High Life: Interior de una nave espacial a la deriva

En el espacio hay un astronauta solo flotando. Aquí en la Tierra, la señal que manda se va apagando. En los albores del fin del mundo, Claire Denis (Una mujer en África) decide enviar a Robert Pattinson (Cosmopolis) al espacio exterior en misión suicida para salvar el futuro de la humanidad. ¡Que no cunda el pánico! Denis no ha dado el salto al blockbuster sci-fi tradicional hollywoodiense, ni mucho menos el otrora Edward Cullen ha roto su intachable expediente cinematográfico post-Crepúsculo. High Life es todo lo marciana que puedes esperar de una cinta de la realizadora francesa ambientada en las estrellas.

Ante la posibilidad de pasar el resto de tu existencia enterrado de por vida entre los muros de una prisión, el ofrecimiento de un viaje por las galaxias es una propuesta que difícilmente rechazable. High Life recoge la accidentada travesía de uno de esos grupos de delincuentes que aceptan conmutar su condena vitalicia en suelo terrestre por una muerte infinita en el vacío. Algunos lo hacen por limpiar el nombre de su familia, otros por simple inercia y unos cuantos porque simplemente son unos puros psicópatas sin nada mejor que hacer. Su objetivo principal es llegar hasta un inmenso agujero negro e intentar descubrir nuevas formas de energía que salven a la humanidad del gran apagón energético final. A su vez, estos ‘héroes’ son utilizados como cobayas para una serie de experimentos de inseminación artificial de la mano de una inquietante doctora (Juliette Binoche, que ya trabajó con Denis en Un sol interior), a la que el juramento hipocrático le chupa un pie.

La distopía presentada en High Life arrasa de una vez por todas con el vacuo halo esperanzador de las últimas cintas de ciencia ficción que han tratado la posibilidad de la extinción de la raza humana en estos años como fueron Interstellar o Marte. En la nave de Monte (Pattinson) y compañía, no hay lugar para ningún deus ex machina que valga. Denis expone a sus personajes ante la mirada del abismo y estos se la devuelven con desdén como buenos millennials que son. Ellos saben que nada es para siempre y que da igual. Millones de recuerdos se borrarán, cientos de sueños se perderán. Nada tiene mucho sentido cuando viajas a la velocidad de la luz y tu raza se puede haber extinguido años ha. Es esa desesperanzadora forma de comportarse (tan buen reflejo de nuestro zeitgeist) lo que hace que esta aventura espacial pueda compartir línea temporal con otros hechos cinematográficos como las expediciones científicas al Área X de Aniquilación de Alex Garland, al de las temibles epidemias de Mala sangre de Léos Carax o Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, o incluso al de la polémica ley S-14 de Mommy de Xavier Dolan.

Una vez más, Robert Pattinson vuelve a demostrar con creces su valía interpretativa, si es que todavía quedaban bocas por callar tras sus trabajos con David Cronenberg (Maps to the Stars y en la citada Cosmopolis, donde compartía plano con Binoche), James Gray (Z. La ciudad perdida) o los hermanos Safdie (Good Time). Él es Monte, uno de los miembros más equilibrados de la tripulación, una suerte de monje de la generación Y, más preocupado en el cultivo de su huerta y en el buen funcionamiento de la máquina que en sus propios semejantes. Una situación que cambia radicalmente con la llegada de un nuevo pasajero. Esta nueva realidad le hará replantearse su existencia, negar el infinito e intentar mantener las cosas como están. Cueste lo que cueste. Aunque Monte mantenga una postura pasota, cuasi virginal ante el ambiente de represión sexual que atenaza a sus compañeros y compañeras de nave, la carga erótica de su personaje es completamente insostenible. Tanto que como espectador hubiese hecho buen uso del folladero de la nave con sumo gusto en numerosas escenas del film. Ese fuck room es la joya escondida de High Life. Una misteriosa habitación donde los pasajeros dan rienda suelta a su onanismo sin ningún tipo de cortapisas. Es en ese orgasmatrón evolucionado donde ocurre una de las mejores escenas de la película, en la que una muy vaquera Juliette Binoche canaliza su Pagan Poetry interior.

High Life es un sesudo discernimiento sobre el devenir del ser humano, tanto presente como futuro, con una altísima carga poética y erótica. Para esta su primera odisea espacial, Claire Denis decide huir del realismo aséptico del Stanley Kubrick de 2001: una odisea del espacio y abraza de lleno la poesía del Solaris de Andréi Tarkovsky. La filosofía del maestro ruso es el máximo referente de la francesa tanto para sus increíbles diseños del interior de la nave, los trajes de los astronautas y el arrojo de cambiar las leyes naturales del espacio para así lograr escenas extremadamente bellas.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Z, la ciudad perdida

Tras su buena acogida en el Festival de Cine de Berlín llega Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z) la nueva película del aclamado director James Gray (El sueño de Ellis, Two Lovers, La noche es nuestra), un poema de amor al cine clásico de aventuras con un estupendo reparto encabezado por la estrella en alza Charlie Hunnam (Sons of Anarchy), que comparte cartel junto a Sienna Miller, Robert Pattinson y Tom Holland.

Percy Fawcett (Hunnam) es un soldado deseoso de condecoración y reconocimiento que, a pesar de su buen hacer en el campo de batalla, se mantiene fuera del círculo cerrado de la alta sociedad debido a la categoría de su apellido. Desesperado por alcanzar la gloria y recibir validación por parte de sus colegas, accede a participar en una expedición topográfica de la Royal Society para cartografiar los lugares más remotos de la Amazonia boliviana, viaje en el que se embarca dejando atrás a su mujer (Miller), embarazada de su primer hijo (Holland). Una vez allí, Fawcett quedará fascinado por la peligrosa jungla, de la que escapará con vida a duras penas tras descubrir vestigios de antiguas civilizaciones perdidas. Así es como este encuentra un nuevo objetivo vital, una pasión que le llevará de vuelta a la selva, convencido de que allí se oculta una metrópolis secreta, la misteriosa ciudad de Z, y que le hará enfrentarse a la escéptica comunidad científica y distanciarse de su familia.

Basada en los hechos reales relatados en el libro de David Grann, Z, la ciudad perdida es la historia de una obsesión protagonizada por un hombre cegado por el deseo de honor e inmortalidad. La película se divide en tres segmentos que corresponden a cada una de las expediciones que Fawcett llevó a cabo a lo largo de dos décadas, y que dibujan un mapa de la evolución mental del personaje, de la desesperación a la convicción más absoluta. Gracias a sus hermosas imágenes, su inspirada banda sonora y su envolvente atmósfera, Gray nos hace partícipes de la empresa personal del protagonista, trazando un relato imbuido de romanticismo y poesía con el que se nos transporta por completo al pasado, concretamente a una época de tumulto e incertidumbre en la que se están produciendo cambios científicos que darán paso a una nueva era.

poster-z-la-ciudad-perdidaZ, la ciudad perdida es puro clasicismo contemporáneo. El film remite sobre todo al Hollywood de los 40 y los 50, enmarcándose en la tradición de películas de aventuras como Las minas del rey Salomón, mientras que ciertos pasajes recuerdan al lirismo de Terrence Malick. Todo envuelto en un impecable acabado visual, gracias a las preciosas imágenes filmadas en la naturaleza. Sin embargo, Z tiene varios problemas que hacen menos llevadero el viaje. Por un lado, el ritmo puede resultar exasperante (la estructura en tres partes hace que la acción se quede drásticamente interrumpida y que la sensación de vuelta a empezar lastre la historia), y por otro, Hunnam no está a la altura de la intensidad requerida para su personaje, ofreciendo una interpretación algo forzada (Miller y Holland están mucho mejor que él), problema que acentúan unos diálogos más bien acartonados y excesivamente explicativos. Esto hace que a Gray le cueste rasgar la superficie y profundizar de verdad en el conflicto interno de Fawcett.

Afortunadamente, su último tercio sirve para compensar todo esto. La tercera expedición de Fawcett no nos proporciona un clímax tradicional (quien espere un final satisfactorio a lo blockbuster que siga buscando, esta película no busca complacer y se le agredece), sino una catarsis emocional en forma de la reconciliación de un padre y un hijo que lleva hacia un precioso desenlace onírico con el que la película por fin alcanza el estado de trascendencia.

Pedro J. García

Nota: ★★★