Crítica: Blade Runner 2049

El futuro ya está aquí, y se parece mucho al que Ridley Scott imaginó en 1982, solo que nos lo encontramos incluso más desolado y oscuro. El proceso de gestación de la secuela de Blade Runner ha sido largo y complicado, pero por fin, la continuación del influyente clásico de la ciencia ficción llega a nuestras pantallas, 35 años después de su estrenoBlade Runner 2049 era un proyecto arriesgado y ambicioso en el que todo podía haber salido mal, y sin embargo, ha llegado a muy buen puerto, en una jugada similar a la que Mad Max: Furia en la carretera efectuó hace un par de años.

El de Blade Runner es un caso muy especial. Se trata de una película irrepetible, difícil de clonar, que se resiste a la industrialización, a pesar de que su impronta se pueda detectar en multitud de títulos sci-fi posteriores. Por eso, el reto de llevar a cabo una secuela, y además con tres décadas de diferencia con respecto a la original, era casi imposible. Afortunadamente, Scott aprendió que había más oportunidades de éxito si cedía las riendas de su creación a otro cineasta. El chiflado que asumió el desafío no es otro que Denis Villeneuve, que tras ganarse la confianza del espectador y la industria con Prisioneros Sicario, se consolidó con La llegada como uno de los cineastas más estimulantes (y solicitados) del momento. Y el canadiense, en busca del milagro, no solo ha salido airoso de tamaña empresa, sino que le ha dado la vuelta para realizar una de las mejores películas del año.

Villeneuve trabaja a partir de un guion escrito por Hampton Fancher (responsable de la original) y Michael Green (Logan) para reconstruir y expandir las fronteras del universo de Blade Runner, al que regresamos treinta años después de los acontecimientos de la primera película para conocer al oficial K (Ryan Gosling), un nuevo blade runner (recordemos, agentes de policía encargados de eliminar a los androides conocidos como replicantes) que, tras descubrir un secreto oculto durante muchos años que podría cambiar el curso de la sociedad, inicia una búsqueda para dar con Rick Deckard (Harrison Ford), desaparecido desde hace tres décadas. Y es mejor no conocer más detalles sobre la historia de antemano, ya que gran parte del encanto de Blade Runner 2049 es no saber exactamente hacia dónde nos va a llevar, sobre todo cuando creemos saberlo.

Villeneuve tenía dos opciones principales a la hora de acometer este dificultoso reboot: seguir el ejemplo de J.J. Abrams en Star Wars: El despertar de la fuerza y repetir la jugada o hacer como David Lynch en el regreso de Twin Peaks y crear algo completamente nuevo e inesperado a partir de algo conocido y venerado. Lo que ha hecho Villeneuve es una astuta combinación de ambas aproximaciones, una película que reproduce sin caer en el facsímil, que homenajea con devoción a la vez que emprende su propio camino, que maneja la nostalgia con inteligencia para que esta no la acabe fagocitando. Es decir, Blade Runner 2049 es una continuación con razón de ser, que ahonda en las cuestiones filosóficas de la película original (más profundamente, de hecho) a través de un nuevo personaje, planteando una interesante reflexión, debidamente actualizada, sobre lo que nos hace humanos, tema central de los mejores relatos de ciencia ficción. En definitiva, una secuela a la altura del clásico, que no se conforma con replicarlo.

Ni que decir tiene que Blade Runner 2049 también es un suntuoso e impresionante espectáculo cinematográfico, uno que se debe ver en las mejores condiciones técnicas posibles para apreciarse en todo su esplendor. A través de su magistral composición de planos, la increíble fotografía de Roger Deakins (que si hay justicia, esta vez se llevará el Oscar después de perderlo en 13 ocasiones), la estruendosa banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch y el envolvente diseño de sonido, Villeneuve ha creado una experiencia inmersiva como pocas. Es cierto que para entrar, uno tiene que poner de su parte, ya que la película puede pecar de fría y distante (como hacía la primera), dificultando el proceso de conexión emocional. Pero si la propuesta de Villeneuve nos atrapa, es difícil que nos suelte en las casi tres horas que dura la película, de las que no se desaprovecha ni un solo minuto.

Además de ser una exhibición visual y sonora de una perfección y elegancia apabullantesBlade Runner 2049 es una fascinante historia en la tradición de la ciencia ficción más sugerente y cerebral, un relato sobre el alma, sobre la percepción y la necesidad de aferrarse a la realidad en un mundo que ha difuminado sus fronteras y nos ha deshumanizado (“Todos estamos buscando algo real”), ya sea a través del amor, el sexo o los recuerdos. Así podríamos definir el conflicto de K, un personaje complejo que Gosling saca adelante sin salirse de su zona de confort, poniendo su hermético estilo interpretativo al servicio de un guion imbuido de dolor contenido y romanticismo trágico. Lo hace, por supuesto, con ayuda de un reparto de excepción que da vida a un nuevo plantel de personajes (a los que se añade algún que otro cameo que es mejor no desvelar): Ana de Armas, Robin Wright, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Jared Leto, Sylvia Hoeks (la gran revelación de la película) y por último, un Harrison Ford en plena forma. El carismático actor no solo lo da todo en las viscerales escenas de acción, sino que además lleva a cabo una de sus interpretaciones más conmovedoras de los últimos años, una que trasciende el carácter de “encargo” que suelen tener últimamente todos sus trabajos.

Villeneuve no deja nada al azar y Blade Runner 2049 es el ejemplo definitivo. Todo en ella está cuidado hasta el último detalle, haciendo que cada plano, cada línea de diálogo, cada sonoro puñetazo tenga un significado en el gran esquema de la película, un puzle narrativo en el que todas las piezas encajan cuidadosamente. Tras La llegada, el director sigue explorando los confines del mal llamado cine comercial, elevando de categoría el concepto de blockbuster. Blade Runner 2049 es una obra de belleza sobrecogedora y virtuosismo técnico, pero más allá de sus desbordantes imágenes, sus brutales secuencias de acción y su atmósfera embriagadora, también es un trabajo exigente que se niega a complacer por la vía fácil, gracias sobre todo a un brillante guion que subvierte las expectativas de la manera más audaz y que será diseccionado hasta la última coma en los próximos años.

Quizá la película no ofrezca las respuestas que muchos andan buscando, pero sí plantea nuevas preguntas, nuevos enigmas que renuevan nuestra pasión por el universo concebido por Ridley Scott. Sumergirse en Blade Runner 2049 es volver a comprobar de primera mano el poder transportador y transformador del cine. Definitivamente, la espera ha merecido la pena.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: La ciudad de las estrellas – La La Land

Después de asombrar (y poner de los nervios) a todo el mundo con Whiplash, Damien Chazelle se embarcó en un proyecto de pasión que, según ha confesado el propio director, no habría sido posible de no ser por el éxito de su anterior película. Hollywood no es muy dado a respaldar musicales con canciones originales (“Eso es trabajo de Broadway”, deberán pensar), por eso hubo que mover cielo y tierra para que La ciudad de las estrellas – La La Land fuera una realidad. Tras muchos contratiempos, baches creativos y una temporada en la que se pensó que el proyecto estaba abocado al desastre, la película nos llega ya coronada como una de las grandes sorpresas cinematográficas del año, una obra aclamada por la crítica que despierta pasiones entre el público. Y con razón.

La La Land aúna sensibilidades clásica y moderna para contar una historia de amor universal ambientada en la Meca del Cine. La película arranca con un impresionante número musical en la autopista de Los Ángeles del que se seguirá hablando dentro de muchos años, de esas secuencias tan originales e iconoclastas que entran automáticamente en la historia del cine. La La Land atrapa desde el primer minuto y se pone el listón muy alto a sí misma, pero lo que viene después es igualmente irresistible (si creéis que el principio es insuperable, esperad al abrumador montaje final). Esta es la historia de Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling), dos soñadores estancados que sobreviven gracias a la ilusión y la esperanza que alimenta la ciudad de las estrellas. Mia quiere ser una actriz de éxito y Sebastian quiere montar un local para preservar el arte del jazz tradicional (el de verdad, no el de ascensor). Entre descorazonadoras jornadas al piano, audiciones fallidas y fiestas en chalets con piscina, ambos continúan topándose el uno con el otro, hasta que ocurre lo que tiene que ocurrir: se enamoran.

La La Land no quiere ambigüedades al respecto. Esta es una película para soñadores. “Dices ‘romántico’ como si fuera una palabra sucia”, se puede oír en un momento del film. Efectivamente, a Chazelle no le preocupa ser tachado de idealista o sentimental, porque de eso se trata precisamente. Si la desnudamos de ornamentos, la de La La Land no es una historia particularmente profunda u original, sino un sencillo cuento romántico que homenajea a la Edad de Oro de Hollywood y encuentra la conexión emocional con el espectador a través de la música, el movimiento y la puesta en escena, en todo su esplendor CinemaScope. Es decir, Mia y Sebastian nos enamoran no porque sean únicos, sino porque el escenario que los envuelve y los eleva (literalmente) también los convierte en una idea en la que queremos creer. El precioso viaje en el que se embarcan juntos nos deja imágenes y melodías para el recuerdo, números musicales en los que los protagonistas no solo son Stone y Gosling, sino también el propio Chazelle, cuya portentosa cámara se convierte en la tercera en discordia de esta embriagadora relación.

Los vigorosos planos secuencia, el vestuario, el uso de colores tan vivos que saltan de la pantalla y los contrastes de luz y sombra, la resplandeciente fotografía de Linus Sandgren, el exquisito diseño de producción, las deliciosas coreografías, y la desbordante imaginación al unir todo para crear el espectáculo hacen de La La Land todo un triunfo artístico y visual, una obra en la que se puede respirar el cine en cada plano. El cine, como decía, de los años 40 y 50, los populares musicales de las majors y los romances protagonizados por la ingenue de turno y el galán impertinente. Stone y Gosling se ponen en la piel de estos dos arquetipos para deslumbrar en las distancias cortas y en las largas, demostrando una vez más la dinámica tan armoniosa que existe entre ellos, tanto en los números más ambiciosos como en los momentos más íntimos. En los swings a lo Ginger Rogers y Fred Astaire, en las imágenes que encuadran Los Ángeles en postales eternas o en los primeros planos que nos arrebatan, como la audición final de Mia, sobrecogedora escena en la que Stone nos convence definitivamente de que la suya es una de las interpretaciones del año.

Y por supuesto, las canciones. Melodías imposibles de sacarse de la cabeza (en especial “City of Stars”) que revisten la película de ese aire irreal, convirtiéndola en un sueño reconfortante y melancólico del que no queremos despertar. La La Land es una agridulce oda al cine, a la ciudad de Los Ángeles, a sus atardeceres, a sus celebridades (como concepto abstracto, nunca personas concretas, para no romper la ilusión), a sus soñadores, a todos los soñadores. Una hermosa carta de amor al amor que sabe cómo usar las palabras de siempre para decir algo nuevo, que halla el equilibrio perfecto entre nostalgia e innovación para en última instancia llevar la historia de Mia y Sebastian más allá del cliché hollywoodiense, donde debemos decidir entre la ilusión y la realidad. Sea cual sea la elección, lo que está claro es que nos quedamos con ellos para siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Dos buenos tipos

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Arma letal, Tango y CashHot Fuzz, 21 Jump Street… La tradición de las “buddy films” tiene un largo recorrido de eficacia demostrada. En estas películas se repite siempre el mismo esquema, una pareja de tipos (normalmente policías) debe aliarse forzadamente para resolver un caso y enfrentarse a un enemigo común. Aunque hay honrosas excepciones (The Heat), las buddy films suelen estar protagonizadas por dos hombres, y Shane Black, director de Kiss Kiss Bang BangIron Man 3, no tiene intención de cambiar esto ni renovar el género con Dos buenos tipos (The Nice Guys). Sin embargo, lo que sí hace es dignificarlo considerablemente con una comedia de acción ejemplar que, gracias al guion y los actores adecuados, saca el mayor provecho de la fórmula y sus clichés para dejarnos un producto infalible.

Jackson Healy (Russell Crowe) es un imponente matón a sueldo y Holland March (Ryan Gosling) un detective privado desastrado e incorregible. Ambos se encuentran investigando la misteriosa desaparición de una misma chica (Margaret Qualley) y la muerte de una estrella del porno que podría estar relacionada, lo que los convierte en el blanco de una banda de asesinos. A pesar de no tener nada en común, March y Healy deben trabajar juntos utilizando todos sus recursos (la mayoría poco ortodoxos, claro) para resolver el misterio y destapar la conspiración que hay detrás, una trama que les llevará hasta las entrañas del mundo del porno y las esferas más altas del poder en Los Ángeles de la revolucionaria década de los 70.

Esta es una de esas películas que es mejor no comerse de vista, porque parece mucho peor de lo que en realidad es. Su propuesta suena a priori excesivamente tópica, algo que ya hemos visto demasiadas veces, y aunque esto es técnicamente cierto, Black ha logrado circunvalar con ardid los lugares comunes para realizar un film rebosante de carisma y frescura. Sin duda, el mayor atractivo de Dos buenos tipos es su excelente dúo protagonista, dos actores que emplean con acierto su talento cómico por separado y desprenden una sorprendente y explosiva química nulljuntos. March y Healy son un tándem divertidísimo, sobre todo gracias a Gosling, que está irresistible encarnando al clásico canalla patético pero encantador de este tipo de cine -atención a la descacharrante escena en la que rompe un cristal para colarse en una casa, un ejemplo (de muchos) tanto del talento cómico de Gosling como de la inteligencia de Black a la hora de abordar los tópicos de la historia para reírse de las situaciones ridículas y de la propia liviandad de su película. Además, ambos actores están magníficamente respaldados por la pequeña Angourie Rice, que da vida a la astuta hija de March y es la auténtica revelación del film. Sin la argucia investigadora y la osadía de la genial Holly March (que se merece un spin-off para ella sola), la misión de estos dos espantajos adorables no tendría oportunidades de acabar en éxito.

Recuperando el espíritu desenfadado y old-fashioned del cine de acción de los 70 y 80, con un ritmo que no decae en ningún momento y un velo de surrealismo lisérgico y excéntrica psicodelia popDos buenos tipos se construye sólidamente como un noir efervescente repleto de situaciones memorables (el muy onírico accidente de la pornstar, la absurda protesta en las escaleras), violencia “sofisticada”, diálogos chispeantes, una gran banda sonora y un timing cómico impecable. Gosling se lleva la película de calle con su dominio absoluto del humor físico, pero en general, Black lleva a cabo un trabajo muy afinado en todos los departamentos con el que nos deja un absorbente misterio y una brillante comedia negra que tiene mimbres para convertirse en saga (está hecha para ello, otra cosa es que lo consiga). March y Healy se han ganado a pulso su oportunidad para ingresar en el club de los mejores “buddies” cinematográficos. Claro que, si no llega a haber continuación de sus aventuras, al menos siempre podremos revisitar esta gozada una y otra vez hasta convertirla en la cinta de culto que debería ser.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Lost River

Iain De Caestecker Lost River

Lost River es el último lugar perdido de la mano de Dios, un decadente suburbio prácticamente desierto de las afueras de Detroit en el que sobreviven a duras penas los pocos que no han conseguido, o no han querido salir de los escombros que ha dejado la crisis. Billy (Christina Hendricks), madre de dos hijos, se aferra a los recuerdos como puede, negándose a abandonar una de las pocas casas que aún quedan en pie en aquel desolador “páramo yermo”. Para hacer frente a los meses de alquiler que debe y evitar el desahucio, Billy acepta un extraño trabajo en un misterioso local de la ciudad, donde los espectáculos nocturnos son una fusión de variétésgore para el goce de los morbosos asistentes. Bones (Iain De Caestecker), el hijo mayor de Billy, también pone de su parte para ayudar a su familia, recorriendo Lost River en busca de cobre para vender, lo que hace que se coloque en el punto de mira de Bully (Matt Smith), el sádico rey autocoronado de las calles de Lost River.

Bones tiene una vecina, Rat (Saoirse Ronan), llamada así porque su mascota es una rata, Nick. Rat es la típica “vecina de al lado”, la chica que nuestro protagonista observa embelesado a través de su ventana, que escucha cantar una hermosa melodía al teclado Casio en medio de la madrugada. Bones y Rat son solo dos adolescentes que ven con mirada triste y desapego cómo el mundo se derrumba a su alrededor. Las ruinas ya son su hogar, pero como todos, “están buscando una vida mejor y quizá la encuentren algún día“. Para encontrarla, primero hay que salir de Lost River, y para salir de Lost River es necesario escapar de depredadores, de los monstruos en la oscuridad que la aíslan del resto del mundo (si es que este existe), y en última instancia, romper una maldición en una ciudad que, según la leyenda, se encuentra sumergida bajo el agua.

Lost RiverRyan Gosling debuta en la dirección con un potente trabajo cinematográfico con madera de culto que no obstante manifiesta los típicos vicios propios de un realizador primerizo. Rodada el mismo año en el que protagonizó su segundo film para Nicolas Winding Refn (la injustamente vilipendiada Solo Dios perdona), Gosling parece totalmente atrapado por el embrujo de pesadilla y neón creado por el director de Drive. Efectivamente, Lost River supone un caso flagrante de imitación en todos los aspectos: lenguaje, tono, atmósfera, fotografía, música (firma la excelente banda sonora Johnny Jewell, uno de los compositores adicionales de Drive). Pero aunque Gosling no tenga reparo alguno en mimetizar a su amigo (y por extensión a otros tantos), la historia de Lost River (también escrita por él) discurre por caminos más adyacentes a la fábula y el cuento, dejando entrever un gusto por lo macabro y lo infantil que el actor ya exploró en su proyecto musical, Dead Man’s Bones (el nombre del protagonista de Lost River es de todo menos casual). Es decir, Gosling asimila a Refn como principal referente en eso de hacer cine, pero pone lo que ha aprendido junto a él al servicio de su propia visión.

Y su visión compone una imaginería fantástica de violencia y romanticismo que encierra un relato minimalista, quizás algo inconexo en lo narrativo debido al énfasis en el estilo por encima de la sustancia, pero envolvente de principio a fin, y repleto de planos en los que se respira amor por el cine (los ecos a La noche del cazador resuenan con fuerza). La ópera prima de Gosling evidencia a un cineasta ingenuo, pero en consecuencia entusiasta y enérgico, un director que posee una palpable conexión con sus actores (el reparto al completo está perfecto) y sabe exactamente cómo dar forma al perturbador paisaje onírico que ha diseñado (aunque sea con las herramientas de otros). Más allá de la evidente parábola post-apocalíptica sobre la desangelada ciudad de Michigan después de la bancarrota, Lost River es un hipnótico y bizarro cuento de medianoche a medio camino entre Lynch y Argento, una historia gótica sumergida en el (ir)realismo mágico que se experimenta y se recuerda como un sueño, y cuyas imágenes se quedan grabadas en el subconsciente.

Valoración: ★★★★

Crítica: Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines)

PLACE BEYOND THE PINES

Con Blue Valentine (2010), Derek Ciafrance desafiaba las convenciones del drama romántico planteando una alternativa real y dolorosa a los formulaicos romances cinematográficos de Hollywood. Su segundo largometraje, Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012), es la confirmación de ese espíritu inquieto y decididamente transgresor del realizador norteamericano. Una cinta arriesgada con la que Ciafrance se reafirma en la intensidad casi imperceptible de su forma de narrar y su compromiso sin cortapisas con la historia que nos quiere contar.

Con Cruce de caminos, Ciafrance no repara en las expectativas del espectador, es más, las hace trizas con un relato que discurre a lo largo de muchos años saltando entre largas elipsis, ignorando lo tradicional, obviando lo insustancial. Se trata de un retrato Cruce de caminos cartel españolmultigeneracional construido en tres actos que acerca la América profunda a la tragedia griega. Cruce de caminos comienza siguiendo, literalmente (a través de un traveling), a Luke, el personaje de Ryan Gosling. Sin embargo, la historia de su vida no es más que el punto de partida. La narración salta violentamente hacia Avery (Bradley Cooper) y en último lugar a su hijo, interpretado por una de las mayores promesas del cine norteamericano actual, Dane DeHaan. Con este tríptico masculino, Ciafrance elabora un interesante tratado sobre la culpa, el tiempo y la herencia emocional que los padres dejan en los hijos.

La fuerza de Cruce de caminos es contenida, velada, pero está siempre muy presente. Ejerce presión sobre nosotros casi sin que nos demos cuenta. Las interpretaciones son discretas, pero ahogadas en la melancolía y el hastío, en un profundo y palpitante dolor que solo un gran director de actores, un titiritero, puede imprimir en sus marionetas. Puede que cueste un poco entregarse al ritmo desapasionado de Ciafrance, o que sus atrevidos giros argumentales desorienten al hacer saltar la historia de un género a otro (drama familiar, thriller criminal). Pero al final, todo en los 140 minutos de metraje de la película encaja, y pasa factura. Se nos obliga a reajustar la mirada varias veces para abarcar el alcance completo de la historia. Se nos habla de legado, de heridas abiertas, y familias rotas, y por eso es necesario conducirnos hacia delante en el tiempo, aunque nos maree un poco. Para poder asistir a los momentos clave en las vidas de dos hombres atormentados por sus decisiones, sus errores, y dos hijos definidos por la carga de un pasado que nunca vivieron.