Crítica: Zoolander 2

ZOOLANDER 2

Cuando Zoolander se estrenó en Norteamérica en 2001, no tuvo una acogida especialmente cálida. La película llegaba a los cines poco más de dos semanas después de los atentados del 11-S, y Estados Unidos aun no se había recuperado, todavía no tenía ganas de reírse. Zoolander no hizo mucha gracia en su momento, pero tuvo una segunda vida muy fructífera en DVD y televisión, convirtiéndose en una comedia de culto. Su sátira de la moda y sus personajes rematadamente estúpidos y ensimismados tardaron un poco en conectar con el público, pero cuando lo hicieron, se convirtieron en iconos, y la película una mina de chorradas, chistes absurdos y momentos quotable para la posteridad. Y entonces llegó la secuela… 15 años después.

Zoolander 2 es la continuación tardía de las surrealistas aventuras de los supermodelos Derek Zoolander (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson), una película que toma todo lo que hizo especial a la primera, y lo reproduce sin su frescura y sin la puntería con la que satirizaba el mundo de la moda de alta costura en los 90. En esta década y media, los tiempos han cambiado y Ben Stiller (junto a sus tres co-guionistas, Justin Theroux, Nicholas Stoller y John Hamburg) insisten en desmitificar y ridiculizar (¿o no?) esa realidad alternativa de la high-fashion, que se ha bastado sola en la última década para convertirse en una autoparodia, haciendo innecesaria y redundante cualquier tipo de crítica hacia ella (por eso decía que, a ratos, no parece una sátira, sino simplemente una oportunidad para hacer publicidad y autobombo).

ZOOLANDER NO. 2

La premisa de Zoolander 2 es la siguiente: las superestrellas del mundo están siendo asesinadas una a una. Justo antes de morir, publican un selfie en Instagram reproduciendo la “mirada de acero azul” de Derek Zoolander. Esto lleva a la Interpol a sacar a Derek y a Hansel de sus respectivos retiros espirituales, para que acepten la misión de ayudar a la agente Valentina (Penélope Cruz) a resolver el caso en Roma. Cuando los dos ex-supermodelos regresan a la civilización, comprueban que el mundo ya no es el mismo que los vio subirse a la cresta de la ola. Su sensibilidad 90s choca con las tendencias actuales (los móviles tipo concha ahora se consideran minúsculos, por ejemplo), la alta costura ha sido invadida por influencers y hipsters, el género fluido ha dado el salto definitivo a la pasarela (Benedict Cumberbatch como el/la modelo superestrella All) y las redes sociales dictaminan las reglas de la fama. Stiller emplea estas ideas para realizar una crítica al narcisismo y la tontería del siglo XXI, pero fracasa por dos razones principales: no es del todo sincera, y ya se ha hecho hasta la saciedad.

Por otro lado, el elemento de acción y espionaje era uno de los aspectos más débiles de la película original, y aquí se eleva al cubo, cuando sigue sin funcionar. El problema de realizar una parodia de James Bond o similares es que, si no se hace con un mínimo de ocurrencia e inteligencia, puede acabar resultando en una película mecánica y hastiada. Y eso es exactamente lo que le pasa a Zoolander 2, que pretende divertir con su trama de misterio y conspiración, pero lo único que consigue es que su desarrollo resulte predecible y la espera hasta el siguiente paso de la historia se haga muy pesada. Es decir, el mayor crimen de Zoolander 2 es que, por momentos, llega a ser muy aburrida.

Y no, ni los cameos la salvan. Porque es cierto que una de las cosas que hacen que Zoolander 2 sea más llevadera es la expectación por ver quién será el siguiente famoso que aparecerá por la pantalla diciendo o haciendo alguna sandez. Pero ni los cameos ni los continuos guiños a la película original (que no van mucho más allá de la mera reproducción de frases famosas) constituyen comedia por sí solos. Es decir, que no basta con arrojar al espectador un montón de apariciones estelares (y no tan estelares) y referencias nostálgicas, sino que también hay que currarse un mínimo el guion. Mientras algunos invitados dan la talla (no los mencionaré para guardar el elemento de sorpresa), otros son muy desaprovechados o dan lugar a gags bastante poco inspirados (lo de Justin Bieber, que protagoniza el prólogo, es lo más fácil que se podía hacer, y de hecho ya se había hecho en una serie, C.S.I.). En definitiva, poca originalidad y mucha desgana.

ZOOLANDER No. 2

Zoolander 2 tiene sus momentos (la relación de Hansel con su orgía es un punto, Kristen Wiig divierte, aunque sea un chiste reiterativo andante, Will Ferrell no decepciona, y el clímax afortunadamente sube el listón), pero en general se trata de una película fallida a la que le cuesta encontrar su ritmo y deja caer sus (flojísimos) chistes a destiempo. Vamos a pasar por alto sus incursiones en el humor ofensivo y machista, porque lo identificamos como una provocación muy intencionada, incluso inocua (el problema no es que sea ofensiva, es que no sabe ser ofensiva con gracia). Pero no podemos ignorar el hecho de que Stiller y compañía han realizado una secuela muy desatinada, un refrito sin gracia que llega tarde a la broma y no es capaz de ponerse al día con los tiempos (lo que pasó hace poco con Dos tontos todavía más tontos). No le pedíamos demasiado, porque sabemos el tipo de comedia que nos propone (y nos gusta), pero no habría estado mal un poco más de ingenio y esfuerzo para evitar caer en las redes de la desidia. Nos lo han puesto a huevo: Zoolander 2 es una película pasada de moda.

Valoración: ★★

Crítica: La gran belleza

Toni_Servillo_La_gran_belleza

La fiesta con la que Paolo Sorrentino abre La gran belleza (La grande bellezza) es una de las secuencias mejor rodadas y montadas de la historia del cine, y funciona como una declaración de intenciones a viva voz. El último trabajo de Sorrentino es una colosal stravaganza felliniana, una extensa y apasionada carta de amor a Roma, a la opulencia y la decadencia berlusconiana, al lujo de las grandes firmas de alta costura conviviendo con el espíritu mamachicho. Un vigoroso y exultante ejercicio estético arraigado en la más profunda de las melancolías. “Roma I love you, but you’re bringing me down”.

Toni Servillo ya había trabajado a las órdenes del italiano en varias ocasiones, incluyendo su anterior cinta, Il divo (2008). Y aunque a priori parezca difícil superar su icónica interpretación del político Giulio Andreotti en aquella película, el actor se apodera de tal manera del relato que nos olvidamos de que el verdadero protagonista es su director. Jep Gambardella es un reflejo contemporáneo (es un decir) de Marcello Rubini y Guido Anselmi, un anfitrión de vueltas de la vida, escritor de un solo éxito que vive en constante bloqueo creativo, que no intelectual. Un hombre hastiado de su relación amorosa con la capital italiana, operada y operática mujer en ruinas que le sigue ofreciendo sustento vital (arte, reuniones sociales, Martini), pero en la que no ha sido capaz de hallar la gran belleza.

Lagranbelleza_ESP_68x98.inddPerformances por las que Marina Abramovic mataría (cuidado, que le damos ideas), paseos nocturnos por una Roma fantasmal que esconde rincones de belleza inusitada, Roma inédita solo al alcance de los más privilegiados, terroríficas visitas a clínicas de bótox subterráneas, guateques crepusculares en las azoteas más lujosas. Jep Gambardella nos conduce a través de esta fascinante parada de los monstruos en una yuxtaposición de episodios a la Dolce Vita (1960) o Fellini Roma (1972), pasando de uno a otro agarrados a snobs y esperpentos en línea de conga. “Los trenes que hacemos son los más bellos de Roma. Son bellos porque no van a ninguna parte”. Pero Gambardella quiere desaparecer. Volver. Bajo esta inspirada y desbordante reflexión sobre lo superficial, y de algún modo sobre el síndrome de Stendhal, La gran belleza es una historia de decepciones, de finales que se retrasan hasta que la piel se da de sí.

Porque detrás de las luces, los labios colagenados y los voluptuosos escotes bronceados, los coloquios existencialistas de espíritu Sálvame, el sarcasmo, el cinismo, y el arte vanguardista que alimenta de aire a las clases altas hay vacío, y hay dolor. Un dolor del que Jep está empezando a ser demasiado consciente. Todo acaba muriendo a su alrededor. Gambardella echa entonces la mirada atrás, 40 años para ser exactos, en busca de esa gran belleza que no encontrará nunca en la ciudad más bella, que solo experimentará fugazmente, cruzándose una noche con la hermosa Fanny Ardant. Sorrentino practica la ilusión del gran cine clásico, regresa al pasado e imita a los maestros inundado de descreimiento y desengaño, para revelar la triste verdad sobre el cine italiano contemporáneo. Porque “las raíces son importantes”. Y la Roma eterna una quimera.

Valoración: ★★★★½