Crítica: Megalodón (The Meg)

Hace más de 40 años Tiburón cambiaba para siempre el cine comercial y la relación de los espectadores con la playa y el océano. Después de que el clásico de Steven Spielberg impulsara el término “blockbuster veraniego” y nos obligase a todos a quedarnos en la orilla durante nuestras jornadas playeras, el cine fantástico y de terror (y desde no hace mucho también la televisión) ha seguido explotando ese miedo que provoca el fondo del mar y las criaturas que se ocultan en él, convirtiendo al tiburón en uno de los asesinos más sanguinarios del séptimo arte.

Flash-forward a 2018, año en el que se estrena en televisión la sexta y última entrega de Sharknado, exitosa saga de serie B que ha convertido al tiburón en un chiste, y llega a las salas de cine la nueva película de Jason Statham, que también gira en torno a un tiburón asesino, Megalodón, dirigida por Jon Turteltaub (La búsqueda: El diario secreto). Como su título en español indica (en inglés The Meg, sin relación con la hija de Peter Griffin), Megalodón plantea la posibilidad de que dicha especie prehistórica de tiburón haya sobrevivido en lo más hondo del océano y decida que es un buen día para subir a la superficie y sembrar el terror.

Jonas Taylor (Statham), un especialista en rescate en aguas profundas, lidera el equipo que se enfrenta a la gigantesca criatura después de que una expedición al fondo de la Fosa de las Marianas abra la puerta a nuestro mundo para el monstruo, que no duda un segundo en embestir y engullir todo lo que se pone por su camino. El megalodón da lugar a una épica lucha entre el hombre y la bestia que amenaza con llegar a la zona de bañistas más concurrida del Pacífico y hacer de ella su buffet libre. Y cuando decimos “el hombre” no nos referimos a la especie humana en general, sino a Jason Statham, que en un momento de la película se enfrenta él solito al animal de 23 metros. Porque ante todo, Megalodón es una película de Statham, que es un género en sí mismo, y esta se asegura de que no lo olvidemos.

Lo que también es Megalodón es otro producto diseñado específicamente para el público de China, actualmente el primer mercado mundial del cine. La película transcurre en el continente asiático y cuenta con varios actores chinos en su reparto principal, ganchos imprescindibles para proyectarla internacionalmente. Es decir, Megalodón es una película que no está realizada por cineastas, sino por ejecutivos y estudios de mercado. De ahí que se haya optado por la blandengue calificación por edades PG-13, que suaviza la violencia y reduce el gore al mínimo, resultando en una experiencia potencialmente frustrante para quien vaya a verla esperando más sangre y desbarre.

Pero ese es solo uno de los muchos problemas que tiene la película. A pesar de varias escenas ridículamente exageradas que se acercan a lo que prometía y algunos set pieces eficientes que aumentan la tensión y la salvan del desastre, Megalodón supone una decepción, sobre todo teniendo en cuenta lo demencial que podía haber sido. En su lugar, la película se pasa la mayor parte del tiempo en la zona segura, echando mano de todos los clichés de la acción de los 90 y el cine de catástrofes (incluido un único personaje negro caricaturizado para ser el alivio cómico) para ofrecernos una experiencia más convencional y descafeinada de lo que esperábamos. Por si eso eso fuera poco, la historia tarda demasiado en arrancar, y para cuando se deciden a mostrar al tiburón (a unos 35 minutos del principio y después de numerosas y repetitivas escenas que solo sugieren su presencia), el suspense se ha desvanecido.

Tampoco ayudan los penosos diálogos (hacía tiempo que no oía a una niña hablando como un adulto de forma tan falsa e irritante), el humor fallido (habría sido mejor que no intentaran hacer chistes si iban a ser tan enormemente sosos y típicos), un metraje excesivamente alargado, las limitadas interpretaciones del reparto (Statham está de Oscar al lado de Ruby Rose) y la falta absoluta de química de la pareja protagonista: saltan tan pocas chispas entre Statham y Li Bingbing que tienen que poner a la niña literalmente en medio de los dos para ayudarles a ligar.

En resumen, lo peor no es exactamente que la película sea mala y que su historia no tenga ni pies ni cabeza. Eso era algo con lo que contábamos. Lo peor es que es mala de verdad, no tan mala que es buena, o tan mala que nos lo pasamos genial riéndonos de ella. Mala a secas. Aburridamente malaMegalodón tenía todas las papeletas para convertirse en nuestro nuevo placer (no tan culpable), pero se queda a medio camino por culpa de los límites que le impone su naturaleza de producto y su falta de riesgo, suponiendo una oportunidad desaprovechada para hacer algo realmente loco, divertido y memorable.

Pedro J. García

Nota: ★★

¿Puede Catherine Tate salvar The Office?

Sí, lo reconozco. El título de esta entrada peca de sensacionalismo. La comedia de NBC lleva varias temporadas dando palos de ciego, y en concreto desde la marcha de Steve Carell, le cuesta horrores levantar cabeza. Pero sería injusto declararla hundida oficialmente -sobre todo cuando la NBC se empeña en mantenerla a flote. Al referirnos a The Office es fácil recurrir un lugar común bastante trillado: las horas bajas de esta serie son las altas de la mayoría de las comedias actuales. Sin embargo, todos sabemos que esto no es suficiente. Donde antes había carcajadas, ahora hay golpes de aire y sonrisas incómodas. Donde antes disfrutábamos con las miserias y sociopatías de los personajes, ahora simplemente fruncimos el ceño. Últimamente, los episodios de The Office son 20 minutos de horas bajas. Y ni un minuto de lucidez por episodio sirve para seguir alargando algo que debió terminar hace varios años.

La NBC es consciente de todo eso, pero se niega a dejar marchar su comedia con más audiencia. Y el caso es que el buque hace aguas por todos los lados, y las pérdidas se suceden una tras otra a un ritmo vertiginoso. A pesar de que Ed Helms y Jon Krasinski volverán para la novena temporada, hemos perdido a James Spader -nunca nos acostumbramos a su Robert California, así que no importa mucho-, a Mindy Kaling -que prepara un piloto para la FOX-, a Paul Lieberstein -Toby sin Michael no es nada-, y por supuesto a Rainn Wilson, que junto a Lieberstein se muda al desastre anunciado que es el spin-off de Dwight Schrute. No se sabe nada del resto del reparto, pero ya poco importa. Es desolador ser testigos del progresivo deterioro y pérdida de dignidad de una de las mejores telecomedias de los últimos tiempos, por culpa de una cadena que no atraviesa por su mejor momento en lo que respecta a índices de audiencia: sus otras comedias luchan por sobrevivir, y sus dramas se cancelan de dos en dos.

Ahora bien, desde hace un par de años, siempre que escribo acerca de The Office, no puedo evitar la dicotomía total. The Office es una sombra de lo que fue, pero me sigue gustando. The Office ya no sabe sacar provecho de sus personajes, pero yo los sigo queriendo. Ver The Office se ha convertido en algo parcialmente triste, y aun así sigo viendo cada episodio con ilusión y predisposición. No sé qué será. ¿Cariño, hábito, tesonería? Quizás la clave, después de todo, siga residiendo en los personajes. Hay varios empleados de la oficina que hacen que merezca volver a ella semana tras semana. Ed Helms sigue desprendiendo encanto como Andy Bernard -tan desbordado en su nuevo puesto, tan feliz temporalmente como recepcionista- y Erin (Ellie Kemper) funciona como contrapunto perfecto -convirtiendo a Andy en el personaje más cercano, con el que más fácil resulta identificarse, en definitiva, y aunque parezca mentira, el más normal. El episodio “Get the Girl” (8.19) nos devolvió el interés en la extraña pareja. Que estos dos se hayan convertido en el motor de The Office es resultado de una evolución natural. Pero seguimos necesitando algo nuevo.

Y ahí es donde entra la popular actriz británica Catherine Tate –The Catherine Tate Show, Doctor Who. Conocimos a su personaje, Nellie Bertram, en el último episodio de la temporada pasada, pero ha regresado para una tanda de episodios, en principio sustituyendo a James Spader como representante de los altos mandos de Sabre -aunque su intención sea realmente la de ocupar el despacho de Andy. En “Get the Girl” damos la bienvenida a la oficina a este encantador y excesivo personaje, haciendo que el episodio sirva como campo de pruebas. ¿Nos gusta Nellie en Scranton? Mi respuesta es un rotundo sí. Desde el momento en el que el personaje da rienda suelta a su excentricidad -se autocontrata como supervisora y reparte aumentos a los empleados- se convierte en candidata perfecta para sustituir, no a California ni a Bernard, sino al mismísimo Michael Scott. Esperamos que tanto Tate como los responsables de The Office se den cuenta de las posibilidades de convertir a Nellie Bertram en personaje fijo. No tienen nada que perder, ¿no?