Crítica: Dos buenos tipos

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Arma letal, Tango y CashHot Fuzz, 21 Jump Street… La tradición de las “buddy films” tiene un largo recorrido de eficacia demostrada. En estas películas se repite siempre el mismo esquema, una pareja de tipos (normalmente policías) debe aliarse forzadamente para resolver un caso y enfrentarse a un enemigo común. Aunque hay honrosas excepciones (The Heat), las buddy films suelen estar protagonizadas por dos hombres, y Shane Black, director de Kiss Kiss Bang BangIron Man 3, no tiene intención de cambiar esto ni renovar el género con Dos buenos tipos (The Nice Guys). Sin embargo, lo que sí hace es dignificarlo considerablemente con una comedia de acción ejemplar que, gracias al guion y los actores adecuados, saca el mayor provecho de la fórmula y sus clichés para dejarnos un producto infalible.

Jackson Healy (Russell Crowe) es un imponente matón a sueldo y Holland March (Ryan Gosling) un detective privado desastrado e incorregible. Ambos se encuentran investigando la misteriosa desaparición de una misma chica (Margaret Qualley) y la muerte de una estrella del porno que podría estar relacionada, lo que los convierte en el blanco de una banda de asesinos. A pesar de no tener nada en común, March y Healy deben trabajar juntos utilizando todos sus recursos (la mayoría poco ortodoxos, claro) para resolver el misterio y destapar la conspiración que hay detrás, una trama que les llevará hasta las entrañas del mundo del porno y las esferas más altas del poder en Los Ángeles de la revolucionaria década de los 70.

Esta es una de esas películas que es mejor no comerse de vista, porque parece mucho peor de lo que en realidad es. Su propuesta suena a priori excesivamente tópica, algo que ya hemos visto demasiadas veces, y aunque esto es técnicamente cierto, Black ha logrado aproximarse con astucia a los lugares comunes para realizar un film rebosante de carisma y frescura. Sin duda, el mayor atractivo de Dos buenos tipos es su excelente dúo protagonista, dos actores que emplean con acierto su talento cómico por separado y desprenden una sorprendente y explosiva química nulljuntos. March y Healy son un tándem divertidísimo, sobre todo gracias a Gosling, que está irresistible encarnando al clásico canalla patético pero encantador de este tipo de cine -atención a la descacharrante escena en la que rompe un cristal para colarse en una casa, un ejemplo (de muchos) tanto del talento cómico de Gosling como de la inteligencia de Black a la hora de abordar los tópicos de la historia para reírse de las situaciones ridículas y de la propia liviandad de su película. Además, ambos actores están magníficamente respaldados por la pequeña Angourie Rice, que da vida a la astuta hija de March y es la auténtica revelación del film. Sin la argucia investigadora y la osadía de la genial Holly March (que se merece un spin-off para ella sola), la misión de estos dos espantajos adorables no tendría oportunidades de acabar en éxito.

Recuperando el espíritu desenfadado y old-fashioned del cine de acción de los 70 y 80, con un ritmo que no decae en ningún momento y un velo de surrealismo lisérgico y excéntrica psicodelia popDos buenos tipos se construye sólidamente como un noir efervescente repleto de situaciones memorables (el muy onírico accidente de la pornstar, la absurda protesta en las escaleras), violencia “sofisticada”, diálogos chispeantes, una gran banda sonora y un timing cómico impecable. Gosling se lleva la película de calle con su dominio absoluto del humor físico, pero en general, Black lleva a cabo un trabajo muy afinado en todos los departamentos con el que nos deja un absorbente misterio y una brillante comedia negra que tiene mimbres para convertirse en saga (está hecha para ello, otra cosa es que lo consiga). March y Healy se han ganado a pulso su oportunidad para ingresar en el club de los mejores “buddies” cinematográficos. Claro que, si no llega a haber continuación de sus aventuras, al menos siempre podremos revisitar esta gozada una y otra vez hasta convertirla en la cinta de culto que debería ser.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Noé

Noé 2014

Considerar Noé (Noah) un desliz en la interesantísima carrera de Darren Aronofsky solo por ser una colosal superproducción de Hollywood es un error, casi tan grave como valorar la película de acuerdo a su grado de fidelidad con respecto al texto original (lo siento, no he leído el libro en el que se basa, pero estoy ligeramente familiarizado con él) o, válgame Dios, por su nivel de verosimilitud -peor que un cristiano ultrajado por las licencias que se toma, es un cinéfilo indignado por el enfoque fantástico que se le otorga a una historia de estas características.

Noé es un filme que, a priori, puede parecer el más impersonal de la carrera del realizador, debido a su envergadura y género. Sin embargo, es una pieza que encaja perfectamente en su trayectoria. A través de sus películas, hemos aprendido que la relación de Aronofsky con el cine es profundamente personal, pero este no es uno de esos autores que se queda en su zona segura y se limita a iterar una y otra vez sus singularidades (no nombraré a nadie, pero alguno tiene película nueva en cartelera), sino que una de sus señas de identidad más axiomáticas es el riesgo y la experimentación genérica. Para él, esto conlleva la ausencia total de cortapisas y restricciones, completa temeridad y ambición (no olvidemos que dirigió La fuente de la vida, y que estuvo a punto de realizar RoboCop). Por esta razón, Noé no solo es evidentemente una película de Darren Aronofsky, sino que además supone un paso firme hacia delante en su filmografía, inclasificable, ecléctica y diseñada para hacerse progresivamente con un nicho del cine de masas.

Con Noé, Aronofsky (ateo confeso) convierte el Antiguo Testamento en un controvertido tratado sobre la obsesión, la pasión y la naturaleza de la fe, que es en cierto modo lo que define todo su cine. Desde Pi a Cisne negro, todos sus personajes se mueven por estos principios, y todas sus historias acaban explorando los límites entre la devoción y la patología, entre lo placentero y lo enfermizo. En su insistencia en adentrarse en los vericuetos de la demencia y el fanatismo es donde entra la figura de Noé (Russell Crowe), fuerza bruta que representa al fiel primordial, con el que Aronofsky identifica el inicio de la degeneración y el declive del hombre en su fe ciega a los dictados del Señor.

Noé póster españolA la caracterización fuertemente incompasiva de Noé (un hombre al límite, despojado de su cordura, que está dispuesto a llevar a la raza humana hacia su extinción), y la de los miembros de su familia, seres definidos y debilitados por sus fuertes pulsiones sexuales, y sus instintos de supervivencia y protección, se suma el hecho de que Aronofsky se aproxima a las Sagradas Escrituras reformulándolas como una grandiosa fantasía épica que equipara la Biblia con la obra de J.R.R. Tolkien o George R.R. Martin, lo cual explica en parte la animadversión en contra del film. Noé está narrada como si partiera de un referente literario adscrito al género fantástico, en el que tienen lugar acontecimientos asombrosos, donde la magia y lo sobrenatural forman parte de la Creación. En ese sentido, el director no tiene reparo alguno en convertir a los ángeles caídos en gigantes de roca que parecen salidos de La historia interminable, o en narrar los acontecimientos del Génesis en forma de prólogo pseudo-animado que podría ser una escena eliminada de La fuente de la vida.

Noé es una monumental y majestuosa superproducción en la que el Diluvio Universal se presenta a través de un imponente espectáculo visual y sonoro -excelente una vez más la partitura de Clint Mansell-, y donde los magníficos efectos especiales de Industrial Light and Magic aúnan el clasicismo del stop-motion de Harryhausen y la tecnología más impresionante, para resultar en un blockbuster tan personal como intemporal. Pero lo más convincente de la película es la pasión (volvemos a dar con la palabra clave) con la que Aronofsky la cuenta, cómo extrae el dolor y la brutalidad del relato bíblico y convierte la historia del Arca de Noé en una descarnada y absorbente epopeya sobre la locura y la perversión. Y también, como él mismo ha declarado en muchas ocasiones, en un filme fieramente ecologista protagonizado por “el primer activista medioambiental”, alguien que, por los designios del Señor, cree que el ser humano es el único animal que no merece la salvación.

Si acaso el único pero de Noé son unos actores que, o bien no dan la talla –Emma Watson se enfrenta a su primer gran reto dramático con resultados irregulares, Douglas Booth es invisible y Logan Lerman se empieza a encasillar- o bien se mueven en sus habituales registros interpretativos –Russell Crowe y Jennifer Connelly haciendo lo mismo de siempre- sin ser capaces de ponerse a la altura del riesgo dramático que exige la propuesta.

Valoración: ★★★★

Crítica: Cuento de invierno

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Akiva Goldsman es uno de los guionistas más poderosos de Hollywood. A lo largo de dos décadas ha acumulado libretos para sonados fracasos artísticos como las entregas de Batman dirigidas por Joel Schumacher, Perdidos en el espacio o Prácticamente magia, pero ninguno de sus tropiezos le ha parado los pies. Incomprensiblemente llegó a ganar un Oscar por el guión de Una mente maravillosa, ese clásico intemporal que a día de hoy recordamos como una de las obras maestras de comienzos de siglo (NO). Más recientemente se ha encargado de las adaptaciones cinematográficas del fenómeno literario de Dan Brown El código Da Vinci, haciendo que muchos nos cuestionemos por qué Hollywood sigue amparando a este señor (¿un milagro, quizás?). Por si su gran incompetencia escribiendo no fuera suficiente tortura, ahora Goldsman da el salto a la dirección con otra adaptación literaria, Cuento de invierno (Winter’s Tale), basada en la novela de 1983 escrita por Mark Helprin.

Cuento de invierno es una historia de amor bigger-than-life, de destinos cruzados y milagros, uno de esos romances hiperbólicos e hiperalmibarados que desafían el tiempo y el espacio, narrado abarcando más de un siglo y ambientado en Nueva York, como no podía ser de otra manera. Durante un allanamiento de mansión, Peter Lake, ladrón de 21 años interpretado por Colin Farrell (y con eso ya no hace falta decir más, pero aún así seguiré) se prenda de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, quizás el único acierto de la película), la hija mayor de Isaac Penn (William Hurt), millonario editor del periódico The Sun. Como mandan los cánones de los cuentos de hadas, Peter y Beverly se enamoran perdidamente en cuestión de minutos y comienzan una apasionada historia de amor que desafiará mil y un obstáculos, principalmente la enfermedad de ella (se está muriendo de tisis) y la amenaza del mafioso demoníaco Pearly Soames -un bochornoso Russell Crowe pidiendo el Razzie a gritos-, que quiere matar a Peter por traicionarle años atrás. Todo envuelto en un manto de realismo mágico que el realizador claramente no tiene ni idea de cómo utilizar, haciendo que la película caiga inevitablemente en el camp más vergonzoso -acentuado por la penosa partitura de Hans Zimmer.

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Goldsman, a medio caballo entre Frank Capra y Nora Ephron (que me perdonen ambos), se asfixia tratando de condensar la novela en 120 interminables minutos, conectando pasado y presente, e intentando casar los aspectos fantásticos y románticos de la historia. Cuento de invierno es un absoluto berenjenal narrativo, una película atropellada, pesada y confusa que demuestra una vez más que el guionista es incapaz de contar una historia, da igual lo simple que sea (y Cuento de invierno no es que sea Juego de Tronos precisamente). Algo con lo que no está de acuerdo Neil Gaiman, por cierto, que elogia a Goldsman por su trabajo y anima a todo el mundo a ver la película, a pesar de que caiga en el defecto de la mayoría de producciones fantásticas en Hollywood: la sobre-explicación. Esté o no de acuerdo yo con Gaiman (tampoco es que él sea el mejor estructurando historias), hay algo en lo que indudablemente tiene razón. Aquellos que se animen a ver Cuento de invierno probablemente sabrán exactamente lo que van a ver, porque esta no oculta lo que es: Una cinta de fantasía con ángeles, demonios y caballos voladores, cargada de diálogos tan cursis que parecerá que los de Crepúsculo están escritos por David Mamet y bochornosos sinsentidos que la convierten en toda una comedia involuntaria. Ya lo dice el peor eslogan de lo que llevamos de año: “Esto no es una historia verdadera. Es una historia de amor”.

Después de todo, estrenar este desastre épico el día de San Valentín ha sido lo más inteligente que podía haber hecho el estudio: Cuento de invierno está hecha para que no importe lo más mínimo si os perdéis la mitad de la película achuchándoos. Es más, quizás eso sea justamente lo que quieren, que prestéis más atención a vuestra pareja, y que con suerte así no os deis cuenta de lo mala que es la película. Así que si vais a ver Cuento de invierno, adelante, achuchaos, es lo mejor que podéis hacer.

PD: Si al salir del cine sentís un imperioso deseo de acudir a un Dunkin’ Donuts, no os extrañéis. En su tramo final, Cuento de invierno se transforma en un spot publicitario de esta franquicia. Atención a todos los planos en los que la fachada de un Dunkin’ aparece al fondo, convenientemente encuadrada entre Colin Farrell y Jennifer Connelly.

Valoración: ★½

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Producida por Christopher Nolan y dirigida por Zack Snyder, El hombre de Acero es una asombrosa adaptación cinematográfica de la historia original de Superman. La película está protagonizada por Henry Cavill como nuestro superhéroe junto a Amy Adams como Lois Lane. En un cartel repleto de estrellas, la película también cuenta con Michael Shannon, Diane Lane, Kevin Costner, así como Laurence Fishburne (Morfeo en la triología Matrix) como Perry White y Russel Crowe como Jor-El.

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