Crítica: La forma del agua

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La imaginación de Guillermo del Toro es uno de los lugares más fértiles del planeta. De su mente han salido algunas de las criaturas más mágicas y terroríficas del cine de los últimos 25 años, así como imágenes que parecen directamente fotografiadas del ámbito de los sueños y las pesadillas. El espinazo del diabloHellboyEl laberinto del faunoPacific RimLa cumbre escarlata, las series The StrainTrollhuntersDel Toro es sinónimo de fantástico, un género frecuentemente relegado a segunda fila por ser considerado menor o no tomarse lo suficientemente en serio (con honrosas excepciones como El Señor de los Anillos). Pero esto ha cambiado este año gracias a su última película, La forma del agua (The Shape of Water), que con 13 nominaciones a los premios Oscar empieza a otorgarle al género la atención y el respeto que hacía tiempo que no se le daba.

La forma del agua es un cuento de hadas para adultos que se desarrolla en el Baltimore de principios de los 60, con la Guerra Fría como telón de fondo. La película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja como limpiadora en un laboratorio gubernamental de alta seguridad donde se están llevando a cabo misteriosas investigaciones científicas. Su vida cambia para siempre al descubrir junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer) un experimento clasificado como alto secreto: un poderoso hombre anfibio (Doug Jones) atrapado en Sudamérica. Elisa establecerá una conexión especial con la criatura, que como ella, tampoco puede usar la voz para comunicarse, una amistad que se transformará en amor y llevará a la mujer a urdir un plan junto a su vecino y único amigo, Giles (Richard Jenkins), y otros aliados inesperados, para liberar al hombre anfibio de las garras del malvado coronel Strickland (Michael Shannon).

Del Toro recoge influencias de muchos lugares para dar forma a la historia y el universo visual de la película. La forma del agua nace inicialmente de su amor por el clásico de Universal La mujer y el monstruo, pero en ella también encontramos numerosos elementos en común con cuentos clásicos como La Bella y la Bestia La Sirenita (la comparación con Disney es fácil al tratar una relación de amor entre especies) y relecturas de los mismos como Un, dos tres… Splasho evidentes trazas del realismo mágico de Jean-Pierre Jeunet, cuyas películas DelicatessenAmélie han jugado un papel importante en el acabado estético del fabuloso mundo de Elisa Espósito (tanto es así que Jeunet ha llegado a acusar de plagio a Del Toro, aunque esa polémica la dejaremos para otro día). Este cóctel de influencias da lugar a un verdadero regalo para la vista, un magnífico trabajo de diseño artístico, puesta en escena y uso de la luz y el color que nos muestra al director mexicano en la cima de sus posibilidades.

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La forma del agua nos deja también al Guillermo del Toro más soñador y romántico. Con ella, el director establece un paralelismo entre el agua y el amor, dos “materias” maleables que se adaptan a la forma de lo que contenga en un momento dado. Como él mismo explica, “independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Con la historia de Elisa y el hombre anfibio, Del Toro desarrolla una cura para el cinismo de nuestros días, situando un romance que rompe las barreras de la comunicación y los prejuicios en el contexto de una época de odio entre naciones y discriminación por motivos de raza, género u orientación sexual. Una época que bien podría ser los 60 o 2018. Así, La forma del agua aborda numerosos temas de relevancia presente (acoso sexual, sexismo, homofobia, racismo) con los que añade capas y lecturas a un cuento tan atemporal como actual.

El mundo de La forma del agua es hermoso y cruel, erótico y sangriento, dulce y poético, es un engranaje que funciona con precisión artística gracias a la visión tan específica y personal de Del Toro, pero que alcanza la sublimación con la interpretación que se sitúa en el centro. Lo de Sally Hawkins es de otro mundo. Su capacidad para expresar emociones sin palabras es sin duda merecedora de todos los elogios y reconocimientos que está recibiendo. Pero su recital interpretativo viene además reforzado por el excelente trabajo de los secundarios: Jones, mago de las caracterizaciones monstruosas cuya labor debajo del látex y el maquillaje no debemos subestimar, Shannon abrazando por completo su papel de villano de cuento, Spencer, que aporta la nota más divertida del film, y sobre todo Jenkins, que, con la humanidad que lo caracteriza siempre, da vida a uno de los personajes más entrañables y compasivos que hemos visto recientemente en el cine. Para más señas, un hombre gay de 60 años, colectivo que apenas disfruta de representación positiva en la ficción.

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Aunque estamos quizá ante la cinta más pulida en lo narrativo de la filmografía de Del Toro, en La forma del agua ocurre, a menor escala, lo que suele pasar con prácticamente todas sus películas. El guion no está tan trabajado como la ambientación o el apartado técnico y visual. Aun aceptando que se trata de un cuento de hadas (donde las cosas pasan porque sí y no debemos cuestionarlas demasiado), los agujeros y los trucos del guion pueden chirriar, así como lo precipitado de algunos pasajes, en especial en lo que respecta al enamoramiento entre Elisa y el hombre anfibio. Del primer contacto al segundo hay un salto muy brusco en el que parece haber cambiado todo, y da la sensación de que falta un trozo de historia que nos cuente mejor cómo ha florecido esa relación.

Es un problema, no obstante, que se subsana a base de amor. Viendo a la pareja protagonista interactuar, explorar sus sentimientos y descubrirse físicamente (la escena de su primer encuentro sexual es una buena muestra de la intensa belleza que puede alcanzar el film), acabamos creyéndonos lo que hay entre ellos y luchando contra cualquier incongruencia de guion para protegerlo. Pero ante todo, el amor que eleva la película es el que Del Toro siente por el cine y por el género fantástico, una devoción que como de costumbre, salta a la vista en cada plano (no en vano, Elisa y Giles viven encima de una sala de cine). Es esa pasión ingenua y contagiosa lo que convierte La forma del agua en un trabajo sincero, un precioso acto de amor que renueva la validez de la expresión “la magia del cine”.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Los Hollar

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A John Krasinski lo conocemos principalmente por dar vida a Jim Halpert durante las nueve temporadas de The Office. Después del final de la comedia de NBC, el actor se ha centrado el cine (donde trabaja principalmente su mujer, Emily Blunt), no solo delante de las cámaras (Aloha13 horas: Los soldados secretos de Bengasi), sino también detrás. Su ópera prima como director, Brief Interviews with Hideous Men (2009), pasó sin pena ni gloria, y ahora, justo antes de volver a la televisión para protagonizar el reboot de Jack Ryan, Krasinski presenta su segunda película como realizadorLos Hollar (The Hollars), dramedia indie que él mismo protagoniza junto a un reparto de excepción.

Los Hollar nos lleva una vez más hacia uno de los lugares comunes más explorados del cine independiente norteamericano: el regreso a casa; contextualizado y magnificado por la actual situación económica y laboral que encuentra a muchos treinta y cuarentañeros sin rumbo. Krasinski da vida a John Hollar, un dibujante de novelas gráficas en horas bajas que se ve obligado a marcharse de Nueva York para volver a su ciudad natal, al enterarse de que su madre padece de cáncer. Para ello, John tiene que dejar en Manhattan a su novia (Anna Kendrick), que está a punto de dar a luz al primer hijo de la pareja. Perdido y sin futuro profesional en Nueva York, este se ve obligado a regresar a la vida que se esforzó por dejar atrás, reencontrándose con su disfuncional familia, su ex novia y el marido de esta, que no es otro que su rival del instituto. Una vez allí, John reconectará con todos ellos y hará balance de su vida para recordar de dónde viene y averiguar hacia dónde se dirige.

Otra cosa no, pero Los Hollar es una prueba fehaciente de que Krasinski sabe lo que hace. Su sensibilidad como director no es precisamente novedosa u original, pero sí consistente. Estamos ante un crowd-pleaser de manual, una (de muchas) comedias con tintes dramáticos que tanto gustan en Sundance (en muchas ocasiones solo allí) y que los yanquis hacen como churros. Krasinski controla los mecanismos narrativos y las argucias sentimentales propias del género, explorando con confianza, melancolía y sensibilidad las ideas de las que se suele nutrir este tipo de cine (se nota que hay mucho de autobiográfico en la historia). Ahora bien, que Los Hollar sea el trabajo de alguien que tiene las ideas claras o un ejemplo paradigmático de su género no lo convierte en un film excepcional. De hecho, es todo lo contrario, una película que hemos visto en infinidad de ocasiones, y que nos ofrece exactamente las mismas reflexiones y conclusiones sobre la vida, la familia y el paso del tiempo que tantas otras.

Los Hollar acumula clichés hasta quedarse sin espacio para más (“adorable” y “espontáneo” momento musical incluido), pero su calidez y sus buenas intenciones compensan que todo sea tan predecible y hacen más llevadero el déjà vu. Eso sí, lo que salva la película de caer en las redes del hastío no es eso, sino su excelente reparto, del que destacan los veteranos Margo Martindale (siempre magnífica) y Richard Jenkins (no hay papel que este brillante actor no pueda elevar), y que también cuenta con un notable Sharlto Copley (habitualmente oculto bajo capas de CGI, como en Distrito 9Chappie), Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead, Josh Groban, Randall Park y Charlie Day, la mayoría protagonistas de subtramas que recuerdan a las de una sitcom (lo que es en el fondo la película).

A pesar de los numerosos tópicos que la componen -y que la despojan de cierta naturalidad-, y de lo forzado de algunos de los momentos más emotivos (la música subraya a base de bien), la película resulta entrañable la mayor parte del tiempo, y en ocasiones realmente divertida, en especial gracias a un acertado elenco que parece muy cómodo a las órdenes de Krasinski. Los Hollar no descubre América,  desde luego, pero la vuelve a presentar como ese lugar reconfortante al que a algunos nos gusta regresar de vez en cuando, aunque sea para vivir un par de horas agradables y olvidarlas nada más terminar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crónica de la Muestra Syfy 2016

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El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

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El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

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La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: La cabaña en el bosque

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A estas alturas de la película, La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2011) ya no es solo una revelación de culto, sino que va camino de convertirse por derecho propio en un clásico prematuro. La historia detrás de este accidentado proyecto de Joss Whedon (producción y guion) y Drew Goddard (dirección y guion) es conocida por todos. El periplo de los autores para llevarla a la gran pantalla en su país de origen (donde tardó más de un año en estrenarse) no es nada comparado con lo que el fan español ha tenido que esperar, y aguantar. Después de más de un año mareando la perdiz (de truncado estreno en cine pasó directamente a lanzamiento doméstico para ser cancelado indefinidamente antes de ver la luz), GOOD FILMS rescata la película del limbo de la distribución en España para brindarnos la oportunidad de disfrutar de este título imprescindible del terror actual en cine, lugar al que siempre perteneció. No importa si la hemos visto ya, queríamos (necesitábamos) experimentarla en pantalla grande (más allá de festivales o muestras), inmersos en la oscuridad de una sala. Y nuestros gritos desesperados por fin han sido escuchados.

La cabaña en el bosque cartel españolNada más iniciar su largo y tumultuoso recorrido comercial, La cabaña en el bosque adquirió de inmediato el calificativo de película de culto. Puede que los nombres detrás el proyecto tuvieran algo que ver. Sin embargo, la clave en este caso no es el factor Whedon (Goddard además es uno de sus más fieles segundos de abordo), sino el hecho de que la película lograra marcar un antes y un después en el fantástico, a pesar de los obstáculos en su camino. La cabaña en el bosque es una comedia de terror (con un pie en el sci-fi) que desarma los mecanismos argumentales del género en un astuto ejercicio de deconstrucción (o autopsia) narrativa. Aportando una visión fresca y original como hiciera Pesadilla en Elm Street (Wes Craven) en los 80, o revitalizando el género con altas dosis de sátira y humor meta, como Scream en los 90 (también de Craven), La cabaña en el bosque introduce una nueva perspectiva que reajusta nuestras expectativas (no sin antes manipularlas habilidosamente) y condiciona toda la producción terrorífica posterior. Lo pudimos comprobar recientemente en la nueva versión de Evil Dead, que se ponía las pilas y optaba por la seriedad para contar por enésima vez la historia que La cabaña en el bosque acababa de explicar y desmitificar (siempre desde el respeto y la pasión por el género).

La cabaña en el bosque es un sólido entretenimiento con momentos de loca diversión, pero también de gran lucidez y capacidad analítica, que articula a la perfección lo que el espectador, cada vez más ducho y escéptico, siente al ver el tipo de películas que esta parodia. Whedon y Goddard se lo pasan genial y no dejan títere con cabeza. Se adueñan de todos, absolutamente todos los lugares comunes del slasher, y orquestan un inteligente espectáculo de tramoya que no cesa en ningún momento de sorprender y sublimar. Juegan con sus personajes, desmontan deliciosamente los arquetipos, para reflexionar jocosamente sobre los clichés que los conforman. Y construyen con gran detallismo, argucia y sentido del humor un argumento que fluye espectacularmente durante los aprovechadísimos 95 minutos que dura el film. La cabaña en el bosque es además una de esas películas que adquieren mayor sentido y empaque con los repetidos visionados. La cuarta vez que me he adentrado en la cabaña con el deportista, el empollón, la zorra, el fumado y la virgen es, sin lugar a dudas, la que más he disfrutado. Esto dice mucho de una película que se debe experimentar por primera vez sabiendo lo menos posible sobre ella (de ahí que no incluya aquí detalles sobre la trama, aunque me muera por darle el capricho a Whedon analizando hasta la última coma). En lugar de desmerecer por la ausencia del factor sorpresa, La cabaña en el bosque gana cada vez que se ve, confirmándose como la película de terror más importante de los últimos años.

Valoración: ★★★★½