Crítica: Lion

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La construcción de la identidad personal supone el viaje más importante de todo ser humano. Esa odisea comienza desde la más tierna infancia y llega a su consecución cuando el sujeto llega a una etapa de madurez. Esa identidad hace que el sujeto sea único, aunque comparta afinidades a diferentes grupos sociales. Las figuras paternales son el elemento clave en las primeras etapas de este viaje, ya que el sujeto crea la base de su identidad a través de la reflexión y la observación de sus actos. La consecución de la identidad no es un acto certero y permanente, ya que al ser un proceso dinámico, puede variar a lo largo de los años o puede no verse completada hasta una etapa más avanzada de adultez. Tanto esos cambios como la imposibilidad de encontrar unos rasgos o características diferenciadas provocan una crisis de identidad. Lion se acerca a ese preciso momento del conflicto en que todo se rompe y la sensación de vacío se hace insoportable.

Al adentrarse en su tercera década de existencia, Saroo sufre una crisis de identidad. A pesar de contar con un entorno positivo y acogedor, tanto por parte de su familia de adopción como de su pareja, y un futuro halagüeño, la melancolía que le atenaza es atroz. Aunque haya madurado y se haya convertido en una persona adulta, Saroo no ha logrado encontrarse a si mismo. Puede que haya logrado construir una identidad propia, pero esa misma no le sirve a sus treinta años. Por ello, debe encontrarse a sí mismo y para ello debe desenterrar su origen. Saroo fue adoptado a los cinco años por una pareja australiana después de haber aparecido perdido en las calles de Calcuta. Es ese pasado pre-australiano el que cohibe la creación de la identidad de Saroo y es por ello que decide encontrar a su madre y a sus hermanos.

Mediante un parsimonioso inicio, Garth Davis (Top of the Lake) nos muestra la infancia de Saroo: las condiciones precarias de su hogar, los pequeños robos junto a su hermano, su sufrida madre,… Una situación que se rompe cuando el pequeño Saroo (interpretado por el efectivo debutante Sunny Pawar) se queda dormido dentro de un tren con destino a Calcuta, a unos dos mil kilómetros de su ciudad natal. Aunque arriesgado, este prólogo sin apenas diálogos y que sobrepasa los veinte minutos de extensión, es todo un acierto por parte de Davis ya que logra tanto sentar el tono del film como que el espectador se imbuya de lleno en la pérdida de Saroo y se emocione con el proceso de adopción.

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Tras un salto temporal, Lion se olvida de esa cadencia y opta por un ritmo más vertiginoso y fragmentado, descuidando en demasía la narración. Esa decisión provoca la sensación de estar viendo pequeños tráilers o resúmenes de las escenas que realmente tendríamos que estar visionando. Este desbarajuste se ve solventado gracias a la carga emocional intrínseca de la historia. Es completamente imposible no emocionarse a medida que las investigaciones vía Google Earth van dando sus frutos y, especialmente, con el climax final.

Es bonito ver hasta dónde ha llegado un viejo amigo como Dev Patel (Slumdog Millionaire. ¿Quieres ser millonario?). Diez años hace ya que le conocimos en la primera generación de Skins. Diez años en los que le hemos visto crecer, tanto profesional (ha sido chico Boyle, Shyamalan, Sorkin…) como físicamente (su cambio en Lion es sorprendente). Como colofón a esta década de amistad y para que no sufra una crisis de identidad como la de su personaje, Patel ha conseguido su primera candidatura a los Oscar como mejor actor secundario. Galardón que no logrará por el alto nivel de sus competidores, pero es una mención que se agradece dado su trabajo interpretativo en este film. Igualmente irreprochable es la conseguida por Nicole Kidman (Moulin Rouge) por su papel como madre adoptiva de Saroo. Esperemos que este papel le haya servido a Nicole para centrarse y volver a elegir mejor sus papeles, ya que desde su retorno solo había vuelto a dar en la diana en Los secretos del corazón y Stoker.

Lion es un melodrama tremendamente efectivo y bastante efectista, que aunque muestre en demasía tanto sus costuras como su hoja de ruta, emociona de lo lindo hasta al espectador más hierático.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: La habitación (Room)

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Texto escrito por David Lastra

(Esta entrada contiene spoilers de la película)

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente…

… pero sí que lograrás con ello mi deterioro físico y terminarás por romperme. Mi universo quedará reducido a unos pocos metros cuadrados entre estas paredes. Haré mis necesidades a medio metro donde mal coma. Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Contaré cada paseo del Sol por la claraboya y terminaré hablando sola por matar el tiempo antes de que termine matándome a mí. Cada noche llegará el tiempo de la violación, que no es sino otra vejación más de las que sufro cada minuto de esta libertad arrebatada. La primera falta es terrorífica. La segunda más. Uno no puede traer hijos a un mundo como este; uno no se puede plantear perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujurioso animales que no poseen emociones duraderas, sino solo caprichos y banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro. Pero finalmente, me lo quedo. El niño es mío. El niño es yo, no es Él. Solo el cielo sabe por qué lo amo tanto. Los años pasan y seguimos encerrados. El niño que soy yo y yo. Él sigue visitándome cada noche. El infierno somos nosotros. Él y yo, no el niño que soy yo. El niño que soy yo solo conoce estas cuatro paredes. Su mejor amigo es un ratón y la televisión una caja mágica. Para el niño que soy yo, el universo somos los dos y Él, nuestro abusador, un mago creador. El universo es una mierda. La mierda es esta habitación…

La habitación es la peor de las pesadillas. Es la muerte en vida de una mujer secuestrada y su hijo nacido en cautividad. Una premisa peligrosa que en manos equivocadas podría haberse convertido en un melodrama lacrimógeno. La habitación hace llorar, pero no recurre a ningún recurso de la pornografía sentimental propio de la parrilla televisiva de los fines de semana a la hora de la siesta. Ante la opresión del espacio cerrado, Emma Donoghue (autora tanto de la novela en que se basa el film como de esta adaptación) opta por la vía de la esperanza, revestida de ingenuidad. La historia se estructura y se experimenta a través de los ojos de Jack, el niño que soy yo. Esa confrontación entre la realidad (la habitación, el secuestro, los abusos, Ma) y el mundo creado (los regalos de domingo, la gimnasia, la serpiente de cáscaras de huevo), ahoga al espectador provocando una sensación de congoja máxima, lágrimas y algún que otro sofoco por falta de oxígeno. Son esas escenas, en las que Jack no sabe realmente lo que está ocurriendo y juega a morir bajo las indicaciones de su madre, las que desquician al espectador provocando el tan difícil sentimiento de angustia.

Si La habitación hubiese sido una película de secuestros más, estaríamos hablando del mejor film de ese subgénero en las últimas décadas, destronando a la muy entretenida Prisioneros de Denis Villeneuve, en base a su contención dramática y su alto nivel tanto interpretativo como imaginativo… pero la película de Abrahamson/Donoghue va más allá y realiza un acto tremendamente valiente: mostrarnos el día después de la liberación. La segunda parte de La habitación es la vida después del infierno. La mierda sigue estando allí, ya que la libertad de la mente ha sido corrompida durante tantos años de cautiverio. Ma está acongojada ante la obligación de ser feliz. Jack podrá no saber que los perros son reales, pero Ma ya no sabe cómo ser feliz. El despertar es lo que nos mata.

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El año pasado, Abrahamson nos regaló en Frank la mejor interpretación hasta la fecha de Michael Fassbender, casi sin mostrarnos el bello rostro del actor. Este año nos trae la actuación más grandiosa de Brie Larson (Infiltrados en clase, Community) encerrándola en una mera caseta de jardín. El realizador demuestra que es un perfecto director de actores. En esta ocasión, consigue de Larson un descomunal trabajo contenido, repleto de matices casi imperceptibles para el espectador menos avezado y una serie de explosiones violentas de excepción. En La habitación, la Envy Adams de celuloide da un paso más allá de lo demostrado hace un par de ejercicios en Las vidas de Grace, confirmándose como una de las actrices más solventes del momento (se confirma para el gran público, que aquí hace bastante tiempo que se la adora).

Pero el torbellino más devastador de La habitación no es otro que Jacob Tremblay. El calificativo de niño prodigio se le queda corto. De igual manera sería injusto nominarle como portento, ya que el que fuera Blue Winslow en Los Pitufos 2 es más bien una fuerza de la naturaleza. Si el equipo de producción y promoción no hubiesen sido tan conservadores a la hora de los FYC (For Your Consideration, la elección de en qué categoría va a concursar cada intérprete, si protagonista o secundario) y hubiesen sido más valientes (y persistentes en la campaña), ahora estaríamos hablando de un flamante candidato al Oscar a mejor actor protagonista y posible ganador, ya que suya es la mejor interpretación masculina del año (seguro que Leo ha tenido algo que ver en la ausencia de Tremblay en la terna final).

Lejos de ser la bonita interpretación infantil que suele deslumbrarnos cada temporada, la labor de Tremblay es el sumun de la inocencia y la complejidad de registros, recordando a la labor de Max Records en Donde viven los monstruos. No es un niño haciendo de niño, sino un actor haciendo de el niño que soy yo. Cada una de sus frases absurdas y tremendamente inocentes, desmontan al espectador casi tanto como a su Ma. Sus repetitivos saludos a las cosas animadas, su infinita serpiente de cáscaras de huevo (lo más bonito del mundo), su amor a la televisión y su madre sobre todas las cosas (como cualquier niño normal). El niño que soy yo es la inocencia dentro de la mierda. Es la única razón por la que yo (Ma) voy a sobrevivir.

El instante en que Jack logra desenrollarse de la alfombra, conoce por primera vez el cielo sin una claraboya de por medio y su mirada refleja el infinito es uno de los grandes momentos cinematográficos del año. Toda una explosión de oxígeno y libertad que sirve como culminación tras la que es seguramente la secuencia más agotadora y enervante de la historia: su muerte fingida.

Amar nos separa de los demás. Amar a otro nos separa de la mierda. Eso es lo que nos hace sobrevivir de nuestros habitaciones creadas.

 Valoración: ★★★★½

Crítica: Brooklyn

Brooklyn Saoirse Ronan

De un tiempo a esta parte, cada año se cuela entre las nominadas a los Oscar una “película pequeña” que compite (aunque sea una ilusión, porque en realidad no tenga posibilidades) con las grandes superproducciones y los dramas más aclamados del año. Este año le toca desempeñar esa función testimonial a Brooklyn, dirigida por John Crowley (cuyo trabajo más conocido como director es la serie True Detective), y con guion del querido autor Nick Hornby (Alta fidelidadAn Education) a partir de la novela de Colm Tóibín. Efectivamente, Brooklyn es una película relativamente modesta y poco llamativa, sobre todo en lo que se refiere a su historia, pero no confundamos su naturaleza discreta con simpleza o pensemos que no tiene nada importante que aportar: Brooklyn es una propuesta sencilla, pero muy rica en matices, una cinta que se debe saborear con calma y cuya mayor virtud está precisamente en saber contar tanto con tan poco.

La película está ambientada en 1952 y cuenta la historia de Eilis Lacey (Saoirse Ronan), una joven que vive con su madre en un pequeño pueblo al sureste de Irlanda llamado Enniscorthy. Eilis tiene un trabajo poco agradecido en una tienda local, y las oportunidades de futuro en el pueblo parecen inexistentes. Por eso, su hermana mayor le organiza un viaje a Estados Unidos para que se busque un porvenir en la “tierra prometida”. Motivada por el sueño americano, Eilis se embarca en un largo viaje que la lleva a parar a Brooklyn, la zona de Nueva York donde los inmigrantes irlandeses han formado una comunidad. Aunque se siente arropada por sus compatriotas y las compañeras de la casa para jovencitas en la que se hospeda, Eilis no puede evitar sentir nostalgia por el hogar, y culpabilidad por haber dejado a su madre enferma al cuidado de su hermana. Sin embargo, la aparición de Tony (Emory Cohen), un italoamericano del barrio con el que vive un bonito romance, hará que la muchacha empiece a sentirse más apegada a Brooklyn, y en última instancia será un factor decisivo a la hora de elegir entre dos países, y dos vidas.

Saoirse Ronan Emory Cohen

Curiosamente, a pesar de transcurrir en la década de los 50, Brooklyn aborda un tema de completa actualidad para la mayoría de jóvenes, la inmigración en busca de un futuro laboral que no nos puede ofrecer el lugar de donde procedemos. La historia de Eilis, que retrata una generación de mujeres jóvenes y luchadoras en los albores de una época de cambio, resuena con fuerza en nuestra generación al recoger con acierto las ideas y los dilemas principales del veinte/treintañero que se ve obligado a marcharse del país. Brooklyn nos habla sin aspavientos, con mucha sensibilidad y adecuados toques de humor, de lo que el joven inmigrante siente durante el proceso de adaptación a esta nueva vida, del sacrificio y la incertidumbre, y también de lo que supone volver al “hogar” después de esto (qué acertadas las escenas en las que Eilis regresa a Enniscorthy para ser tratada como una estrella y comprobar que el pueblo y su mentalidad se le han quedado pequeños, y qué gratificante el reencuentro con su antigua jefa de la tienda, la despreciable Srta. Kelly). En este sentido, hay que elogiar la perfecta interpretación de Saoirse Ronan, un trabajo fácil de pasar por alto (que afortunadamente la Academia le ha reconocido), porque no es espectacular o particularmente dramático, pero que es sin duda el pegamento que mantiene unida la película. Emory Cohen es por supuesto otro importante pilar del film, su encanto humilde y sonrisa irresistible lo convierten en el perfecto galán romántico para la película (y un candidato a priori idóneo para el joven Han Solo); pero es Ronan, la intensidad contenida de su mirada, la comunicación que conllevan sus silencios, su porte frágil y elegante, y la templada mesura de sus gestos dramáticos, lo que hace que Brooklyn sea una obra tan sólida a pesar de su naturaleza quieta.

En parte oportuno retrato generacional, en parte preciosa historia de amor (no apta para cínicos), Brooklyn destaca por estar contada con mucho cariño, algo que se refleja en su cuidada puesta en escena, con un estupendo trabajo de fotografía, diseño de producción y vestuario, que (al igual que la también reciente Carol) nos traslada a los 50, tanto en las acogedoras calles de Nueva York, sus casas estilo brownstone y sus distinguidos centros comerciales, como en la costa de Irlanda. Pero en realidad Brooklyn no busca impresionar o acumular premios (aunque los merezca), sino arropar al espectador en una historia enormemente cálida y emotiva, un relato muy cercano a pesar de su lejanía en el tiempo y la distancia, que es mucho más trascendente y profundo de lo que pueda parecer a simple vista.

Valoración: ★★★★

Crítica: Anomalisa

ANOMALISA

Que una película como Anomalisa exista es un milagro. Y también un síntoma de nuestros tiempos. Sus directores, Charlie Kaufman (la mente prodigiosa detrás de los guiones de Cómo ser John MalkovichAdaptation. Eternal Sunshine of the Spotless Mind) y el animador Duke Johnson, recurrieron a la plataforma Kickstarter para semi-financiar el proyecto. El mecenazgo de los fans hizo posible que Anomalisa saliera adelante, y que las distribuidoras se fijasen en ella. La jugada les salió bien teniendo en cuenta la gran acogida de la película en festivales, las excelentes críticas que ha cosechado, y su presencia en los Oscar 2016 como una de las candidatas a Mejor Película de Animación. El crowdfunding suele resultar en decepción en muchas ocasiones (sobre todo en el ámbito audiovisual), pero esta vez ha facilitado la materialización de un proyecto sobresaliente que de otra manera quizá no habríamos podido ver.

Anomalisa es un film improbable, un drama cómico (o una comedia dramática, al caso es lo mismo) para adultos realizado en animación stop-motion. Basada en una obra de teatro escrita por Kaufman y el compositor Carter Burwell (que por supuesto también firma la hermosa partitura del largo), la película nos deja hurgar en la vida y la mente de Michael Stone, exitoso autor de libros sobre atención al cliente que viaja a Cincinnati para dar una conferencia. Encerrado en su habitación de hotel, Stone atraviesa una crisis existencial (o depresión de mediana edad), atormentado por los errores del pasado, una familia que no le llena lo suficiente y una rutina laboral que lo aplasta. A esto se suma su incapacidad para conectar con los demás, lo que le lleva a ver a todo el mundo con la misma cara y escuchar a todas las personas con la misma voz (trastorno similar a un desorden neuropsiquiátrico real que lleva por nombre Síndrome de Frégoli, que es también como se llama el hotel donde se hospeda). Todo empieza a cambiar con la imprevista irrupción en su vida de Lisa, una “anomalía” que hace creer a Michael que es posible salir de su estancamiento.

nullAl principio, Anomalisa es una película desconcertante, una propuesta bizarra a la que puede costar un poco pillar el punto. Las “marionetas”, fabricadas usando la tecnología de impresión en 3D, tienen un aspecto muy realista que puede resultar algo desorientador (incluso por momentos perturbador), y aunque la idea de que un solo actor (estupendo Tom Noonan) doble a todos los personajes que no son Michael (David Thewlis) o Lisa (Jennifer Jason Leigh) es brillante, y por supuesto esencial para desarrollar la premisa, no deja de descolocar. Pero todo esto forma parte de la experiencia de Kaufman y Johnson proponen, un sueño extraño y surrealista en el que todo acaba teniendo su razón de ser. Poco a poco, Anomalisa se va descubriendo como una historia romántica extraordinaria en su costumbrismo intimista, un retrato profundamente triste y precioso que, al igual que her hace un par de años, se adentra en el enigma de las relaciones, las interacciones sociales y lo que nos hace humanos, para presentárnoslo de la forma más reveladora.

La elección del stop-motion es de todo menos casual, claro. Kaufman utiliza los muñecos para desmontar, literalmente, a su protagonista, y mostrarnos así el engranaje de su mente. Si la película se hubiera hecho con actores de carne y hueso no habría surtido el mismo efecto, no habría resultado tan conmovedora. Hay algo en el hecho de observar a estas marionetas existir, interactuar o hacer el amor en un supuesto tan mundano (y tan automatizado) que hace más fácil, y más gratificante, mirar directamente en su interior en busca de la esencia que los (nos) hace humanos. Y por supuesto, no podemos obviar el increíble trabajo de David Thewlis y Jennifer Jason Leigh dando vida con sus voces a Michael y Lisa, convirtiéndolos en dos personajes tan reales, tan plenos y excepcionales, y haciendo que su historia de amor sea tan inolvidable y en última instancia devastadora.

El único problema de Anomalisa es que su metraje acaba resultando demasiado escaso, lo que hace que el desenlace se produzca de manera precipitada (puede tener que ver el hecho de que fuera concebida inicialmente como un mediometraje de 40 minutos y extendida debido al éxito de la campaña de Kickstarter). Dejando esto a un lado, Anomalisa es algo único, una anomalía del cine reciente (la especialidad del esquivo Kaufman) cuya particular voz resalta entre todas las demás, una historia que afecta, hace pensar, y se queda con nosotros más allá de los créditos finales.

Valoración: ★★★★

Crítica: Carol

Rooney Mara Therese

Todd Haynes se ha especializado en historias sobre mujeres en la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En Lejos del cielo nos contó cómo la vida y el matrimonio de un ama de casa de los 50, Cathy Whitaker (Julianne Moore), se desmoronaba a su alrededor, en un entorno de crecientes tensiones sociales, y en la magnífica miniserie de HBO Mildred Pierce siguió las vicisitudes de una mujer divorciada (Kate Winslet) que trataba de abrirse camino por sí sola en el negocio de la restauración. Con su nuevo film, Carol, Haynes regresa a la década de los 50, la que le ha proporcionado tanto material para dar rienda suelta a su formidable sensibilidad como autor. En esta ocasión se centra en la relación de dos mujeres muy distintas, Therese Belivet (Rooney Mara), una muchacha de veinte años que trabaja en unos grandes almacenes, y Carol Aird (Cate Blanchett), una elegante y adinerada mujer que desea escapar de un matrimonio que ella dio por terminado hace tiempo (no así su marido). Carol incide en algunos de los temas que Haynes ha tratado en obras anteriores (principalmente la liberación de la mujer del yugo del hombre y la sociedad), pero es, por encima de todo, una preciosa historia de amor.

Un amor imposible entre dos mujeres que derriba barreras y sortea innumerables obstáculos para seguir adelante. Haynes relata con suma exquisitez los avatares de Carol y Therese, obligadas en primer lugar a ocultar su relación en una época en la que apenas se concebía algo así, y más tarde, cuando esta sale a la luz, a enfrentarse a las represalias en forma de diagnósticos de perversión o luchas por la custodia del hijo de Carol (cuya capacidad como madre es puesta en entredicho desde que se descubre una infidelidad con su mejor amiga Abby – Sarah Paulson). Ambas mujeres tratan de escapar de sus vidas, apoyándose la una en la otra, plantando cara a la ignorancia y el carácter posesivo de los hombres, particularmente los dos (excelentemente interpretados por Kyle ChandlerJake Lacy) que se niegan a aflojar la correa, porque sus dañados egos masculinos les impiden ver que una mujer no quiera llevar la vida supuestamente perfecta que la sociedad le ha impuesto. La lucha de Carol y Therese es una de dolor y sacrificio, pero también de pasión y refugio, una aventura de la que sacamos en claro la idea de que el amor es la decisión más importante en la vida de una persona, y que no renunciar a la naturaleza propia y aceptarlo, venga en la forma que venga, es la clave para ser libres.

Cate Blanchett Carol

Nada de esto tendría el peso tan grande que tiene en la película de no ser por las arrebatadoras interpretaciones de Blanchett y Mara. La primera mitad de Carol se centra en el inicio de su romance, y lo hace de forma pausada, con una sutilidad quebradiza, haciendo cómplices a los espectadores de esa emocionante primera etapa de descubrimiento, excitación y nudos en el estómago, sensaciones magnificadas por el carácter furtivo del enamoramiento. El trabajo de estas dos actrices es simplemente fascinante, sublime, un auténtico recital de miradas y gestos de pasmosa elocuencia e intensidad que se mantiene hasta el final, cuando la relación ya ha avanzado e, inevitablemente, debe atravesar su gran prueba de fuego. El amor entre Carol y Therese es real, se puede ver, como también se puede sentir el poderoso deseo que hay entre ellas, desde el primer momento en el que cada una posa su mirada en la otra. Blanchett da vida a una mujer sofisticada y muy versada en lo social, una criatura bellísima, de imponente presencia, profundamente sensual y seductora. Su magnética interpretación es más afectada que la de Mara, que aquí incluso se pone por encima de la infalible Blanchett, construyendo un personaje irresistible que fluctúa entre la inocencia más encantadora y la temeridad aventurera, la de una adolescente que dice “sí a todo” y desea amar sin importarle nada ni nadie más. Juntas encienden la pantalla, entregándose por completo a la relación (con tintes maternales por parte de Carol, por cierto) y llevando a cabo un virtuoso trabajo de matices que nos invita a buscarlas en cada ademán, caricia y lágrima contenida o derramada.

Carol es una obra de un tremendo detallismo, tanto a la hora de observar y caracterizar a sus protagonistas (a las que llegamos a conocer a fondo, a pesar de que ni ellas mismas se conocen), como en la puesta en escena. Haynes retrata a sus actrices a través de cristales, encuadra su tristeza y anhelo dentro de ventanas y puertas que resaltan la melancolía que envuelve a la película. A su alrededor, la década de los 50 y el Hollywood dorado cobran vida con una labor de diseño y atrezo impecable: los diners, los moteles, los muebles, el vestuario, los automóviles, los tocadiscos… todo está dispuesto escrupulosamente para evocar el pasado y cubrirlo en un aire etéreo de lirismo y misterio. La fotografía de Edward Lachman (que es demasiado oscura y a veces dificulta la tarea de adentrarse en la película, todo hay que decirlo), y la hermosa partitura del infravalorado Carter Burwell, contribuyen a acrecentar esa sensación de intriga y nos recuerdan que esto es una historia de Patricia Highsmith, en cuya novela homónima se basa la película.

A pesar de que las protagonistas son dos mujeres, el de Carol no dista mucho de otros grandes relatos románticos del cine. Y esto es lo que hace que la película sea tan excepcional. Como Ang Lee con Brokeback Mountain antes que él, y más recientemente Tom Hooper con La chica danesa, Haynes ha usado la plataforma mayoritaria que proporciona Hollywood (los Weinstein concretamente) para contar una historia que avanza la causa LGTBQ. Y lo ha hecho realizando una película de una enorme fuerza y belleza, una obra íntima y erótica, que navega constantemente en la tristeza para dejarnos con un mensaje de esperanza y autoafirmación, y que responde, por encima de todo, al modelo clásico del gran romance cinematográfico americano. El que no busca un público concreto, sino que está hecho para todos.

Valoración: ★★★★½

Crítica: El renacido (The Revenant)

Leonardo DiCaprio El renacido

Lo habréis leído ya muchas veces. Probablemente demasiadas. El rodaje de El renacido (The Revenant) fue un calvario y Leonardo DiCaprio las pasó canutas haciendo la película. En serio, muy, muy canutas. La culpa se puede atribuir a su director, Alejandro González Iñárritu (Birdman), que filmó la película nada más y nada menos que en nueve meses (el triple de lo habitual), de forma cronológica y en localizaciones remotas castigadas por las inclemencias del tiempo. La idea era plasmar la América salvaje de la forma más realista posible, y para ello, él y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, buscaron los lugares más fríos y rodaron siempre aprovechando la luz natural, lo que reducía considerablemente las horas de grabación al día. Tan duro fue el rodaje, que su “leyenda” prácticamente ha entrado a formar de la campaña publicitaria de la película, con la intención de potenciar su intensidad dramática y favorecer la experiencia inmersiva del espectador (al estilo de Gravity, con la que por cierto guarda más de un parecido), algo que logra sin duda.

La (sencilla) historia de El renacido está inspirada en hechos reales, pero Iñárritu se toma unas cuantas licencias con la misma intención: buscar la experiencia más intensa y catártica posible. La película gira en torno a Hugh Glass (DiCaprio), un trampero de la Frontera estadounidense que, tras escapar de un sangriento combate con los indios en 1823, es atacado salvajemente por un oso grizzly y abandonado en la montaña por su compañero de expedición, John Fitzgerald (Tom Hardy), que asegura al resto que ha muerto. Aferrándose a su vida a duras penas y sin poder hablar, ya que el oso le ha rebanado parte del cuello, Glass hará todo lo posible (cauterizar sus propias heridas,  destripar un caballo y usarlo como saco de dormir) para regresar al fuerte y vengarse de John. Esa sería la parte basada en la realidad. Después, Iñárritu incorpora un hijo de raza india fruto de una relación con una nativa, lo que permite al director añadir más leña al fuego de la venganza y elevar el contenido espiritual de la película, con imágenes poéticas y oníricas en un arrebato de Terrence Malick (con el que, no en vano, comparte a Lubekzi) que nos dan en las narices con metáforas sobre la paternidad, el amor y la injusticia racial. Por si las penalidades de Glass en la montaña no fueran suficientes para conmover al respetable.

Y este es el principal problema de El renacido, que en cada uno de sus (impresionantes) planos podemos ver bien clara la huella de su director, cuando lo ideal en una película de estas características, cruda, naturalista, pretérita, sería contar con una cámara más invisible y un autor menos omnipresente. Pero los delirios de grandeza de Iñárritu son demasiado inexorables como para que el mexicano se sacrifique y pase a segundo plano para favorecer la historia. El renacido es un trabajo incontestablemente brillante a nivel técnico y artístico, sus increíbles panorámicas, sus preciosas imágenes de paisajes y sus deslumbrantes planos bañados en luz, acompañados del muy visceral y minimalista score de Ryuichi Sakamoto, garantizan una experiencia espectatorial satisfactoria. Sin embargo, la tendencia al exhibicionismo de Iñárritu, más preocupado de la técnica que de dotar al film de alma, le resta impacto y realismo. Se podía haber ahorrado por ejemplo esos innecesarios planos secuencia de la batalla inicial contra los indios, cuya perfecta escenificación no tiene un verdadero valor narrativo, sino que solo sirve para dar pábulo a la propensión fardona y pretenciosa de Iñárritu, y acentuar la simulación en detrimento del verismo.

The Revenant

Aun con todo, El renacido logra su propósito de atrapar al espectador en el relato gracias principalmente al trabajo de DiCaprio, que lleva a cabo un apabullante ejercicio de resistencia, completamente entregado a su personaje y al reto que le impone Iñárritu (muy dado a torturar a sus personajes en pos del espectáculo). El actor nos hace partícipes de la lucha del hombre contra la naturaleza y el deseo de venganza y clausura de su personaje, sin apenas pronunciar diez líneas de diálogo en toda la película. Sentimos el frío que cala en los huesos, las heridas abiertas que restan fuerzas, la mugre que araña, el agotamiento, la desesperación, la muerte que acecha al personaje amenazando con frustrar su cometido. Iñárritu le prepara un camino lleno de vicisitudes y trampas mortíferas. La sobrecogedora y virtuosa secuencia del ataque del oso (la más comentada de la película, y con razón) ya forma parte de la historia del cine, por su fuerza, su crudeza y realismo, y por el excelente uso de la animación generada por ordenador. Pero en el anverso de la moneda nos encontramos un metraje excesivamente estirado, con secuencias que desafían fuertemente nuestra suspensión de la incredulidad, como el “viaje” río abajo de Glass, y sobre todo la escena en la que cae por un barranco a lomos de su caballo y aterriza en un árbol (algo más propio de una de dibujos que de una película como esta). En definitiva, dos momentos en los que Glass debería haber muerto pero sobrevive milagrosamente, y que ponen en peligro el pacto de la ficción.

Sería injusto e incierto decir que El renacido no es una obra cinematográfica destacable. Como decía, sus imágenes son de una belleza absoluta, sus actores lo dan todo (Hardy está sublime y atención a Will Poulter, que nos va a sorprender), y cuando su director no está empeñado en impresionarnos con su pericia técnica o conmovernos a la fuerza con sus poco sutiles ínfulas de espiritualidad mística, puede llegar a ser una aventura muy intensa y gratificante. Una pena que Iñárritu no haya sabido dejar que los elementos en juego actúen con libertad y la innegable fuerza de El renacido quede mermada por su manía pedante de ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás.

Valoración: ★★★

Crítica: Spotlight

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Texto escrito por David Lastra

La unión entre cine y el periodismo (casi) siempre ha sido un matrimonio bien avenido. La gran pantalla ha servido como espejo perfecto para reflejar el amplio espectro de las posibilidades éticas y laborales del periodista. Desde el idealismo por bandera de Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente a la escoria pura de los paparazzi de La dolce vita, pasando por los mártires del share y los ratings de Network. Un mundo implacable o los yonkis de la causa de Nightcrawler. En todos los ejemplos citados, se ha llevado a cabo un notable retrato de los profesionales del medio periodístico a través de las herramientas cinematográficas. Sabiendo jugar con los momentos dramáticas y provocando el clímax con soltura. A la hora de acercarse a un hecho como fue la investigación periodística por parte del Spotlight (equipo de reporteros del Boston Globe especializado en temas candentes y polémicos, que ganó el Pulitzer por este caso) que destapó abusos sexuales cometidos a menores por parte de miembros de la Archidiócesis de Boston, las alarmas del melodrama se disparan. En ningún momento se dudaba del tipo de periodista que se iba a mostrar. La aguja del contador ético se acercaría más a los del Watergate que a los moscardones italianos, pero el quid de la cuestión era el tacto que tendría Hollywood a la hora de contar la historia. Con tacto no se quiere decir ser pacato y autocensurarse para contentar a la Iglesia, sino al peligro de caer en tópicos y dejarse abrazar por el tan dañino melodrama amarillista que tanto explota este tipo de temática. Pero Spotlight no es así. Spotlight es una lección de cómo hacer cine de denuncia: con seriedad, respeto y tacto.

El culpable de este éxito es Tom McCarthy. Realizador de pequeñas cintas con cierto culto como The Station AgentThe VisitorWin Win (Ganamos todos) e inexplicablemente de un bodrio con Adam Sandler llamado Con la magia en los zapatosMcCarthy se plantea el conflicto dramático presentado en Spotlight como si de una operación quirúrgica se tratase. Su labor a la dirección y al guión (firmado a cuatro manos con Josh SingerEl ala oeste de la casa blancaFringe) es ejemplar. Sabe estructurarse bajo los principios del código deontológico periodístico, sin traicionar en ningún momento el lenguaje del medio de comunicación que está utilizando para contarnos esta historia, el cine. El tempo en Spotlight es lento, que no cansino. La acción avanza como en una investigación, a empellones, a golpe de perseverancia. Por esa razón, el visionado del film no es para nada fácil. Pero pese a ser abrupto, se articula sobre las pautas de la curiosidad del periodista y sabe transmitirlas al espectador a la perfección. Conocemos de primera mano los avances en la investigación. Tanto las sorpresas como los callejones sin salida, experimentando de esa manera el esfuerzo profesional de los periodistas de Spotlight. Esta solución a la hora de mostrar los hechos, recuerda a las brillantes exposiciones realizadas por dos de los directores que mejor juegan con el suspense en la actualidad, David FincherDenis Villeneuve en ZodiacPrisioneros, respectivamente. Si bien ambos, recurren a trucos dramáticos propios del cine (lo cual no es ningún crimen) y a algún que otro deus ex machina a la hora de solventar sus casos (especialmente el realizador canadiense).

En Spotlight no hay tiempo ni espacio para el melodrama. Ante la tentación de dejarse llevar por los momentos sentimentales que podría haber reportado un film sobre abusos a menores, McCarthy opta por acercarse de una manera aséptica y serena. Esta estabilidad emocional no debe verse como frialdad o desinterés, sino como muestra de respeto. No solo para con las víctimas de los abusos, sino también con el espectador. El film no menosprecia al espectador. Le expone una realidad traumática y aterradora sin cortapisas, ni sobrexplicaciones. Spotlight es inteligente, que no sabionda. Esa humildad se respira durante todo el metraje y se refleja de igual manera en sus protagonistas. Los periodistas del Spotlight son seres humanos. Tres hombres y una mujer que no aspiran a ser superhéroes. Podrán ser vistos como vengadores desde el exterior, pero ellos realmente no son sino unos profesionales del medio. Unos verdaderos yonkis de la palabra impresa y de la necesidad de informar. Esa humildad que se recoge en su profesionalidad les convierte en el paradigma del periodista y la ética. Un halo de “hombre bueno” à la Atticus Finch.

La construcción de los personajes de Spotlight es impecable. La creación de la normalidad de sus comportamientos (todo lo normal que podría comportarse un periodista de ese nivel) les dota de un manto protector contra el síndrome Sorkin. Si bien nadie es capaz de negar la grandeza del guionista de La red socialSteve Jobs, hay que admitir que el maestro peca en numerosas ocasiones de grandilocuencia y dramatismo. Cada uno de los personajes de Spotlight tiene voz propia y conductas diferentes y, especialmente, no tienen réplicas perfectas de diez minutos de reloj ante preguntas o problemas inesperados sobre un épico tema instrumental in crescendo. Nadie puede estar lúcido 24 horas al día o con el reaction gif perfecto a punto en todo momento. Diablo Cody no existe. De igual manera, haciendo gala de la técnica aséptica anteriormente comentada, la historia no se centra en ningún momento en la vida personal de los reporteros. Únicamente un par de escenas introducen de soslayo las relaciones extracurriculares, no cometiendo el error de juzgar y/o justificar las situaciones sentimentales de los mismos.

Spotlight

Gracias al trabajo de los chicos de La gran apuestaSpotlight, este año ha vuelto a resucitar la necesidad de creación de un premio de la Academia al mejor reparto. El trabajo actoral de este film es excepcional y ha sido condecorado con el galardón principal en los premios del Sindicato de actores. Hace justamente un año hablábamos de la increíble resurrección de Michael Keaton en Birdman (realmente hay quien dice que esa fue su primera interpretación en toda regla) y este 2016 volvemos a destacar otro trabajo del que fuera el mejor Bruce Wayne de la historia. Si bien, en esta ocasión, el verdadero placer viene de la mano de tres intérpretes más jóvenes: Rachel McAdamsLiev Schreiber y, especialmente, Mark Ruffalo. La que fuera Regina George en Chicas malas (siempre lo será en nuestros corazones), da un ejemplo (el enésimo) de su versatilidad dando vida a Sacha Pfeiffer, siendo protagonista de alguno de los momentos más intensos del film. Simplemente su exposición, sin atisbo alguno de morbo o pornografía sentimental, a una víctima de abusos de la necesidad de ser más explícito a la hora de describir el crimen justifica su candidatura a los Oscar como intérprete femenina de reparto. Aunque su labor sea la de encarnar a uno de los personajes más grises del film, sería una injusticia pasar por alto el trabajo de Schreiber de saber dotar de la parsimonia necesaria al recién nombrado editor en jefe del Boston Globe. Llega el turno del único chico del montón que es capaz de convertirse en un abrir y cerrar de ojos en Hulk: Mark Ruffalo. De todos es sabido que Ruffalo es uno de los valores más seguros del Hollywood actual, pero en esta ocasión supera todas las expectativas. Su interpretación condensa a la perfección la filosofía de Spotlight. Es aséptico y  profesional, siendo excepcional en su normalidad (desde el peinado hasta la forma de alimentarse a base de restos) y en su manera de expresar su emoción a medida que avanza la investigación. Su personaje sirve como catarsis para el espectador, facilitando la identificación con su personaje y el consiguiente vínculo con la obra cinematográfica.

Además de por su sobriedad en la dirección, guión y reparto, Spotlight acierta al saber sortear el melodrama en otro aspecto: la no introducción de un villano tipo. Si bien podríamos adjudicar ese rol al Cardenal Bernard Law (inquietante Len Cariou), McCarthy se cuida de mostrarnos a ese personaje como un vejete manipulador de apariencia bonachona, imagen que casa con el arquetipo de alto cargo de la Iglesia Católica, sin caer en la caricatura. De igual manera, tampoco muestra a los “supuestos” pederastas de una manera sencilla: sin cuernos, ni rabo, ni ojos llameantes. Sino como los verdaderos monstruos que son, como hombres. Esa seriedad a la hora de narrar los hechos reales ha provocado que incluso el mismísimo Vaticano haya aplaudido Spotlight.

Perdonad la ausencia de frialdad en esta crítica y la aparición de términos como excepcional o ejemplar, pero considero Spotlight como una de las pocas cintas estrenadas esta década que merece ser considerada bajo la categoría de clásico del cine (arrase en los Oscar o no) y su visionado debe ser obligatorio en todos los colegios y asociaciones juveniles. Spotlight limpia el malogrado nombre del Cine y hace que podamos seguir hablando de él como un Arte con mayúsculas.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Creed (La leyenda de Rocky)

Creed Michael B Jordan

Adonis Johnson (Michael B. Jordan) pasa su infancia en un correccional de menores hasta que una mujer le hace una visita para contarle quién es su verdadero padre: Adonis es hijo del legendario boxeador Apollo Creed (Carl Weathers), que falleció antes de que el niño naciera. A pesar de que Adonis simboliza una infidelidad, un bache personal en la carrera de Creed, su mujer lo acoge en su mansión de Los Ángeles y le ofrece una educación y oportunidades de trabajo para llevar a una vida acomodada. Pero la verdadera pasión de Adonis es el boxeo, ya que, sin lugar a dudas, lleva este deporte en la sangre. Por eso, el muchacho deja su trabajo y se dirige a Filadelfia, el lugar en el que se celebró el mítico combate entre Apollo Creed y Rocky Balboa (Sylvester Stallone).

Una vez en Filadelfia, Adonis busca al “Potro italiano” y le pide que sea su entrenador. Rocky, que supuestamente se ha retirado para siempre del mundo del boxeo, ve en Adonis las cualidades que hacían de Apollo un boxeador extraordinario, un gran rival que acabó convirtiéndose en su mejor amigo, y termina cediendo. Con el objetivo de librar su primer gran combate con un rival invicto de fama mundial y hacerse un nombre por sí solo, Adonis se entrena a fondo, ajeno a la propia lucha que Rocky está librando por su cuenta después de descubrir que sufre una enfermedad muy grave. El ex boxeador encuentra en el muchacho un apoyo incondicional y la bonita amistad que se desarrolla entre los dos será la clave para que ambos salgan victoriosos de sus respectivos combates.

Este es el argumento de Creed (La leyenda de Rocky), el spin-off/secuela/reboot/legacyquel de Rocky, en la que el actor en boga Michael B. Jordan recoge el testigo de Sylvester Stallone para revitalizar y rejuvenecer la saga, que ya contaba con seis entregas anteriores (parece mentira, pero la última, Rocky Balboa, tiene ya diez años). El director Ryan Coogler ha elaborado con Creed lo que llaman un “crowdpleaser“, es decir, un film diseñado minuciosamente para agradar al público, ávido de experimentar el placer del regreso a un lugar conocido. Porque Creed es una película hecha para fans de Rocky, y también para incondicionales del género de boxeo. No falta ninguno de los ingredientes básicos de este tipo de cine, y de esta saga en concreto: los leitmotivs de superación personal y familia, la historia de amor (aquí con la prometedora Tessa Thompson interpretando a una estrella de pop en ciernes creada muy evidentemente a imagen y semejanza de FKA Twigs), los montajes de entrenamiento a ritmo de rock clásico (tema central de Rocky incluido), el indispensable componente de melodrama, y el impresionante combate final.

Creed Sylvester Stallone

Creed está repleta de guiños y referencias a la continuidad y la mitología de Rocky, pero su historia es nueva, y consigue no ser fagocitada por la necesidad de conectar todo con el pasado. Es decir, que la película encuentra el equilibro entre el homenaje y la renovación, haciendo que sea fácil de seguir para los que no han visto una Rocken su vida, pero a la vez constituyendo una experiencia nostálgica satisfactoria para los seguidores de la saga. Claro que, si obviamos el factor personal, lo que nos queda es una película de boxeo de manual, una cinta deportiva que sigue los dictados del género al pie de la letra y recurre a todos sus tópicos con la voluntad de llevar a cabo un trabajo clásico, y por tanto, infalible. Efectivamente, Creed no arriesga, y su relato descansa en demasiados lugares comunes, pero esto es una película de boxeo, una película de Rocky, y eso es justo lo que se espera de ella.

Jordan y Stallone son los encargados de que el film no se pierda en estos tópicos. El primero destaca gracias a una entrega absoluta a la historia de Creed y a una presencia física imponente que, sin embargo, no eclipsa su trabajo dramático, y el segundo se siente más cómodo que nunca en su personaje. Stallone está simpático y entrañable (aunque no de Oscar, todo hay que decirlo) y representa el atinado uso de la comedia en la película. Pero si ha nacido una estrella gracias a Creed ese es Ryan Coogler, responsable de que la película desprenda una enorme fuerza y fisicalidad, gracias a su excelente trabajo de dirección en secuencias brutales como el combate final, que por momentos parece estar ocurriendo en tres dimensiones. Su impetuosa e inteligente manera de mover la cámara nos indica que Black Panther de Marvel está en buenas manos.

Valoración: ★★★½

Crítica: El hijo de Saúl

El hijo de Saúl

Texto escrito por David Lastra

Tras el estreno de la Palma de Oro (este año ha sido la decepcionante Dheepan), he aquí la otra gran cita del cinéfilo de pro: la (futurible) ganadora del premio de la Academia a la película de habla no inglesa. En esta temporada fílmica, esa no es otra que El hijo de Saúl. La ópera prima del realizador húngaro László Nemes ha arrasado en la categoría de película extranjera tanto en los premios de la crítica como en los Globos de Oro. Esta situación dista de la dualidad más o menos equilibrada durante el año pasado entre Ida Leviatán, asemejándose más a la acontecida hace un par de ejercicios con la imparable La gran belleza, cinta de Paolo Sorrentino que terminó haciéndose con el máximo galardón cinematográfico. Si nos atenemos a esta orgía de galardones de la crítica, podemos afirmar sin miedo alguno que el nombre de Saul fia (título original del film) ya está colocado en la base de la estatuilla de este año. Pero, ¿es merecedora El hijo de Sául del aplauso unánime de la crítica y del aluvión de premios? ¿Es mejor que la ninguneada El club? ¿Qué pensábamos al mandar Loreak?  He aquí nuestro veredicto sobre la sensación de la temporada.

Sin introducción alguna posible, nos vemos inmersos en el día a día de un campo de concentración. No hay tiempo para aclimatarnos a esa nueva situación, ni mucho menos una charla de bienvenida o un discurso motivacional para calentar el ambiente. Con un endiablado ritmo, comprobamos el absurdo de la cotidianeidad del comando de la unidad de trabajo de la que forma parte Saúl: acondicimionamiento de las duchas, recepción de los recién llegados y acompañamiento de los mismos a las duchas, pillaje de relojes y cadenas, retirada de cadáveres desnudos y limpieza de las duchas… y vuelta a empezar. Un bucle sin fin que no deja espacio para las dudas existenciales. Cuando la condición humana se suprime, la bestia camina y piensa solo en la supervivencia. Son los estertores del dragón nazi. El exterminio debe ser absoluto y rápido, no sólo por su antisemitismo, sino para no dejar prueba alguna sobre la barbarie llevada a cabo.

Con estos ingredientes, El hijo de Saúl podría considerarse como el enésimo acercamiento al holocausto, otra pequeña historia, pero Nemes quería darnos algo más. Además de un buen guión (firmado por el propio director junto a Clara Royer) y una impecable (de sucia) factura de producción, el realizador húngaro compone una sinfonía extrema de fueras de campo y primeros planos (no necesariamente de rostros, las nucas abundan) mediante cámara en mano que nos coloca en el medio de la acción, creando una especie de experiencia 3D, que provoca no solo la angustia afín propia al estar recluído en un campo de concentración, sino la asfixia propia del protagonista al no saber cómo actuar ante situaciones extremas. En esas ocasiones, la cara de pánico de Saúl (notable interpretación del cuasi debutante Géza Röhrig) es la nuestra al visionar el film. Con tanto movimiento y desesperanza, Nemes triunfa al hastiar y enfermar al espectador, pero flojea durante el tramo final, al intentar culminar la historia con una situación demasiado hollywoodiense, abocando en demasía a los sentimientos del espectador. Una solución no muy acertada y poco coherente con lo visto hasta ese momento.

Además de ser un drama intimista pseudoexperimental de guerra, El hijo de Saúl cuenta con un elemento de género. Una sorpresa que viene introducida ya en el título del film. Hemos hablado de Saúl, nuestro protagonista, pero todavía no hemos hablado del hijo del mismo. ¿Quién es el hijo de Saúl? El hijo de Saúl es un chaval cualquiera que llega al campo de concentración y del que Saúl se encapricha. Un acto para nada enfermizo, es puro amor paterno-filial. El problema es que el chico es purgado y la historia no llega ni a empezar. Ante esa situación, Saúl secuestra el cadáver y comienza a tratarle como su vástago. Saúl se aferra a un cuerpo inerte para sentir el calor (frío) de su hijo desaparecido y decide hacer todo lo que haga falta para enterrarle según el rito religioso, siendo este el motor principal del film (aunque desaparezca en buena parte de la parte central del film). Lo que podría verse como un acto simbólico y ejemplar, de honra a su hijo, no es sino otra muestra de lo extrema que es la situación en el campo: no solo el cadáver no es su hijo, sino que ni siquiera está  seguro de tener un descendiente. El tiempo en el campo de concentración lo destruye todo, especialmente la memoria como construcción de la identidad. Esa es el arma más peligrosa de todo régimen totalitario.

El hijo de Saúl es una fábula moral sin apenas concesiones ambientada en un enclave amoral situado bajo uno de los regímenes más inmorales jamás sufridos… y sí, es la mejor de las películas seleccionadas para los Oscars de esta edición, por lo que el galardón será justo.

Valoración: ★★★½

Crítica: La juventud (Youth)

Michael Caine Juventud

Después de dejarnos a (casi) todos boquiabiertos en su recorrido nocturno por las calles de Roma y las terrazas de la alta sociedad de La gran belleza, Paolo Sorrentino se retira a meditar (en voz alta) a la montaña con La juventud. Pero que no nos engañe el radical cambio de escenario, el director italiano recurre de nuevo a las mismas herramientas narrativas y estéticas con las que llevó a cabo aquella felliniana ópera cinemática. Voluptuosidad, afectación, pathos y la búsqueda constante e insistente de la catarsis en cada plano. Por momentos, parece que Sorrentino está haciendo la misma película otra vez, y hasta cierto punto, es así.

La juventud se centra en dos artistas en el crepúsculo de sus carreras, Mick Boyle (Harvey Keitel), un director de cine obsesionado con dejar su testamento cinematográfico a las siguientes generaciones, y Fred Ballinger (Michael Caine), un famoso compositor de música clásica que siempre ha vivido condicionado por su trabajo más sencillo y accesible, “Simple Songs“. Durante un retiro espiritual en un lujoso hotel-balneario alpino que ejerce como limbo para ellos, estos dos amigos y compañeros de viaje se encuentran fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras, así como espectros de belleza siliconada y grotesca (la hija de Mick, interpretada por una gloriosa Rachel Weisz, un pequeño aprendiz de violinista, la supuesta mujer más guapa del mundo e incluso Maradona), con las que Sorrentino elabora una apasionada y a menudo cómica reflexión sobre el arte y paso del tiempo en la que la juventud y la senectud comparten piscina aclimatada.

LA JUVENTUD PÓSTERNo hay duda de que La juventud es una obra visualmente pletórica. Sus elegantes imágenes vuelven a evocar al cine de Fellini, con secuencias de espíritu bucólico y pasajes de trance onírico (atención al increíble sueño “húmedo” de Ballinger), contrarrestadas por el exceso de la carne, cebada, operada o arrugada, y la estética TeleCinco (la italiana). Sin embargo, la película transcurre como una acumulación caprichosa de secuencias de las que es difícil sacar demasiado en claro, a pesar de que sus transparentes diálogos no dejen duda sobre lo que se está hablando en todo momento (el tiempo, el legado, los hijos). En esta ocasión, Sorrentino no es capaz de dotar al film de una coherencia global dentro del caos, y se pierde en su obsesión por descargar frases lapidarias en cada escena. Esta pomposidad y autoindulgencia hacen que lo que parece confeccionado tan evidentemente como revelación o epifanía para el espectador caiga en saco roto y la película quede en mero ejercicio de estilo.

Afortunadamente, los actores añaden parte del peso que falta en los diálogos, dejándonos interpretaciones memorables (no hablaremos de desperdicio, pero habría sido ideal verlas al servicio de una obra mejor). Weisz está perfecta (y preciosa) tanto en su vulnerabilidad neurótica y como en su hermosa calma, Paul Dano encaja en su papel como anillo al dedo, y Keitel y Caine están sencillamente sensacionales, sobre todo el primero. Por último, hay que destacar la participación de Jane Fonda en dos escenas que, a pesar de su brevedad, hacen temblar los cimientos del film (su personaje, la estrella de cine Brenda Morel, nos regala las frases más inspiradas, “El futuro es la televisión. Y el presente” -no en vano, el siguiente proyecto de Sorrentino es una miniserie para HBO).

Este desfile orquestal de personajes atormentados por sus obras pasadas resulta en grandes trabajos dramáticos y el escenario que los envuelve es sin duda exquisito. Pero después de La gran belleza, Sorrentino se repite, y esta vez le falta garra, necesita más fondo, y le sobra presunción. Es decir, como la canción de la película, “Simple Song #3”, promete más de lo que da.

Valoración: ★★★

Crítica: La chica danesa

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Lili Elbe nació en Dinamarca en 1882. Identificada como varón, recibió el nombre de Einar Mogens Wegener, con el que tuvo que vivir gran parte de su vida, dedicada con éxito a la pintura y la ilustración. Antes de adoptar su nueva identidad, Einar conoció a Gerda Wegener en la Escuela de Arte de Copenhague, y se casó con ella en 1904. Einar desarrolló su gusto por la ropa femenina al posar para Gerda reemplazando a una modelo ausente. A partir de ahí, Gerda ganó notoriedad en los círculos artísticos por los retratos de una bella figura femenina que no era otra que Lili, que comenzaba a vestirse de mujer asiduamente, se paseaba por las calles sin que la gente supiera que era una persona transgénero e incluso aparecía en sociedad como la prima de su esposa. Con Gerda siempre a su lado apoyándola en su transición, Einar fue desapareciendo gradualmente para dar lugar a Lili, la mujer que siempre había vivido dentro.

La historia de Lili Elbe resuena con fuerza en nuestros días, en los que la lucha por los derechos de las personas LGTBQ se encuentra en uno de sus momentos más decisivos, en general, y particularmente en lo que se refiere a la comunidad transgénero. Elbe fue una pionera en la cirugía de cambio de sexo, al ser la primera persona conocida que se sometió a una operación de reasignación genital, en 1930. Tom Hooper, el director de El discurso del rey Los miserables, es el encargado de contarnos esa historia y otorgarle la universalidad e inmortalidad que proporciona el cine, con La chica danesa, inspirada en la novela homónima de David Ebershoff, que a su vez relata libremente la vida de Lili. La chica danesa es una cinta biográfica de corte clásico que sin embargo aborda con osadía (me sorprende que la mayoría de la crítica opine lo contrario), respeto y suma delicadeza un tema que aun a día de hoy puede resultar incómodo o polémico para el gran público, un film que se desnuda por completo, exponiéndose tanto a los que comparten su causa como a los que no la entienden o se burlan de ella. Y es que la ocasión lo merece, si una sola de esas mentes cerradas consigue abrirse entre las risas de otros gracias a esta película, ya habrá servido para algo.

La chica danesa pósterDespués de lograr (merecidamente) el Oscar por interpretar a Stephen Hawking en La teoría del todo, Eddie Redmayne vuelve a llevar a cabo una impresionante transformación física y emocional para convertirse en Lili Elbe. El actor británico realiza un trabajo absolutamente conmovedor, un recital lírico de gestos y matices con una finura quebradiza en consonancia con el resto de la película (atención a la sobrecogedora escena en la cabina del “peep show”). Pero no sería lo mismo de no ser por Alicia Vikander haciendo de contrapunto, de la misma manera que Felicity Jones ejercía de sufrida partenaire en La teoría del todo. Si La chica danesa trasciende el mero biopic -evidentemente confeccionado para los Oscar- es sobre todo por la labor interpretativa de estos dos portentos escénicos, tan jóvenes y tan llenos de vida, que nos regalan los más hermosos primeros planos, imágenes ahogadas en lágrimas de una fuerza dramática arrebatadora. Gracias a ellos, La chica danesa constituye una experiencia profundamente íntima y reveladora, algo similar a ser observado en tu momento más desnudo y vulnerable, y salir reforzado de ello.

Pero no debemos pasar por alto la labor de Hooper, que ha convertido una historia introspectiva y furtiva en una obra llena de luz, que se debe mirar y admirar (y escuchar, porque el omnipresente Alexandre Desplat vuelve a firmar una partitura digna de mención). A esos poderosos primeros planos a los que me refería se añade una composición y puesta en escena exquisita, con la que el director encuadra a sus personajes en lo que sin duda son pinturas fílmicas. En interiores, cuadros llenos de capas y profundidad gracias a la meticulosa disposición de los personajes, el aire a su alrededor y el juego de marcos de puertas que se establece junto a ellos, y en exteriores, pasteles de aspecto brumoso con los que Hooper nos presenta un idílico paisaje europeo de los años 20, en contraste con el tumulto interior de sus protagonistas. Así, el emocionante viaje y la historia de amor incondicional de Lili y Gerda dan lugar a una película abiertamente preciosista que no se queda en la superficie del lienzo, una obra frágil, transformadora y, por encima de todo, necesaria.

Valoración: ★★★★

Crítica: Los Odiosos Ocho

THE HATEFUL EIGHT

Hay pocos directores de cine tan seguros de sí mismos y con el control de su estilo y sus universos de ficción como Quentin Tarantino. Lo ha demostrado una y otra vez, elevando el pastiche y el homenaje (o imitación) a un arte cinematográfico que pocos dominan. Tarantino no se sale de su zona de confort, porque ahí dentro es un maestro. Por eso con su octava película, Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight), va sobre seguro. Un reparto de actores fetiche para el realizador de Tennessee, diálogos marca de la casa, violencia pasada de rosca, reverencia a uno de sus géneros predilectos, el western (rodado además en nostálgico 70mm), y ese sentido del humor tan particular. Nada de esto falla en Los Odiosos Ocho, sin duda un “lugar feliz” para los incondicionales del director, en el que la novedad más destacable es que el título de la película está formado por tres palabras, en lugar de dos.

Los Odiosos Ocho nos traslada a la época inmediatamente posterior a la Guerra de Secesión en Estados Unidos, al mundo de la Frontera, con sus “Se Busca Vivo o Muerto”, sus forajidos y sus diligencias. Con una variación: estamos ante un western nevado de interiores con espíritu de obra de teatro. El paisaje invernal de Wyoming es el escenario donde se sitúa la acción, concretamente dentro de la Mercería de Minnie, una parada para diligencias en un puerto de montaña, durante un feroz temporal de nieve. Uno de esos coches de caballos arriba en la Mercería llevando cuatro pasajeros, que son recibidos por cuatro hombres. Cuatro y cuatro, ocho (más algún acoplado que no sabe dónde se ha metido). Como siempre, Tarantino cuida al máximo la caracterización y las historias de sus personajes, con el objetivo de convertirlos en iconos desde el primer minuto. Y estos ocho personajes (unos más que otros) son decididamente memorables.

El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) lleva a su fugitiva, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), al pueblo de Red Rock, donde Ruth, más conocido como “el Verdugo”, debe llevar a la delincuente a la justicia. Por el camino se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), otro cazarrecompensas antiguo soldado negro de la Unión, y el nuevo sheriff de Red Rock, Chris Mannix (Walton Goggins), sureño con pocas luces que se dirige al mismo lugar para ocupar su nuevo puesto. En la Mercería, estos cuatro sospechosos personajes conocen a Bob (Demian Bichir), mexicano a cargo del local mientras Minnie se encuentra ausente, el sofisticado británico Oswaldo Mobray (Tim Roth), el vaquero de voz rasgada y pocas palabras Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Stanford Smithers (Bruce Dern).

Hateful EightComo si de un “episodio botella” de una serie se tratase, Los Odiosos Ocho transcurre casi íntegramente en el mismo lugar, impulsada por una dialéctica constante entre estos ocho personajes, en la que se van destapando heridas abiertas y el pasado se va apoderando del relato, hasta que lo conquista. Los diálogos tarantinianos son lo que mueve la acción durante una primera hora y media que, no obstante, puede resultar algo pesada, en la que el director no consigue brillar en su escritura como de costumbre. En esta ocasión, las casi tres horas de metraje que dura la película no están justificadas, y lo que se cuenta en la primera sección del film podría haberse reducido a la mitad sin problemas. Pero ya sabemos cómo es Tarantino. My way or the highway. Su cine suele funcionar de esta manera, se va calentando a fuego lento, a su ritmo (por capítulos), sin prisa, y va yendo a más, para culminar en un acto final en el que la sangre llega al río, y lo desbordaLos Odiosos Ocho no es una excepción. Como dice un personaje durante la película, “El nombre del juego es ‘paciencia'”. Efectivamente, si uno escucha atentamente y aguanta con calma la primera parte, le aguarda una gran recompensa en la segunda. Una última hora divertidísima, en la que el humor estalla después de ir a medio fuelle casi todo el tiempo, y donde el juego de misterio que es su historia nos reserva un par de giros y triquiñuelas narrativas que ponen el resto de la película en perspectiva.

Aun con todo, a ratos da la sensación de que el director se mueve por inercia, confiando demasiado en que bastará con desplegar los mismos trucos de siempre, porque tiene a su público en el bolsillo. Por eso en esta película son los demás los que se llevan verdaderamente el gato al agua. Concretamente el legendario Ennio Morricone, que firma una banda sonora que se eleva por encima de la cinta (la música durante los créditos iniciales pone los vellos de punta), el director de fotografía, Robert Richardson (que hace maravillas tanto en interiores como cuando se nos deja ver el impresionante paisaje nevado que sitia a los personajes), y por supuesto el reparto, consistentemente excelente (a excepción quizá de Tim Roth, en un papel sin duda escrito para Christoph Waltz, en el que el británico imita… a Christoph Waltz, y Channing Tatum, que menos mal que sale poco, porque no consigue hacerse con el tono de su personaje). Russell está especialmente inspirado, y si Leigh se ha llevado muchos laureles por su (sobre)interpretación demente y desquiciada, quien está en estado de gracia es Samuel L. Jackson, que merece una nueva nominación al Oscar ya solo por su sádico flashback narrado, uno de los momentos que más serán recordados de la película.

 Los Odiosos Ocho no es el mejor Tarantino, pero es puro Tarantino, lo que debería ser bastante.

Valoración: ★★★½

Crítica: 45 años

Charlotte Rampling 45 años

Andrew Haigh nos relató una historia de amor plena a lo largo de un fin de semana en la aclamada Weekend, donde lo efímero se volvía trascendental y el presente era el único futuro que existía. En su nueva película, el director británico vuelve a contener un relato digno de varias décadas, esta vez literalmente, en un corto periodo de tiempo. 45 años en una semana. Cuarenta y cinco años de historia, de amor y convivencia, puestos en la cuerda floja por un pasado escondido en la buhardilla.

Kate y Geoff Mercer están inmersos en los preparativos para celebrar su 45º aniversario de boda. Sus amigos se preguntan por qué conmemorar ese número, y ellos lo explican: una enfermedad les impidió celebrar los 40, y no quieren esperar hasta los 50. La convivencia del matrimonio es apacible y el cariño prevalece después de todos estos años, pero es como si supieran que una nube se ha posado sobre su casa y podría estallar en tormenta en cualquier momento. Todo cambia cuando Geoff recibe una carta en la que se le comunica que han descubierto el cuerpo de su primer amor congelado en un glaciar de los Alpes suizos.

Entonces Geoff se encierra en sí mismo, en la melancolía y la tristeza del “y si…”, rememorando a la que iba a ser la mujer de su vida, sin reparar demasiado en la mujer que (en teoría) acabó 45 añossiéndolo. Kate continúa con los preparativos de la fiesta mientras observa cómo su marido se va distanciando de ella, cómo se escabulle en mitad de la noche para visitar ese pasado truncado que lleva oculto en el desván esos 45 años sin que ella lo supiera. Los celos se empiezan a apoderar de ella, celos de una mujer que murió hace más de cuatro décadas, pero que Geoff había mantenido con vida a espaldas de su esposa. La fiesta sigue adelante, pero Kate ya no sabe si hay algo que celebrar.

Escrita por el propio Haigh basándose en un relato de David Constantine titulado In Another Country45 años es uno de esos dramas de intensidad contenida que afectan profundamente casi sin que uno se dé cuenta. Una película que araña la piel lenta y suavemente, dejando una herida abierta de la que uno empieza a ser consciente cuando todo ha acabado. Haigh evita la afectación y opta por una calma tensa que domina todo el film, permitiendo que el profundo dramatismo de la historia se desenvuelva en los pequeños detalles, los silencios y las miradas. Esto es posible gracias al portentoso trabajo de Tom Courtenay y, especialmente, Charlotte Rampling, que ofrece un conmovedor recital interpretativo en el que transmite con maestría la profunda vulnerabilidad, desconfianza y soledad de su personaje. Será difícil olvidar la sobrecogedora mirada final de la actriz, un plano que lo dice todo y se queda con nosotros mucho tiempo después de que la película haya terminado.

La sutilidad narrativa con la que el director indaga en las relaciones longevas y nos cuenta cómo esos 45 años se derrumban sobre Kate y Geoff es digna de elogio, un trabajo reflexivo de suma elegancia con el que Haigh se confirma como uno de los cineastas británicos más destacados de la actualidad.

Valoración: ★★★★

Crítica: Star Wars – El Despertar de la Fuerza

Star Wars: The Force Awakens

La adquisición de Star Wars por parte de Disney en 2012 fue recibida con recelo por gran parte del público, que temió que la compañía exprimiese demasiado la gallina de los huevos de oro (como si no se llevara haciendo desde hace décadas) y la saga galáctica se acabase desvirtuando. Entre quejas, miedos y especulaciones, no se reparó demasiado en lo más importante de esta muchimillonaria transacción: el hecho de que alguien por fin le quitaba Star Wars de las manos a George Lucas. La persona que creó este venerado universo de ficción fue la misma que escupió sobre él con una infame trilogía de precuelas que, tal vez salvando la tercera entrega, resultaron ser un engendro nacido de la fiebre digital que Lucas atravesó durante el cambio de siglo. Con la tercera trilogía que da comienzo en 2015, Disney sabía exactamente qué no tenía que hacer para evitar repetir el fiasco de la anterior. Y lo primero era alejar a Lucas lo máximo posible de las nuevas películas. Así, la labor de dirigir el Episodio VII recaía en J.J. Abrams, discípulo aventajado de Spielberg que ya había demostrado su pericia a la hora de casar lo nuevo con lo antiguo en otra saga de las estrellas, Star Trek.

Star Wars: El Despertar de la Fuerza tenía ante sí una tarea muy fácil, superar a las precuelas de Lucas, y una algo más difícil, recuperar el espíritu de la saga original. ¿Y cuál es el veredicto? Más allá de la indescriptible sensación que provoca volver a ver en el cine esos rótulos iniciales (sin alterar) acompañados de la fanfarria inmortal compuesta por John Williams, no hay más que ver los primeros diez minutos de la película para comprobar que Abrams lo ha conseguido. El director ha logrado devolver el brillo (polvoriento) a la franquicia con una película de estructura y aspecto visual similar a Una nueva esperanza. Dejando atrás los escenarios íntegramente digitales de las precuelas, que parecían salidos de una aventura gráfica de los 90, y esos actores que olvidaban actuar desorientados y perdidos en interminables cromas, Abrams vuelve a hacer que los personajes de Star Wars pongan los pies en la tierra y se ensucien, asegurándose de que el espectador sienta que están ahí de verdad, que pueden ver y tocar todo lo que hay a su alrededor. Huelga decir que los efectos digitales ocupan un lugar muy importante en El Despertar de la Fuerza, pero afortunadamente no se abusa de ellos hasta eclipsar todo lo demás, sino que están al servicio de la historia, como debe ser (de hecho, hay más retoque digital en el rostro de Carrie Fisher para quitarle kilos y arrugas que en el resto de la película, pero eso es otro tema que dejaremos para otra ocasión).

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El guion de El Despertar de la Fuerza está escrito por Abrams y Michael Arndt (Toy Story 3, Los Juegos del Hambre: En llamas) junto a Lawrence Kasdan, guionista de El imperio contraataca El retorno del Jedi, un dato que habla por sí solo. La intención era escribir una continuación directa que aunara la aventura espacial clásica con la sensibilidad del mejor blockbuster actual, y en este sentido, El Despertar de la Fuerza es un triunfo, una película en la que todo es exactamente como debía ser. Desde el reparto, con un acertado casting de talentos jóvenes recogiendo el testigo de los veteranos de la saga, hasta la partitura de Williams, que ha rodeado las piezas más icónicas de Star Wars con nuevas composiciones que esta vez sí parecen nuevas y no un refrito de otros de sus scores, pasando por supuesto por los apartados de diseño de producción, vestuario y criaturas. Todo desprende un aroma inconfundible a La guerra de las galaxias, incluso a la magia artesanal de las creaciones de Jim Henson. Se nos traslada de nuevo a esos desiertos castigados por los soles del Episodio IV, a los pasillos y el mítico puente de mando del Halcón Milenario, a las cantinas abarrotadas de bichos de todas las especies y colores (para nuestro gozo, con mayor presencia de animatronics y menos extras realizados por ordenador, como se nos prometió). Todo esto hace que la película sea puro asombro, nostalgia y emoción, un espectáculo desbordante calibrado al detalle con la finalidad de contentar a los fans, que entrarán en éxtasis con las referencias a los Episodios IV-VI, sin por ello descuidar a los espectadores casuales en busca de evasión.

Para trazar ese puente entre generaciones (aunque Star Wars no necesita ser “traducida” para los nuevos públicos, porque no ha dejado de formar parte del imaginario colectivo), El Despertar de la Fuerza se centra principalmente en los nuevos héroes de la saga, Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega), y en menor medida Poe Dameron (Oscar Isaac), además del villano Kylo Ren (Adam Driver) y por supuesto el adorable droide esférico BB-8. Por edades y perfiles, el nuevo reparto de protagonistas es análogo al original, con personajes que no son recortes planos sin emociones e intérpretes infinitamente mejores que los de las precuelas (solo chirría Domhnall Gleeson como dictador intergaláctico). Ridley y Boyega se convierten en el alma de la película, aportando una gran carga de energía y un sentido del humor excelente, Isaac tiene una presencia muy carismática, con un deje canalla a lo Han Solo, y Driver clava a un villano joven y confuso que existe demasiado a la sombra de Darth Vader. Por otro lado nos reencontramos con viejos amigos, como la mencionada LeiaC-3PO y R2-D2 en papeles más bien testimoniales, o Luke Skywalker, cuya trama  vertebra el film. Pero aquí el que se lleva de nuevo el gato al agua es Harrison Ford, que decidió que esta vez se lo iba a pasar genial haciendo la película, y salta a la vista. Rey y Finn aguantan muy bien el peso de la historia (sobre todo ella, la verdadera protagonista), pero cuando aparecen Han Solo y Chewbacca es cuando la fuerza despierta de verdad.

Leia Han Solo

La película no está exenta de problemas, principalmente en lo que respecta al ritmo, que se resiente al entrar en el tercer acto (en el fondo esto es un nuevo primer capítulo y se nota). Pero aun así, y exceptuando quizá alguna sorpresa arriesgada que cuesta saber cómo tomársela, El Despertar de la Fuerza cumple holgadamente las (desorbitadas) expectativas, llevando a cabo una perfecta síntesis de lo clásico y lo nuevo con la que se consigue algo singular: rejuvenecer y modernizar la saga apoyándose fuertemente en la trilogía original. Se trata de una película hecha con tanto mimo por su mitología como buen ojo mercantil, una superproducción ante todo divertida, en la que la comedia destaca tanto como la acción, y la historia y los personajes no son fagocitados por la pirotecnia. En definitiva, Abrams ha orquestado con éxito la película-evento que esperábamos ver, haciendo así que Star Wars recupere la vida que perdió hace quince años y dejándonos con ganas de más. “Chewie, estamos en casa”. Ahora sí.

Valoración: ★★★★

Crítica: El puente de los espías

BRIDGE OF SPIES

Tres años después de su anterior película, Lincoln, Steven Spielberg regresa a la silla del director para hacer lo que mejor se le da (con permiso de la aventura y la ciencia ficción), un nuevo drama histórico basado en hechos realesEl puente de los espías (Bridge of Spies) narra la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn especializado en la reclamación de seguros que se vio inmerso en la Guerra Fría cuando la CIA le encargó la misión de negociar con la Unión Soviética la liberación de Francis Gary Powers (Austin Stowell), piloto estadounidense cuyo U-2 fue derribado en territorio enemigo. Después de ganarse la antipatía del público americano al defender a un espía ruso amparándose en el ideal americano de que incluso los enemigos de la nación deben ser tratados con igualdad y justicia, Donovan accede a actuar como intermediario privado en la negociación, una peligrosa operación en Berlín que los gobiernos implicados no pueden llevar a cabo abiertamente.

El puente de los espías no solo nos devuelve al Spielberg más clásico, sino que también es cine clásico en estado puro. Poseído por el espíritu de Frank Capra, el director echa la vista atrás hacia el Hollywood dorado para confeccionar una obra del pasado. No en vano, en una escena de la película podemos ver la marquesina de un cine berlinés que está proyectando la comedia de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), en la que James Cagney interpreta a un ejecutivo norteamericano, que, al igual que Donovan, debe cruzar al Berlín del Este para negociar con oficiales soviéticos la liberación de un preso político. Un guiño con el que Spielberg confirma su intenciones y hace una reverencia a los grandes cineastas que han influido en su carrera.

El puente de los espíasLo cierto es que este es el terreno en el que Spielberg se muestra más cómodo. Como cada vez que retrata una etapa histórica importante, el director opta por hacerlo desde un punto de vista optimista, idealista, incluso inocente. Spielberg sigue evitando todo atisbo de cinismo y crueldad en su cine, incluso cuando los hechos que narra son atroces por naturaleza. En El puente de los espías se reitera en su convicción de que el ser humano es capaz de hacer el bien por encima del mal y reivindica la solidaridad y la igualdad de oportunidades con una serie de mensajes que resuenan con especial fuerza en nuestros días: Debemos tratar a los que pisan nuestro suelo de la misma forma que esperamos que los demás traten a los nuestros en suelo ajeno y, por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En este sentido, Donovan ejerce como embajador de los derechos civiles y defensor de los ideales humanos, alzándose como el héroe spielbergiano por excelencia, un hombre de férreas convicciones morales, profundamente honrado, íntegro y bienhechor, que evoca al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor y en el que Spielberg condensa esa esperanza que aun no ha perdido. Es un sentimiento que puede resultar excesivamente naíf a nuestros ojos adulterados, pero que no viene nada mal promulgar, especialmente en estos momentos.

Sin embargo, para hacer llegar este mensaje de justicia y equidad, a Spielberg se le acaba yendo la mano con el etnocentrismo. El puente de los espías promueve los principios adecuados, pero lo hace desde la superioridad moral estadounidense: “Demostrémosles cómo somos”. ¿Y cómo son los americanos? Según Spielberg, simplemente mejores. Esto frena en cierto modo la fuerza del mensaje apaciguador y franternal que envuelve la película, y ahoga el discurso con patriotismo y almíbar, especialmente durante el desenlace, en el que Spielberg encadena varios falsos finales, a cada cual más cursi. Si somos capaces de obviar estas irregularidades (al fin y al cabo, a Spielberg lo conocemos de sobra), El puente de los espías es un thriller de espionaje ejemplar, una película inteligente y academicista con grandes actuaciones (Hanks está sublime tanto en las escenas dramáticas como haciendo comedia, y Mark Rylance ofrece una de las interpretaciones contenidas del año), una fotografía preciosa y un montaje espectacular (Spielberg sigue siendo el amo de las transiciones). Lo que se espera del Rey Midas, ni más ni menos. Quedémonos con esto, y abracémonos al mensaje que subyace bajo las capas de edulcorante. Merece la pena.

Valoración: ★★★½

Crítica: Sicario

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Incendies puso a Denis Villeneuve en el mapa. Prisioneros Enemy lo confirmaron como uno de los nombres más a tener en cuenta del actual panorama cinematográfico internacional. Con estas tres películas, el realizador quebequés ha demostrado un pulso muy particular a la hora de hacer cine, haciendo gala de un robusto estilo personal con el que industria, crítica y público no han tenido más remedio que fijarse en él. Tanto es así que, cuando se anunció que sería el encargado de dirigir la secuela tardía de Blade Runner, muchos empezamos a tener esperanza en el temido proyecto de Ridley Scott. Pero antes de seguir contando la historia de Rick Deckard (o eso esperamos), Villeneuve se afianza en Hollywood con el narco-thriller Sicario, una de las cintas que suenan con más fuerza para la próxima temporada de premios. Y con razón.

La película nos pone en la piel de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, Matt Graver (Josh Brolin), para que ayude en la guerra contra las drogas en la zona fronteriza sin ley entre Estados Unidos y México. Kate acepta el puesto sin apenas información sobre la misión clandestina que Graver pretende llevar a cabo, como tampoco sobre el enigmático consultor mexicano que lidera el equipo, Alejandro (Benicio del Toro). Con un fuerte sentido de la justicia y el protocolo, hasta el punto de caer en el idealismo ingenuo, Kate se adentra en el oscuro y violento universo de los carteles de la droga de Ciudad Juárez para descubrir que existe una realidad que no funciona según las normas en las que cree.

cartel final SICARIOVilleneuve compone una descorazonadora reflexión sobre los múltiples rostros del crimen organizado y el mundo de las drogas que toma forma en un viaje cinematográfico intenso y pesadillesco. En Sicario no hay héroes y villanos, solo personas abandonadas en el área gris donde las fronteras que definen la legalidad y la moralidad se difuminan por completo y el horror forma parte de la rutina diaria. Emily Blunt personifica con absoluta maestría emocional y medida contención lo que supone poner un pie en esa zona conflictiva, compartiendo con nosotros su angustia y haciéndonos partícipes directos de sus dilemas internos -hasta que el personaje de Del Toro asume el punto de vista principal durante el desenlace, con el que Villeneuve cambia de registro para darnos un clímax algo más hollywoodiense. Pero a lo que íbamos, la actriz británica construye un interesantísimo personaje, una mujer en un mundo de hombres que el guion de Taylor Sheridan se afana en deconstruir, oponiéndola continuamente a los protagonistas masculinos (magníficamente interpretados por Brolin y Del Toro) y obligándola a poner en duda su percepción de la realidad en una lucha constante por sobrevivir. En definitiva, un soberbio estudio de personajes que permite a Blunt dar rienda suelta a su enorme talento.

El trío de ases que la actriz forma junto a Brolin y Del Toro es la mayor baza de Sicario, pero hay mucho más. La película es un trabajo afinado, profundo y lleno de matices en todos los departamentos (la atmosférica fotografía de Roger Deakins y la magistral banda sonora de Jóhann Johannsson, que merece un estudio aparte, deberían llevarse una buena tajada en los premios). Desde su impactante secuencia inicial, con la que Villeneuve establece sin reservas el tono opresivo del film, Sicario propone un descenso a los infiernos del que es difícil escapar, una experiencia agobiante, cruda y salpicada de brutales momentos de violencia (contenida y explícita) que se erige como una de las películas del año.

Valoración: ★★★★

Crítica: Marte (The Martian)

THE MARTIAN

¡El primo de Ridley Scott ha vuelto! El director de Blade RunnerAlien lleva varios años encadenando proyectos decepcionantes (los más recientes: la vapuleada Éxodus: Dioses y reyes, la infumable El consejero, y la película con más agujeros de guion de la última década, Prometheus). Es algo a lo que estamos acostumbrados, pero sabiendo que Scott es uno de los mejores en su oficio nos preguntábamos cuándo volvería a poner su innegable talento tras la cámara al servicio de una buena historia. La respuesta llega en 2015, o mejor dicho, en 2035, con la adaptación cinematográfica de la aclamada novela El marciano, de Andy Weir, “el mejor libro de ciencia ficción de los últimos años” según el Wall Street Journal y otro puñado de medios importantes. En España simplemente titulada Marte (El marciano, aunque parezca mentira, puede echar para atrás a muchos espectadores casuales), The Martian es una espectacular epopeya espacial que nos lleva al Planeta Rojo, un viaje que el cine ya nos ha propuesto en varias ocasiones, pero nunca con tanto realismo y emoción.

Adaptada por Drew Goddard (MonstruosoLa cabaña en el bosque), Marte es la historia del astronauta norteamericano Mark Watney (Matt Damon), uno de los miembros de la misión Ares III al cuarto planeta a la derecha. La expedición, dirigida por la comandante Melissa Lewis (Jessica Chastain) con una tripulación formada por un competente y ecléctico grupo de expertos (Sebastian Stan, Kate Mara, Aksel Hennie y Michael Peña), sufre un grave contratiempo cuando una brutal tormenta de arena obliga a los astronautas a abandonar antes de tiempo el planeta, dejando atrás a Watney, al que dan por muerto. Sin embargo, este ha sobrevivido y ahora se enfrenta solo al reto de subsistir allí con escasas provisiones (palabra clave: patata) mientras encuentra la manera de contactar con la Tierra para que lo rescaten. La determinación, inteligencia y habilidad de Whatney (conveniente y afortunadamente doctor en botánica) alargan su estancia en Marte, convirtiéndolo en el primer colono del Planeta Rojo, en el primer terrícola con “nacionalidad” marciana.

Marte asume el reto de abarcar un extenso periodo de tiempo en un metraje de casi dos horas y media, y logra que parezcan mucho menos gracias a un guion dinámico y un montaje excelente en el que se hace muy buen uso de la elipsis. El film intercala la aventura del Robinson Crusoe espacial con los tejemanejes de la NASA, desde donde el director de la Administración (Jeff Daniels clavando al demonio corporativo) y su equipo de especialistas y consejeros (Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig) trazan un plan de rescate que, como mandan los cánones del thriller espacial, se encuentra con el mayor número posible de obstáculos y peligros. Esta estructura narrativa que nos hace saltar de un planeta a otro continuamente beneficia al ritmo de la película (resulta muy curioso observar cómo desde la NASA van adivinando los pasos de Watney y cómo van trabajando paralelamente hacia el mismo objetivo). Goddard estructura con acierto la historia, enraizándola en el realismo científico, pero evitando que las explicaciones, los agujeros de guion y las licencias dramáticas acaben lastrando la película (como ocurrió para muchos con la reciente Interstellar). Debido a la naturaleza del relato, es inevitable que el film se alargue demasiado en varios tramos, pero por lo general, Marte mantiene en vilo de principio a fin.

THE MARTIAN

Es importante aclarar que no estamos ante una película revolucionaria o visionaria (cinematográficamente hablando). Su mayor ambición no es la de marcar un antes y un después en la ciencia ficción, su principal objetivo es el espectáculo, el entretenimiento para el gran público. Y lo cumple con creces. Marte no pretende romper moldes, es “solo” un impresionante blockbuster de acción, pero uno además inteligente, apasionante y divertido, algo que ya es más difícil de encontrar. Ni que decir tiene que el film es visualmente apabullante y tiene secuencias sobrecogedoras (el clímax es pura emoción y deja al borde del infarto, acercándose más a la experiencia inmersiva de Gravity). Pero es que además, Marte es una estupenda comedia, gracias sobre todo a Watney, que aporta la nota guasona en su vídeo-diario, deleitándonos con referencias geek (a Marvel principalmente, que para eso está Simon Kinberg en la producción) y una banda sonora a base de música disco de los 70 (cortesía del personaje de Chastain, ultrafan de ABBA) con la que la película se reafirma en su naturaleza cachonda.

Scott cuenta con un amplio reparto de estrellas de Hollywood y talentos consagrados y emergentes, y el guion de Goddard se encarga de caracterizarlos a todos y darles un rol que desempeñar (llaman la atención dos rostros televisivos como Donald Glover o Mackenzie Davis en papeles pequeños pero cruciales en la historia). Sin embargo, Damon es el absoluto protagonista de Marte y los demás personajes están supeditados a él y a su misión de rescate en todo momento. Por suerte, el actor construye a un personaje carismático, lleno de matices, muy potente físicamente, y con una trayectoria personal interesante: un toque pasivo-agresivo y antipático al principio, carácter resoluto pero algo volátil la mayor parte del tiempo, y ya en la recta final, Damon despliega todo un rango de emociones -desesperación, miedo, resignación, agotamiento- superando con nota la prueba interpretativa que Scott le plantea.

Marte aúna la frialdad técnica de Gravity y el sentimentalismo de Interstellar, pero mantiene a raya ambos aspectos para encontrar un buen equilibrio entre el rigor científico y el dramatismo. Es decir, apela a las emociones, pero no nos zarandea para conmover a la fuerza ni nos empalaga. La acción es sobresaliente, las charlas técnicas y políticas no se hacen pesadas (en ellas hay bastante sátira y algo de pitorreo), y el componente humano del relato está muy trabajado. En definitiva, Marte es una de las óperas espaciales más cautivadoras de los últimos años, una historia épica de superación, de compañerismo (y una pizca de colonialismo yanqui, claro) que nos devuelve a Ridley Scott en plena forma en el género donde más ha destacado. Esta es una de esas películas que se deben ver en una pantalla de cine (IMAX, 3D, todo lo que haga falta para amplificar la experiencia), o en su defecto, en una de esas súper televisiones que nos permitan sumergirnos en ella. La relativa proximidad en el tiempo de la historia (para 2035 no queda tanto) nos hace pensar que algún día seremos testigos del primer paso del hombre en Marte. Mientras no lo veamos en las noticias, dejemos que el cine nos haga soñar con que algún día lo haremos.

Valoración: ★★★★

Crítica: Amy. La chica detrás del nombre.

Amy La chica detrás del nombreTexto escrito por David Lastra

Buscar con Google: Amy Winehouse. Noticias, vídeos, imágenes, lo que sea. Cada mañana, un rato por la tarde y antes de irse a dormir, otra vez. Todos los días. Realmente no hacía falta llevar a rajatabla esa costumbre, ya que, quisieses o no, el muro de Facebook estaba plagado de actualizaciones de páginas, grupos o fans que compartían el cotilleo o la buena (o mala) nueva diaria de Amy. Durante todo un lustro, todo lo que ella hiciese o dejase de hacer era noticia. ¿Por qué? La calidad de su loable debut y su gigantesco segundo disco la hacían merecedora de toda esa atención, pero la gran mayoría estaba interesada en el cóctel de estupefacientes, trastornos y escándalos que se personificaba en la cantante. Esta situación, magnificada por el amarillismo de la prensa, junto a la mala baba y el gustico de regodearse en la mierda de los demás, provocó que poco a poco Amy se convirtiese (aún más) en carne de cañón. Todo terminó de explotar el 23 de julio de 2011, cuando Amy nos mandaba a todos a tomar por culo por última vez.

La búsqueda de culpables fue completa y absoluta: la primera, la propia Amy, culpable y víctima, que no mártir; Blake Fielder-Civil, el demonio de las drogas; el bocazas de su padre Mitch, más preocupado por la fama que de el bienestar de su hija; los tabloides británicos, dignos herederos de los paparazzi de La dolce vita;… Todos ellos lo son, pero igual de culpables eran las pijas que no paraban de cantar Rehab como si fuese la canción del verano. Amy solo quería cantar y pasar un buen rato, no ser famosa. Salvo cuando eso conllevaba conocer a Tony Bennett o hacerse virguerías aún más imposibles en el pelo. Ella no era un producto y al ser tratado como tal, se desmoronó.

Cuatro años escasos después de su fallecimiento, llega a las pantallas el documental Amy. La chica detrás del nombre, en el que losAmy la chica detrás del nombre creadores de Senna hacen lo mejor que saben hacer, lo mismo por lo que se llevaron un Oscar y por lo que rondarán este año el galardón: recopilar datos y montarlos de una manera más o menos resultona. Amy es una crónica detallada de la caída de una estrella que no quería serlo. La laboriosa compilación de imágenes de archivo debería ser impresionante, pero no lo es para nada, ya que la gran mayoría, por no decir todo, de lo que nos muestran, ya lo habíamos visto con anterioridad. El director Asif Kapadia parece no ser consciente de la importancia de Winehouse durante esos años y de la cobertura informativa de 24 horas que teníamos gracias a los medios y a las redes sociales sobre los quehaceres de la cantante. Es por ese conocimiento previo exhaustivo, que la fuerza de estos testimonios se diluye. Todo sigue siendo igual de terrible, pero no nos sorprende, si acaso vuelve a hacernos daño al recordar los malos momentos, de igual manera que volvemos a sentirnos orgullosos con su “resurrección” de cara a los medios con su interpretación de Love Is a Losing Game en la ceremonia del Mercury Prize.

El crimen se hace mayúsculo al adornarse estos hechos para nada novedosos con unos golpes de sonido y una música incidental más propios de un programa sensacionalista de la pequeña pantalla que de un documental serio. Eso, junto a una ausencia total de análisis real sobre el mito, hace posible la conclusión de que esta Amy debería haberse titulado más certeramente como Amy for Dummies, ya que no logra hacer justicia al único icono real de la música del siglo XXI.

Valoración: ★★½

Crítica: Del revés (Inside Out)

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A lo largo de casi dos décadas, Pixar ha sido uno de los valores más seguros del cine de Hollywood. El estudio de Emeryville encadenó éxitos de público y crítica durante años, demostrando que la animación familiar no era parcela exclusiva del público infantil y convirtiendo sus títulos ya no solo en éxitos del cine de dibujos, sino también en auténticos clásicos del cine. Pixar elevó la animación por ordenador a la categoría de arte y se ganó a pulso su reputación gracias a que detrás de sus apabullantes adelantos técnicos había un componente muy humano, genios apasionados que bullían con ideas originales y querían contar historias nunca vistas.

Pero como mandan las leyes de la física, todo lo que sube, en algún momento tiene que bajar. Tras el estreno de la descomunal Toy Story 3, la compañía ingresó en un periodo de receso creativo caracterizado por más secuelas (Cars 2Monsters University) y una película que no lograban el favor unánime del espectador, Brave. Con la intención de llevar a cabo una reestructuración interna y revisar sus próximos proyectos, Pixar se tomó un descanso de la taquilla en 2014 para regresar un año más tarde por todo lo alto, con una de sus propuestas más arriesgadas e innovadoras hasta la fecha, Del revés (Inside Out), la película que devuelve el estudio a la forma (concretamente la de la era experimental de WALL-E y Up) y nos confirma que siguen siendo capaces de hacer lo imposible.

La asombrosa idea de Inside Out surge de la experiencia como padre de su director, Pete Docter (Monstruos S.A., Up), que observaba cómo la alegre personalidad de su hija cambiaba drásticamente al cumplir los 11 años. Docter se preguntó qué podía estar ocurriendo en la cabeza de la niña para que ésta se comportase de forma tan diferente y mostrase una actitud tan volátil. Y esa es exactamente la premisa de Inside Out, imaginar lo que tiene lugar en la mente de una niña de 11 años, Riley Andersen, durante una etapa de cambio en su vida y su entorno familiar. Para ello, el equipo realizó un exhaustivo trabajo de documentación en psicología, del que obtuvo las cinco emociones que guiarían a Riley en su día a día: Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira.

INSIDE OUT

Más que Riley, estos cinco personajes son los protagonistas de una historia que transcurre principalmente en la cabeza de la niña, que ejerce más bien de escenario. En ella se erige un vibrante y colorista universo cuya arquitectura está diseñada con suma atención al detalle para reflejar todas las parcelas psicológicas de su mente y explicar de forma sorprendentemente esclarecedora el funcionamiento de los recuerdos, el subconsciente o los sueños. Desde la brillante secuencia de apertura (junto al montaje de Carl y Ellie en Up, de lo más prodigioso que hemos visto en Pixar), en la que conocemos a las cinco emociones y se nos explica todo lo que hay que saber sobre la cabeza de Riley, Inside Out no deja en ningún momento de arrojar ideas geniales al espectador, como pelotas saltarinas que rebotan contra todo. Esto da lugar a una película que, además de hacer gala de una inteligencia superdotada e hiperactiva y un ingenio inagotable, resulta endiabladamente divertida.

Lo más fascinante de Inside Out es cómo da forma concreta a las ideas más abstractas y explica de manera tan sencilla conceptos tan complejos como el “tren de pensamiento”, la memoria a largo plazo, el pensamiento simbólico, la nostalgia, incluso el misterio de esa canción que se te queda en la mente y reaparece cuando menos lo esperas. Manipular estas ideas y llevarlas a la pantalla en una película familiar supone una tarea muy complicada, de la que Pixar sale más que airosa, hallando la manera de dirigirse al niño y al adulto con el mismo respeto e inteligencia. Como en las mejores obras del estudio, Inside Out puede experimentarse a varios niveles gracias a un guion impecable que toca los botones del espectador (nunca mejor dicho) en los momentos adecuados, para provocar la risa o el llanto. A pesar del intrincado mecanismo narrativo de la película, los niños podrán seguir la trama sin problemas, mientras que los adultos apreciarán las capas más sutiles del relato, dedicadas exclusivamente a ellos (como el genial chiste de las cajas de “opinión” y “hecho”, la referencia LGBT a los osos de San Francisco o el hecho de que la líder dentro de la cabeza de la madre de Riley sea Tristeza). En resumen, Inside Out es la fórmula Pixar perfeccionada.

El film de Docter es una aventura clásica, una odisea de regreso a casa, y a la vez una comedia observacional que disecciona el comportamiento del ser humano y posee un indudable valor pedagógico (para todos). Como Toy Story 3Inside Out en el fondo nos habla del paso del tiempo, de lo que supone crecer, hacerse mayor, y en este sentido, la de Riley es una de las historias más insólitas y rigurosas sobre el abandono de la niñezInside Out trata de dar explicación al enigma de la angustia adolescente (o en este caso preadolescente), revelándose como la experiencia compartida idónea para que padres e hijos entiendan mejor lo que les está pasando. Y la clave está en el personaje revelación de la película, Tristeza, la emoción que forcejea constantemente con Alegría por hacerse con el punto de vista de la historia. La adultez consiste en gran medida en asumir la melancolía inevitable que conlleva el deseo de volver a ser niño, aceptar que el recuerdo feliz de la infancia se transforma en nostalgia y anhelo en algún punto de nuestra vida. Para crecer, debemos dejar de entendernos en términos duales o compartimentos, dar la bienvenida al cambio y a la tristeza como parte esencial de la experiencia vital, y comprender que todas las emociones, positivas o negativas, son necesarias. Inside Out nos relata el momento exacto en la vida de una niña en el que este proceso de transformación de la personalidad da comienzo.

INSIDE OUT

Estamos ante una entrega de Pixar que repite los patrones de muchas de sus películas anteriores, pero a la vez se las arregla para ser algo radicalmente distinto. El único pero que se puede poner a Inside Out es al mismo tiempo lo que hace que sea tan conmovedora en última instancia: que dedica demasiado tiempo al viaje de regreso de Alegría y Tristeza al Cuartel General. Quizá sea la mejor manera de contar esta historia, pero relega a segundo plano al resto de emociones y nos priva de más escenas corales, que son las que mejor funcionan (como demuestran los geniales créditos finales). Dejando esto a un lado, Inside Out es una de las cintas de animación más redondas de los últimos años, un trabajo perfectamente calibrado en todos los aspectos: las magníficas voces del reparto (Amy Poehler traslada su luminosa personalidad, y por extensión la de Leslie Knope, a Alegría, mientras que Mindy Kaling, Bill Hader y Phyllis Smith hacen lo propio con sus respectivos personajes); la deliciosa animación, que aparca el fotorrealismo para recuperar el estilo cartoon de Walt Disney, Tex Avery o Chuck Jones; o la extraordinaria banda sonora de Michael Giacchino, con un precioso tema central que permanecerá para siempre en la memoria del cinéfilo.

Inside Out es una experiencia sensorial desbordante, una historia apasionante y divertida, no obstante enraizada en la verdad estructural y científica, que nos devuelve la emoción de las historias originales y la importancia de las ideas en el cine de animación. En definitiva, otra inolvidable obra maestra de Pixar.

Valoración: ★★★★★