Crítica: Angry Birds – La película

null

Es el juego para dispositivos móviles más vendido de la historia, una obsesión para niños y mayores, un fenómeno de mercadotecnia, y por supuesto, tenía que convertirse en una gran película de Hollywood. Llega la inevitable adaptación al cine de Angry Birds, dirigida por los debutantes Clay Kaytis (animador de Disney desde mediados de los 90) y Fergal Reilly (del departamento de arte de El gigante de hierro, Los pitufos Lluvia de albóndigas entre muchas otras), y escrita por Jon Vitti (productor y guionista de Los SimpsonAlvin y las ardillas), que se encargan de convertir el sencillo mecanismo del juego de la compañía finlandesa Rovio Entertainment en un largometraje con argumento y personajes elaborados en la tradición del cine de animación 3D reciente.

La película nos presenta una isla poblada enteramente por aves que viven en perfecta armonía, a pesar de no saber volar. En este paraíso de luz y color, donde las crías de pájaro (adorables pompones de colores con pico) crecen felices y los días transcurren con normalidad, hay tres individuos con problemas de mal genio que nunca han terminado de encajar en Bird Island. Obligado a asistir a clases de control de la ira, el cascarrabias y solitario Red conoce a Chuck, un pájaro amarillo hiperactivo que se mueve a gran velocidad (básicamente un Quicksilver con plumas) y el orondo y volátil Bomb, que estalla (literalmente) cuando se enfada (o sea, un Hulk con plumas). Cuando la isla recibe la inesperada visita de unos misteriosos cerdos verdes (muy en la línea de Los Minions) que traman algo contra los pájaros, los tres inadaptados unirán fuerzas para buscar a la legendaria Águila Poderosa y con su ayuda enfrentarse a los invasores.

nullComo adaptación, Angry Birds. La película sale más que airosa, ya que se puede decir que saca mucho provecho de una premisa muy limitada, pero si no tenemos en cuenta su origen, no es más que otra cinta de animación de usar y tirar, cine equivalente a la comida rápida con la que se sirven los juguetes de la película. Y aquí la palabra clave precisamente es “rápido“. Esta es una de esas películas que confunden ritmo cinematográfico con bombardeo continuo de chistes, hiperactividad y desenfreno. A pesar de tener muchos guiños para adultos (chistes sexuales, ¡un cerdo que se llama Jon Hamm!), Angry Birds está pensada para que los niños no quiten ojo de la pantalla, y en ese sentido se puede decir que cumple su propósito. Los más pequeños se lo van a pasar teta con las aventuras de Red y sus colegas, porque otra cosa no, pero Angry Birds es un no parar de acción y humor pensado para luchar contra el déficit de atención de los niños. Pero a la vez, su acumulación narrativa puede llegar a cansar, y el elevado número de chistes y gags hace que estemos ante otro caso animado de cantidad por encima de calidad. Al final, el argumento queda sepultado por el ruido, los bombardeantes chistes visuales (algunos efectivos, la mayoría mediocres, en general nada que no hayamos visto en las mil y una Shreks, Grus y demás) y la exaltación de las imágenes.

Por el lado bueno, esas imágenes están muy cuidadas, y técnicamente Angry Birds está a la altura de lo que se espera en la animación por ordenador hoy en día. La película resulta especialmente espectacular sobre todo durante su clímax (la gran guerra de pájaros contra cerdos en el reino de los segundos), despidiéndose al menos con buena letra. Angry Birds es una aventura alocada, con un punto gamberro (incluso picante) y una animación muy expresiva, pero también una historia excesivamente rutinaria que ya hemos visto mil veces, una que cumple predeciblemente con todos los clichés y cucamonas del cine familiar de centro comercial, lo que puede resultar en el efecto contrario al deseado (sobre todo para los mayores): insensibilidad y aburrimiento. Eso sí, para ser la adaptación de un juego de móvil bastante simple, da más de lo que se podía pedir. Que ya es algo.

Nota: ★★½

Crítica: Red 2

En los tiempos que corren, la tendencia de toda película de acción que se precie es acabar convirtiéndose en Los mercenarios. Lo hemos comprobado con la saga Fast & Furious, o con el reboot de G.I. Joe, ambas estrenadas este año. Red 2, secuela del moderado éxito de 2010, no es una excepción. Sobre todo teniendo en cuenta que la premisa de la franquicia basada en los cómics de DC es la de un grupo de veteranos reuniéndose para luchar contra un enemigo común, y que Bruce Willis -imprescindible si queremos algo de notoriedad en el género- ya formaba parte del proyecto desde el principio. Como manda la ley de las segundas partes, Red 2 es más grande, más numerosa, más internacional y más ruidosa que Red. Sin embargo, esta también cumple a rajatabla la norma más difícil de seguir: Red 2 es mejor, mucho mejor que la primera parte.

La banda de sexagenarios ex agentes especiales que se niega a retirarse regresa al completo en esta segunda entrega. Willis haciendo de Willis por enésima vez, John Malkovich como Marvin el marciano, Helen Mirren, la glamurosamente letal Victoria, y la inconmensurable Mary-Louise Parker, como Sarah, una niña al lado de todos estos abueletes culo-inquieto. Sarah, ya pareja estable de Frank Moses (Willis), comparte el espíritu aventurero de los RED (Retired: Extremely Dangerous): se niega a convertirse en la esposa paciente que espera junto a la ventana a su marido mientras este se juega la vida. El primer gran acierto de Red 2 es doblar el reparto y que ningún personaje salga escaldado. Todos brillan con fuerza, viejos y nuevos, viejos y viejos. Se incorporan varios personajes que elevan las dosis de riesgo y humor. Byung-hun Lee, héroe de acción surcoreano que ejerce de archinemesis de Moses, Catherine Zeta-Jones, una viperina y peligrosa ex amante de Moses, y Anthony Hopkins como el doctor chiflado que esconde la clave para salvar el mundo. El resultado de este cóctel de talentos físicos y cómicos es uno de los elencos con mayor química que recordamos en mucho tiempo.

Desde los créditos iniciales nos damos cuenta de que Dean Parisot -que releva a Robert Schwentke en las labores de dirección- busca ampliar el radio de público objetivo. En esta ocasión, no se oculta el referente gráfico, y se nos recuerda constantemente que estamos ante la adaptación de un cómic. Es más, la acción se implementa teniendo en cuenta esto en todo momento. Muchos planos se construyen como viñetas (magnífico el tiroteo de Victoria en el coche), y la aventura pasa a ser bigger-than-life, con bomba atómica incluida. Claro que a pesar de la enrevesada (y a ratos confusa, todo hay que decirlo) trama, el humor es el principal motor de la historia, como ocurría en la primera película. Los chistes van de lo bobo a lo exquisito, pero no fallan ni una sola vez, demostrando un infalible timing para la comedia, y convirtiendo la película en una de las más divertidas de lo que llevamos de año.

La mayor virtud de Red 2 es saber no tomarse demasiado en serio, pero tampoco llegar en ningún momento a subestimar el género que se está trabajando o al público al que este va dirigido. Estos actores, con unos enormes Anthony Hopkins y Helen Mirren a la cabeza, dan lecciones de interpretación con la misma dedicación que dan los mamporros, y van a por el Oscar, aunque sepan de sobra que no optarían a él por algo como Red, ni en un millón de años. Pero esto es lo que hace que Red 2 sea tan disfrutable, tan loable. No hay nada más fresco y entrañable que ver a estos reputados actores enfundarse en los disfraces más ridículos, sabiendo reírse de sí mismos sin perder en ningún momento la dignidad, y sobre todo, poniendo el mismo esfuerzo en una cinta de acción como esta que en los dramas que los han convertido en leyendas del cine.