Crítica: Elle

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Qué bestia cinematográfica tan extraña es el neerlandés Paul Verhoeven. A lo largo de su ecléctica carrera nos ha dejado cintas de una diversidad enorme, casi todas ellas caracterizadas por el riesgo y la inconformidad, y en muchos casos trabajos que no son lo que parecen. Verhoeven es un provocador muy inteligente, un cineasta subversivo que ha realizado obras polémicas que muchos no toman en serio y otros consideran obras maestras, films que exploran los límites de los géneros y del espectador, trabajos polarizantes o directamente vilipendiados que requieren tiempo para ser apreciados por lo que son. En este sentido, Showgirls sería quizá el pináculo de su carrera, una obra maestra trash que, tras su desastroso recibimiento, se convirtió en una de las mayores películas de culto del cine moderno. A simple vista, su último trabajo, Elle, no tiene nada que ver con la película protagonizada por Elizabeth Berkley, pero si la miramos de cerca, nos revelará una inquietud y deseo de escandalizar que la conectan a aquel descomunal melodrama erótico.

Basada en la novela de Philippe Djian, Elle es la primera película que Verhoeven rueda en Francia, un thriller oscuro y retorcido que nos introduce en la turbulenta mente de Michèle (Isabelle Huppert), exitosa e implacable ejecutiva que trabaja en una compañía de software, donde coordina a un grupo de jóvenes programadores y técnicos inmersos en el desarrollo de un nuevo videojuego de alto contenido en erotismo y violencia, y se aproxima con la misma dureza tanto a su trabajo como a su vida personal y familiar. Un día, Michèle es asaltada por un intruso en su propia casa. En lugar de llamar a la policía, elimina todo rastro del ataque y continúa con su vida mientras busca al hombre que la violó para tomarse la justicia por su propia mano. Su sed de venganza se transforma en un arriesgado juego de deseo sexual que poco a poco nos irá mostrando la verdadera cara de Michèle, un ser complejo y fascinante que nos tragará por completo.

Con Elle, Verhoeven ha llevado a cabo una auténtica hazaña, una película que irrumpe en un panorama caracterizado por la hipervigilancia y la corrección política, atreviéndose a hacer cosas que muchos consideran ya fuera de límites. Y lo hace con un descaro y una elegancia increíbles, incomodando, desafiando, alborotando, difuminando la línea entre lo aceptable y lo inadmisible. Con Elle, elle-verhoevenVerhoeven nos sitúa en una posición en la que nos encontramos a nosotros mismos disfrutando de la violencia y el comportamiento desviado que vemos en pantalla, reflejándolo en nuestro propio punto de vista en un alarde a lo Michael Haneke, solo que con mucho más humor. Porque Elle es el crudo y deslumbrante retrato de una sociópata que además de removernos constantemente y empujarnos a reflexionar, nos hace reír. Una película inquietante, de la que es imposible apartar la mirada, perversa, malsana, y por encima de todo divertida.

Pero por muy buena labor que desempeñe Verhoeven tras las cámaras (y lo hace; qué tensión más bien llevada, qué giros más cabrones, qué pulso tan medido), esta hipnótica comedia negra (negrísima) no sería lo mismo sin su protagonista, Isabelle Huppert. La francesa es una de las actrices más valientes del cine y no cabe duda de que Michèle estaba hecha para ella y nadie más. Solo Huppert, con su refinada frialdad y su distinguida sensualidad, podía dar vida a un personaje como este y llevarlo de forma tan sublime hasta el final. Con Michèle, la actriz nos deja su mejor interpretación desde La Pianista, un controvertido estudio de personaje con el que actriz y director exploran las pulsiones y parafilias de una mujer sorprendente para regalarnos una película deliciosamente mórbida y enfermiza que golpea con fuerza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: RoboCop (2014)

Joel Kinnaman;Abbie Cornish

La reacción inicial entre el público a cualquier tipo de remake o reboot en Hollywood suele ser rechazo, ya sea porque se considera sacrilegio perturbar un clásico intocable o porque pone de manifiesto la preocupante falta de creatividad del cine comercial de los últimos años. Sin embargo, hay ocasiones en las que el remake consigue trascender su carácter de mera estrategia comercial para crear una obra pertinente a nuestro tiempo a partir de un relato que, si lo pensamos bien, se prestaba a la actualización. Es el caso del clásico de acción de los 80 RoboCop, sci-fi distópico y ultraviolento dirigido por Paul Verhoeven. Sorprende (positivamente) que para dirigir el remake de RoboCop se optase finalmente por otra voz no-estadounidense, la del brasileño José Padilha, que como el realizador neerlandés, se sale con la suya erigiendo con su película un fiero discurso anti-imperialista que se ríe a carcajadas del patriotismo americano.

Padilha no se limita a iterar o reproducir el original, sino que realiza una notable y autosuficiente relectura acorde al contexto sociopolítico norteamericano actual, a la vez que profundiza en las cuestiones existencialistas del protagonista. La historia del policía Alex Murphy (Joel Kinnaman) convertido en súper cíborg tras ser víctima de un intento de asesinato, sirve para construir una película que fluctúa entre la acción más estilizada (olvidaos por completo de la casquería de la original y acostumbraos a las pistolas de descarga eléctrica) y la sátira con más bilis. En efecto, RoboCop es en ocasiones dos películas colisionando de frente, dos entes luchando una Cartel cine 68x98 Robocop.aimisma carcasa, como el propio Murphy. Por un lado la visión PG-13 del estudio y por otro el interés de Padilha por emular a Verhoeven en su denuncia del estado policial, la capitalización del terror de la ciudadanía a través de la privatización de servicios públicos, la corrupción del poder o la manipulación de los medios.

Padilha utiliza el contexto post-11S para dibujar un futuro muy próximo en el que el país conserva su hegemonía global auspiciando un estado cuasi-fascista de ultra-vigilancia que coarta las libertades cívicas bajo la ilusión de protección, y propagando el miedo a lo desconocido. La figura de RoboCop no solo pretende destapar la corrupción del gobierno, sino que Murphy es en sí mismo una alegoría del ciudadano de a pie, un hombre que cree tener el control sobre sí mismo cuando en realidad está siendo manipulado. “Es la ilusión del libre albedrío”, lo que alimenta a las instituciones gubernamentales y las grandes corporaciones, una gran estrategia de marketing. “El público no sabe lo que quiere hasta que se lo dices”.

Hay una tercera capa discursiva en RoboCop, la que se entrega por completo a la parodia a través del personaje de Samuel L. Jackson, un famoso presentador de noticias que articula en palabras todo lo expuesto anteriormente (“América es el mejor país del mundo”). Pat Novak, así como el malo malísimo Raymond Sellars (Michael Keaton), están construidos como villanos caricatura que refuerzan la carga satírica de la película. Por si quedaba alguna duda, con las exageradas escenas de Novak Padilha deja claras sus intenciones. Resulta increíble que se haya salido con la suya y no deje títere -yanqui- con cabeza. Por todo ello, porque como cinta de acción es más que correcta, y también porque todos esperábamos un desastre de proporciones épicas, RoboCop supone toda una sorpresa, una cinta de acción más estimulante y provocativa que la media, que justifica sobradamente su existencia.

Valoración: ★★★½