El niño que pudo ser rey: Así se rejuvenece el mito artúrico

Hay historias que se han contado en innumerables ocasiones, y aun así, la ficción audiovisual se empeña en volver a ellas cada cierto tiempo. Algunos cuentos de hadas y clásicos de la literatura infantil y juvenil (La Sirenita, Peter Pan, Robin Hood, Alicia en el País de las Maravillas) se reciclan una y otra vez. Para justificar la repetición, se ha de buscar un nuevo enfoque, una vuelta de tuerca que aporte algo fresco a la historia, algo que la mayoría intentan y pocos consiguen.

Afortunadamente, de vez en cuando aparece alguien que es capaz de presentar lo conocido desde otra perspectiva. Es el caso de El niño que pudo ser rey (The Kid Who Would Be King), nueva visión de la leyenda del Rey Arturo que escribe y dirige Joe Cornish, y que llega ocho años después de darse a conocer con su primera película, Attack the Block. Cornish, que en este tiempo se ha dedicado a escribir los guiones de los blockbusters Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio Ant-Man, vuelve tras las cámaras para dirigir otra película fantástica con ADN muy británico.

El niño que pudo ser rey traslada el mito artúrico a nuestros días con la historia de Alex (Louis Ashbourne Serkis), un niño londinense de doce años que vive con su madre después de que su padre los abandonase y sufre bullying en el instituto. Huyendo de sus acosadores, Alex se topa con la mítica espada Excálibur en un solar de obras y logra sacarla de la piedra, convirtiéndose así en el heredero legítimo del Rey Arturo. A partir de ahí, el niño deberá encontrar su valentía y reunir un grupo de leales caballeros para luchar contra las fuerzas del mal antes de la llegada a su mundo de la malvada bruja Morgana (Rebecca Ferguson). Con su inseparable mejor amigo Bedders (Dean Chaumoo), la improbable alianza con sus matones, Lance y Kaye (Tom TaylorRhianna Dorris) y la inestimable ayuda del mago Merlín (Angus Imrie/Patrick Stewart), que viaja a su mundo en su versión adolescente, Alex emprenderá un viaje para descubrir su destino y salvar el Reino Unido de las fuerzas del mal.

Cornish aúna la magia de las historias clásicas con el mundo moderno para hablarnos de la necesidad de confiar los unos en los otros en una sociedad que se va al trasteEl niño que pudo ser rey se ambienta en un Reino Unido que, como el resto del planeta, se está sumiendo poco a poco en la oscuridad a causa del miedo, la violencia y la división entre personas. La película realiza una llamada a la unión, proponiendo una alianza entre todos para acabar con el odio que está apoderándose del mundo, una coalición basada en la solidaridad y el código de honor de los caballeros. Es un mensaje naíf e idealista, pero también muy oportuno y necesario, que se dirige especialmente a los más jóvenes, a los que va orientada la película.

Sorprendentemente, Cornish logra que el mito artúrico resulte fresco e interesante de nuevo, y lo hace sin inventar o reinventar nada, sino más bien todo lo contrario. El niño que pudo ser rey es una carta de amor al género fantástico, una aventura clásica que hace constantes referencias y reverencias a los clásicos que la influyen (El señor de los anillos, Star Wars, Harry Potter), y que bebe directamente del cine juvenil de los 80, con clarísimos ecos a cintas como La historia interminable, El secreto de la pirámide Los Goonies. Todo envuelto en una capa de estilo British que hace que por momentos parezca que estamos viendo una producción fantástica de BBC.

Aunque peca de cursi en muchos momentos y le sobran minutos de metraje, El niño que pudo ser rey es un claro ejemplo de buen cine familiar. Su sensibilidad moderna se nutre del clasicismo literario y el espíritu del cine los 80, dejando patente la influencia de Steven Spielberg. Su reparto adolescente (del que destacan el protagonista y un divertidísimo Angus Imrie como el joven Merlín), su acertado manejo de la épica, la acción y el terror (con momentos de oscuridad no aptos para los más pequeños) y la convicción con la que Cornish articula el mensaje de que la unión hace la fuerza, hacen de El niño que pudo ser rey una delicia para todos los públicos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Misión: Imposible – Fallout

Mucho ha llovido desde que en 1996 se estrenara Misión: Imposible, la exitosa adaptación dirigida por Brian De Palma de la mítica serie de espías de los 60, que se convertía en uno de los mayores hitos del cine de acción. Un Tom Cruise en lo más alto de su popularidad se ponía en la piel del agente Ethan Hunt para enfrentarse a su primera misión en la pantalla grande, iniciando así, a golpe de acrobacias y gadgets imposibles, una longeva y lucrativa saga que llega este año a su sexta entrega con Misión: Imposible – Fallout.

En 22 años ha dado tiempo a que el género atraviese una importante transformación y sofisticación, principalmente gracias a los avances tecnológicos, pero también al cambio de percepción, más positiva, que se ha dado de cara al blockbuster. La saga M:I ha evolucionado al compás del género, dejando atrás la intriga clásica y el suspense para dar más énfasis a la acción pura y, con cada película, elevar el listón en cuanto a la espectacularidad y complejidad de sus escenas de combate, persecuciones y set pieces, que alcanzan la perfección técnica en Fallout. Todo sin perder completamente su espíritu original.

Quien no ha cambiado tanto en estas dos décadas es Tom Cruise, y por extensión, Ethan Hunt. Después de una breve etapa de experimentación a finales de los 90 (Magnolia), la superestrella de Hollywood ha seguido cultivando su reputación como héroe de acción moralmente intachable, ejerciendo tanto control sobre su imagen pública como sobre los proyectos en los que se involucra. A sus 56 años, Cruise sigue empeñado en demostrar que está en plena forma, realizando él mismo las escenas más peligrosas de sus películas, y básicamente arriesgando su vida para hacernos ver que su tiempo en Hollywood no ha caducado. Es una locura, pero una que el actor acomete con éxito.

Christopher McQuarrie, el director de la anterior entrega (y de otra cinta de acción protagonizada por Cruise, Jack Reacher), vuelve a ponerse tras las cámaras para orquestar el regreso de Ethan Hunt. En esta nueva película, el superespía trabaja codo con codo con sus compañeros del IMF (Alec Baldwin, Simon Pegg, Ving Rhames) a la vez que se reencuentra con personas de su pasado (Rebecca Ferguson, Michelle Monaghan) y se ve obligado a unir fuerzas con nuevos aliados (Henry Cavill, Angela Bassett, Vanessa Kirby), para enfrascarse en una carrera contrarreloj para salvar el mundo después de que una misión salga mal y ponga una serie de artefactos que contienen energía nuclear en las manos equivocadas.

Lejos de perder fuerza e interés con el tiempo, la saga Misión: Imposible alcanza con su sexta película una nueva cima. Cruise interpreta a Ethan con la seguridad y el carisma de los héroes del pasado y la destreza sobrehumana de los del presente -aunque lo eclipsan ocasionalmente la robaescenas Rebecca Ferguson (que debería protagonizar su propio spin-off) y un Henry Cavill que vuelve a sacar partido de su físico (esta vez con el bigote más infame y lucido del cine reciente) para tapar sus carencias interpretativas. Por su parte, McQuarrie firma la acción más impresionante que hemos visto últimamente en una pantalla de cine, secuencias perfectamente ejecutadas que disparan la adrenalina y no muestran ni una sola fisura. La película cuenta con una escena de pelea cuerpo a cuerpo en unos baños públicos que merece pasar a la historia del cine (tanto por sus puñetazos como por sus chistes), y algunos de los set pieces más ambiciosos que se han hecho nunca, como una caída libre en paracaídas que quita el aliento y hace que te preguntes dónde está el truco (se necesitaron 106 tomas hasta hacerla perfecta, ahí está el truco), una frenética carrera por los tejados de Londres en la que Cruise se supera a sí mismo o un final de auténtico infarto.

Pero afortunadamente, la acción no es el único aliciente de Fallout. Con McQuarrie también al guion, la saga encuentra el tono perfecto con más (y mejor) humor y la trama se desarrolla sin descanso, manteniendo el ritmo y el interés de principio a fin, y lo más importante, dando mucho peso a los personajes y las emociones. Fallout es quizá la entrega de M:I que mejor trabaja la conexión con el público, tanto con los fans de siempre (a los que se recompensa con guiños y cameos que conectan todas las películas para su deleite), como a los casuales, que no encontrarán difícil seguir la historia e involucrarse con sus héroes. El resultado es un film que resulta familiar, pero también emocionante en todos los aspectos.

Cuando termina Misión: Imposible – Fallout, queda claro que hemos asistido a una de las mejores películas de acción de los últimos años, un trabajo elegante, contundente y eficaz que llega a lo más alto del género. Pero su recta final no solo hace que se dispare el corazón por la tensión, sino también porque cuando llega, ha conseguido que sus personajes nos importen más que nunca, logrando algo que parecía imposibleinsuflar nueva vida a la franquicia y hacer que sigamos queriendo más después de 20 años.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: El gran showman

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Michael Gracey afronta su primer reto como director con El gran showman (The Greatest Showman), extravagante y ambicioso musical co-escrito por Bill Condon (ChicagoDreamgirls) y protagonizado por Hugh Jackman, Zac Efron, Zendaya, Michelle Williams y Rebecca Ferguson. La película está basada en la leyenda de P.T. Barnum (Jackman), popular showman y empresario de la cultura popular estadounidense, cuya imaginación le llevó a conseguir la gloria y la riqueza a finales del siglo XIX, en los orígenes del entretenimiento de masas y las celebridades del mundo espectáculo.

A nivel narrativo, El gran showman no es gran cosa. De hecho, su guion flojea considerablemente, quizá precisamente por centrarse demasiado en Barnum en lugar de aprovechar mejor el plantel de “freaks” que tiene a su alrededor (sobre todo la mujer barbuda, la revelación Keala Settle), con el que se podría haber sacado más provecho de uno de sus mensajes centrales: “Todos somos especiales y nadie es como otra persona”. Sin embargo, las carencias del guion (que saltan a la vista sobre todo durante su recta final) se suplen sobradamente con un vibrante espectáculo digno de Broadway, lleno de canciones originales redondas (compuestas por Benj Pasek y Justin Paul, de La La Land) y una energía visual que recuerda por momentos a Moulin Rouge! (salvando las distancias).

el-gran-showman-posterEl gran showman es la prueba de que con la pirotecnia adecuada, el biopic de siempre se puede convertir en el mayor show del mundo. Y esta película tiene fuegos artificiales de sobra para encandilarnos y hacer que todo lo demás dé igual (que es precisamente el leit motif de Barnum). Además de los ya mencionados, su excelente reparto, por supuesto, encabezado por el polifacético Hugh Jackman, que brilla con fuerza en un papel hecho a su medida (su entregada interpretación es lo que más dota de corazón a la película), y Zac Efron, que por fin consigue recaer en un proyecto que le permite demostrar el talento que posee más allá de su físico. Una pena que los personajes femeninos no estén a la altura y solo existan para complementar a los masculinos: Zendaya en un papel muy pasivo, una Michelle Williams algo incómoda en su faceta musical (que ya exploró en Broadway hace unos años con Cabaret, aunque no se note mucho) limitándose a ser “la mujer de”, y Rebecca Ferguson desempeñando el rol de “la otra mujer”, herramienta para provocar un punto de inflexión en la historia de Barnum.

Aun con todo, es muy difícil no caer rendido ante las maravillas que ofrece la película, que luce con orgullo y convencimiento su artificio teatral y su carácter de crowdpleaser musical: el envolvente despliegue visual, su resplandeciente acabado artístico, y por encima de todo, las contagiosos temazos pop y las acrobáticas coreografías con las que cobran vida, ideadas y ejecutadas de forma impresionante. A pesar de sus defectos, El gran showman es una película irresistible, perfecta para disfrutar en compañía durante las vacaciones, un caramelo que satisfará a los fans de los musicales y que muchos veremos y escucharemos en bucle hasta aprendérnosla de memoria.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Life (Vida)

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El ser humano siempre ha mirado hacia las estrellas, y el cine se ha encargado de reflejar esta obsesión por el cosmos una y otra vez. En los últimos años, con la carrera hacia Marte en la agenda de la NASA, Hollywood se ha volcado especialmente en la exploración del espacio y la búsqueda de vida en otros planetas desde diversos ángulos y géneros. InterstellarGravity, MarteLa llegadaPassengersFiguras ocultas… A esta corriente reciente de películas de temática espacial se suma Life (Vida), thriller de ciencia ficción dirigido por Daniel Espinosa (responsable de la inerte El niño 44) y protagonizado por Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson y Ryan Reynolds.

Life transcurre íntegramente en la órbita terrestre, a bordo de una Estación Espacial Internacional habitada por seis tripulantes que están llevando a cabo una de las misiones más importantes de la historia, el análisis de la primera prueba de vida extraterrestre en Marte. El equipo comienza a conducir sus investigaciones con la muestra biológica, un organismo unicelular bautizado como Calvin, que responde a las pruebas evolucionando a un ritmo asombroso. Al principio, la fascinante estructura y el comportamiento instintivo de esta forma de vida despierta la admiración de los tripulantes, pero pronto demostrará ser mucho más inteligente de lo que esperaban, y en consecuencia, mucho más peligroso. Cuando Calvin se desarrolla y ataca a los tripulantes para subsistir en un ambiente hostil, lo que ha empezado como una histórica misión científica deviene en una pesadilla de la que los astronautas intentarán escapar, mientras hacen lo posible por que la letal criatura no llegue a la Tierra.

Efectivamente, Life es justo lo que parece, una fusión entre Alien Gravity. Espinosa la concibe desde el thriller y el terror, narrándola como si esta fuera por momentos un slasher en el que un monstruo asesino se encarga de dar muerte a sus víctimas, una a una y de las formas más variopintas y retorcidas. Pero también se trata de una aventura espacial de supervivencia, en la que la acción y la estrategia cobran una gran importancia. La película se apoya continuamente en el clásico de Ridley Scott y su tramo final transcurre de manera similar al de la cinta protagonizada por Sandra Bullock, por lo que la sensación de déjà vu es inevitable. Es decir, lo peor de Life es su absoluta falta de originalidad.

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Tampoco se puede decir que la película sobresalga en materia de guion. Aunque logra mantener el interés en todo momento, la historia se ve perjudicada por una gran cantidad de agujeros narrativos, situaciones inverosímiles y puntos cruciales de la trama dejados al azar y la coincidencia (el film no sabe salir de las encrucijadas que se presentan a cada momento sin echar mano del deus ex machina). Para tratarse de los científicos y especialistas más destacados del mundo, esta tripulación no siempre brilla por su inteligencia. Claro que ahí está parte de la gracia, en ver cómo la criatura desafía a los que creían tener la ventaja estratégica y los pone en situaciones límite. En lo que sí se esfuerza la película es en dotar a estos personajes de emociones y personalidades definidas, a través de diálogos que, si bien pueden pecar de tópicos y cursis, contribuyen a que estos sean algo más que carne de cebo para el monstruo.

En este sentido hay que elogiar la elección del elenco mezcla de nacionalidades, y en concreto la labor de los secundarios, Hiroyuki Sanada, Olga Dihovichnaya y Ariyon Bakare, por encima incluso de sus estrellas principales. Y es que sobre todo los dos protagonistas masculinos parecen moverse por inercia en todo momento. Gyllenhaal está como adormecido, ausente, y Reynolds sigue explotando la personalidad bromista que ha adoptado gracias a Deadpool, quizá demasiado, con su presencia reducida casi a la mera anécdota. Es Ferguson la que acaba llevando las riendas del film desde todos los frentes.

Jake Gyllenhaal;Rebecca Ferguson

Ahora bien, aunque todo esto suene mal, lo cierto es que Life está lejos de ser un desastre. Al contrario. Afortunadamente, sabe compensar sus carencias con grandes dosis de acción claustrofóbica y sobresaltos, proponiendo una atractiva experiencia inmersiva (podemos sentir la gravedad cero junto a los personajes), manejando la tensión con pulso ejemplar y exprimiendo bien su premisa para garantizar 100 minutos sin aburrimiento. La falta de originalidad y consistencia narrativa acaba pesando menos gracias a su sentido del ritmo y el suspense, así como a unos excelentes efectos visuales, sobre todo en lo que se refiere al entorno de la estación espacial y la anatomía de Calvin, un ser digital de diseño muy llamativo, tan elegante como amenazante. Es decir, Life no aporta nada al género espacial, pero como entretenimiento es más que eficiente, y como espectáculo da la talla con creces. Además, cuenta con uno de esos finales que dejan con la boca abierta y despiden la película por todo lo alto (en este caso no literalmente).

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La chica del tren

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La chica del tren (The Girl on the Train) se basa en uno de los fenómenos literarios más destacados de los últimos años, la novela homónima escrita por Paula Hawkins que ha vendido 15 millones de ejemplares en todo el mundo y permaneció 29 semanas en el primer puesto de la lista de bestsellers del New York Times. Su salto al cine estaba garantizado desde el principio (me atrevería a decir que desde que el libro fue concebido) y no ha tardado ni dos años desde que se publicó. La adaptación cinematográfica de la novela que has visto en el metro o el bus veinte veces al día llega de la mano de Tate Taylor, realizador de Criadas y señorasy Erin Cressida, guionista de Secretary. Y lo hace a rebufo de Perdida (Gone Girl), otro fenómeno editorial convertido en película, con la que esta será inevitablemente comparada. E inevitablemente saldrá perdiendo.

Además de ser un thriller psicológico con tintes eróticos en la estela de la novela de Gillian Flynn, La chica del tren es un homenaje a los clásicos del misterio de la literatura y el cine, una historia que bebe clara y directamente de Agatha Christie y Alfred Hitchcock. La película gira en torno a Rachel (Emily Blunt), una mujer devastada por su divorcio que se ha dado al alcohol y se dedica a fantasear sobre la vida de una pareja (la revelación Haley Bennett y Luke Evans como man-candy) a la que observa desde el tren de camino a su trabajo cada mañana (para el cine se cambia la localización de Londres a Nueva York). Esta pareja, aparentemente sumida en una relación tranquila e idílica a las afueras de la ciudad, vive al lado del ex marido de Rachel (Justin Theroux) y la mujer que ha ocupado su lugar (Rebecca Ferguson). Un suceso trágico hará que Rachel se vea implicada en un misterio en el que ella será la principal sospechosa de un crimen que no recuerda haber cometido.

Como decía, La chica del tren recoge algunos de los ingredientes más reconocibles de los maestros del misterio para construir un whodunit con elementos asociables a ellos, tales como la importancia de los trenes (la diferencia es que aquí la trama principal se desarrolla fuera y el vagón es solo un patio de butacas en movimiento), el juego de identidades (las dos mujeres que Rachel observa se parecen físicamente y sus melenas rubias pueden servir para confundirlas) o el voyeurismo (la protagonista observa y anhela la vida de otros a través de un cristal, hasta que se involucra personalmente en ella, como James Stewart en La ventana indiscreta). Todo envuelto en el aura moderna y sofisticada de la película de David Fincher, que nos presenta la (aun novedosa) idea o posibilidad de una mujer psicópata, o de una protagonista femenina que no solo es imperfecta o poco virtuosa, sino que es directamente un desastre.

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No es habitual que nos encontremos en un drama como este (en el fondo un relato acerca de tres mujeres interconectadas) con una protagonista como Rachel, profundamente inestable, alcohólica, apenas consciente durante la mitad de las escenas, tambaleándose y balbuceando mientras los demás (ella la primera) dudan de su credibilidad. Sin embargo, este rompedor aspecto de la historia no es suficiente para rescatarla de la debacle. Blunt es una actriz de enorme talento, y su visceral y desquiciada interpretación es lo que está a punto de salvar la película, pero todo lo que rodea a su personaje es tan ridículo que la tarea de mantenerla a flote se vuelve complicada. Y es que la historia de Hawkins está torpemente construida y resulta rutinaria y enormemente predecible (a pesar de su carácter retorcido), traduciéndose en el cine en una suerte de telefilm de Antena 3 de lujo, la Gone Girl de Hacendado.

Pero por eso mismo, la cinta posee una cualidad redentora: a pesar de sus defectos y de tomarse tan en serio, o precisamente gracias a ello, puede suponer un pasatiempo muy eficaz, algo de lo que cuesta apartar la mirada (lo que le ha ocurrido a millones de personas con el libro). La chica del tren es muchas cosas, pero una de ellas no es aburrida. Es más, estamos ante una película que, inintencionadamente, cruza la frontera de la comedia involuntaria hacia la mamarrachada pura, y se revela como un film idóneo para ver en compañía, un producto con mucho en común con los thrillers sexuales de los 90, y con mimbres para convertirse con el tiempo en una de esas buenas malas películas de fácil revisionado. Si es que no cae pronto en el olvido, como la mayoría de fenómenos surgidos de la noche a la mañana.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Florence Foster Jenkins

Que Meryl Streep hace mejor todo lo que toca es un hecho. La laureada y venerada actriz de talento camaleónico sin límite se pone esta vez en la piel de la peor cantante de ópera de la historia en Florence Foster Jenkins. Stephen Frears, director de Alta fidelidad o las biográficas La reina Philomena, firma este encantador biopic sobre la heredera neoyorquina de la alta sociedad de los años 40 que persiguió su sueño de convertirse en una gran soprano, sin ser consciente de que en realidad cantaba como un gato al que le están pisando la cola.

La película, de ambientación exquisita y tono cómico con toques de drama en los momentos adecuados, nos introduce en el particular universo de Florence, una socialite neoyorquina de excéntrica pero afable personalidad a la que todo el mundo adora (porque es adorable, pero también porque es sinónimo de dinero e influencia). Florence se emplea a fondo por mantener su impecable imagen como anfitriona y mecenas de las artes escénicas en la Gran Manzana, mientras lucha contra una enfermedad y el agotamiento que esta conlleva. Para ello cuenta con el apoyo de su “marido” (énfasis en las comillas) y manager, St. Clair Bayfield (Hugh Grant), aristocrático actor inglés de poca monta que no solo la ayuda a sostener su lujosa fachada en pie, sino que la protege de su autoengaño, orquestando la gran mentira: una realidad confeccionada en la que Florence es un prodigio de la ópera y todos así lo creen.

Envuelta en la espiral de falsos elogios y mirando la realidad a través de un cristal deformado, Florence decide dar un concierto en el prestigioso Carnegie Hall, un recital abierto ya no solo a su círculo social, sino al público general que no forma parte del universo de ficción levantado alrededor de la “soprano”. En su viaje la acompaña, además de su marido, su pianista personal, un joven y talentoso músico contratado por St. Clair para asistirla en sus clases de canto, aunque a oídos de todos, y para asombro y diversión del muchacho, ella no necesita mejorar, porque ya es perfecta. Este juego de apariencias convierte a la película en un pasatiempo delicioso repleto de momentos divertidos y escenas entrañables en las que Frears se aproxima a lo patético de la historia y el personaje con ojo para la comedia, y grandes dosis de sensibilidad y corazón.

Eso es lo que hace que Florence Foster Jenkins destaque a pesar de su condición de biopic académico, la manera en la que se nos presenta a su protagonista, tratando al personaje con gran compasión y humanidad. Eso sí, como adelantaba al principio, el mérito es sobre todo de Meryl Streep, que personifica de forma prodigiosa la doble lectura de su personaje: por un lado (se) divierte y nos provoca la risa cantando horrorosamente mal, y por otro nos hace admirar su perseverancia y nos conmueve profundamente cuando el velo que le tapa los ojos cae ante ella durante el emocionante clímax. Claro que, aunque el film es casi enteramente de Streep, no podemos desmerecer a Simon Helberg (The Big Bang Theory), que en cierto modo ejerce como nuestro punto de vista, entendiendo poco a poco a la protagonista mientras va creciendo como personaje, y sobre todo a Hugh Grant, que sin esperarlo nos deja una de sus mejores interpretaciones, un trabajo en el que el actor británico deja constancia de que es mucho más versátil y tiene más talento de lo que muchos creíamos.

Es cierto que Florence Foster Jenkins es una película excesivamente formulaica y rutinaria para la figura tan poco convencional que retrata, pero la gran labor de su protagonista compensa el comodón tratamiento del director. Florence Foster Jenkins está hecha para agradar, sabe qué teclas tocar en todo momento, y aunque puede que técnicamente no sea nada del otro mundo, Streep, con su maravillosa gesticulación y perfecta sincronización cómica y dramática, hace que se convierta en una de las citas ineludibles de la temporada previa a los Oscar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Misión Imposible – Nación Secreta

TAURUS

Existe una línea temporal en la que Tom Cruise sigue siendo una estrella revienta-taquillas que cae bien al público. Esa realidad es la extensión de un universo de ficción que cumple ya casi dos décadas, el de la saga cinematográfica Misión: Imposible. Ethan Hunt vuelve en M:I – Nación Secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation), quinta entrega de las improbables aventuras del espía de la FMI y su equipo de chiflados especialistas. Tras los acontecimientos de Protocolo fantasma, Hunt es el fugitivo más buscado por la CIA, un agente “rebelde” que opera desde la clandestinidad para erradicar al Sindicato, organización de asesinos sin identidad similar a la FMI que está liderada por el megalómano Solomon Lane (Sean Harris). Nación Secreta nos devuelve todos los ingredientes que convierten esta saga en una de las más icónicas del cine de acción (mensajes que se autodestruyen en 5 segundos, imposibles artilugios y dispositivos informáticos, ¡máscaras!), garantizando dos horas de secuencias trepidantes, brutales combates físicos, persecuciones explosivas y rebuscadas tramas de espionaje que conforman el blockbuster veraniego por excelencia.

En Nación Secreta, Ethan Hunt debe salvar el mundo una vez más, ahora con el objetivo añadido de recuperar la confianza del servicio de inteligencia de su país, lo que altera la dinámica de la saga, aunque no tanto como para cambiar la estructura clásica de estas películas, que se mantiene intacta: sucesión de espectaculares set pieces de un lado al otro del globo y misiones de infiltración/extracción que obligan a aguantar la respiración. Por supuesto, Hunt no lleva a cabo su arriesgado trabajo en solitario, sino que cuenta con la inestimable ayuda de un equipo formado por ex colegas del FMI, ahora recolocados en distintos puestos dentro del sistema, desde los que ayudan al espía a moverse sin ser detectado. Así, Nación Secreta continúa acentuando la dinámica de grupo en oposición a la figura del protagonista único que podría ser Hunt. Cruise se reserva para él solo las escenas de riesgo más impactantes (y además sigue insistiendo en no usar dobles), pero también comparte el escenario con sus compañeros de reparto e incluso se retira cuando lo cree oportuno, lo que contribuye a esa sensación de grupo cohesionado donde la camaradería y la lealtad se anteponen a todo (viene a la mente Fast & Furious, saga con la que M:I empieza a tener mucho en común). Una decisión inteligente que evita que la delicada relación del público con el actor a causa de su dañada imagen pública acabe aguando la fiesta.

MI5Nación Secreta potencia la coralidad del reparto y acierta al dar mayor protagonismo al simpático personaje de Simon Pegg, Benji Dunn, alivio cómico y prolongación del experto informático Marshall Flinkman que J.J. Abrams incorporó cuando se hizo con las riendas de la franquicia para convertirla en Alias 2.0. Jeremy Renner (notable intérprete que se empeña en hacer el mismo personaje una y otra vez) también explota su vis cómica ya como miembro fijo del equipo, en esta ocasión formando dúo con el siempre acartonado Alec Baldwin, que hace de su sombra durante todo el film. Y la llegada de la sueca Rebecca Ferguson (que aunque no lo creáis, no tiene parentesco con Ingrid Bergman) como la agente Ilsa Faust añade el componente femenino (intercambiable entre una película y otra) a una saga eminentemente masculina. Y lo cierto es que, a pesar de un par de planos aislados que la reducen a un trozo de carne, Ferguson construye uno de los personajes más interesantes de una película que no destaca precisamente por la profundidad de sus caracterizaciones. De hecho, uno de los puntos fuertes de Nación Secreta es su relación con Ethan, desconcertante tira y afloja que da lugar a un excitante juego de engaños evocador del Hitchcock de Con la muerte en los talonesEncadenados (sin ir más lejos, Ferguson se inspiró en la interpretación de Bergman en esta última y en Casablanca para dar forma a su personaje).

Desde que Abrams revitalizó la saga (tras aquella infame segunda parte), M:I ha progresado hasta convertirse en un infalible pasatiempo cinematográfico cuyo objetivo principal (casi diría el único) es divertir al respetable, que sabe exactamente lo que le espera nada más escuchar las célebres notas de la sintonía compuesta por Lalo SchifrinMisión Imposible no está especialmente interesada en la evolución de sus personajes, tampoco pretende innovar en ningún sentido, y no hace falta prestar mucha atención para darse cuenta de que detrás de la acción no hay nada. Pero ni esto, ni Tom Cruise, han impedido que la saga se adapte con soltura al paso del tiempo. Es más, si ha sobrevivido hasta ahora (y si aun le queda mecha) es porque ha abrazado su naturaleza de simple espectáculo de fácil digestión y ha decidido reírse de su inverosimilitud. En Nación Secreta Christopher McQuarrie (que nos impresionó recientemente con el guion de ese excelente blockbuster de auteur llamado Al filo del mañana) recoge el testigo de Abrams y Bird para seguir definiendo la etapa moderna de M:I, caracterizada por su sofisticada fusión de comedia, pirotecnia, ciencia ficción e intriga, y por demostrar una vez más que se puede hacer cine de acción que no menosprecie la inteligencia del espectador. No importa lo tonta que la película en cuestión pueda llegar a ser.

Valoración: ★★★½