Crítica: La juventud (Youth)

Michael Caine Juventud

Después de dejarnos a (casi) todos boquiabiertos en su recorrido nocturno por las calles de Roma y las terrazas de la alta sociedad de La gran belleza, Paolo Sorrentino se retira a meditar (en voz alta) a la montaña con La juventud. Pero que no nos engañe el radical cambio de escenario, el director italiano recurre de nuevo a las mismas herramientas narrativas y estéticas con las que llevó a cabo aquella felliniana ópera cinemática. Voluptuosidad, afectación, pathos y la búsqueda constante e insistente de la catarsis en cada plano. Por momentos, parece que Sorrentino está haciendo la misma película otra vez, y hasta cierto punto, es así.

La juventud se centra en dos artistas en el crepúsculo de sus carreras, Mick Boyle (Harvey Keitel), un director de cine obsesionado con dejar su testamento cinematográfico a las siguientes generaciones, y Fred Ballinger (Michael Caine), un famoso compositor de música clásica que siempre ha vivido condicionado por su trabajo más sencillo y accesible, “Simple Songs“. Durante un retiro espiritual en un lujoso hotel-balneario alpino que ejerce como limbo para ellos, estos dos amigos y compañeros de viaje se encuentran fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras, así como espectros de belleza siliconada y grotesca (la hija de Mick, interpretada por una gloriosa Rachel Weisz, un pequeño aprendiz de violinista, la supuesta mujer más guapa del mundo e incluso Maradona), con las que Sorrentino elabora una apasionada y a menudo cómica reflexión sobre el arte y paso del tiempo en la que la juventud y la senectud comparten piscina aclimatada.

LA JUVENTUD PÓSTERNo hay duda de que La juventud es una obra visualmente pletórica. Sus elegantes imágenes vuelven a evocar al cine de Fellini, con secuencias de espíritu bucólico y pasajes de trance onírico (atención al increíble sueño “húmedo” de Ballinger), contrarrestadas por el exceso de la carne, cebada, operada o arrugada, y la estética TeleCinco (la italiana). Sin embargo, la película transcurre como una acumulación caprichosa de secuencias de las que es difícil sacar demasiado en claro, a pesar de que sus transparentes diálogos no dejen duda sobre lo que se está hablando en todo momento (el tiempo, el legado, los hijos). En esta ocasión, Sorrentino no es capaz de dotar al film de una coherencia global dentro del caos, y se pierde en su obsesión por descargar frases lapidarias en cada escena. Esta pomposidad y autoindulgencia hacen que lo que parece confeccionado tan evidentemente como revelación o epifanía para el espectador caiga en saco roto y la película quede en mero ejercicio de estilo.

Afortunadamente, los actores añaden parte del peso que falta en los diálogos, dejándonos interpretaciones memorables (no hablaremos de desperdicio, pero habría sido ideal verlas al servicio de una obra mejor). Weisz está perfecta (y preciosa) tanto en su vulnerabilidad neurótica y como en su hermosa calma, Paul Dano encaja en su papel como anillo al dedo, y Keitel y Caine están sencillamente sensacionales, sobre todo el primero. Por último, hay que destacar la participación de Jane Fonda en dos escenas que, a pesar de su brevedad, hacen temblar los cimientos del film (su personaje, la estrella de cine Brenda Morel, nos regala las frases más inspiradas, “El futuro es la televisión. Y el presente” -no en vano, el siguiente proyecto de Sorrentino es una miniserie para HBO).

Este desfile orquestal de personajes atormentados por sus obras pasadas resulta en grandes trabajos dramáticos y el escenario que los envuelve es sin duda exquisito. Pero después de La gran belleza, Sorrentino se repite, y esta vez le falta garra, necesita más fondo, y le sobra presunción. Es decir, como la canción de la película, “Simple Song #3”, promete más de lo que da.

Valoración: ★★★

Crítica: Love & Mercy

Love and Mercy Paul Dano

La vida problemática y atormentada de los grandes artistas de la música es sin duda una fuente inagotable para el cine. En los últimos diez años el biopic musical ha sido una de las grandes apuestas de los estudios para la temporada de premios, aunque en su mayoría suelan acabar relegados a segundo plano (bien ignorados o recibiendo premios de consolación). Los hay de corte más académico (Ray, Dreamgirls, En la cuerda floja, Jersey Boys) y los hay menos ortodoxos (I’m Not There, 24 Hour Party People, Control). Love & Mercy, la historia del co-fundador y genio detrás de los Beach Boys, Brian Wilson, entraría en una categoría intermedia.

Bill Pohlad, productor de El árbol de la vida12 años de esclavitud, vuelve a la dirección después de firmar su primer largo hace 14 años (Old Explorers), para contar la curiosa, a ratos escalofriante historia del genio detrás de las composiciones del mítico grupo californiano. Pohlad compone un retrato fascinante y poco convencional del compositor de “Good Vibrations” y “God Only Knows” entre muchos otros éxitos de la música popular, y lo hace con la ayuda de dos actores en estado de gracia que dan vida al protagonista en dos etapas distintas de su vida. Paul Dano (Little Miss SunshineThere Will Be Blood) interpreta a Wilson de joven y John Cusack (Alta fidelidad) encarna al mismo personaje muchos años después, cuando este ya se ha retirado de la música.

Love & Mercy ha contado con la colaboración de la mujer de Wilson, Melinda Ledbetter, interpretada en la película por una fantástica y ubicua Elizabeth Banks, que se está ganando a pulso el título de actriz todoterreno en Hollywood. Según la propia Ledbetter, la experiencia de ver el film fue muy dura tanto para ella como para su marido, ya que reavivó el dolor de una etapa muy oscura en sus vidas. Efectivamente Love & Mercy se capuza de lleno en la enfermedad de Wilson para mostrar al público una cara nunca vista del genio, la de sus trastornos mentales, agudizados por sus problemas con las drogas y su infancia traumática a manos de un padre violento. Sin embargo, el film de Pohlad no debe confundirse con un melodrama biográfico al uso. Love & Mercy es mucho más que eso. Se trata de un enigmático y vibrante retrato sobre un virtuoso, una obra de pasión que nos permite adentrarnos en la mente de Wilson para comprobar cómo funciona, que nos deja escuchar todas esas voces hablando a la vez en su cabeza y ser testigos del asombroso proceso creativo del músico.

Love Mercy Cusack Banks

Saltando ente los 60 y los 90, Love & Mercy repasa más de tres décadas en la vida de Brian Wilson, desde la etapa posterior al enorme éxito de los Beach Boys en los 60 (gracias a himnos pop como “Surfin’ USA”) a su vida como solitario músico retirado viviendo con una enfermedad. Pohlad explora los tonos más graves del “California Sound” ideado por Wilson, siguiendo al atormentado compositor en su empeño por dejar atrás ese sonido “superficial” (“No hacemos surf y los surferos de verdad no escuchan nuestra música”) para evolucionar como artista, lo que daría como resultado el disco “Pet Sounds” (1966), por el que se distanció del grupo y dejó de lado los conciertos; y mucho más tarde, su gran obra maestra en solitario, “Smile“, sucesor de “Pet Sounds” que tardó 30 años en ver la luz, en 2004. Como contrapunto al agitado pasado de Wilson, las escenas en el “presente” poseen un carácter más (aparentemente) relajado, conformando una peculiar historia romántica sobre el poder curativo y redentor del amor.

Love & Mercy repasa los momentos clave de la carrera de Wilson con un enorme respeto y admiración por la música y una gran sensibilidad para mostrarnos la verdad que se esconde tras ella. Cercana en su tono y estilo más al cine de Paul Thomas Anderson que a los musicales mencionados en el primer párrafo, Love & Mercy navega aguas experimentales y psicodélicas sin extralimitarse en su excentricismo y sin sacrificar el fondo por la forma, para convertir en imágenes tanto el declive mental como el genio creativo del músico. El viaje personal de Brian Wilson da lugar a una película intensa, algo extraña y en última instancia conmovedora, en la que destaca el sobresaliente y armonioso trabajo del reparto (genial Paul Giamatti), especialmente el de un Paul Dano arrebatador.

Valoración: ★★★★

Crítica: Prisioneros

Prisioneros Hugh Jackman

Ningún hombre, por muy normal, por muy bondadoso que sea, está completamente libre de convertirse en un monstruo ante determinadas circunstancias. Esta es la idea que pone en marcha Prisioneros, la nueva película de Denis Villeneuve (Incendies), un thriller de misterio que da comienzo con el rapto de dos niñas de un barrio residencial. La calma y el silencio en el que desaparecen como si se las hubiera llevado el viento se transforma pronto en una violenta tormenta, y las dos familias se sumen en el caos y la desesperación mientras la policía lleva adelante una investigación para dar con ellas. Sin embargo, uno de los padres, Keller Dover (Hugh Jackman), cree ir un paso por delante y se niega a esperar sentado viendo cómo el transcurso de los días disminuye las esperanzas de encontrar a las niñas con vida.

La insoportable tensión in crescendo y la sobriedad en la realización de Prisioneros nos recuerda indudablemente al David Fincher de Zodiac, película con la que guarda bastantes similitudes formales y temáticas (y con la que comparte a Jake Gyllenhaal). Villeneuve diseña cuidadosamente un rompecabezas (o un laberinto) con el que la desesperación también se apodera de nosotros cuando las piezas no encajan del todo. Mientras, Keller nos conduce en su descenso hacia la deshumanización, a la destrucción casi total de su moralidad, planteando cuestiones que no podremos evitar aplicarnos a nuestras propias (hipotéticas) experiencias. Hugh Jackman personifica el terror y la angustia más insondable con una apabullante y visceral interpretación que nos desvela (una vez más) su enorme versatilidad como actor.

Prisioneros cartel españolPero el resto del reparto (de prisioneros) está a la altura. Jake Gyllenhaal construye uno de los personajes más sólidos de su carrera, un hombre cuyos fantasmas nunca llegan a salir a la luz, a pesar de que podemos verlos asomar en su rostro constantemente gracias a una interpretación llena de matices. Maria Bello, Viola Davis y Terrence Howard representan los distintos grados de desolación e impotencia ante la situación. Son padres que, al contrario que Keller, actúan con normalidad, se sientan a ver el tiempo pasar lentamente, se meten en la cama esperando a que la pesadilla acabe y la policía les devuelva a sus hijas sanas y salvas. Los tres muestran un interesante rango de emociones y reacciones que aportan el contrapunto necesario al personaje de Jackman. Por otro lado tenemos a un sobresaliente Paul Dano dando vida a uno de esos seres extraños que nació para interpretar, y a Melissa Leo, que desafortunadamente es el eslabón más débil de la película.

Prisioneros es un thriller austero y crudo con cierto aire de clásico americano en el que vamos experimentando de primera mano cómo se derrumba todo alrededor de los personajes. Sin embargo, a medida que se va arrojando luz sobre el misterio, y el puzle empieza a completarse, la película se sume irremediablemente en el déjà vuPrisioneros navega constante y peligrosamente entre lo sublime y lo convencional, entre el drama psicológico más absorbente y el whodunnit más predecible. Al final, Villeneuve no puede evitar caer en las redes de lo común, y después de más de dos horas manejando la tensión con gran maestría, procede a desenlazar el relato atando cabos sin fuerza, dejando agujeros destapados a su conveniencia (¿por qué un policía va a todas partes solo durante la investigación a pesar del peligro?) y desvelándonos que, después de todo, quizás lo que estábamos viendo no era tan extraordinario como creíamos.

Valoración: ★★★