Onward: Magia, fantasía épica y amor fraternal

Pixar lleva 25 años elevando el listón del cine de animación, siempre a la vanguardia técnica y creativa. Sin embargo, recientemente, el estudio de Emeryville se ha centrado principalmente en las secuelas (con excepción de Coco en 2016), cosechando récords en taquilla, pero también dando la sensación de que su creatividad ya no era tan fértil como hace unos años y estaba jugando demasiado sobre seguro. En 2020, Pixar aparca las secuelas para estrenar dos películas originales, Onward Soul, repitiendo así lo que hizo en 2015 con Del revés El viaje de Arlo.

Mientras esperamos el regreso del visionario Pete Docter (Monstruos S.A., Up, Del revés) con Soul, el año de Pixar comienza con su película número 22, Onward, dirigida por Dan Scanlon, que debutó en el estudio con el corto de Cars, Mate y la luz fantasma y firmó su primer largometraje como director con la precuela Monstruos University. En esta ocasión, Pixar nos traslada a un mundo suburbano de fantasía en el que la magia ha quedado obsoleta debido al avance de la tecnología y criaturas mitológicas como elfos, minotauros, cíclopes, hadas y sirenas viven rodeados de las comodidades y los adelantos de la vida moderna, mientras que otras, como los unicornios, son tan comunes e indeseables como los roedores.

La historia se centra en dos hermanos elfos de caracteres muy opuestos, Ian y Barley Lightfoot (voces originales de Tom Holland y Chris Pratt), que se embarcan en una aventura para encontrar una gema mágica con la que completar un hechizo que les ayudará a pasar un día con su padre, quien falleció cuando los dos eran pequeños. Ian es un adolescente tímido y socialmente torpe que no se atreve a salir de su cascarón, mientras que Barley es todo lo contrario, un joven extrovertido y alocado que se pasa el día intentando que los demás recuperen el interés por la magia y yendo a todas partes en su amada furgoneta. Los dos emprenden un viaje a contrarreloj y lleno de peligros para ver a su padre, mientras su madre (Julia Louis-Dreyfus) les sigue la pista para protegerlos. La odisea de los Lightfoot servirá para que Ian se atreva por fin a vivir una aventura en la que aprenderá a usar la magia y salirse de su zona de confort gracias al apoyo de Barley, del que se había distanciado al hacerse mayor.

Siguiendo la estela de Frozen, solo que con hermanos en lugar de hermanas, Onward explora la familia y los lazos fraternales con la inteligencia y la sensibilidad que cabe esperar de Pixar, a la vez que homenajea la fantasía épica y el rol/RPG tipo Dragones y mazmorras o Zelda con grandes dosis de imaginación y creatividad. Por otro lado, en su historia también se pueden detectar ecos de Brave (el hechizo afecta al padre en lugar de a la madre en este caso), Zootrópolis (por el contraste humorístico entre los seres fantásticos y el mundo moderno), Indiana Jones y Los Goonies (adolescentes emprendiendo una búsqueda del tesoro llena de acertijos y trampas subterráneas), con un toque de Este muerto está muy vivo (en serio).

En general, la película está llena de buenas ideas, personajes divertidos (la Mantícora, voz de Octavia Spencer, es la robaescenas oficial) y un sentido muy desarrollado de la aventura, con estupendas escenas de acción y aprendizaje mágico siempre ligadas a la evolución y crecimiento de los personajes, así como un sentido del humor que, si bien no siempre llega a ser todo lo eficaz que debería, pone una sonrisa en la cara de principio a fin.

Se podría decir que Onward es 70% Disney y 30% Pixar. Esto no es necesariamente malo (los clásicos de Disney de la última década han subido mucho de nivel), pero a ratos se echa de menos en ella esa magia única que suelen tener las películas de Pixar. Aunque la idea de la que parte es muy buena (se inspira, por cierto, en la historia real del director, cuyo padre murió cuando él solo tenía un año), tiene mucho encanto y hay momentos memorables (la persecución en carretera, la escena del puente levadizo, las pruebas subterráneas), el desarrollo es más bien convencional y carece de ese componente que hace que las películas de Pixar se diferencien del resto. Al menos hasta que llegamos a los últimos veinte minutos.

Es en el acto final de Onward donde nos reencontramos con la magia del estudio del flexo en su máxima expresión. Esa capacidad para despertar emociones a flor de piel con una conclusión profunda y trascendental que resume a la perfección, incluso redefine y revaloriza, la historia que nos acaban de contar; una historia sobre amor fraternal que habla de la pérdida y la familia con sentimiento y madurez. Entre la acción épica y el drama más emotivo, Onward nos ofrece un desenlace precioso para sus personajes y nos deja con un bonito mensaje inspirador: atrévete a arriesgarte, a vivir una aventura. Al final, aunque parecía que no, Pixar vuelve a buscar la lágrima, y la encuentra.

A Onward le falta ese componente conceptualmente ambicioso de otras películas originales de Pixar, pero incluso siendo una de las entregas relativamente más modestas del estudio, tiene la calidad que se espera de ellos. Ni que decir tiene que visual y técnicamente es una maravilla (las texturas en los primeros planos son increíbles), además, cuenta con un guion muy sólido y termina con uno de los finales más conmovedores de su catálogo. Fusionando fantasía, aventura y drama coming-of-ageOnward no supone ninguna revolución (sería injusto pedírselo), pero nos recuerda que la verdadera magia de Pixar reside en saber contar historias con significado para todo el mundo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Toy Story 4

Entonces, Andy regaló todos sus juguetes a Bonnie, marcando así el final de una era, tanto para él, que se marchaba a la universidad dispuesto a empezar su vida como adulto, como para los espectadores, que habíamos crecido con él. “Adiós, vaquero”. Así se despedía su muñeco favorito, Woody, con quien había compartido los recuerdos más dichosos de su infancia. Había llegado el momento de pasar página y hacer feliz a otro niño. Fin.

O no.

Para todo el mundo, Toy Story 3 era el final definitivo de la exitosa e influyente saga animada de Pixar. La tercera entrega cerraba la historia de manera tan emotiva y transcendental, que los espectadores nos quedamos satisfechos si, como Andy, esa era la última vez que veríamos a Woody, Buzz y compañía. Pero en Disney decidieron que quedaba (al menos) una historia que contar con estos personajes. Por eso, nueve años después de deshidratarnos con la escena del incinerador y el final de Toy Story 3, llega Toy Story 4. No la pedimos, pero está aquí, así que saquemos lo mejor de ella.

Tras el cierre de la trilogía original, quedaba una gran incógnita por resolver: ¿Qué fue de Bo Peep? La pastorcita no estuvo presente en la tercera película, y Woody nos dio a entender que se había extraviado. En Toy Story 4 descubrimos la verdad sobre su paradero. Pero la historia no comienza con ella, sino con Forky, el nuevo juguete de Bonnie, creado por ella misma con un tenedor-cuchara, un alambre, un poco de plastilina y unos ojos de pegatina. Cuando Forky cobra vida, este está convencido de ser basura, y corresponde a Woody y los demás enseñarle que en realidad es un juguete. Y no solo eso, sino que es el más importante para Bonnie en un difícil momento de cambio para ella: el inicio de la escuela. Un viaje en carretera los llevará a una nueva aventura en la que tanto Forky como Woody aprenderán cuál es su lugar en el mundo.

Era un reto muy complicado continuar la saga después de un broche de oro como Toy Story 3 y hacerle justicia, pero Pixar lo ha vuelto a hacer. No había motivos para dudar de ellos. Toy Story 4 es una secuela digna, si bien algo diferente a la trilogía original, incluso más extraña y atrevida. Josh Cooley (¿La primera cita de Riley?) dirige esta nueva odisea de acción en la que Woody cobra casi absoluto protagonismo, llevando las riendas (pun intended) de una historia que nos lleva hasta una feria y una tienda de antigüedades, dos nuevas localizaciones rebosantes de posibilidades para la franquicia. Allí es donde conocemos a los nuevos personajes de la saga, un variopinto plantel de juguetes que incluye a la villana Gabby Gabby (una muñeca antigua con defecto de fábrica a la que pone voz Christina Hendricks) y sus marionetas de ventrílocuo, los peluches de tómbola Bunny y Ducky (Jordan Peele y Keegan-Michael Key), y el desastroso motorista, y para muchos robaescenas, Duke Caboom (Keanu Reeves).

Estos fichajes insuflan nueva vida a la saga, eso sí, a costa de desplazar a un segundo plano a casi todos los juguetes de Bonnie, incluido Buzz Lightyear. Todos ellos desempeñan una función instrumental en la película, pero el guion se centra en Woody, Bo, Forky y los nuevos personajes. La sensación es rara, pero necesaria. Como adelantaba, Toy Story 4 es algo distinto, no es una continuación, sino un epílogo, una aventura en mundo abierto que, utilizando las mismas herramientas, explora nuevo terreno y pone a prueba hasta dónde puede llegar la saga y sus protagonistas. Como las anteriores películas, Toy Story 4 no tiene miedo de abrazar por completo las emociones, incluido el miedo (la película tiene un par de pasajes bastante siniestros), y tomar decisiones sorprendentes, y eso es lo que hace que merezca la pena.

La parte central de Toy Story 4, que se desarrolla como un tour de force de enredos y acción, recuerda demasiado a la tercera parte, y también al esquema del rescate disparatado de Buscando a Dory, con momentos muy divertidos y una Bo Peep modernizada que es de lo mejor de la película. Pero salvando eso, en general tiene un nudo poco memorable. Son el primer y el último acto los que hacen que la cinta se eleve hasta el infinito y más allá. El primero, contra todo pronóstico, por la trama de Forky, un personaje mucho más interesante de lo que anticipábamos, que enfatiza el corazón y el componente existencialista que siempre ha caracterizado a esta historia. El segundo porque nos deja otro clímax de desbordante emotividad y una resolución impactante y muy valiente que se asegura un lugar privilegiado en nuestra memoria.

Pixar se supera técnicamente con cada película, y Toy Story 4, no es excepción. Su factura visual y sonora es asombrosa (impresionantes las texturas y la iluminación, y magnífica una vez más la música de Randy Newman, con nuevas canciones y un uso excelente del score), pero lo mejor sigue siendo el dominio que tiene de la historia que está contando y la madurez que ha alcanzado con ella. Toy Story nos habla de la constante búsqueda de propósito, la lealtad y la necesidad de arriesgar para encontrar nuestro sitio en la vida. ¿Quién nos iba a decir que una saga sobre juguetes nos iba a enseñar tanto sobre nosotros mismos?

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Los Increíbles 2

Allá por 2004 Brad Bird (El gigante de hierro) nos daba a conocer a los Parr, más conocidos como Los Increíbles, una familia de superhéroes original aunque sospechosamente parecida a Los 4 Fantásticos (la Primera Familia de Marvel) que marcaba un antes y un después en Pixar al ser la primera película protagonizada por personajes humanos. El experimento dio sus frutos y el público caía rendido ante la película, de la misma forma que había ocurrido con las anteriores entregas del estudio de John Lasseter, solo que esta vez con una diferencia: el clamor por una secuela sonaba más fuerte.

Y aun así, Pixar se tomó su tiempo. Han tenido que pasar 14 años para que Los Increíbles 2 llegue a los cines (un lapso similar al transcurrido entre Buscando a Nemo Buscando a Dory), tiempo en el que la animación por ordenador ha evolucionado enormemente y el cine de superhéroes se ha convertido en status quo. Sin embargo, por los Parr no ha pasado el tiempo, ya que la continuación retoma la acción justo donde la dejó, mostrándonos ese enfrentamiento con El Socavador que ya había tenido lugar en nuestra imaginación en incontables ocasiones, para a continuación contarnos lo que pasa inmediatamente después. Llevábamos mucho tiempo deseando esta película y la espera definitivamente ha merecido la pena.

Como decía, Los Increíbles 2 se estrena dentro de un panorama cinematográfico muy distinto al de hace 14 años. Marvel domina la industria del cine y los superhéroes están en todas partes. Ante esta circunstancia, Bird decide no copiar lo que Marvel está haciendo estos días, sino mantenerse fiel a la propuesta original, realizando una prolongación orgánica y natural que no parece contaminada por tendencias actuales. Los Increíbles 2 sigue en su propio universo retrofuturista, eso sí, dejando más claro esta vez que la historia transcurre durante la década de los 60, y jugando más con ello para construir su magnífico diseño, sino también su intrincado argumento.

En Los Increíbles 2, Helen pasa al frente de la acción convirtiéndose en la protagonista de la historia, mientras Bob se queda en casa cuidando de Violet, Dash y Jack-Jack, aparcando los menesteres superheroicos para dedicarse a los del hogar. La aparición de  una organización privada que lucha por la re-legalización de los superhéroes y la irrupción en escena de un nuevo villano llamado Screen Slaver sumen a Helen en una complicada y peligrosa aventura que esconde una gran conspiración. Mientras, en casa, el pequeño Jack-Jack sigue manifestando sus superpoderes, para el asombro de su familia, que se esfuerza (en vano) en llevar una vida normal a pesar de sus habilidades extraordinarias. En última instancia, los Parr deberán encontrar la manera de volver a trabajar juntos, y con la ayuda de FrozoneEdna Moda y curiosos nuevos aliados, enfrentarse a la temible amenaza que planea esclavizar a la humanidad.

Los Increíbles 2 continúa los temas de la primera entrega, realizando otra inspirada reflexión sobre la familia, el poder y la responsabilidad con la que consigue que el espectador se sienta identificado con los Parr, al fin y al cabo una familia normal con problemas cotidianos, simplemente magnificados por sus superpoderes. Pero además, la secuela añade un giro feminista muy relevante y oportuno al intercambiar los roles de Helen y Bob, elaborando así una lección que conciencia sobre la desigualdad de género y lo difícil que es mantener a flote un hogar. Ahí es donde la ambientación sesentera resulta especialmente conveniente, al retratar una sociedad que no se aleja tanto como creemos de la actual.

Pero ese no es el único mensaje que Bird pretende transmitir con Los Increíbles 2, ni mucho menos. Siguiendo la tradición de Pixar, la secuela presenta una historia con capas y posibles lecturas que solo los mayores podrán entender y apreciar. De hecho, Los Increíbles podría ser perfectamente su película más adulta hasta la fecha, con algunos de los diálogos más reales, maduros y políticamente cargados del estudio. Todo sin olvidar en ningún momento que se trata de una película para toda la familia, y por tanto, debe funcionar también (y principalmente) a ese nivel, como entretenimiento para los más pequeños, cosa que logra con creces.

Bird ha conseguido traer a los Parr a nuestro presente sin alterar su esencia, aprovechando los últimos avances tecnológicos para brindarnos una de las cintas de animación más visualmente impresionantes de los últimos años. Las secuencias de acción son puro espectáculo, creatividad e imaginación, y sacan el máximo partido de las herramientas digitales y los poderes de los protagonistas para crear imágenes muy memorables (como la pelea de Elastigirl y Screen Slaver con la luz estroboscópica o su trepidante carrera en motocicleta para salvar un tren). Mención aparte merece el adorable Jack-Jack, la estrella indiscutible de la secuela, fuente inagotable de sorpresas y carcajadas que justifica por sí solo que no se haya optado por un salto en el tiempo con la historia (qué de cosas maravillosas nos habríamos perdido de lo contrario).

La película tiene sus problemas (principalmente, una trama central predecible que se apoya en giros “sorpresa” de los que Disney y Pixar abusan demasiado), pero se sitúa muy por encima de otras secuelas del estudio como Monstruos UniversityBuscando a Dory. Con un argumento bullicioso, diálogos muy inteligentes, un ritmo que no cesa, otra banda sonora perfecta de Michael Giacchino, personajes excelentemente caracterizados (Elastigirl es la reina, pero ver a los niños crecer es especialmente emocionante), momentos brillantes de comedia y emoción genuinaLos Increíbles 2 eleva el listón de las segundas partes y no solo cumple con lo que se esperaba de ella, sino que supera todas las expectativas formadas durante más de una década. “Increíble” es la palabra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Coco: En tiempos de muros, Pixar traza un puente hacia México [Crítica]

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Después de estrenar dos secuelas consecutivas, Buscando a DoryCars 3, Pixar regresa temporalmente a las ideas originales con Coco, colorista y emocionante aventura ambientada en México que nos devuelve al estudio en su faceta más inquieta y ambiciosa. La última vez que Pixar nos sorprendió con un concepto original y novedoso fue con Del revés (Inside Out), un estimulante ejercicio de disección psicológica infantil que nos recordaba a los fértiles tiempos de WALL-E Up. Con Coco, dirigida por Lee Unkrich (Toy Story 3) y Adrian Molina (que debuta como co-director después de varios años en otros departamentos del estudio), Pixar vuelve a plantearse un difícil reto artístico que supera con éxito: hacer una película apta para el público infantil que aborde extensamente el tema de la muerte.

Sí, todos estamos al tanto de la existencia de una película llamada El libro de la vida (2014), ambientada, como Coco, en la celebración mexicana del Día de los Muertos. Pero más allá del contexto cultural en el que se desarrollan, lo cierto es que narrativamente no tienen mucho que ver. Además de que, como bien han argumentado los creadores de ambas cintas, ¿por qué no pueden existir dos películas ambientadas en el Día de los Muertos si tenemos tantas enmarcadas en otras fiestas o hitos culturales e históricos? El realizador de El libro de la vida, Jorge R. Gutiérrez, ha elogiado el trabajo de los directores de Coco, con los que tiene muy buena relación, y ha celebrado la existencia de otra película de animación que honre la riqueza cultural de su país. Así que podemos zanjar la polémica.

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La familia siempre ha sido uno de los núcleos temáticos de las películas de Pixar, pero en Coco adquiere mayor importancia. La historia nos presenta a Miguel (Anthony González), un niño mexicano que aspira a ser músico como su ídolo, Ernesto de la Cruz (Benjamin Pratt). Sin embargo, el pequeño debe vivir su pasión en secreto, ya que la música está terminantemente prohibida en su hogar desde que su tatarabuela fuera abandonada por su marido para perseguir su sueño de convertirse en un cantautor de éxito. En el Día de los Muertos, Miguel desobedece las normas de su familia y se escapa a la plaza del pueblo para participar en el concurso de talentos anual, pero tras una misteriosa cadena de acontecimientos, queda atrapado en la tierra de los muertos, donde deberá buscar la forma de regresar a su mundo con la ayuda de sus antepasados y un paria encantador llamado Héctor (Gael García Bernal).

Coco es Pixar en estado puro. Con ella, el estudio nos vuelve a ofrecer lo que se espera de sus películas: excelencia técnica, imaginación desbordante, lecciones vitales importantes pero libres de adoctrinamiento, una doble lectura que la hace disfrutable para niños y adultos, y mucha, mucha emoción. Aunque su historia peque de formulaica como la mayoría de entregas recientes de los diferentes estudios que conviven bajo el techo de Disney -con un guion en el que no falta la mascota simpática, el giro sorpresa o el clímax lacrimógeno-, Coco evita caer en la repetición con energía a raudales, una inventiva que no se agota en ningún momento y sobre todo mucho corazón.

La película es todo un espectáculo visual, un estallido de color -con los adecuados toques macabros- en el que las texturas y la animación de los personajes vuelven a dejarnos boquiabiertos y el diseño de escenarios, especialmente los de la tierra de los muertos (aunque también los del mundo real) son dignos de asombro. Las secuencias de acción y los números musicales (atención a las hilarantes intervenciones de Frida Kahlo) son excelentes, pero al final, lo que verdaderamente nos atrapa de la película son las sinceras emociones que la sostienen férreamente; el localista y a la vez universal retrato de la familia que lleva a cabo, y esa ternura a la que uno acaba rendido, sobre todo durante su acongojante recta final. Es imposible no acabar llorando a moco tendido durante la última escena entre Miguel y su adorable bisabuela Coco, un final a la altura del de Up.

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Aunque no llega al nivel de las mayores obras maestras del estudio, Coco es otro triunfo incontestable de Pixar, una película divertida y entrañable, llena de magia y personajes encantadores, y además social y políticamente oportuna. En tiempos de muros, Pixar ha trazado un puente desde todo el mundo hacia México con Coco, un precioso canto a la tradición de este país en el que se puede sentir el amor por su cultura (laboriosa y respetuosamente documentada), y también una inspiradísima reflexión sobre la familia y el legado que enseña a los más pequeños (y a los mayores) la importancia de no olvidar a los que nos han dejado y mantener vivo su recuerdo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cars 3

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Desde que cambiara para siempre el cine de animación con Toy Story en 1995, Pixar ha tenido muy pocos baches comerciales (se podría decir que El viaje de Arlo es lo más parecido a un fracaso en taquilla para la compañía, y aun así recaudó 332 millones de dólares en todo el mundo), pero sí podemos distinguir unos cuantos bajones creativos a lo largo de sus 20 años de trayectoria. Casi todos coinciden con la llegada de una secuela de uno de sus grandes éxitos originales, continuaciones que, con la excepción de Toy Story 3, palidecen comparadas con sus predecesoras, y se distancian considerablemente de la originalidad y creatividad de películas como Up, WALL-E o Del revés (títulos todavía si secuela).

La saga Cars es sin lugar a dudas la mayor representante de esta faceta más comodona de Pixar. Aunque para muchos supone romper con la idea romántica que se tiene del estudio, lo cierto es que no podemos culparles de seguir exprimiendo la franquicia de los coches parlantes, ya que es enormemente lucrativa, sobre todo gracias a las ventas de juguetes. Lo que sí podemos reprocharles es haber bajado tanto el listón para su primera secuela. Cars 2 sigue siendo lo más bajo que ha caído Pixar, su peor título con diferencia. Por eso, el anuncio de Cars 3 se encontró con la lógica desconfianza del público adulto (los niños encantados, y estas películas son sobre todo para ellos, así que callaos un poco, y dejadlos disfrutar), y por tanto, la necesidad de hacer algo para que esta vez no se notase tanto que la película es un mero vehículo para seguir vendiendo juguetes. Es decir, esta vez había que encontrar una buena historia que contar, y afortunadamente, lo hicieron.

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Cars 3, dirigida por Brian Fee, supone un regreso al estilo y el espíritu de la primera entrega, y por tanto un distanciamiento del concepto con el que se reinventó la saga en su segunda parte. Olvidaos de las tramas de espías y la acción bondiana a escala internacional. Volvemos a Radiador Springs (aunque sea para dejarla pronto atrás), volvemos a las carreras de siempre, volvemos al pasado para preguntarnos qué nos depara el futuro. Esa es la idea que vertebra la muy nostálgica Cars 3, un viaje divertido, pero también melancólico, en el que Rayo McQueen se enfrenta a su peor enemigo: la obsolescencia. El famoso bólido de carreras sigue triunfando en los mejores circuitos, pero un día se ve sorprendido por una nueva generación de corredores, más jóvenes y mucho más rápidos que él. Cuando un aparatoso accidente en la pista (la escena más impactante del film) lo obliga a retirarse temporalmente, el número 95 trazará un plan para volver a las carreras a tiempo para probar su valía en la Copa Pistón y superar en velocidad a los nuevos coches. Para ello requerirá los servicios de Cruz Ramírez (Cristela Alonzo), una joven mecánica de carreras que se dedica a entrenar a los competidores empleando las técnicas más modernas, después de haber abandonado su sueño de convertirse en corredora.

No era difícil superar a la segunda parte, pero Cars 3 no solo lo hace, sino que consigue que la carrocería de la saga vuelva a brillar como en la película original, una de las cintas más infravaloradas del estudio. Lo mejor de Cars 3 es que podemos encontrar en ella un sentido del propósito, un rumbo fijado, uno que nos lleva de vuelta hasta el principio para cerrar ciclo. Como Toy Story 3Cars 3 nos habla del paso del tiempo, de la necesidad de hacer hueco a las nuevas generaciones mientras celebramos nuestros triunfos, nuestro legado. Esta es la idea que recorre toda la película, un homenaje a la historia original, en el que volvemos a ver a Doc Hudson -y a escuchar a Paul Newman en la versión original (por arte y magia digital)-, mentor y modelo a seguir de Rayo McQueen, así como su inspiración para convertirse en una leyenda como él.

Cars 3 no deja de ser Pixar en horas bajas y con el piloto automático (lo siento, era necesario), pero hay que reconocer que, a pesar del agotamiento, esta vez han puesto empeño y corazón en la historia, que es justo lo que faltaba en la anterior película, y lo que en esta ayuda a amortiguar la secuelitis. Además (y esto es quizá lo más importante), en esta ocasión han relegado a Mate a un papel muy secundario, así que los que no soportan al Jar Jar Binks de Cars (como yo) están de enhorabuena. Los nuevos vehículos que ocupan su lugar aportan frescura a la saga, como el villanesco Jackson Storm (Armie Hammer), la salvaje Miss Fritter (Lea DeLaria) y especialmente Cruz, la nueva estrella y verdadera protagonista de la película, con permiso de McQueen. Ya era hora de que un personaje femenino desempeñara un rol destacado en esta franquicia tan eminentemente masculina.

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Para ser una película infantil, Cars 3 lleva a cabo reflexiones bastante adultas (básicamente trata sobre hacerse viejo), pero no abandona nunca su estupendo sentido del espectáculo, ni su deber para con los más pequeños de la casa. La película se ve beneficiada por el lavado de cara (o sea, un considerable upgrade técnico) que apuesta por el hiperrealismo de los entornos, hace que los personajes luzcan aun más radiantes y le da una apariencia más estilizada y sofisticada. Por la misma razón, las escenas de acción, las carreras (sobre todo la que tiene lugar en el barro), los muy diversos escenarios naturales y el humor físico resultan más contundentes en el apartado visual, el mayor punto fuerte del film.

Contra todo pronóstico, y aun estando por debajo de la media de Pixar, Cars 3 no solo no es una mala continuación, sino que es la entrega más madura de la saga, una película entrañable, acogedora y divertida que compensa el horroroso traspiés de su predecesora y supone un cierre muy apropiado a la historia de Rayo McQueen, una digna última vuelta (no se descarta que sigan estirando la propiedad, claro, pero a nivel narrativo, se ha completado el circuito). En resumen, para ser la secuela que nadie pidió de la saga peor considerada de Pixar, Cars 3 llega victoriosa a la meta.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Buscando a Dory

FINDING DORY

Aunque no lo creáis, han pasado ya 13 años del estreno de Buscando a Nemo, la joya acuática de Pixar. Por tanto, los niños que fueron a verla al cine rondan ya la veintena, y recuerdan la película como parte de su infancia. Es algo similar a lo que ocurrió con Toy Story 3, en la que su público había crecido con Andy. Pixar se ha vuelto incluso más astuta con los años, y (dejando a un lado el caso de la muy lucrativa Cars) de momento ha sabido elegir bien el momento adecuado para lanzar las secuelas de sus éxitos (atención, porque la de Los Increíbles llegará 15 años después de la original). Buscando a Dory (Finding Dory) hace lo mismo que la tercera parte de Toy StoryMonstruos University, aprovechar la nostalgia que las primeras películas del estudio de Emerville generan en tiempo récord para contar una historia empapada de recuerdos y afecto. La jugada les ha salido redonda, porque Buscando a Dory no solo ha roto el récord de mejor estreno de la historia para una película animada, sino que es una secuela más que digna, una película que despierta un cariño enorme y divierte sin parar. Es decir, lo que uno espera normalmente de Pixar.

Buscando a Dory empieza tocando la fibra desde el primer minuto. En el prólogo conocemos a Dory cuando era una adorable cría de pez con los ojos enormes intentando aprender a vivir con su dificultad para el aprendizaje, la falta de memoria a corto plazo, con ayuda de sus padres, Charlie y Jenny. De esta manera, la película dirigida por Andrew StantonAngus MacLane apela a una mayor compasión (y admiración) hacia un personaje ya de por sí querido por la audiencia, para a continuación contarnos más sobre su historia, descubrirnos la tragedia existencial que la define (pero no la “hunde”, porque ya sabéis, “sigue nadando”): en un despiste, Dory es arrastrada por una corriente y se pierde. Aunque trata de recordar a sus padres, pronto se olvida de que está buscándolos, hasta que un día se acuerda de su gran propósito y decide emprender una odisea junto a Marlin Nemo para reencontrarse con ellos.

La premisa de Buscando a Dory es similar a la de su predecesora. Con una diferencia: esta vez no sabemos si Charlie y Jenny siguen vivos, y si lo están, si seguirán en el mismo sitio donde Dory los vio por última vez. Esto añade un factor de inquietud (y ansiedad) que funcionará como combustible para vivir el viaje de Dory con mayor implicación y desear aun más que la protagonista halle la satisfacción emocional que busca (y nosotros a través de ella). Con esta incertidumbre, pero también con empeño y voluntad de hierro, Dory cruza el océano valiéndose de la ayuda de sus amigos, hasta llegar al Instituto de Vida Marina de California (“La joya de Morro Bay, California” se convierte en algo así como la “P. Sherman Calle Wallaby 42 Sídney” de la secuela), donde Sigourney Weaver nos da la bienvenida, con el que será uno de los gags recurrentes más geniales que Pixar ha hecho. Allí es donde Buscando a Dory se distancia considerablemente de la primera entrega, planteando una vuelta de tuerca que, a pesar de resultar trepidante y ocurrente, hace que se pierda parte de la magia y el asombro que caracterizó a Buscando a Nemo. Y es que, paradójicamente, la mayor parte de la historia de Buscando a Dory transcurre en tierra firme. Es decir, los personajes siguen bajo el agua (en tanques, peceras, cubos, jarras de cafetera, etc), pero la acción en el Instituto tiene lugar fuera del agua. Esto obliga a que los guionistas se vuelvan más creativos que de costumbre para encontrar la manera de que mover (literalmente) a sus protagonistas (que no pueden avanzar fuera del agua por sí solos) y que la historia no se estanque. Y lo cierto es que, aunque salen airosos en general, a ratos da la sensación de que la aventura está demasiado forzada, de que los giros, los trucos para progresar narrativamente y las soluciones a los obstáculos son demasiado azarosos, hasta para una cinta de animación protagonizada por peces parlanchines.

FINDING DORY

A pesar de perder parcialmente el encanto misterioso y la belleza de sumergirse el océano para atravesar el gran desconocido junto a los personajes, Buscando a Dory compensa la ausencia de factor sorpresa con armas de sobra: diálogos de gran ingenio, un timing cómico perfecto (gracias de nuevo al excelente cast de voces originales, encabezado por Ellen DeGeneres), brillante humor físicoacción sin freno, fantásticos nuevos personajes (el film combina acertadamente lo conocido y lo nuevo) y por encima de todo, grandes dosis de ternura. También huelga decir que técnicamente sigue siendo sobresaliente, que a pesar de mostrarnos escenarios más “mundanos”, la película sigue fascinando con su animación, sus colores más vivos que nunca y sus texturas etéreas y resplandecientes (aunque no se vea en 3D, la experiencia de Buscando a Dory es lo más semejante a las tres dimensiones sin gafas que nos ha dado el cine de animación reciente). Y por supuesto, como casi todo lo que hace Pixar, esta secuela está llena de momentos memorables (nunca mejor dicho), de escenas que provocarán la risa y el llanto con la misma facilidad (es decir, con la misma maestría)

Si bien llega un momento en el que la amnesia de Dory puede resultar inevitablemente repetitiva, la película se las arregla para que nunca llegue a ser un problema grave, desarrollando al personaje (y a sus compañeros) de la manera más satisfactoria posible. Enseñándonos que, si la película se titula Buscando a Dory, y no Buscando a Charlie y Jenny, es por algo. Es porque la verdadera búsqueda que nos cuenta la película es la que Dory realiza para encontrarse a sí misma, para seguir nadando a pesar de las dificultades que conlleva vivir con una discapacidad (uno de los temas más importantes de estas películas) y descubrir la importancia de la familia y los amigos, que, como no podía ser de otra manera, en el caso de Dory son lo mismo. Y a su vez, Dory funciona como ejemplo a seguir para sus amigos (“What Would Dory Do?”), que observan cómo su amnesia le obliga a estar más alerta a los peligros (y también las maravillas) de la vida, a vivir el presente al máximo, y a no rendirse ante las adversidades. De esta manera, Buscando a Dory se alza como otro gran triunfo para Pixar, una comedia de acción infalible y profundamente entrañable que, por encima de todo, nos enseña una gran lección de perseverancia y compañerismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El viaje de Arlo (The Good Dinosaur)

THE GOOD DINOSAUR

Pixar quería hacer una película de dinosaurios. Pero no sabía cómo hacerla. Es raro que el gigante de Emerville no sepa cómo hacer algo, pero el tiempo nos ha demostrado que hasta ellos atraviesan baches creativos. El viaje de Arlo (The Good Dinosaur) es uno de los proyectos más longevos de la compañía, un sueño de John Lasseter que, a pesar de los problemas “tras las cámaras”, el jefazo se negó a abandonar (como sí ocurrió con Newt). En 2009, las riendas del proyecto recaían en Peter Sohn, dibujante del departamento de arte que había dirigido uno de los cortos más queridos de Pixar, Parcialmente nublado. Tras múltiples intentos fallidos de encontrar la historia, el género y el tono, Sohn propuso una simplificación del esquema narrativo de la película y una vuelta a los orígenes: The Good Dinosaur sería la clásica aventura de regreso a casa protagonizada por un niño y un animal que aprenden el uno del otro haciéndose amigos durante su periplo. Con una diferencia, el niño es un dinosaurio, y el animal es un niño. Nada más. Y nada menos.

Sohn y su equipo se emplearon a fondo para sacar adelante una película que se desviaba el sendero habitual de Pixar. El viaje de Arlo no presenta un concepto original o una idea maestra. Se trata de una sencilla película dirigida a los más pequeños, una que además recuerda demasiado a otros clásicos animados como En busca del valle encantado, El Libro de la Selva y sobre todo El Rey León (de la que toma prestadas más de una idea y más de una escena) o maravillas más recientes como Donde viven los monstruos y Cómo entrenar a tu dragón. El viaje de Arlo se puede disfrutar a cualquier edad, claro, pero no plantea un elaborado discurso por capas del que los adultos puedan sacar conclusiones a las que los niños no puedan llegar. El guion es minimalista, cuenta con pocos personajes, su humor es inocente (que no infantiloide, ojo) y el conflicto se desarrolla y se resuelve de la manera más común. Es decir, no se debe medir por el mismo rasero que Inside Out o Up. Ahora bien, la película compensa su falta de originalidad o riesgo con un apartado técnico impresionante y (lo más importante) una fuerza emocional casi primaria que se traduce en algunas de las secuencias más bellas que nos ha dejado el estudio en los últimos años.

Como hemos dicho, El viaje de Arlo plantea una odisea clásica protagonizada por un niño de 12 años que se pierde y ha de regresar con su familia, un viaje de autoconocimiento en el que este debe hallar el valor que lleva dentro. Es una historia que hemos visto en incontables ocasiones en el cine (especialmente en Disney/Pixar, donde además siguen insistiendo en los protagonistas huérfanos de padre, madre o ambos), pero nunca de manera tan visualmente potente. El viaje de Arlo está ambientada en la Frontera, y toma prestados muchos motivos del cine del Oeste, que traslada adecuadamente al infantil. Sohn imprime el film con un aroma a western que se puede respirar sobre todo en el segundo acto, cuando entra en escena el trío de T-Rex que ayudan a Arlo a retomar su camino de baldosas amarillas, y que se traduce en impresionantes puestas de sol e inabarcables paisajes naturales de Norteamérica. Estamos acostumbrados a la excelencia técnica de Pixar, y puede sonar al tópico de siempre, pero El viaje de Arlo se supera en este aspecto, con unos escenarios hiperrealistas que dejan sin aliento -resaltan aun más en contraste con los personajes de diseño completamente cartoon-, una iluminación increíble y unas texturas que prácticamente se pueden tocar.

THE GOOD DINOSAUR

En cuanto a la historia, en El viaje de Arlo no hay un gran villano al que derrotar (aunque sí haya personajes malvados de los que escapar). La lucha más importante que se libra en la película es la de Arlo contra la naturaleza. Estamos ante una historia de resistencia y supervivencia donde los peligros son implacables e impredecibles. Arlo debe superar los miedos que le impiden avanzar, literal y figurativamente, y lo hace a base de duros golpes, pruebas y accidentes en los que el pequeño dinosaurio teme por su vida. El niño protagonista es forzado a verse las caras con la muerte, a entenderla, a aprender lo que significa la pérdida y cómo superarla, a no dejarse hundir por la desesperación. Y he aquí la mayor diferencia entre El viaje de Arlo y otros films similares, en que no tiene reparos en mostrar las verdaderas consecuencias de la violencia, algo que no solemos ver en el cine para niños. Arlo sale magullado, amoratado, exhausto, incluso vemos su cuerpo ligeramente enrojecido y ensangrentado. La intensidad de algunas escenas supone un distanciamiento considerable en este tipo de cine, y da lugar a un espectáculo más físico y salvaje, en fuerte contraste con su tono infantil. La naturaleza es bella, pero también peligrosa, y Sohn quería dejar constancia de ambas verdades.

Exceptuando esta particularidad, la de El viaje de Arlo es una historia excesivamente convencional, incluso rutinaria, un relato arquetípico sobre lo que supone hacerse mayor, repleto de tópicos del cine de animación de Hollywood, que nos narra la transformación de un niño (recordemos, en este caso un dinosaurio) que se ve obligado a crecer. Pero El viaje de Arlo también es la historia de una preciosa amistad, la que se forja entre el protagonista y su compañero de viaje, Spot, un niño criado en la naturaleza que se comporta como un animal salvaje (él es uno de los muchos bichos curiosos que desfilan por la pantalla). Spot ejerce de necesario contrapunto al carácter quejica y a ratos irritante de Arlo, protagonizando junto a él las escenas más divertidas, tiernas y conmovedoras del film, magníficas secuencias casi mudas rebosantes de expresividad y comunicación que recogen lo mejor de las películas con niño y amigo no humano (El gigante de hierro –en la que Sohn participó-, El corcel negro, E.T.) y demuestran una gran maestría para narrar sin diálogos.

El viaje de Arlo no es la película de dinosaurios que esperábamos de Pixar, sino un regreso al Disney clásico. Sin embargo, en su largo proceso de metamorfosis, ha logrado convertirse a la vez en algo realmente diferente, en una de las experiencias más viscerales y puramente cinematográficas del cine de animación reciente.

Valoración: ★★★★

Crítica: Del revés (Inside Out)

Inside Out 1

A lo largo de casi dos décadas, Pixar ha sido uno de los valores más seguros del cine de Hollywood. El estudio de Emeryville encadenó éxitos de público y crítica durante años, demostrando que la animación familiar no era parcela exclusiva del público infantil y convirtiendo sus títulos ya no solo en éxitos del cine de dibujos, sino también en auténticos clásicos del cine. Pixar elevó la animación por ordenador a la categoría de arte y se ganó a pulso su reputación gracias a que detrás de sus apabullantes adelantos técnicos había un componente muy humano, genios apasionados que bullían con ideas originales y querían contar historias nunca vistas.

Pero como mandan las leyes de la física, todo lo que sube, en algún momento tiene que bajar. Tras el estreno de la descomunal Toy Story 3, la compañía ingresó en un periodo de receso creativo caracterizado por más secuelas (Cars 2Monsters University) y una película que no lograban el favor unánime del espectador, Brave. Con la intención de llevar a cabo una reestructuración interna y revisar sus próximos proyectos, Pixar se tomó un descanso de la taquilla en 2014 para regresar un año más tarde por todo lo alto, con una de sus propuestas más arriesgadas e innovadoras hasta la fecha, Del revés (Inside Out), la película que devuelve el estudio a la forma (concretamente la de la era experimental de WALL-E y Up) y nos confirma que siguen siendo capaces de hacer lo imposible.

La asombrosa idea de Inside Out surge de la experiencia como padre de su director, Pete Docter (Monstruos S.A., Up), que observaba cómo la alegre personalidad de su hija cambiaba drásticamente al cumplir los 11 años. Docter se preguntó qué podía estar ocurriendo en la cabeza de la niña para que ésta se comportase de forma tan diferente y mostrase una actitud tan volátil. Y esa es exactamente la premisa de Inside Out, imaginar lo que tiene lugar en la mente de una niña de 11 años, Riley Andersen, durante una etapa de cambio en su vida y su entorno familiar. Para ello, el equipo realizó un exhaustivo trabajo de documentación en psicología, del que obtuvo las cinco emociones que guiarían a Riley en su día a día: Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira.

INSIDE OUT

Más que Riley, estos cinco personajes son los protagonistas de una historia que transcurre principalmente en la cabeza de la niña, que ejerce más bien de escenario. En ella se erige un vibrante y colorista universo cuya arquitectura está diseñada con suma atención al detalle para reflejar todas las parcelas psicológicas de su mente y explicar de forma sorprendentemente esclarecedora el funcionamiento de los recuerdos, el subconsciente o los sueños. Desde la brillante secuencia de apertura (junto al montaje de Carl y Ellie en Up, de lo más prodigioso que hemos visto en Pixar), en la que conocemos a las cinco emociones y se nos explica todo lo que hay que saber sobre la cabeza de Riley, Inside Out no deja en ningún momento de arrojar ideas geniales al espectador, como pelotas saltarinas que rebotan contra todo. Esto da lugar a una película que, además de hacer gala de una inteligencia superdotada e hiperactiva y un ingenio inagotable, resulta endiabladamente divertida.

Lo más fascinante de Inside Out es cómo da forma concreta a las ideas más abstractas y explica de manera tan sencilla conceptos tan complejos como el “tren de pensamiento”, la memoria a largo plazo, el pensamiento simbólico, la nostalgia, incluso el misterio de esa canción que se te queda en la mente y reaparece cuando menos lo esperas. Manipular estas ideas y llevarlas a la pantalla en una película familiar supone una tarea muy complicada, de la que Pixar sale más que airosa, hallando la manera de dirigirse al niño y al adulto con el mismo respeto e inteligencia. Como en las mejores obras del estudio, Inside Out puede experimentarse a varios niveles gracias a un guion impecable que toca los botones del espectador (nunca mejor dicho) en los momentos adecuados, para provocar la risa o el llanto. A pesar del intrincado mecanismo narrativo de la película, los niños podrán seguir la trama sin problemas, mientras que los adultos apreciarán las capas más sutiles del relato, dedicadas exclusivamente a ellos (como el genial chiste de las cajas de “opinión” y “hecho”, la referencia LGBT a los osos de San Francisco o el hecho de que la líder dentro de la cabeza de la madre de Riley sea Tristeza). En resumen, Inside Out es la fórmula Pixar perfeccionada.

El film de Docter es una aventura clásica, una odisea de regreso a casa, y a la vez una comedia observacional que disecciona el comportamiento del ser humano y posee un indudable valor pedagógico (para todos). Como Toy Story 3Inside Out en el fondo nos habla del paso del tiempo, de lo que supone crecer, hacerse mayor, y en este sentido, la de Riley es una de las historias más insólitas y rigurosas sobre el abandono de la niñezInside Out trata de dar explicación al enigma de la angustia adolescente (o en este caso preadolescente), revelándose como la experiencia compartida idónea para que padres e hijos entiendan mejor lo que les está pasando. Y la clave está en el personaje revelación de la película, Tristeza, la emoción que forcejea constantemente con Alegría por hacerse con el punto de vista de la historia. La adultez consiste en gran medida en asumir la melancolía inevitable que conlleva el deseo de volver a ser niño, aceptar que el recuerdo feliz de la infancia se transforma en nostalgia y anhelo en algún punto de nuestra vida. Para crecer, debemos dejar de entendernos en términos duales o compartimentos, dar la bienvenida al cambio y a la tristeza como parte esencial de la experiencia vital, y comprender que todas las emociones, positivas o negativas, son necesarias. Inside Out nos relata el momento exacto en la vida de una niña en el que este proceso de transformación de la personalidad da comienzo.

INSIDE OUT

Estamos ante una entrega de Pixar que repite los patrones de muchas de sus películas anteriores, pero a la vez se las arregla para ser algo radicalmente distinto. El único pero que se puede poner a Inside Out es al mismo tiempo lo que hace que sea tan conmovedora en última instancia: que dedica demasiado tiempo al viaje de regreso de Alegría y Tristeza al Cuartel General. Quizá sea la mejor manera de contar esta historia, pero relega a segundo plano al resto de emociones y nos priva de más escenas corales, que son las que mejor funcionan (como demuestran los geniales créditos finales). Dejando esto a un lado, Inside Out es una de las cintas de animación más redondas de los últimos años, un trabajo perfectamente calibrado en todos los aspectos: las magníficas voces del reparto (Amy Poehler traslada su luminosa personalidad, y por extensión la de Leslie Knope, a Alegría, mientras que Mindy Kaling, Bill Hader y Phyllis Smith hacen lo propio con sus respectivos personajes); la deliciosa animación, que aparca el fotorrealismo para recuperar el estilo cartoon de Walt Disney, Tex Avery o Chuck Jones; o la extraordinaria banda sonora de Michael Giacchino, con un precioso tema central que permanecerá para siempre en la memoria del cinéfilo.

Inside Out es una experiencia sensorial desbordante, una historia apasionante y divertida, no obstante enraizada en la verdad estructural y científica, que nos devuelve la emoción de las historias originales y la importancia de las ideas en el cine de animación. En definitiva, otra inolvidable obra maestra de Pixar.

Valoración: ★★★★★