Crítica: Disobedience

El cine LGBTQ está atravesando una época de apogeo en los últimos años. El triunfo de Moonlight en los Oscar y la repercusión de Call Me by Your Name, que también recibió un premio de la Academia en la edición más reciente, son dos de los ejemplos más visibles, pero afortunadamente han dejado de ser excepciones. El cine queer empieza a estar más presente en salas de cine y plataformas de Internet (Netflix ha anunciado recientemente que prepara una película con Jennifer Aniston como presidenta lesbiana de los Estados Unidos), y los títulos son cada vez más diversos entre sí: Tierra de Dios, Con amor, SimonBeach Rats, Basado en hechos realesUna mujer fantástica

Precisamente el director de esta última, Sebastián Lelio, nos hace llegar otra historia de amor protagonizada por dos personas del mismo sexo, Disobedience, drama basado en la novela homónima de Naomi Alderman que narra el romance entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams), dos mujeres judías que se ven en la encrucijada de vivir su relación amorosa libremente o seguir las normas de la estricta y tradicional comunidad a la que pertenecen.

Ronit se marchó hace años a Nueva York, donde vive alejada de las imposiciones y prohibiciones de la religión a la que pertenece su familia. Tras la muerte de su padre, el rabino de la comunidad, esta regresa a Hendon, donde se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola), su amigo de la infancia y sucesor del rabino, que le invita a quedarse en casa con él y su esposa. Ronit descubre sorprendida que Dovid se ha casado con su amiga Esti, que ahora trabaja como profesora en una escuela de niñas ortodoxas. La convivencia entre los tres destapa un pasado en común entre las dos mujeres, y un deseo imposible de ignorar.

Con los elogios por Gloria aun resonando y su Oscar por Una mujer fantástica reciente, Lelio confirma con su nuevo trabajo el gran talento que posee para el drama introspectivo y la observación del comportamiento humanoDisobedience nos muestra a un realizador seguro de sí mismo, elegante y preciso. La historia de Ronit y Esti discurre por terrenos ya muy transitados del cine LGBTQ, haciendo que por momentos resulte excesivamente anclada en los lugares comunes un tanto anticuados de las historias de amor homosexual prohibido. Sin embargo, el film escapa de las garras del cliché gracias a la pasión y sinceridad de Lelio como narrador, a sus oportunos toques de humor para aliviar la intensidad, y sobre todo a la entrega absoluta de sus protagonistas.

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Lo de Weisz y McAdams es impresionante. La primera carismática, irresistible, divertida. La segunda vulnerable, delicada, rasgada. Ambas profundamente humanas y reales. La tensión sexual y romántica que se establece entre ellas es arrolladora, y se manifiesta tanto en las escenas dramáticas como en un encuentro sexual que, aunque recatado en cuanto a desnudez, supone una muestra de intimidad y conexión rara vez vista en el cine, y mucho menos protagonizada por dos estrellas de Hollywood (Weisz escupiendo saliva en la boca de McAdams es una imagen que se queda con nosotros). Ambas llevan a cabo sendas y complementarias interpretaciones sobresalientes, en las que componen a sus personajes y su relación mediante un recital de miradas, gestos y matices que no se debería pasar por alto. La vida que dan a los personajes y su relación va más allá de la película.

Pero tampoco hay que subestimar a Alessandro Nivola, cuya interpretación está a la altura de las protagonistas, y cuyo arco argumental nos depara algunos de los momentos más sobrecogedores de la película, en especial su preciosa escena final. El triángulo que forma con Weisz y McAdams es el centro emocional de un film melancólico y profundo que nos habla del deseo, la subyugación, los lazos y sogas de la comunidad y el lugar de la mujer en una sociedad conservadora y patriarcal. A pesar de la especificidad del contexto religioso, la historia de Ronit y Esti es la de muchas personas que deben elegir entre la vida que otros han elegido para ellas o liberarse de las cadenas de la tradición para ser quienes son en realidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Disobedience ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Doctor Strange (Doctor Extraño)

El Universo Cinemático Marvel se ha ido expandiendo progresivamente a lo largo de los años, especialmente a partir de su Fase 2. Guardianes de la Galaxia nos catapultó directamente al espacio para darnos a conocer la enorme diversidad de mundos que existen más allá de las estrellas, mientras que en Ant-Man se nos dejaba ver, aunque fuera durante un instante muy breve, que existen otras realidades además de la nuestra, dimensiones que no se pueden ver a simple vista y a las que solo unos pocos tienen acceso. Hasta ahora, el término “magia” no se había usado de forma muy frecuente en las películas (o las series) de Marvel, ya que esta faceta del UCM no había sido presentada oficialmente. La tarea recae, por supuesto, en Doctor Strange (Doctor Extraño), con la que nos zambullimos por fin en la Marvel mística, una vasta e inabarcable parcela de (ir)realidad donde todo es posible y en la que antes de adentrarse es necesario “olvidarte de todo lo que crees que sabes”.

Doctor Strange lleva al cine a uno de los personajes más emblemáticos de La Casa de las Ideas, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch), mundialmente conocido neurocirujano cuya vida da un giro completo tras un horrible accidente de tráfico que le priva del uso de sus manos. Desesperado ante la idea de no poder volver a ejercer la profesión que le ha dado la gloria, y ante el fracaso de la medicina tradicional para devolverle su don, Stephen se ve obligado a buscar una cura alternativa. Esto le lleva a un misterioso enclave en Nepal, conocido como Kamar-Taj, donde aprenderá las artes místicas guiado por La Anciana (Tilda Swinton), la Hechicera Suprema y líder en la primera línea de batalla contra las fuerzas oscuras que amenazan con colarse en nuestra realidad y destruirla. Con paciencia, tiempo y mucha práctica, Strange aprenderá a usar la magia y los artefactos místicos, convirtiéndose en un poderoso hechicero, y viéndose obligado a elegir entre regresar a su antigua vida o renunciar a ella para proteger al mundo de la amenaza oscura.

Como es lógico, Doctor Strange está concebida como una clásica historia de orígenes, lo cual nos da un respiro de la cada vez más acusada continuidad de Marvel después de la concurrida Capitán América: Civil War. En ella somos testigos del apasionante proceso de transformación de Stephen Strange hasta convertirse en el mago más poderoso del mundo, así como de su (indivisible) viaje de crecimiento, de hombre arrogante y egoísta a héroe dispuesto a sacrificar todo por un bien mayor. Este recorrido personal sigue los dictados del cine de superhéroes, concretamente los que han convertido a Marvel Studios en una de las máquinas mejor engrasadas de Hollywood, pero la película nos lo presenta con un envoltorio decididamente novedoso. Una de las críticas más fáciles que se le pueden hacer a Doctor Strange es que Marvel vuelve a jugar sobre seguro (¿por qué no hacerlo si les funciona siempre tan bien?), sin embargo, la película extiende las fronteras de su universo de ficción de forma tan irresistible y visualmente estimulante que su carácter formulaico no supone apenas un problema.

Bajo la batuta de Scott Derrickson (Sinister), Doctor Strange se construye como un viaje alucinante y psicodélico en el que la realidad se retuerce como si un cuadro de M.C. Escher cobrase vida y estallase en color. Esto da lugar a las imágenes más creativas de Marvel hasta la fecha, un despliegue visual electrizante (literalmente, las chispas saltan de la pantalla) que, quizá por primera vez en la historia del estudio, justifica completamente el recargo de la entrada para verla en 3D. Nueva York, Londres y Hong Kong (que no falten las escenas para apelar al todopoderoso mercado chino) se convierten en escenarios donde tienen lugar las secuencias de acción más imaginativas, ágiles set pieces con un acabado impecable que, a base de acrobacias imposibles, enfrentamientos mágicos y golpes hechizantes de muñeca, generan puzles ópticos que nos vuelan la cabeza mientras introducen el esperado Multiverso de Marvel.

Pero más allá de ser un triunfo visual, Doctor Strange es otra infalible entrega marveliana que fusiona, con la precisión de un reloj suizo, buenos personajes, emoción y humor. Benedict Cumberbatch es la enésima prueba del ojo clínico que tiene el estudio para elegir a sus estrellas. El actor británico no podría encajar mejor en la piel del Maestro de las Artes Místicas. Si ya antes nos parecía una elección de casting acertada, su interpretación en la película no hace más que confirmarlo. Cumberbatch está simplemente perfecto, equilibrado, emocional, divertido, profundamente carismático (tanto es así que es fácil perdonarles que, sobre todo durante el primer acto, Strange esté cortado por el mismo patrón que el Tony Stark de Robert Downey Jr.). Y no está solo, sino que se encuentra rodeado de un gran reparto de intérpretes comprometidos.

Tenemos a Tilda Swinton haciendo lo que mejor sabe, construir personajes alejados de la órbita terrestre con una fina capa de ironía que los acercan a la audiencia -su Ancient One es solemne y excelsa, pero también deliciosamente irónica. Chiwetel Ejiofor y Benedict Wong flanquean al protagonista aportando seriedad, pero también momentos ligeros y cómicos cuando es necesario. Y Mads Mikkelsen da vida a Kaecilius con tal intensidad dramática que compensa el hecho de que en realidad no sea más que otro villano poco memorable (Marvel, y el cine de superhéroes en general, sigue sin superar uno de sus mayores talones de Aquiles). Solo Rachel McAdams queda algo infrautilizada, aunque protagoniza un par de escenas tan divertidas como importantes para el devenir de la historia. Una historia, además, contada con la mayor eficacia posible, a pesar de los retos que plantea. Es cierto que, sobre todo durante el primer acto, los acontecimientos se suceden algo precipitadamente, pero aun así el ritmo nunca falla y la estructura del film está muy bien pensada, desarrollándose con fluidez e introduciendo oportunamente los elementos icónicos asociados al personaje (su capa mágica, el Ojo de Agamotto, el Sanctum Sanctorum…).

Si bien no arriesga demasiado (no deja de ser una origin story, lo cual da poco margen para ello), Doctor Strange es una de las películas de Marvel con una personalidad propia más marcada y diferenciada (no en vano, ahí está la música de Michael Giacchino, por primera vez un score marveliano con identidad). Con sus acertados golpes de humor (algunos cortesía de la capa de Extraño, heredera directa de la alfombra de Aladdin), Doctor Strange es mucho más cómica y divertida de lo que cabía esperar, pero también sabe perfectamente cómo y cuándo ponerse seria y emotiva. La clave, como siempre, está en definir bien a los personajes, y en encontrar el equilibrio adecuado entre tonos, diálogos y acción, cosa que sin duda consigue. Doctor Strange nos abre (o desorbita) los ojos a una nueva dimensión de Marvel, y lo hace mostrándonos algo tan novedoso como familiar, con una pieza que brilla de forma individual a la vez que encaja por arte de magia en el gran esquema de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Spotlight

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Texto escrito por David Lastra

La unión entre cine y el periodismo (casi) siempre ha sido un matrimonio bien avenido. La gran pantalla ha servido como espejo perfecto para reflejar el amplio espectro de las posibilidades éticas y laborales del periodista. Desde el idealismo por bandera de Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente a la escoria pura de los paparazzi de La dolce vita, pasando por los mártires del share y los ratings de Network. Un mundo implacable o los yonkis de la causa de Nightcrawler. En todos los ejemplos citados, se ha llevado a cabo un notable retrato de los profesionales del medio periodístico a través de las herramientas cinematográficas. Sabiendo jugar con los momentos dramáticas y provocando el clímax con soltura. A la hora de acercarse a un hecho como fue la investigación periodística por parte del Spotlight (equipo de reporteros del Boston Globe especializado en temas candentes y polémicos, que ganó el Pulitzer por este caso) que destapó abusos sexuales cometidos a menores por parte de miembros de la Archidiócesis de Boston, las alarmas del melodrama se disparan. En ningún momento se dudaba del tipo de periodista que se iba a mostrar. La aguja del contador ético se acercaría más a los del Watergate que a los moscardones italianos, pero el quid de la cuestión era el tacto que tendría Hollywood a la hora de contar la historia. Con tacto no se quiere decir ser pacato y autocensurarse para contentar a la Iglesia, sino al peligro de caer en tópicos y dejarse abrazar por el tan dañino melodrama amarillista que tanto explota este tipo de temática. Pero Spotlight no es así. Spotlight es una lección de cómo hacer cine de denuncia: con seriedad, respeto y tacto.

El culpable de este éxito es Tom McCarthy. Realizador de pequeñas cintas con cierto culto como The Station AgentThe VisitorWin Win (Ganamos todos) e inexplicablemente de un bodrio con Adam Sandler llamado Con la magia en los zapatosMcCarthy se plantea el conflicto dramático presentado en Spotlight como si de una operación quirúrgica se tratase. Su labor a la dirección y al guión (firmado a cuatro manos con Josh SingerEl ala oeste de la casa blancaFringe) es ejemplar. Sabe estructurarse bajo los principios del código deontológico periodístico, sin traicionar en ningún momento el lenguaje del medio de comunicación que está utilizando para contarnos esta historia, el cine. El tempo en Spotlight es lento, que no cansino. La acción avanza como en una investigación, a empellones, a golpe de perseverancia. Por esa razón, el visionado del film no es para nada fácil. Pero pese a ser abrupto, se articula sobre las pautas de la curiosidad del periodista y sabe transmitirlas al espectador a la perfección. Conocemos de primera mano los avances en la investigación. Tanto las sorpresas como los callejones sin salida, experimentando de esa manera el esfuerzo profesional de los periodistas de Spotlight. Esta solución a la hora de mostrar los hechos, recuerda a las brillantes exposiciones realizadas por dos de los directores que mejor juegan con el suspense en la actualidad, David FincherDenis Villeneuve en ZodiacPrisioneros, respectivamente. Si bien ambos, recurren a trucos dramáticos propios del cine (lo cual no es ningún crimen) y a algún que otro deus ex machina a la hora de solventar sus casos (especialmente el realizador canadiense).

En Spotlight no hay tiempo ni espacio para el melodrama. Ante la tentación de dejarse llevar por los momentos sentimentales que podría haber reportado un film sobre abusos a menores, McCarthy opta por acercarse de una manera aséptica y serena. Esta estabilidad emocional no debe verse como frialdad o desinterés, sino como muestra de respeto. No solo para con las víctimas de los abusos, sino también con el espectador. El film no menosprecia al espectador. Le expone una realidad traumática y aterradora sin cortapisas, ni sobrexplicaciones. Spotlight es inteligente, que no sabionda. Esa humildad se respira durante todo el metraje y se refleja de igual manera en sus protagonistas. Los periodistas del Spotlight son seres humanos. Tres hombres y una mujer que no aspiran a ser superhéroes. Podrán ser vistos como vengadores desde el exterior, pero ellos realmente no son sino unos profesionales del medio. Unos verdaderos yonkis de la palabra impresa y de la necesidad de informar. Esa humildad que se recoge en su profesionalidad les convierte en el paradigma del periodista y la ética. Un halo de “hombre bueno” à la Atticus Finch.

La construcción de los personajes de Spotlight es impecable. La creación de la normalidad de sus comportamientos (todo lo normal que podría comportarse un periodista de ese nivel) les dota de un manto protector contra el síndrome Sorkin. Si bien nadie es capaz de negar la grandeza del guionista de La red socialSteve Jobs, hay que admitir que el maestro peca en numerosas ocasiones de grandilocuencia y dramatismo. Cada uno de los personajes de Spotlight tiene voz propia y conductas diferentes y, especialmente, no tienen réplicas perfectas de diez minutos de reloj ante preguntas o problemas inesperados sobre un épico tema instrumental in crescendo. Nadie puede estar lúcido 24 horas al día o con el reaction gif perfecto a punto en todo momento. Diablo Cody no existe. De igual manera, haciendo gala de la técnica aséptica anteriormente comentada, la historia no se centra en ningún momento en la vida personal de los reporteros. Únicamente un par de escenas introducen de soslayo las relaciones extracurriculares, no cometiendo el error de juzgar y/o justificar las situaciones sentimentales de los mismos.

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Gracias al trabajo de los chicos de La gran apuestaSpotlight, este año ha vuelto a resucitar la necesidad de creación de un premio de la Academia al mejor reparto. El trabajo actoral de este film es excepcional y ha sido condecorado con el galardón principal en los premios del Sindicato de actores. Hace justamente un año hablábamos de la increíble resurrección de Michael Keaton en Birdman (realmente hay quien dice que esa fue su primera interpretación en toda regla) y este 2016 volvemos a destacar otro trabajo del que fuera el mejor Bruce Wayne de la historia. Si bien, en esta ocasión, el verdadero placer viene de la mano de tres intérpretes más jóvenes: Rachel McAdamsLiev Schreiber y, especialmente, Mark Ruffalo. La que fuera Regina George en Chicas malas (siempre lo será en nuestros corazones), da un ejemplo (el enésimo) de su versatilidad dando vida a Sacha Pfeiffer, siendo protagonista de alguno de los momentos más intensos del film. Simplemente su exposición, sin atisbo alguno de morbo o pornografía sentimental, a una víctima de abusos de la necesidad de ser más explícito a la hora de describir el crimen justifica su candidatura a los Oscar como intérprete femenina de reparto. Aunque su labor sea la de encarnar a uno de los personajes más grises del film, sería una injusticia pasar por alto el trabajo de Schreiber de saber dotar de la parsimonia necesaria al recién nombrado editor en jefe del Boston Globe. Llega el turno del único chico del montón que es capaz de convertirse en un abrir y cerrar de ojos en Hulk: Mark Ruffalo. De todos es sabido que Ruffalo es uno de los valores más seguros del Hollywood actual, pero en esta ocasión supera todas las expectativas. Su interpretación condensa a la perfección la filosofía de Spotlight. Es aséptico y  profesional, siendo excepcional en su normalidad (desde el peinado hasta la forma de alimentarse a base de restos) y en su manera de expresar su emoción a medida que avanza la investigación. Su personaje sirve como catarsis para el espectador, facilitando la identificación con su personaje y el consiguiente vínculo con la obra cinematográfica.

Además de por su sobriedad en la dirección, guión y reparto, Spotlight acierta al saber sortear el melodrama en otro aspecto: la no introducción de un villano tipo. Si bien podríamos adjudicar ese rol al Cardenal Bernard Law (inquietante Len Cariou), McCarthy se cuida de mostrarnos a ese personaje como un vejete manipulador de apariencia bonachona, imagen que casa con el arquetipo de alto cargo de la Iglesia Católica, sin caer en la caricatura. De igual manera, tampoco muestra a los “supuestos” pederastas de una manera sencilla: sin cuernos, ni rabo, ni ojos llameantes. Sino como los verdaderos monstruos que son, como hombres. Esa seriedad a la hora de narrar los hechos reales ha provocado que incluso el mismísimo Vaticano haya aplaudido Spotlight.

Perdonad la ausencia de frialdad en esta crítica y la aparición de términos como excepcional o ejemplar, pero considero Spotlight como una de las pocas cintas estrenadas esta década que merece ser considerada bajo la categoría de clásico del cine (arrase en los Oscar o no) y su visionado debe ser obligatorio en todos los colegios y asociaciones juveniles. Spotlight limpia el malogrado nombre del Cine y hace que podamos seguir hablando de él como un Arte con mayúsculas.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Todo saldrá bien

James Franco Todo saldrá bien

Después de una etapa centrada casi exclusivamente en el documental, Wim Wenders regresa al drama de personajes, género con el que se labró su reputación como uno de los cineastas europeos más destacados y se ganó su lugar en el Olimpo del cine de autorTodo saldrá bien (Every Thing Will Be Fine) nos devuelve a un Wenders interesado en explorar las relaciones humanas a través del dolor de la pérdida, la culpabilidad y la dificultad para comunicarse.

La vida del afamado escritor Tomas Eldan (el omnipresente James Franco) da un vuelco el día que, tras una discusión con su novia, atropella a un niño con el coche, resultando en la muerte del pequeño. Años después, Tomas es incapaz de soportar el peso de la culpa y vive atrapado en una eterna búsqueda de redención, a pesar de que es consciente de que fue un accidente y no existe otro culpable más que el azar. Aquel fatídico día ha condicionado a Tomas, tanto en su trabajo (prepara una nueva novela en la que verterá todo lo que no puede decir en voz alta) como en su relación con Sara (la no menos omnipresente Rachel McAdams), ya de por sí condenada por sus problemas de convivencia. Para afrontar el fantasma del pasado, el escritor vuelve a ver a Kate (Charlotte Gainsbourg), la madre del pequeño atropellado, con la que entablará una amistad que afectará profundamente al otro hijo de la mujer, que sobrevivió al accidente.

El film narra la vida de estos personajes en el transcurso de doce años, y a través de varias estaciones, lo que obligó a Wenders y el equipo a extender la producción al doble Todo saldrá bien posterde lo habitual (seis meses en lugar de tres), con la intención de plasmar con realismo el paso del tiempo en la pantalla. El comienzo del proyecto se encadenó con el final del documental nominado al Oscar Pina, con el que Wenders utilizó la tecnología 3D para hallar nuevos terrenos de expresividad fílmica. La experiencia con el formato despertó el gusanillo del realizador, que decidió volver a recurrir al 3D para esta película.

Todo saldrá bien está concebida para explorar las aplicaciones de las tres dimensiones en un género para el que en un principio no están diseñadas, el drama psicológico. Wenders experimenta con la cámara en busca de los límites del encuadre obteniendo planos interesantes y generando una atmósfera envolvente (si acaso demasiado oscura, como suele ocurrir con esta técnica de filmación). Sin embargo, la historia de Tomas carece de las capas necesarias para que el uso del formato deporte verdaderos resultados, y llega un momento en el que el 3D parece existir únicamente para sustituir la ausencia de profundidad psicológica del film, fallando a la hora de encontrar en los personajes y la historia la transcendencia que no son capaces de mostrar por sí solos.

Wenders compone un drama de carácter solemne y ritmo pausado que nos habla entre otras cosas sobre la paternidad, la soledad, y el dolor y el sufrimiento del artista como parte de su proceso creativo. Pero el trabajo del director resulta excesivamente frío y presuntuoso, como si estuviera evitando a toda costa caer en las redes del melodrama. El empeño de Wenders por mantener en todo momento la seriedad y la frialdad contemplativa del relato, unido al trabajo correcto sin más de sus intérpretes, hace que Todo saldrá bien acabe siendo demasiado distante, difícil de penetrar, y en última instancia mucho más vacía y “unidimensional” de lo que pretendía. Solo la excelente partitura de Alexandre Desplat y un clímax oscuro y perturbador que nos remite al cine de Michael Haneke hacen que Todo saldrá bien despierte momentáneamente de la hibernación emocional en la que se encuentra sumida.

Valoración: ★★½

Crítica: El hombre más buscado

Philip Seymour Hoffman El hombre más buscado

En El hombre más buscado, Anton Corbijn (El americano, Control) adapta la novela del autor de best-sellers John le Carré sobre la guerra contra el terror A Most Wanted Man. La llegada a Hamburgo de Issa Karpov, un inmigrante ilegal mitad ruso mitad checheno, desata la alarma de las agencias de seguridad de Estados Unidos y Europa, que creen que podría ser un terrorista preparando un ataque sobre el país. El pasado y los lazos familiares del misterioso joven lo vinculan a actos extremistas de violencia, pero su cuerpo lleno de cicatrices y su estado mental cuentan otra historia, la de una víctima. El agente Günther Bachmann (Philip Semymour Hoffman) lidera un grupo de espionaje para investigar a Karpov y utilizarlo con el fin de destapar a un filántropo musulmán, sospechoso de financiar actividades terroristas. Sin embargo, la investigación de Bachmann se verá entorpecida por la intervención de la diplomacia norteamericana, y la presencia de una joven abogaba alemana (Rachel McAdams), contratada por Karpov para ayudarle.

El hombre más buscado es cine de espionaje anclado en la realidad, un trabajo contenido, sin apenas acción (entendida como espectáculo hollywoodiense), más interesado en arrojar luz sobre los complejos mecanismos puestos en marcha en la guerra contra el terrorismo y el juego de engaños e intereses que tienen lugar en los despachos. Corbijn se pregunta constantemente “¿quién es el verdadero enemigo?” imprimiendo una sensación de duda e incertidumbre en sus personajes, que se traslada al espectador, y que culmina en una memorable escena final, en la que las emociones por fin estallan. Hasta el desenlace, El hombre más buscado opera como un frío thriller europeo, una película sobria, sombría, de matices encubiertos y ritmo (a ratos excesivamente) pausado, cuyo centro es la interpretación de Philip Seymour Hoffman.

Cartel El hombre más buscadoEl actor construye brillantemente a su personaje sin grandes aspavientos dramáticos, dibujando a un hombre que reprime su incertidumbre y oculta su miedo bajo una metódica y cerebral aproximación al trabajo, llevando a cabo un ejercicio de autocontrol que nos hace ver a un hombre en lucha constante, con los demás y consigo mismo. Sin embargo, Hoffman no es el actor más sobresaliente de la cinta. El recién llegado Grigory Dobrygin realiza con su Issa Karpov una interpretación incluso más poderosa que la de Hoffman, un trabajo muy sutil de miradas y lenguaje corporal que por desgracia pasará desapercibido por la presencia del fallecido actor. Por otro lado, Rachel McAdams también sigue demostrando su talento, a pesar de que ni en un thriller de espionaje se libre de protagonizar una trama romántica. El reparto se completa con Willem Dafoe, Robin Wright y Daniel Brühl, actores generalmente notables cuya presencia aquí es más bien instrumental

El hombre más buscado nos presenta el conflicto terrorista en el mundo post-11S en forma de una intriga contemporánea desprovista de las emociones y los sobresaltos de Homeland, quizás con el propósito de involucrarnos a otro nivel, de desvelarnos una verdad hasta cierto punto. No obstante, Corbijn lleva la frialdad del relato, la distancia y el proceder casi clínico y procedimental de su narración al extremo, provocando en ocasiones el efecto contrario al deseado. El hombre más buscado acierta explorando los claroscuros morales del servicio de inteligencia y su burocracia, pero da la sensación a veces de que el director está más interesado en fotografiar Hamburgo y en crear una obra estéticamente satisfactoria que en explorar a fondo a sus personajes.

Valoración: ★★★

Crítica: Una cuestión de tiempo

Una cuestión de tiempo

Richard Curtis es uno de los reyes de la comedia romántica, género que a priori no suele tomarse demasiado en serio, y mucho menos despertar alabanzas. Desde Cuatro bodas y un funeral (1994), el director neozelandés de nacimiento, pero británico hasta la médula, ha hecho carrera de películas que combinan el low-brow y el buen gusto British, dignificando el género y sacándose de la manga algún que otro clásico contemporáneo (Love Actually). Curtis es uno de los guionistas de rom-com más respetados de Inglaterra, y sus películas tienen ese je ne sais quoi que conecta con más de un tipo de público -quizás sea solo un caso de “no es bueno, solo es británico”, pero no importa. Para su tercer largometraje como director, Una cuestión de tiempo (About Time), Curtis deja atrás los elencos corales, la influencia de Robert Altman y el formato de micro-tramas para contarnos una “sencilla” historia de amor, la de Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams). Aunque el abandono de las vidas cruzadas no le impide seguir practicando la narración episódica.

Una cuestión de tiempo es a la vez la comedia romántica de siempre y una propuesta diferente y atractiva. Una película de viajes en el tiempo que no se preocupa en absoluto por explorar las paradojas e implicaciones morales que suelen venir de serie con el género (“No puedes matar a Hitler ni tirarte a Helena de Troya”). En su lugar, lo fantástico está dispuesto como un elemento más del engranaje romántico. En Una cuestión de tiempo, Tim descubre a los 21 años que todos los hombres de su familia pueden viajar en el tiempo, pero solo a instantes y lugares en los que ya hayan estado. Cuando su padre le pregunta qué piensa hacer con sus poderes, Tim responde convencido: encontrar el amor. No hay más que hablar. Esto no es sci-fi, y por tanto, no son oportunas las preguntas del tipo “¿por qué no usa Tim su poder para arreglar esto o lo otro?” o “¿por qué, si según las reglas de la mecánica cuántica…?” Simplemente no serán respondidas, porque no deberían ser preguntadas.

Una cuestión de tiempo Cartel españolUna vez tenemos claro lo que Una cuestión de tiempo es, ya solo nos queda relajarnos y disfrutar. Y sinceramente, es muy difícil no hacerlo con algo tan entrañable, dulce y emotivo como esta película. Aunque nos resistamos, una fuerza nos empuja hacia el corazón de la historia, un corazón que late fuertemente y nos atrapa sin remedioDejar de sonreír es físicamente imposible y que se caiga más de una lágrima tremendamente fácilUna cuestión de tiempo es enormemente cursi y transcurre de la manera más predecible, siguiendo un esquema ABC (o un ABCACBABCD) y agotando todos los tópicos del género. Y aún así resulta cálida y fresca a la vez, gracias sobre todo a la excelente pareja protagonistaDomhnall Gleeson y Rachel McAdams son insoportablemente adorables, los principales responsables de que la película nos encandile desde un primer momento. Sin desmerecer al reparto de personajes secundarios, en especial al espléndido Bill Nighy.

Una cuestión de tiempo es un insistente carpe diem de dos horas que repara en todas las lecciones vitales que hemos de esperar de una película así, pero las entrelaza con una perspicacia a la que no estamos habituados en el género. Es como si viéramos una de esas fotos que la gente comparte en Facebook con mensajes motivacionales y consejos tipo “aprovecha los pequeños instantes”, “el amor de una madre lo es todo” o “quien te quiere doblega el tiempo por ti”, y no quisiéramos borrar (o matar) a quien las ha compartido. De hecho nos los creemos y nos impregnamos de esta filosofía optimista gracias a momentos de comedia realmente inspirados. Curtis consigue que el carpe diem y el “párate a oler las rosas” no suene a vacuo mensaje publicitario por una vez, y aunque sea durante unas horas (o unos minutos), nos proponemos ponerlo en práctica. Puede que el efecto dure poco (la realidad no tarda en bajarte de las nubes) pero se agradece que nos hagan pensar que el mundo es, o puede ser, un lugar mucho más bonito de lo que en realidad es. Y tampoco viene mal que nos recuerden que no hay nada más extraordinario que un día normal.

Valoración: ★★★★