Crítica: X-Men – Apocalipsis

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Bienvenidos de nuevo al Instituto Xavier para Jóvenes Talentos. Recorred sus pasillos y estancias para comprobar que está más vivo y abarrotado que nunca. La juventud se puede oler en el ambiente (seguro que sabéis exactamente cómo huele la adolescencia), hay más luz, más color, más energía y ganas de juerga. Y es que la Mansión-X no solo está atestada de mutantes adolescentes, es que además estos mutantes son adolescentes de los 80. Después de llevarnos a los 70 (y luego hacernos saltar por el tiempo) en X-Men: Días del futuro pasado, la saga mutante avanza hacia la feliz década del “Take on Me”, el “Girl Just Wanna Have Fun” y las chapas en las solapas vaqueras, donde transcurre la acción de X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse), la nueva entrega de la Patrulla-X dirigida por Bryan Singer.

Y se nota, vaya si se nota. X-Men: Apocalipsis es una aventura espléndidamente ochentera (o noventera, que al caso es prácticamente lo mismo) y decididamente nostálgica. Si bien Singer podía haber arriesgado aun más en su puesta en escena y hacerla incluso más fiel a la época, la película rebosa espíritu 80s por los cuatro costados, y no solo en lo que respecta a la estética hortera y sin complejos (los cardados, la cresta de Tormenta, el estilo jock de Cíclope, ¡las hombreras de Jean Grey! Todo aderezado por una lluvia de cassettes, juegos Arcade y cuero, cortesía de Quicksilver), sino también a la historia, más simple y desenfadada, prácticamente ajena a la evolución que el género de superhéroes está experimentando en los últimos años.

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Lejos de innovar, el argumento de X-Men: Apocalipsis presenta la clásica trama con villano megalómano que amenaza con destruir el mundo, una que pasa por todos los clichés narrativos del género como si no se hubiera hecho tantas veces últimamente, y vuelve a caer en el error de la destrucción masiva sin miramientos ni consecuencias (imperdonable a estas alturas). Si se hubiera estrenado unos años antes, quizá su falta de originalidad o novedad no habría llamado tanto la atención, pero la proximidad con Capitán América: Civil War, el listón cada vez más alto y la amenaza de la “superhero fatigue” juegan en detrimento del film. Claro que lo que propone Singer es precisamente un acto de fe, un regreso a la sencillez del género, a las páginas del cómic, que entendamos que lo que Apocalipsis pretende es recuperar esa candidez narrativa de los 80 y los 90, y no le importa nada que su película tenga tantos tópicos, mecanismos narrativos anticuados o elementos camp. Porque esa es la intención, realizar una cinta de mutantes nostálgica de una época dorada del tebeo, una fantasía épica construida casi al margen del Zeitgeist superheroico, es más, con un punto de ironía. Es decir, Apocalipsis no viene a cambiar el género, pero sí ofrece lo que se espera (o al menos todo lo que yo quiero) de una película de la Patrulla-X: espectacular despliegue de acción y superpoderes, personajes imposiblemente molones y lo más importante, diversión.

Y sin embargo, la saga mutante tiene algo que no tienen las películas de Marvel Studios, y que compensa su falta de originalidad: una mayor osadía. Mientras que la calificación PG-13 sirve para coartar a otros blockbustersX-Men: Apocalipsis la aprovecha para desmarcarse del UCM con sorprendentes dosis de violencia gráfica (incluso gore) y lenguaje malsonante. Puede parecer una tontería, pero esto aporta frescura a un género demasiado puritano que promete cambiar después del éxito de Deadpool. Esta actitud más punk no resulta en una película necesariamente más adulta, por supuesto, pero sí menos preocupada por escandalizar o salirse de los parámetros establecidos. El resultado es un híbrido extraño y curioso, una película en cierto modo más infantil que se preocupa menos por los niños pequeños y busca satisfacer más a los niños grandes.

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En cuanto a la historia, no hace falta complicarse demasiado para explicarla, ya que lo que tenemos aquí es cinecómic clásico. El eslabón más débil de Apocalipsis es su villano titular, interpretado por Oscar Isaac. El talentoso actor hace lo que puede para sacar adelante a un personaje más bien plano y desdibujado, intentando transmitir con la mirada y la boca, pero su interpretación queda sepultada por los kilos de maquillaje y látex de una caracterización demasiado cutre incluso si tenemos en cuenta el factor camp del que hablaba antes. Afortunadamente, Apocalipsis no tiene tanto En Sabah Nur como cabía esperar. Su amenaza está presente durante toda la película, pero esta se centra más en Magneto, Xavier y los mutantes ‘modernos’, por un lado con la formación de los Jinetes del Apocalipsis (con el villano manejando los hilos desde la sombra) y por otro con los jóvenes mutantes en la Mansión X, estudiantes aprendiendo a controlar sus superpoderes. En este sentido, Singer vuelve a acometer una empresa imposible (y ya normativa en el género): barajar multitud de tramas y personajes que, por muy bien que se haga, acabarán resultando en saturación. Sin embargo, X-Men: Apocalipsis está contada de manera más fluida y consistente de lo que cabía esperar, reduciendo la fragmentación con transiciones coherentes que aportan mayor unidad narrativa y muy buen ritmo. Por el lado malo, el exceso de frentes abiertos obliga de nuevo a que algunos personajes queden relegados a un segundo o tercer plano (Júbilo no es más que una extra), a que otros estén infra-caracterizados (la Mariposa Mental de Olivia Munn es muy contundente, pero también muy plana) o a eliminar escenas que habrían ayudado a que la historia se airease y conociéramos mejor a los novatos, como la del centro comercial, de la que incluso habíamos visto alguna foto oficial, y cuya ausencia del montaje final nos priva de más momentos de descanso y el más-o-menos-cameo de Dazzler. Muy mal, Fox.

Dejando a un lado estos problemas, X-Men: Apocalipsis sigue en la línea de las dos anteriores entregas del reboot mutante. El humor continúa siendo muy importante y no se considera un signo de debilidad, y la película vuelve a tener una gran carga emocional, de la que se saca el mayor partido gracias a su magnífico reparto de talentos interpretativos, que como ya dijimos con respecto a DoFP, no se ‘relajan’ porque sea una de superhéroes. Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence vuelven a conseguir que lo exagerado y rocambolesco de la historia funcione, levantando escenas que en manos de otros habrían caído en el ridículo. El Quicksilver de Evan Peters tiene otra secuencia épica (quizá demasiado parecida a la de DoFP pero igualmente impresionante) y además esta vez está más implicado en el argumento, protagonizando algunos de los mejores momentos cómicos de la película. Moira, interpretada por la fantástica Rose Byrne, tiene mucho peso en la historia y lo mejor es que, a pesar de no ser mutante, no sobra nada de ella. Y por último, las nuevas incorporaciones de Apocalipsis no podrían ser más acertadas: Alexandra Shipp destaca especialmente como Tormenta (el Jinete más definido como personaje), Tye Sheridan clava al Cíclope versión teenage angst, Kodi Smit-McPhee es toda una revelación presentándonos contra todo pronóstico a un entrañable y gracioso Rondador Nocturno y Sophie Turner (y sus hombreras) encandila como Jean Grey, dejándonos uno de los momentos sin duda más satisfactorios y catárticos para los fans, que augura un futuro muy interesante para la saga. Todos ellos se reúnen y prosperan como grupo bajo el amparo de Charles Xavier, cuyo sueño para ese futuro (una Mansión-X en la que convivan mutantes y humanos) recupera un tema en el que, tristemente, en esta ocasión no se profundiza demasiado.

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X-Men: Apocalipsis no es la película de superhéroes perfecta, pero sí es una entrega de X-Men muy sólida, cargada de grandes emociones, imágenes diseñadas para humedecer al geek (¡culpable!), regalos al espectador en forma de cameos (el de Lobezno es breve pero brutal, y sirve para abrir boca de cara a su tercera película, Rated-R) o guiños meta (afortunadamente nada excesivo o fuera de lugar) que harán las delicias de los fans (atención al ataque a X-Men: La decisión final) e interacciones entre personajes que demuestran que, a pesar de todo, Singer sabe que lo más importante es no descuidar sus relaciones y motivaciones (ojalá pudiera decirse lo mismo del villano). Quiero creer que Apocalipsis habría gustado más en general si no hubiera llegado tan cerca de Civil War y Batman v Superman, y si no estuviéramos tan preocupados comparando y tratando de encontrar la fórmula perfecta del cine de superhéroes, en lugar de dejarnos llevar por lo que esta película en concreto propone: diversión exagerada, comiquera e iconoclasta. La siguiente película de la Patrulla-X transcurrirá en los 90. Espero que para entonces, Singer vuelva a darle más importancia a los temas centrales de las anteriores entregas de la saga (identificación mutantes-personas LGTB/minorías y los problemas de identidad de los héroes) para seguir avanzando el discurso, hacer evolucionar la franquicia y darnos una X-Men que no solo sea un gran estallido pop como esta, sino también una cinta de superhéroes más trascendental.

Nota: ★★★★

Crítica: Malditos vecinos (Neighbors)

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Del director de Forgetting Sarah Marshall, Nicholas Stoller, los productores de Juerga hasta el fin, y… bueno, de toda esa gente que siempre está en todas las comedias de estudio USA, nos llega Malditos vecinos (Neighbors). Es la historia de una pareja de treintañeros que se muda a un apacible vecindario para criar a su primera hija, de pocos meses. Un día después de la mudanza, la pareja descubre que la casa de al lado ha sido alquilada a una fraternidad, lo que dará pie a una disparatada guerra vecinal entre el matrimonio y los superhormonados universitarios.

El matrimonio está interpretado por el imprescindible Seth Rogen y Rose Byrne, que sigue explotando su excelente vis cómica después de suponer la revelación de Bridesmaids (con permiso de Kristen Wiig, que se llevó toda la atención). Rogen y Byrne aportan la nota más humana a la vorágine de locura lisérgica y übersexual que se desata cada dos escenas en la fraternidad. Ellos dos representan las ideas que siempre vertebran las comedias de la escuela Apatow, la crisis de los 30 y los 40, la ansiedad por el paso del tiempo, la amenazante llegada de las nuevas generaciones, y la negativa a aceptar que la vida loca queda atrás y lo que nos espera son años de responsabilidades, trabajo y pañales.

Esa es la idea con la que comienza Malditos vecinos, a medio camino entre Animal House This Is 40. La película abre con una escena de sexo en el sofá en la que Mac (Rogen) y Kelly (Byrne) comentan en voz alta lo espontáneos que están siendo, negándose a aceptar que porque ahora sean padres se ha acabado su juventud y su libido ha disminuido. La verdadera amenaza que supone la fraternidad no es el ruido o la suciedad, ni la música atronadora a altas horas de la madrugada, y mucho menos las drogas y el sexo, es el constante recordatorio a Mac y Kelly de que ya no son universitarios.

Más que por el bienestar de la niña (aunque también), esto es básicamente lo que les lleva a perder los papeles luchando contra los cabecillas de la fraternidad, Pete, interpretado por Dave Franco -que gana terreno a su hermano por méritos propios-, y sobre todo Teddy Sanders, Zac Efron en un papel hecho a medida de sus cualidades interpretativas físicas: un cabezahueca seductor y zalamero, sin aspiraciones, imposíblemente bello y apolíneo (como si estuviera “diseñado en un laboratorio gay”), demasiado centrado en su cuerpo y su pelo como para ponerse a pensar en otra cosa, y mucho menos en el futuro más allá de la universidad. Para gozo de muchos y muchas, Efron se pasa casi la totalidad del filme descamisado luciendo palmito o con ropa diez tallas menos que la suya, sin relajar un músculo ni una décima de segundo. Y es que para eso está. Buen trabajo, Zac:

Zac Efron Malditos vecinos

Lo más divertido de Malditos vecinos -que es una película divertida de principio a fin- son las secuencias en las que Mac y Kelly intentan parecer modernos y enrollados para confraternizar con los jóvenes y ganarse su complicidad –Rogen y Byrne están fantásticos haciendo el ridículo y es imposible no empatizar con ellos. Durante las fiestas en la fraternidad, Stoller despliega todas sus armas creativas y realiza escenas muy potentes visual y sonoramente, fluorescentes y ensordecedoras orgías psicotrónicas que revelan una mayor ambición estilística de lo que nos tiene acostumbrado este cine. Es entonces cuando el realizador se muestra más inspirado y los actores ponen toda la carne en el asador.

Por lo demás, Malditos vecinos cumple con todos los requisitos del género. Garantiza carcajadas -casi todas las mías provinieron del personaje de Lisa Kudrow-, nos proporciona gags físicos cafres e hilarantes (atención a los airbags), practica con éxito ese humor estúpidamente inteligente y autorreflexivo, y se regodea confiada en la sal gruesa, haciendo del mal gusto un arte (véase la escena de los pechos de Byrne). Además, se agradece que el metraje no ascienda esta vez a las dos horas y se quede en poco más de 90 minutos, lo que juega definitivamente en su favor -aunque aún así la historia se alargue más de lo debido y acabe repitiéndose. Sin embargo, Malditos vecinos evidencia algo que sabemos desde hace un tiempo: estas comedias blockbuster se empiezan a parecer demasiado entre sí y han perdido espontaneidad y frescura. Las escenas de improvisación (real o guionizada) ya cansan, y aunque por lo general siguen haciendo reír -que es lo importante-, uno se pregunta si esta gente dejará en algún momento de hacer siempre lo mismo.

Valoración: ★★★

Crítica: Insidious Capítulo 2

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Al igual que Takashi Shimizu, James Wan se ha especializado en hacer la misma película una y otra vez. Pero a diferencia del perpetrador de la saga Ju-on (La maldición), que fue perdiendo el respeto (si es que alguna vez lo tuvo) a medida que amontonaba entregas, remakes y reboots, Wan ha sumado más éxito en taquilla y reconocimiento con cada uno de sus últimos estrenos. Este mismo año hemos visto Expediente Warren (The Conjuring), una notable variación en clave de clásico setentero de Insidious (2010). Y ahora nos llega Insidious Capítulo 2, película disfrazada de continuación de la que fue su mayor taquillazo desde Saw (2004), cuando no es más que un remake de sus dos películas anteriores, pero desprovistas de la fuerza visual e imaginativa que las caracterizaba.

Aunque parezca una tontería, la elección del título Insidious Capítulo 2 es muy significativa (y de hecho muy honesta). Desde un primer momento se nos deja bien claro que estamos ante la segunda mitad de una historia contada en dos partes. No se trata de un caso de estiramiento o añadido a posteriori, sino que la primera película dejó deliberadamente un gran número de cabos sin atar, además de terminar con un cliff-hanger que ni Perdidos, para ser concluida en el segundo capítulo. Este es el aspecto más (paradójicamente) satisfactorio de una secuela que completa el relato volviéndolo a contar otra vez. Los mejores momentos de Insidious Capítulo 2 son aquellos en los que se nos obliga a recordar detalles aparentemente azarosos para encajarlos en el hueco adecuado y obtener la visión completa.

De esta manera, el segundo capítulo se centra en las dos grandes cuestiones sin resolver del primero: el don de Josh Lambert (Patrick Wilson) y el pasado traumático de los fantasmas con asuntos pendientes que amenazan a su familia. Insidious Capítulo 2 retoma la historia en el punto justo donde la dejó (no sin antes introducir la película con un flashback a modo de prólogo), y la continúa añadiendo información a la vez que repite -sin intención de disimular el autoplagio- el esquema narrativo en dos partes: los fantasmas asustan a los habitantes de una casa encantada + viaje a la dimensión desconocida. Y a partir de ahí, con un descaro absoluto, incide en los mismos sobresaltos tramposos (basados en un golpe atronador de música que antecede al susto en sí, para que no te libres de él aunque te tapes los ojos), los mismos armarios, ventanas y pasillos por los que se cruzan ánimas que cantan nanas y se ríen de ti (esto parece un capítulo de Scooby Doo), las mismas revelaciones “sorprendentes” tras las mismas preguntas de los personajes (que a ratos parece que no acaban de vivir exactamente lo mismo). Todo cubierto por un halo de inconsciencia que impide ver a sus autores que sus trucos provocan más risa que miedo. O eso, o se lo están pasando genial insultando nuestra inteligencia.

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Lo que hacía que la primera Insidious destacase dentro del género era su cuidadísima estética (basada en tonos fríos y preciosos planos de vértigo) y una imaginería fantástico-onírica que la alejaba del terror más normativo. Aunque en el Capítulo 2 regresamos al Más Allá (la idea consiste en enseñarnos lo que está ocurriendo al otro lado mientras los vivos gritan “ve hacia la luz”), parece que se ha agotado la creatividad. Echamos de menos al demonio de cara roja que tenía secuestrado a Dalton (Ty Simpkins) en The Further, una dimensión espectral que recordaba al reino de Lord Darkness en Legend. En su lugar nos quedan un par de motivos incónicos esparcidos en un escenario más sobrio y desnudo- quizás porque lo vemos desde los ojos del adulto, en lugar del niño. En cualquier modo, al ver Insidious Capítulo 2 tenemos la sensación de que se ha rodado el mismo guion (“No es la casa, es Josh”), solo que con menos presupuesto y ganas, algo decepcionante teniendo en cuenta que repite el tándem Wan-Leigh Whannell.

Una vez desvelados todos los misterios que rodean a la familia Lambert y a los espíritus de feria de pueblo que están obsesionados con ellos (y sí, todos los secretos son exactamente como os imagináis, porque están sacados del Manual universal de clichés del terror), solo queda allanar el terreno para las inevitables secuelas. Lo que hacen Wan y Whannell con Insidious Capítulo 2 es dar cierre total a los Lambert y utilizar su historia como “episodio piloto” de una posible franquicia protagonizada por el dúo de cazafantasmas geeks Specs y Tucker y la médium Elise (Lin Shaye). Ahora que Wan se pasa a la acción con Fast & Furious 7 (ha declarado que ya no va a hacer más películas de terror) delegará en otros esta Supernatural cinematográfica en potencia.

Valoración: ★★

Patty te mira de reojo

Después de un fin de semana casi maratoniano para acabar la segunda temporada de Damages y poder empezar con la tercera y seguirla al ritmo EEUU, puedo decir que llevo a Patty Hewes y a Ellen Parsons debajo de la piel. La segunda temporada es más confusa que la primera, toca muchos palos y se le va un poco todo de las manos, pero acaba, como la anterior, con una recta final de vértigo. Los guionistas de esta serie se merecen todos los premios del mundo. Llegar al último episodio y que en gran medida esté formado por una reconstrucción de lo que hemos visto en los doce anteriores a modo de flash-forward completamente desfragmentado, y que aún así lo veamos todo como si nos lo estuvieran enseñando la primera vez, es de ovación en pie y reverencias infinitas. Bravo por los Kessler.

A pesar de que el guión de esta serie por sí solo ya es motivo de admiración, Damages no sería lo mismo sin Glenn Close y esa plantilla de secundarios de lujo. No solo la reputación de los actores que participan en la segunda temporada contribuye al carisma de sus personajes, sino que de nuevo, las caracterizaciones de guión son para quitarse el sombrero. Y eso se demuestra de nuevo en los dos primeros episodios de la tercera temporada. Ya estamos completamente inmersos en la trama familiar de los Tobin, y como no podía ser menos, todos los miembros de esta familia resultan interesantes, enigmáticos y poderosamente caracterizados (especialmente el hijo, Joe Tobin). La tensión dramática que desprende cada escena de esta serie es uno de sus puntos fuertes. No hablo solo de los enervantes encuentros entre Patty y Ellen, sino que todos los secundarios ponen de su parte para crear una sensación continua de tensión y pre-clímax que hacen de Damages un visionado casi de infarto.

Estoy deseando asistir al desarrollo de esta temporada, y ver adónde nos llevan los guionistas con esta nueva historia, este gran peliculón de trece horas, en el que ahora más que nunca, los protagonistas están más implicados, y las relaciones más intrincadas. Damages en vena, por favor.

Más Hewes, por favor

Me estoy poniendo al día con Damages, para coger con tiempo la recién estrenada tercera temporada.

La segunda temporada de la serie da un considerable bajón en cuanto a interés se refiere, por un caso demasiado difuso y menos atractivo que el de la temporada anterior (y llevado, al menos en la primera manera de la serie, de manera confusa y aburrida). Sin embargo, los valores que hacían de Damages una serie imprescindible en su primera temporada, siguen intactos en esta segunda entrega, que estoy visionando estos días. Y entre ellos, el más importante de todos, PATTY HEWES, que sigue fascinando y aterrorizando a partes iguales. La Hewes es uno de los personajes más sutil y deliciosamente retorcidos de la pantalla actual, y está interpretado por una Glenn Close inconmensurable, inabarcable, tremenda.

Antes de acabar la temporada, cuelgo este póster promocional del estreno de la segunda temporada, que siempre quise subir a algún sitio, para decir cuánto me gusta. Las promos de Damages son geniales, y un buen exponente de lo que uno puede encontrarse en la serie. Calidad, calidad y más calidad.