‘Tully’ es una de las mejores películas de 2018, pero casi nadie se acordó de ella

Dejamos atrás la estresante época de las listas de lo mejor y lo peor del año. Durante un momento, tuvimos la sensación de que el 2018 cinematográfico no había estado a la altura, pero haciendo balance, resulta que ha sido un año mucho mejor de lo que parecía. Tanto que, como suele ocurrir, muchas grandes películas se caen de los rankings, por una razón o por otra. Y una de esas ausencias esperables, pero no por ello menos injustas, ha sido Tullyel trabajo más reciente de Jason Reitman.

Reitman repite con Charlize Theron y Diablo Cody tras su colaboración en Young Adult (2011). En ella, la actriz surafricana asumía otra de esas interpretaciones valientes que la caracterizan con un personaje nada complaciente que despertó tanta antipatía como fascinación, mientras que la guionista de Juno continuaba su sofisticación como escritora de personajes imperfectos y complicados. Tully supone la sublimación de los tres miembros principales del proyecto con una historia conmovedora y real sobre la maternidad y el paso del tiempo.

La película gira en torno a Marlo (Theron), una mujer sobrepasada por la maternidad que, después de dar a luz a su tercer hijo, decide buscar ayuda. Marlo está casada, pero su marido, Drew (Ron Livingston), también abrumado por su vida, no ofrece mucha ayuda con los niños. Como si de una Mary Poppins moderna se tratase, la salvación llega en la forma de una niñera, Tully (Mackenzie Davis), que se ocupa del recién nacido durante la noche. Aunque al principio la idea de una “niñera nocturna” le hace sentir incómoda, tras recuperar el sueño perdido y ver aligerada su carga de responsabilidades, Marlo no puede estar más agradecida por Tully, con la que forma un vínculo muy especial que le ayudará a conocerse mejor a sí misma.

Diablo Cody sigue contando historias alrededor de la experiencia femenina, consiguiendo con Tully un honesto y emotivo relato sobre el matrimonio, el embarazo y la maternidad. Como en sus anteriores trabajos, la guionista no omite las partes más desagradables, sino que las pone en primer plano porque forman parte esencial e indivisible de la realidad, y las encarna principalmente en la figura de Marlo, una Charlize Theron completamente entregada en la que es una (otra) de sus mejores interpretaciones recientes. Los de Tully no son personajes fáciles, y tanto Theron como Livingston (un marido nunca caracterizado como villano, sino como otra víctima ahogada por las circunstancias), los dotan de una humanidad absoluta. La presencia de una irresistible Davis y su palpable química con Theron redondean la propuesta.

Tully nos habla sobre lo difícil que es ser padres, de la pérdida de la comunicación en la pareja y también sobre tener que decir adiós a la juventud y asumir nuestra madurez (sin perder nunca el contacto con la persona que fuimos). Lo hace con crudeza, pero también inteligencia, ingenio y emoción, a través de un guion detallista, bien construido y repleto de significado, con diálogos graciosos y un sorprendente toque de realismo mágico. Todo esto hace de Tully una de las mejores películas de 2018 de la que apenas se ha hablado, un viaje noctámbulo melancólico y nostálgico, pero también divertido, que nos abre los ojos a la realidad y sus contradicciones con amabilidad y compasión.

Tully ya está a la venta en España en Blu-ray y DVD de la mano de Universal Pictures. Incluye una featurette de 10 minutos llamada ‘Las relaciones de Tully’, con entrevistas al equipo.

Search Party: Existencialismo millennial

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La prueba de que vivimos la época más fértil de la Peak TV no está en que no nos quede tiempo para ver todas las series que queremos ver, sino en que hay cada vez más ficciones de calidad escondidas, de las que casi nadie habla, de cuya existencia a veces ni nos enteramos mientras estamos intentando ponernos al día con todas las que seguimos. No solo eso, sino que la quality television está extendiéndose hacia todas las cadenas, incluidas las más minoritarias y las que nunca se han conocido por su oferta de calidad. Ese sería el caso de TBS, pequeño canal de televisión por suscripción que este año nos ha dado una de esas joyas ocultas de las que hablaba, una comedia que, sin hacer nada de ruido y llegando justa para las campanadas, se ha convertido en una de las mejores series de 2016: Search Party.

El ADN que da forma a Search Party viene por cortesía de tres creadores, Sarah-Violet Bliss y Charles Rogers (Fort Tilden) y Michael Showalter (Wet Hot American Summer), que realizan un producto con aire indie e inclinación absurda que le da una vuelta de tuerca a las series sobre veinte y treintañeros que llevan despuntando desde hace unos años en televisión. Search Party es una comedia millennial muy afín a cosas como Broad CityGirlsYou’re the Worst, pero también es un auténtico thriller de misterio, similar en tono a Bored to Death. El punto de partida de la serie es la desaparición en extrañas circunstancias de una joven llamada Chantal Witherbottom (el mejor nombre televisivo del año). La familia y amigos de la chica la dan por muerta, pero una de sus ex compañeras de la universidad, Dory (Alia Shawkat), está convencida de haberla visto, por lo que se embarca en una peligrosa aventura junto a su grupo de amigos, en la que se toparán con personajes de lo más peculiar (fantásticas estrellas invitadas como Ron Livingston, Parker Posey o Rosie Perez), para investigar el misterio y encontrar a Chantal.

Search Party se mueve sobre la delgada línea que separa lo serio de lo ridículo, con un tono decididamente irónico y a ratos surrealista, pero también un trasfondo mucho más profundo de lo que pueda parecer a simple vista. No hay más que ver cómo están construidos los personajes secundarios, los mejores amigos y el novio de Dory, representantes de la generación perdida que convierten al millennial en el blanco de una crítica muy divertida, pero también cruelSearch Party nos habla entre otras cosas de esa juventud estancada sin posibilidades de prosperar, sin trabajo (o con trabajos de mentira), y lo hace demostrando una gran capacidad de search-party-posterobservación social, incluso solidaridad hacia los sujetos que estudia, pero también riéndose de la juventud privilegiada y sus white people problems, de los hipsters, de ese sector de jóvenes millennials caracterizado por el autoengaño, el egocentrismo, la falsa solidaridad y la obsesión por la imagen que proyectan a los demás. Así se podría describir a los dos personajes más caricaturescos de la serie, Elliott y Portia, interpretados con gran talento cómico por John Early y Meredith Hagner. Dos personajes hiperbólicos que, a medida que avanza la serie, se van humanizando hasta desvelarnos mucho más de lo que esperábamos.

Y ahí está la mayor virtud de Search Party. Además de ser corta y adictiva, la serie tiene más capas debajo de su absorbente trama de misterio y su afilado humor. La búsqueda de Chantal se convierte para Dory en una obsesión que afecta a su vida y a todos a su alrededor, y le da una razón para levantarse cada mañana, un propósito que ningún otro aspecto de su vida le proporciona y al que se aferra para sentirse viva. Es decir, el misterio de la desaparición (y su genial conclusión) es en realidad una excusa para retratar la búsqueda existencial de una chica y una generación. Así es cómo Search Party acierta en todo lo que se propone. Sabe hacer reír, sin olvidar ese poso melancólico y amargo que tiene en común con sus contemporáneas; atrapa por completo con una intriga que va ganando en intensidad hasta llegar a su sorprendente clímax; y como retrato generacional da en la diana gracias a su ojo clínico para plasmar al joven actual y el contexto que lo condiciona. En definitiva, Search Party fusiona géneros de forma inteligente para presentarnos algo muy original, una sitcom noir que nos da razones de sobra para convertirse en nuestra nueva serie de culto favorita.

Crítica: La quinta ola

Chloe Grace Moretz; Nick Robinson

Hemos perdido la cuenta de los intentos fallidos de encontrar la siguiente gran saga cinematográfica para adolescentes, y aun así, Hollywood no escarmienta y los estudios no cejan en su empeño. La búsqueda de la siguiente Harry Potter o Crepúsculo ha dado paso a la de la próxima Los Juegos del Hambre. Pero todos estos años de ensayo y (sobre todo) error se han saldado con incontables fracasos de taquilla, primeros capítulos que se han quedado en eso, en meros principios, historias frustradas que no han podido ir más allá de su planteamiento, porque el público no ha respondido como se esperaba. En este panorama de hastío hacia el género aparece la enésima propuesta young adult basada en una serie de libros para adolescentes, La quinta ola (The 5th Wave), sin duda una de las historias menos originales que van a llegar a las pantallas este año.

Basada en el primer libro de la trilogía de ciencia ficción distópica escrita por Rick YanceyLa quinta ola es un déjà vu constante que nos recuerda a demasiados otros títulos. Sin ningún tipo de reparos, la historia “toma prestados” elementos de AlienIndependence DayEl juego de EnderLa carretera, referentes que son mezclados en un argumento de supervivencia y rebelión adolescente con heroína protagonista que está cortado según el patrón de la saga de Katniss Everdeen. Aquí se nos narra una invasión alienígena a la Tierra, organizada en cuatro oleadas sucesivas de ataques, a cada cual más devastador, que dejan gran parte del planeta diezmado. Ante la inevitabilidad de una quinta ofensiva que acabe con la raza humana definitivamente, el Ejército (estadounidense, claro está) entrena a niños y adolescentes para la guerra contra los invasores. Cassie Sullivan (Chloë Grace Moretz) intenta sobrevivir a los ataques mientras busca a su hermano pequeño, que casualmente se encuentra junto al cuelgue del instituto de la chica, Ben Parish (Nick Robinson). Cuando todo parece perdido, un misterioso campesino, Evan Walker (Alex Roe), aparece de la nada para ayudarla, pero Cassie cree tener motivos para no confiar en el muchacho.

CartelCine LaQuintaOla 68x98.inddLa primera media hora de La quinta ola no está mal del todo, gracias sobre todo a las imágenes apocalípticas de las cuatro primeras olas, que nos dejan notables secuencias de acción y destrucción, y al tono acertado en la narración. Sin embargo, a partir de la irrupción de los militares, el film se precipita cuesta abajo y sin frenos, hasta estrellarse en su recta final, en la que un (supuestamente) sorprendente giro de guion acaba condenándolo al mayor de los ridículos. Es increíble la cantidad de topicazos, sinsentidos y agujeros de guion que caben en una misma película (no nos sorprende ver a Akiva Goldsman en la lista de guionistas, por cierto), pero nada es comparable al bochorno que provoca el triángulo amoroso, forzada trama exenta de química que hace flaco favor al ya de por sí lamentable trabajo de Chloë Grace Moretz.

Moretz es la perfecta metáfora young adult: Hollywood se empeña en venderla, pero no hay nada que vender. La chica no tiene el talento que se esperaba de ella, y en La quinta ola está muy desubicada, demostrando que no es capaz de llevar el peso de una película sobre sus hombros. Su director, J Blakeson (sí, ese es su nombre artístico), no es consciente de ello o no le importa, y la/nos tortura con primeros planos en los que la actriz se deja en evidencia por su ineptitud dramática (por más que lo intenta, no derrama una sola lágrima). Pero Moretz no está sola. Los otros dos miembros del triángulo son incluso más insulsos que ella (Roe sobre todo duerme a las ovejas), Maika Monroe es una mala copia de Jena Malone (Johanna Mason) en Hunger Games, el niño Zackary Arthur es de lo más incompetente e irritante, y de los adultos resultan especialmente patéticos Liev Schreiber y, sobre todo, Maria Bello, en un papel que provoca auténtica vergüenza ajena. Claro que sería injusto echarles la culpa de todo a ellos. Cuando el material es tan estéril, poco se puede hacer para sacar algo bueno de él.

Ocasionalmente, La quinta ola es un producto de entretenimiento eficaz, pero no tarda mucho en desmoronarse por culpa de su guion. Nada tiene sentido en su incoherente y sobre explicativo argumento, todo cuanto ocurre en ella responde a la necesidad de ajustarse a la fórmula del género como sea, y cuanto más en serio se toma a sí misma (que es mucho), más se hunde en el absurdo y más risible resulta. Hasta el punto de convertirse en una de las comedias involuntarias del año. Un epic fail absoluto.

Valoración: ★★