphy es en sí mismo una alegoría del ciudadano de a pie, un hombre que cree tener el control sobre sí mismo cuando en realidad está siendo manipulado. “Es la ilusión del libre albedrío”, lo que alimenta a las instituciones gubernamentales y las grandes corporaciones, una gran estrategia de marketing. “El público no sabe lo que quiere hasta que se lo dices”.

Hay una tercera capa discursiva en RoboCop, la que se entrega por completo a la parodia a través del personaje de Samuel L. Jackson, un famoso presentador de noticias que articula en palabras todo lo expuesto anteriormente (“América es el mejor país del mundo”). Pat Novak, así como el malo malísimo Raymond Sellars (Michael Keaton), están construidos como villanos caricatura que refuerzan la carga satírica de la película. Por si quedaba alguna duda, con las exageradas escenas de Novak Padilha deja claras sus intenciones. Resulta increíble que se haya salido con la suya y no deje títere -yanqui- con cabeza. Por todo ello, porque como cinta de acción es más que correcta, y también porque todos esperábamos un desastre de proporciones épicas, RoboCop supone toda una sorpresa, una cinta de acción más estimulante y provocativa que la media, que justifica sobradamente su existencia.

Valoración: ★★★½

Por qué ‘Los Vengadores’ pertenece legítimamente al Whedonverso

Que quede claro desde el principio. Sería absurdo atribuir a Joss Whedon la autoría absoluta de este macro-proyecto que es, y ha sido durante los últimos años, Los Vengadores. Para cuando el director y guionista se subió a bordo del buque marveliano -por tercera vez ya, recordemos que guionizó RunawaysAstonishing X-Men-, todo el trabajo previo a este esperadísimo mash-up superheroico estaba hecho. Por no decir que las líneas maestras de la historia llevaban escritas desde que en septiembre de 1963 Stan Lee y Jack Kirby publicasen el primer número de The Avengers. Dicho esto, puedo afirmar con rotundidad, convicción, y sobre todo incontinencia emotiva, que Los Vengadores es una obra incontestablemente whedoniana. Y es mi intención defender esta idea a continuación, estableciendo los numerosos paralelismos entre el filme y los anteriores trabajos del autor. Sin embargo, y a pesar de que Whedon se lleve la película a su terreno -en cierto modo, Marvel siempre fue su terreno-, el ex productor televisivo ha logrado crear un grandioso -que no grandilocuente, eso se lo dejamos a Nolan- espectáculo que busca la satisfacción del público no iniciado, mimando casi enfermizamente al fanboy obsesionado con Marvel y sin descuidar al whedonite más entregado -bueno, ¿no lo somos todos? La respuesta abrumadoramente positiva por parte de los tres frentes confirman lo que ya sabíamos: Whedon nació para este proyecto.

A pesar del extenso terreno allanado por las seis películas previas -sí, yo cuento la primera Hulk-, Los Vengadores es una historia iniciática, y es así cómo Whedon nos la presenta. Sin tratar de convertir la saga en lo que no es -lo que intentó sin éxito Ang Lee-, Whedon cuenta el origen del súpergrupo teniendo en cuenta todos los elementos ya dispuestos, para fabricar una historia que sirva como punto de convergencia de los relatos individuales de los personajes, pero que también funcione como génesis o Capítulo Cero. No es la primera vez que el autor se enfrenta a un reto creativo de estas características. El precedente es Serenity (2005), la película con la que trató de inaugurar una franquicia cinematográfica basada en su malograda serie Firefly (2002), y para la que Whedon relanzó las historias de los nueve tripulantes de la nave protagonista. Por aquel entonces, Whedon no contaba con las facilidades que da disponer de un puñado de súper héroes que llevan cinco décadas en las posiciones más privilegiadas de la cultura popular. Al final, Serenity solo interesó a los whedonites y browncoats -así se denominaron los fans de la serie. Con Los Vengadores, este desenlace no era una posibilidad.

En este caso, la experiencia previa de Whedon sirve al autor para salir de embrollos narrativos, y le permite brillar en lo que siempre ha destacado. En Los Vengadores se opta por la coralidad del reparto, otorgando momentos de protagonismo a todos y cada uno de los personajes, armónicamente repartidos a lo largo del metraje. No hay protagonistas, ni se ignora a ningún personaje a favor de los demás -otra cosa es que los egos de unos tengan más presencia escénica que los de otros. Se trataba de hacer que un grupo de súper héroes, que juntos son una “bomba de relojería”, estallasen de la mejor manera posible. Y vaya si lo hacen. Superados los conflictos internos -épicas batallas de egos en lapidarios diálogos marca de la casa-, se explota de nuevo la idea de grupo que deja a un lado sus diferencias para enfrentarse a un mal mayor. Y se hace buscando en todo momento la complicidad de un espectador que puede, y quiere entregarse emocionalmente. Es Whedon en estado puro. Hasta encontramos el característico plano de los personajes caminando en grupo hacia la batalla que no falta en ninguna de las obras whedonianas. Desde ese momento, el público está en el bolsillo.

Los Vengadores ofrece a Whedon la oportunidad de seguir insistiendo en algunos de los temas que conforman la tesis de su obra televisiva, principalmente el poder y la naturaleza de la corrupción, así como también la redención. A través del villano de la función, Loki -también el primer archi-enemigo al que se enfrentan los Avengers en cómic-, se explora la idea del mal como consecuencia -y también origen- de la ambición y la búsqueda de gloria. Así, Whedon, convierte a Loki en una “diva” que prepara su gran espectáculo en Las Vegas -bueno, estamos en Stuttgart, pero la analogía no sería igual de efectiva. La primera toma de contacto con su público recuerda inevitablemente a aquella Jasmine (Gina Torres) de la cuarta temporada de Angel (1999-2004), figura mesiánica que llega a la Tierra con la intención de convertirla a su culto -y después comérsela. Loki (un excelente Tom Hiddleston) se convierte de esta manera en un villano más caricaturesco -ese atuendo de gira crepuscular de madame del pop lo pedía a gritos-, dejando atrás los motivos que lo situaron en la senda del mal, y descargando al personaje de afectación y pathos. La escena que supone la derrota de Loki confirma una vez más que estamos ante una obra whedoniana. Hulk agarra por sorpresa y zarandea de la manera más cartoonesca al villano -que está pronunciando el discurso amenazante de turno-, sustituyendo con este momento cómico al convencionalismo -y sopor- de la escena de confrontación final que no falta en ninguna de las películas anteriores. Lo épico se busca por otros medios. Whedon echa mano en este y otros momentos de Los Vengadores de uno de sus recursos más utilizados en Buffy, cazavampiros (1997-2003): dar fin a los conflictos con un golpe de efecto cómico en lugar de alargar los enfrentamientos desesperantemente. En este caso, Hulk es el mini-demonio Gachnar, que es vencido de un pisotón en el episodio “Fear, Itself” (4.04). El excelente humor físico del que hace gala Los Vengadores se fusiona con los célebres diálogos saturados de one-liners que han caracterizado al autor a lo largo de los años, para dar como resultado un filme que no solo puede considerarse una gran película de acción, sino también una sobresaliente comedia.

En entrevistas realizadas durante los últimos meses, Whedon advertía que no era su intención llenar la película de guiños a sus fans. En todo caso, si había que hacer guiños era a los geeks marvelites. No os preocupéis, los hay, a montones -muchos más de los que yo jamás podré identificar. El autor se ha encargado de volcar en la película todos sus conocimientos sobre la casa de Stan Lee. Sin embargo, después de aquellas declaraciones, sorprende comprobar que el viejo Whedon está presente en cada uno de los 142 minutos -¿tantos? parecieron cinco- de Los Vengadores. Es más, se las arregla para incluir a dos de sus actores fetiche, Enver Gjokaj y Alexis Denisof, en una película que no le daba demasiado margen para el enchufismo -una pena no haber visto finalmente a Nathan Fillion como Hombre Hormiga. A las coincidencias señaladas en los párrafos anteriores se añaden una infinidad de paralelismos que van de lo más fortuito a lo más explícito. Por ejemplo, el fanboy que hay en mí os dirá que Bruce Banner se quita las gafas haciendo el mismo ademán que caracterizó a Rupert Giles a lo largo de las siete temporadas de Buffy, cazavampiros. O que Capitán América irrumpe en una escena saltando sobre una furgoneta, lo que recuerda demasiado a la entrada de Capitán Hammer en Dr. Horrible’s Sing-Along Blog (2008). Pero es que abandonando esta perspectiva conspiranóica, sigue resultando tremendamente fácil separar los rasgos puramente whedonianos del relato.

A través de los pasados de algunos de los personajes, Whedon cuela en el ramificado discurso de Los Vengadores breves reflexiones que nos transportan directamente a sus series. A pesar de haber sido creado por otro, la Viuda Negra, al igual que Kitty Pryde de los X-Men, es un personaje whedoniano por definición propia. En Los Vengadores se nos habla del peso que suponen para la agente de S.H.I.E.L.D. sus acciones en el pasado, y conocemos sus deseos expiatorios –Buffy y Angel están superpobladas de personajes que buscan la redención. El personaje de Scarlett Johansson es además un claro exponente del mensaje de emancipación femenina que ha articulado en gran medida la obra de Whedon. La primera escena de la Viuda Negra en Los Vengadores nos reintroduce al personaje en el clásico papel de damisela en apuros, para acabar revirtiendo este rol en una escena que podría pertenecer a la serie de la cazavampiros: la clásica paliza a los malos con los imprescindibles chascarrillos entre patada y puñetazo -algunos nos imaginamos por un instante que utilizaría como estaca una pata de la silla en la que estaba atada. Natasha Romanoff y Buffy Summers se convierten por un momento en la misma persona. A su vez, Ojo de Halcón -Jeremy Renner apareció en un episodio de la primera temporada de Angel– y la Viuda Negra -cuyo estilo peleando es reminiscente del de River Tam- comparten sus tormentos existenciales en una escena que alude directamente al discurso central de Dollhouse (2009): la búsqueda de identidad de unas personas cuyos pasados han sido borrados para trabajar al servicio de una organización secreta -por cierto, una oportunidad redentora para el propio autor, que jamás fue capaz de dominar las tramas militares de sus historias. Y si no, recordad la infame Iniciativa (Buffy).

Whedon exprime adecuadamente estas coincidencias temáticas, que vienen dadas por la historia de los personajes. Sin embargo, podemos ir más allá y encontrar numerosas escenas, diálogos e incluso planos que resultarán tremendamente familiares a los whedonites más hardcore: la nave de S.H.I.E.L.D. hace las veces de Serenity, permitiendo a Whedon volver a tratar con una ‘tripulación’ de héroes de naturalezas muy opuestas; también hay en la película un par de discursos motivacionales que no pueden faltar en la recta final de toda historia que venga firmada por Whedon; a un nivel más visual, el hundimiento de las instalaciones de S.H.I.E.L.D. al comienzo de la película es una revisitación del final de “Chosen”, el último episodio de Buffy, cazavampiros, en el que la Boca del Infierno se traga Sunnydale al completo; por otro lado, el sacrificio de Iron Man nos transporta hasta “The Gift” (Buffy, 5.22), en el que la heroína se zambulle en el portal interdimensional que amenaza con destruir la Tierra; y por último, tanto los deseos de los Vengadores de tomarse un día libre tras ganar la batalla, como la insistencia de Tony Stark en que vayan a comer a un sitio nuevo de shawarma, son reproducciones casi literales del divertido diálogo que mantienen los protagonistas de Buffy antes de adentrarse en la batalla final.

Pero la esencia más puramente whedoniana de Los Vengadores no se encuentra en estos instantes anecdóticos, sino en el cuidado tratamiento de la historia, y sobre todo, de los personajes. Como de costumbre, el director crea ese poderoso vínculo entre el espectador y los héroes, que le permitirá adoptar su clásica posición de demiurgo absoluto sobre la acción. Whedon humaniza a unos personajes que se nos antojaban algo vacuos en sus entregas individuales -con la excepción quizás de Tony Stark-, sacando el mayor provecho de sus intérpretes -el Bruce Banner/Hulk de Mark Ruffalo es uno de los personajes más memorables de la cinta-, y logrando que temamos por la vida de todos y cada uno de ellos en el vertiginoso clímax de la película, 40 sublimes minutos que ponen en evidencia todo lo que ha hecho Michael Bay. Eso sí, como antesala del desenlace, y para magnificar esa sensación de mortalidad de los personajes -a pesar de que sabemos de sobra que ninguno puede morir-, Whedon ya se ha encargado de recordarnos, por si a alguno se le había olvidado, quién maneja los hilos: tras convertir al agente Coulson en un geek al que empezamos a adorar peligrosamente, nos lo arrebata en una escena que nos desarma emocionalmente, nos enfurece, y en definitiva, nos introduce sin marcha atrás en el relato, desencadenadenando el frenético acto final. Aunque nos pese, al más puro estilo Whedon.

A través de la identificación, el autor construye una historia que implica al espectador a un nivel al que no nos tiene acostumbrado el género de súper héroes. Se trata de la enésima -y esta vez definitiva- relectura del cine de palomitas, a manos de la persona que comprende el verdadero alcance del término: el Dios geek, uno de nosotros. La película de Joss Whedon se siente cómoda con cualquier etiqueta, pero por mi parte, pienso colocar Los Vengadores junto a Buffy, Angel, Firefly, Dr. Horrible y Dollhouse en mi videoteca. Sin reparos.