Crítica: Aliados

No hay publicidad mala. Y si no que se lo digan a Paramount Pictures, que gracias al polémico divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie han visto cómo Aliados (Allied) de Robert Zemeckis ha pasado de no despertar demasiado interés a estar en boca de todos y aparecer destacada en los medios. Las malas (y sexistas) lenguas han señalado a un posible affair entre Pitt y su co-protagonista, Marion Cotillard, como causa del mediático divorcio, y aunque esto haya sido desmentido con creces, ha servido para que aumente la expectación y el morbo por verlos enamorándose en pantalla.

Aliados es un regreso nostálgico a la Edad de Oro de Hollywood, un thriller romántico de espías protagonizado por dos glamourosas estrellas que se nutre directamente de las grandes obras maestras del género en los años 40 y 50, principalmente de Casablanca. La película nos presenta al oficial de inteligencia norteamericano Max Vatan (Pitt) y a la luchadora francesa de la Resistencia Marianne Beausejour (Cotillard), dos espías que, sin conocerse previamente y con apenas un minuto de preparación, se deben hacer pasar por marido y mujer para llevar a cabo una misión suicida desde las líneas enemigas. Tras el éxito del ataque contra los nazis, Max y Marianne se enamoran y se van a vivir a Londres, sin embargo, su relación se ve amenazada por las presiones de la guerra y la sospecha de que uno de ellos podría estar trabajando para el enemigo.

Efectivamente, Aliados recuerda inevitable y muy convenientemente a Sr. y Sra. Smith, la película que dio origen al romance entre Pitt y Angelina Jolie. Pero está ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le da esa atmósfera retro que Zemeckis sabe recrear con suma elegancia. El enfoque clásico que el director da a la película compensa el hecho de que su historia no sea demasiado original o especialmente profunda (y eso que al guión está el estimable Steven Knight). El primer acto de Aliados pone énfasis en la acción y el romance, y su muy cinematográfico paso por Casablanca nos deja imágenes de indudable buen gusto (gracias tanto al diseño de producción como al fabuloso vestuario de sus estrellas), pero el film no ofrece demasiados alicientes más allá de su lustrosa superficie. Por suerte, a medida que la trama avanza y se nos introduce en el nudo del conflicto, Aliados empieza a resultar más interesante. La intriga y el juego de sospechas en el que se ven envueltos los protagonistas proporciona uno de los ganchos más infalibles del cine de espías: ¿Estarán fingiendo su amor para llevar a cabo una misión o su enamoramiento será real? Esta es la idea que bombea la película y que nos deja los mejores momentos.

No obstante, en Aliados falla lo más importante: la afinidad entre la pareja protagonista. Cotillard está al 100% (por suerte el guion descansa bastante en su personaje), y es quien más destaca interpretativamente (su porte, su fuerza magética, su expresividad, su mirada, todo lo que ha convertido a la francesa en una de las mejores actrices de su generación está ahí), mientras que Pitt no está a lo que hay que estar. Su nivel de compromiso con la película es distinto, lo que hace que salte más a la vista la falta de química que hay entre los dos, un error imperdonable en una película donde deberían saltar chispas de la pantalla. Sus besos se antojan desapasionados, más allá del homenaje al arrumaco con boca cerrada del Hollywood clásico, y su vaporosa escena de sexo resulta extraña y excesivamente artificial (no ayuda el inconsistente montaje que a veces lastra el film).

A pesar de ser más bien superficialAliados es un thriller muy correcto y eficaz con buenos momentos de tensión y glamour para parar un avión de guerra, un trabajo decididamente clásico hecho para agradar al público general, que está llamado a disfrutar de una vida muy fértil en las sobremesas televisivas. Lo de Pitt y Cotillard al final, en vez de perjudicar a la película, en cierto modo la beneficia. ¿Qué sería de un clásico de la Edad Dorada sin los rumores tras las cámaras y las habladurías sobre la relación entre los protagonistas? Dudamos que Aliados vaya a pasar a la historia del cine por algo más que por el tumultuoso contexto “rosa” en el que se ha estrenado, pero quizá eso fuera lo mejor que le podía pasar a la película.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El desafío (The Walk)

1271033 - THE WALK

El desafío (The Walk) está basada en la historia real de Philippe Petit, juglar moderno que comenzó su carrera en las calles de París en 1968 y se hizo mundialmente famoso gracias a sus arriesgados espectáculos de funambulismo por todo el mundo, caminando sobre un cable a lo alto de la Catedral de Notre Dame, la Torre Eiffel, el Louisiana Superdome o el puente del puerto de Sídney. Pero sin duda, la hazaña por la que Petit sería inmortalizado definitivamente fue su “paseo” recorriendo la distancia que separaba las torres Gemelas de Nueva York, cuando su construcción aun no había acabado. Petit fue el sujeto de la película Man on Wire, en la que se nos acercaba a la vida del equilibrista desde el prisma documental, y ahora Robert Zemeckis lleva su historia al cine de otra manera, convirtiendo su aventura en Nueva York en una superproducción de Hollywood con aire a fábula de Jean-Pierre Jeunet, y, por encima de todo, en un acontecimiento cinematográfico de la era 3D.

Siguiendo los pasos de Gravity y más recientemente Everest, el siempre complaciente Zemeckis elabora un film-espectáculo para todos los públicos que ofrece una experiencia inmersiva en la que el espectador sentirá que está junto a Petit a lo alto del World Trade Center. Restando algún que otro plano en el que se nota demasiado el corta-pega digital de la cara de Joseph Gordon-Levitt cuando está realizando números complicados en la cuerda floja, El desafío está cuidada al máximo en el aspecto visual, con unas secuencias en las alturas que provocarán mareos y sudores fríos hasta a los que no sufran de acrofobia (los que sí tengan miedo a las alturas que entren bajo su propia responsabilidad). La pieza más destacada de la 68x98cm_CartelTeaser EL DESAFIOpelícula es sin duda el “acto” final, en el que Petit realiza su sueño de caminar sobre las nubes ante la atónita mirada de los neoyorquinos más madrugadores. El gran momento tarda en llegar, pero la espera merece la pena. Zemeckis se recrea en la secuencia estrella durante unos interminablemente tensos minutos (es difícil calcular cuántos a ojo) en los que Gordon-Levitt se entrega por completo, coronando de la mejor manera posible una película que hasta ese momento no ha alcanzado las alturas que se proponía.

Y es que El desafío no ofrece demasiados alicientes más allá de la experiencia en tres dimensiones (más aun si ya se ha visto el documental de James Marsh). La primera hora y media del film es una fusión de biopic aspiracional y heist movie en la que asistimos a la evolución de Petit como artista y lo acompañamos junto a su pandilla de cómplices mientras trazan el plan para colarse en el World Trade Center. Gordon-Levitt desprende encanto por los cuatro costados, pero sus esfuerzos (y su francés) se ven menoscabados por un guion rutinario, formulaico y más bien plano que se pasa la mitad del tiempo intentando justificar (pobremente) que todo el mundo hable inglés. Por otro lado, la película hace gala de un humor excesivamente simplón, con chistes fallidos y secundarios sin gracia que no aportan la chispa que la película necesita. Por todo ello, El desafío no pasará a la historia del cine, aunque nos quedemos con dos cosas que sí hace muy bien: aprovechar la tecnología 3D para dejarnos excelentes planos en las alturas y rendir un bonito (si bien discreto) homenaje a las Torres Gemelas.

Valoración: ★★★