Crítica: Wonder Women y el profesor Marston

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Todo el mundo conoce a Wonder Woman. El éxito e impacto cultural de la película de DC dirigida por Patty Jenkins y protagonizada por Gal Gadot es el principio de una nueva era para el cine de superhéroes, pero también la culminación de 75 años de historia y vanguardia. Diana de Temiscira, Diana Prince o La Mujer Maravilla, como queráis llamarla, es uno de los mayores iconos del tebeo y, sin duda, la superheroína más famosa de todos los tiempos, pero pocos conocen su sorprendente origen. Wonder Women y el profesor Marston llega para cubrir esa laguna.

La película, escrita y dirigida por Angela Robinson (The L WordTrue Blood) y protagonizada por un afinado trío de intérpretes, narra la historia del creador de la popular superheroína, el psicólogo de Harvard William Moulton Marston (interpretado por Luke Evans – La Bella y la Bestia), y las mujeres que le inspiraron a crearla, su esposa, Elizabeth (Rebecca Hall – Vicky Cristina Barcelona) y una de sus estudiantes, Olive (Bella Heathcote – The Neon Demon), con las que mantuvo en secreto una relación amorosa a tres y más tarde acabó formando una familia.

Wonder Women parte de la audiencia de Marston ante el tribunal de censura tras las críticas a su creación por su naturaleza abiertamente sexual y los elementos subversivos y escandalosos de sus páginas (principalmente, imágenes de bondage y matices homosexuales), y a partir de ahí nos lleva más atrás en el pasado para mostrarnos los antecedentes que en última instancia darán lugar a la creación del personaje y su revolucionario universo. Sus provocadoras investigaciones acerca de la sumisión y el poder de la mujer, y el desarrollo junto a su esposa del detector de mentiras, antes de perder su patente, contexto académico en el que el matrimonio conocerá a la joven que cambiará su vida.

Desde el comienzo, Robinson deja claro que el objeto principal de su película no es Diana, sino las personas que contribuyeron a que esta existiera y rompiera los moldes de la época. Su film es un estudio de las relaciones humanas centrado en tres sujetos adelantados a su tiempo, tres mentes brillantes que desafiaron las normas de la sociedad para expresar su amor y su sexualidad, para vivir tal y como les pedía el corazón y el cuerpo, a pesar de que el mundo no estaba (y sigue sin estar) preparado para aceptar algo tan controvertido, y para muchos inconcebible, como es el poliamor.

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De sus mentes abiertas y libres de prejuicios, de su visión utópica de un futuro más tolerante y respetuoso con las decisiones sentimentales y sexuales de los demás, de un mundo en el que la mujer tome el control y las riendas de su vida, nacía la figura feminista y liberada de Wonder Woman, revulsivo para el cómic en el que el autor depositaba sus ideales, pasiones y fetichismos, fusionando para ello las personalidades de las dos mujeres de su vida. Ver cómo el icono va tomando forma (de su filosofía radical a su emblemático y minimalista uniforme), antes incluso de que se presente como tal en la mente de Marston, es uno de los mayores atractivos de la cinta.

Pero el acto más transgresor que se lleva a cabo con Wonder Women y el profesor Marston es que su historia reciba el tratamiento tradicional del cine biográfico. Robinson podría haber optado por la vía del excentricismo, lo sórdido o lo experimental, pero en su lugar lleva a cabo una película caracterizada por el clasicismo de Hollywood, libre de ornamentos sensacionalistas. Es en última instancia el mejor homenaje que puede hacer a la historia que cuenta, retratarla con normalidad y desde el mismo prisma que se abordan biopics centrados en personas heterosexuales y monógamas, como Una mente maravillosa La teoría del todo.

Wonder Women y el profesor Marston es una obra imprescindible para cualquiera que esté interesado en la historia del noveno arte, pero también una película sensual, delicada y sincera que empuja a celebrar el amor libre y seguir luchando contra aquellos que pretenden silenciarlo.

Wonder Women y el profesor Marston ya está disponible en DVD a través de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Mi amigo el gigante (The BFG)

THE BFG

Mi amigo el gigante (The BFG) supone el regreso de Steven Spielberg al cine familiar después de varios dramas históricos seguidos. Basada en el popular libro infantil escrito por Roald Dahl, la película trata de recuperar el espíritu clásico de Amblin, la mítica productora de Spielberg. De hecho, Mi amigo el gigante ha sido comparada en más de una ocasión con E.T. El extraterrestre, ya que cuenta la historia de una amistad imposible, en este caso entre una niña y un anciano de más de 15 metros de altura. El director de Parque Jurásico se ha mantenido fiel al libro de Dahl, a la vez que ha tratado de llevar la sensibilidad del autor británico a su terreno personal y al del cuento de hadas Disney. El resultado de esta simbiosis, sin embargo, no es tan perfecto como cabía esperar, sino que más bien pone de manifiesto a un Spielberg a medio fuelle que no es capaz de reproducir la magia nostálgica de Amblin. No es que Mi amigo el gigante sea una mala película, nada más lejos de la realidad. Es lo suficientemente bonita y entrañable como para salvarse, pero no es un trabajo a la altura del “Spielberg para toda la familia” que más nos gusta.

Mi amigo el gigante nos cuenta la historia de una pequeña huérfana londinense, Sofía (Ruby Barnhill), niña revoltosa y con insomnio que todas las noches se queda despierta en el orfanato leyendo hasta las 3 de la mañana, es decir, la que para ella es la Hora de las Brujas (contrario a la creencia popular de que es a medianoche). En una de esas noche en vilo, Sofía ve por su ventana a un gigante deslizándose de incógnito por las calles de Londres. El gigante la rapta y se la lleva a su país para evitar que la niña desvele al resto del mundo su existencia. Enfrentada a la idea de pasar el resto de sus días junto a él en el País de los Gigantes, Sofía entabla una bonita amistad con el BFG (siglas de “Big Friendly Giant”), que resulta ser un hombre bonachón y apacible cuyo cometido en la vida (desde que la Tierra es Tierra) es enviar sueños a la gente del mundo. Sofía llegará para ocupar un vacío muy grande en el corazón del BFG, al que ayudará a librarse de sus propios bullies, un grupo de gigantes (mucho más grandes que él) que le hacen la vida imposible. Para ello, la niña tratará de convencer a la Reina de Inglaterra (divertidísima Penelope Wilton) para que le preste su ejército con la idea de derrocar a los gigantes abusones.

A la película no le sobran momentos entrañables, sobre todo gracias al gigante interpretado mediante la captura de movimiento por un fantástico Mark Rylance (El puente de los espías), que personifica a la perfección lo que hace al BFG tan peculiar y simpático: su carácter inicialmente retraído y refunfuñón, y su forma tan singular de comunicarse, nullinventándose palabras y retorciendo el lenguaje hasta crear el suyo propio. Como decía, la interpretación de Rylance (muy visible bajo las mil capas de CGI del personaje, íntegra e impecablemente realizado por ordenador) es lo que bombea la película, pero no es suficiente. Falta algo. Quizá sea que el exceso de efectos digitales o lo irregulares que son (la textura y expresividad del BFG es maravillosa, pero la integración de la niña en el entorno digital es inaceptablemente tosca) truncan el asombro que las imágenes deberían proporcionarnos, o quizá sea que el cuento de Dahl no es lo suficientemente robusto como para llenar una película de casi dos horas (metraje innecesariamente extenso). En su empeño por permanecer fiel a la esencia de Dahl, Spielberg y su guionista Melissa Mathison se olvidan de algo importante: darle ritmo y estructura cinematográfica a la película. Esto provoca que Mi amigo el gigante caiga en lo que menos debería permitirse Spielberg con un film de estas características: el aburrimiento.

Mi amigo el gigante no está desprovista de escenas divertidas (las primeras interacciones entre Sofía y el gigante en casa de este último, los tronchantes encuentros con la Reina, los pasajes flatulentos), emotivas (Sofía descubriendo el triste secreto del gigante, la despedida), 100% Spielberg (Sofía leyendo bajo la manta con una linterna, símbolo cinematográfico por excelencia de la infancia en su/el cine), o simplemente hermosas (cuando el BFG enseña a Sofía su trabajo repartiendo sueños). Además, como adaptación dahliana se podría considerar precisa y adecuada (lo que no se puede negar es que las historias de Dahl son especiales y Spielberg captura sus idiosincrasias sin problemas). Sin embargo, al producto final le falta fuerza, resulta soso. Spielberg echa mano de todo lo que lo convirtió en un mago del cine familiar (incluidos el imprescindible score de John Williams, evocador de E.T. y otras aventuras del Rey Midas de Hollywood, y la etérea fotografía de Janusz Kaminski, que le otorga ese aspecto onírico tan característico). Pero detrás de la vorágine digital y la tramoya del asombro no encontramos ese corazón spielbergiano que nos arropaba cuando éramos pequeños, sino a un director trabajando por inercia para sacar a la superficie una magia que no está ahí.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Transcendence

TRANSCENDENCE

Transcendence supone el debut el la dirección del director de fotografía predilecto de Christopher Nolan, el ganador del Oscar Wally Pfister. Y no cabe duda de que su trabajo desde la silla del director evoca al estilo de su amiguísimo y no obstante jefe Nolan. Pfister también practica esa grandilocuencia épica a la hora de aproximarse a la ciencia ficción, e imprime a la historia de un tono supuestamente sesudo y filosófico que indica que el director de fotografía tomó notas exhaustivas mientras trabajaba en OrigenEl caballero oscuro

El título de la película le viene que ni pintado, pero también le queda grande, porque Transcendence es de todo menos trascendental. Está hueca, sus reflexiones sobre la sociedad hiperconectada son simplistas y alarmistas, y en general, la historia se sostiene a duras penas en una delgadísima base de verosimilitud repleta de agujeros de sentido que, ni aún asumiendo que estamos ante una obra de ciencia ficción, es capaz de hacernos creer en lo que estamos viendo. Algo a lo que tampoco contribuye un apartado interpretativo penoso, con un Johnny Depp desganado e inteligible (se pasa con ese acento suyo tan particular y tan irritante, y se adentra en terreno Mario Casas) y Rebecca Hall (clon de la Scarlett Johansson de Los Vengadores) incapaz de soportar el peso de una protagonista, dejando en evidencia sus numerosas carencias como actriz. Por no hablar de Morgan Freeman, Cillian Murphy o Kate Mara, que pasaban por ahí y Pfister les pidió hacer bulto.

Depp interpreta al doctor Will Caster, un científico estrella que se dedica a desarrollar Inteligencia Artificial y que se encuentra trabajando en un ordenador con capacidad para desarrollar emociones humanas. Junto a su mujer, Evelyn (Hall) y su mejor amigo Max (Paul Bettany), Will crea la IA que cambiará el mundo, evitando que el gobierno ponga sus garras sobre ella y ganándose la ira de un grupo de extremistas anti-tecnológicos que intentarán acabar con su investigación y devolver al mundo a su estado natural de desconexión. Ni que decir tiene que el ordenador de Caster es la súper-evolución de HAL 9000, y si la IA de 2001 no estaba para tonterías, la de Transcendence tiene planes mucho más ambiciosos, que amenazarán con destruir la Tierra en tiempo récord.

TRANSCENDENCE

A pesar de la interesante premisa (reconozco que las películas sobre inteligencia artificial, robots y futuros utópico-distópicos me pierden), esta tremendista y pretenciosa fábula tecnológica no logra su propósito de agitar conciencias, y lo peor de todo, fracasa como cine-espectáculo (solo el desenlace entra en acción, pero para entonces ya es demasiado tarde), distanciándose así de los ‘blockbusters dignos’ de Nolan. Transcendence se piensa muy lista cuando en realidad es más bien de inteligencia impedida, y sobre todo plomiza hasta el paroxismo. Pfister, quizás más ocupado en el aspecto visual de la película (lo único salvable, lógicamente), se adentra en terrenos terriblemente farragosos intentando contar la historia, y acaba absolutamente perdido en la confusión de sus planteamientos. Ni los que han hecho esta película entienden de qué está hablando y mucho menos saben qué es exactamente eso de la “trascendencia”, así que explicarlo se convierte en una tarea imposible.

La realidad futura que plantea Transcendence es tan cercana a nuestra situación actual que para que la aceptemos como plausible dentro de los límites de la ficción, debe evitar hipótesis problemáticas (como hizo recientemente Her, con la que este film guarda más de una similitud), o debe ofrecernos argumentos científicos (aparentemente) sólidos. Es decir, tiene que engañarnos y hacernos creer que lo que vemos podría ocurrir de verdad. Algo que la película no consigue en ningún momento, optando más bien por una línea de razonamiento endeble, un desarrollo a trompicones y sin explicaciones, y un enfoque dolorosamente simplista a pesar de las ambiciones del discurso. En consecuencia, la película apesta a moralina y adoctrinamiento, y no se distancia mucho de la serie Revolution, aunque Transcendence se indignaría por la comparación. Claro, es tan trascendental.

Valoración: ★½