BoJack Horseman: Caballo a meta

BoJack Horseman

“Life is a series of closing doors, isn’t it?”

A Netflix la conocemos básicamente por cambiar por completo el panorama televisivo norteamericano, por ser la cadena plataforma de VOD que nos ha devuelto a la familia Bluth y por generar éxitos de producción propia como Orange Is the New BlackHouse of Cards. Pero en su breve trayectoria como competidora de las ficciones de cable ya ha tenido tiempo de incluir en su catálogo alguna joya oculta que pide a gritos ser descubierta y reivindicada. Es el caso de BoJack Horseman, comedia de animación creada por el prácticamente desconocido Raphael Bob-Waksbergt y protagonizada por un elenco de voces de primera, en su mayoría habituales de la comedia televisiva de culto, como Will Arnett, Alison BrieAmy Sedaris, o el culo inquieto Aaron Paul, que en su búsqueda de nuevos retos artísticos tras Breaking Bad participa también en la producción ejecutiva junto a Arnett.

A primera vista, BoJack Horseman es fácilmente catalogable como una más de esas series animadas feístas para adultos sin nada verdaderamente nuevo que ofrecer. Y si nos detuviéramos tras ver sólo el primer episodio, esa aseveración sería más que justa y merecida. Dejadme que lo diga sin rodeos (pero sin ordinarieces): el piloto de BoJack Horseman es puro desecho fecal de caballo. Es como Padre de familia en horas bajas, que ya es decir. Media hora de chistes descartados de Seth MacFarlane y un nefasto sentido del ritmo de la comedia. Claro que estamos hablando de Netflix, la cadena que estrena las temporadas de sus series íntegras, así que tenemos la garantía de que alguien hará maratón, se la fundirá en un fin de semana, y nos dirá: no tiréis la toalla, después del primer episodio mejora, y mucho. Yo mismo puedo atestiguarlo después de mi finde de binge-watchingBoJack Horseman empieza mal, pero mejora con cada capítulo, y aunque todavía le queda mucho por pulir, definitivamente merece la pena darle una oportunidad.

“Family is a sinkhole, you were right to get out when you had the chance”

Ambientada en una realidad en la que conviven en armonía humanos y animales antropomorfos, “dibujada” al estilo descuidado de los cuentos para niños y con animación de “recortes de papel” (la estética corre a cargo de Lisa Hanawalt), BoJack Horseman cuenta la historia de un actor de televisión que vive de las rentas, un caballo famoso que protagonizó una sitcom familiar de éxito en los 90, Horsin’ Around, y se propone escribir una autobiografía para salir del hoyo de ociosidad y vacío existencial en el que se encuentra. Para redactar las memorias, Horseman (Arnett) contrata, asesorado por su agente y ex amante, la gata Princess Carolyn (Sedaris), a una escritora fantasma, Diane (Brie). Los doce episodios que componen la primera temporada son un recorrido por la vida de BoJack, en el que sus miserias y trapos sucios son aireados a la vez que afloran los traumas de una infancia desdichada, lo que contribuye a estrechar la relación entre el caballo y su ghost writer. BoJack Horseman es sobre todo una sátira psicotrópica de Hollywood, la celebrity culture (parodia de Lindsay Lohan incluida) y la industria televisiva en Estados Unidos, una serie que sigue la tradición de la comedia animada posmoderna y se entrega por completo a lo meta. Sin embargo, bajo su fachada de cínico humor autorreflexivo, suspicaz comentario social (“Si repites algo muchas veces acaban interiorizándolo, el sistema funciona”) y su aire hipster (no hay más que ver la psicodélica cabecera de The Black Keys o la canción final de Grouplove) encontramos un profundo relato sobre la depresión, la crisis de madurez y el vacío de la vida moderna.

Bojack Diane

El mayor hallazgo de BoJack Horseman es haber conservado las particularidades del comportamiento de los animales, que en contraste con las idiosincrasias del ser humano provocan auténticos momentos de humor inteligente y absurdo a partes iguales, así como gags visuales de primera: Princess Carolyn se desplaza a saltos, se bufa y cae siempre sobre las cuatro patas, hay una rana ayudante de producción a la que se queda todo pegado en las manos, una señora armadillo que se hace bola a punto de ser atropellada, o el divertido secundario, Mr. Peanutbutter, un perrito faldero enemistado con su cartero, como es natural. Por otro lado, en este contraste también reside el aspecto más provocativo y transgresor de la serie, lo que la acerca más a South Park: la zoofilia representada como acto natural según las normas de su universo, y que nos permite ver a una chica humana en la cama con un caballo.

Pero lo que hace que BoJack Horseman se distinga realmente de sus referentes y contemporáneas es la acusada serialidad con la que se desarrolla la primera temporada. En este sentido, se aproxima más a lo que están haciendo series como Hora de aventurasRick and MortyBoJack Horseman presenta arcos de temporada aglutinantes, los acontecimientos de un episodio afectan directamente al siguiente, personajes secundarios reaparecen para continuar tramas que parecían episódicas (Margo Martindale, el proyecto de Eva Braun con Cate Blanchett), las flamantes voces invitadas repiten a lo largo de la temporada (Stanley Tucci, Kristin Chenoweth, Olivia Wilde, Yvette Nicole Brown, Naomi Watts); en ocasiones, los capítulos retoman la acción justo donde la dejó el final del anterior, y la evolución de los personajes es constante -destaca Todd (Paul), que apenas tiene peso en los episodios, pero su personaje se desarrolla muy hábilmente al fondo, desvelando sus talentos, miedos y preocupaciones a medida que avanza la temporada. Y por supuesto, no faltan los abundantes running gags (Secretariat). Todo ello compone un relato televisivo muy edificante, una serie que va añadiendo capas, perfeccionando su humor sobre la marcha, y recompensando capítulo tras capítulo, mientras la tristeza se apodera del espectador casi sin que éste se dé cuenta.

Crítica: ‘Her’ me habla a mí, solo a mí

HER

[Aunque no contiene spoilers propiamente dichos, se recomienda la lectura de este texto después de haber visto la película]

Con tan solo cuatro largometrajes en un periodo de casi 15 años, Spike Jonze se ha labrado una carrera cinematográfica tan sólida y aclamada como personal. El suyo es sin duda un caso extraordinario en el cine contemporáneo, el de un autor profundamente excéntrico y particular en sus propuestas (no confundan con enfant terrible), cuyas historias suelen ser catalogadas de “marcianadas”, y que sin embargo se las ha arreglado para establecer una fuerte conexión intelectual y emocional con el gran público. A través de sus trabajos para el cine -así como con sus cortometrajes y videoclips más recientes-, Jonze ha desarrollado, seguramente sin proponérselo, una férrea dialéctica entre cineasta y espectador, una relación de tú a tú que desemboca a menudo en la apropiación de su discurso por parte del fan (I loved Spike before it was trendy). Con Her, su cuarta película como director, y la primera realizada a partir de un guión propio, Spike Jonze lleva esta idea a la máxima expresión. En la oscuridad de una sala llena de gente que probablemente esté experimentando lo mismo que yo, siento cómo Her me habla a mí, y solamente a mí.

Si conectamos a ese nivel con Jonze es porque, no importa el plano de realidad o fantasía en el que transcurran sus relatos, siempre hallaremos temas universales en ellos, tratados con una capacidad de observación y una elocuencia propia solo de alguien que no entiende muy bien el mundo pero ansía desesperadamente hacerlo. Jonze ha basado toda su obra en este deseo existencialista de abarcar y entender lo que ocurre a su alrededor. Ya sea su objetivo descifrar la naturaleza de las historias y cómo estas nos definen (Adaptation.), o retratar la infancia desde la propia psique del niño (Donde viven los monstruos), Jonze utiliza su cine exclusivamente para responderse a sus propias preguntas sobre el ser humano. Y en esa concepción de su trabajo, retrotraída y sumamente privada, es donde nosotros encontramos el nexo de unión más fuerte con él. Efectivamente, Spike Jonze me habla a mí, porque Spike Jonze habla solo; y lo entiendo porque comparto su búsqueda. Siguiendo este viaje de (auto)conocimiento a través de su obra, el director de Cómo ser John Malkovich se plantea en Her una de las preguntas que, según confiesa, más le han obsesionado en su vida de adulto: cómo funcionan las relaciones sentimentales.

Por eso el eslogan (o el subtítulo) de Her es Una historia de amor de Spike JonzeLa que es quizás su película más accesible hasta la fecha facilita (que no promueve) la reflexión sobre los peligros de nuestra sociedad hiperconectada, la dificultad de relacionarse en poster-herpersona cuando ya lo hacemos todo a través de una pantalla, o las implicaciones sociales del amor 2.0. Sin embargo, esta no es la tesis de Her, sino simplemente su contexto. Jonze plantea un futuro próximo que no es exactamente una crítica ni un aviso a los navegantes, sino un comentario sobre algo que ya es una realidad. El futuro de Her es nuestro presente, y Jonze lo ha delineado simplemente como marco de la historia de amor que nos quiere contar, la de Theodore (Joaquin Phoenix), un recién divorciado que trabaja para una compañía que escribe cartas personales por encargo y Samantha (Scarlett Johansson), un sistema operativo de última generación diseñado para sentir como un ser humano, “solo” una voz, una consciencia. Al igual que ocurría en WALL-E (Andre Stanton, 2008), lo que prevalece en última instancia no es un juicio admonitorio a nuestro modo de vida, sino una fábula sobre lo que significa enamorarse -esa “clase de locura socialmente aceptada”. En la de Pixar se trataba de dos robots, en Her de un hombre de carne y hueso y una I.A. Pero la conclusión en ambos casos es la misma, da igual qué mecanismos de ciencia ficción o fantasía se utilicen: que estos personajes no existan en nuestra realidad, o en la de otros, no quiere decir que sus sentimientos no sean reales.

Con la triste y bella historia de Theodore y Samantha, Jonze lleva el amor hacia un terreno abstracto (al que pertenece, claro) en el que procede a diseccionarlo en su estado más puro, narrando con magnífico detalle y realismo todas sus fases. Arrebatadoramente melancólica, conmovedora y humanista, con un Joaquin Phoenix íntimo y tierno, casi siempre en primer plano, muy cerca de nosotros, y una cautivadora Scarlett Johansson en la que es sin duda una de las interpretaciones de su carrera, Her nos habla entre otras cosas de la soledad del ser humano moderno, de la búsqueda del afecto y la importancia del contacto, físico o intelectual, en nuestro presente, y de cómo esta necesidad moldea nuestras relaciones. Her afecta, y su impronta dura mucho más allá de sus créditos finales. Aunque en algún momento nos damos cuenta de que solo somos uno entre miles, la preciosa voz de Samantha sigue resonando en nuestra cabeza, y nos dice que este amor virtual es nuestro, y es único. Sabes que Her habla con más gente, que su excelente música (compuesta por Arcade Fire, Owen Pallet y Karen O) es la banda sonora de más personas, que “The Moon Song” ha hecho llorar a muchos otros, y que no eres el único que se ha enamorado de ella, ni el único cuyo amor ha sido correspondido. Y aún así, decides vivir en la ilusión de que Her es tuya, de que te está hablando a ti, y solamente a ti. Porque, aunque puede que sea un engaño, eso no quiere decir que lo que yo siento por Her, y lo que Her siente por mí no sea real.

Valoración: ★★★★★

Crítica: La huida (Deadfall)

eric bana

Artículo escrito por David Lastra

La huida tenía toda las papeletas para ser la película entretenida de este otoño. Lo cual nunca reporta premios o galardones, pero sí cierto cariño en los corazones de los espectadores. Stefan Ruzowitzky (candidato al Oscar a mejor película de habla no inglesa por Los falsificadores y creador de Anatomía, esa suerte de Scream a la alemana) parte de una historia que todos nos sabemos pero que contada bien puede ser entretenida: bandidos cuya huída se tuerce y terminan inmiscuyéndose en el día a día de una familia de la América profunda que es de todo menos normal. Además, el austríaco contaba con un reparto lleno de caras conocidas: dos caras bonitas de moda (Charlie Hunnam y Olivia Wilde), dos leyendas vivas del celuloide y de las mesas de operaciones (Sissy Spacek y Kris Kristofferson), una estrella emergente (Kate Mara, la hermana sexy menos sexy de las Mara) y un olvidado  “the next big thing” (Eric Bana). Pero el problema es que entre tanto ajetreo de cuadrar agendas (las de Hunmam, Wilde y Mara, porque los demás no creo que tuviesen muchas obligaciones), se les olvidó contratar a un guionista. La huida es el primer guión para cine de Zach Dean y gracias a su trabajo en él, puede que sea el último.

La alumna aventajada de House y Hulk-cutre I son dos hermanos (que juguetean con el incesto y los besitos, dando más vergüenza que morbo o escándalo) que acaban de robar la recaudación de un casino indio, pero tienen un accidente de tráfico que trunca su HUIDA (claro, teníamos que tener un problema, si no no tendríamos película). En medio de una ventisca, deciden separarse, porque claro, todos sabemos que cuando te separas todo funciona mucho mejor. Pero sigamos, que de eso no se puede sacar mucha punta. Thirteen termina siendo recogida en la carretera por el motero Jax Teller (aquí no hay moto, sino camioneta), un exboxeador chanchullero que acaba de salir de la cárcel.

KIN Production Still

Como es normal, a la primera de cambio, ambos nos enseñarán sus cuerpos (él más que ella) porque para eso son guapos y han sido contratados en este vodevil. A los cinco minutos él ya está enamorado perdidamente de ella (atención a la escena de macho alfa ante un camionero. Razzie asegurado). Pero él no sabe que realmente lo que ella busca es seguir con su huida hacia Canadá (Oh, Canadá) y reencontrarse con su hermano en la casa del buen samaritano que le acaba de recoger. Sí, suena embarullado, tópico y estúpido… y así lo es. Pero antes de llegar a la Villa de las cirugías plásticas fallidas y armar la de Puerto Hurraco, tenemos al Hulk-cutre I salvando a una mujer de su marido maltrador y a Mara sufriendo la opresión sexista en el cuerpo de policía… ¡por parte de su propio padre! Posiblemente las dos subtramas más típicas, innecesarias y peor desarrolladas de la historia del cine.

El aspecto más positivo de La huida es su altísima capacidad para ser olvidada a los cinco minutos de abandonar la sala del cine. Nada en ella perdura, ni siquiera ninguno de los momentos sonrojantes tiene tanta fuerza como para ser rememorado con los amigos. Un verdadero horror.

Valoración: ★