Crítica: Love & Mercy

Love and Mercy Paul Dano

La vida problemática y atormentada de los grandes artistas de la música es sin duda una fuente inagotable para el cine. En los últimos diez años el biopic musical ha sido una de las grandes apuestas de los estudios para la temporada de premios, aunque en su mayoría suelan acabar relegados a segundo plano (bien ignorados o recibiendo premios de consolación). Los hay de corte más académico (Ray, Dreamgirls, En la cuerda floja, Jersey Boys) y los hay menos ortodoxos (I’m Not There, 24 Hour Party People, Control). Love & Mercy, la historia del co-fundador y genio detrás de los Beach Boys, Brian Wilson, entraría en una categoría intermedia.

Bill Pohlad, productor de El árbol de la vida12 años de esclavitud, vuelve a la dirección después de firmar su primer largo hace 14 años (Old Explorers), para contar la curiosa, a ratos escalofriante historia del genio detrás de las composiciones del mítico grupo californiano. Pohlad compone un retrato fascinante y poco convencional del compositor de “Good Vibrations” y “God Only Knows” entre muchos otros éxitos de la música popular, y lo hace con la ayuda de dos actores en estado de gracia que dan vida al protagonista en dos etapas distintas de su vida. Paul Dano (Little Miss SunshineThere Will Be Blood) interpreta a Wilson de joven y John Cusack (Alta fidelidad) encarna al mismo personaje muchos años después, cuando este ya se ha retirado de la música.

Love & Mercy ha contado con la colaboración de la mujer de Wilson, Melinda Ledbetter, interpretada en la película por una fantástica y ubicua Elizabeth Banks, que se está ganando a pulso el título de actriz todoterreno en Hollywood. Según la propia Ledbetter, la experiencia de ver el film fue muy dura tanto para ella como para su marido, ya que reavivó el dolor de una etapa muy oscura en sus vidas. Efectivamente Love & Mercy se capuza de lleno en la enfermedad de Wilson para mostrar al público una cara nunca vista del genio, la de sus trastornos mentales, agudizados por sus problemas con las drogas y su infancia traumática a manos de un padre violento. Sin embargo, el film de Pohlad no debe confundirse con un melodrama biográfico al uso. Love & Mercy es mucho más que eso. Se trata de un enigmático y vibrante retrato sobre un virtuoso, una obra de pasión que nos permite adentrarnos en la mente de Wilson para comprobar cómo funciona, que nos deja escuchar todas esas voces hablando a la vez en su cabeza y ser testigos del asombroso proceso creativo del músico.

Love Mercy Cusack Banks

Saltando ente los 60 y los 90, Love & Mercy repasa más de tres décadas en la vida de Brian Wilson, desde la etapa posterior al enorme éxito de los Beach Boys en los 60 (gracias a himnos pop como “Surfin’ USA”) a su vida como solitario músico retirado viviendo con una enfermedad. Pohlad explora los tonos más graves del “California Sound” ideado por Wilson, siguiendo al atormentado compositor en su empeño por dejar atrás ese sonido “superficial” (“No hacemos surf y los surferos de verdad no escuchan nuestra música”) para evolucionar como artista, lo que daría como resultado el disco “Pet Sounds” (1966), por el que se distanció del grupo y dejó de lado los conciertos; y mucho más tarde, su gran obra maestra en solitario, “Smile“, sucesor de “Pet Sounds” que tardó 30 años en ver la luz, en 2004. Como contrapunto al agitado pasado de Wilson, las escenas en el “presente” poseen un carácter más (aparentemente) relajado, conformando una peculiar historia romántica sobre el poder curativo y redentor del amor.

Love & Mercy repasa los momentos clave de la carrera de Wilson con un enorme respeto y admiración por la música y una gran sensibilidad para mostrarnos la verdad que se esconde tras ella. Cercana en su tono y estilo más al cine de Paul Thomas Anderson que a los musicales mencionados en el primer párrafo, Love & Mercy navega aguas experimentales y psicodélicas sin extralimitarse en su excentricismo y sin sacrificar el fondo por la forma, para convertir en imágenes tanto el declive mental como el genio creativo del músico. El viaje personal de Brian Wilson da lugar a una película intensa, algo extraña y en última instancia conmovedora, en la que destaca el sobresaliente y armonioso trabajo del reparto (genial Paul Giamatti), especialmente el de un Paul Dano arrebatador.

Valoración: ★★★★

Crítica: El congreso

El congreso Robin Wright

Tras la aclamada Vals con Bashir, Ari Folman regresa con El congreso, en la que el director israelí sigue fundiendo las fronteras entre realidad y fantasía, o si lo preferís, entre la vida y el cine. Basada libremente en la novela de Stanislaw Lem Congreso de futurologíaEl congreso es una cinta de ciencia ficción claramente dividida en dos pasajes muy diferenciados entre sí. El primero, filmado en acción real, nos presenta a la actriz Robin Wright (interpretándose a sí misma, o más bien a una versión ficcionalizada de su persona pública), que tras una vida marcada por las malas decisiones y la enfermedad de su hijo, decide someterse a un proceso de escaneo que le permitirá retirarse mientras su doble digital continúa su carrera eternamente. En la segunda mitad, realizada en animación, Wright asiste a un congreso en el que descubrirá hasta dónde llegan las consecuencias de su decisión, y de este nuevo modelo de Hollywood.

El congreso es una obra desbordante en sus planteamientos, tanto filosóficos y sociológicos como visuales. Folman reflexiona sobre muchas cuestiones, resultando en una película tan estimulante como caótica y también desmembrada. Parte sátira de la industria del cine (Wright representa a todas esas actrices de más de 40 que Hollywood considera demasiado mayores para seguir trabajando), parte ensayo sobre la fama (aquí, como ocurría en Antiviral de Brandon Cronenberg, el público podrá consumir literalmente a los famosos), y parte odisea surrealista y oníricaEl congreso es un cóctel de influencias, referentes y homenajes. Desde cine de Terry Gilliam al de David Cronenberg, pasando por el imaginario de Hayao Miyazaki, la animación mutable de Bill Plympton, los cortos de Tex Avery, el cartoon de los años 20 y 30, y los mundos de Osamu Tezuka, en concreto la obra maestra del anime Metrópolisde Rintaro (de la que, indudablemente, bebe más en el aspecto visual).

El congreso pósterEn la primera mitad de El congreso, Wright carga sobre sí misma el peso de la cinta, llevando a cabo una afinadísima interpretación basada en la contención y la pasividad, para ilustrar la idea de la pérdida de la identidad y el control que experimenta el actor al convertirse en una pieza más del engranaje de un despiadado y avaricioso estudio de cine. Camino al futuro, seguimos a la princesa Buttercup (atención al momento en el que Wright observa melancólica el póster de La princesa prometida, uno de los planos más hermosos que vamos a ver este año), es decir, a su versión animada, en un viaje psicodélico que aturde y confunde, pero que nos mantiene involucrados sensorial y emocionalmente gracias a la fuerza de sus imágenes, y a la profunda tristeza en la que nos vemos irremediablemente atrapados, algo a lo que también contribuye la abrumadoramente bella partitura de Max Richter.

El congreso se erige como pieza de ciencia ficción distópica, sobre todo en su recta final, sin embargo se pierde a menudo en sus propios planteamientos, mientras Folman solapa acontecimientos sin seguir más lógica que la de los sueños o los trances alucinatorios. Esto hace que la película pueda resultar para muchos embarullada y su discurso sobrecargado con ideas inconexas o inconsistentes. Sin embargo, no sorprenderá a aquellos que estén familiarizados con la obra de Lem o a los que disfrutan de los referentes enumerados dos párrafos antes. Aunque resulte contradictorio por la manera en la que inicia y clausura el relato, Folman no está tan interesado en concienciarnos sobre nuestra sociedad deshumanizada, sino en hallar la poesía que se esconde en ese futuro desolador, poesía que reside en el amor de una madre hacia su hijo. Así, durante el precioso desenlace, que nos devuelve de algún modo al polémico acto final de A.I. Inteligencia artificialEl congreso apela a la capacidad del espectador para hacer del relato y de las imágenes lo que quiera, lo que necesite (en la mayoría de casos, la mera ilusión de un final feliz que no existe). Porque “al final, todo acaba teniendo sentido. Y todo está en nuestra mente”.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

SAVING MR. BANKS

Mary Poppins es “prácticamente perfecta en todo”. Esto es sin duda lo que pensaba la creadora de este personaje literario infantil convertido en icono cinematográfico, Pamela Lyndon Travers (Emma Thompson). Durante dos décadas, Travers se negó a dejarla en manos de Walt Disney para que alterase esa perfección y la convirtiese en otra de sus atracciones de parque temático, o peor aún, ¡en un dibujo animado! Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks) es la crónica del arduo proceso de preproducción del Clásico Honorífico Mary Poppins; una reconstrucción (muy descafeinada y edulcorada) de la tormentosa relación que se entabló entre Disney (Tom Hanks) y la escritora británica de origen australiano después de que este le pidiese prestada a su niñera voladora para cumplir una promesa que le había hecho a sus hijos cuando eran niños. Dirigida por John Lee Hancock (El Álamo), Al encuentro de Mr. Banks insiste en la tendencia autorreferencial del Disney de estos últimos años con otro ejercicio de balance y reafirmación en el que el estudio vuelve a dominar el arte de la nostalgia para conectar emocionalmente con un público ávido de “tiempos mejores”.

Comedia y melodrama a partes iguales, Al encuentro de Mr. Banks discurre saltando entre dos tiempos, la primera visita de Travers a Los Ángeles para reunirse con Disney en persona y su infancia en Australia, donde somos testigos de la devoción que sentía hacia su padre, un banquero alcohólico interpretado por Colin Farrell, es decir, el Sr. Banks original. La fragmentación del relato afecta gravemente al ritmo de la película, y los constantes saltos hacia el pasado constituyen a menudo molestas interrupciones de lo que de verdad queremos ver: el making of de Mary Poppins, y a Emma Thompson y Tom Hanks en pie de guerra. Los continuos flashbacks para contarnos el origen de Mary en los traumas infantiles de Travers (daddy issues!), por muy necesarios que sean para la (excelente) caracterización del personaje, podrían -y deberían- haber sido condensados en menos secuencias para evitar el tedio de algunos pasajes y la confusión tonal. De esta manera podríamos haber disfrutado aún más de la fascinante interacción de la cascarrabias autora con su detestado Disney, con los hermanos Robert y Richard Sherman (B.J. Novak y Jason Schwartzman), autores de las canciones de la película, o con su chófer Ralph (¡Paul Giamatti haciendo de sidekick Disney!). No hay nada como la historia de un corazón de hielo derretido a base de humor, buenas intenciones y canciones maravillosas. Y eso es exactamente lo que nos da Al encuentro de Mr. Banks, evitando en todo momento las sombras de la biografía de Disney (no es que esperásemos otra cosa), para proporcionarnos una cinta tan disneyana en su moraleja como cualquiera de sus clásicos animados.

SAVING MR. BANKS

Claro que no podemos reprochar demasiado que no haya interés en mostrar un lado más turbio del tito Walt, más allá de su terquedad patológica, puesto que Al encuentro de Mr. Banks no es la historia de Walt Disney, es la de P.L. Travers, y la del origen de esa extraña y feminista película que es Mary Poppins. En este sentido, Tom Hanks realiza un gran trabajo interpretando simplemente al padre de Mickey Mouse, es decir, a la figura pública que todos conocemos a través de sus vídeos. Nada más. El peso del relato recae sobre una espléndida, monumental e inconmensurable Emma Thompson, que nos regala una de las mejores interpretaciones de su carrera. Inspirada, divertida, efervescente, Thompson se funde con el personaje, dominando en todo momento el rango de emociones que lo definen, del remilgo British a la mirada puramente infantil, culminando en una sublime escena final en la premiere de Mary Poppins que conmoverá al más duro. A pesar de la testarudez y rechazo de Travers a todo lo que Disney simbolizaba (y simboliza aún para muchos), Al encuentro de Mr. Banks nos convence, a base no de “un poco de azúcar” sino de carretas de melaza, de que ella personifica el espíritu Disney mejor que nadie. No estamos muy seguros de si la autora daría su visto bueno a esta visión de su persona (no sé por qué, me cuesta creer que en algún momento durmiese abrazada a un Mickey de peluche gigante), pero al menos se regocijaría sabiendo que su legado sigue vivo gracias a la maestría de Disney a la hora de crear recuerdos que duran para siempre.

Valoración: ★★★½