Expediente X – “My Struggle II”: Así que esto era el futuro

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Lo dicen las noticias: Chris Carter es el nuevo George Lucas. Supongo que esta afirmación se explica por sí sola, pero por si acaso, voy a aclararlo. Carter ha cogido su creación más querida, ha atendido las plegarias de los miles de fans que pedían más, y la ha resucitado en una nueva etapa que ha resultado no ser tan buena como se esperaba, demostrando que quizá ya no sea la persona más indicada para asumir esa responsabilidad. Podemos culpar a las altas expectativas que teníamos, o achacarlo al hecho de que, por mucho que lo deseemos, el experimento de la nostalgia no funciona (algo que ya hemos debatido largo y tendido en otras entradas), y las series y películas más queridas regresan para acabar siendo inevitables decepciones. Pero yo personalmente prefiero echarle la bronca a Carter, por haber hecho lo mismo que Lucas con las precuelas de Star Wars, devolver un universo a la vida para despojarlo de ella y confundirse a la hora de adaptar el material a la realidad actual. Y no es que no le haya puesto corazón, es que no le ha puesto cabeza. Me duele decirlo, pero para la undécima temporada de Expediente X (que Carter ya ha dicho que existirá “casi con toda seguridad”) sueño con que vuelva a seguir los pasos de Lucas y se retire para dejar que otros guionistas y directores más aptos se encarguen de seguir contando la serie (Carter, go home, you’re drunk).

El revival de Expediente X ha tenido un par de episodios memorables y suficientes momentos aislados como para disfrutarlo a pesar de todo (en su mayoría gracias al fan service), pero si lo analizamos en su totalidad, no ha cumplido las expectativas, y ha sido principalmente por culpa de los episodios centrados en la mitología de la serie, es decir, el fan fiction que ha hecho Carter con las dos partes de “My Struggle“. Si el primero a muchos ya nos pareció precipitado y aleatorio, lo de “My Struggle II” roza el paroxismo. Carter retoma la historia por donde la dejó al final del primer capítulo (aparcándola inexplicablemente durante los cuatro que hay en medio) y sigue desarrollando a marchas forzadas la nueva conspiración global (o eso tenemos que imaginarnos, porque la cosa se queda bastante en lo local) que va a llevar a la extinción de la raza humana. En “My Struggle II” vemos tomar forma de manera atropellada al Apocalipsis que se empezó a gestar en 2012 (un detalle para barrer el pasado bajo la alfombra con el que al menos atamos cabos), con El Fumador manejando los hilos entre bambalinas, como si fuera el Fantasma de la Ópera (nada casual la elección de esa máscara para ocultar su demoníaco rostro). Mulder va en busca de su enemigo mientras Scully trata de detener el fin por todos los medios, pero puede ser demasiado tarde. El virus que llevará a la humanidad a su final forma parte del ADN de todas las personas, y la cuenta atrás ha llegado a su fin.

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Los agentes Miller y Einstein (Robbie Amell y Lauren Ambrose), aquí ya despojados de su naturaleza paródica y decididos a demostrar su valía como protagonistas relevo de Duchovny y Anderson, ayudan a Mulder y Scully en su empresa. Para ello, Carter se encarga de desarrollar los acontecimientos de la forma más torpe y apresurada posible, como en el primer capítulo, pero peor, porque esto es un final (“This Is the End”), o eso se supone. Lo peor empieza cuando Scully y Einstein se enfrascan en el desarrollo de una vacuna para el virus a partir del ADN alienígena que hay en Dana. La cosa ya va a trompicones desde el principio, pero a partir de ahí es cuando el capítulo se vuelve loco: por si los diálogos híper-obvios y sobre-explicativos más propios de una parodia no fueran ya dolorosos (Scully: “Podemos hacer una vacuna a partir de mi ADN” Einstein: “¡Eso no me llevará mucho tiempo!” *Traducción: ¡Tragáoslo, hemos justificado que vaya todo tan rápido con una sola frase!*), Carter intenta calzar a la fuerza tantos acontecimientos en 45 minutos que el tiro le sale por la culata y el episodio acaba zambulléndose en el absurdo para resolver el embrollo cuanto antes y como sea.

Los acontecimientos se desarrollan demasiado rápido, los personajes llegan de un lado a otro como si viajaran a través de portales de espacio-tiempo, los deus ex machina se acumulan (cuánta revelación y giro argumental por combustión espontánea), da la sensación de que faltan escenas, y en consecuencia, no da tiempo a procesar la información, que avanza desesperada y frenéticamente (tanta explicación para dejarse en el tintero tantas cosas). En definitiva, no recuerdo un Apocalipsis hecho con más prisa, peor planteado y “resuelto” (esa Scully avanzando a golpe de suerte y parando ella solita los disturbios callejeros). Carter ha intentado abarcar demasiado, ha forzado las nuevas tramas de la mitología, pensadas más bien para una temporada completa de las antiguas, en dos episodios que como mínimo deberían haber sido dobles. Y como consecuencia, nos ha dejado a muchos a medias y con mal sabor de boca. Afortunadamente, podemos intentar quitárnoslo pensando en esos pequeños momentos “de personajes” que tanto nos gustan y que al menos Carter no se olvida de regalarnos.

Mulder y Scully están separados durante todo el capítulo, hasta que se reúnen en la última escena, pero a la vez se encuentran tan unidos como en los momentos más difíciles de su relación (Scully explica a Einstein cómo ha llegado a creer en la causa de Mulder, en un precioso acto de deferencia hacia su compañero), luchando, enfrentándose a la muerte,  y anteponiendo todo el uno por el otro (Duchovny y Anderson acaban la miniserie a punto de encontrar por fin en sí mismos a Mulder y Scully, una pena que hayan tardado tanto y haya tan poco tiempo). Sin embargo, la interacción que yo rescato, con la que me planteo perdonar a Carter, es la de Mulder con El Fumador. En ese diálogo, donde vemos a C.G.B. Spender ya caracterizado al completo como un villano megalómano propio de una película de superhéroes (“Musings of a mad man”, dice Mulder en otro de los muchos guiños al pasado), Carter condensa con acierto la relación de estos dos personajes: “Has hecho que mi vida merezca realmente la pena“, le dice El Fumador a Mulder (que por cierto, viene de tener su propia escena de lucha sacada de una peli de superhéroes; ¿Desde cuándo Fox sabe kung fu y ha desarrollado esa fuerza sobrehumana? Menudas patadas voladoras). Esa es la frase que corona una de las escenas dramáticas más conseguidas de la temporada, y más importantes de toda la serie.

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Por lo demás, no hay mucho más que podamos salvar. La aparición de la agente Monica Reyes resulta desconcertante, incluso dolorosa, y tan postiza como lo demás (qué pena que solo haya faltado Doggett, aunque visto lo visto, pa qué), y el personaje de Joel McHale sigue siendo un grano en el culo, una excusa más para dar rienda suelta a la tan burda exposición de acontecimientos que ha tenido lugar esta temporada. Así que, sin más dilación, y para concluir, hablemos de ese cliffhanger. OMFG. Alguien sabía que este no era el final (por mucho que en el rótulo de fin de temporada de los créditos de inicio se nos diga lo contrario). O en su defecto, alguien sabía cómo acabar la miniserie para que los fans, contentos o descontentos, no tuviéramos más remedio que seguir pidiendo más (ya hemos dicho que Fox está con nosotros). En cualquier caso, este final tan abrupto, mucho más abierto de lo que esperábamos, nos deja con una sensación decepcionante de coitus interruptus (muchos espectadores pensaron que faltaba un trozo de capítulo), más acentuada aun por el hecho de que no sabemos si o cuándo vamos a saber cómo se resuelve. Pero a la vez nos plantea una nueva temporada de forma que no podemos decirle que no: si sobreviven a la presencia del OVNI (que vimos hacer saltar por los aires a Sveta justo después de posarse sobre ella y marcarla con el haz de luz de idéntica manera), la vida de Mulder y el futuro de la humanidad dependen de encontrar al hijo de Dana y Fox, William. Buena jugada, Carter.

Después de ver estos seis episodios, aun no tengo claro si fue buena idea resucitar la serie. La expresión “cualquier tiempo pasado fue mejor” me suele parecer cínica y conservadora, pero en este caso está más que justificada. Claro que quizá sea aconsejable ir haciéndose a la idea de que la historia de Mulder y Scully no ha terminado. De que probablemente no terminará nunca. Y a ver quién es el guapo o la guapa que no quiere saber qué pasa después en ese puente, y en las vidas de nuestros agentes del FBI favoritos.

Expediente X: Mulder y Scully y Miller y Einstein

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Expediente X se está empleando a fondo para aprovechar los (escasísimos) seis episodios de la miniserie y ofrecernos la experiencia X-Files más completa posible. Ya hemos tenido el obligatorio primer capítulo sobre la conspiración alienígena, un episodio autoparódico y un “Monster of the Week”. Ya solo faltaba un episodio malo. Y teniendo en cuenta que ya solo queda uno, nos tenía que tocar esta semana. Todas las temporadas de Expediente X tienen altibajos, capítulos mayores y menores, y alguno que sobresale por encima de los demás no precisamente por su calidad. En la décima temporada, esta función la desempeña “Babylon” (10.05), con diferencia el peor capítulo de lo que llevamos de miniserie.

La secuencia de apertura de “Babylon” muestra a dos jóvenes musulmanes perpetrando un ataque suicida en una galería de arte en Dallas. Uno de los dos sobrevive a la explosión, pero se mantiene a duras penas con vida, mutilado y en coma en el hospital. Mulder y Scully exploran las posibilidades para comunicarse con el terrorista, con la intención de hallar el origen de la bomba y prevenir ataques futuros. Mientras Scully investiga cómo sería posible ponerse en contacto con él usando la neurociencia, Mulder está convencido de que hay una manera alternativa de “conectar”, concretamente a través de una droga alucinógena que le proporcione una línea de comunicación con el terrorista en un plano místico al margen de la realidad. Mientras, dos jóvenes agentes del FBI, Miller (Robbie Amell) y Einstein (Lauren Ambrose) se unen a Mulder y Scully para trabajar en el caso.

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Lo que más llama la atención de “Babylon” es el desbarajuste tan grande que hay en el tono del capítulo. No sabemos muy bien cuál era la intención de Chris Carter, pero me da en la nariz que ni él mismo lo tenía claro. ¿Es una sátira exagerada en la línea de los capítulos de Darin Morgan o un drama de denuncia? ¿Se puede ser ambas cosas a la vez? Seguramente sí, pero hay que saber navegar ese espacio angosto que hay entre la comedia y el drama, y Carter simplemente no ha podido y se ha hundido. “Babylon” está repleto de diálogos muy pobremente escritos que hacen gala de una demagogia barata solo justificable si estuviéramos hablando de una redacción de primaria. Situaciones y frases maniqueas con las que Carter pretende retratar el racismo y la intolerancia de la sociedad ante los inmigrantes musulmanes. La intención es buena, la manera de hacerlo no podía ser más sensacionalista y simplona.

Pero lo que hace que “Babylon” sea un capítulo tan desafortunado es sobre todo la manera en la que mezcla el humor más estúpido con un asunto tan serio y de tanta relevancia en la actualidad. Si examinamos las escenas más locas del capítulo descontextualizándolas de la trama principal, no solo no hay problema, sino que destacan como grandes momentos en la línea de la Expediente X más absurda y autorreferencial. No vamos a negar que enfrentar a Mulder y Scully a sus versiones más jóvenes es una propuesta muy divertida (si bien algo desaprovechada), y desde luego muy propia de la serie. Tampoco vamos a menoscabar la suma importancia que tiene haber visto a Mulder bailando el “Achy Breaky Heart” de Billy Ray Cyrus con la camisa entreabierta y sombrero de cowboy durante su viaje lisérgico. Pero estos momentos, por muy simpáticos que resulten, no hacen sino mermar el mensaje del capítulo y frivolizar alrededor de un tema demasiado grave y delicado.

Actualmente, el nivel de la ficción televisiva, concretamente el de las series dramáticas, está muy alto. En su emisión original, Expediente X no lo tenía difícil para destacar como una serie inteligente y gratificante, pero las cosas han cambiado y aquí es donde Carter debe adaptarse más a los tiempos. Aceptamos que esto sea un viaje nostálgico para fans y no la medimos con el mismo rasero de antes (o de otros dramas de calidad actuales), pero una cosa es esto y otra muy distinta permitírselo todo por ser la serie que es. Lo que hace 15 años podía resultar provocador o estimulante ahora suena desvencijado y demasiado obvio, y Carter debería haber tenido esto en cuenta para apretarse las tuercas antes de escribir un guion tan amateur.

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Afortunadamente, como decía antes, hay suficientes momentos como para salvar el capítulo del completo desastre. Las interacciones de Mulder y Scully con Miller y Einstein son uno de sus aciertos (Ambrose está muy bien, Amell no hace demasiado, además de ser el encargado de decir el obligado “I want to believe” en este capítulo), y aunque descartamos el spin-off centrado en los dos nuevos agentes como buena idea (ya que no habría manera de que no fuera una parodia o una copia de la serie original y sus conflictos), nos encantaría ver de nuevo a estos personajes sacando de quicio a Dana y Fox, obligándoles a seguir autoanalizándose para nosotros (“Los menos buscados del FBI. Llevaba 23 años esperando para decir eso”). Por otro lado, nos alegra ver de nuevo a “Los pistoleros solitarios“, aunque su cameo visto y no visto sea algo decepcionante, o a Skinner (cuya presencia en esta temporada es más bien testimonial) y El Fumador (que protagoniza una de las imágenes más potentes de la visión de Mulder). También tranquiliza ver que Duchovny por fin parece reaccionar a una trama esta temporada. Había que ponerlo a bailar country para que despertase.

Por último, la escena final de “Babylon” nos deja con buen sabor de boca a pesar del patinazo del resto del episodio. Aunque nos lo den todo bien mascado, las reflexiones de Mulder y Scully (que nos ablandan el corazón cogidos de la mano y mirándose de aquella manera) vienen muy a cuento para continuar explorando los eternos dilemas de la serie (la ciencia contra la fe, también más cogidas de la mano que nunca en este capítulo; la belleza del lado misterioso e inexplicable de la vida; “¿Cómo reconciliamos el amor más fuerte con el odio más extremo?”) a la vez que seguimos desentramando la naturaleza de ambos personajes, algo en lo que el revival ha insistido hasta ahora. Una pena que para llegar a esas conclusiones hayamos tenido que asistir primero a un retrato tan estereotipado e ignorante de la inmigración y el terrorismo yihadista. No sabemos qué píldora se habrá tomado (o habrá dejado de tomarse) Carter, pero le ha llevado a realizar uno de los episodios más desequilibrados y fallidos de la serie. Teniendo en cuenta que este y “My Struggle” (otro guion que dejó bastante que desear) están escritos y dirigidos por él en solitario, cabe preguntarse si sería mejor que se limitase a producir y dejara a otros contar la historia.