Crítica: Lo que esconde Silver Lake

Sam no sabe qué hacer con su vida. Ni siente, ni padece. La ve pasar, como quien ve un accidente de tráfico que no puede parar. Sam está deprimido. Él no lo sabe, aunque presenta todos y cada uno de los síntomas. Sam es uno de los millones de seres humanos aquejados por la gran pandemia del siglo XXI. Compagina su trabajo a tiempo completo como voyeur de sus vecinas de urbanización con su gran vocación: ser un pajero de cuidado. Su existencia de hojas de revistas pegadas y tetas caídas se rompe con la llegada (y posterior desaparición) de Sarah, una enigmática mujer rubia que le inspirará para intentar salir de su rutina… y para lo otro también. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) es el esperadísimo regreso a la gran pantalla de David Robert Mitchell tras aterrorizarnos con la icónica It Follows. ¿Estás preparado para conocer los secretos de la ciudad de Los Ángeles?

Lo que esconde Silver Lake es un viaje, en el sentido más ácido y lisérgico de la palabra. Una crisis psicodélica cinematográfica que convierte el esqueleto de una investigación canónica de cine negro en un surrealista ir y venir de situaciones y personajes estrafalarios. Es por ello que, más allá del evidente y socarrón homenaje a Hitchcock y el Hollywood dorado que recorre todo el film, encontramos cierto hermanamiento entre el detective junior Sam y dos peculiares investigadores que nos han visitado en la última década: Jonathan Ames de la serie Bored to Death o Larry “Doc” Sportello de Puro vicio. Al igual que en la marciana e infravalorada película de Paul Thomas Anderson sobre la novela de Thomas Pynchon, los avances en Lo que esconde Silver Lake se realizan gracias al arbitrio de la (fumada) diosa de la Fortuna. Con semejante modus operandi, Sam comienza una peculiar investigación que le llevará a recorrer los diferentes círculos del infierno angelino. Desde las elitistas fiestas hippiescas de presentación de las promesas musicales más cool del momento (gracioso guiño al mundo de Lana del Rey, Father John Misty y compañía) hasta las intrincadas redes subterráneas por las que se mueven los vagabundos, pasando por la gran mansión del hombre que lo ha hecho todo en la música.

El resultado es un complejo (y completo) thriller surrealista deudor de Mulholland Drive, en el que David Robert Mitchell acierta de lleno al no tomarse para nada en serio, dar rienda suelta a toda su imaginación y no cortarse en ningún aspecto. En las últimas décadas, este nivel de megalomanía y arrojo solo lo habíamos experimentado en Southland Tales, en la que un endiosado Richard Kelly (Donnie Darko) colocaba al reparto más extraño de la historia (Dwayne Johnson, Sarah Michelle Gellar, Sean William Scott, Mandy Moore, Justin Timberlake…) en mitad de un conspiranoico y caótico fin del mundo. El resultado fue un verdadero desastre y otorgó a Kelly el infumable título honorífico de “veneno para la taquilla”. Pero allí donde Kelly fracasó (aunque tengamos cierto cariño a la película y especialmente a Krysta Now, nuestra gran reina del porno), Mitchell logra un equilibrio perfecto en el desequilibrio. Se la juega con un metraje desmesurado, una trama bastante loca, y unos personajes que sobrepasan el absurdo, y consigue un triunfo cinematográfico importante, una apasionada oda a la cultura pop y otra cinta de culto en su haber.

Andrew Garfield (La red social) logra con Sam una de las mejores interpretaciones de su carrera. El candidato al Oscar a mejor actor por Hasta el último hombre es el fiel reflejo de una generación de hombres que no encontramos nuestra conexión. No solo con el universo en un plano más trascendental, sino que tampoco se logra con nuestros coetáneos más cercanos. Garfield logra captar todos y cada uno de los episodios de la psicosis del personaje, producto tanto de la depresión como de su absurda existencia: su rol de stalker de corazón de oro, su obsesión y perpetuo despertar sexual, su incapacidad de llevar a cabo una relación ‘normal’ con nadie… Mención especial merece su vestuario (y no vestuario) durante gran parte metraje. Le acompañan en el reparto Riley Keough (The Girlfriend Experience) como la no tan prototípica hermosa y sensual mujer fatal rubia que desaparece, Topher Grace (Aquellos maravillosos 70) como el mayor embajador de la tontería hollywoodiense, Grace Van Patten (Maniac) como la enigmática chica del globo, y nuestra querida Zosia Mamet (Girls) en un pequeño y muy gracioso papel.

Lo que esconde Silver Lake no es el thriller que esperabas, sino la película de culto que necesitábamos… además de una de las visiones más divertidas y esperanzadoras sobre la depresión masculina y una certera llamada de atención para que dejemos de mirarnos apenados el ombligo. No porque haya algo mejor que hacer, sino porque realmente revolcarnos en nuestras propias miserias no vale para nada.

David Lastra

Nota:★★★★½

Crítica: La suerte de los Logan

¿Recordáis cuando en 2013 Steven Soderbergh dijo que se retiraba de la dirección de largometrajes? Su última película como director antes de hacer el anuncio fue la TV movie de HBO Behind the Candelabra, ganadora de 11 Emmys ese año. Desde entonces, Soderbergh ha dirigido la soberbia e injustamente ignorada The Knick, ha producido otras series, la igualmente sublime The Girlfriend Experience y Red Oaksha hecho la fotografía de Magic Mike XXL bajo un pseudónimo y ha sido productor ejecutivo del documental Citizenfour entre otras cosas. Por tanto, a la hora de hablar del “regreso” de Soderbergh al cine, hay que decirlo con la boca pequeña, ya que aunque técnicamente La suerte de los Logan (Logan Lucky) sea su comeback oficial a la dirección cinematográfica, no se había ido a ninguna parte en este tiempo.

Después de experimentar con la ficción serial, Soderbergh vuelve a la silla del director para encabezar un proyecto que se podría considerar lo opuesto a experimentalLa suerte de los Logan nos devuelve al Soderbergh más comercial con una premisa diseñada para atraer y agradar a un público más amplio que sus proyectos inmediatamente anteriores. La película cuenta la historia de Jimmy (Channing Tatum) y Clyde Logan (Adam Driver), dos hermanos que, para salir de la precaria situación económica en la que se encuentran y romper la maldición familiar que generación tras generación los ha convertido en los gafes del pueblo, llevan a cabo un golpe durante la legendaria carrera Coca-Cola 600 de la NASCAR.

Las comparaciones con Ocean’s Eleven son inevitables. De hecho, el propio director no esconde sus intenciones, pero se apresura a diferenciar ambos films definiendo La suerte de los Logan como “la versión inversa” o “anti-glamour” de su mayor éxito. En un momento muy simpático de la película, uno de los personajes se refiere a la banda de los Logan como “Ocean’s 7-Eleven”, un detalle autoconsciente con el que Soderbergh guiña el ojo a su audiencia. Efectivamente, La suerte de los Logan es Ocean’s Eleven con paletos yanquis. “Nadie viste bien, nadie tiene cosas bonitas. No tienen dinero, ni tecnología”, ha explicado el director, que repite la fórmula de las películas de atracos cambiando los componentes y el escenario de la acción.

Pero como decíamos, el hecho de que La suerte de los Logan sea la anti-Ocean’s Eleven no quiere decir que Soderbergh no apunte alto con ella. Al final, el objetivo es el mismo: entretener y divertir al respetable. Para ello, el director cuenta con un reparto de lo más atractivo, encabezado por el novio de América, Channing Tatum, y uno de los mayores valores en alza de Hollywood, Adam Driver (GirlsStar Wars), y aderezado por la magnética presencia de Daniel Craig en su papel reciente más memorable al margen de Bond, la siempre exquisita Riley Keough, una breve pero hilarante participación de Seth MacFarlane, y las rescatadas del olvido Katie Holmes y Hilary Swank en pequeños papeles secundarios. Todos están estupendos, pero hay que destacar especialmente al robaescenas de Craig, y sobre todo a Tatum, que demuestra que cuando se lo propone es capaz de dar la talla interpretativamente sin explotar su físico, con un protagonista muy cercano y humano que llega incluso a dejar mal parado al siempre eficiente Adam Driver, que aquí forcejea demasiado con su personaje (y su acento redneck), resultando poco natural.

La suerte de los Logan juega a menudo con la suspensión de la incredulidad del espectador. La trama resulta demasiado rocambolesca e inverosímil, sobre todo a medida que avanza el golpe y uno se pregunta cómo y cuándo se ha podido idear un plan tan rebuscado (la gracia es que los Logan no son tan tontos como todos creen, pero también es imposible que sean tan listos). Los giros se suceden hasta desembocar en uno de esos finales en los que la historia ha dado tantas vueltas que uno no sabe quién estaba al tanto de qué y quién está compinchado con quién. Pero no importa, esa confusión, ese rizar el rizo forma parte del juego. Y ante todo, La suerte de los Logan es un juego muy divertido, ingenioso y desenfadado, un producto mainstream con sensibilidad auteur que tiene descaro y encanto para repartir, brillantes golpes de comedia y un repartazo que por sí solo ya hace que la entrada quede amortizada. ¿Lo peor? Una trama romántica algo forzada con Katherine Waterson y un final que deja la puerta abierta para una secuela que seguramente no ocurrirá.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Llega de noche: El miedo y el otro

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Son buenos tiempos para el terror. El género sigue demostrando ser uno de los más rentables en taquilla, títulos como Expediente Warren han elevado el listón creativo de las películas de miedo, y paralelamente, todos los años surge alguna cinta que, al alejarse de la norma o salirse de la corriente principal (o simplemente por ser mucho mejor que la media), parece contribuir a reformular el género. Títulos como La bruja, No respiresDéjame salir han demostrado que otro cine de miedo es posible, uno que se apoya menos en trucos baratos para asustar y encuentra el verdadero terror en la incertidumbre y la sugestión. Sería también el caso de Llega de noche (It Comes At Night), escrita y dirigida por Trey Edward Shults (Krisha), thriller psicológico que pone el énfasis en los personajes, en sus dilemas morales y sus emociones, y en el que no hay monstruos deformes o espíritus vengativos, solo el miedo ante lo que no se ve, ante lo que puede arrebatárnoslo todo.

Llega de noche se desarrolla en un escenario post-apocalíptico resultado de un virus mortal que ha acabado con casi toda la humanidad y amenaza a los pocos que sobreviven. Paul (Joel Edgerton) y Sarah (Carmen Ejogo) viven con su hijo adolescente, Travis (Kelvin Harrison Jr.), en una remota granja en medio del bosque. Siempre armados y alerta, la familia trata de aislarse del virus mientras protege los pocos recursos que tiene de posibles asaltantes. Una noche, un intruso (Christopher Abbott) se cuela en su casa buscando ayuda para él, su mujer (Riley Keough) y su hijo pequeño. Tras mucha deliberación, Paul y Sarah deciden acoger a la familia. Aunque los visitantes parecen tener buenas intenciones, pronto la desconfianza y la paranoia se apodera de ambas familias, haciendo que el horror que hay en el exterior empiece a hacer estragos también en el interior.

Aunque Llega de noche pueda catalogarse como cine de terror, es en realidad un relato de misterio, un juego de suspense en el que la violencia proviene de lo más profundo del ser humano y el miedo se manifiesta físicamente a través del lenguaje y la imaginería onírica (a un lado y otro de la puerta roja). Shults lleva a cabo un soberbio ejercicio de tensión y atmósfera con el que da forma a una escalofriante historia sobre lo que somos capaces de hacer para proteger a nuestra familia, y la complementa con imágenes perturbadoras procedentes del subconsciente de Travis (excelente trabajo de Harrison Jr. transmitiendo la curiosidad y la incertidumbre del adolescente), dando como resultado una inquietante pesadilla de la que cuesta despertar, al menos hasta que su desgarrador clímax nos obliga a hacerlo.

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Con un guion sencillo pero rico en matices y profundidad psicológica, y unas interpretaciones sobresalientes por parte de todo el reparto, Llega de noche demuestra que no hacen falta muchos elementos para contar una buena historia de miedo. De hecho, Shults apenas da información sobre lo que está sucediendo en el mundo y evita explicar cómo se propagó el virus, centrándose exclusivamente en sus efectos, explorándolos en el microcosmos creado por ambas familias. La tensión y la desconfianza que reina entre ellas es lo que acaba desatando al monstruo de la película, el terror de la familia, el miedo al otro, provocado por la idea de perder lo nuestro. Y es esa la fuente en la que el director indaga para enervar y comprometer a la audiencia, apelando a nuestros temores más profundos para ponernos en el lugar de los protagonistas y hacer que nos preguntemos cómo actuaríamos en su lugar.

Con Llega de noche, Shults ofrece una lección de terror minimalista, tensión y ambientación, para hablarnos de la pérdida de la humanidad en un contexto de desesperación por preservarla. En la película no se concreta qué es exactamente lo que llega de noche, pero intuimos que es la temible criatura que despierta en el interior del ser humano en los momentos en los que este se encuentra más amenazado e indefenso.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

“Soy lo que soy gracias a vosotros”: Un análisis de ‘The Girlfriend Experience’

TGE

The Girlfriend Experience es desde luego toda una experiencia televisiva. Pero cuidado, no es una experiencia para todo el mundo. La serie, que se emite semanalmente en Starz (la atrevida cadena de OutlanderSpartacus) y se ha ofrecido completa en su servicio de VOD, nos sumerge en el mundo de las escorts de lujo, pero no esperéis un producto similar a Secret Diary of a Call GirlTGE es una serie difícil, poco amable, y no porque sea dura desde el punto de vista dramático, sino por su carácter frío y analítico, por su forma absolutamente libre de artificios y prejuicios de aproximarse al tema y a la protagonista. A priori, esto puede sonar atractivo (y lo es), pero obliga a que nos adentremos en la historia dispuestos a dejar a un lado nuestras preconcepciones sobre el (desconocido y difícil de documentar) mundo que retrata, y también sobre cómo deben o no deben ser los personajes televisivos, concretamente los femeninos. Algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

Creada por la actriz y cortometrajista Amy Seimetz (esta es su primera serie como showrunner) y el director Lodge Kerrigan (responsable de la muy interesante Keane y realizador de Homeland, The Killing The Americans), The Girlfriend Experience está inspirada en la película del mismo título de Steven Soderbergh. El estilo del director de Contagio está presente en la serie, cuya estética, ritmo y atmósfera tensa e inquietante sin duda atraparán a los que disfrutan de un producto como The Knick (también de Soderbergh), drama aséptico, sin apenas concesiones o rastros de humor, que cala casi sin que uno se dé cuenta de cómo lo está haciendo. La primera temporada de TGE nos cuenta a través de 13 episodios la historia de Christine Reade (Riley Keough), una ambiciosa estudiante de derecho que descubre a través de una amiga el negocio de las escorts de lujo y decide formar parte de él, compaginándolo con sus prácticas en un importante bufete de Nueva York. A medida que se va a adentrando más y más en la prostitución, las barreras que levanta para mantener separadas sus dos facetas profesionales y su vida personal van derrumbándose.

The Girlfriend Experience está desprovista de excesos o afectación dramática, como reflejo de la protagonista, una mujer asocial, fría y decidida que puede ser percibida por los demás, tanto dentro como fuera del relato, como una persona egoísta y calculadora (seguramente porque lo es). Este es el mayor atractivo de la serie, el excelente estudio de personajes que realiza con Christine, una chica que, como la Hannah de GIRLS o la Selina Meyer de VEEP, se aleja del prototipo de protagonista femenina de series, y con la que se continúa llevando la televisión hacia un nuevo terreno en el que las mujeres de la ficción no están ahí para agradar a la audiencia, para convertirse obligatoriamente en modelos aspiracionales o servir un ideal. Como decía, Christine no es juzgada por la cámara, por la narración, deja que el espectador saque sus conclusiones, pero no da pie a que la sentenciemos, sino más bien a que la conozcamos y aceptemos, a ella y sus decisiones, porque son suyas y de nadie más. En el magnífico episodio “Home” (1×12), su hermana le pregunta “¿Cómo eres capaz de hacer algo tan estúpido?”, a lo que Christine responde en un poco frecuente y revelador estallido de ira: “¡Porque me gusta!”

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Eso es lo que hace The Girlfriend Experience, desmitificar el mundo de la prostitución de lujo tal y como nos lo lleva presentando años el cine y la televisión, negándose a presentarlo como algo potencialmente romántico (la puta que se enamora y deja su trabajo por él), un cuento moral trágico (aunque puede ser pronto para sacar conclusiones de este tipo, claro) o un complemento a la historia de un hombre poderoso. Para dibujar esta visión, TGE hace gala de una dirección muy inteligente y un excelente uso de la cámara. El encuadre y la puesta en escena sirven en todo momento para reflejar el estado de ánimo de los personajes, para desvelar la naturaleza temática de las escenas y explicar el tipo de relación que tienen los personajes que nos muestra. Llaman la atención los numerosos planos generales en interiores, que a menudo no nos dejan ver los rostros de los personajes mientras dialogan: hoteles, restaurantes, el bufete donde Christine trabaja, espacios enormes y diáfanos pero curiosamente sombríos, que transmiten sensación de frialdad en un mundo impersonal y distancia emocional. Asimismo, las (abundantes) escenas de sexo están grabadas de manera muy significativa, recurriendo a los mecanismos del cine erótico, pero empleándolos para mostrarnos una realidad semi-construida (esa “girlfriend experience” que no solo viven los clientes, sino ella también). En estas secuencias, Christine forma parte de un juego de ficción, por eso están rodadas de forma que la mayor parte del tiempo veamos que está actuando (en muchos momentos disfrutando de ese papel, en otros, como en el extraño y brillante final de temporada, no tanto, pero siempre haciendo ‘role play’, con el control de la situación). Todo esto hace del The Girlfriend Experience uno de los trabajos de dirección más estimulantes y refinados que hay actualmente en televisión.

“¿Nunca has tenido novio?”
“No. Supongo que no tengo las mismas reacciones a las cosas o sentimientos sobre cómo las cosas deberían ser”.

Un párrafo aparte merece la soberbia interpretación de Riley Keough. Lo suyo es un trabajo de una afinación absoluta. Desapasionada, distante, fascinante, y profundamente elegante y sensual. Keough compone a un personaje muy complejo, y lo hace con una contención magistral, haciendo de la mirada su mayor aliada. El contraste entre Christine y Chelsea (su nombre de escort) nos deja ver los dos rostros del personaje, uno directo e impermeable (“Supongo que simplemente no disfruto pasando tiempo con gente, lo encuentro una pérdida de tiempo y me hace sentir ansiedad”), y otro seductor y narcisista, ambos esenciales al personaje y constituyentes de su personalidad. Pero que tenga el control emocional sobre su doble vida (no tanto sobre las consecuencias que de ella se desprenden) no quiere decir que Christine sea un robot. A lo largo de la temporada se nos muestra al personaje dudando de sí misma (“¿Soy una sociópata?”) y en situaciones vulnerables, como la escena en la que, tras un encuentro con la mujer de uno de sus clientes, se lleva una copa a la boca y su mano temblorosa está a punto de derramarla, o el impresionante ataque de ansiedad (¿completamente? fingido) con el que corona el mejor episodio de la temporada, “Blindsided” (1×09). Son detalles perfectamente dosificados a lo largo de los capítulos para hacer de Christine un personaje más humano, con más capas, y Keough los interpreta de forma impecable.

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The Girlfriend Experience es una serie interesante entre otras cosas por cómo retrata el sexo (y las políticas sexuales en la privacidad y en el entorno laboral), en una era de la televisión en la que las cadenas de cable tienen libertad para mostrar cualquier cosa. Keough se desnuda en todos los capítulos, y esto es imprescindible para construir al personaje. TGE nos presenta a una mujer joven que goza y domina su sexualidad, que desea vivirla al máximo sin que esto se interponga en las demás facetas de su vida o afecte a la manera en la que la ven los demás (“Es imposible que una mujer sea percibida como un ser sexual y tenga éxito profesional”, se queja). Las escenas de sexo de TGE invitan al voyeurismo (la propia Christine participa de él junto a nosotros y se masturba observándose a sí misma en una grabación) y son excitantes, pero no buscan exclusivamente la mirada masculina, nunca son gratuitas o un recurso barato, sino que forman parte esencial del relato. Un relato oscuro que, de forma desafiante, provocadora, y extremadamente inteligente, se propone romper moldes y dinamitar las expectativas sobre lo que una mujer debe o no debe ser en la ficción.