Crítica: En el corazón del mar

Chris Hemsworth En el corazón del mar

Diréis lo que queráis sobre él. Que no tiene un sello personal definido, que su carrera es terriblemente irregular, que Una mente maravillosa no se merecía el Oscar (todo verdades), pero Ron Howard ha demostrado algo con creces: que sabe cómo filmar un blockbuster. El director de WillowApolo 13 firmó hace dos años una de sus mejores películas, Rush, un impecable drama automovilístico con el que se ganó el respeto que tan esquivo le ha resultado siempre. Este año, Howard se vuelve a hacer cargo de una aventura que bien podría haber recaído en uno de sus amigos, Spielberg o Zemeckis, En el corazón del mar (In the Heart of the Sea), una epopeya visualmente espectacular “basada en la historia real que inspiró Moby Dick.

En el corazón del mar (adaptación del libro de Nathaniel Philbrick In the Heart of the Sea: The Tragedy of the Whaleship Essex) nos traslada a 1820 en Nueva Inglaterra, donde comienza la fatídica historia del Essex, un barco ballenero que fue atacado por una legendaria criatura marina de proporciones descomunales. Treinta años más tarde, el único tripulante vivo que queda, Thomas Nickerson (Brendan Gleeson de mayor, Tom Holland de joven), relata la odisea a un impresionado Herman Melville (Ben Whishaw), que hallará en ella el germen para escribir la gran novela americana. Sin embargo, la historia que narra Nickerson no es exactamente la del monstruo blanco que sirvió de inspiración para crear a Moby Dick, sino la de dos hombres, Owen Chase (Chris Hemsworth) y George Pollard (Benjamin Walker), el primero un ballenero consumado que ve su anhelada capitanía arrebatada por el segundo, inexperto heredero de una de las familias más importantes de la industria. Relegado a primer oficial y bajo la recelosa supervisión de Pollard, Chase lidera una tripulación de despojos y delincuentes con la misión de regresar a casa con miles de litros de aceite de ballena, el combustible que se usaba entonces para las lámparas. Pero la ballena interrumpirá la sanguinaria tarea del Essex arremetiendo contra el barco con una determinación y un deseo de venganza casi humano.

Adaptar una historia como esta en los tiempos que corren es sin duda una decisión arriesgada, pero En el corazón del mar no es un alegato hagiográfico en defensa de la caza de ballenas, todo lo contrario, es la crónica del momento en el que esta práctica dejó de ser “necesaria”, así como una responsable oda a la naturaleza y el océano. La película nos muestra el enfrentamiento de estos dos hombres por ejercer el liderazgo del Essex, y cómo estos tuvieron que dejar sus diferencias a un lado para evitar que el barco sucumbiera a los ataques del monstruo marino. Y la presencia del cachalote servirá precisamente para que ellos, especialmente Chase, se cuestione sus creencias y la moralidad de su profesión. Cegado por el empeño de dar caza a la gran ballena, este conduce a su tripulación hacia una pesadilla en altamar que les llevará al límite de su resistencia, sin darse cuenta de que se ha adentrado en una batalla perdida. Según Pollard, el hombre es la criatura más perfecta sobre la Tierra, un ser superior al que Dios ha entregado la naturaleza para que este la domine y la haga suya. Pero Chase acabará descubriendo gracias a la ballena que la naturaleza no puede ni debe ser doblegada por el hombre.

In the Heart of the Sea

En el corazón del mar es una historia de supervivencia y de crecimiento personal en la adversidad que toma forma en un intachable espectáculo hollywoodiense, una aventura clásica en la que la impresionante exhibición de acción, factura técnica y efectos visuales no eclipsa a la emoción. Esto ocurre gracias a un guion que no descuida el factor humano de la historia y a unos actores muy entregados, especialmente durante el desgarrador tramo final, donde todos ellos son puestos a prueba física y emocionalmente. Hemsworth vuelve a demostrar su valía como leading man, con uno de sus mejores trabajos dramáticos hasta la fecha (solo superado por el que llevó a cabo en Rush), mientras Holland y Walker le dan la réplica perfecta (el futuro Peter Parker es todo un prodigio fluctuando entre la fuerza y la vulnerabilidad de su personaje), y Cillian Murphy y Brendan Gleeson brillan en papeles menores (mención deshonorable a Jordi Mollá, que sigue rebajándose en Hollywood con personajes caricaturescos que no pintan nada).

En el corazón del mar es un blockbuster irreprochable con extraordinarias secuencias de acción, magníficos valores de producción y un gran sentido de la épica. Ron Howard ha llevado a cabo un trabajo tan impetuoso como mesurado, un acertado homenaje a la obra de Melville que busca su propio discurso y reviste sus conclusiones (“debemos tener el coraje de ir adonde no queremos ir”) de un pertinente mensaje de respeto a la naturaleza.

Valoración: ★★★★

Crítica: Ocho apellidos catalanes

Ocho apellidos catalanes

Es el cuento de siempre. Una película se convierte en éxito sorpresa y hay que sacar adelante una secuela en tiempo récord para aprovechar el tirón mientras dure. Ocho apellidos vascos fue uno de los mayores fenómenos mediáticos del pasado año en nuestro país, un taquillazo tremendo que permaneció meses y meses en cartelera, ganándose el título de película española más taquillera de la historia. La secuela estaba cantada, y no había tiempo que perder. Apenas un año después llega a nuestras pantallas de cine Ocho apellidos catalanes, una segunda parte que, en lugar de aprender de los errores de la primera y aprovechar para pulir la fórmula, se limita a repetir la jugada, pero con más desgana y descuido. Una chapuza nacional que, más que un estreno cinematográfico, parece un episodio extendido de una serie de Tele 5 hecho en dos días y medio.

Lo más triste de todo es que, aun contando con un margen presupuestal mucho más amplio y sabiendo que la película será vista por millones de espectadores, se ha optado por abrazar la ley del mínimo esfuerzo (ese sentimiento tan español). Quizá porque saben (o creen) que el público ya está en el bolsillo y por tanto no hace falta elevar el listón. ¿Para qué esmerarse si la gente se la va a tragar igualmente, no? Con hacer lo mismo otra vez será suficiente, debieron pensar. Y bueno, si fuera solo eso, a lo mejor hasta tendría un pase, pero es que no solo es la misma “historia” (muy entre comillas, porque tampoco hay mucha que digamos) basada en topicazos trillados y clichés regionalistas, los mismos chistes manidos, los mismos gags otra vez… es que además es la misma película, pero peor hecha.

Dani Rovira Clara Lago

Si la primera entrega ya era facilona y tenía ese regusto a caspa telecinquera (no hace falta que os recuerde que la infame cadena está en la producción, ¿verdad?), Ocho apellidos catalanes es todavía más cutre. Repite Emilio Martínez-Lázaro en la silla del realizador, pero aquí se le olvida dirigir. La película está muy mal rodada, y peor montada (el raccord se lo pasan por el forro, con dos cojones). La recalcona música de Roque Baños parece sacada de un banco de sonido online. Hay primeros planos desenfocados, planos generales pixelados (¡No hay tiempo para renderizar, vamos!), caras borrosas entre las multitudes, y un acabado digital lamentable (esos planos aéreos del AVE que parecen un vídeo de YouTube con el HD quitado). Un despropósito que podría colar si fuera una serie (y ni eso, que ya hay muchas ficciones televisivas actuales que tienen mejor factura), pero que defrauda como sucesora del mayor taquillazo español de la historia. Que sabíamos que la película se había hecho deprisa y corriendo, pero no habría estado mal disimularlo o al menos intentar estar a la altura de las circunstancias.

Y sobre el guion, en el que repiten Borja Cobeaga y Diego San José, pues tres cuartos de lo mismo. Rutinario a más no poder, parece escrito sobre la marcha, y no saca provecho al tema tan jugoso que trata, el de la identidad cultural. No pretendemos que una comedia ligera como esta se ponga existencialista o políticamente incendiaria, pero no estaría mal ir más allá del chascarrillo obvio y las observaciones inofensivas y faltas de garra. Ocho apellidos… podría/debería ser la celebración de nuestra riqueza cultural, de las muchas Españas, y también la crónica de la tensión que se vive en nuestro país. Y aunque en teoría parece que quiere serlo, no tarda en achantarse y quedarse en su zona segura para no meterse en demasiados fregaos. Así, esta secuela no es más que una comedia romántica formulaica, que parte de la premisa (rápidamente agotada) de la boda que el ex novio debe detener a toda costa. Pero en realidad no hay una estructura narrativa definida, no hay coherencia ni finalidad, es solo una acumulación de chistes, frases graciosas, gags y situaciones típicas de vodevil sin orden ni concierto. Estaría mintiendo si dijera que no tiene momentos divertidos. Los hay, y bastantes (o suficientes), golpes ocurrentes y momentos de lucidez cómica que ayudan a sobrellevar el resto de la película, aunque en última instancia hagan pensar en lo que esta podría haber sido si el guion se hubiera trabajado un poco más.

Carmen Machi Karra Elejalde

Pero como en la primera entrega, son los actores los que salvan el día, concretamente los veteranos: Carmen Machi demostrando de nuevo su impecable timing cómico, y un (otra vez) divertidísimo y entrañable Karra Elejalde, seguramente el responsable de la mayoría de las carcajadas que se llevará la cinta. Por otro lado, Dani Rovira y Clara Lago han sufrido una involución como personajes (por llamarlos de alguna manera). Rovira se limita a repetir las mismas gracietas, esta vez haciéndose pasar por catalán en lugar de vasco (no llegamos a saber muy bien por qué), soltando palabras inventadas a diestro y siniestro (hasta que pierde la gracia) y navegando entre el encanto y la vergüenza ajena sin atracar en ninguno de los dos puertos. Por su parte, Clara Lago pierde entidad y presencia, funcionando casi exclusivamente como herramienta para desarrollar la historia. Es decir, Amaia aporta la premisa (la boda) y pasa a segundo plano, del que sale un par de veces para protagonizar alguna escena empalagosa con Rovira o para que alguien haga un chiste sobre su flequillo. Y precisamente uno de esos chistes lo deja caer, con la insolencia que la caracteriza, la gran Rosa María Sardá, cuya mera presencia ya eleva la película de categoría. La actriz catalana es uno de los fichajes estrella de Ocho apellidos catalanes, sumándose al reparto junto a Belén Cuesta, a la que deberían haber aprovechado más (quizá se la estén reservando para Ocho apellidos gallegos), y el popular Berto Romero, que contentará a sus muchos fans con un personaje similar al que interpretó en 3 bodas de más, un moderno de mierda que convierte la película en una sátira sobre los hipsters cada vez que aparece en pantalla.

Como hemos visto, Ocho apellidos catalanes no está exenta de sus buenos momentos. Un par de puntazos por escena mantienen en pie una película que sin embargo se desmorona por todos los lados. No es que nos sorprenda el descaro con el que se ha llevado a cabo (insisto, es la “marca España”), pero ¿y lo bien que habría estado que nos hubieran callado la boca con algo digno? En su lugar, hemos de aceptar la realidad: Ocho apellidos catalanes es un producto evidentemente apresurado, de aspecto inacabado, únicamente hecho para volver a llenar salas. Y eso es lo que hay.

Valoración: ★★½