La favorita: Nido de víboras

Ana y Sarah son BFFs. Llevan siendo amigas desde hace ya unos cuantos años y se compenetran a la perfección. S es la única persona capaz de apaciguar los arrebatos coléricos de A y S el único amor puro (y algo sexual) que ha sentido A en toda su vida. Puede que haya cierta sumisión por parte de S hacia A, pero ambas disfrutan y sacan partido de ese rollo Ama-Sirviente que tienen entre ellas. Tanto que en ocasiones cambian los roles y S se convierte en la Ama y viceversa, hasta que A se cansa de todo, pega un par de gritos y hace lo que le viene en gana. S es la persona de confianza, la única en la que puede apoyarse en ese nido de víboras en que viven las dos. Mrs. Morley y Mrs. Freeman, así se llama la una a la otra. Ellas son para siempre y eso no va a cambiar nunca… o puede que sí. Yorgos Lanthimos, creador de pesadillas como Canino o El sacrificio de un ciervo sagrado, da un pequeño salto en el tiempo para volver a golpear nuestras consciencias con La favorita, su nuevo comecocos de época con Olivia Colman, Rachel Weisz y Emma Stone.

En los albores del siglo XVIII, la situación política europea existente convierte los tejemanejes de Poniente en un mero juego de niños. Borbónicos y austracistas pelean por la Corona Española y tanto Francia como la pérfida Albión tercian para sacar tajada. ¿Qué pintan dos amigas como A y S en dicha contienda? Simplemente, A es Ana de Gran Bretaña, monarca de las islas británicas, y S es Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough y una de las mentes políticas más privilegiadas y aviesas de su tiempo, además de antecesora de Winston Churchill y Lady Di. A es la reina y S su favorita. No había decisión política en Gran Bretaña que no pasase por S, aunque en más de una ocasión A terminase haciendo lo que le apeteciese, que para eso ella era el tejón más poderoso de Inglaterra.

Todo era felicidad y podofilia hasta que una mujer hizo acto de presencia en la corte, la otra A. Abigail Masham llegó con un vestido cubierto de mierda y barro y con supuesto parentesco familiar con S, carta que le valió para entrar a trabajar como sirvienta. De todos es sabido que por la caridad entra la peste, y a S le llegó por su prima. Sin tiempo para remediarlo, S ve cómo el fulgurante ascenso de la otra A de fregona a nueva consejera de A pone en peligro su status como favorita de la monarca. ¿Es la otra A el revulsivo que necesitaba A o una mera herramienta de los enemigos políticos de S?

La favorita es una sesuda disección sobre las artes políticas y la erótica del poder disfrazada de comedia alocada y absurda. Yorgos Lanthimos construye sus amistades peligrosas en clave de sororidad con el santo surrealismo de Luis Buñuel como patrón. Pocos cineastas actuales son capaces de llevar a cabo ciertas locuras en la gran pantalla sin parecer ridículos y él es uno de ellos. Nos lo demostró con creces su distopía animalista de Langosta y en cierta manera con la discordancia que sufren las protagonistas de Canino y ahora lo hace en la Europa del siglo XVIII. El humor de La favorita es extremadamente burdo y estúpido, algo que suele ser inaceptable en este tipo de películas, pero que justamente es el tono más acertado y necesario para retratar el disparate que eran (son) las monarquías de rancio abolengo del viejo continente. Todo en esta película es tan ridículo que provoca tanto carcajadas como escalofríos, especialmente cuando recordamos que hay miles de vidas y el destino de varios países en juego.

Puede que la premisa de La favorita sea la más canónica hasta la fecha dentro de la filmografía del director griego (curiosamente es la primera ocasión en que Lanthimos no trabaja sobre un guion propio), pero no por ello deja de ser tan perturbadora y marciana como sus obras anteriores. La tóxica sororidad triangular del film no es sino la enésima demostración de que el ser humano es un lobo para el ser humano, especialmente cuando hay intereses de por medio. Aunque haya cariño de por medio, A no deja de tratar a S como si de su esclava personal se tratase, así como S no deja de aprovecharse de A para medrar socialmente un poco más.  De igual manera, que la recién llegada es capaz de hundir a S sin miramiento únicamente por ser pato más poderoso del reino.

Esta contemplativa película se ve beneficiada por una de las mejores elecciones de casting de la temporada: Olivia Colman (Redención y nueva Isabel II en The Crown) como Ana de Bretaña, Rachel Weisz (El jardinero fiel) como Sarah Churchill y Emma Stone (La La Land) como Abigail Masham. Aunque se haya optado por Colman como protagonista para la temporada de premios, las tres intérpretes resultan igualmente arrolladoras y poseen el mismo peso e importancia en pantalla. La labor interpretativa de Colman como la pueril monarca es descomunal y extremadamente valiente. Suyos son los mejores gags cómicos y sus aires de Reina de Corazones son tan ridículos como aterradores. Su Ana de Bretaña es uno de esos papeles por los que una actriz hace historia, no obstante, se ha hecho con el premio a mejor actriz en los pasados Globos de Oro. Su tez mortecina, su mirada vacía y su gesto compungido perpetuo recuerda al feísmo profesado por Francisco de Goya en sus retratos de la corte española. Lanthimos apuesta por exhibir la fealdad y las taras físicas y psicológicas de años y años de endogamia, rechazando categóricamente la estúpida tradición de los films históricos de mostrar a los monarcas como seres bellos y mucho más delgados que sus referentes reales.

Tampoco se corta nada Emma Stone con su Abigail Mashaw. La ganadora del Oscar vuelve a hacer méritos por ser considerada como la mayor payasa del siglo XXI. Stone es una maestra en el arte de la comedia física y en La favorita no se queda corta. Su amor hacia la caricatura y su arrojo a no tener miedo al ridículo es algo inusual en el star system hollywoodiense y por ello debemos celebrar la existencia de la estrella de Rumores y mentiras como lo que es, una verdadera bendición de las diosas. Aunque mucho menos vistosa que sus dos compañeras de reparto, Rachel Weisz realiza la interpretación más loable de las tres. La increíble capacidad de la otra oscarizada actriz del reparto por hacer liviano un personaje tan complejo como el de Sarah Churchill es encomiable. Ella resulta excelente como gran dama de la corte británica que ve cómo su estatus como valido de su majestad corre peligro. Weisz es la entereza y la honestidad (con reservas) de La favorita y sabe transmitirnos a la perfección esa mezcla de amor, interés y cierta frustración intelectual que sufre en su relación con la monarca. Puede que la chica Langosta se vaya de vacío en la temporada de premios, pero ella es la favorita en mi corazón.

La favorita es la última delicia envenenada de la factoría Lanthimos. Preciosa en su envoltorio, aterradora y enfermizamente divertida en su corazón.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Disobedience

El cine LGBTQ está atravesando una época de apogeo en los últimos años. El triunfo de Moonlight en los Oscar y la repercusión de Call Me by Your Name, que también recibió un premio de la Academia en la edición más reciente, son dos de los ejemplos más visibles, pero afortunadamente han dejado de ser excepciones. El cine queer empieza a estar más presente en salas de cine y plataformas de Internet (Netflix ha anunciado recientemente que prepara una película con Jennifer Aniston como presidenta lesbiana de los Estados Unidos), y los títulos son cada vez más diversos entre sí: Tierra de Dios, Con amor, SimonBeach Rats, Basado en hechos realesUna mujer fantástica

Precisamente el director de esta última, Sebastián Lelio, nos hace llegar otra historia de amor protagonizada por dos personas del mismo sexo, Disobedience, drama basado en la novela homónima de Naomi Alderman que narra el romance entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams), dos mujeres judías que se ven en la encrucijada de vivir su relación amorosa libremente o seguir las normas de la estricta y tradicional comunidad a la que pertenecen.

Ronit se marchó hace años a Nueva York, donde vive alejada de las imposiciones y prohibiciones de la religión a la que pertenece su familia. Tras la muerte de su padre, el rabino de la comunidad, esta regresa a Hendon, donde se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola), su amigo de la infancia y sucesor del rabino, que le invita a quedarse en casa con él y su esposa. Ronit descubre sorprendida que Dovid se ha casado con su amiga Esti, que ahora trabaja como profesora en una escuela de niñas ortodoxas. La convivencia entre los tres destapa un pasado en común entre las dos mujeres, y un deseo imposible de ignorar.

Con los elogios por Gloria aun resonando y su Oscar por Una mujer fantástica reciente, Lelio confirma con su nuevo trabajo el gran talento que posee para el drama introspectivo y la observación del comportamiento humanoDisobedience nos muestra a un realizador seguro de sí mismo, elegante y preciso. La historia de Ronit y Esti discurre por terrenos ya muy transitados del cine LGBTQ, haciendo que por momentos resulte excesivamente anclada en los lugares comunes un tanto anticuados de las historias de amor homosexual prohibido. Sin embargo, el film escapa de las garras del cliché gracias a la pasión y sinceridad de Lelio como narrador, a sus oportunos toques de humor para aliviar la intensidad, y sobre todo a la entrega absoluta de sus protagonistas.

disobedience-2

Lo de Weisz y McAdams es impresionante. La primera carismática, irresistible, divertida. La segunda vulnerable, delicada, rasgada. Ambas profundamente humanas y reales. La tensión sexual y romántica que se establece entre ellas es arrolladora, y se manifiesta tanto en las escenas dramáticas como en un encuentro sexual que, aunque recatado en cuanto a desnudez, supone una muestra de intimidad y conexión rara vez vista en el cine, y mucho menos protagonizada por dos estrellas de Hollywood (Weisz escupiendo saliva en la boca de McAdams es una imagen que se queda con nosotros). Ambas llevan a cabo sendas y complementarias interpretaciones sobresalientes, en las que componen a sus personajes y su relación mediante un recital de miradas, gestos y matices que no se debería pasar por alto. La vida que dan a los personajes y su relación va más allá de la película.

Pero tampoco hay que subestimar a Alessandro Nivola, cuya interpretación está a la altura de las protagonistas, y cuyo arco argumental nos depara algunos de los momentos más sobrecogedores de la película, en especial su preciosa escena final. El triángulo que forma con Weisz y McAdams es el centro emocional de un film melancólico y profundo que nos habla del deseo, la subyugación, los lazos y sogas de la comunidad y el lugar de la mujer en una sociedad conservadora y patriarcal. A pesar de la especificidad del contexto religioso, la historia de Ronit y Esti es la de muchas personas que deben elegir entre la vida que otros han elegido para ellas o liberarse de las cadenas de la tradición para ser quienes son en realidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Disobedience ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: La luz entre los océanos

la-luz-entre-los-oceanos

Derek Ciafrance se dio a conocer con Blue Valentine, drama romántico protagonizado por Ryan Gosling y Michelle Williams que asentaría las bases de su cine posterior. A aquella dolorosa disección del amor y el desamor le siguió Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines), un ambicioso retrato multi-generacional con el que el director se asentaba en su forma de narrar, intensa y contenida. Para su nueva película, La luz entre los océanos (The Light Between the Oceans), adaptación del best-seller homónimo de M.L. Stedman, Ciafrance vuelve a poner bajo su foco a una pareja para contarnos empleando el mismo estilo otra historia de amor empañada por la angustia y la tragedia, protagonizada de nuevo por dos de las mayores estrellas del momento, Michael Fassbender y Alicia Vikander.

En La luz entre los océanos viajamos a Australia en el año 1926 para conocer a Tom Sherbourne (Fassbender), un farero parco en palabras que es contratado para llevar el faro de una pequeña isla remota. Allí conocerá a Isabel (Vikander), la hija de su jefe, enamorándose perdidamente el uno del otro desde el primer momento en que se ven. Tom e Isabel se casan y viven unos primeros años de idílica felicidad junto al mar, sin embargo los problemas comienzan cuando ella tiene problemas para concebir hijos. Habiendo perdido la esperanza, durante una noche de tormenta, Tom avista desde el faro un bote a la deriva. En él encuentran a un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. El matrimonio entierra el cadáver y decide criar al bebé como si fuera suyo sin informar a las autoridades. Sin embargo, todo se complica cuando años más tarde conocen en el pueblo a Hannah (Rachel Weisz), una mujer atormentada por un trauma del pasado que les hará ver que sus acciones tienen consecuencias.

Aunque está un peldaño (o dos) por debajo de sus anteriores trabajos, La luz entre los océanos es otro ejemplo del buen hacer de Ciafrance a la hora de abordar el melodrama sin caer en sensacionalismos o grandes aspavientos narrativos. Pero esto es un arma de doble filo, como veremos a continuación. Lo que tenemos aquí es otro relato romántico que nos habla de nuevo de la corta distancia que hay entre la felicidad más eufórica y la tristeza más profunda, entre el inicio de una relación y el momento en que esta se ve abocada a un pozo sin fondo, en este caso potenciada por un hecho desafortunado que sella para siempre el destino de sus protagonistas. En La luz entre los océanos Ciafrance nos habla de lo que somos capaces de hacer ante la imposibilidad de amar, así como de la culpabilidad, el sacrificio y el perdón. Y lo hace de forma sincera, pero controlada, explorando los vericuetos emocionales de sus personajes sin dejar que estos se acaben desbordando.

rachel-weisz-the-light-between-the-oceans

Sin embargo, esto puede llegar a ser un problema, sobre todo durante la segunda mitad del film, en la que esperamos algún tipo de catarsis que nos ayude a liberar la tensión acumulada. Ciafrance no parece interesado en complacer al espectador (nunca lo ha estado), y aunque ofrece una correcta resolución a esta interesante fábula moral, esa represión emocional nos mantiene al otro lado de la pantalla, separados de sus personajes. Esto no hace sino envolver la cinta en una capa de frialdad que impide discernir si tras las bellas imágenes que nos presenta Ciafrance, tras la luminosa fotografía de Adam Arkapaw o bajo la muy medida partitura del ubicuo Alexandre Desplat, hay emociones genuinas. Además, Fassbender y Vikander, quizá condicionados por esta aproximación aséptica al drama del realizador, no pueden dar lo mejor de sí mismos (a pesar de que en algunas escenas se puede detectar claramente su enamoramiento en la vida real), manifestando cierta desconexión interpretativa (él está excesivamente inerte, ella desmedida) que pone difícil ir más allá de la lustrosa superficie.

A pesar de contar una buena historia y presentar un precioso acabado, La luz entre los océanos no logra atrapar a todos los niveles, condenándose a sí misma a ser recordada en el futuro simplemente como la película en la que Michael Fassbender y Alicia Vikander se enamoraron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La juventud (Youth)

Michael Caine Juventud

Después de dejarnos a (casi) todos boquiabiertos en su recorrido nocturno por las calles de Roma y las terrazas de la alta sociedad de La gran belleza, Paolo Sorrentino se retira a meditar (en voz alta) a la montaña con La juventud. Pero que no nos engañe el radical cambio de escenario, el director italiano recurre de nuevo a las mismas herramientas narrativas y estéticas con las que llevó a cabo aquella felliniana ópera cinemática. Voluptuosidad, afectación, pathos y la búsqueda constante e insistente de la catarsis en cada plano. Por momentos, parece que Sorrentino está haciendo la misma película otra vez, y hasta cierto punto, es así.

La juventud se centra en dos artistas en el crepúsculo de sus carreras, Mick Boyle (Harvey Keitel), un director de cine obsesionado con dejar su testamento cinematográfico a las siguientes generaciones, y Fred Ballinger (Michael Caine), un famoso compositor de música clásica que siempre ha vivido condicionado por su trabajo más sencillo y accesible, “Simple Songs“. Durante un retiro espiritual en un lujoso hotel-balneario alpino que ejerce como limbo para ellos, estos dos amigos y compañeros de viaje se encuentran fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras, así como espectros de belleza siliconada y grotesca (la hija de Mick, interpretada por una gloriosa Rachel Weisz, un pequeño aprendiz de violinista, la supuesta mujer más guapa del mundo e incluso Maradona), con las que Sorrentino elabora una apasionada y a menudo cómica reflexión sobre el arte y paso del tiempo en la que la juventud y la senectud comparten piscina aclimatada.

LA JUVENTUD PÓSTERNo hay duda de que La juventud es una obra visualmente pletórica. Sus elegantes imágenes vuelven a evocar al cine de Fellini, con secuencias de espíritu bucólico y pasajes de trance onírico (atención al increíble sueño “húmedo” de Ballinger), contrarrestadas por el exceso de la carne, cebada, operada o arrugada, y la estética TeleCinco (la italiana). Sin embargo, la película transcurre como una acumulación caprichosa de secuencias de las que es difícil sacar demasiado en claro, a pesar de que sus transparentes diálogos no dejen duda sobre lo que se está hablando en todo momento (el tiempo, el legado, los hijos). En esta ocasión, Sorrentino no es capaz de dotar al film de una coherencia global dentro del caos, y se pierde en su obsesión por descargar frases lapidarias en cada escena. Esta pomposidad y autoindulgencia hacen que lo que parece confeccionado tan evidentemente como revelación o epifanía para el espectador caiga en saco roto y la película quede en mero ejercicio de estilo.

Afortunadamente, los actores añaden parte del peso que falta en los diálogos, dejándonos interpretaciones memorables (no hablaremos de desperdicio, pero habría sido ideal verlas al servicio de una obra mejor). Weisz está perfecta (y preciosa) tanto en su vulnerabilidad neurótica y como en su hermosa calma, Paul Dano encaja en su papel como anillo al dedo, y Keitel y Caine están sencillamente sensacionales, sobre todo el primero. Por último, hay que destacar la participación de Jane Fonda en dos escenas que, a pesar de su brevedad, hacen temblar los cimientos del film (su personaje, la estrella de cine Brenda Morel, nos regala las frases más inspiradas, “El futuro es la televisión. Y el presente” -no en vano, el siguiente proyecto de Sorrentino es una miniserie para HBO).

Este desfile orquestal de personajes atormentados por sus obras pasadas resulta en grandes trabajos dramáticos y el escenario que los envuelve es sin duda exquisito. Pero después de La gran belleza, Sorrentino se repite, y esta vez le falta garra, necesita más fondo, y le sobra presunción. Es decir, como la canción de la película, “Simple Song #3”, promete más de lo que da.

Valoración: ★★★

Crítica: Langosta

Lobster

Langosta es la primera película en inglés del griego Yorgos Lanthimos, que saltó a la primera plana del cine europeo en 2009 con una de las mayores excentricidades fílmicas que se recuerdan en muchos años, Canino (Kynodontas), su segundo largometraje. Canino es una experiencia difícilmente olvidable, una marcianada que puede convencer más o menos, pero que nunca dejará indiferente, provocando siempre una opinión al respecto. Tres años después, Lanthimos quiso repetir la jugada con Alps, y aunque seguía conservando la capacidad para desconcertar y provocar, la película no era más que un refrito de Canino. Algunos temimos entonces que el realizador no tuviera más trucos debajo de la manga (lo que le pasó, en un ámbito distinto, a Richard Kelly tras Donnie Darko), pero Langosta nos devuelve la esperanza en él.

A primera vista, la película puede parecer el mismo perro con distinto collar, pero en ella nos reecontramos con un Lanthimos que, sin dejar de hacer hincapié en su idiosincrásico estilo y volviendo a emplear las mismas herramientas narrativas, se ha empleado en hacer su cine relativamente más accesible. En Langosta, Lanthimos ha encontrado la manera de contar una historia en la que sabemos mejor lo que está ocurriendo que en sus anteriores películas, donde el mensaje está claro desde el principio y no se nos oculta información (todo lo contrario, se nos explica con todo lujo de detalle). Langosta no es un puzle en blanco cuyas piezas hemos de juntar para ordenar el relato en nuestra cabeza y hacer conjeturas, como ocurría en Canino Alps, sino una fábula futurista en la que ya no es tanto qué está pasando sino qué significa lo que está pasando.

Estamos ante una historia de amor y ciencia ficción conceptual dividida en dos actos (el primero mejor que el segundo) y ambientada en un futuro distópico cercano. En él, los solteros son detenidos y trasladados a El Hotel, donde, según el reglamento oficial de La Ciudad, deberán encontrar pareja en un plazo máximo de cuarenta y cinco días, tras los cuales, si no han tenido suerte, son transformados en un animal de su elección y soltados en El Bosque. Uno de esos solteros, David (Colin Farrell), sigue las normas de El Hotel e intenta por todos los medios encontrar una pareja, pero acaba escapando de allí para adentrarse en El Bosque, donde habitan Los Solitarios, un grupo de solteros “salvajes” que viven bajo sus propias leyes y tienen terminantemente prohibido emparejarse. Allí, David desafía las reglas y pone en peligro su vida al enamorarse de una mujer (Rachel Weisz).

IMG_2135.CR2

Como veis, Lanthimos no ha querido que la idea se le escape a nadie. Langosta es una punzante sátira sobre las relaciones, la presión que la sociedad (y en consecuencia uno mismo) ejerce sobre el individuo para que encuentre pareja y lo que este está dispuesto a hacer para conseguir y conservar a alguien con quien compartir la vida (el mayor miedo del ser humano después de la muerte es la soledad). El guion, escrito por Lanthimos junto a su colaborador habitual Efthymis Filippou, disecciona con ojo clínico la vida en pareja y la soltería, dejándonos brillantes observaciones sobre el comportamiento humano cargadas de humor cínico y absurdo, a ratos incluso despiadado, escenas en las que el autor vuelve a jugar con las expectativas y nos golpea con exquisitos momentos de comedia perversa y violencia que utiliza para hacer reír a la vez que refuerza su discurso.

El efecto es aun más chocante debido a que esta vez Lanthimos se ha rodeado de un elenco de estrellas internacionales en el que destacan rostros tan conocidos como los de Colin Farrell, Rachel Weisz, Olivia Colman, Léa Seydoux, John C. Reilly o Ben Whishaw. Y aunque su mera presencia dote al cine de Lanthimos de una mayor universalidad, estos actores están al servicio de una visión muy particular y se prestan solícitamente a convertirse en marionetas del autor. Lanthimos construye a sus personajes de forma esquemática (una característica definitoria o un hobby para emparejarlos a todos), hace que se comporten fríamente, que hablen de forma desapasionada y robótica, todo con la intención de desnudar de dramatismo a la historia y poder acceder a los conceptos que explora sin interferencias, para exponerlos con claridad al espectador. En este sentido, el reparto al completo hace un trabajo magnífico adaptándose a la visión de Lanthimos, pero es Farrell quien se merece los mayores elogios por dar forma a un personaje con herramientas expresivas tan restringidas y lograr dotarlo de tanta vida, compasión y emotividad.

Eso es quizá lo que distancia Langosta de las anteriores películas de su director, que reduce levemente el efectismo y de alguna manera permite que las emociones se acaben colando en la historia, lo que curiosamente da lugar a una obra más madura. Sin sacrificar el desafecto y el humor aséptico que le caracteriza, Lanthimos ha llevado a cabo una película no solo divertida y provocadora, sino también profundamente romántica y, a su manera, conmovedora.

Valoración: ★★★★

Crítica: Oz, un mundo de fantasía

A mediados de los 80, Disney ya se sumergió en los mundos de L. Frank Baum con una demencial secuela del clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) titulada Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, Walter Burch, 1985). Ahora se atreve con la historia de cómo Oscar Diggs llegó a la Ciudad Esmeralda para convertirse en el magnánimo y todopoderoso regente de Oz. Titulada casi idénticamente a la secuela protagonizada por Fairuza Falk -por cierto, Willy Wonka and the Chocolate Factory también se llamó Un mundo de fantasía en Latinoamérica y España-, Oz, un mundo de fantasía es la colorista y ultradigital visión de Oz que nos proponen Sam Raimi (Evil Dead) y Joe Roth (productor de la Alicia de Burton).

A los aficionados al cine de Raimi les alegrará comprobar que el realizador consigue que su sello personal se haga un pequeño hueco en la película. En Oz, un mundo de fantasía hay alguna que otra concesión al estilo que Raimi ha cultivado en sus películas de terror: la tensión expresada a base de zooms y ángulos propios de la serie B, la presencia (muy breve y camuflada) de su muso Bruce Campbell, y una clara voluntad por potenciar el aspecto terrorífico y grotesco de la historia, particularmente en su recta final. Pero no nos engañemos, el auteurismo que nos empeñamos en encontrar en Oz no es lo más destacable de la película, y por supuesto, no redime el fracaso artístico que acaba siendo. La identidad de Raimi se disuelve por completo en esta orgía de cromas y secuencias manufacturadas exclusivamente para el 3D que debería estar en Disneyland, y no en una sala de cine. Claro que lo peor de esta Oz no es su cualidad de atracción de parque temático, sino la absoluta desgana con la que se ha acometido la historia, y el triste desaprovechamiento de unos personajes que podrían haber dado mucho de sí.

La culpa también es de un reparto del que solo se salva -afortunadamente- el protagonista. James Franco es un verdadero acierto de casting. Su amplia sonrisa de bribón y sus ademanes chulescos pero infantiles lo convierten en el Oscar Diggs perfecto. Franco resulta creíble como el paso evolutivo inmediatamente anterior al Oz que todos conocemos. Pero su encanto no es suficiente para aguantar todo el peso de una película tan desbordantemente inconsistente. El relato también nos muestra los orígenes de tres de las brujas de Oz. Pero Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams parecen competir encarnizadamente por el título de ‘peor interpretación de la película’. Sinceramente, me resulta imposible decantarme por una. ¿Una Kunis irritante dejando en evidencia sus desoladoras carencias como intérprete de drama, una Williams que se desplaza torpe y desganada frente la pantalla verde y que no se deshace de la misma mueca en toda la película o una Weisz que parece estar imitando a la Charlize Theron de Blancanieves y el cazador? Se mire por donde se mire, un auténtico desastre.

Oz, un mundo de fantasía es básicamente la misma película que Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, con todo lo que ello conlleva. Ambas parecen pertenecer al mismo universo de trágicos cromas y desprenden ese acomodadizo sentido del espectáculo basado en la seguridad que proporciona el digital. Se salvan los personajes secundarios, impresionantemente animados, del mono volador y la niña de porcelana con daddy issues -el único gran personaje de la película, malgastado como todos. Sin embargo, la historia hace aguas en todo lo demás. El guion parece un primer borrador, con unos diálogos que transmiten la sensación de haberse conformado con lo primero que ha venido a la mente -porque lo importante es el despliegue visual y el plus por las gafas 3D- y una ineptitud alarmante a la hora de sorprender o transmitir cualquier tipo de emoción. No son suficiente reclamo los incesantes paralelismos con la película de 1939, es necesario construir un relato con entidad propia, y Oz, un mundo de fantasía no lo hace. Escudándose constantemente en dos leit motifs -“con fe todo es posible” y “más vale ingenio que magia”– la película de Raimi elabora un mensaje que pone en duda continuamente los meros cimientos de su discurso. Oz, un mundo de fantasía celebra en última instancia el trampantojo, la ilusión, el encanto de la artesanía manual y la técnica, pero lo hace después de habernos llevado en un agotador y mareante viaje a través de un mundo en el que nada es verdad. Puede que la película nos esté pidiendo -o exigiendo- que asumamos que esta es la nueva magia del cine de Hollywood, e incluso sugiriendo que si Meliés existiera en nuestro presente, sería un mago de lo digital. Pero a mí me cuesta enormemente tener fe en este futuro del cine.