Crítica: Logan

logan-1

Diecisiete años. Nueve películas. Se dice pronto, pero Hugh Jackman se ha pasado la mayor parte de su carrera siendo Lobezno. El actor australiano ha dado vida a otros personajes en el cine (con su Jean Valjean de Los miserables logró su primera nominación al Oscar), pero siempre será asociado al mutante de Marvel, el personaje más popular de los X-Men de 20th Century Fox, al menos hasta el boom de Deadpool. Sin embargo, ha llegado la hora de decir adiós. Después de dos entregas en solitario que no lograron el beneplácito unánime de público y crítica (por decirlo suavemente), nos llega el canto del cisne de Lobezno, titulada escueta y oportunamente Logan, la película con la que el mutante de garras de adamantium cierra su propia trilogía y Fox dinamita lo que hoy en día se entiende por cine de superhéroes.

La tercera película de Lobezno se aleja por completo de las dos anteriores, más formalmente supeditadas a lo que en teoría debe ser y tener una cinta de superhéroes. Esta aventura final se titula Logan porque, más que sobre el héroe o el mutante, trata sobre el humano. Inspirándose en la medida de lo posible en Old Man Logan, el influyente cómic de Mark Millar y Steve McNiven, el director James Mangold lleva la historia de Logan hacia un sombrío futuro distópico, en el que los mutantes se han extinguido casi por completo y este reniega de su especie. Escondido en una vieja casa en la frontera con México junto a un nonagenario profesor Charles Xavier (Patrick Stewart, también en su despedida de la saga) y un mutante llamado Caliban (Stephen Merchant), Logan trata de sobrevivir pasando desapercibido, trabajando como conductor de limusinas y dedicando sus días a cuidar de su viejo amigo enfermo, mientras él mismo se deteriora y va perdiendo sus poderes. No obstante, la irrupción en su vida de Laura (Dafne Keen), una niña que posee un gran poder, obligará al mutante a abandonar su retiro para enfrentarse al pasado del que huye, luchar contra las fuerzas oscuras que persiguen a la pequeña y salir en busca de Edén, el (supuesto) último refugio seguro para los mutantes.

Logan continúa el camino marcado por Deadpool, pero desde el drama, con una épica y violenta aventura Rated-R que lleva la propiedad mutante hacia nuevos terrenos, en los que podemos detectar a un estudio dispuesto a salirse del molde y arriesgar más. Para empezar, Logan carece del elenco multitudinario y exceso de tramas interconectadas del cine de superhéroes actual. Al contrario, se trata de una historia sencilla, directa, con un número reducido de personajes, incluso un villano carismático bien utilizado (estupendo Boyd Holbrook), que Mangold consigue mantener cohesionada en todo momento, gracias a una visión muy clara, una personalidad y estilo fuertemente marcados y un sentido del propósito y la dirección que va más allá de la necesidad de derrocar al mal (así se escribe un guion). Por mucha acción de primera y asombroso despliegue de poderes que incluya la película, el viaje de Logan tiene lugar por dentro, bajo la piel otrora indestructible, ahora ajada de Lobezno, y tras una larga vida de lucha, pérdida y persecución. Un viaje que nos habla de la redención, el legado, la lealtad, y sobre todo la familia, hallando en ella el rescoldo de esperanza al que aferrarse para alcanzar la felicidad cuando se había dado por perdida.

logan-2

Parece mentira que el mismo director de la irregular Lobezno inmortal haya realizado una película de tal firmeza y arrojo. Pero es cierto. Logan es increíblemente consistente en todos los aspectos. Se trata de una historia clara y concisa, desnuda de accesorios y ornamentos innecesarios, un film equilibrado, con certeras pinceladas de humor, de estructura robusta y acción excelentemente dosificada, en el que no sobra ni una sola escena y todo cuanto ocurre es importante. Y a su vez una aventura independiente que se adapta al universo X-Men sin ser fagocitada por la necesidad de interconectarlo todo, sin encadenarse a la “visión general” (es decir, no está plagada de guiños y cameos para agradar al fan, sino que justifica narrativamente todas sus decisiones en este sentido). Por otro lado, el acabado técnico y visual es impecableLogan presenta un aspecto sobrio y elegante, una fotografía árida y crepuscular que hace juego con un tono decididamente distinto al de las películas anteriores de la franquicia, y que, sumado a su acción salvaje escenario casi post-apocalíptico, puede remitir a Mad Max: Furia en la carretera (no en vano, también hay planes para una versión en blanco y negro de Logan). Además, esta hace un uso inteligente del CGI, recurriendo a él solo cuando es oportuno y manteniendo así la sensación de crudeza y los pies en la tierra, literalmente.

Y luego, por supuesto, el reparto. Porque Logan incluye las que son probablemente las mejores interpretaciones de la saga X-Men, y de las mejores del cine de superhéroes moderno. Uno de los mayores aciertos de la película es situar el conflicto emocional de sus personajes siempre en el centro, no solo el recorrido del protagonista, sino también la relación de Logan con Xavier, Caliban y Laura (o lo que es lo mismo, X-23), estableciendo así un puente entre generaciones sobre el que se construye un potente drama familiar. Como decíamos, Logan posee una cualidad profundamente humana, y esto, más allá del guion, es gracias al soberbio trabajo de Jackman y Stewart, dos actores (y amigos) que protagonizan escenas entrañables y divertidas, pero también momentos desgarradores que dejan con un nudo en el estómago y nos muestran la fuerte conexión que existe entre ellos y sus personajes. Y por supuesto, también hay que destacar a la joven incorporación mutante, una niña de 11 años de alucinante fuerza escénica a la que da gusto ver aniquilar a sus enemigos sin piedad, y que forma un dúo genial con Jackman (aunque esté mejor cuando no habla, como Stitch). En resumen, la película esculpe al viejo Logan a través de sus vínculos con Xavier (respeto, amistad y protección paterno-filial), Caliban (un hermano pequeño que le incordia pero al que quiere) y Laura (el símbolo de la nueva generación y una última oportunidad para sentir lo más parecido a una vida normal), completando la historia de este lobo solitario en relación a su amor por los demás, y por extensión hacia su especie, de una manera sorprendentemente hermosa y con un plano final absolutamente perfecto.

logan-3

El triunfo que supone Logan se debe sobre todo a la libertad con la que parece estar hecha, sin limitarse a un género, sin estar obligada a cumplir un checklist o intentar complacer a todo el mundo. En parte road movie, en parte western, en parte drama familiar, la película nace sobre todo de la necesidad de contar (o mejor dicho, clausurar) una buena historia, y ahí es donde se marca la diferencia. Mangold coordina un espectáculo de gran empaque en todos los aspectos (atención al fantástico score de Marco Beltrami, con tanta personalidad como la propia película), manejando la tensión con maestría en magníficas escenas de acción e intensísimas persecuciones, dirigiendo combates auténticamente hardcore en los que notamos las pulsaciones y sentimos cada golpe, cada corte, cada cráneo atravesado (la cinta no escatima en sangre y violencia gráfica, como requería la historia), y sacudiéndonos con esa misma contundencia visceral durante sus pasajes más íntimos, emotivos y trascendentales, de los que el film está lleno (el tramo que tiene lugar en casa de una familia de desconocidos es monumental). Brutal y conmovedora a partes iguales, Logan supone la madurez definitiva de la saga X-Men, un trabajo apasionado y apasionante con el que Jackman se despide de Lobezno por todo lo alto y el género trasciende sus fronteras para acomodar no solo al público que disfrute del cine de superhéroes, sino también al que ame el buen cine en general.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Jackie

Con su quinta película, El club, el chileno Pablo Larraín se ganó la atención de todo el mundo. Con Neruda, el trabajo que la sucedió, se consolidó como uno de los cineastas más personales del panorama latinoamericano actual, algo que no podía pasar por alto Hollywood. La película sobre el poeta chileno nos presentaba un biopic atípico que escapaba de la rutina que en gran medida define (y constriñe) a este género. Y esa era justamente la aproximación que le hacía falta a un film como Jackie, con el que Larraín demuestra una vez más su enorme sensibilidad para la narración, la puesta en escena y la construcción psicológica de personajes.

Recurriendo al gastado tópico, Jackie trata sobre la gran mujer detrás del hombre, o en este caso, la gran mujer que sostuvo al hombre y vio cómo su vida se apagaba entre sus brazos durante uno de los acontecimientos más definitorios de la historia de Estados Unidos. Este elegante y delicado drama se centra en la figura de Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman, durante los cuatro días siguientes al asesinato de su marido, el presidente de EEUU. Larraín y Portman nos dejan observar desde una esquina la vida de Jackie y el impacto que el trágico suceso causó en ella, mientras a su alrededor, el gobierno y la sociedad se sumen en el caos y el luto nacional. Todos los ojos están puestos en la Primera Dama, en su mirada perdida y su icónico Chanel rosa, salpicado de la sangre de su marido, mientras ella experimenta el momento más difícil de su vida.

jackie-2

Larraín está interesado en indagar en ese proceso de pensamiento que Jackie atraviesa inmediatamente después del asesinato del presidente, en mostrarnos la faceta más humana y visceral del icono, y llevar a cabo un retrato psicológico de una mujer que a lo largo de la historia ha sido reducida a un vestido y una tragedia. Para humanizar la figura de Jackie (para la sociedad de los 60 un referente de moda, de estilo de vida, y en definitiva, un maniquí), Larraín pone a la Primera Dama frente a un reportero de investigación (Billy Crudup), reconstruye el famoso especial televisivo en el que la esposa del presidente hacía un tour por su Casa Blanca a los estadounidenses (escenas que sirven su cometido de enseñarnos la realidad desde el otro lado, pero que añaden demasiado falseamiento al film), e imagina un mundo interior que se exterioriza con imágenes cargadas de poesía visual -gracias a una fotografía preciosa, con planos de luz natural como suspendidos en el tiempo, un sublime acompañamiento musical compuesto por Mica Levi, y un diseño artístico impecable. Todo para servir a un drama construido a base de instantes esparcidos y reordenados para descifrar la personalidad de la Primera Dama.

Una mujer rota, pero fuerte. Destrozada, deambulando por las vastas estancias de su hogar sumida en su duelo y llena de incertidumbre, pero aun así con el control de su papel en la administración de su marido, preocupada por la imagen, y sobre todo protectora de su familia. Una dama con todas las letras encarnada por una portentosa Natalie Portman (encuadrada siempre en el centro, ocupando el punto de fuga, el lugar que le corresponde), que se mimetiza en Jackie, reproduciendo sus ademanes, su forma de andar, su dicción y su distinguida presencia para dibujar un personaje de un millón de matices, rebosante de emotividad e inteligencia. Larraín rasca la piel de Jackie hasta verla sangrar a ella también, para mostrarnos tanto su vulnerabilidad como su fortaleza. Pero Jackie no es solo un retrato de la Primera Dama, a su vez es uno del presidente visto a través de los ojos de su mujer, un biopic encubierto de JFK que nos habla de la breve pero ajetreada presidencia de Kennedy y el legado de su familia y su administración, “la de la gente bella”, los reyes de la tierra de Camelot.

L1010246.JPG

Con la historia de Jackie, Larraín reflexiona sobre la necesidad de líderes fuertes y perfectos, y de cómo, a pesar de tener que mantener en pie la fachada idealizada a través de la que el público los percibe, estos también son seres humanos que se plantean las grandes cuestiones. “Hay un momento en la vida de toda persona en el que se da cuenta de que no hay respuestas. Entonces lo asumes o te suicidas”. Jackie lo asume y sigue adelante (“Solo la gente vulgar se suicida”), nos recuerda cómo las personas afrontamos la pérdida, cómo debemos hacernos a la idea de vivir con ella. La clave nos la da, muy significativamente, el recientemente fallecido John Hurt, que interpreta al cura que asesora a la Primera Dama tras la tragedia: “Me acuesto todas las noches y miro a la oscuridad preguntándome ‘¿Esto es todo?’. Pero a la mañana siguiente te vuelves a despertar pensando en tomarte tu café”. Efectivamente, Jackie no es solo el retrato de Jackie Kennedy más allá del glamour, como tampoco se puede reducir simplemente a una gran interpretación, también se trata de un excelente ensayo sobre la pérdida y el legado, sobre la fuerza que nos empuja a vivir un día más. Uno que no nos ofrece respuestas definitivas (porque no las hay), pero sí nos da razones suficientes para entender la necesidad de seguir en pie, como Jackie, serena, preparada para todo, con las manos entrelazadas y mirando hacia delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Dom Hemingway

Dom Hemingway_026_013

Los años entre 1999 y 2004 fueron la Era Jude Law. El bellísimo actor británico pasó a formar parte de la mitad de las producciones de Hollywood durante ese lustro, aprovechando la reputación y el impulso que le proporcionó su papel revelación en El talento de Mr. Ripley. Tras esta fructífera etapa en la que el actor trabajó con los mejores directores, y quizás un poco por culpa de la prensa amarilla de su país (aquel nanny-gate), el hiperactivo Law ha tenido dificultades para reorientar su carrera y volverse a poner a la altura del papel que le granjeó su primera nominación al Oscar. Con excepción del taquillazo Sherlock Holmes y sus secuelas (la tercera parte se estrena en 2015), Law no ha logrado convertirse en la súper estrella de cine que estaba destinado a ser, y no ha sabido sacar provecho de su talento interpretativo.

Probablemente con esta idea en mente, Law acepta el papel protagonista de Dom Hemingway, narcisista y (auto)destructivo gañán británico con el que el actor se propone una vez más desmontar su lastrante imagen de seductor. A las órdenes de Richard Shepard, que tras su debut en el cine con la película de 1991 Encadenadamente tuya, se ha dedicado a dirigir en televisión (Girls, Ringer, Salem), Law encuentra el vehículo perfecto para recordar al mundo que es mucho más que una cara bonita. Dom Hemingway_PosterDom Hemingway es uno de esos papeles que se entregan en bandeja, un ejercicio de transformación física que permite llevar la actuación a los extremos y con el que el actor busca el reconocimiento público. Y lo cierto es que Law convence. Desata un inaudito magnetismo animal y saca partido a su expresivo cuerpo -engordado y afeado, si es que algo así es posible- para realizar una interpretación memorable -atención al “monólogo” de apertura-, si acaso devaluada por el tratamiento de un personaje que no es tan genial como Shepard cree, y una película completamente prescindible.

Dom Hemingway es la historia de un corrosivo e incorregible ladrón de cajas fuertes que, tras pasar 12 años en la cárcel, regresa a las calles de Londres para reclamar lo que es suyo. Junto a su sidekick Dickie (estupendo Richard E. Grant), Dom busca su parte del botín por el que fue encarcelado en la mansión del capo Mr. Fontaine (Demian Bichir), y trata de reconectar con su hija, interpretada por Emilia Clarke (con la que el actor se lleva 15 años). El film transcurre a base de sketches, con un marcado carácter episódico, reforzado por la utilización de rótulos para separar los capítulos. Y en consecuencia, no se centra en ningún momento, quedándose en la superficie, sobre todo en lo que respecta a la relación paterno-filial, y perdiendo el tiempo con una primera hora insustancial que no sirve para nada.

Dejando a un lado sus almibarados devaneos melodramáticos, Dom Hemingway es una celebración del socarronerío británico y la mugre (y el sarro) marca Trainspotting, además de una suerte de homenaje al cine de canallas y gángsters de Cockney, y da la sensación de que las falocéntricas aventuras de Dom y Dickie transcurren en un universo alternativo en el que el tiempo no ha pasado por el cine británico. Se entiende la intención, pero el sexismo latente del film y el humor sensacionalista estancado en los 90 desvelan un trabajo artístico desconectado por completo del siglo en el que vivimos.

Valoración: ½