Crítica: Kubo y las dos cuerdas mágicas

A pesar del monopolio de la animación realizada íntegramente por ordenador, todavía hay quien se empeña en mantener vivo el arte de la animación tradicional, y concretamente del stop-motion, técnica enraizada en los orígenes del cine que vivió una época de esplendor en los 90 gracias a Pesadilla antes de NavidadDesde 2005, el estudio LAIKA se ha dedicado a realizar largometrajes en stop-motion siguiendo el patrón de la película de Henry Selick y se ha ganado la devoción de miles de fans de la animación con su magia artesanal. Su última película, Kubo y las dos cuerdas mágicas, es sin duda el proyecto más ambicioso del estudio hasta la fecha, una obra monumental que no solo es una de las mejores cintas de animación del año, sino también una de las mejores películas de 2016.

Los anteriores trabajos de LAIKA se pueden considerar triunfos cinematográficos en diferentes grados. Coraline y ParaNorman sorprendieron sobre todo por sus singulares propuestas (películas de “terror infantil” con elementos transgresores que se alejaban de la norma), mientras que Los Boxtrolls supuso un pequeño paso atrás al presentar una historia algo más convencional (aunque igualmente brillante en el apartado visual, como todas). Con Kubo y las dos cuerdas, LAIKA remonta el vuelo para alcanzar una mayor sofisticación, tanto visual como narrativa, y dejarnos su obra más redonda, un auténtico regalo para los sentidos que no solo asombra por lo fastuoso y hermoso de sus imágenes, sino también por llegar a un nuevo nivel de épica y emoción para el estudio.

Kubo supone el debut en la dirección de Travis Knight, animador jefe y presidente de LAIKA, y nos traslada a un mágico Japón feudal, donde acompañamos a Kubo en una extraordinaria odisea de fantasía y peligros. Kubo (doblado en inglés por Art Parkinson) es un niño inteligente y bondadoso que vive con su madre enferma en lo alto de una formación rocosa junto al mar y se gana la vida contando historias fantásticas a los habitantes del pueblo de al lado, a los que maravilla con los poderes mágicos de su shamisen, un instrumento que controla el papel y forma figuras de origami con vida propia con las que el niño ilustra sus relatos. La tranquila (aunque atribulada) existencia de Kubo se ve interrumpida cuando las malvadas hermanas de su madre regresan para llevar a cabo una venganza milenaria. El pequeño no tiene más remedio que huir y emprender un viaje junto a dos aliados improbables, Mona (Charlize Theron) y Escarabajo (Matthew McConaughey), con los que se enfrentará a dioses y monstruos y tratará de descifrar el misterio de su familia para desempeñar su destino heroico.

Knight amasa en la película una gran cantidad de referentes del cine asiático, desde las historias de fantasmas como Kwaidan (1964) hasta el J-Terror, pasando por las películas de samuráis y el imaginario de Hayao Miyazaki. El resultado de esta combinación de influencias es una obra impregnada de folclore y tradición desbordantemente imaginativa e impresionante a nivel técnico (qué escenarios, qué fluidez de movimientos), un hito con el que LAIKA casi alcanza la perfección formal. Pero es que más allá de suponer un espectáculo precioso (visual y sonoro, no nos olvidemos de la maravillosa música de Dario Marianelli), Kubo es una película de una sensibilidad enorme, cargada de magia y emoción (y melancolía, como los mejores cuentos infantiles), con la que Knight nos habla de la familia, el legado, la tradición, los recuerdos, y especialmente de las historias. Porque Kubo es, por encima de todo, una historia de historias, un relato sobre el poder de la narración, sobre el proceso de creación y cómo los cuentos y las leyendas sirven para preservar la memoria y guiarnos en el mundo.

Además de ser una cinta aventuras impecable, un film familiar entrañable y con sentido del humor, y de contener algunas de las mejores escenas de acción que se han visto en el cine de animación recienteKubo establece (a través de las cuerdas del shamisen) una importante conexión emocional con el espectador que resulta en una mayor implicación que las anteriores películas del estudio, y culmina en un poderoso clímax que completa el viaje de su bondadoso héroe y legitima sus mensajes y valores. No es una película perfecta, pero sí una obra de arte digna de ser revivida y recordada, que es mucho mejor; un trabajo hecho con corazón (LAIKA lo tiene en las manos), en el que la técnica está al servicio de lo más esencial, lo que da forma a la realidad: la narración.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cegados por el sol (A Bigger Splash)

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Tilda Swinton se vuelve a poner a las órdenes de Luca Guadagnino, seis años después de protagonizar su aclamada película Yo soy el amor. En Cegados por el sol (A Bigger Splash), basada en La piscina (1969) de Jacques Deray, la británica da vida a Marianne Lane, una estrella de rock que disfruta de unas vacaciones con su novio cineasta (Mattias Schoenaerts) en la preciosa isla italiana de Pantelaria, en la región de Sicilia. Allí, su idílico descanso se ve interrumpido por la llegada del antiguo gran amor de Marianne, Harry (Ralph Fiennes) y su hija, Penelope (Dakota Johnson), cuya existencia apenas acaba de conocer. La llegada de Harry, un torbellino de locura y visceralidad, desencadena sentimientos de celos, rencor e inseguridad que llevan a los personajes a sumirse en una espiral de comportamiento destructivo.

Con Cegados por el sol, Guadagnino ha compuesto un trabajo de gran exuberancia, una película efectivamente bañada por el sol mediterráneo, placentero y sofocante a la vez, y aliviada por el agua refrescante de las piscinas y los paradisíacos rincones ocultos de Pantelaria, como sugiere su título original (superior, gracias al doble sentido que oculta). El director saca todo el partido de la hermosa localización, de manera que la isla y la casa donde los protagonistas pasan las vacaciones se funden con el convulso discurrir emocional y dramático de la historia. El calor, la sal del mar secándose en la piel, la brisa suave, todo se puede sentir a través de la pantalla, gracias a una ambientación sin igual, una aproximación muy física y atmosférica a los escenarios, que abandona a los personajes a los deseos naturales de la isla para reflejar su cambiante estado anímico.

Pero Pantelaria no es el único paisaje que Guadagnino está interesado en retratar en su película. El italiano es igual de meticuloso y apasionado a la hora de filmar los cuerpos de los protagonistas, un cuarteto de intérpretes absolutamente entregados al proyecto, sin ningún tipo de pudor para desnudarse integralmente y dejar que el director repase y venere sus anatomías con la cámara para dejarnos planos de un erotismo aturdidor. Pero obviamente, además de literal, la desnudez de sus protagonistas es también figurada. De hecho, desnudos quizá enseñen menos que cuando están vestidos. Cegados por el sol es una historia de celos, deseo, manipulación, una intriga inquietante pero también divertida, sobre el sexo, la sexualidad, la belleza, y el amor que se niega a desvanecerse y destruye. Un relato de contrastes, en el que la cultura del rock y el romanticismo de la celebridad de hace varias décadas (los Rolling Stone o la inevitable identificación de Marianne con Bowie) chocan con la calma y la tradición del Mediterráneo, y el descreimiento de las nuevas generaciones (personificadas en una excelente Dakota Johnson). Todo para mostrarnos cómo estos ociosos peces de ciudad, artistas sofisticados, cultos y privilegiados, se descomponen en el calor de un mundo extraño al suyo.

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Los cuatro protagonistas de Cegados por el sol están soberbios. Swinton, cuyo personaje se está recuperando de una dolencia de garganta, se pasa la primera mitad de la película sin hablar, desprendiendo presencia, carisma y una gran elocuencia dramática sin pronunciar apenas una palabra. Schoenaerts personifica con aplomo la peligrosa calma tensa de un hombre receloso y atormentado, constantemente amenazado por el pasado, mientras Johnson clava a la Lolita del siglo XXI, distante, enigmática, caprichosa y desbordantemente sexual. Pero quien se lleva el gato al agua es Fiennes, con la que es sencillamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo valiente, excesivo e histriónico en su justa medida, a través del que compone un personaje tan divertido como fascinante. Con un gran sentido de la exploración psicológica de personajes, Guadagnino elabora entre ellos un juego de sexo y pasiones desatadas que hace de Cegados por el sol una película embriagadora e irresistible.

Con un toque surrealista y burlón, y un ojo puesto en la obra de Patricia Highsmith (la cinta bebe mucho de El talento de Mr. Ripley), Guadagnino nos envuelve en una sensual orgía de los sentidos que no solo seduce con sus imágenes, sino también con su exquisito sentido del humorCegados por el sol es una película lasciva, delirante, una experiencia de la que uno sale con ganas de desnudarse, de desnudar, y de apaciguar el calor con un baño refrescante, a poder ser en compañía.

Nota: ★★★★

Crítica: ¡Ave, César!

Hail, Caesar!

Cuando me enteré de la existencia del nuevo proyecto de Joel & Ethan Coen, este se convirtió inmediatamente en uno de mis estrenos más esperados de 2016. Una comedia ambientada en el mundo del cine a principios de los 50 con números musicales y un reparto fulgurante de estrellas formado entre otros por Josh Brolin, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, George Clooney, Frances McDormand y Channing Tatum. Lo siento si esto pone mi criterio en tela de juicio, pero ya había visto y oído todo lo que necesitaba para saber que ¡Ave, César! (Hail, Caesar!) sería una de mis películas favoritas de esta temporada. Con estos ingredientes, los Hermanos Coen no tenían que hacer demasiado para conquistarme, pero haciendo honor a su reputación, los directores no se han dormido en los laureles y les han sacado todo el partido para realizar una de las comedias más divertidas e inspiradas que vamos a ver este año.

En ¡Ave César! los Coen realizan un homenaje en clave de sátira al cine clásico de los grandes estudios, colándose entre bambalinas de varias de las producciones en desarrollo de Capitol Pictures, la misma major ficticia que utilizaron en Barton Fink (1991). La película sigue al jefe de producción del estudio, Eddie Mannix (Brolin), mientras lidia con los problemas habituales de su trabajo y se enfrenta a una crisis de proporciones mayúsculas: los comunistas han raptado a Baird Whitlock (Clooney), la gran estrella del péplum “¡Ave, César!”, y piden una recompensa para liberarlo a tiempo para terminar la película. Mannix debe hacer lo posible por ocultar el secreto a la prensa sensacionalista y recuperar al actor, mientras hace malabares para mantener a flote las demás producciones de Capitol y proteger a sus estrellas del escándalo: una adaptación de Broadway que corre el riesgo de hundirse al contratar como protagonista a un inepto actor de westerns con voz de pito, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), o un embarazo fuera del matrimonio de una de las estrellas más queridas de Hollywood, DeeAnna Moran (Johansson). Todos hemos oído historias turbias sobre las leyendas de Hollywood, pero preferimos quedarnos con la imagen glamurosa que nos ofrece el cine. Sin embargo, los Coen quieren que miremos más allá del glamour y nos riamos de lo que vemos.

De esta manera, la película toma forma en una serie de viñetas que nos muestran los entresijos del studio system para desmitificar con un gran sentido del humor el Hollywood dorado de la posguerra, con la amenaza “roja” y la caza de brujas como telón de fondo. ¡Ave César! nos prepara un tour en el que saltamos de plató en plató para presenciar la caótica realización de varias películas durante esta época de cambio para el cine, salpicando así el film de interludios en forma de números musicales con los que los Coen dan rienda suelta a su pericia técnica y su exquisito gusto para filmar. La estética de las películas de los 50 es reproducida con sumo detallismo y elegancia para transportar al espectador a esta década mediante secuencias espectaculares, como el prodigioso número de claqué (con connotaciones gays) protagonizado por Channing Tatum en homenaje a Gene Kelly (tan bien ejecutado que uno buscará en vano dónde está el truco digital) o la preciosa coreografía acuática liderada por la no menos hermosa sirena Scarlett Johansson (que evoca a la de Esther Williams en Millon Dollar Mermaid). Todo para luego desmontar la magia del cine mostrándonos su verdadero rostro. Pero los Coen no se regodean en el lado más grotesco de la industria, sino que optan por la parodia amable con los toques surrealistas propios de su cine para reflexionar sobre la mentira de la fábrica de sueños (y por extensión, de la vida y la realidad) y hablarnos de la crisis existencial de un hombre atrapado en ella. Es decir, ¡Ave César! es una comedia ligera, pero no necesariamente trivial.

Hail, Casar!

Brolin personifica a la perfección esta dualidad de la película, fluctuando entre la serenidad y el caos que hay siempre en el cine de los Coen. Su magnética presencia y su talento para la comedia “seria” lo convierten en un gran protagonista (es comprensible que los Coen le saquen tantos primeros planos), pero el actor está rodeado de estrellas que también se encuentran en perfecta sintonía con los directores y forman un reparto redondo. Como de costumbre, Clooney derrocha simpatía y carisma, luciéndose especialmente en la escena final del péplum, un broche de oro que si no fuera por la presencia del actor, parecería directamente sacado de una superproducción real de los 50; Ralph Fiennes vuelve a desplegar su fantástica vis cómica después de El gran hotel Budapest; Frances McDormand sale en una sola escena pero es suficiente para desatar las carcajadas; Swinton aporta la nota más absurda con un extravagante personaje doble, dos gemelas directoras de sendos tabloides cinematográficos; Tatum y Johansson apenas tienen un par de secuencias cada uno, pero se bastan para dejar huella en la película con dos sorprendentes personajes caricatura (ambos son muy inteligentes eligiendo sus proyectos y saben explotar sus talentos como nadie, y aquí están inmejorables). Y por último, la verdadera estrella de ¡Ave César! es el semi-desconocido Alden Ehrenreich, un auténtico robaescenas que clava al ídolo paleto (con un aire a James Dean) y nos deja las escenas más hilarantes de la película.

¡Ave César! es una comedia deliciosamente excéntrica, una obra de energía contagiosa con la que las risas están garantizadas de principio a fin, especialmente para cualquier cinéfilo que presuma de conocer el mundo que retrata y las tensiones políticas de las que se mofa. Con un sentido del humor afilado y una puesta en escena impecable (el número de Tatum por sí solo ya amortiza la entrada), los Coen vuelven a demostrar que son unos maestros haciendo comedias inteligentes que se hacen la tonta, así como unos expertos recorriendo esa delgada línea que existe entre lo sublime y lo ridículo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Spectre

Daniel Craig

Daniel Craig vuelve a ponerse en la piel del agente 007, James Bond, después de tres entregas que han agitado la mitología alrededor del famoso personaje creado por Ian Fleming. Cuando da comienzo Spectre, la 24ª entrega de Bond, el personaje ya no trabaja “al servicio de su majestad”, sino que opera de forma independiente, ignorando las órdenes del nuevo M (Ralph Fiennes). Bond siempre se ha caracterizado por hacer las cosas a su manera, y en una época del cine de acción como la actual, en la que se imponen los supergrupos y el trabajo en equipo, él sigue insistiendo en ser un héroe solitario -sin contar la compañía femenina a la que necesita recurrir entre misiones, claro. Da igual el tiempo que pase y las reencarnaciones que experimente, Bond siempre será Bond.

Spectre es una película continuista. El director Sam Mendes y los cuatro (sí, cuatro) guionistas que han escrito el film han decidido convertir la historia en una especie de colofón de la era Craig. Esto no quiere decir que cierren la puerta a una quinta participación del rubio actor (aunque él ya se haya encargado de boicotearla en entrevistas). Es como cuando una serie clausura una temporada con un final lo suficientemente cerrado como para que sirva de conclusión en caso de ser cancelada y lo suficientemente abierto por si recibe una nueva temporada. De lo que no cabe duda es de que “James Bond regresará“, pero no sabemos hasta qué punto la siguiente entrega supondrá un nuevo reboot de la saga. Por eso, Spectre de momento funciona bien como desenlace, ya que en ella convergen las líneas argumentales de las tres anteriores, a través del enfrentamiento definitivo de Bond contra Spectre, la organización criminal detrás de los villanos de sus anteriores aventuras, presidida por el supervillano Franz Oberhauser, un Christoph Waltz en su salsa (eufemismo de “haciendo lo mismo de siempre”) eclipsado por Andrew Scott, que debería haber sido el Big Bad de la película.

Andrew Scott

Como es de esperar, Spectre está repleta de guiños y homenajes al universo Bond, no solo a las películas recientes, sino a sus más de 50 años en el cine. Esto hará las delicias de los fans del agente con licencia para matar, por supuesto, pero más allá de eso, la película ofrece pocos reclamos. Después de la oscuridad y la intensidad emocional de Skyfall, Mendes lleva a cabo una película más fría y mecánica, en la que, paradójicamente, no parece haber tanto en juego. Se trata de dos horas y media de lo mismo de siempre, pero esta vez con menos vida. La repetición de la fórmula no suele ser un problema en una saga tan asentada como esta, pero sí lo es que se ponga en práctica sin pasión. Y aquí falta pasión, falta la energía y el ardor de Casino Royale Skyfall. En ese sentido, Spectre se asemeja más a Quantum of Solace, al ser una historia menos trabajada y más ejecutada por inercia.

Lo que nos encontramos aquí es otra película de estructura episódica, construida a base de set pieces y “fases” de una gran misión que nos lleva de un lado a otro del mundo. De México D.F. durante el Día de los Muertos (fantástica secuencia de apertura de la que se obtiene la estética calaveritas de la campaña de marketing, pero que nada tiene que ver con el resto de la película) a Marruecos, pasando por Roma para una divertida persecución en coche y por supuesto Londres, donde tiene lugar el clímax. La acción es sobresaliente, como siempre, y algunas secuencias, como el prólogo o la brutal pelea de Bond contra Dave Bautista en un tren en marcha, elevan las cotas de adrenalina y espectacularidad. Sin embargo, el guion de Spectre está hecho a base de retales que se mantienen unidos a duras penas por un arco transversal algo confuso. Además, la historia resulta más superficial y previsible de lo que querríamos, dejando siempre a simple vista la tramoya que hay detrás del escenario. Se ven los trucos en todo momento, esa red que está en el sitio exacto para recoger a Bond de una caída mortal, ese coche pasando por la escena en el momento adecuado, esos personajes moviéndose en el tablero de la forma más conveniente. Cuando es para hacer comedia, funciona (Bond cayendo en el sofá), pero como ardid para resolver conflictos se le acaba viendo demasiado el plumero (se confían muchas cosas al azar, y al final no sentimos que haya verdadero peligro).

Daniel Craig;Lea Seydoux

Como decía al principio, Bond es un héroe solitario, deshumanizado, y Mendes ha respetado esta característica del personaje, como tantas otras que definen su universo. Sin embargo, sería interesante ver las reglas del mismo alteradas de verdad alguna vez. En Spectre se intenta explorar el lado vulnerable del agente hurgando en su pasado, pero no llega muy al fondo. Y esto ocurre en cierto modo porque esta vez los vínculos emocionales entre personajes no son tan importantes (uno de los puntos fuertes de Skyfall era la relación Bond-M/Judi Dench) y porque las chicas Bond de esta entrega vuelven a quedarse cortas comparadas con Eva Green. Léa Seydoux cumple con un personaje a medio camino entre la princesa en peligro y la chica de acción, pero cansa ver de nuevo a otro personaje femenino que al final solo está ahí para que Bond se haga el héroe y salve a la enésima mujer de su vida. Y no me hagáis hablar del papel de Monica Bellucci, que apenas sale en pantalla dos minutos para hacer de trozo de carne. La actriz italiana ha calificado a su personaje de “revolucionario”, porque, atención, esta vez Bond no se acuesta con una jovencita, sino con una mujer madura (casi de su edad, vamos). Qué triste. Vale que la misoginia, el edadismo y el carácter mujeriego forman parte de la personalidad y la leyenda del personaje, pero estaría bien que esto empezara a compensarse de verdad, escribiendo mejor a los personajes femeninos de la saga (Naomie Harris tampoco hace mucho) y rebajando el machismo redomado de Bond, que en Spectre alcanza cotas inaceptables para 2015.

En definitiva, Spectre ofrece todo lo que cabe esperar de una película de James Bond (elegancia, distinción y acción contundente por encima de todo) pero en esta ocasión hay menos cohesión en la historia y resulta todo demasiado rutinario, y en consecuencia, aburrido. Diálogos, desarrollo de personajes, giros argumentales, todo deja entrever cierto agotamiento y desgana, lo que pone de manifiesto la necesidad de renovarse una vez más. Craig ha sido (es) un gran Bond, pero ya es hora de pasar el testigo y darle un giro a la saga. Propongo un spin-off de Q, el (desaprovechado) personaje de Ben Whishaw, para hacer tiempo hasta que se dé con la forma de rescatar a Bond de las garras del cansancio.

Valoración: ★★★

Crítica: The Invisible Woman

The Invisible Woman

Después de su debut en la dirección con Coriolano (2011), desapercibida adaptación de la obra de William Shakespeare, Ralph Fiennes se vuelve a sentar en la silla del director para filmar otra película relacionada con otro de los grandes autores de la literatura universal, Charles Dickens. Sin embargo, The Invisible Woman no adapta una obra del novelista inglés, sino la biografía homónima escrita por Claire Tomalin en 1990 sobre Ellen Ternan, la mujer que pasó junto a Dickens los últimos años de la vida del escritor, en secreto.

The Invisible Woman podría catalogarse como biopic, aunque su carga poética, y el hecho de que el peso del relato recaiga sobre la otra mujer, la acercan más bien al drama íntimo, y la distancian (afortunadamente) de la corriente actual de biografías sobre grandes personalidades de la historia. Además de dirigir el film, Fiennes se reserva el papel de Dickens, apenas dos años después de haber dado vida a uno de sus personajes, Magwitch, en la enésima adaptación de Grandes esperanzas (Mike Newell, 2012). Con su vívida y carismática interpretación de autor británico, recuperamos al gran actor que conocimos en los 90, el mismo año que lo hemos visto revitalizando su carrera con otra gran actuación en El gran hotel Budapest (Wes Anderson).

The_Invisible_Woman_-_Cartel_final_Sin embargo, en The Invisible Woman, el Fiennes director se impone al Fiennes actor, con un trabajo de enorme sutilidad y buen gusto que evidencian a un notable cineasta. Pero como decíamos, este romance victoriano de erotismo contenido y belleza intemporal no nos cuenta exactamente la historia de Dickens, sino la de la mujer invisible (un acierto no haber traducido el título para su estreno en España) que se enamoró perdidamente de él y con la que vivió una aventura (en el sentido más completo de la palabra) en el cénit de su carrera, y de su vida. En este sentido, la exquisita Felicity Jones supone un gran acierto de casting. La joven actriz contrarresta la gelidez de su aspecto con un encanto inocente, casi infantil, y un aura de inteligencia y tormento con el que caracteriza brillantemente a esta mujer enferma de amor y de soledad, demostrándonos el gran talento que se percibía en papeles anteriores.

A pesar de estar directamente inmerso en la historia como protagonista, Fiennes compartimentaliza hábilmente sus facetas como actor y como director y cuenta la historia en The Invisible Woman desde una distancia prudencial que, si bien puede dar la impresión de frialdad o desapasionamiento, desvela a un director metódico, preciso y meticuloso, un narrador que penetra en la piel del espectador casi sin que este se dé cuentaThe Invisible Woman nos ofrece un irresistible y certero retrato del novelista más importante de la historia en la cumbre de su popularidad, pero nos atrapa con la devastadora historia de la mujer a la sombra, afectándonos en última instancia con la terrorífica idea del duelo en secreto por el gran amor de una vida. Un triunfo en la carrera de Fiennes.

Valoración: ★★★½

Crítica: El gran hotel Budapest

El Gran Hotel Budapest

A estas alturas ya sabemos lo que esperar exactamente de una película de Wes AndersonEl gran hotel Budapest es todo un acto de autoafirmación (otro), una cinta con la que el director de Los Tenenbaums y Fantástico Mr. Fox se mantiene en su elemento, insistiendo en su potente identidad estética y su peculiar sentido del humor, entre lo sofisticado, lo privado y el slapstick más bobo, resguarecido en su zona de seguridad, con sus excéntricos personajes meticulosamente centrados en el plano, dentro de ese universo perfectamente simétrico y casi estático de cuadrados y retablos. La contagiosa iconoclastia de Anderson es lo que le ha convertido en uno de los más venerados autores cinematográficos de la actualidad, y El gran hotel Budapest es otro ejemplo más de su destreza a la hora de fusionar arte y estupidez para darnos un cine que solo él puede hacer.

A pesar de que su campaña promocional pueda darnos la impresión de que estamos ante una película coral, El gran hotel Budapest es la historia de dos hombres, el afamado conserje Monsieur Gustave  y el botones Zero Moustafa, y su amor por el emblemático edificio y una joven repostera, respectivamente. Una rocambolesca aventura llena de acción ala Anderson, protagonizada por un inspiradísimo Ralph Fiennes y el recién llegado a la familia Anderson, Tony Revolori, que entiende el El Gran Hotel Budapest cartelhumor andersoniano como si llevara trabajando con él toda su carrera. Claro que, como no puede ser de otra manera, por el film desfilan infinidad de rostros conocidos, en su mayoría intérpretes fetiche del director que no quieren perderse la fiesta: Bill MurrayOwen Wilson, Jeff Goldblum, Edward Norton, Jason Scwartzman, Tilda Swinton en una de sus dos magníficas interpretaciones protésicas de este año (en esta y Snowpiercer está para ponerle un monumento). El elenco de secundarios es multitudinario, pero a excepción de la (todavía promesa) Saoirse Ronan y los villanos Willem Dafoe y Adrien Brody, casi todos entran en la categoría de cameo. Están ahí desempeñando la función de un elemento más de la puesta en escena, objetos colocados por Anderson con la misma minuciosidad que el resto. En este sentido, El gran hotel Budapest sale perjudicada por confiar excesivamente en la mera presencia de estos actores para generar comedia. Funciona, porque No Murray, No Party, pero también refuerza la idea de que Anderson está cada vez más exclusivamente interesado en la forma por encima del fondo.

El gran hotel Budapest es otra porción del universo fársico y absurdo de marionetas que Anderson ha creado a lo largo de los años, ese grand gignol inspirado en el cine mudo, con el que el director ha afianzado su estilo -sobreviviendo en repercusión a muchos de sus contemporáneos-, y que en esta película resulta particularmente exultante y bello (como una descomunal tarta de diseño). Anderson confecciona el film con la precisión que lo caracteriza, perfeccionando sus técnicas cinematográficas: el uso de hermosas maquetas en miniatura, el stop-motion, el estilo cartoon, los paneos horizontales y verticales, los intertítulos, esa estudiada paleta de colores, la planificación por capas y los saltos en el tiempo (que esta vez además coinciden con cambios en el aspect ratio, sin duda una gran idea). Además, el director cuenta de nuevo con una sublime partitura del ubicuo Alexandre Desplat, ya imprescindible en su cine. Todo para crear otra “realidad inventada“, otro exquisito mundo de caos y confusión medido al milímetro; un escenario en el que el director mueve a sus personajes, obteniendo la mejor comedia de ellos gracias a sus cronometrados movimientos de cámara y su montaje. En definitiva, la labor de orfebrería visual y sonora (o de TOC, según se mire) que Anderson orquesta en la película es encomiable, y sin duda hará las delicias de sus seguidores. Sin embargo, El gran hotel Budapest no está a la altura de sus mejores obras. Carece de la fuerza y profundidad emocional de sus anteriores películas y, por muy ingeniosa que sea, parece augurar (o inaugurar) una etapa de madurez caracterizada por el estancamiento autoral.

Valoración: ★★★½