Crítica: El aviso

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Ocurrió un día cualquiera… Esos son los peores. No esperas nunca que en un día cualquiera ocurra ningún acontecimiento. Eso debería estar reservado para los días especiales. Aquellos que están marcados en la agenda con rojo o con mil y una alarmas en el móvil. Pero lo queramos o no, la mayor parte de las cosas pasan los días cualquiera. ‘Shit happens’ que dirían en el Peñón o ‘cést la vie’ que cantaban Encarna y Toñi.

Uno de esos días cualquiera Jon (Raúl Arévalo, La isla mínima) ve cómo disparan a su mejor amigo (Aitor Luna, Mi panadería en Brooklyn) en una gasolinera. Así, de buenas a primeras, un día cualquiera, su vida se va a la mierda. Realmente, si nos ponemos estrictos, la existencia de Jon ya se había visto trastocada anteriormente con un ingreso hospitalario y con la consiguiente fuga de su interés amoroso (Belén Cuesta, La llamada) a los brazos del hombre que actualmente se desangra en el suelo. Pero eso es agua (no tan) pasada, eso fue cosa de otro día cualquiera. El que hoy nos ocupa es el del crimen de la gasolinera. El culmen de la mala leche, del estar en el momento justo en el lugar menos indicado. Casualidades de la vida… o no tan casuales como puedan parecer de primeras. Ese es el potente punto de partida de El aviso, la nueva película de un director cuyo apellido es casi tan potente como sus obras, Daniel Calparsoro.

Cierto sentimiento de culpa y una gran predisposición a la obsesión y a las matemáticas, harán que Jon se dedique a investigar el crimen que tiene la vida de su amigo en jaque. Cual Jughead Jones castizo, Jon pone en marcha mil y una teorías sobre lo que puede haber ocurrido… bueno, realmente solo tiene una sobre muertes a lo largo de los años, que encuentra de chiripa y que parece ser la acertada. Esta irreal situación no es ningún problema, ya que como espectadores avezados de thrillers y demás cintas de género, estamos acostumbrados a dejarnos llevar ante alguna que otra virguería o giro de guión para que todo siga su curso… y eso es lo que hacemos con El aviso. Una y otra vez. Escena a escena, salto temporal a salto temporal… Hasta que nos cansamos. Incluso el espectador más permisivo tiene un tope y El aviso los supera todos.

El aviso intenta ser un sesudo e inteligente tour de force y es esa intensidad la que le hace caer con todo el equipo. Esa gravedad hace que las costuras de su flojísimo guión queden aún más patentes y que las interpretaciones rocen el ridículo. Un mal que aqueja al cine español desde tiempos inmemoriales que parecía haberse resuelto gracias a notables cintas como Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen, La isla mínima de Alberto Rodríguez o Tarde para la ira, del propio Arévalo, pero que de vez en cuando seguía haciendo acto de presencia con horrores infumables como Secuestro de Mar Targarona. Incluso el propio Calparsoro había puesto su granito de arena con su no-tan-genial-como-parece Cien años de perdón, pero con esta El aviso ha caído al lado oscuro.

el-aviso-posterResulta cuanto menos llamativo que un director tan curtido en el género como él (no olvidemos que es el padre de dos de las cintas españolas más potentes de los últimos treinta años: Salto al vacío y Asfalto) no sepa lidiar con ello de manera satisfactoria, no logrando sacar jugo a tres de los actores más en forma del momento. Arévalo salva la papeleta haciendo lo que puede con el sinsentido de su protagonista, pero Aura Garrido (El ministerio del tiempo, Stockholm) naufraga totalmente en su papel, con un acentazo chulesco que aparece y desaparece dependiendo de la escena. Por su parte, Belén Cuesta se dedica a hacer una de las mejores cosas que sabe hacer: llorar. Lo cual no sería ningún problema si hiciese algo más, pero no. Su personaje no tiene mayor profundidad. Ella llora, nada más.

El aviso no solo no hace mérito para luchar en la candidatura de thriller del año, sino que comete un crimen aún más atroz: no entretener al espectador… y eso que casi no supera ni la hora y media de duración.

David Lastra

Nota: ★

Crítica: Tarde para la ira

Con Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez no solo se ha consolidado como uno de los mejores directores nacionales de los últimos tiempos, sino que ha sabido dignificar en España un género que llevaba en horas bajas desde finales de los noventa: el thriller. Aunque fue Enrique Urbizu el que pusiese la primera piedra de este revival con la notable La caja 507 y continuase ahondando en el tema con la sobrevaloradísima No habrá paz para los malvados, Rodríguez debe ser considerado el verdadero regenerador del thriller estatal. Ha conseguido crear una marca de autor potente gracias a una inteligente mezcla entre el estilo del nuevo cine negro policíaco de las últimas décadas, tanto estadounidense (David Fincher, Martin Scorsese) como asiático (Bong Joon-ho), y ese realismo sucio que ya había mostrado en sus obras anteriores. Su Sevilla corrupta no tiene nada que envidiar a los bajos fondos de la ciudad ficticia de Seven, ni mucho menos las marismas del Guadalquivir a los campos surcoreanos. Antes de seguir, que quede bien claro que esto no es una introducción a la crítica de El hombre de las mil caras (que ya llegará), sino una pequeña presentación de Tarde para la ira, la ópera prima del primogénito de los hijos bastardos de Rodríguez: Raúl Arévalo.

Sí, Raúl Arévalo. Parece ser que no estaba contento con ser uno de los actores fetiche de cineastas como Daniel Sánchez-Arévalo (desde AzulOscuroCasiNegro hasta la tumba) o el propio Alberto Rodríguez (La isla mínima), trabajar con Pedro Almodóvar (Los amantes pasajeros) o ser una de las caras más habituales en las producciones nacionales (tanto en pantalla grande como en televisión) de la última década, él ha tenido que probar suerte también tras la cámara. Como es normal (que no justificado), los chascarrillos ante la noticia se dispararon. ¿Sería un capricho de actor endiosado…o una secuela apócrifa de La isla mínima? Ajeno a todo eso (y bastante reservado durante el proceso de creación), Arévalo se ha centrado en el trabajo y ha callado todas esas bocas con Tarde para la ira.

Ya desde su primera secuencia (un plano sucísimo y lleno de grano en el que vemos a Antonio de la Torre de espaldas andando hasta un bar), Arévalo se quita el sambenito de actor metido a director y se coloca como gran favorito en la carrera por el Goya a mejor dirección novel. ¿Exageración ante una escena bien rodada? Podría ser, pero lejos de ser un espejismo, ese realismo sucio, tanto temático como estilístico, se acrecienta a medida que va avanzando el metraje. Tarde para la ira es de un feísmo atroz. Sus personajes y hogares hieden. Todo es de un gusto espantoso (esa utilización de La Húngara se merece todos los halagos del mundo). Todo es abominablemente real. Arévalo no realiza concesión alguna, sino que opta por la sobriedad y un par de huevos.

Partiendo de una serie de acontecimientos comunes (una caña, una partida de mus, una comunión, un polvo,…), Arévalo construye una enfermiza historia en la que el odio contenido termina convirtiéndose en una furia desbocada que lo arrasa todo. Ante esa vorágine, muchos cineastas se dejan llevar por los acontecimientos, pero Arévalo no comete el error de apresurarse, sino que juega sus cartas de una manera mucho más inteligente: dosificando la información e introduciendo los giros y golpes de efecto de manera perspicaz. Esa agudeza hace que Tarde para la ira entretenga, sorprenda y, lo que es muy importante en una película de sus características, suelte un puñetazo al espectador en la puta cara cuando menos se lo espere.

Pero Tarde para la ira no funcionaría tan bien sin una colección de perdedores. Su reparto es un abanico perfecto de caras normales. Pobres hombres pobres, mujeres perdidas, patanes, yonkis y raterillos de tres al cuarto… una caterva entre la que destaca Luis Callejo (Cien años de perdón) como pequeño hijo de puta que al salir de la cárcel se ve metido en un embolado que no se olía para nada y ese monstruo llamado Antonio de la Torre (otro chico Rodríguez y Sánchez-Arévalo). De la Torre es un monumento al español medio y como tal habría que honrarle, ya sea vía aplausos, una calle en su nombre o todos los premios interpretativos existentes. Su pobre hombre con secreto es un híbrido entre el tronado (semi)educado de Travis Bickle de Taxi Driver y el silencioso Ryan Gosling de Drive, todo bajo el embrujo habitual de la interpretación de De la Torre. Este protagonista seguramente le deparará su novena candidatura a los Goya y muy probablemente otro cabezón que hará compañía al que consiguió como secundario por AzulOscuroCasiNegro.

Con Tarde para la ira, Raúl Arévalo no solo no ha copiado a uno de sus padres cinematográficos, sino que ha demostrado que ha aprendido mucho y bien durante estos años y ha logrado construir una voz muy potente y con un futuro muy prometedor.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

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La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: Murieron por encima de sus posibilidades

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De todos es sabido que el arte es un fiel reflejo de la realidad social del país en el que se desarrolla. La obra realizada es el producto directo de una serie de correspondencias entre las experiencias vitales del artista y el entorno en el que habita. Unas situaciones externas que dejan huella en la vida del mismo y que, lógicamente, se ven reflejadas en su obra. De ahí que la crisis financiera que nos atenaza desde 2008, haya dejado mella en los cineastas actuales. Además de destrozarnos los bolsillos, convertir el mileurismo en una utopía y de dejar a más de un familiar en la calle, la crisis nos ha regalado una serie de películas que han intentado, con mayor o menor suerte, reflejar la coyuntura económica y social actual. Margin Call, El capitalMalas noticias, Film socialism(e) o los documentales Inside Job El espíritu del 45, son algunos de los más destacados del mercado internacional. Como no podía ser de otra manera, el cine español también ha mostrado esta situación crítica con films como Hermosa juventud5 metros cuadradosEdificio España o la patochada Ayer no termina nunca. Pero la película definitiva sobre la crisis estaba por llegar y esa parecía ser Murieron por encima de sus posibilidades, la comedia coral dirigida por Isaki Lacuesta, con Raúl Arévalo, Julián Villagrán, Imanol AriasEduard FernándezAriadna GilEmma SuárezCarmen MachiSergi López, José CoronadoLuis Tosar y la madre que los parió, que no es una referencia a Ángela Molina, aunque ella también aparezca en los créditos, sino al maremágnum que conforma el reparto del film.

Una sugerente sinopsis (una serie de freaks cuyos destinos se unen de la manera más macabra posible, que deciden no perder más el tiempo y poner en marcha una revolución que deja en paños menores a los de Podemos), un valor seguro a la dirección (Lacuesta viene de dirigir Los pasos dobles, con la que ganó la Concha de Oro, y años antes sorprendió a más de uno con su mockumentary Cravan vs. Cravan), un reparto de lujo que reúne a lo más granado del pasado, presente y futuro del cine español (sus nombres atesoran 13 premios Goya y sobrepasan las cincuenta candidaturas entre todos), un tema que nos toca a todos (no tener ni un duro y estar cansados de ello) y la promesa de no dejar títere sin cabeza a base de humor socarrón y gamberro. Resultado: experimento fallido. Murieron por encima de sus posibilidades se desmonta ya desde la primera escena: el símil “recortar (literalmente) a un ministro hasta que sea viable” no es tan divertido e inteligente como nos quieren mostrar, sino más bien una niñatada que se ve severamente perjudicada por unas interpretaciones flojísimas.

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El susto inicial se ve apaciguado por la aparición del tema Hay un hombre en España que lo hace todo, el profético himno que Astrud parió años antes de la crisis, y unos títulos de crédito que recuerdan a esas “grandes películas españolas con repartos interminables” que tanto nos divertían hace años… pero el espejismo se diluye y las situaciones que rozan (y en más de un momento, superan) el horrendo sentimiento de la vergüenza ajena no dejan de aparecer en pantalla. A destacar (por malos) el intenso discurso del personaje de José Sacristán en la barra de un bar, la desbaratada SPOILER muerte de Ariadna Gil y la actuación de juzgado de guardia de la nueva chica Almodóvar y estandarte de parte del cine noventero español, Emma Suárez. Lo más cercano a una sonrisa viene de la mano de Ángela Molina, que repite el papel de prostituta gritona que ya hizo en Carne de neón (otro truño), y no gracias a su interpretación, sino al pelucón que le han endiñado.

El sufrimiento continúa y los cameos parecen no tener film, como si de un Torrente XXXL se tratase y nadie parece poder remediar el desaguisado. El estrambótico dúo formado por Àlex Brendemühl Bárbara Lennie maquillan el tramo final gracias a su aparición… pero ya no hay tiempo para la redención. Habemus failMurieron por encima de sus posibilidades no se acerca ni de lejos al gamberrismo costumbrista de las cintas de Guy Ritchie (ni siquiera al Guy Ritchie de Madonna), ni mucho menos a la mala leche de BerlangaÁlex de la Iglesia, realmente no sirve ni para episodio de relleno de la vigésimo quinta temporada de La que se avecina.

Hablar de fracaso sería cometer un error gigantesco, Lacuesta ha conseguido lo que quería: una película de amiguetes, el problema es que solo les va a hacer gracia a ellos y que su propuesta es un horror vacui cuyas conclusiones filosóficas compiten con profundidad con las de Isabel Coixet. Una verdadera pena.

Valoración: 0

Crítica: Las ovejas no pierden el tren

Las ovejas no pierden el tren

El cine y la televisión están obsesionados con nosotros. Es decir, con la generación de entre 25 y 45 años, almas errantes que buscan su sitio en un mundo que ya no da tan claras sus instrucciones para ser un adulto. Las ovejas no pierden el tren retrata con gran acierto y sensibilidad a esa generación peterpanesca a la fuerza, para la que los sueños, los objetivos personales y metas profesionales se tornan más utópicos que nunca en este panorama de crisis (ya no solo económica). La película de Álvaro Fernández Armero (Nada en la nevera, El arte de morir) explora estas y otras ideas a través de un variopinto plantel de personajes que forman una gran familia española (biológica y creada), “adultos” de todas las edades en ese momento de la vida en el que uno se plantea qué ha hecho con ella, si está donde y con quien quería estar, y si ha perdido el último tren.

La pareja formada por Luisa (Inma Cuesta) y Alberto (Raúl Arévalo) ejerce de hilo conductor de la película. Son dos jóvenes treintañeros, inseguros padres de un niño, que buscan a su segundo hijo a pesar de las dificultades monetarias que están atravesando, y que les han llevado a irse a vivir al campo -para disgusto de él. Inma da clases de moda en una academia con más trampas que Los Goonies, y Alberto Las ovejas no pierden el tren posterresponde al arquetipo del escritor bloqueado que publicó una novela de éxito hace años y nunca logró pasar al siguiente capítulo profesional, problemas que afectarán seriamente a su vida en pareja. Los acompañan Juan (Alberto San Juan), el hermano de Alberto, periodista de 45 años divorciado que sale con una chica de 25 (Irene Escolar), uno de los muchos síntomas de su crisis de los 40, y Sara (Candela Peña), una suerte de Soshanna Shapiro (Girls) a la española, obsesionada con su vida 2.0, propensa a montarse películas y desesperada por encontrar al hombre que la lleve al altar.

Las ovejas no pierden el tren es un fresco cotidiano sobre la vida, las parejas y la familia en los tiempos que corren, una divertida e inspirada comedia coral que juega bien la baza de contar con algunos de los rostros más populares del actual star system patrio (menuda racha llevan Cuesta y Arévalo) y una madrina de excepción como Kiti Mánver. Es cierto que el film adolece de una estructura descentrada, caótica, y una historia tremendamente deslavazada (tanto como la vida de los protagonistas), y que podría haber sacado mucho más partido al material de haber contado con una dirección y un montaje menos… rústico (por ser generosos). Sin embargo, la película sale bien parada gracias a su energía optimista, y sobre todo a sus personajes. Todos están excelentemente escritos, de manera que funcionan a nivel abstracto, como arquetipos (incluso conceptos), pero también como personas reales. Destaca una divertidísima Peña (como siempre), tan caricaturesca como en última instancia humana y conmovedora. Como Sara, todos los personajes de Las ovejas no pierden el tren nos acaban desvelando la posibilidad de controlar el destino propio, de hallar un nuevo rumbo en una vida inesperada, conclusión más que certera para una obra tan moderna y clásica a la vez.

Valoración: ★★★½

Crítica: El club de los incomprendidos

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No te fíes nunca de una película que empieza con una voz en off diciendo “La adolescencia es…” Lo más seguro es que nadie de esa película sepa realmente lo que es la adolescencia, ni sus personajes, ni mucho menos sus guionistas. Y ese es exactamente el caso de El club de los incomprendidos, terrible adaptación cinematográfica de la saga literaria teen escrita por el español Blue Jeans (pseudónimo de Francisco de Paula Fernández González) que sigue las andanzas de seis chavales supuestamente marginados que forman una pandilla para vivir a su aire sin importar lo que el resto del mundo piense de ellos.

Basada en el primer libro, “Buenos días, princesa” (guiño a La vida es bella, por si no estaba claro), El club de los incomprendidos insiste en hablarnos de la etapa más efímera en la vida de una persona sin tener ni idea de qué va exactamente, y lo que es peor, universalizando americanizando los conflictos de los personajes, de manera que lo que vemos en pantalla no es más que un batiburrillo de ideas y lugares comunes extraídos del audiovisual yanqui, que ni tiene sentido, ni coherencia interna, ni mucho menos verdadera correlación con la realidad que vivimos. El club de los incomprendidos es como Al salir de clase pero con las tramas de Salvados por la campana Gossip Girl. Porque claro, todos hemos escondido una tarjeta de San Valentín en la taquilla de la persona que nos gusta o hemos adquirido un DNI falso para entrar en una fiesta.

La cantidad de tópicos USA que se corta/pegan es inaudita y en consecuencia, el instituto que vemos en la película conforma un universo tan inverosímil que hace que Monster High parezca realismo social. Pero lo más grave es la flagrante apropiación de ideas ajenas, sobre todo del imaginario cinematográfico del inadaptado. En El club de los incomprendidos hay (demasiados) elementos de El club de los cincoel clásico teen que más copian. Veamos, seis chicos problemáticos que arrastran traumas psicológicos y llevan las etiquetas que el resto de estudiantes les ha otorgado (el chulo, la friki, la puta, el pringao…) se reúnen “castigados” en la biblioteca después de clase, donde además de tener tiempo para hacer los deberes y congeniar mazo entre ellos, reciben apoyo por parte del psicólogo de la escuela (pobre Raúl Arévalo metido en esto). ¡¿Hola?! Por si eso no fuera suficiente, tenemos montaje musical con nuestro Club de los seis bailando subidos al mobiliario de la biblioteca, y un discurso final en el que todos se reafirman en sus identidades arquetipadas, como hacía el Breakfast Club en la carta al señor Vernon al final de la mítica película de los 80.

Club de los incomprendidos pósterPero el film también bebe mucho del reciente éxito de culto Las ventajas de ser un marginado, de la que se atreve a calcar su escena más icónica (la del túnel) esperando que no se note demasiado y esforzándose mucho para no soltar un “somos infinitos”, aunque se queden con todas las ganas del mundo. Ellos dirán que se trata de homenajes, pero saben tan poco de lo que es un homenaje como de la adolescencia misma. Esto lo que es es un pastiche, y además uno mal pegado, con Imedio goteando en todas las esquinas. Un bocadillo de chóped vendido como una hamburguesa del Tommy Mel’s.

La amistad entre estos seis chicos está basada en la ilusión de que son diferentes al resto, cuando en realidad son una pandilla artificial de jóvenes de revista de tendencias convertidos en parias porque es lo que ahora mismo mola. Nerds de pega que se quejan constantemente de problemas confeccionados a la ligera, formulados sin pensar demasiado en la plausibilidad que requieren o en la responsabilidad que conlleva un producto de estas características (fenómeno editorial con potencia de convertirse en fenómeno cinematográfico para quinceañeros). En la batidora de El club de los incomprendidos caben conflictos propios de la adolescencia como el bullying, la presión de los padres, la identidad sexual, el Asperger’s, las primeras experiencias sexuales o el suicidio, y se mezclan a toda potencia, de manera temeraria. A pesar del falso halo de dramatismo que nos viene a decir que se toma estos temas en serio, El club de los incomprendidos los utiliza en realidad como accesorio de moda de sus personajes, frivolizando peligrosamente, y lanzando a lo loco (aunque sea de manera involuntaria, porque más luces no tiene) el mensaje de que para vivir la adolescencia a tope hay que estar en contacto con estas experiencias. La insultante caracterización (por llamarlo de alguna manera) de estos seis chicos, tan guapos e ideales que es imposible que nos creamos sus problemas (total, el guión tampoco se molesta en que lo hagamos), no es más que un disfraz, una pobre estrategia comercial que tiene como propósito disimular la verdadera cara de la película, que no es más que otra Tres metros sobre el cielo, pero incluso peor. No hay duda, si John Hughes levantara la cabeza, la usaría para dar un cabezazo a los responsables de este abominable despropósito.

Valoración: 0

Crítica: La vida inesperada

La vida inesperada

Después de su incursión en la ciencia ficción con su primer largometraje, Fin, el realizador alicantino Jorge Torregrossa se pasa a la comedia humanista con su segunda película, La vida inesperada, para la que cuenta con la inestimable colaboración de la escritora Elvira Lindo, que se encarga del libreto. La vida inesperada es una película con cierta voluntad de retrato generacional que nos invita a reflexionar, entre otras cosas, sobre la futilidad de nuestros deseos cuando el mundo se empeña en ofrecernos lo contrario a lo que le pedimos y el control que ejercemos sobre nuestro propio destino.

La vida inesperada es la historia de Juan (Javier Cámara), o Juanito, como lo llamaban (y lo siguen llamando) en el pueblo, antes de emigrar a Nueva York hace diez años para perseguir su sueño de ser actor. La vida no le ha dado a Juan lo que esperaba, y este sobrevive a duras penas en la Gran Manzana pluriempleándose como camarero, profesor de cocina española para americanos, y dependiente en una tienda de alimentos, a la vez que trabaja como actor en una compañía de teatro de tercera. La visita de su primo (Raúl Arévalo), un supuesto triunfador que en realidad está hastiado de su vida “esperada” y sueña con romper con todo, servirá para que ambos reevalúen lo que tienen, lo que son, y hacia dónde se dirigen.

La vida inesperada cartelAfincada desde hace años en Nueva York, Lindo vuelca en el guión de La vida inesperada sus vivencias en la ciudad de las oportunidades, así como su particular audacia como observadora del comportamiento humano, para componer un agridulce relato de exilio acerca de nuestra búsqueda permanente. Si bien no consigue dotar a la historia de la fuerza y la fluidez necesaria para que su mensaje cause impacto perdurable, la autora, maga del costumbrismo como es, vuelve a dar en el clavo con esos momentos pequeños que muy hábilmente nos desvelan mil y un misterios sobre nosotros mismos. La vida inesperada brilla sobre todo en aquellas escenas en las que las idiosincrasias neoyorquinas y españolas conviven -especialmente todas las videoconferencias de Juan con su madre, impagables-, y que sirven para hablarnos con una lucidez melancólica, que no derrotista -y sobre todo sin tópicos de baratillo-, sobre la esperanza, la confianza y el autoengaño en las relaciones familiares durante tiempos de crisis.

Pero si por algo se destaca sobre todo La vida inesperada es por no ser la enésima historia aspiracional que nos vende la posibilidad de un sueño inalcanzable y nos anima a perseguirlo a toda costa. La película de Torregrossa no invalida este loable (pero peligroso) mensaje, para nada, pero nos proporciona un lugar (semi)seguro en el que aterrizar en caso de llegar a una edad y no haber conseguido lo que se esperaba. Efectivamente, “la vida inesperada” a la que hace referencia el título no es la del éxito repentino, la del triunfo y el reconocimiento público, no es la meta a la que podemos llegar si no nos rendimos, sino una vía alternativa hacia la felicidad, la posibilidad de que la vida que habíamos rechazado, incluso menospreciado, sea nuestra oportunidad para hallar la plenitud en un futuro distinto al esperado.

Valoración: ★★★

Crítica: Los amantes pasajeros

Cherish: We can fuck now?
Cecil: From here to Timbuktu!
(Cecil B. Demente, 2000) 

Se habla de Los amantes pasajeros como el gran regreso de Pedro Almodóvar a la comedia. Si bien es cierto que desde Kika (1993), el realizador manchego no había hecho una cinta eminentemente cómica, todos sus melodramas, tragedias y giallos (…) de las dos últimas décadas no se entenderían sin su particular sentido del humor. O en su defecto, sin la enorme presencia de Chus Lampreave, almodovariano alivio cómico por excelencia -que desgraciadamente no aparece en esta película. De la misma manera, sus comedias nunca prescinden del poso trágico, en especial a la hora de elaborar las historias de fondo de los personajes, y lo comprobamos en este último trabajo una vez más. Comedia, tragedia, tragicomedia, qué más da. Almodóvar y punto.

Los amantes pasajeros será publicitada hasta la saciedad -como todo lo que hace Almodóvar- como el regreso a los orígenes de su director, la vuelta del humor de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pero, aunque todo desprenda un halo a underground manufacturado, esto es solo cierto a medias. Los amantes pasajeros no es solo un trabajo de retrospección o recuperación, es sobre todo otro paso más en la evolución de su cine. Uno hacia la libertad total, a través del despojo absoluto de prejuicios y preocupaciones por la crítica -siempre dividida y tan visceral o más que su cine. En este sentido, Almodóvar está más John Waters que nunca. Pero claro, es un Waters tardío. La extrema libertad de Pink Flamingos (1972) no es la misma que la de Los sexoadictos (A Dirty Shame, 2004), de la misma manera que el punk cerdo de Pepi, Luci y Bom (1980) no tiene nada que ver con el caos carnal de Los amantes pasajeros. La declaración de principios se descarga de afectación y el guerrillerismo desaparece. Aparentemente, la única causa que persigue Almodóvar con Los amantes pasajeros es la risa del espectador, y para lograr el éxito, se deshace de toda restricción y yugo creativo, propio y ajeno, dando rienda suelta a una celebración por todo lo alto de la pluma sin concesiones y sin remordimientos. Y es que, ¿por qué habría de tenerlos? El resultado es una obra decididamente ligera que nos devuelve a un Almodóvar que, una vez más, ha hecho la película que quería hacer.

Ahora bien, la locura en Los amantes pasajeros tarda un poco en desatarse. La primera hora de la película fluctúa entre lo patético de unas interpretaciones acartonadas -marca de la casa- y unos diálogos desinspirados que siembran el pánico. ¿Nos han enseñado en el tráiler lo único verdaderamente gracioso de Los amantes pasajeros? Tranquilos, no es el caso. Los amantes pasajeros se toma su tiempo para despegar -aunque Almodóvar es de la opinión de que las comedias no deben durar más de 90 minutos, así que en qué estaba pensando. Pero cuando lo hace, no pone el piloto automático en ningún momento. El peso cómico de Los amantes pasajeros recae principalmente en el trío de azafatos que ejercen de anfitriones de este loco camarote volador de los hermanos Marx. Unos inconmensurables Javier Cámara, Carlos Areces y Raúl Arévalo nos invitan a soltarnos la melena (o sacudir el flequillo a lo Whip My Hair), entregándose en cuerpo y alma, culo y lengua, cadera y muñeca, al libérrimo exceso de sus personajes. Llega un momento en Los amantes pasajeros en el que es imposible no abanderar el “I’m so excited, and I just can’t hide it. I’m about to lose control and I think I like it. I LIKE IT”.

Por supuesto, no es casual -como nada en el cine de Almodóvar- que el hit de The Pointer Sisters sea la única canción con protagonismo de la película (menos mal). “I’m So Excited” se convierte en himno, declaración de intenciones, biblia y mantra, y en último lugar, catalizador del irrefrenable deseo del espectador por entregarse a la vorágine de liberación y guarrería que está observando en la pantalla. Estoy a punto de perder el control y creo que me gusta. Definitivamente, ¡me gusta! Es hacia el tramo final de Los amantes pasajeros cuando más salta a la vista la influencia de Waters en Almodóvar, sobre todo durante ese apoteósico y catártico clímax erótico que remite directamente a la secuencia final de la imprescindible Cecil B. Demente (Cecil B. Demented, 2000) o, como ya he mencionado, a Los sexoadictos en su totalidad.

Los amantes pasajeros solo se encuentra con turbulencias cuando insiste en profundizar en las vidas de los pasajeros del vuelo. El gran recurso cómico que resulta ser la avería del teléfono que permite a todo el pasaje oír al interlocutor se ve truncado cuando, a través de él, el relato se desplaza a tierra firme. Sobra la subtrama de Willy Toledo y Blanca Suárez. Como también desentona ligeramente la crítica social que Almodóvar lleva a cabo a través del banquero corrupto. Sin embargo, la verdadera denuncia no es sino el mero hecho de la existencia de esta película, que una vez más pasa por encima de la empalizada del cine en este país, y del gobierno que lo financia. Los amantes pasajeros es muy en el fondo un retrato, astutamente revestido de comedia, de la situación de precariedad en la que nos encontramos actualmente -el pasaje turista dormido al completo, el avión que sobrevuela España sin poder aterrizar en ella-, pero es sobre todo un corte de mangas a todo el que pone cortapisas a la creatividad de una industria en crisis permanente. “Soy Almodóvar, y aquí tenéis mi película. Hay semen en la comisura de los labios, mescalina con olor a ano y zafios chistes sobre la afición del rey a las prostitutas. ¿Y qué?”

“Tonight’s the night we’re gonna make it happen / Tonight we’ll put all other things aside / Give in this time and show me some affection / We’re going for those pleasures in the night”. En Los amantes pasajeros, todos los personajes se entregan a esos placeres trasnochados, y lo hacen en un tiempo y espacio literalmente suspendido, con la posibilidad de la muerte inminente guardada en el compartimento del equipaje. Y esta es la moraleja definitiva y cósmica de esta película. Si eres gay, sé gay. Si quieres follar, folla. Si quieres bailar, baila. España, y el mundo, se precipita hacia el vacío. No nos queda otra que entregarnos a nuestros deseos y pulsiones más primarias. Tal y como, una vez más, Almodóvar ha hecho con su cine.