Crítica: Expediente Warren – El caso Enfield

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¿Recordáis el dicho “segundas partes nunca fueron buenas“? ¿A que ya no lo oís tanto? Puede que hace años esa fuera una regla de oro del cine con unas cuantas honrosas excepciones, pero las cosas han cambiado en la última década y Hollywood, que está volcado de lleno en las franquicias y los universos cinematográficos, se está empleando para derribar esa idea. Esto no quiere decir que todas las secuelas sean buenas, pero por lo general están mucho más cuidadas que antes y en muchos casos llegan a mejorar a las películas originales. Además, el público se muestra mucho más receptivo a ellas. Sin embargo, hay un género que escapa a esta tendencia al alza, el terror. Es difícil encontrar secuelas de un éxito de terror que igualen o mejoren a su predecesora. Esto cambia con Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2), la segunda parte de la muy estimable Expediente Warren: The Conjuring, una película que, si no es mejor que la primera, al menos es igual de buena.

James Wan se ha convertido en uno de los directores más solicitados y mejor valorados del cine comercial actual, llegando a ser considerado por muchos como “el rey del terror mainstream“. Su estilo sofisticado y eficiente le ha hecho ganarse una muy buena reputación y, antes de centrar todos sus esfuerzos en el cine de acción con Aquaman (ya dirigió uno de los mayores éxitos de este género, Fast & Furious 7), ha decidido seguir poniendo su granito de arena a eso que él mismo llama “la dignificación del cine de terror“. Con la primera The Conjuring, un ejercicio de terror a la vieja usanza, sólido y muy elegante, Wan ya dejó claras sus intenciones. Con su secuela, el director se ha propuesto “volver a hacer que el terror sea personal” y para ello, ha hecho algo más que repetir el festival de sustos y momentos escalofriantes de la anterior: ha potenciado aun más a los personajes y ha promovido una fuerte conexión emocional y psicológica entre ellos, el terror que los amenaza y el espectador.

Estableciendo una especie de juego meta (inspirado en Adaptation. de Charlie Kaufman, según ha confesado el propio director) en el que Wan introduce en la narración el dilema de qué es real y qué un montajeEl caso Enfield nos traslada hasta Inglaterra, donde tuvo lugar uno de los fenómenos paranormales más famosos de los 70. El poltergeist de Einfeld lleva al matrimonio Ed y Lorraine Warren a cruzar el océano después de visitar otro célebre lugar embrujado, Amytiville, para investigar el caso de una familia pobre que está experimentando extraños sucesos en una casa que se cae a pedazos. Aunque los espectadores somos testigos (y víctimas) de los sucesos paranormales que atormentan especialmente a la hija menor de la familia (espléndida Madison Wolfe), los Warren tienen dificultades para detectar la presencia hostil y por tanto demostrar a la Iglesia lo que está ocurriendo en Enfield. Y ahí está el reto y la novedad a la que se enfrenta el matrimonio esta vez, un demonio más ingenioso y con más recursos de lo habitual.

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Con El caso Enfield, Wan vuelve a realizar una película de terror sorprendentemente cuidada en todos los aspectos, un producto muy refinado, estilizado y con un regusto vintage que, afortunadamente, no se queda en mero ejercicio de estilo. La película sobresale por su envolvente atmósfera, su creativa puesta en escena y su gran empaque visual. Pero como adelantaba, al final lo que más diferencia Expediente Warren del resto de cintas de miedo de centro comercial es que en estas películas hay personajes de verdad, y que, en relación a esto, las interpretaciones están muy por encima de lo que cabe esperar del género -sin la fuerza expresiva de Vera Farmiga y la presencia gallarda de Patrick Wilson Expediente Warren no sería lo que es. El caso Enfield no innova demasiado (a pesar de introducir variaciones con respecto al primer caso, si hemos visto la anterior, así como la saga Insidious, sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar en ella). Pero tampoco le hace falta, porque Wan tiene completamente dominada la fórmula y sabe exactamente cómo asustar sin dejar de involucrar al espectador en la historia y los personajes, concretamente el matrimonio Warren, el núcleo emocional de estas películas, con los que el espectador no puede sino empatizar.

El caso paranormal es lo que nos mete en la película, pero los Warren y la familia Hodgson (hay que destacar también a una estupenda Frances O’Connor como la sufrida madre de los pequeños) son los que hacen que nos quedemos enganchados en su historia hasta el final y nos sometamos encantados a los mil y un sustos que Wan nos tiene preparados. Y he ahí otra de las diferencias entre Expediente Warren y las demás propuestas terroríficas actuales, que los sobresaltos, por muy traicioneros que sean, llevan detrás un trabajo de planificación sobresaliente. Wan ya ha demostrado con creces que es todo un artesano del terror. Para asustarnos, el director hace gala de un pulso excelente y mueve la cámara con inventiva y virtuosismo, retorciéndose por el escenario, jugando inteligentemente con el espacio y sus recovecos más oscuros, y deteniéndose en planos enervantes que aumentan la tensión y hacen que los sustos casi siempre funcionen como catarsis. Y no solo eso, sino que, cuando el terror toma forma concreta, Wan reduce la decepción que suele causar el paso de lo sugerido a lo desvelado, con tres criaturas demoníacas que resultan convincentes a diferentes niveles: un monstruo de cuento de hadas (reminiscente del Babadook) que no asusta demasiado por culpa de su naturaleza enteramente digital, un anciano que se encarga de ponernos de los nervios con algunas de las mejores secuencias de la película, y la maldita monja, que acechará a los espectadores en sus pesadillas durante mucho tiempo (o quizá hasta que su spin-off le quite la gracia).

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Con El caso Enfield, Wan consigue lo que se proponía, realizar una secuela más que digna que enriquece considerablemente el panorama del terror comercial. La segunda aventura de los Warren en el cine supone una experiencia casi inmersiva, una historia bien contada, con personajes definidos y oportunos toques de humor, que nos mantiene interesados hasta su emocionante clímaxhace que nos lo pasemos en grande pasando miedo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Poltergeist

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Dejémoslo claro desde el principio, un remake de Poltergeist, el clásico de terror para toda la familia estrenado en 1982, era innecesario. Tanto como casi la totalidad de los remakes, reboots y retodo que está produciendo Hollywood últimamente. Es obvio que la Meca del Cine está falta de ideas, pero por lo general, el público responde de forma positiva ante estos relanzamientos de franquicias y demás estrategias nostálgicas ideadas para evitar que la taquilla se hunda. Así que mientras esperamos (seguramente en vano) una nueva época dorada en la que las ideas originales marquen el pulso del cine (un nuevo 1999-2001 por ejemplo), concretamente el de terror, esto es lo que hay.

Quizá porque lo he asumido, porque me he resignado a que este es el estado actual del género (demos las gracias por las excepciones que nos ayudan a sobrellevarlo, como BabadookIt Follows) o porque prefiero no menospreciar lo que el público demanda, he visto la nueva Poltergeist con ojos más indulgentes. O quizá sea mucho más sencillo que eso y después de todo la película de Gil Kenan sea en realidad mucho mejor de lo que parece, y de lo que esperábamos. Estamos ante un remake bien hecho, muy fiel al original pero con los pertinentes cambios para actualizarla (aquí la tele es de plasma, los móviles y iPads juegan un papel importante, y tenemos un dron que retransmite imágenes desde otra dimensión, ahí es nada). La sensación de estar viendo la misma historia otra vez es inevitable, los momentos clave y las escenas más icónicas del clásico de Tobe Hooper están ahí, pero no estamos ante una reconstrucción plano a plano (no hagáis caso de los exagerados que digan que sí). En su lugar, Kenan toma la historia y le imprime su propio ritmo, haciendo que la trama fluya orgánicamente, como si se hubiera pensado en el siglo XXI.

Esto conlleva una pega, que al final, la sensación de déjà vu no proviene tanto de nuestra experiencia con la película original (programada hasta la saciedad en las tardes de TVE cuando éramos unos críos), sino más bien del hecho de que han convertido Poltergeist en otra Insidious (de hecho, aquí se nos deja seguir la cuerda dentro del armario y ver qué hay en “el otro lado”). A pesar de partir de un material previo que sin duda sirvió de inspiración, este remake es la respuesta de Fox a las películas de James Wan. Terror estilizado, aséptico, juvenil, es decir, PG-13 (calificación por edades que habría recibido la original si no fuera porque Spielberg no la inventó hasta un par de años después). Poltergeist es por tanto un film de terror para todos los públicos, uno no exento de sus dosis de perversidad, pero en general inofensivo. Es decir, válido tanto para una sesión de madrugada como para un domingo por la tarde, justo como la original. No nos extraña por tanto que Fox confiara la película a Kenan, que se dio a conocer con aquella nostálgica aventura de terror para niños que fue Monster House.

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Otro nombre detrás del proyecto que llama la atención es el de Sam Raimi, que participa en Poltergeist en calidad de productor ejecutivo. Y creedme cuando os digo que, a pesar de la ausencia de gore, se nota su mano en la película. Poltergeist no es una comedia de terror como Arrástrame al infierno o (en menor medida) Posesión infernal, pero hace gala de un humor comedido y algo bobo, pero también muy efectivo, que nos recuerda un poco al director de Spider-Man. Entre susto y susto se cuelan diálogos divertidos y momentos muy inspirados de comedia ligera (muchos de ellos provienen del equipo de investigadores paranormales). Esto funciona sobre todo gracias al reparto. Y es que otro de los aciertos de Poltergeist es su casting, aspecto que se suele descuidar en este tipo de películas.

La familia protagonista está encabezada por dos talentazos infravalorados e infrautilizados, Sam Rockwell y Rosemary DeWitt. Ambos resultan creíbles y naturales en todo momento, tanto para hacer chistes como para los pasajes más dramáticos. Rockwell brilla especialmente como papá bromista, pero también sorprende con una excelente escena dramática en la que se entrega por completo. También destaca Jared Harris, sustituto oficial de Zelda Rubinstein como guía de Carol-Ann, aquí rebautizada Maddie (Kennedi Clements), en su camino hacia la luz. Harris es el personaje más caricaturesco, es la Lin Shaye de esta película, y está tan divertido como Rockwell, sin llegar a pasarse de gracioso y ahogar el aspecto terrorífico de la película. Por último, los tres niños están sencillamente perfectos, sobre todo la pequeña Maddie, que nos recuerda mucho a Heather O’Rourke, entre adorable y escalofriante, y con unos enormes e inquietantes ojos que hipnotizan. Sin desmerecer a Saxon Sharbino, típica adolescente moderna con una dimensión más humana y simpática de lo normal, y especialmente a Kyle Catlett, fantástico como el enclenque hermano mediano, en cierto modo nuestro punto de vista en la historia.

Poltergeist no es nada nuevo, en ningún sentido. Pero es una película muy decente, un recorrido clásico por el género de las casas encantadas, con bien de sustos (mucho más creativos y menos tramposos de lo habitual hoy en día), un equilibrio bien medido de suspense, miedo y humor, y sin demasiadas complicaciones. Con apenas 90 minutos de metraje (y un final muy abrupto que hace que se echen de menos 10 más, eso sí), Poltergeist se salva con dignidad de la quema de los remakes que nadie pidió (que nosotros sepamos).

Valoración: ★★★½