Crítica: El corredor del laberinto – La cura mortal

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Tras el éxito de Harry Potter, la saga Crepúsculo Los Juegos del Hambre cambiaron el paradigma del cine para adolescentes, poniendo de moda las fantasías distópico-románticas y empujando a todos los estudios a buscar su propio blockbuster young adult para capitalizar la pasión desaforada de la audiencia juvenil por este tipo de historias. La mayoría de intentos fueron fallidos, resultando en un montón de falsos comienzos y primeros capítulos de historias que quedarían incompletas (The HostHermosas criaturasShadowhuntersLa Quinta Ola, Nerve…). El caso de Divergente fue especialmente sonado, ya que tras el fracaso en taquilla de su tercera entrega, la cuarta y última fue cancelada, dejando a los fans colgados a un paso del final.

En plena fiebre por Katniss Everdeen, 20th Century Fox se sacó de la manga una nueva saga teen con la que lograría un éxito moderado pero respetable, El corredor del laberinto (Maze Runner), distopía futurista basada en los libros de James Dashner que actualizaba la idea de El señor de las moscas en forma de aventura de ciencia ficción para la generación Z. La taquilla respondió, y la segunda parte tardó apenas un año en llegar, seguramente por miedo a que su público se cansase de esperar demasiado y pasase a la siguiente saga de turno. Los planes para la tercera y última parte (afortunadamente no dividida en dos) experimentaron un fuerte revés cuando el protagonista de la franquicia, Dylan O’Brien (Teen Wolf) sufrió un aparatoso accidente en el set de rodaje que obligó a retrasar el estreno un año. Una vez recuperado, O’Brien regresó para poner fin a la franquicia con La cura mortal, un final con el que los fans pueden decir eso de “la espera ha merecido la pena”.

Tras los acontecimientos de El corredor del laberintoLas pruebas, Thomas (O’Brien) y su banda de rebeldes luchan para detener a CRUEL, la malvada organización que les borró sus recuerdos y los encerró en el Laberinto para realizar experimentos con ellos. Minho (Ki Hong Lee) se encuentra en manos de CRUEL junto a muchos otros jóvenes inmunes al virus que se propaga por la Tierra convirtiendo a los humanos en monstruos similares a los zombies. Con la información obtenida de las Pruebas, la ministra Ava Paige (Patricia Clarkson) trabaja para desarrollar una cura definitiva con la ayuda de Teresa (Kaya Scodelario), que traicionó a Thomas y los demás uniéndose al bando enemigo. Ahora, la única manera de salvar a los suyos y acabar con el régimen totalitario que tortura a los últimos resquicios de la humanidad, es trabajar en equipo para infiltrarse en la única gran ciudad que queda en pie, una fortaleza futurista de la que será difícil escapar con vida.

Wes Ball se vuelve a poner tras las cámaras para dirigir la última parte de una trilogía que ha contado con su control creativo de principio a fin. Esto salta a la vista tanto en el consistente acabado visual como en la dirección de actores (muy seguros en sus papeles), pero sobre todo en la destreza que el realizador (anteriormente diseñador y especialista de efectos visuales) ha ido ganando con cada película. En La cura mortal, Ball se luce con algunas de las escenas más espectaculares de la saga en una trepidante carrera de fondo repleta de energía y acción sin descanso. Esto puede ayudar a que seamos más permisivos con su excesivo metraje o con los aspectos más endebles de la historia, que son muchos. El guion de La cura mortal está lleno de incongruencias, agujeros y deus ex machina (uno pierde la cuenta de las veces que un vehículo o una nave aparece de la nada para salvar la situación en el último momento), pero si somos capaces de suspender la incredulidad durante las dos horas y cuarto que dura, la película desempeña su función escapista con eficiencia.

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Claro que para disfrutar de este capítulo final, es casi un requisito indispensable haber conectado con las dos entregas anteriores (o al menos con la primera, claramente superior a la segunda). Desprovista de la interesante premisa que nos planteaban al principio, a la saga le queda apoyarse en sus personajes, que ayudan a elevar una mitología sci-fi que hemos visto ya en muchas otras historias similares (el elegido que debe enfrentarse a la dictadura para salvar al pueblo e iniciar una nueva era libre de tiranía). Y afortunadamente, el reparto de La cura mortal es mucho más solvente de lo que cabe esperar de un producto de estas características. Empezando por la distinción que aporta Patricia Clarkson y la pérfida presencia de Aidan Gillen, aquí tan Meñique como en Juego de Tronos, continuando con un elenco juvenil muy entregado (de los que destacan Will Poulter y Thomas Brodie-Sangster) y terminando con O’Brien y Scodelario, los Romeo y Julieta del Laberinto, cuyas sólidas interpretaciones anclan la película, evitando que su caprichoso y por momentos tontísimo argumento haga que todo se vaya a traste.

Además de lucirse con los fantásticos set pieces que recorren el film (especialmente impresionantes son el asalto a tren del comienzo, el rescate aéreo al autobús y su apocalíptico clímax), Ball se ha asegurado de que el desenlace de la trilogía tenga empaque emocional, facilitando que los fans de la saga se preocupen por los personajes y sus relaciones para brindarles un final intenso y satisfactorio. Así, Ball pone el mejor broche que se le puede poner a una saga como esta, a la que sabemos que no es recomendable exigirle demasiado. El corredor del laberinto no pasará a la historia del cine, pero al menos termina, y termina bien, algo que no se puede decir de la mayoría.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La librería

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Han pasado ya unos cuantos años y todavía no he logrado saber en qué preciso momento todo cambió entre nosotros. Puede que haya sido culpa mía o acaso el inmenso sopor que me produjeron Elegy o ese maremágnum llamado Mapa de los sonidos de Tokio. No sé, Isabel, siempre te tendré cierto cariño y guardaré cierta esperanza. Porque, a pesar de lo extremadamente mala que era Mi otro yo y la vergüenza ajena que me hiciste pasar con Ayer no termina nunca, sigo pensando que existe alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro. Aquí estamos una vez más, intentándolo con La librería.

El punto de partida de este film pintaba bien para nuestro reencuentro: una adaptación literaria de una premiada novela escrita por Penelope Fitzgerald. La librería suponía un retorno a esa atmósfera intimista que tan buenos resultados le dio en el pasado (y en la reciente Nadie quiere la noche). Esta es la historia de Florence Green (Emily Mortimer, Match Point), una mujer que decide montar una pequeña librería en una coqueta población inglesa. La llegada de esta emprendedora supone un revulsivo en la comunidad acomodada de Hardborourgh, especialmente en la cabecilla de todas las cotillas: doña Violet Gamart, interpretada por Patricia Clarkson, chica Coixet en Aprendiendo a conducir y Elegy y secundaria en cualquier comedia, drama o distopía que se haya rodado en el transcurso de las últimas tres décadas.

Además del frío húmedo y las consiguientes reformas para acondicionar el local, Florence se tiene que enfrentar a la curiosidad transformada en inquina de Violet, ya que la Hedda Hopper de la campiña inglesa tiene otros planes para el edificio donde la recién llegada quiere montar su librería. La reina del pueblo quiere montar un centro cultural donde realizar recitales y lecturas. Este gran conflicto sobre el que se levanta la película no tendría sentido en nuestros días, ya que en 2017 ambas cooperarían y montarían una librería con un pequeño espacio polivalente donde realizar presentaciones, conciertos y demás. Puede que hasta colocasen una pequeña barra para servir cafés y algún que otro piscolabis. Una solución en clave de sororidad muy actual que no tiene cabida en una pequeña ciudad inglesa de los años cincuenta.

Coixet construye una de esas típicas películas que rellenan la cartelera otoñal, que ni hace daño, ni mucho menos calan en la retina del espectador. La librería es una película realizada de manera adecuada pero con menos corazón del que cree. Se agradece el solvente trabajo de Mortimer, más que el de una Clarkson un poco más desbocada de lo habitual y el de un Bill Nighy (Love Actually) poco más que correcto, y, especialmente, cierto retorno de elementos puramente coixetianos, como son las disertaciones poéticas en off, que aunque pequen de reiterativas son lo mejor de la película ya que están locutadas por la insigne Julie Christie (la mismísima Lara de Doctor Zhivago, y que ya coincidió con Coixet en La vida secreta de las palabras).

Puede que la nueva Isabel Coixet no esté hecha para mí, o que nunca lo haya estado y haya sido yo el que ha cambiado. Por lo menos esta última vez no ha estado tan mal, ¿no?

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: El corredor del laberinto – Las pruebas

THE SCORCH TRIALS

[Esta entrada contiene algún detalle de la trama que puede ser considerado spoiler]

En el mundo de las adaptaciones cinematográficas de novelas juveniles, o te mueves rápido, o caducas. Si no, fijaos en el caso de El corredor del laberinto. El año pasado se estrenó la primera entrega de la saga basada en la trilogía literaria The Maze Runner (ahora tetralogía con la incorporación de una precuela), escrita por James Dashner. La película cosechó el éxito suficiente en taquilla, por lo que el estudio a cargo de ella (20th Century Fox) no perdió el tiempo en anunciar la secuela y ponerse manos a la obra con su producción. En tiempo récord, el mismo director que se ocupó de la primera parte, Wes Ball, ha sacado adelante Las pruebas (The Scorch Trials), que se estrena exactamente un año después que la primera. El impacto de las producciones teen es efímero e imprevisible por naturaleza, además, el público más joven tiende a pasar muy rápidamente de una cosa a otra (el segundo capítulo de Divergente se capuzó en taquilla porque tardó relativamente demasiado en llegar, algo que sin embargo no ha ocurrido con Los juegos del hambre), por eso se entiende que el proceso de conversión en franquicia se haya acelerado en este caso.

Sin embargo, Las pruebas no parece un producto hecho con prisa, sino más bien todo lo contrario. Lo más sorprendente de la película es lo trabajada que está desde el punto de vista técnico, teniendo en cuenta lo poco que han tardado en hacerla. Fox ha tirado la casa por la ventana y se nota, pero de nada serviría un aumento de presupuesto si detrás no hubiera gente capaz de transformarlo en una película estimulante, y aquí hay un equipo muy eficiente que tiene claro lo que hay que hacer para que esto ocurra (otra cosa es que la historia esté a la altura, pero vayamos por pasos). El acabado visual de Las pruebas es excelente, con una fotografía, diseño de producción y efectos digitales de primera. Hay en ella planos verdaderamente hermosos, siluetas recorriendo áridos paisajes postapocalípticos y enormes estructuras de metal que captan a la perfección el espíritu más épico de la continuación. Y no solo eso, el trabajo de cámara de Ball sigue resultando solvente fuera del Laberinto, sabiendo cómo filmar escenas de acción tensas y trepidantes sin sacrificar coherencia.

Efectivamente, la secuela de El corredor del laberinto aumenta considerablemente las dosis de acción y violencia (leve), encadenando set pieces por lo general muy bien ejecutados (destaca la huida de CRUEL que tiene lugar en la primera sección del film o la destrucción de la guarida de Jorge, interpretado por Giancarlo Esposito). De la misma forma, y como mandan los cánones del cine young adultLas pruebas es más oscura e intenta ser más adulta que su predecesora, llegando a asemejarse por momentos a una película de zombies (aquí llamados “Raros”) o pandemias al estilo de Guerra Mundial Z. Pero la saga no solo busca la mayoría de edad en sus escenas de acción y terror (estas últimas no aptas para los más pequeños), sino que también incorpora motivos de sexo y drogas, especialmente durante una secuencia alucinógena en un burdel donde el protagonista, Thomas (nuestro querido Muppet de carne y hueso Dylan O’Brien), se convierte en la Sarah de Dentro del Laberinto mientras intenta escapar del sueño lisérgico en el que está atrapado (pasaje en el que nos encontramos a un bizarrísimo Alan Tudyk por cierto). Aun así, nada que deba preocupar a los padres que dejan solos a sus niños en el cine.

THE SCORCH TRIALS

Por lo demás, Las pruebas sigue al pie de la letra los patrones impuestos por Los juegos del hambreDivergente. El año pasado, El corredor del laberinto se distanciaba ligeramente de dichas sagas gracias a que jugaba con otros elementos, siendo ideada más bien como un ejercicio de misterio, un puzle que nos recordaba a cosas como Cube o la serie Perdidos. No obstante, la salida de Thomas y sus Niños Perdidos del Laberinto hacia el mundo exterior, la Quemadura, ha conllevado la homogeneización de la saga, que con su segunda parte ya apenas muestra diferencias con las franquicias mencionadas. Eliminado el Laberinto de la ecuación la cosa pierde gracia, y lo que nos queda es la enésima aventura distópica en la que un “elegido” y su grupo de jóvenes aliados oponen resistencia a un totalitario ente gobernante y luchan por sobrevivir -superando fases como en un videojuego– mientras se gesta una revolución. La idea es la misma de siempre, la juventud como única esperanza de futuro (aquí se convierten literalmente en la cura de la humanidad), pero aunque siga siendo pertinente, Las pruebas no consigue hacerla interesante; sobre todo porque opta por el camino fácil y apenas se molesta en desarrollar a sus más bien planos personajes tal y como la historia requiere (algo que pasa factura cuando los giros importantes no parecen lo suficientemente justificados).

El corredor del laberinto nos presentaba un enigmático universo construido y contenido por unas reglas que se destruían al final. Las pruebas construye una mitología mucho más amplia y abierta a partir de las piezas que quedaron de esa primera parte, abandonando a sus protagonistas a su suerte en un escenario más grande, hostil e impredecible, donde se topan con mil y un nuevos personajes en cada parada de la odisea en la que se han embarcado (como ocurre en toda fantasía itinerante clásica). Esto resulta ocasionalmente emocionante (sobre todo durante su primera mitad y cuando entra en escena Brenda –Rosa Salazar), pero la narración episódica se acaba resintiendo por culpa del excesivo metraje (131 minutos), y la recta final de la película pone de manifiesto la falta de originalidad y profundidad del nuevo enfoque (más de lo mismo elevado al cubo). Claro que lo que no se puede negar (y no lo hemos hecho) es que Ball ha realizado una notable cinta de aventuras y acción, un pasatiempo más bien superficial, que aun con todo, sigue siendo de lo más destacado dentro de su género. Ojalá para la tercera y última entrega no se conformaran solo con eso, porque material hay de sobra (y no me refiero a las novelas) para hacer algo que se salga de la norma de una vez por todas. No deja de resultar paradójico que estas películas que nos hablan constantemente de romper el molde y oponerse al sistema acaben haciendo siempre justo lo contrario.

Valoración: ★★★

Crítica: Aprendiendo a conducir

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Chicos, voy a recomendaros una película de Isabel Coixet. No, no me he vuelto majara. Aprendiendo a conducir (Learning to Drive), el nuevo largo de nuestra internacional directora catalana, es su mejor propuesta en bastante tiempo. Una cinta amable y sencilla, sin pretensiones, que se puede disfrutar si no se le exige demasiado (algo fácil, gracias a su naturaleza relajada). Como leéis. Una película de Isabel Coixet sin pretensiones. Parece mentira, pero no lo es. Quizás por eso, porque Aprendiendo a conducir no es la quintaesencia coixetiana, me ha resultado más digerible.

La película continúa el recorrido internacional que la directora lleva realizando desde que estrenase su aclamada Mi vida sin mí, y que le ha llevado a Irlanda, París, Vancouver, Tokio o Gales (esta última para dirigir a Sophie Turner en la fallida Mi otro yo), con un aparte en forma de “regreso al futuro” ambientado en nuestro país en la atroz Ayer no termina nunca (que para eso, no vuelvas). En Aprendiendo a conducir Coixet regresa a las ajetreadas calles de Nueva York después de Elegy, para seguir explorando el enigma de las relaciones interpersonales en el Siglo XXI, y lo hace junto a dos pesos pesados de la interpretación, Sir Ben Kingsley y la omnipresente Patricia Clarkson.

Los actores dan vida a dos personalidades muy dispares, Darwan, taxista e instructor de autoescuela de origen indio, y Wendy, neurótica e impulsiva escritora de Manhattan. Todo comienza con un encuentro fortuito entre ambos (estar en el lugar adecuado en el momento justo, la magia de Nueva York), cuando Wendy toma el taxi de Darwan después de que su marido (Jake Weber) le haya APRENDIENDO_A_CONDUCIR_-_postercomunicado que da carpetazo a su matrimonio para irse con otra más joven. Neoyorquina de pura cepa, de clase alta y con marido con carnet de conducir, Wendy nunca ha necesitado sacarse el permiso. Cuando se presenta la oportunidad de mudarse con su hija (Grace Gummer) a un entorno rural para empezar un nuevo capítulo de su vida, Wendy decide recibir clases de conducir de Darwan.

Mientras conducen por las calles de Manhattan, instructor y alumna desarrollan una amistad especial con la que Coixet explora los conceptos de la soledad, la dependencia (e independencia) emocional o las diferencias culturales, todo bajo el incomparable marco de diversidad y mezcolanza que es Nueva York. Las clases de conducir son un pretexto para sumir a Wendy en un proceso de aprendizaje que la pondrá en contacto directo con la vida y las costumbres del inmigrante neoyorquino, víctima de la hipervigilancia post-11-S y los prejuicios raciales, le ayudará a poner sus problemas en perspectiva y en última instancia le servirá para tomar el control de su vida.

El nexo de unión que se forma entre Wendy y Darwan vertebra una película agradable y bienintencionada que, a pesar de transcurrir a base de tópicos del “cine emocional” y estar llena de obvias metáforas, evita caer en excesos melodramáticos (véase por ejemplo la comedida pero potente despedida de Wendy y Darwan). Coixet (que no escribe el guion, y ahí puede estar la clave) compone un film equilibrado y elocuente, y lleva a cabo en él una estimable dirección de actores, sacando el máximo partido a Kingsley y Clarkson, que encuentran el punto medio exacto entre el drama y la comedia para dar vida a sus personajes. Aprendiendo a conducir aborda temas importantes de forma liviana, con naturalidad, respeto y ante todo, optimismo.

En definitiva, estamos ante una película de Coixet descargada de los vicios que hacen su cine reconocible a la legua, y que podría ir firmada por cualquier director del club Sundance. Que esto sea algo positivo o negativo depende de nuestra relación con la directora y su cine.

Valoración: ★★★½