Crítica: No respires


Fede Álvarez entró por la puerta grande del terror bautizado por Sam Raimi en 2013. Su remake de Posesión infernal resultó ser una de las películas más brutales y enervantes de los últimos años, lo que hacía que muchos siguiéramos de cerca los pasos del director uruguayo. Tres años después, Álvarez regresa, pero se queda en el mismo género con el que se dio a conocer (y con el mismo productor, Raimi). Sin embargo, para su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe), ni rehace ni se basa en nada, sino que presenta una idea original (aunque familiar), con guion escrito por él mismo junto a Rodo Sayagues (co-guionista de Evil Dead). No respires destaca en un mar de propuestas clónicas y cintas de terror en cadena con una premisa que no recurre a lo sobrenatural para asustar, sino que da lugar a un tenso thriller de emociones fuertes capaz de provocar más angustia y mejores sobresaltos que la mayoría de historias de fantasmas que nos llegan frecuentemente a la cartelera.

Aunque me repita, cabe destacar que estamos ante una de esas películas de las que es mejor no saber nada de antemano. Una cita ineludible para los fans del terror de las que nos llegan de vez en cuando, y que debemos hacer lo posible por que sea una cita a ciegas (en este caso nunca mejor dicho). Para no estropear demasiado la experiencia que supone No respires, me limitaré a reproducir la breve sinopsis oficial ofrecida por Sony Pictures (que claramente tampoco quiere spoilearos más de la cuenta): “Un grupo de amigos asaltan la casa de un hombre rico, y ciego, pensando que lograrán el robo perfecto. Están equivocados”. Ahí está. No necesitáis saber más. Haced como el trío de incautos formado por Rocky (Jane Levy, que repite con Álvarez después del calvario que vivió en Evil Dead), Alex (Dylan Minnette) y Money (Daniel Zovatto), y entrad en la casa sin saber qué os vais a encontrar entre sus pasillos.

No respires se ha convertido en la gran sorpresa de la temporada, y ha encumbrado a su director en la lista de promesas de Hollywood (pronto le lloverán las propuestas para dirigir blockbusters). Y no es para menos. Lo más destacable de la película es sin duda su trabajo tras las cámaras. La labor de Álvarez es tan sobresaliente que consigue distraer de la verdad que oculta la película: su guion no es nada del otro mundo. Es más, está lleno de agujeros y tiene tramos que exigen un considerable acto de fe por parte del espectador. Por un lado, No respires se esfuerza en anclar su historia en la realidad (no en vano se ambienta en la decadente Detroit y funciona como comentario de la actual situación económica), cuidando detalles que otras películas obvian y haciendo que su premisa resulte coherente y factible, lo cual se agradece mucho. Pero por otro, se acaba sacrificando esa verosimilitud para provocar golpes de efecto y empujar la historia hacia donde Álvarez y Sayagues quieren. Concretamente hacia un tercer acto que desafía constantemente la suspensión de la incredulidad y culmina en un clímax sobre-explicativo y excesivamente sensacionalista con el que se diluye el impacto que el film ha provocado en sus dos primeros tercios, llegando a rozar el ridículo por momentos. Haciendo alusión a la teoría de la caja de J.J. AbramsNo respires es mejor cuando no sabemos exactamente qué hay dentro de ella.

Claro que, a pesar de todo, hay que elogiar la forma en la que el misterio está llevado antes de llegar a ese problemático final. Desde que los protagonistas entran en la casa y Álvarez nos regala un soberbio plano secuencia para ponernos en situación, la película hace que uno se agarre de la butaca y no la suelte en ningún momentoNo respires es un excelente ejercicio de tensión, estilo y pulso narrativo que mantiene el interés a base de constantes giros, magníficos planos, y contundentes golpes de violencia, y que saca gran provecho del limitado espacio donde se desarrolla la acción. La cámara de Álvarez se mueve y encuadra con inteligencia para jugar con la oscuridad, aprovechar las esquinas, los rincones y los “pasadizos secretos” de la casa, construyendo así un inmersivo y claustrofóbico juego del gato y el ratón que tiene el control absoluto sobre nuestros nervios.

No respires le da la vuelta al home invasion (cine de allanamientos) y lo convierte en un survival crudo y sádico, un thriller de factura impecable que se apoya indudablemente en Hitchcock para construir el suspense y manipular al espectador. Como hemos dicho, su guion es muy inconsistente, sus diálogos tienden al cliché, y sus personajes son más finos que el papel de seda, pero la mano firme y la elegante dirección de Álvarez, que pone énfasis en la narración visual, compensa estas carencias y antepone con éxito la experiencia visceral a la intelectual. Cuando uno ve la película se da cuenta de lo bueno que es su título: los protagonistas no dicen “no respires” ni una vez, pero tú lo estás pensando en todo momento. Y cuando lo haces, te estás dirigiendo a ellos, pero también a ti mismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

‘El asesinato de un gato’: Noir animalista

Murder of a Cat 1

Hacía tiempo que llevaba siguiéndole la pista a un pequeño proyecto cinematográfico titulado Murder of a Cat, por su conexión con el Whedonverso. Concretamente descubrí su existencia en la página de su protagonista, Fran Kranz, uno de los miembros del reparto de Dollhouse La cabaña en el bosque. Su premisa me llamó la atención y la participación de Kranz me pareció suficiente excusa para estar pendiente de su trayectoria comercial. Por eso me alegró mucho saber que Divisa Home Video iba a editarla en España en Blu-ray y DVD. Qué mejor oportunidad que esta para verla por fin y añadirla a mi videoteca.

Dirigida por la desconocida Gillian Greene (que cuenta con un corto y un episodio de la Battlestar Galactica original en su breve curriculum), El asesinato de un gato (gracias por no inventar un título absurdo para vender otra cosa) cuenta la historia de Clinton Moisey (Kranz), un adultescente estancado que cumple todos los requisitos del arquetipo del treintañero fracasado, concretamente de su variación yanqui: todavía vive con su madre (se aloja en el sótano), se dedica a diseñar figuritas de acción artesanales, se pasa el día en bata y zapatillas, y ocupa su tiempo en vender sus pertenencias e intentar lanzar su línea de figuras en un puesto en el jardín, respondiendo a las provocaciones de su vecino, un niño que se pasa a diario por ahí. Por suerte, Clinton cuenta con el apoyo de su mejor amigo, su gato Mouser.

Su mundo se derrumba cuando una mañana Clinton se despierta y descubre a Mouser ensartado por una flecha enfrente de su casa. Ya que la policía local no está muy por la labor de investigar el homicidio animal (de hecho, el sheriff -J.K. Simmons- está más interesado en ligar con su madre), Clinton se embarca en una misión en solitario para averiguar quién mató a su amigo. Esto le lleva a conocer a Greta (Nikki Reed), que resulta ser también dueña del gato, ya que el animal ha estado haciendo doblete en casa de ambos. Juntos investigan lo ocurrido, destapando un complot mucho más complejo de lo que parecía, que involucra la tienda y a su dueño, la celebridad local Al Ford (Greg Kinnear), y descubriendo que puede que todo sea un plan del destino para unirlos.

Murder of a Cat 2

Además de la presencia de Kranz y Reed (que participó en In Your Eyes, escrita y producida por Joss Whedon), y tres fantásticos veteranos, el ganador del Oscar J.K. Simmons, el desaprovechado Greg Kinnear, y la madre de Will Truman (y Gwyneth Paltrow), Blythe DannerEl asesinato de un gato cuenta con otro nombre conocido en su producción, el de Sam Raimi. Lo cierto es que su estilo no está demasiado presente en la cinta, y de hecho se podría haber beneficiado de un mayor peso de la comedia y algo más de riesgo para salirse de lo convencional, como el argumento invita a hacer, pero no nos falta uno de sus sellos de autor: un cameo de su hermanísimo, Ted Raimi, que provocará más de una sonrisa cómplice.

El asesinato de un gato es una cinta indie de bajo presupuesto, modesta y simpática, que propone una resultona fusión de noir, aventura y comedia romántica para contar la historia de tres personajes estancados en sus vidas, con un guion lleno de giros y misterios que se atreve a hacer reverencia a Arthur Miller (no en vano, el personaje de Al compara su vida con Muerte de un viajante). El asesinato de Mouser está tratado con humor, pero también con respeto. Nunca hay bromas a costa de que se trate de un animal o del dolor de su dueño (aunque Kranz esté igual de estridente que siempre), lo que añade puntos a la película, que además cuela una velada crítica a la distribución de armas en Estados Unidos, aunque en este caso no se trate de pistolas, sino de ballestas.

Asesinato de un gatoCaracterísticas de la edición

El asesinato de un gato (Murder of a CatDivisa Home Video)
EE.UU., 2014, 96 min.

SONIDO: Dolby Digital Plus 5.1
IDIOMAS: Español, Inglés
SUBTITULOS: Español
RATIO: 1,78:1
CALIFICACIÓN EDAD: 7

Extras: Tráiler

Ash vs Evil Dead: Homenaje infernal

Ash vs Evil Dead Bruce Campbell

Sam Raimi es uno de los directores más personales y reconocibles del cine y la televisión. Aun cuando se atreve con un proyecto de la envergadura de Spider-Man no puede esconder del todo su raimismo (de Oz ya nos hemos olvidado, menos mal). Sin embargo, el anuncio de la serie de Posesión infernal nos hizo disparar las alarmas a pesar del entusiasmo. Ya sabemos lo que pasa con la mayoría de reboots y remakes televisivos actuales. Pocos conservan lo que hacía especial a la película o serie original, la mayoría pasan por un proceso de homogenización que hace que al final acaben pareciéndose a las mismas series de siempre (lo que le ha pasado a Minority Report o 12 monos). Afortunadamente, los trailers de Ahs vs Evil Dead nos tranquilizaban. Parecía que el espíritu de Evil Dead estaba ahí y no se había cometido ningún sacrilegio (como convertirla en AHS por ejemplo). Después de ver el piloto podemos confirmarlo: Sam Raimi, familia y amigos (Rob Tapert, Ivan Raimi…) han realizado una secuela directa de Posesión infernal, y lo han hecho respetando el tono y el estilo de la trilogía cinematográfica. Un auténtico regalo para sus fieles.

Porque dejémoslo claro desde el principio, Ash vs. Evil Dead no es para todo el mundo. No se trata de una serie obligada para el seriéfilo completista, sino que está hecha pensando en los fans de Ash y el universo creado por Raimi. Por eso quizá han decidido no hacer referencia (de momento) al brutal remake de Fede Alvarez (¿recordáis que había planes de secuela y crossover en cine? Os podéis ir olvidando), que tenía un tono mucho más serio y macabro que las anteriores entregas de la saga y no contentó demasiado a los puristas (yo me excluyo, porque me encantó). De hecho, la serie comienza evitando embrollos en la continuidad, con un simple “recap” narrado por Ash (clips sobreimpresionados incluidos) que ignora por completo los asombrosos acontecimientos de El ejército de las tinieblas (1992). Por ahora, Ash vs. Evil Dead es una continuación directa de Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987), un “30 años después” que nos devuelve al emblemático personaje de Bruce Campbell estancado en el pasado a la vez que intenta evitarlo. Ya veremos cómo se va ampliando la historia (tenemos 2ª temporada confirmada), y si en algún momento acabará incorporando el resto del canon, pero para empezar, todo correcto.

Como decía, Ash vs Evil Dead es un festival de homenajes y guiños a las películas originales, así como una (otra) celebración del icono de culto en el que se ha convertido Bruce Campbell. Por momentos, el piloto toma prestadas algunas ideas de aquella fallida meta-comedia que fue My Name Is Bruce (2007), retomando la premisa de un Ash/Bruce retirado de su vida como exterminador de las fuerzas del mal y enfrentándose a los achaques de la edad que se ve obligado a volver a enfundarse la motosierra para salvar el mundo. Y bueno, el desencadenante que Raimi ha pensado para despertar a las tinieblas es todo lo estúpido que cabía esperar: Un Ash fumadísimo le enseña el Necronomicón a la chica que se ha llevado a su trailer y ambos acaban leyendo un pasaje que desata de nuevo el terror. ¿Para qué complicarlo más? A partir de ahí, Ash vs Evil Dead no pierde el tiempo y nos ofrece justo lo que pedíamos: humor insolente (y algo zafio), mucho camp, los demonios con máscara de látex de siempre, gore por todos los lados (demasiado digital en algunas escenas, con resultado más bien pobre), sobresaltos a la vieja usanza (en esta serie sí hay sustos de verdad, del tipo casa del terror), espíritu hard rock y autoconsciencia para parar un tren.

Ash vs Evil Dead posterEl piloto de AvsED (dirigido por Raimi) abre varias tramas para la temporada y presenta personajes secundarios para que Campbell no cargue con todo el peso de la serie (se agradece, porque mucho Campbell puede ser demasiado). Hay trama policial (pereza), pero la investigación en el primer capítulo no tarda en ser interrumpida (menos mal) por el violento ataque de varios deadites, secuencia en la que la serie ya despliega todo su arsenal hemoglobínico, con una atmósfera inigualable y sustos de muerte. Luego están los jóvenes compañeros de trabajo de Ash, Pablo (Ray Santiago) y Kelly (Dana DeLorenzo), con los que Campbell tiene buena química -rollo mentor de pacotilla y viejo verde- aprovechando bien el salto generacional que da la franquicia. Y, aunque solo aparezca unos segundos, nos emocionamos al ver a nuestra adorada Lucy Lawless, guapísima de blanco nuclear, que nos deja con la miel en los labios para los próximos episodios. Estamos deseando presenciar el reencuentro entre Xena y Atolycus.

Pero lo más destacable del piloto no son sus nuevos personajes o su arco central, sino las escenas en las que la serie se vuelve más loca, violenta y deliciosamente absurda. Por destacar dos (además de la mencionada lucha “polis vs. evil dead”), el grandioso ataque de la muñeca diabólica (secuencia cartoon pasada de rosca 100% Raimi en la que un objeto inanimado cobra vida) y su enfrentamiento final con la entrañable vecina del trailer park, Mrs. Johnson, perfecto broche de oro a esta divertidísima carta de presentación. En un glorioso plano a cámara lenta, Ash “vuela” para fundirse con su motosierra y aceptar su identidad. Él es Ash Williams, “El Jefe“, el gran héroe de Evil Dead, la estrella de la función. Llevábamos tiempo esperando su regreso. Y, aunque reticente al principio, este acaba asumiendo su destino, ya con esa característica camisa azul (como Superman, lleva siempre el uniforme bajo la ropa) y pronunciando la palabra más esperada del capítulo: “Groovy!”

Ash vs Evil Dead es un proyecto de amor, a la saga, a Campbell y a los fans. Raimi no se ha roto demasiado la cabeza, porque no hacía falta. Se ha mantenido fiel al material original y nos ha dado lo que queríamos, algo clásico e icónico, la Evil Dead que conocemos y adoramos (qué alegría reencontrarse con esa cámara reptante y la música de Joseph LoDuca), tan disparatada como siempre y con ese aroma a serie B guasona que nos encanta. Una secuela en toda regla que, casualmente, nos ha llegado en formato serial, pero que sabe a sesión golfa o noche de maratón de cine de terror en VHS.

Crítica: Poltergeist

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Dejémoslo claro desde el principio, un remake de Poltergeist, el clásico de terror para toda la familia estrenado en 1982, era innecesario. Tanto como casi la totalidad de los remakes, reboots y retodo que está produciendo Hollywood últimamente. Es obvio que la Meca del Cine está falta de ideas, pero por lo general, el público responde de forma positiva ante estos relanzamientos de franquicias y demás estrategias nostálgicas ideadas para evitar que la taquilla se hunda. Así que mientras esperamos (seguramente en vano) una nueva época dorada en la que las ideas originales marquen el pulso del cine (un nuevo 1999-2001 por ejemplo), concretamente el de terror, esto es lo que hay.

Quizá porque lo he asumido, porque me he resignado a que este es el estado actual del género (demos las gracias por las excepciones que nos ayudan a sobrellevarlo, como BabadookIt Follows) o porque prefiero no menospreciar lo que el público demanda, he visto la nueva Poltergeist con ojos más indulgentes. O quizá sea mucho más sencillo que eso y después de todo la película de Gil Kenan sea en realidad mucho mejor de lo que parece, y de lo que esperábamos. Estamos ante un remake bien hecho, muy fiel al original pero con los pertinentes cambios para actualizarla (aquí la tele es de plasma, los móviles y iPads juegan un papel importante, y tenemos un dron que retransmite imágenes desde otra dimensión, ahí es nada). La sensación de estar viendo la misma historia otra vez es inevitable, los momentos clave y las escenas más icónicas del clásico de Tobe Hooper están ahí, pero no estamos ante una reconstrucción plano a plano (no hagáis caso de los exagerados que digan que sí). En su lugar, Kenan toma la historia y le imprime su propio ritmo, haciendo que la trama fluya orgánicamente, como si se hubiera pensado en el siglo XXI.

Esto conlleva una pega, que al final, la sensación de déjà vu no proviene tanto de nuestra experiencia con la película original (programada hasta la saciedad en las tardes de TVE cuando éramos unos críos), sino más bien del hecho de que han convertido Poltergeist en otra Insidious (de hecho, aquí se nos deja seguir la cuerda dentro del armario y ver qué hay en “el otro lado”). A pesar de partir de un material previo que sin duda sirvió de inspiración, este remake es la respuesta de Fox a las películas de James Wan. Terror estilizado, aséptico, juvenil, es decir, PG-13 (calificación por edades que habría recibido la original si no fuera porque Spielberg no la inventó hasta un par de años después). Poltergeist es por tanto un film de terror para todos los públicos, uno no exento de sus dosis de perversidad, pero en general inofensivo. Es decir, válido tanto para una sesión de madrugada como para un domingo por la tarde, justo como la original. No nos extraña por tanto que Fox confiara la película a Kenan, que se dio a conocer con aquella nostálgica aventura de terror para niños que fue Monster House.

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Otro nombre detrás del proyecto que llama la atención es el de Sam Raimi, que participa en Poltergeist en calidad de productor ejecutivo. Y creedme cuando os digo que, a pesar de la ausencia de gore, se nota su mano en la película. Poltergeist no es una comedia de terror como Arrástrame al infierno o (en menor medida) Posesión infernal, pero hace gala de un humor comedido y algo bobo, pero también muy efectivo, que nos recuerda un poco al director de Spider-Man. Entre susto y susto se cuelan diálogos divertidos y momentos muy inspirados de comedia ligera (muchos de ellos provienen del equipo de investigadores paranormales). Esto funciona sobre todo gracias al reparto. Y es que otro de los aciertos de Poltergeist es su casting, aspecto que se suele descuidar en este tipo de películas.

La familia protagonista está encabezada por dos talentazos infravalorados e infrautilizados, Sam Rockwell y Rosemary DeWitt. Ambos resultan creíbles y naturales en todo momento, tanto para hacer chistes como para los pasajes más dramáticos. Rockwell brilla especialmente como papá bromista, pero también sorprende con una excelente escena dramática en la que se entrega por completo. También destaca Jared Harris, sustituto oficial de Zelda Rubinstein como guía de Carol-Ann, aquí rebautizada Maddie (Kennedi Clements), en su camino hacia la luz. Harris es el personaje más caricaturesco, es la Lin Shaye de esta película, y está tan divertido como Rockwell, sin llegar a pasarse de gracioso y ahogar el aspecto terrorífico de la película. Por último, los tres niños están sencillamente perfectos, sobre todo la pequeña Maddie, que nos recuerda mucho a Heather O’Rourke, entre adorable y escalofriante, y con unos enormes e inquietantes ojos que hipnotizan. Sin desmerecer a Saxon Sharbino, típica adolescente moderna con una dimensión más humana y simpática de lo normal, y especialmente a Kyle Catlett, fantástico como el enclenque hermano mediano, en cierto modo nuestro punto de vista en la historia.

Poltergeist no es nada nuevo, en ningún sentido. Pero es una película muy decente, un recorrido clásico por el género de las casas encantadas, con bien de sustos (mucho más creativos y menos tramposos de lo habitual hoy en día), un equilibrio bien medido de suspense, miedo y humor, y sin demasiadas complicaciones. Con apenas 90 minutos de metraje (y un final muy abrupto que hace que se echen de menos 10 más, eso sí), Poltergeist se salva con dignidad de la quema de los remakes que nadie pidió (que nosotros sepamos).

Valoración: ★★★½

Estrenos de cine destacados – Viernes 05/04/13

El estreno de la semana: EVIL DEAD

 

Un amor entre dos mundos (Upside Down, Juan Solanas, 2012)

En esta película todo está, literalmente, del revés, incluyendo la coherencia y la lógica interna. Desde los créditos con la voz en off del protagonista -un Jim Sturgess al que ya se le ha pasado el arroz interpretativo-, ahorrándonos el trabajo de sacar conclusiones sobre la película, hasta un final abrupto que cierra de la manera más torpe y chapucera todos los frentes abiertos, Un amor entre dos mundos hace gala de una ineptitud absoluta a la hora de introducir -y conservar- al espectador en el interesante mundo que plantea.

No hay suspensión de la incredulidad que valga. Estamos ante una película que crea dos mundos enteros desde cero y no es capaz de aportar un sólido decálogo que los sostenga. Solanas sobreexplica lo innecesario, lo más nimio, lo que el espectador ve con sus propios ojos, y se escaquea de dar cualquier tipo de respuesta a las grandes cuestiones de la película. Veremos al protagonista agarrar una caja que le lanza otro personaje al aire y decir dos veces “la he cogido”, pero el avance científico que cambiará para siempre la humanidad se explicará con un “me han dicho que tú lo entenderás” -así que no me molesto en dar detalles. La cantidad de deus ex machina que conforman esta película es incalculable. No hay un solo giro de guion o acontecimiento en la historia que no esté introducido a la fuerza para tapar agujeros y hacerla avanzar en la dirección que Solanas se empeña en tomar, a oídos sordos de lo que su sentido común le dice. Da igual que la historia de amor entre Adam (Sturgess) y Eden (Kirsten Dunst) sea, en teoría, más grande que el universo. Ni siquiera eso es capaz de evitar que este se desmorone por completo.

El director argentino se mete en mil y un berenjenales, del más cósmico al más microscópico, y no es capaz de encontrar maneras naturales y fluidas de salir de ellos. Antepone las buenas ideas visuales a la coherencia narrativa y sacrifica cualquier posibilidad de construir un discurso satisfactorio y un relato que atrape de verdad. “Pero esto no tiene sentido, señor Solanas”, “Da igual, pero, ¿y lo bonito que queda?” Un amor entre dos mundos resulta infantil y amateur. La cantidad de potencial malgastado es desoladora.

Efectos secundarios (Side Effects, Steven Soderbergh, 2013)

Con este thriller farmacológico -como se empeñan en denominarlo en todas partes-, Steven Soderbergh construye una (otra) película sólida y disfrutable que fluye como si hubiera sido realizada sin excesivo esfuerzo, y con mucho oficio. No en vano, es su quinta película como realizador en apenas dos años -sin contar la TV Movie Behind the Candelabra, aun por estrenar. Pero la inquietud e hiperactividad -o prisa, porque el director ha anunciado que se retira indefinidamente de la dirección- no desluce el resultado, ni de este el que quizás sea su último filme -aunque no nos lo creemos demasiado-, ni de los que le han precedido, las nada desdeñables Contagio o Magic Mike.

Efectos secundarios es una interesante y muy hollywoodiense aproximación al mundo de los fármacos contra la depresión. Una aguda reflexión vestida de absorbente cinta de suspense que nos adentra -no sin la pertinente dosis de demagogia y factor espectacular- en una realidad muy afín a la sociedad norteamericana, que desde el otro lado del charco contemplamos con una mezcla de fascinación y horror. Como el doctor Jonathan BanksJude Law en su mejor papel en muchos años- afirma, en Europa, ir al psicólogo es síntoma de problema, en Estados Unidos significa que el problema se está curando.

Un asesinato pone en marcha un relato de engaños, apariencias y conspiraciones que se las arregla para inquietar y despertar la duda razonable del espectador en todo momento, gracias sobre todo al buen hacer del reparto -en especial Rooney Mara y una fantástica Catherine Zeta-Jones. Sin embargo, a Soderbergh, y a Scott Z. Burns -guionista de la película-, se les va la mano a la hora de atar cabos, en un aturullado y confuso desenlace que se empeña en no dejar absolutamente nada a la imaginación del espectador -como Magic Mike, pero de otra manera. Por culpa de la búsqueda hitchcockiana del crimen perfecto, la historia se acaba resintiendo irremediablemente. Eso sí, a Soderbergh hay que reconocerle el mérito: el hombre sabe cómo hacer películas. Si de verdad se retira de la profesión, puede estar tranquilo, lo hace después de firmar una notable trilogía.

Posesión infernal: Evil Dead (Evil Dead, Fede Álvarez, 2013)

-Insertar párrafo sobre remakes, reboots, la falta de originalidad de la industria cinematográfica de Hollywood, la crisis creativa del cine, y todo eso-

Y ahora al grano: Me da exactamente igual si esta nueva Evil Dead era necesaria o no -¿cuándo son los remakes necesarios?-, lo que tengo claro es que esta es una película que yo sí quería ver. Y que después de hacerlo, puedo afirmar con toda convicción que estamos ante uno de los mejores reboots que se han hecho en los últimos años -y el número total es inabarcable. Absolutamente enervante y desquiciante, burra y demencialPosesión Infernal 2013 no se anda con remilgos, y hace un esfuerzo sobrehumano por estremecer completamente al personal a base de imágenes impactantes que harán girar la cabeza -360 grados- a más de uno.

Con el equipo de productores original –Raimi, Tapert y el gran Bruce Campbell– y bajo la mirada de un director novel, la película se mantiene más o menos fiel a su referente, pero se adapta a las sensibilidades de la muy experimentada y suspicaz audiencia. Debemos tener en cuenta un factor muy importante a la hora de adentrarnos en Evil Dead, y sobre todo al imaginarnos el proceso de escritura de la película -desempeñado por Álvarez en colaboración con la mismísima Diablo Cody-, y este no es otro que la existencia de una pequeña película con la que seguro que ya estáis más que familiarizados: The Cabin in the Woods. La cinta de Drew Goddard y Joss Whedon deconstruyó Evil Dead -y todas las sagas slasher que le sucedieron- en un ejercicio metanarrativo que marcaba un antes y un después en el cine de terror moderno. ¿Cómo acometer la empresa de hacer una nueva Evil Dead cuando es, oficialmente, la tercera versión de la historia, y sobre todo, cuando ya se han explicitado y desmitificado todos sus mecanismos narrativos? Muy sencillo: yendo más allá que todas ellas juntas.

Al final no es tan importante y decisivo que se haya intentado dar lógica y trasfondo a la historia -gran trabajo de Álvarez y Cody anticipándose a las repelentes preguntas del espectador más descreído- porque lo más -lo único- importante es remover estómagos y conseguir que el espectador clave las uñas en el muslo de la persona con la que ha ido al cine. No estoy seguro de si Posesión infernal: Evil Dead será para vosotros “la experiencia más aterradora que vais a vivir”, pero desde luego no defraudará a los que vayan buscando emociones fuertes.

Para terminar, tres consejos: que los aprensivos se mantengan alejados de la sala, que los que vayan a verla no vean el tráiler -que incluyo aquí debajo solo para no desequilibrar la entrada-, y que os quedéis a ver los créditos finales.

Crítica: Oz, un mundo de fantasía

A mediados de los 80, Disney ya se sumergió en los mundos de L. Frank Baum con una demencial secuela del clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) titulada Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, Walter Burch, 1985). Ahora se atreve con la historia de cómo Oscar Diggs llegó a la Ciudad Esmeralda para convertirse en el magnánimo y todopoderoso regente de Oz. Titulada casi idénticamente a la secuela protagonizada por Fairuza Falk -por cierto, Willy Wonka and the Chocolate Factory también se llamó Un mundo de fantasía en Latinoamérica y España-, Oz, un mundo de fantasía es la colorista y ultradigital visión de Oz que nos proponen Sam Raimi (Evil Dead) y Joe Roth (productor de la Alicia de Burton).

A los aficionados al cine de Raimi les alegrará comprobar que el realizador consigue que su sello personal se haga un pequeño hueco en la película. En Oz, un mundo de fantasía hay alguna que otra concesión al estilo que Raimi ha cultivado en sus películas de terror: la tensión expresada a base de zooms y ángulos propios de la serie B, la presencia (muy breve y camuflada) de su muso Bruce Campbell, y una clara voluntad por potenciar el aspecto terrorífico y grotesco de la historia, particularmente en su recta final. Pero no nos engañemos, el auteurismo que nos empeñamos en encontrar en Oz no es lo más destacable de la película, y por supuesto, no redime el fracaso artístico que acaba siendo. La identidad de Raimi se disuelve por completo en esta orgía de cromas y secuencias manufacturadas exclusivamente para el 3D que debería estar en Disneyland, y no en una sala de cine. Claro que lo peor de esta Oz no es su cualidad de atracción de parque temático, sino la absoluta desgana con la que se ha acometido la historia, y el triste desaprovechamiento de unos personajes que podrían haber dado mucho de sí.

La culpa también es de un reparto del que solo se salva -afortunadamente- el protagonista. James Franco es un verdadero acierto de casting. Su amplia sonrisa de bribón y sus ademanes chulescos pero infantiles lo convierten en el Oscar Diggs perfecto. Franco resulta creíble como el paso evolutivo inmediatamente anterior al Oz que todos conocemos. Pero su encanto no es suficiente para aguantar todo el peso de una película tan desbordantemente inconsistente. El relato también nos muestra los orígenes de tres de las brujas de Oz. Pero Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams parecen competir encarnizadamente por el título de ‘peor interpretación de la película’. Sinceramente, me resulta imposible decantarme por una. ¿Una Kunis irritante dejando en evidencia sus desoladoras carencias como intérprete de drama, una Williams que se desplaza torpe y desganada frente la pantalla verde y que no se deshace de la misma mueca en toda la película o una Weisz que parece estar imitando a la Charlize Theron de Blancanieves y el cazador? Se mire por donde se mire, un auténtico desastre.

Oz, un mundo de fantasía es básicamente la misma película que Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, con todo lo que ello conlleva. Ambas parecen pertenecer al mismo universo de trágicos cromas y desprenden ese acomodadizo sentido del espectáculo basado en la seguridad que proporciona el digital. Se salvan los personajes secundarios, impresionantemente animados, del mono volador y la niña de porcelana con daddy issues -el único gran personaje de la película, malgastado como todos. Sin embargo, la historia hace aguas en todo lo demás. El guion parece un primer borrador, con unos diálogos que transmiten la sensación de haberse conformado con lo primero que ha venido a la mente -porque lo importante es el despliegue visual y el plus por las gafas 3D- y una ineptitud alarmante a la hora de sorprender o transmitir cualquier tipo de emoción. No son suficiente reclamo los incesantes paralelismos con la película de 1939, es necesario construir un relato con entidad propia, y Oz, un mundo de fantasía no lo hace. Escudándose constantemente en dos leit motifs -“con fe todo es posible” y “más vale ingenio que magia”– la película de Raimi elabora un mensaje que pone en duda continuamente los meros cimientos de su discurso. Oz, un mundo de fantasía celebra en última instancia el trampantojo, la ilusión, el encanto de la artesanía manual y la técnica, pero lo hace después de habernos llevado en un agotador y mareante viaje a través de un mundo en el que nada es verdad. Puede que la película nos esté pidiendo -o exigiendo- que asumamos que esta es la nueva magia del cine de Hollywood, e incluso sugiriendo que si Meliés existiera en nuestro presente, sería un mago de lo digital. Pero a mí me cuesta enormemente tener fe en este futuro del cine.

Clásicos recuperados: Xena, la princesa guerrera

No soy mujer, y por lo tanto, tampoco soy lesbiana. Pero os puedo asegurar que yo viví Xena, la princesa guerrera como si lo fuera. Confieso que soy una de esas personas que cambiaban el canal en cuanto se encontraban con el festival de efectos especiales casposos y diseño de producción de función de primaria que es a primera vista Xena (sobre todo en sus primeras temporadas). La serie ya llevaba varios años finalizada cuando me decidí a echarle un vistazo de verdad. Con tan solo tres episodios sabía que me quedaba hasta el final y me apresuré a pedir los sets estadounidenses de todas las temporadas en DVD (ediciones mastodónticas con generosísimos contenidos adicionales en packs de hasta 10 y 11 discos que os recomiendo por encima de las escuálidas ediciones más recientes). A lo largo de estos tres primeros episodios, firmé un contrato con la serie cuyas cláusulas más destacadas eran las que siguen:

PRIMERA: el espectador se compromete a hacer la vista gorda ante los primitivos efectos digitales y el cartón piedra entendiendo que es televisión noventera; es más, acabará recibiendo con entusiasmo todas las escenas que le recuerden a El rescate del talismán; los efectos especiales cutres pueden ser un arte;
SEGUNDA: el espectador profesará amor incondicional a Lucy Lawless y tratará por todos los medios de imitar a la perfección el grito de guerra de Xena, por mucho que le cueste;
TERCERA: el espectador jura no volver a subestimar un producto basándose en su factura, especialmente si el producto en cuestión resulta ser un fenómeno cultural y social;
CUARTA: el espectador no se alarmará si a mitad de camino empieza a replantearse la naturaleza de sus mejores amistades, como tampoco lo hará si comienza a identificarse como una mujer homosexual, a pesar de ser hombre; de la misma manera, asumirá que todas las conversaciones que escuche tendrán siempre un doble sentido sexual;
QUINTA: el espectador jura no aburrirse ni un solo segundo de los 134 episodios de cuarenta minutos que componen la serie;
SEXTA: la serie asume su responsabilidad en el cumplimiento de todas las cláusulas por parte del espectador y por tanto promete facilitar la tarea de llevarlas a cabo.

El origen de Xena, la princesa guerrera es por todos conocido. A partir de un arco de tres episodios en HérculesXena se estrenaba el 4 de septiembre de 1995 como spin-off de la serie protagonizada por Kevin Sorbo. La premisa era sencilla: tras un pasado como villana, la princesa guerrera inicia un viaje para expiar sus crímenes y asegurarse un lugar en el paraíso. El spin-off pronto superó en popularidad a la serie de la que se originó, midiendo el éxito no tanto en base a las audiencias sino en el impacto que tendría en la cultura popular y su perdurabilidad a lo largo del tiempo. Sin duda, Xena se convirtió en un icono, un símbolo de fortaleza e independencia femenina, una causa. Todo el mundo conoce a Xena, referente indispensable sin el que no se entendería la siguiente corriente de ficción catódica y la posición actual de la mujer en televisión. Ya sabéis, What Would Xena Do?

Un gran amigo me preguntó una vez extrañado “¿por qué te gusta Xena?” Después de un titubeo inicial (comprensible teniendo en cuenta que las preguntas más difíciles de contestar para mí empiezan con ¿por qué te gusta…?), dije algo así como “tienes que verla para saberlo”. Es algo similar (salvando las distancias) a lo que ocurre con otra de las series de culto por excelencia, Buffy, cazavampiros. No basta con pararse cinco minutos al toparse con ella haciendo zapping, o ver un episodio al azar. No es su impacto inicial lo que la define, sino su cualidad para convertir progresivamente al espectador en una de las piezas más importantes del engranaje de la serie. La autorreflexividad de la que hace gala Xena es una de las características que hacen que la serie trascienda la etiqueta de placer culpable (el episodio 2.15, “A Day in the Life”, deconstruye la serie en un ejercicio metanarrativo magistral). La riqueza de sus matices, el carácter recurrente de los personajes secundarios más populares (el adorable Joxer, el canalla Atolycus o la loca loquísima Callisto) y el omnipresente subtexto lésbico hacen que Xena se convierta, a medida que avanzan las temporadas, en la serie más autoconsciente jamás creada, hasta el punto de diseñar toda su sexta temporada como una carta de agradecimiento y homenaje a los fans de la serie, que acaban desempeñando un papel esencial dentro de la narración. Y los que me conocéis sabréis que esto, para mí, es un factor decisivo. Xena me quiere, por lo tanto, yo quiero a Xena.

Otra de las virtudes de la serie es proyectar en su audiencia un espíritu de lucha que va más allá del manual de autoayuda (testimonios como los recogidos en How Xena Changed Our Lives dan fe). Se trata de un mensaje sencillo pero tremendamente poderoso si se maneja con respeto: sé fiel a quien eres. No sería ni la mitad de efectivo si no fuera por el compromiso total de las dos actrices protagonistas, Lucy Lawless y Renee O’Connor. A pesar de haber tenido una carrera prolífica en televisión (vinculada a la ciencia ficción y la fantasía), Lawless siempre será Xena, y aunque a lo largo de la serie se mostrase ocasionalmente reacia (es lógico cuando la popularidad de un personaje es tan alta), actualmente la actriz se enorgullece de haber sido la princesa guerrera. Lawless ha consolidado su estatus como reina geek, sin olvidar en ningún momento el personaje que la puso en el mapa. O’Connor, prácticamente desaparecida, mostró un compromiso aún mayor por el personaje al que interpretaba (Gabrielle) y por su serie. En este sentido, llegó a adoptar el papel de aprendiz de realizadora, que le otorgó un mayor control sobre una historia que era mucho más que un trabajo para ella. La pasión de ambas actrices se complementaba con la absoluta dedicación de un equipo que, aunque no siempre obtuviera los mejores resultados, amaba lo que hacía. Era muy fácil sentir, e incluso ver ese amor, y una década después de su final, sigue latiendo con fuerza.

Xena comenzó como una historia de redención que prometía además la diversión más camp, el exceso más picante, y la acción más cartoonesca (inolvidables e imprescindibles efectos de sonido), a la vez que dejaba claro desde el principio su intención de explorar la naturaleza del bien y del mal desde una perspectiva más ‘seria’. Sin embargo, lo que acabó definiendo la serie producida por Sam Raimi fue la profunda amistad entre sus dos protagonistas. Inquebrantable y eterna, la relación entre Xena y Gabrielle dio mucho que hablar. Los dobles sentidos y la ambigüedad inicial que sugería que estaban enamoradas dieron paso a un tratamiento mucho más explícito del asunto (con besos dignos de debate nacional incluidos), que culminó en uno de los episodios más excéntricos de la serie, “You Are There” (6.13). En él, un reportero del presente aparecía en Escandinavia y seguía a Xena y Gabrielle micro en mano y acompañado de un cámara. En una de las entrevistas a Gabrielle, el reportero preguntaba sin rodeos si ella y Xena eran amantes. La extravagante propuesta venía a confirmar el profundo impacto que la serie había ejercido sobre las audiencias de todo el mundo. Sin embargo, descubrir la naturaleza de la relación de Xena y Gabrielle no era el motor de la serie (sobre todo porque todos conocíamos la respuesta). La audiencia regresaba porque no había existido en televisión un amor tan profundo como el de estos dos personajes.

Junto a Expediente X, Xena fue una de las primeras series que se benefició de las posibilidades que el ciberespacio brindaba a las producciones de naturaleza serial. La enorme base de fans de Xena se relacionaba a través de los numerosos foros de Internet y páginas webs dedicadas a la serie (la inabarcable Woosh se enorgullece de ser referencia indispensable para los Estudios Televisivos). Los debates sobre la exactitud histórica de la serie quedaron rápidamente obsoletos (los guionistas se tomaban todas las licencias que podían, sin ningún reparo), y el peso de todas las discusiones recaía en la relación entre Xena y Gabrielle. Esto generó un importante debate sobre los derechos de los homosexuales, además de originar una de las corrientes de fan fiction más importantes de la red.

Y si Xena contribuyó a consolidar Internet como espacio idóneo para la socialización de geeks de todo el mundo a mediados de los 90, además de convertir los foros de discusión en una de las herramientas indispensables para los guionistas televisivos, es justo que ahora Internet le devuelva el favor a la serie. Lucy Lawless anunció hace un año su deseo de llevar a Xena a la gran pantalla. A partir de entonces, son numerosas las campañas que han surgido a favor de una película de Xena, de las que destaca esta petición a través de Facebook. Con un reboot de Buffy en marcha y una tercera película de Expediente X planeada para el año que viene, solo nos hace falta la confirmación de que “Lucy Sin Ley” volverá a hacer la payasa enfundada en su traje de cuero y metal. Somos conscientes de que (como los otros dos proyectos mencionados) ver a Xena en el cine es algo poco probable, pero nos basta con pensar en que haya una remota posibilidad de oír su grito de guerra en 7.1, y con suerte, vivir un verdadero beso de película entre Xena y Gabrielle.

Xena y el ejército de las tinieblas

Lo que nos echen

Cómics basados en series de televisión los ha habido siempre (la franquicia Star Trek lleva generando material gráfico desde los 60 sin apenas descanso), y por consiguiente, la influencia recíproca entre ambos medios lleva ocurriendo desde hace ya mucho tiempo. Sin embargo, no ha sido hasta hace unos pocos años que han convergido hasta el punto de mover en masa a la audiencia exclusivamente televisiva hacia las páginas de los tebeos. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la gran repercusión de los cómics que continúan de manera oficial la historia de Buffy, cazavampiros.

Los cómics de televisión, con alguna que otra excepción, siempre han sido considerados subproductos dirigidos al fan completista, y por tanto, poco esfuerzo se ha invertido en ellos. ¿Para qué molestarse en buscar la calidad, algo que requiere tiempo y esfuerzo creativo, si el comprador potencial va a hacer la vista gorda si no la hay? Recordemos las historias de Mulder y Scully (de Expediente X) editadas para Topps y más tarde DC. El propio Chris Carter expresó su descontento ante lo que venía a ser un sucedáneo de las historias paranormales de los agentes del FBI, y los fans estaban con él. Otras exitosas series de principio del siglo XXI han sido trasladadas a las páginas del cómic, siempre con resultados que dejan bastante que desear. Si alguna vez os topáis con un cómic de Alias, salid corriendo.

Los chicos de Dark Horse ya habían explorado el buffyverso en numerosísimas ocasiones, a través de historias paralelas que recorrían los arcos argumentales de cada una de las siete temporadas de la serie, y “completaban” las historias de la cazadora. Lo cierto es que pocos números se acercaban remotamente a la calidad de la serie, y solo un especial titulado “Tales of the Vampires” (que seguía la estela de “Tales of the Slayers”, publicado poco antes) destacaba por su calidad. Escrito por Joss Whedon y algunos de sus colaboradores más habituales (Jane Espenson y Drew Godard por ejemplo), este especial, curiosamente, no revisaba la mitología de la serie como lo hacían los otros cómics del buffyverso. En lugar de eso, “Tales of the Vampires” aprovechaba algunas ideas y algunos personajes de Buffy, y brindaba a un plantel de interesantes guionitas y dibujantes la oportunidad de aportar su eclécticos y en algunos casos “alternativos” puntos de vista al universo de los vampiros según las reglas whedonianas. El resultado fue excelente, aunque seguíamos sin tener cómics ambientados en nuestras series de televisión que se acercasen a la calidad de las mismas.

Pero en 2008 todo cambió. Con la publicación de la octava temporada de Buffy en formato cómic, Joss Whedon se propuso fusionar ambos medios y sacar provecho de las posibilidades que le brindaban. Con Buffy y Angel terminadas, y cada vez más inmerso en la escritura de guión para cómics (Astonishing X-Men, Runaways), Whedon realizó un “cómic televisivo” de calidad, a años luz de los anteriormente editados por Dark Horse. Pero no es de la octava temporada de Buffy de lo que os quiero hablar en esta entrada (sí, me he esperado al cuarto párrafo para decíroslo). Eso ya lo hice en este articulito en el Whedonverso, donde además podéis leer otro artículo sobre Runaways, escrito por mi amigo Mariano Pardo. Lo que me ha llevado a escribir esto es la lectura reciente del crossover de Xena, la princesa guerra y El ejército de las tinieblas, de la mano de Dynamite Comics.

Sí, como leéis. No hay idea más disparatada que a la vez sea tan increíblemente lógica y coherente. Este crossover nace a la sombra de los cómics de la octava temporada de Buffy (y ¿por qué no? de los de la sexta de Angel, que no son nada desdeñables), y ha resultado ser, contra todo pronóstico, un cómic televisivo a tener en cuenta. Xena y Evil Dead, dos franquicias creadas por Sam Raimi, tienen muchos elementos en común (el humor absurdo, el histrionismo de sus personajes, el slapstick o el regusto a serie B, por nombrar unos pocos), por lo que una fusión de ambos universos en las páginas del cómic era una idea muy atractiva que no se podía dejar pasar. Y qué mejor momento para hacerlo que ahora.

Los cómics de Buffy han puesto el listón alto, así que los fans de Xena (muchos de ellos también fans de Buffy) no se iban a conformar con los subproductos pre-Buffy-Season-8. Es por ello que este crossover en dos volúmenes sigue la estela de Buffy (salvando bastante las distancias, tampoco nos pasemos), y consigue homenajear con ingenio y puntería los universos de Xena y Ash Williams. La familiaridad de estos personajes para el fan y el detallismo que desprenden los diálogos nos remiten indudablemente a la pantalla de televisión, donde vimos una y otra vez las aventuras de los dos héroes raimianos. Como ocurría con Buffy, leyendo los crossovers de Army of Darkness/Xena, “Why Not?” y “What… Again?!” podemos oír a Xena, Gabrielle, Atolycus o Ash a viva voz en nuestras cabezas, porque son ellos, y no burdas imitaciones desprovistas de los rasgos del original, como solía ocurrir en los cómics televisivos que ya hemos mencionado. Se produce aquí un caso ideal de intertextualidad que es difícil de alcanzar. Incluso en los crossovers dentro del mismo medio, a menudo nos encontramos con personajes que creíamos conocer y que se comportan de manera extraña. Esto no ocurre con Army of Darkness/Xena, quizás debido a que la complejidad no es el plato fuerte de sus personajes, con lo cual es más fácil que otros guionistas se ocupen de ellos y no encuentren demasiadas dificultades para “hacerles justicia”.

“Why Not?” es el primero de los encuentros entre Xena y Ash. No es más que otro viaje en el tiempo, esta vez hasta la era de la Princesa Guerrera (si es que algo así existe). Ash se une a Xena, Gabrielle y Atolycus (¡sí! nunca hay suficiente Bruce Campbell) para luchar contra un ejército de demonios voladores entrenados por uno de los mini-Ash del principio de El ejército de las tinieblas (un “aspecto oscuro” del protagonista). Este mini-Ash les enseña a construir motosierras, que usan para aterrorizar a las aldeas de la zona. De acuerdo, no suena precisamente a historia que pueda tomarse en serio, pero ¿desde cuándo algo made in Raimi lo ha sido? (no respondáis). La contraportada del cómic reza “¡Fans! Bruce Campbell y Lucy Lawless, ¡¿qué más necesitáis?! ¡El crossover que nadie pidió y nadie esperaba ya está aquí!” Y es verdad. Los fans leemos estos cómics buscando reconocer a nuestros personajes favoritos, y disfrutamos con su mera presencia. Por suerte, “Why Not?” no es solo eso. Es un cómic divertido, con una historia bien contada, que saca el máximo provecho de ambas franquicias y en el que aparece un tiranosaurio. Es lo que en inglés llaman un win-win.

El segundo volumen, “What… Again?!” es incluso más bizarro y retorcido que el anterior. Hay más viajes en tiempo, más acción, más sangre, más situaciones disparatadas. O sea, que es una secuela en toda regla. De vuelta al presente, Ash se encuentra con las consecuencias de haber inaugurado un hipermercado S-Mart en el mundo de Xena (!!!). Una legión de zombis infesta la ciudad, y Xena, Gabby y Atolycus van al rescate de Ash. El grupo huye de los zombis y se refugia en una biblioteca, para a continuación, Necronomicón mediante, visitar los mundos de varios clásicos de la literatura (entre ellos, el del El mago de Oz, como veis en la portada del cómic), y acabar encontrándose con el hijo de Gabrielle en un futuro apocalíptico en el que S-Mart es la fuente de todo mal. ¿Cómo os quedáis?. Evidentemente, el tono jocoso de los creadores del cómic sigue presente (“La secuela del crossover que nadie esperaba ya está aquí”) y la autoconsciencia inherente a los productos “para fans” como este sobresale de cada viñeta.

A pesar de no tomárnoslo demasiado en serio, Army of Darkness/Xena es un experimento curioso y reseñable si nos paramos a pensar en las posibilidades de fusión y complementariedad de la televisión y el cómic. Los tebeos de súper héroes llevan mucho tiempo influyendo a la televisión, temática, estética y formalmente (Smallville, Héroes, Misfits) y los volúmenes que recogen 4 ó 5 números de un cómic pueden plantearse como episodios de 40 minutos, con sus signos de puntuación, pausas para publicidad y sus cliffhangers. Ahora que las editoriales de cómics apuestan más fuerte por las franquicias televisivas (Dynamite también publica cómics de Battlestar Galactica, Stargate y de Xena en solitario), parece que la calidad de este tipo de productos está aumentando. Todo es posible en el mundo de los cómics, y si insistimos demasiado, quizás algún día asistamos a la visita oficial de Xena a Sunnydale, y si cruzamos los dedos, hasta puede que haya otro tiranosaurio involucrado.