‘Little Fires Everywhere’ es mucho más que la nueva ‘Big Little Lies’

Reese Witherspoon le ha cogido el gusto a la tele. Después de su triunfal paso por HBO con Big Little Lies, la actriz y productora ha estrenado este año Little Fires Everywhere, miniserie para Hulu (en España estrenada en mayo en Amazon Prime Video) que a primera vista guarda mucho en común con la anterior (incluido el Little del título),  pero que conforme rascamos en su superficie y nos adentramos en ella nos damos cuenta de que es mucho más que otra Big Little Lies.

Little Fires Everywhere está basada en la novela de Celeste Ng, descubierta por Witherspoon y su socia Lauren Neustadter antes de su publicación. La actriz eligió el libro para su club de lectura en 2017 y en el momento de salir al mercado se convirtió en un best-seller (a lo Oprah Winfrey). Witherspoon llevó el libro a Kerry Washington y le propuso hacer una adaptación en forma de serie limitada. A través de sus productoras, Hello Sunshine y Simpson Street respectivamente, las dos actrices levantaron el proyecto con Liz Tigelaar (NashvilleCasual) como guionista y showrunner y ellas como protagonistas. Nzingha Stewart, Michael Weaver y Lynn Shelton (que murió recientemente, poco después del estreno) dirigieron los 8 episodios.

La historia sigue las vidas entrelazadas de dos familias de la acomodada localidad de Shaker Heights, Ohio, a finales de los 90. Witherspoon interpreta a Elena Richardson, madre de una familia influyente y de fachada perfecta que abandonó su carrera como periodista para criar a sus cuatro hijos. Washington da vida a Mia Warren, enigmática artista y madre soltera que llega a Shaker Heights con su hija adolescente, Pearl (Lexi Underwood), sin apenas un centavo en el bolsillo y un pasado muy oscuro a sus espaldas, poniendo patas arriba la aparentemente ideal vida de los Richardson. Elena alquila una de sus propiedades a Mia y le ofrece un trabajo cuidando su casa, pero lo que ella ve como un acto de caridad hacia la recién llegada prende la primera de las pequeñas chispas que acabarán poniendo la vida de ambas en llamas.

Little Fires Everywhere es un absorbente drama familiar, lleno de giros y secretos, que plantea un estimulante debate en torno al racismo, la maternidad y el privilegio. A lo largo de 8 episodios de tensión in crescendo, los guiones plasman con mucha inteligencia y riqueza de matices el desequilibrio existente entre Elena y Mia, dos mujeres de orígenes socioeconómicos opuestos con una visión muy distinta del mundo y la maternidad. Elena es el epítome del privilegio blanco y Mia está profundamente dañada por el pasado y en permanente estado de desconfianza por cómo la ha tratado la vida como mujer negra. Lo que en un principio parece una rivalidad propia de culebrón evolucionará hacia algo mucho más complejo, un apasionante retrato del abismo social que hay entre ellas y sus familias.

A lo largo de la miniserie observamos los microrracismos a los que tanto Mia como su hija se enfrentan a diario, así como la total falta de perspectiva de los Richardson, la típica familia blanca liberal que cree que no es racista porque tienen un amigo negro. Pero en Little Fires Everywhere en realidad no hay buenos y malos. Sí, Elena es la que sale peor parada (con razón), pero Mia no es precisamente una santa. A esto, además, se añade un giro que complica aun más las cosas entre ellas y sus familias: la mejor amiga de Elena (la infravalorada Rosemarie DeWitt) está en proceso de adoptar a una niña asiática, que resulta ser la hija abandonada de la compañera de trabajo de Mia. Una coincidencia que desatará una guerra abierta entre ambas cuando Mia decida ayudar a su amiga a recuperar al bebé.

Little Fires Everywhere puede caer ocasionalmente en los clichés del telefilm, pero los transciende en todo momento gracias a unos diálogos afiladísimos, una puesta en escena magnífica y, sobre todo, un duelo de interpretaciones que solo puede calificarse como épico. Witherspoon y Washington están en estado de gracia desde la primera a la última escena. Inevitablemente, Elena recuerda a Celeste de Big Little Lies, pero en realidad este es un personaje mucho más complejo y exigente. Witherspoon está sublime manifestando el declive psicológico de su personaje a medida que su fachada se va resquebrajando, hasta culminar en los dos intensos episodios finales, donde estalla en su interpretación más desgarradora. Por otro lado, Washington está igualmente fantástica, utilizando sus gestos y lenguaje corporal para expresar la fortaleza y vulnerabilidad extremas de un personaje siempre al límite. Las dos están sobresalientes por separado, pero cuando aparecen juntas, la serie se convierte en una bomba de relojería.

Y si ellas se merecen todos los premios, no hay que olvidar en ningún momento a los actores más jóvenes de la serie. Little Fires Everywhere tiene uno de los repartos juveniles más impresionantes de los últimos años. Los cuatro actores que interpretan a los hijos de Elena (especialmente Megan Stott -Izzie- y la mini-Reese Jade Pettyjohn -Lexie) y Lexi Underwood como Pearl llevan el peso de la serie casi tanto como las dos protagonistas. Por otro lado, las actrices que encarnan a las versiones más jóvenes de Elena y Mia en el sexto episodio (íntegramente flashback), AnnaSophia Robb (Un puente hacia Terabithia) y Tiffany Boone (Hunters), están simplemente sensacionales. Las dos se mimetizan con Witherspoon y Washington y reproducen sus voces y expresiones corporales de tal manera que nos creemos absolutamente que son los mismos personajes. Boone en particular resulta escalofriante en su dominio de los característicos gestos y movimientos de cabeza de Washington. Magistral.

Little Fires Everywhere es el electrizante resultado de una acertadísima conjugación de elementos y talentos. Del guion a la dirección, pasando por la fotografía, el diseño de producción y la banda sonora (que incluye preciosas versiones en forma de balada de varios éxitos pop/rock de los 90), y por supuesto sus interpretaciones, todo está cuidado al detalle para sacar el máximo partido a la historia. Con 8 episodios muy potentes y una argumento literalmente incendiario, Little Fires Everywhere traza un fascinante relato con vida propia, valiente y provocador, que nos invita a ver su mundo (el mundo) tal y como es: en escala de grises. En definitiva, una de las series del año.

Pedro J. García

Crítica: Un pliegue en el tiempo

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El clásico literario infantil de los 60 Una arruga en el tiempo (A Wrinkle in Time) tiene reputación de ser imposible de filmar, como ya demostró la TV movie canadiense de 2003 que nadie recuerda. Pero Disney ha decidido volver a intentarlo, haciendo un hueco entre sus mil y un remakes live-action y universos compartidos de Marvel y Star Wars para ofrecer algo que, si bien no es exactamente original, sí es distinto a lo que copa su calendario estos años. El estudio asignó a la prestigiosa Ava DuVernay (Selma13th) la difícil tarea de transformar en imágenes las páginas escritas por Madeleine L’Engle, convirtiéndose así en la primera mujer negra que dirige una superproducción de más de 100 millones de dólares de presupuesto. Sin embargo, el resultado corrobora la idea con la que abre este párrafo.

Meg Murray (Storm Reid) es una adolescente hija de dos prestigiosos físicos que tiene problemas de autoestima y no cree en sí misma, a pesar de ser muy inteligente y poseer un talento extraordinario. Cuando su padre (Chris Pine) desaparece en misteriosas circunstancias, dejando rota a Meg, su hermano, el también superdotado Charles Wallace (Deric McCabe), y su madre (Gugu Mbatha-Raw), tres guías celestiales, la Sra. Cuál (Oprah Winfrey), la Sra. Qué (Reese Witherspoon) y la Sra. Quién (Mindy Kaling), viajan a la Tierra para ayudarla a encontrarlo. Junto a Charles Wallace y su amigo Calvin (Levi Miller), Meg se embarca en una aventura a través del universo, en la que visitarán mundos más allá de su imaginación y se enfrentarán a la poderosa fuerza del mal conocida como ELLO, que amenaza con cubrir el universo de tristeza y oscuridad.

Ante todo, hay que aclarar que Un pliegue en el tiempo está orientada, casi de manera exclusiva, a los niños, concretamente a los de edades comprendidas entre los 8 y los 12 años, tal y como su directora ha expresado. La película, que bebe claramente de clásicos como El mago de OzAlicia en el País de las Maravillas, puede funcionar como distracción escapista para los pequeños gracias a su indudable energía y su despliegue de color e imaginación. Pero más allá de desempeñar esa función, simplemente no se tiene en pie. Un pliegue en el tiempo es un caos absoluto, repleto de ideas sin sentido y decisiones creativas y narrativas difícilmente justificables. Muchas provienen sin duda de un material de referencia en el que la lógica no abunda, otras se pueden achacar a un guion sin pies ni cabeza, un montaje ineficiente, ausencia de ritmo y estructura, un deslavazado tratamiento de lo visual y una realización muy confusa por parte de DuVernay, que salta entre estilos y tonos sin cohesión y abusa inexplicablemente de la cámara en mano.

En el apartado interpretativo, la película sale mejor parada. Dejando a un lado lo chocante (y lógico por otra parte) que resulta ver a Oprah como ser celestial supremo, las tres guías de Meg acaban pasando a segundo plano, a pesar de haber recibido mayor énfasis en la campaña promocional. Y quizá sea mejor así, porque están ahí solo como reclamo y tampoco es que brillen precisamente. Del reparto adulto, son Pine y Mbatha-Raw quienes ofrecen las mejores interpretaciones, pero al final, los que levantan la película son los pequeños, como debe ser, Reid y McCabe, dos jóvenes talentos que superan el reto con creces.

Un pliegue en el tiempo tiene ocasionales destellos de ingenio, desvíos hacia lo oscuro (que la acercan a las fantasías de los 80 como La historia interminable, con la que tiene mucho en común) y momentos extraños y surrealistas (cosas tan psicodélicas como Witherspoon convirtiéndose en una hoja voladora literalmente para nada, escenas absurdas como la de la playa o la desconcertante visita al barrio suburbano) con los que el público más adulto puede disfrutar si no se la toma demasiado en serio. Pero por lo general, falla a la hora de construir un todo coherente y una historia que atrape, lo que hace que la conexión emocional sea más difícil. Salta a la vista que DuVernay está más preocupada de que el mensaje (muy valioso y bienvenido) llegue alto y claro que de hacer una película. Por eso machaca a la audiencia con las ideas que articulan la historia, “Sé una guerrera”, “Cree en ti misma”, el poder del amor… Lecciones subrayadas por el insistente score de Ramin Djawadi y una selección de canciones que interrumpen la acción de la forma más artificial y postiza (no recuerdo un peor uso de la música en una película reciente).

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Por todo esto, Un pliegue en el tiempo parece más una TV movie de Disney Channel que una gran superproducción cinematográfica. EL empachoso CGI y el extravagante vestuario diseñado por Paco Delgado deberían reflejar el dinero que se ha invertido, pero no lo hacen, y el star power de Winfrey, Witherspoon o Pine se diluye en una propuesta que no está a la altura de lo que hoy en día cabe esperar del estudio. Aun con todo, hay que elogiar y agradecer la labor que está llevando a cabo en materia de representación y diversidad (no podemos menoscabar la importancia de tener una producción como esta con una familia multicultural y una niña afroamericana como protagonista), además del mensaje de empoderamiento tan importante que transmite a la audiencia infantil, en especial la femenina (recordemos, el público objetivo).

Un pliegue en el tiempo es una película tremendamente inconsistente y fallida, pero sus buenas intenciones, su corazón y la sinceridad que recorre todo el metraje compensa sus muchos defectos. Dejemos que los más pequeños juzguen si ha cumplido su cometido. Si a ellos les gusta, si su mensaje los inspira, todo lo anterior no importa tanto.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: ¡Canta!

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Chris Meledandri se ha confirmado como una de las fuerzas creativas y comerciales más destacadas del cine de animación actual. El estudio que dirige, Illumination Entertainment, lleva varios años con las pilas puestas para hacer competencia a los gigantes de la animación, Pixar, Disney y DreamWorks. Después de los exitazos de taquilla de Gru. Mi villano favoritoLos Minions Mascotas, el estudio amplía horizontes con ¡Canta! (Sing), comedia musical que, al igual que Zootrópolis, se ambienta en el mundo moderno, con la diferencia de que está poblado únicamente por animales. Sin embargo, mientras la película de Disney usaba esta idea para explorar cuestiones sociales muy actuales, ¡Canta! lo usa como mero elemento circunstancial.

La historia de ¡Canta! la hemos visto muchas veces. El optimista koala Buster Moon (Matthew McConaughey) ha heredado el sueño y el negocio de su padre, un teatro al que dedica todos sus esfuerzos y pasión, y que actualmente se encuentra en horas bajas. Desesperado por salvarlo, Buster tiene una idea que podría devolver el esplendor al escenario: organizar el concurso de canto más impresionante del mundo. Para ello, el koala hace un llamamiento a todos los animales con talento de la ciudad, solo que por un error de imprenta causado por su senil asistenta, una camaleona llamada Nana (Jennifer Saunders, probablemente lo más divertido de la película), los que acuden a las audiciones creen que optan a un premio de 100.000 dólares, en lugar de 1.000, que es la cantidad real de la que dispone. Después de pasar varias etapas, son cinco los finalistas que quedan para el concurso: Mike (Seth MacFarlane), un ratón crooner trapichero y con mucha labia, Rosita (Reese Witherspoon), una estresada ama de casa y madre de 25 cerditos, Johnny (Taron Egerton), un joven gorila hijo de un mafioso que desea alejarse de su familia de delincuentes, Meena (Tori Kelly), una elefanta adolescente que sufre un horroroso miedo escénico y Ash (Scarlett Johansson), una puercoespín punk-rock que vive artística y profesionalmente atada a su egoísta novio. Los cinco llegan al teatro de Buster convencidos de que este les está ofreciendo una oportunidad para cambiar radicalmente sus vidas, pero el secreto acaba saliendo a la luz, lo que provocará que el koala se dé cuenta de que su teatro no es lo único que hay que salvar.

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¡Canta! se apunta a la moda de los concursos musicales tipo Factor XAmerican Idol para realizar una aventura completamente arraigada en nuestros días. Aunque también suenan algunos clásicos intemporales (“Hallellujah”, “My Way”), el repertorio musical de la película está compuesto sobre todo por éxitos pop de los últimos años, canciones de Taylor Swift, Katy Perry, Carly Rae Jepsen, Lady Gaga Nicki Minaj, que le dan ese aura de producto actual, pero también peligrosamente caduco. La banda sonora es el síntoma de un problema mayor: no hay verdadero interés en realizar una película que vaya más allá de la superficie de un tema pop bien confeccionado. ¡Canta! es agradable, se deja ver y tiene momentos muy simpáticos, pero en conjunto le falta mucha entidad, le sobra metraje y es incapaz de escapar de las garras de lo convencional. La película no logra aprovechar las oportunidades que brinda la historia y el formato, sobre todo porque, para empezar, el plan de Buster no tiene mucho sentido (el concurso nunca llega a ser tal cosa y se revela solo como una excusa para sacar provecho de una moda), y para continuar, los números musicales no existen como tales hasta el final, sino que son más bien breves fragmentos de actuaciones a modo de gag (lo que provoca la sensación de que la película no termina de despegar).

Afortunadamente, el último tercio de ¡Canta! la rescata de caer en el soserío absoluto, gracias a un sorprendente y muy dramático giro que supone el punto de inflexión que le hacía falta urgentemente. A partir de ahí, las distintas tramas individuales, hasta ese momento bastante deslavazadas, empiezan a converger hacia un grand finale en el que, por fin, podemos disfrutar de números musicales propiamente dichos. Es entonces cuando más se lucen las fantásticas voces del cast original, de las que sobresalen las de Scarlett Johansson, que lo mismo te borda un tema hard-rock que el “Call Me Maybe”, y Taron Egerton, cuyo timbre es capaz de derretir los polos. Sin desmerecer a Kelly, MacFarlane y Witherspoon, todos perfectamente escogidos para casar con las personalidades de sus personajes.

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Este estupendo clímax hace que todo acabe encajando y pone toda la carne (musical) en el asador (el número estrella es el tema original interpretado por Johansson, lo que hace plantearse si esta película funcionaría mejor con canciones originales; pero como dice Damien Chazelle, director de La La Land, más allá de Disney, Hollywood tiene alergia a los musicales que no sean remakes o no estén compuestos por canciones conocidas). Gracias al espectáculo final, es inevitable salir con buen sabor de boca y una sonrisa en la cara (hasta los más cínicos se emocionan con la final de un concurso musical, es nuestra naturaleza humana). Sin embargo, no es suficiente. Todo en ¡Canta!, desde su desarrollo argumental hasta los anodinos diseños de personajes (los coloristas escenarios y las texturas son alucinantes, pero qué genérico es el aspecto de los animales) pasando por sus chistes del montón, resulta superficial y poco memorable, por no hablar de que su historia se sustenta sobre todo en estereotipos (cinematográficos y de género). Si Illumination quiere consolidarse en el cine de animación más allá de la recaudación en taquilla, tiene que empezar a preocuparse un poco de lo más importante: el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica : Mud (Jeff Nichols)

Take Shelter (2011) colocó a Jeff Nichols en el mapa cinematográfico. La astuta combinación de drama psicológico y sobrenatural de su segundo largometraje le granjeó reconocimiento y nos animó a seguirle la pista con expectación. Dos años después, Nichols regresa con Mud, una propuesta muy distinta a Take Shelter en su discurso, pero con la que logra consagrar tempranamente su estilo y confirmarse como uno de los nuevos realizadores norteamericanos más a tener en cuenta.

En Mud, Nichols emplea las mismas herramientas narrativas y estilísticas que en su anterior obra, pero las reorganiza para enarbolar un relato sobre la adolescencia y la pérdida de la inocencia. Mud huele a tierra mojada del Misisipi, a la América profunda de los grandes lagos y la vida pesquera, a rudos hombres con grandes botas que no han conocido más ducha que el agua dulce del río, a hastío y resignación. Nichols, que escribe también el guion, cultiva con pasión contenida la tradición de los relatos clásicos norteamericanos en una película que cuenta la transición hacia la vida adulta de sus particulares Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Ellis (Tye Sheridan) y Neckbone (Jacob Lofland) se encuentran en una pequeña isla cercana al pueblo con un misterioso fugitivo, un Robinson Crusoe que se hace llamar Mud (Matthew McConaughey en uno de los mejores papeles de su carrera), al que ayudarán a escapar de la ley para reunirlo con el amor verdadero, Juniper (Reese Witherspoon), una hermosa y ajada criatura de rubia melena y jeans ajustados.

Mud fluctúa entre la ensoñación y el idealismo de la infancia que comprende el amor en términos absolutos y la dura realidad de la vida, en la que hace falta algo más que preguntar “¿quieres ser mi novia?” para sellar un contrato amoroso para la eternidad. A través de sus personajes, Nichols nos habla de ese momento en el que la mirada del niño comienza a situarse a la altura del adulto y obliga a ajustar las expectativas. Sus experiencias junto a Mud, Juniper, y sus padres, que están a punto de divorciarse, aceleran el proceso de crecimiento de Ellis. Observando a los adultos, asomándose furtivamente a una ventana, escuchando conversaciones que no debería escuchar, el niño entra en contacto con un mundo de decepciones, engaño y deseo. Uno en el que afortunadamente aun hay cabida para el amor más romántico e incondicional. Simple y para siempre. Aunque este acabe revelando su lado más crudo, e incluso peligroso.

Como en Take Shelter, Nichols exhibe aquí un excelente pulso narrativo, apostando por un desarrollo pausado, pero salpicado de tensión e inquietud que da paso a un clímax que adopta la forma del thriller. A pesar de dominar el arte del silencio (o precisamente por eso), en Mud se pone también de manifiesto la importancia de la narración para el realizador. Nichols cincela a sus personajes a través de breves historias del pasado que salpican constantemente el metraje. Este gusto por contar historias también se refleja en su más que competente realización, con una planificación exquisita siempre al servicio del relato. Pero Mud es ante todo una conmovedora historia de amistad y descubrimiento, un cuento sobre pasado y transición. De Ellis y Neckbone a Ellis y Mud. Y al final, Ellis. De lanzar piedras al río y escalar árboles a asimilar la posibilidad de la muerte, y del sexo. A crecer, aprender a descifrar y experimentar el mundo, a encontrar refugio, primero acompañado, y después solo. Mud es en definitiva literatura, cine y vida. Una melancólica y honesta mirada a la infancia de la que Mark Twain estaría orgulloso.