Cómo vivir contigo mismo: Dos Paul Rudd mejor que uno

Paul Rudd está viviendo una auténtica época de esplendor y nosotros la estamos disfrutando a lo grande. De siempre un actor muy querido por la audiencia gracias a sus papeles en CluelessFriends Lío embarazoso, Rudd ha desarrollado una sólida carrera como uno de los rostros habituales de la comedia norteamericana y ha triunfado en el mundo de los superhéroes interpretando a uno de los personajes más simpáticos y divertidos del Universo Marvel, Ant-Man.

En 2019, Rudd vuelve a la televisión con Cómo vivir contigo mismo (Living with Yourself). Aunque ya había participado en la mencionada Friends o más recientemente en el revival de Netflix de Wet Hot American Summer, esta es la primera vez que Rudd protagoniza una serie, habiendo centrado hasta ahora su trayectoria sobre todo en el cine. Es precisamente Netflix la que lo ha convencido para que acepte un papel principal en televisión, y además, por partida doble.

Cómo vivir contigo mismo es la historia de Miles (Rudd), un hombre en plena crisis personal, matrimonial y profesional que acude a un misterioso spa para someterse a un tratamiento experimental que garantiza mejorar su vida radicalmente. Sin embargo, el procedimiento no sale bien y se despierta envuelto en plástico y enterrado en medio del bosque. Al regresar a casa, Miles descubre que ha sido reemplazado por otro hombre exactamente igual a él, una versión mejorada que le obligará a enfrentarse a sí mismo, literal y figuradamente.

Esta es la llamativa premisa de una ficción cuya primera temporada consta de 8 episodios de alrededor de media hora que Rudd convierte en un auténtico two-man show de principio a fin. Su interpretación doble es sin duda lo mejor de una serie que se apoya casi enteramente en su carisma y encanto de tipo cercano. Aunque lejos de la hazaña de Tatiana Maslany en Orphan Black -pero con efectos visuales igualmente impresionantes para duplicar al actor en el plano-, Rudd nos hace creer que de verdad estamos ante dos personas distintas (a pesar de que técnicamente son la misma), gracias a los matices diferenciados que aporta a cada Miles y a un trabajo de caracterización física sutil pero muy eficiente. Es decir, en todo momento sabemos cuándo es uno y cuándo es otro, lo cual no es tan fácil como parece (y si no que se lo digan a Sarah Michelle Gellar y sus gemelas de Ringer).

Aunque se presenta como comedia y tiene momentos muy divertidos (gracias, cómo no, a la presencia de Rudd), el tono de la serie es más dramático de lo que cabía esperar, con un humor a ratos bastante seco, un aire decididamente extraño y un tratamiento de la relación entre Miles y su mujer, Kate (Aisling Bea), que abraza lo amargo y se adentra a menudo en el melodrama doméstico. Cómo vivir contigo mismo no pretende hacer reír a carcajadas como otras comedias (o al menos eso parece), sino que está más interesada en mostrarnos la cara más incómoda de las relaciones y cómo estas pueden deteriorarse con el paso del tiempo, las dificultades y la depresión.

La primera temporada de Cómo vivir contigo mismo avanza con ritmo ligero pero firme, sin perder el tiempo ni retrasar los acontecimientos, que se suceden sin dar demasiados rodeos. La serie aprovecha los episodios para contar la historia de manera concisa, estructurando esta primera parte (esperamos que haya más) con saltos hacia delante y atrás en el tiempo y diferentes puntos de vista con los que va tomando forma. Ver un par de episodios no basta para hacerse una idea de lo que la serie puede ofrecer, ya que por ejemplo no es hasta el quinto episodio cuando se nos ofrece la perspectiva de Kate en el declive del matrimonio, y por tanto una versión más completa y justa de la historia.

Cómo vivir contigo mismo no es la serie que muchos esperaban, pero eso no es necesariamente negativo. Aunque su tono tragicómico puede resultar desconcertante, lo cierto es que encaja con la historia de un hombre deprimido y un matrimonio roto que están contando. La serie no ha hecho más que tocar la superficie y el viaje de autoconocimiento de Miles está lleno de posibilidades, tanto cómicas como dramáticas. Con dos Paul Rudd por el precio de uno merece la pena embarcarse en él.

Crítica: Ant-Man y la Avispa

Todavía no nos hemos recuperado de Vengadores: Infinity War y ya tenemos aquí la nueva entrega del Universo Cinematográfico MarvelAnt-Man y la Avispa (Ant-Man and the Wasp). La primera parte es una de las películas de menor calado del estudio, pero también una de las mejores. Ant-Man se estrenó justo después de Vengadores: La era de Ultrón y funcionó como respiro entre aquella y el siguiente gran crossover, Capitán América: Civil War. Y su secuela llega para cumplir el mismo papel en la Fase 3, relajar a la audiencia antes de la llegada de la esperadísima (y seguramente mucho más épica) Captain Marvel y el gran final, Vengadores 4.

Mucho se ha especulado sobre el rol que Ant-Man y la Avispa desempeñaría de cara a Vengadores 4 y su lugar en la cada vez más abarrotada línea temporal de Marvel. Pues bien, la película de Peyton Reed transcurre antes de los acontecimientos de Infinity War y en su mayor parte es independiente del arco central del MCU, con el que entronca al final. Lo que tenemos aquí es otra aventura de Scott Lang (Paul Rudd), esta vez con la Avispa de Hope Van Dyne (Evangeline Lilly) compartiendo protagonismo (es la primera vez que un personaje femenino figura en el título de una película de Marvel), y poco más. Es decir, no se trata de una película llena de cameos y giños para potenciar la continuidad y la interconexión de este universo. Y mejor así.

Después de su participación en Civil War, Scott debe lidiar con las consecuencias de sus actos en forma de arresto domiciliario. Los días pasan lentamente y las visitas de su hija, Cassie, lo mantienen ocupado y feliz durante su condena. A pocos días de quedar libre, Hope y su padre, Hank Pym (Michael Douglas) regresan a su vida y le encargan una urgente misión: ayudarles a encontrar a Janet Van Dyne (Michelle Pfeiffer), con la que el Hombre Hormiga estableció una conexión sensorial durante su peligrosa incursión en el reino cuántico. La tarea de traer de vuelta a la madre de Hope y mujer de Hank se complica con la aparición de un nuevo enemigo, Fantasma, y los trapicheos del malvado diseñador de armas Sonny Burch (Walton Goggins).

Ant-Man y la Avispa es una continuación orgánica de la primera entrega, mucho más relajada y ligera que la mayoría de películas del Universo Marvel. Pero también la menos memorable en un tiempo. Se agradece de nuevo el cambio de aires con una aventura de dimensiones más abarcables y mucho menos en juego, donde lo que está en manos de los héroes no es el destino del universo, sino el suyo propio y el de su familiaAnt-Man y la Avispa es divertida y tiene corazón, y aunque a estas alturas, decir esto sobre una película de Marvel es como no decir nada, no debemos subestimar el valor de una película de aventuras bien hecha solo porque no sea tan grandiosa como otras. Dicho esto, la secuela no es imprescindible, sus chistes son menos ingeniosos que la primera vez y su trama está menos trabajada, lo que hace que se desvanezca rápidamente.

Ahora bien, Marvel ha perfeccionado de tal manera su forma de hacer cine que, aun siendo una entrega menor, Ant-Man y la Avispa cumple con lo que se espera del estudio y viene genial después de la abrumadora Infinity War. Reed utiliza los poderes de sus héroes (manipulan su tamaño, así como el de la materia a su alrededor) para componer escenas de acción cargadas de humor y con efectos visuales excelentes que, si bien no llegan al nivel de inventiva de la primera parte (nada aquí está a la altura de la pelea en el maletín o el clímax en la habitación de Cassie), resultan muy vistosas, ágiles y divertidas. Esta es quizá la película de Marvel en la que la panificación y el montaje están más refinados, sacando provecho de cada vez que un personaje reduce o aumenta su tamaño para impulsar la acción o hacer reír.

Pero sin duda, lo mejor de Ant-Man sigue siendo su protagonista, Scott Lang, uno de los héroes más encantadores del Universo Marvel. Evangeline Lilly está estupenda como la Avispa, y de hecho, Hope es quien lleva las riendas del film (ya era hora de que un personaje femenino pasase al frente), pero es Paul Rudd (siendo Paul Rudd) el que se lleva el gato al agua. Otra vez. También hay que mencionar a Michael Peña, que vuelve a conquistar con su entusiasmo, naturalidad e irresistible sentido del humor (sus resúmenes a la velocidad de la luz siguen siendo tronchantes). Y por supuesto, Michael Douglas (más desatado que en la primera) y la mítica Michelle Pfeiffer, que sale poco (contábamos con ello), pero qué placer y privilegio es verla siempre. Finalmente, después de dejarnos traumatizados con Thanos, Marvel vuelve a su tradición de los villanos desaprovechados y olvidables, con un grupo de malhechores de lo más insulso, más propios del malo de la semana en una serie de televisión.

En resumen, Ant-Man y la Avispa es una disfrutable comedia de acción que se sostiene por sí sola a la vez que encaja perfectamente en los planes del universo de ficción al que pertenece (la impactante primera escena de los créditos finales conecta directamente con Infinity War, como era de esperar). Aunque no es tan creativa como la primera y su trama resulta menos interesante (la pseudociencia se va de las manos y es fácil desconectar con la historia), son sus simpáticos personajes, y los pequeños momentos que protagonizan, lo que hace que resulte tan refrescante y nos deje una sonrisa en la cara.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

[Crítica] La fiesta de las salchichas: Desperdicio de comida

El exitoso tándem formado por Seth Rogen y Evan Goldberg lleva ya casi una década pisando fuerte en la taquilla estadounidense, primero en cintas como Supersalidos Superfumados (donde el primero actúa y ambos escriben), y más tarde asumiendo total control creativo de sus proyectos, co-escribiendo y co-dirigiendo juntos películas con resultados tan dispares como Juerga hasta el finThe Interview, o aventurándose en televisión con la serie PreacherRogen y Godlberg, junto a su pandilla de amiguetes humoristas se han hecho un nombre con un tipo muy específico de cine que se podría denominar “comedia gamberra con corazón” o “bromance comedy”. El siguiente paso de estos dos enfant (no tan) terribles les lleva al cine de animación, donde nos presentan La fiesta de las salchichas (Sausage Party), aventura realizada por ordenador que se orienta única y específicamente al público adulto.

Para esta nueva andanza, ideada a tres bandas junto Jonah Hill, han contado con Conrad Vernon (Shrek 2, Monstruos contra Alienígenas, Madagascar 3: de marcha por Europa) en la dirección y un reparto de voces formado por los indispensables de su cine: Kristen Wiig, Bill Hader, Michael Cera, James Franco, Danny McBride, Craig Robinson, Paul Rudd, Nick Kroll, David Krumholt, Edward Norton y Salma Hayek, además de Rogen y Hill. Con todos estos nombres involucrados, es fácil imaginarse qué nos podemos encontrar en La fiesta de las salchichashumor fumado, provocación, incorrección política y una historia muy pasada de rosca. Pero la libertad que proporciona la animación les ha empujado a ir un paso (o veinte) más allá para acabar realizando la que es quizá su película más bestia hasta la fecha.

Esta suerte de Toy Story obscena y salvaje se ambienta en un supermercado en el que los alimentos y utensilios cobran vida y ven a los humanos como dioses encargados de elegirlos para llevarlos al “Más Allá”. Frank (Rogen), una salchicha confinada en su pack de diez, sueña con ser elegido algún día junto a su amada, Brenda (Wiig), un curvilíneo pan de perrito caliente con quien desea vivir feliz en el Paraíso. Un día, un bote de mostaza devuelto por un cliente del supermercado les advierte de la verdad que hay más allá de las puertas automáticas del supermercado: el mundo es en realidad un infierno en el que los humanos someten a los alimentos a las más indescriptibles atrocidades. Tras un accidente con un carrito de la compra, Frank, Brenda y un grupo de alimentos del supermercado emprenderán un viaje para volver a sus respectivas secciones, en el que aprenderán la verdad sobre su existencia y en última instancia se verán obligados a hacer algo contra los humanos para sobrevivir.

La fiesta de las salchichas es una irreverente parodia de las películas de Disney, Pixar o DreamWorks (opening musical incluido), una “clásica” aventura de regreso a casa pasada por el filtro de South Park, es decir, animación para adultos con cantidades industriales de sal gruesa, sexo, palabrotas y humor ofensivo para escandalizar a base de bien. La historia se construye básica y casi enteramente a base de estereotipos raciales y culturales y no hay prácticamente nada fuera de límitesLa fiesta de las salchichas puede llegar a ser absolutamente demencial, en especial durante su recta final y clímax (narrativo y literal) a lo John Waters, donde se le va la olla de tal manera que uno no puede creerse lo que está viendo en pantalla (la película da un nuevo significado al término “food porn”). Esta osadía sin cortapisas lleva a Rogen y Goldberg a idear unas cuantas escenas aisladas que destacan especialmente, como dicho final, el accidente en el carrito (brutalísima parodia del cine bélico), la participación de Chicle (caricatura de Stephen Hawking que disparará hacia la estratosfera el sentido de culpa del espectador por encontrarlo tan gracioso), o la verdad sobre lo que ocurre en la cocina de los humanos, un festival de “gore” alimenticio que remite a la (ya de por sí cruel) escena de “Les Poissons” en La Sirenita.

Sin embargo, el impacto que generan estos puntuales momentos divertidos se diluye por culpa del decepcionante tratamiento general, con una historia que se burla de los tópicos de otros para caer en los suyos propios, y que alardea de humor autoconscientemente ofensivo (machista, racista, y todos los -istas que hay) sin preocuparse de darle algo de garra e inteligencia (como sí hace South Park, y ahí está la diferencia entre ambas), lo que hace que la mayor parte del tiempo sea una comedia simplemente pueril y simplona, y que su humor derive continuamente hacia el cuñadismo. No ayuda tampoco que sea más bien pobre técnica y visualmente (una cosa es el feísmo, otra diferente es lo cutre) y que su ritmo sea atropellado. Y es que la historia es en realidad tan rudimentaria que la película puede resultar bastante pesada y plasta (como un cuñado, vaya).

La fiesta de las salchichas tiene sus puntazos, un par de gags memorables que desatarán carcajadas y dejarán con la boca abierta a más de uno, un humor tan vulgar y animal que invita a celebrar que alguien (más) se haya atrevido a hacer algo así en Hollywood. Pero a la vez, obliga a lamentarse por lo que podía haber sido y no es. Porque se puede hacer humor ofensivo e inteligente, está demostrado, o se puede hacer como esta película, para la que los últimos 20 años no existen. A pesar de algún que otro destello de ingenio, La fiesta de las salchichas desaprovecha su oportunidad de dejar huella de verdad en favor de lo fácil, de los estereotipos más hastiados (no me hagáis hablar del personaje de Salma Hayek) y las ideas políticas más planas, quedándose así en una simple “película para tíos” (habla por sí solo que Jorge Cremades haya participado en la campaña publicitaria en España). Sin ánimo de ofender a los “tíos”…

Pedro J. García

Nota: ★★

 

Crítica: Capitán América – Civil War

Civil War 1

Queda poco para que el Universo Cinemático de Marvel cumpla sus primeros diez años de vida. En este tiempo, Marvel Studios se ha afianzado como uno de los valores más seguros de la taquilla y ha perfeccionado una fórmula hasta ahora infalible. Además de crear una narrativa serializada que ha resultado en la fidelización de millones de espectadores, Marvel ha dotado de identidad propia a las sagas individuales de sus superhéroes. Así, las películas de Iron Man son acción pura, las de Thor fantasía épica, Ant-Man se presentó en una película de robos, y Capitán América se consolidó como un thriller político de espías con su excelente segunda entrega. Rodeada de la fanfarria que suele acompañar a todo estreno de Marvel, llega la tercera parte de las aventuras de Steve Rogers (Chris Evans), Capitán América: Civil War, la cinta que inaugura la Fase 3 del UCM. Y esta vez Rogers viene acompañado de la mayoría de superhéroes que hemos ido conociendo a lo largo de estos años, formando el reparto más multitudinario de Marvel hasta la fecha. Los hermanos Anthony y Joe Russo se vuelven a poner tras las cámaras para continuar el fantástico trabajo que realizaron en El soldado de invierno y además hacer una mejor película de Los Vengadores que La era de Ultrón (que me perdone Whedon, que él ya se autoflagela lo suficiente).

Pero Civil War no solo ejerce como Vengadores 2.5, sino que también continúa la senda marcada por la anterior película del Capi, incidiendo en lo que hizo de ella una de las entregas más sobresalientes del UCM: intriga política, espionaje y un tipo de acción más física, más pegada a la tierra (figuradamente). Con la premisa de los Acuerdos de Sokovia, equivalente al Acta de Registro de Superhumanos del cómic en el que se basa la película, y la idea de abordar las verdaderas consecuencias de todo lo visto hasta ahora, Civil War se construye meticulosamente como la crónica del enfrentamiento entre dos facciones de superhéroes divididos por esta iniciativa, que propone que los individuos con poderes desvelen sus identidades secretas a las autoridades y trabajen para el Gobierno. La fricción que esto provoca entre las filas de los Vengadores da lugar a que salgan a la luz las tensiones, las inseguridades y también las afinidades personales entre los superhéroes. Para indagar en este interesante concepto y sus numerosas ramificaciones, los Russo trazan una historia abarrotada de elementos, con multitud de personajes, tramas entrelazadas y giros argumentales, a lo que se suma la presentación de nuevos superhéroes. Y a pesar del berenjenal, de alguna manera hacen que todo encaje, que todo funcione con la precisión y fluidez de una máquina bien engrasada, llevando a su vez el UCM hacia un terreno más serio y adulto.

Civil War puede resultar excesivamente larga (porque con 147 minutos técnicamente lo es) y es quizá la película de Marvel que más precisa de un conocimiento previo de la macro-historia que se ha desarrollado durante estos años (todo lo que hemos visto anteriormente converge en este capítulo), pero a la vez constituye una pieza individual íntegra y bien estructurada teniendo en cuenta las circunstancias, un Marvel de mayor madurez narrativa y coherencia temática y emocional. Sin abandonar el humor característico de la Casa de las Ideas, pero afinándolo y dosificándolo mejor que en UltrónCivil War halla el equilibrio adecuado entre drama, intriga, acción y desarrollo de personajes, para desgajar el conflicto moral que marca un antes y un después en este universo de ficción. Porque Civil War supone claramente un punto de inflexión (el que pedían tanto la historia como la audiencia), pero en lugar de esclavizarse al gran esquema de Marvel, pone la serialidad a su servicio, para narrar su propia historia a la vez que allana el terreno para una nueva etapa, una de mayor incertidumbre, caracterizada por la destrucción de lo ya establecido (a partir del clásico dilema comiquero “Superhéroes: ¿Salvación o amenaza?”) para dar paso a lo nuevo. Y lo nuevo en este caso viene personificado en dos flamantes superhumanos: Black Panther y Spider-Man.

Civil War 2

Pantera Negra supone una adición importante al equipo, presentando a Chadwick Boseman como un superhéroe diplomático y solemne, arraigado en la tradición y el folclore de su pueblo, y una fisicalidad felina muy vistosa, mientras que el Trepamuros se cuela para ejercer como alivio cómico (al igual que Scott Lang), protagonizando junto a Tony Stark (Robert Downey Jr.) un divertidísimo entreacto que hace que la historia, de una densidad considerable, respire justo cuando hace falta. A pesar de las dudas, la introducción de Tom Holland como Spider-Man no podría ser más exitosa. Aunque lo vemos poco tiempo en pantalla, podemos afirmar que el joven actor británico es un Peter Parker perfecto, y la juventud e inexperiencia del personaje, lejos de ser una traba, es un auténtico soplo de aire fresco. El juego que da con los adultos (atención al muy oportuno chiste a costa de Star Wars) respalda la decisión de Marvel de reencarnarlo en un adolescente (esta vez de verdad) y aumenta exponencialmente la expectación por ver Spider-Man: Homecoming, lo cual, teniendo en cuenta lo hastiado que había quedado el personaje después de su anterior reboot, tiene mucho mérito.

Aunque algunas intervenciones saben a poco, en general Civil War otorga el tiempo adecuado a cada personaje teniendo en cuenta su relevancia en la trama (esta sigue siendo una película de Capitán América, a pesar de Iron Man, y esta vez los villanos son secundarios porque tienen que serlo), lo próxima que está su siguiente entrega en solitario (Ant-Man por ejemplo sale poco, pero sus escenas son muy grandes, y los personajes nuevos solo suponen un aperitivo), o su afinidad con el estilo y la propuesta de los Russo (Visión y Bruja Escarlata vuelven a sobresalir, pero desde un segundo plano, seguramente para mantener la Marvel mágica separada de la más terrenal y realista de las películas del Capi, misma razón por la que faltan Hulk y Thor). Al igual que El soldado de inviernoCivil War destaca por sus impresionantes coreografías de acción, combates cuerpo a cuerpo de una fuerza brutal (donde la Viuda Negra y la Agente 13 tienen su oportunidad para brillar más), con los que se recurre lo menos posible a lo supernatural (incluso se prescinde bastante de los trajes de superhéroe), sobre todo hasta que llega el primer clímax, la batalla en el aeropuerto. La pieza estrella que involucra a todos los superhéroes, previa al emocionante showdown final entre Tony y Steve, es un enfrentamiento espectacular que da lo que se espera de Marvel y además lo hace sin apenas recurrir al destruction porn ni caer en la saturación visual (aunque el CGI canta demasiado en ocasiones y eso es inaceptable), apoyándose en las habilidades de sus personajes y cómo estas chocan para dejarnos una pelea clara, imaginativa y contundente.

Civil War 3

Pero más allá del espectáculo propio de un blockbuster ejemplar (que a estas alturas se puede dar por sentado), lo más importante de estas películas, y concretamente de la saga del Capitán América, siguen siendo los vínculos entre los personajes, ya bien definidos y asentados -gracias en gran medida a unos actores en perfecta sintonía con ellos, de los que hay que destacar aquí las sólidas interpretaciones de Evans y Downey Jr. Con pulso firme, los Russo evitan que Civil War se pierda en sus abundantes escenas de acción y su enrevesado argumento gracias a esos momentos entre personajes, con los que se nos deja claro que para narrar el conflicto y darle el peso que le corresponde es prioritario explorar los orígenes de cada uno, cómo encajan como grupo, lo que los une y los separa (Steve y Bucky están en el centro, pero no se reduce a ellos), quiénes son y cómo son percibidos por el resto del mundo, y en consecuencia definir sus motivaciones, es decir, lo que les llevará a elegir un bando u otro. En este sentido, Civil War no deja nada al azar, se cuida de que todo cuanto ocurre tenga una razón de ser y se compromete a no buscar la salida más fácil, lo que da como resultado un relato marveliano de madurez que inaugura triunfalmente y con firmeza esta nueva fase. El único pero en este sentido es que la cinta promete un UCM diferente, pero todavía no lo muestra (Marvel sigue teniendo miedo a la muerte, por ejemplo). Tiempo al tiempo, de momento los Russo han sabido capear el temporal para manejar de forma satisfactoria los muchísimos elementos que debían ensamblar, dando como resultado otra muy consistente entrega del Capitán América que invita al revisionado para abarcar todo lo que cuenta y que, sorprendentemente, deja con ganas de más. Una película diseñada no solo para contentar a los fans de Marvel, sino para legitimar el cine de superhéroes como algo más que un pasatiempo palomitero.

Nota: Capitán estrellas copia

Crítica: Ant-Man

Ant-Man hormiga

El Universo Cinemático de Marvel va en aumento en (casi) todos los sentidos. Las películas de la Fase 2 han exhibido una imparable tendencia hacia el más grande, más ruidoso, más multitudinario, y más serial todavía, provocando con la desigual Vengadores: La era de Ultrón lo que se conoce en inglés como “superhero fatigue“, es decir, el cansancio del público. En consecuencia, la “fórmula Marvel” empieza a quedar demasiado al descubierto, con lo que se hace urgentemente necesario un respiro para el espectador. Y ese es precisamente el papel de Ant-Man, la película que cierra con broche de oro la Fase 2 del UCM. Dirigida por el semi-desconocido Peyton Reed (como ya sabéis, en sustitución de Edgar Wright, que se marchó tras una disputa muy pública con Marvel), Ant-Man supone un soplo de aire fresco en el Universo Marvel, cuya narrativa cada vez más intrincada y ramificada corre últimamente el riesgo de irse de las manos. La película del Hombre Hormiga es una propuesta más modesta, (evidentemente) más pequeña, una película que, sin dejar de funcionar como pieza del engranaje del UCM, posee una naturaleza más autónoma y una cualidad menos exigente que nos recuerda a la Fase 1. Justo lo que Marvel, y nosotros, necesitábamos ahora mismo.

Por segundo año consecutivo, el estudio sorprende con una película basada en personajes de los cómics menos conocidos por el gran público. El Hombre Hormiga fue uno de los miembros fundadores de Los Vengadores en su primer tebeo de 1963, pero hoy en día no disfruta de la popularidad y el valor icónico de Capitán América, Thor o Iron Man. Esto no fue un impedimento el año pasado para que Guardianes de la Galaxia se convirtiera en uno de los mayores éxitos de Marvel. Sin embargo, Ant-Man no lo tiene tan fácil para conectar con el público general. Guardianes era una space-opera a lo Star Wars que seguía el patrón de Vengadores, y Ant-Man es una película sobre un superhéroe mundano que puede encoger su tamaño y se comunica con las hormigas. Es decir, Ant-Man cuenta con la desventaja de una premisa más rocambolesca que, a estas alturas, se puede tomar como señal de que las cosas se le están yendo de las manos al género. Y es una pena que se perciba así, porque estamos no solo ante la mejor película de Marvel de 2015, sino también ante una de las mejores aventuras que nos ha dado el estudio hasta la fecha.

Scott Lang

Como era de esperar, Ant-Man sigue las normas de Marvel y cumple con todos los requisitos indispensables del estudio, pero a la vez se permite desviarse lo justo de la fórmula establecida (podemos decir que incluso la mejora) para evitar la sensación de estar viendo la misma película con otros superhéroes. Reed (y antes que él Wright, que figura como guionista y productor en los créditos) ha llevado a cabo una “sencilla” comedia de acción y ciencia ficción que toma la forma de una película de robos (heist movie) clásica. Ya solo por eso, Ant-Man se distancia considerablemente del resto de capítulos de la Fase 2, y además siendo muy consciente de lo que está haciendo, mostrándose totalmente sincera consigo misma y el espectador. En un momento de la película podemos oír la frase “Los Vengadores están ocupados dejando caer cosas enormes del cielo”, chiste muy agudo que funciona además como transparente declaración de intenciones: “Esto es lo que NO es Ant-Man“. Y es perfecto, porque la historia de Scott Lang (Paul Rudd) (con sus partículas Pym, sus sonotones para comunicarse con las hormigas y su alocado argumento en general) no podía contarse tirando de épica y grandilocuencia, sino que pedía ser adaptada como una comedia.

Ant-Man hace gala de un humor revoltoso e inteligente (en mi opinión más pulido que el de Guardianes) que se refleja en diálogos afilados y situaciones muy divertidas (“Baskin-Robbins siempre se entera”). La mano de Wright se nota, aunque Marvel haya destilado su visión para hacerla más accesible, y la comedia más ocurrente no se reserva únicamente a los instantes de calma centrados en los personajes, sino que se traslada también a las escenas de acción. Los set pieces de Ant-Man son espectaculares, pero no por la misma razón que los de Vengadores, más bien por el ingenio con el que están realizados, llevando la destrucción a una escala microscópica, donde el Marvelverso se mira desde otro punto de vista. Parte del primer enfrentamiento entre el Hombre Hormiga y el villano de la película, Yellowjacket (Corey Stoll), tiene lugar dentro de una maleta que cae al vacío desde un helicóptero, montaje a ritmo de The Cure que ejemplifica la inventiva con la que están diseñadas estas secuencias. Ant-Man saca máximo provecho de las posibilidades visuales que brinda la reducción de tamaño y nos deja gags y escenas de gran creatividad, para culminar en un excelente tercer acto que, por fin, ofrece algo distinto a lo que hemos visto en el resto de películas de la Fase 2. En lugar de recurrir de nuevo al catastrofismo mundial, el combate final entre Ant-Man y Yellowjacket (otro villano desdibujado, todo hay que decirlo) se lleva al cuarto de la hija de Scott, Cassie (maravillosa Abby Ryder Fortson, con su conejo de peluche demoníaco), donde la película se vuelve más Cariño, he encogido a los niños y nos regala un clímax original y sorprendente que nos deja una sonrisa de oreja a oreja.

Reparto AntMan

Pero lo más inesperado de Ant-Man es su fantástico reparto. De entrada, el casting de esta película era lo menos llamativo del proyecto, pero ha acabado siendo uno de los más acertados de Marvel. Aquí no tenemos grandes egos ni despliegue de superpoderes de todo tipo, sino un grupo de personas más “de andar por casa” que se compenetran de maravilla. La química entre los miembros del cast es indudable, tanto en lo que se refiere al drama familiar que vertebra la película (la lucha análoga de Scott Lang y Hank Pym por demostrar a sus hijas que son buenos padres) como en las escenas corales de comedia (el montaje de entrenamiento o el plan a lo Ocean’s Eleven para infiltrarse en las instalaciones de los Vengadores). A pesar de no salirse demasiado de su zona de confort, Rudd es el Scott Lang perfecto, un granuja carismático en la línea de Peter Quill que aúna socarronería y humanidad en la piel de un héroe cercano e imperfecto. Por otro lado, Michael Douglas (impecable) y Evangeline Lilly (más fiera de lo que nos tiene acostumbrados) son un buen contrapunto al pícaro de Lang; sobre todo Hope van Dyne, que protagoniza junto a Scott el que quizás es el mejor beso del UCM hasta la fecha, y de la que por supuesto estamos deseando ver más en la siguiente fase. Pero el robaescenas oficial de Ant-Man (con permiso de Antony) es Michael Peña, que interpreta con toda la gracia del mundo al adorable Luis, uno de los miembros de la cachonda pandilla de “ladrones de guante blanco” capitaneada por Scott.

A veces menos es más. Y esto es justo lo que viene a demostrar Ant-Man. Su aire despreocupado y autoconsciencia dan lugar a un producto fresco y encantador, que se regocija en los placeres pequeños de Marvel y juega la carta de “entrega menor” para convencer de que se trata de una película mayor. Aunque el film sirva como enlace dentro del universo narrativo marveliano (atención a las dos escenas post-créditos, jugosos adelantos de la Fase 3 que no se van por la tangente), los abundantes easter-eggs, cameos y conexiones no convierten la historia en esclava de la serialidad del UCM. Es más, estamos ante un film decididamente más independiente que se puede disfrutar por sí solo gracias entre otras cosas a su fusión de comedia, drama y acción con estilo propioAnt-Man cumple con lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero a la vez es el Marvel más insolente y avispado (pun intended), una película que piensa en pequeño para obtener grandes resultados.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Si fuera fácil (This Is 40)

Intenta no parpadear

La primera película de Judd Apatow, Virgen a los 40 (The 40 Year Old Virgin, 2005), suponía una vuelta de tuerca al sobado complejo de Peter Pan, exponiendo ya los principales elementos temáticos que definirían su carrera como director y productor de cine y televisión. En su trabajo más reciente, Si fuera fácil (This Is 40, 2012), el realizador neoyorquino regresa a los 40, pero esta vez lo hace mirando hacia el futuro, con la incertidumbre y el terror que supone ver cómo este se convierte en el pasado… cada vez más rápido. This Is 40 (como la llamaré a partir de ahora) es todo un catálogo de obsesiones del director: la familia, los límites en la intimidad de la pareja, el enigma de la madurez y sobre todo, el irrefrenable paso del tiempo. A pesar de que se ha deshecho del poso de amargura de su anterior filme, la infravalorada Hazme reír (Funny People, 2009), Apatow sigue apostando por la hibridación absoluta de drama y comedia, haciendo reír a la vez que hurga sin piedad en nuestras incurables heridas existenciales.

This Is 40 nos devuelve a Pete y Debbie, personajes secundarios de Lío embarazoso (Knocked-Up, 2007) interpretados por Paul Rudd, amigo íntimo del director, y Leslie Mann, la esposa de Apatow en la vida real. La película es técnicamente un spin-off de la exitosa comedia protagonizada por Seth Rogen y Katherine Heigl, aunque es una entidad absolutamente independiente de ella. En This Is 40 regresamos al hogar de este matrimonio con hijas (interpretadas de nuevo por las niñas de Apatow y Mann, Iris y Maude), donde la vida pasa factura a la pareja: han llegado los temidos 40, Sadie y Charlotte han crecido y se han convertido en un dolor de cabeza con piernas, los trabajos de ambos atraviesan por una grave crisis, y la relación con sus respectivos padres hace estragos en su relación. En consecuencia, su vida de puertas adentro se resiente profundamente, y la cuestión “¿por qué seguimos juntos?” se plantea en voz alta por primera vez. En la más pura tradición Apatow, la película se compone de momentos, de micro-tramas, o fragmentos de la vida de los personajes -muchos de ellos extraídos directamente del hogar de los Apatow. Esto, como también viene siendo habitual, resulta en un metraje de más de dos horas -el director sigue sin ceder a las quejas sobre la duración de sus películas, que ya debería asumirse como una de sus señas de identidad. Básicamente, This Is 40 es la Secretos de un matrimonio de Apatow.

Como suele ocurrir con todo proyecto bautizado o apadrinado por el productor de Freaks and Geeks, This Is 40 es también una reunión de amiguetes. Por la película desfilan Charlyne Yi (que repite como la fumada, ahora “reformada” Jodi), Jason Segel, Chris O’Dowd, Lena Dunham o Melissa McCarthy (que protagoniza una de las escenas más desternillantes). Se incorporan a la gran familia Megan Fox, que debería sacar mayor provecho a su vis cómica (esta y Jennifer’s Body son sus mejores/únicas interpretaciones), y los veteranos Albert Brooks y John Lithgow, como los padres de Pete y Debbie respectivamente. Tanto en sus escenas por separado, como juntos en el clímax durante la fiesta de cumpleaños de Pete, el reparto es todo química y talento, un grupo de improvisación de lujo. Aunque ninguno sobresale como Rudd y Mann, que pasan por matrimonio real en todo momento -no en vano, la actriz afirma que si al llegar a casa se encontrase a Paul en el sofá, tardaría un buen rato en darse cuenta de que no es Judd. Qué disfuncionalmente bonito es todo.

Judd Apatow no firma feel-good movies, sino más bien feel-depressed movies. Y This Is 40 no es una excepción. Su cine es cada vez menos complaciente, sus personajes más agrios -ni el adorable Rudd se salva-, y el público estadounidense ya no responde a él con el mismo entusiasmo. Si uno se detiene a leer las reacciones de los espectadores norteamericanos ante la película, sacará en claro una conclusión: si hay algo que odian es la confusión de géneros. La comedia debe hacer reír, y el drama debe conmover, y esto debería ser legislado. El rechazo de Apatow a establecer una clara distinción entre géneros está afianzando su estilo y su tesis, a la vez que lo distancia del gran público. Para él, comedia y drama son lo mismo, y no hay risa sin dolor. Por eso su cine es cada vez más autobiográfico. This Is 40 es una sesión de terapia para el matrimonio Apatow-Mann, y también para sus hijas -¿explotación infantil?-, un aireo de trapos sucios, inseguridades y diferencias que de alguna manera sirve para sobrellevar su propia crisis de los 40. El director universaliza su experiencia personal, tal y como hace su discípula Lena Dunham en Girls, y se ofrece a él y a su familia como sujetos de pruebas con los que el espectador se compara en todo momento. Puede ser una experiencia algo incómoda, pero si fuera fácil, no sería una película de Judd Apatow.