Todos los capítulos de ‘Modern Love’ ordenados de peor a mejor

Amazon se está poniendo las pilas en lo que se refiere a su plataforma de streaming, Prime Video. Tras el éxito de La maravillosa Sra. Maisel y la coproducción de BBC Fleabag, ambas triunfadoras recientes de los Emmy en la categoría de comedia, el estudio de Jeff Bezos se ha propuesto hacerle frente a Netflix y Disney+ con superproducciones como la serie de El señor de los anillos y nuevas propuestas de contenido original que, según ellos, dan prioridad a la calidad por encima de la calidad y buscan entrar en la conversación online.

En este sentido, una serie que no ha pasado desapercibida como le ha ocurrido a otras ficciones de Amazon anunciadas a bombo y platillo es Modern Love, que desde su estreno el pasado 18 de octubre ha conquistado a la audiencia, que ha caído rendida ante sus encantos. Aunque lejos de la repercusión de otras series de streaming, Modern Love se ha ganado un hueco en el corazón de los espectadores. Tanto es así que su respuesta mayoritariamente positiva llevó al estudio a anunciar su segunda temporada apenas una semana después del estreno.

Con John Carney, director de las muy queridas Once, Sing Street y Begin Again, como principal responsable, Modern Love es una serie romántica de formato antológico que se basa en la popular columna semanal del mismo nombre publicada en el New York Times. Cada episodio cuenta una historia de amor autoconclusiva con personajes distintos, con el punto en común de que todas se desarrollan en la Gran Manzana. La serie, que cuenta con un impresionante reparto estelar que incluye a Anne Hathaway, Dev Patel, Tina Fey, Catherine Keener, Andy García, John Slattery, Sofia Boutella y Andrew Scott entre muchos otros, aborda el amor en sus muchas formas -romántico, amistoso, familiar, sexual o platónico-, con la intención de formar un mosaico de las relaciones en el siglo XXI.

Sin embargo, como ocurre con todas las series antológicas, no todos los episodios están al mismo nivel. De hecho, Modern Love arranca con tres episodios magníficos para desinflarse con los tres siguientes y remontar el vuelo en su recta final. La serie rebosa encanto y emoción por los cuatro costados, y todos sus capítulos, en mayor o menor medida, nos aportan algo que merece la pena, pero está lejos de ser perfecta. Su problema principal (además de una selección musical empalagosamente cursi) es la falta de diversidad, sobre todo en el perfil de los personajes, la mayoría blancos, heterosexuales, ricos y con pisos fabulosos (el único personaje pobre lo es por decisión propia, para que os hagáis una idea). Esto hace que en ocasiones cueste conectar con sus problemas, ya que nos ofrece una visión del amor y la vida absolutamente privilegiada e idealista.

A pesar de esto, Modern Love consigue emocionar (en mayor o menor medida) con la mayoría de sus relatos, aprovechando la media hora que dura cada capítulo para contar más que muchas películas en dos horas y tocando la fibra sensible en numerosas ocasiones a lo largo de la temporada. Pero para profundizar un poco más en cada historia, os dejo con mi ranking personal de los episodios de la primera temporada, ordenados de peor a mejor.

8. ‘So He Looked Like Dad. It Was Just Dinner, Right?’ (1×06)

Unánimemente considerado el peor episodio de la temporada, esta historia de una joven con daddy issues que desarrolla una inapropiada y enfermiza relación con uno de sus jefes (de más de 50) que le recuerda a su padre, resulta incómoda la mayor parte del tiempo. El episodio (dirigido por la actriz Emmy Rossum) tiene sus momentos, y las interpretaciones de Julia Garner y Shea Whigham son excelentes (en realidad, en la serie no hay ni una sola mala actuación), pero el factor creepy empaña una historia que no tenemos muy claro hacia dónde va o qué quiere contarnos. Afortunadamente, el capítulo evita meterse del todo en el fango manteniendo la relación entre los protagonistas en el terreno platónico. Aun así, cuesta imaginar que a alguien le pareciera buena idea incluir este capítulo en la antología.

7. ‘Rallying to Keep the Game Alive’ (1×04)

Después de tres primeros capítulos fantásticos, Modern Love da un considerable bajón con el cuarto, centrado en un matrimonio acomodado que atraviesa una crisis de pareja. Sharon Horgan escribe y dirige un episodio que recuerda inevitablemente a su serie Catastrophepero no logra reproducir su gracia y encanto, resultando algo frío. Aunque acierta a la hora de retratar cómo el paso del tiempo afecta a las parejas y destaca por las interpretaciones de Tina Fey y John Slattery (tan buenos en drama como en comedia), ‘Rallying to Keep the Game Alive’ no deja huella.

6. ‘The Race Grows Sweeter Near Its Final Lap’ (1×08)

El puesto de este capítulo en el ranking es simbólico, ya que técnicamente debería estar al margen al tratarse más bien de un epílogo que ejerce como nexo de unión de los siete episodios anteriores. En él nos encontramos a dos viudos que se conocen corriendo una maratón y deciden emprender una relación amorosa en el crepúsculo de sus vidas. La historia en sí es preciosa, y a pesar de su brevedad se las arregla para contar algo redondo y hacer llegar su mensaje sobre el amor en la tercera edad. Pero si el capítulo destaca es sobre todo por la forma en la que une todos los relatos de la temporada en una línea temporal definida, completando las historias que hemos visto hasta ese momento, ya sea mostrándonos cómo empezaron o lo que pasó después. Este capítulo pone broche al homenaje que Carney dedica a Nueva York, su gente y las maravillosas coincidencias que la convierten en una ciudad tan mágica.

5. ‘At the Hospital, an Interlude of Clarity’ (1×05)

El quinto episodio de Modern Love es un bonito relato de primera cita con clarísimos ecos a la trilogía Before de Richard Linklater. En este capítulo protagonizado por Sofia Boutella y John Gallagher Jr., una pareja ve su velada interrumpida por un accidente que los lleva a pasar la noche juntos en el hospital. De personalidades y formas de ver la vida muy distintas, los dos se van abriendo el uno al otro a través de conversaciones honestas que sirven para saltarse los rodeos y preámbulos de las primeras citas y así empezar a conocerse de verdad. Este capítulo está lleno de diálogos que dan que pensar y ofrece un mensaje sobre las redes sociales y la imagen que proyectamos de nosotros mismos con el que es fácil sentirse identificado. La química entre Boutella y Ghallager Jr. es la guinda del pastel.

4. ‘Hers Was a World of One’ (1×07)

El único capítulo que cuenta una historia de amor LGBT+ es también uno de los mejores de la temporada, gracias sobre todo al buen hacer de su trío protagonista, Andrew Scott, Brandon Kyle Goodman y Olivia Cooke. ‘Hers Was a World of One’ sigue a Andy y Tobin, una pareja estable y acomodada que ha decidido tener un hijo. Entra Karla, una joven antisistema embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción porque no encajaría en su estilo de vida itinerante. En los últimos meses de su embarazo, la chica se muda con la pareja, poniendo su mundo patas arriba. Con un divertido cameo de Ed Sheeran (que va camino de convertirse en un chiste recurrente de la comedia romántica tras pasar también por Yesterday), este episodio es uno de los más divertidos, cálidos y emotivos de la temporada. La carismática interpretación de Cooke es uno de los highlights de la serie, y Andrew Scott vuelve a demostrar -después de Sherlock Fleabag-, que es uno de los actores británicos del momento.

3. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ (1×03)

Anne Hathaway era uno de los mayores reclamos de Modern Love y la oscarizada actriz de Los miserables Princesa por sorpresa no decepciona. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ narra la historia de una mujer exitosa y atractiva que vive con trastorno bipolar, pero decide no contárselo a nadie. El capítulo nos muestra cómo la enfermedad afecta a su día a día y condiciona sus relaciones, componiendo así un retrato de la enfermedad mental poderoso y conmovedor. Hathaway lleva a cabo una interpretación portentosa, como cabe esperar de ella, mostrándonos su lado más divertido y glamuroso (protagoniza una secuencia musical en el supermercado que delata a Carney detrás de las cámaras en el que es uno de los cuatro episodios que dirige), y también el más crudo y descarnado. Pero lo mejor del capítulo es el mensaje que nos deja en un precioso final que cambia el cliché romántico del final feliz en pareja por la importancia de la amistad.

2. ‘When the Doorman Is Your Main Man’ (1×01)

Modern Love empieza por todo lo alto, con una tierna y original carta de presentación que curiosamente no se centra en una pareja romántica. El primer capítulo explora los lazos paternofiliales que se forman entre una joven crítica literaria y el sobreprotector portero de su edificio, un hombre que vela por ella día y noche y se encarga personalmente de tomar las decisiones en la vida amorosa de la chica (suena controlador y tóxico, pero sorprendentemente no lo es). La dinámica entre Maggie (Cristin Milioti) y Guzmin (Laurientiu Possa) es la más bonita y entrañable de toda la serie y nos deja una de las mejores frases de la temporada: “Nunca miraba al hombre, miraba tus ojos”. Para empezar la serie llorando.

1. ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ (1×02)

Lo cierto es que los tres primeros episodios están más o menos al mismo nivel, pero si he decidido colocar el segundo en primer puesto es porque me parece el más completo en todos los sentidos. Como decía en la introducción, Modern Love puede contar más en media hora que muchas películas enteras, y este es el capítulo que mejor lo ilustra. En él, una periodista (Catherine Keener) entrevista al creador de una app de citas (Dev Patel). La pregunta “¿Has estado enamorado alguna vez?” da lugar a una conversación que cambiará el curso de sus vidas. Este es el capítulo más cinematográfico de la serie, el que más encaja en el cliché de “es una película de media hora”. Con una estructura impecable y un guion lleno de perlas y reflexiones valiosas, ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ nos habla del amor perdido, de las decisiones que tomamos y el camino en el que nos llevan, de la vida que podíamos haber tenido, y de la que podemos tener si aceptamos las segundas oportunidades. El capítulo más inspirado y trascendental de la temporada y el que incluye una de las frases más románticas que he escuchado jamás: “El amanecer es para los amantes y los panaderos”.

Joyas de autor: ‘Purasangre’, ‘Las horas pasadas’ y ‘No dejes rastro’

Para empezar el año con una buena dosis de cine llegan tres nuevos estrenos que Sony Pictures y Universal Pictures añaden a su catálogo doméstico. Tres títulos inéditos en cines o que tuvieron un paso limitado por salas comerciales y ven la luz en formato DVD, sumándose a su creciente colección de joyas de autor modernas. Se trata de la aclamada comedia negra Purasangre, y los dramas familiares Las horas pasadas y No dejes rastro, filmes que pasaron injustamente desapercibidos el año pasado y merece la pena recuperar, ya que ofrecen propuestas refrescantes con puntos de vista muy personales e interesantes.

Purasangre (Thoroughbreds)

Purasangre es la opera prima de Cory Finley, una perversa comedia negra adolescente que le ha granjeado críticas muy positivas y lo ha situado como uno de los cineastas recién llegados más prometedores de Estados Unidos.

La película está protagonizada por dos jóvenes portentos, Olivia Cooke (Yo, él y RaquelReady Player One) y Anya Taylor- Joy (La bruja, Múltiple), que dan vida a Amanda y Lily, dos chicas de clase alta que recuperan su amistad de la infancia después de años de distanciamiento, encontrando la conexión en sus tendencias más sociópatas y su odio hacia el padrastro de la segunda. Finley ofrece una versión retorcida de la comedia adolescente en la que las protagonistas se ven envueltas en un plan criminal tan macabro como divertido, lo que ha despertado las inevitables comparaciones con el clásico generacional Escuela de jóvenes asesinos.

Con irresistible malicia, gran sentido de la estética y buen gusto para el encuadre, Finley narra la curiosa y disfuncional amistad de dos almas perdidas que encuentran la conexión en su aversión a la normalidad. Junto al tristemente fallecido Anton Yelchin, en uno de sus últimos papeles, Cooke y Taylor-Joy dan forma a una comedia irreverente, descarada y con mucha personalidad. Aunque sus diálogos puedan pecar de artificiales, delatan a un autor astuto y seguro de su visión, lo que da lugar a uno de los debuts más estimulantes que nos ha dejado el indie norteamericano recientemente. La película fue nominada a mejor guion en los Independent Spirit Awards, y no es para menos.

Las horas pasadas (The Keeping Hours)

La exitosa productora Blumhouse, responsable de sagas de terror como Insidious La noche de las bestias y la última entrega de La noche de Halloween, lleva unos años intentando expandir horizontes con ideas originales y nuevos enfoques para el género fantástico. En este sentido, dieron en la diana con Déjame salir, una de las grandes sorpresas de 2017, y esta tendencia continúa con sus siguientes estrenos, incluyendo Las horas pasadas, con la que el estudio de Jason Blum se decanta por el drama.

Diez años después de la muerte de su hijo, una pareja divorciada se reúne tras un suceso sobrenatural que les brinda una segunda oportunidad: el regreso del niño en forma de fantasma. Karen Moncrieff dirige este drama fantástico con tintes de terror que da un giro de 180º al subgénero de casas encantadas. Lee Pace (Halt and Catch Fire) y la omnipresente y siempre excelente Carrie Coon (The Leftovers) elevan la película con sendas interpretaciones profundamente emotivas e inspiradas.

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Los Ángeles, Las horas pasadas no ha tenido un recorrido comercial a la altura de lo que merecía. Salpicada de momentos de tensión y algún que otro sobresalto que evidencia a la productora que hay detrás, la película sobresale más bien por su acertada aproximación al drama psicológico, erigiéndose como un melancólico y conmovedor relato sobre el perdón, protagonizado por dos personas rotas en busca de la conexión perdida y un nuevo comienzo.

No dejes rastro (Leave No Trace)

Debra Granik se dio a conocer en 2010 con Winter’s Bone, la película por la que Jennifer Lawrence obtuvo su primera nominación al Oscar (de cuatro en total que se llevó el film). A continuación, la realizadora se volcó en el documental, y años después regresa con su segundo largometraje de ficción, No dejes rastro, drama familiar en el que su tendencia a la no-ficción se vuelve a hacer más que evidente.

La película narra la relación entre un padre (Ben Foster) y una hija (Thomasin McKenzie) que viven escondidos en Forest Park, una gran reserva natural situada cerca de Portland. Tras varios años sobreviviendo en el bosque con recursos limitados, un pequeño error desvela su situación y pone sus vidas patas arriba. La niña pasa entonces a manos de los servicios sociales, y padre e hija se ven obligados a reajustar sus costumbres para adaptarse a la vida en sociedad, lo que provocará el distanciamiento entre ellos.

Sin caer en la sensiblería o el dramatismo facilón, Granik compone una historia cruda pero sentimental que no ofrece soluciones fáciles. Sencilla en apariencia, pero enormemente compleja en la dinámica paternofilial que retrata y el dilema que plantea (reminiscente de películas como Hacia rutas salvajes Captain Fantastic), No dejes rastro destaca por su tacto y sutilidad, mientras que las interpretaciones de Foster y McKenzie la dotan de rebosante humanidad, sobre todo durante su triste recta final.

Crítica: Ready Player One

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Desde su publicación en 2011, Ready Player One se ha convertido en una de las novelas de culto más admiradas de los últimos años. El best-seller escrito por Ernest Cline tiene una legión de fans que han caído rendidos a sus pies gracias a su fusión de aventura, ciencia ficción y nostalgia ochentera. Sus detractores, por otro lado, consideran que el libro es literatura basura, llegando incluso a definirlo como “el Cincuenta sombras de Grey para hombres blancos y frikis”. No importa en la categoría que nos encontremos, lo que no se puede negar es que Ready Player One es un libro que desde la primera página a la última pide a gritos una adaptación cinematográfica.

Cline encontró su “huevo de Pascua dorado” cuando el mismísimo Steven Spielberg aceptó este trabajo. El emblemático director de clásicos como E.T.Indiana JonesTiburón agarró las riendas de uno de sus proyectos recientes más ambiciosos y complicados. Trasladar las páginas de Ready Player One, que construye un universo de ciencia ficción inabarcable y lleno de guiños específicos a miles de productos culturales, era una tarea titánica. Pero ya sabemos que a Spielberg, Titán donde los haya, le van los retos, y suele completarlos como si nada (tardó solo nueve meses en terminar su anterior película, Los archivos del Pentágono).

Zak Penn (Los Vengadores) escribe junto al autor de la novela un guion que debe efectuar numerosos y necesarios cambios por cuestiones de licencias, pero que en esencia y estructura se mantiene muy fiel al libro. Para quienes no estéis familiarizados con su historia, Ready Player One vendría a ser una fusión -o un mashup, que sería más apropiado- de Charlie y la fábrica de chocolateAvatar, o actualizando nuestros referentes, San Junipero.

En el año 2045, la humanidad escapa de su oscura realidad pasando el tiempo en el mundo virtual conocido como OASIS, donde no hay límites a la imaginación y cualquier persona puede ser quien quiera. A su muerte, el creador de OASIS, James Halliday (Mark Rylance), deja su inmensa fortuna y el control de su creación a quien gane un concurso en tres fases, diseñado para encontrar a su mejor heredero posible. Cuando el mundo ha desistido de la aparentemente imposible búsqueda, Wade Watts (Tye Sheridan), un chico obsesionado con OASIS y su creador, encuentra la primera llave, con lo que la búsqueda del tesoro comienza de verdad. Junto a la chica de sus sueños, Art3mis (Olivia Cooke), y sus amigos del OASIS, conocidos como los High Five, Wade explorará todos los recovecos del universo de Halliday para salvarlo de las manos de IOI, la malvada corporación que pretende hacerse con él para controlar a la humanidad.

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Vaya por delante que, si uno ha conectado con el libro, tiene muchas posibilidades de salir muy satisfecho de la película. Lo difícil era convencer a los escépticos. Pues bien, se puede decir que, teniendo en cuenta el material de partida, la película es mejor de lo que cabía esperar. Sí, se podía haber hecho más (la idea tenía muchísimo potencial, y seguro que alguien podía haber desarrollado la historia mejor que Cline) y los defectos de fábrica están ahí: el uso facilón de la nostalgia, la acumulación sin ton ni son de referencias (como en The Big Bang Theory, Cline cree que el solo hecho de mencionarlas ya constituye relato), el paso de puntillas por temas interesantes que se quedan sin explorar, los personajes huecos y la trama desarrollada a trompicones. Pero Spielberg los minimiza con su siempre infalible sentido del espectáculo y la aventura, por lo que es más fácil pasarlos por alto y dejarse llevar. Otra cosa no, pero como experiencia inmersiva, Ready Player One funciona, aunque por momentos pueda llegar a saturar y agotar. Verla es efectivamente como adentrarse en primera persona en OASIS, como sumergirse de lleno en un trepidante y estruendoso videojuego.

A sus 71 años, Spielberg demuestra que su sentido del asombro y capacidad para orquestar grandes secuencias de acción siguen intactos. Ready Player One cuenta con potentísimos set pieces, como la vertiginosa y atronadora carrera del primer acto (lo más parecido a realidad virtual sin visor que se ha hecho en cine recientemente), la visita a cierto clásico del cine de terror (que no desvelaremos para mantener el factor sorpresa), probablemente la escena más placentera de la película, o el eficiente clímax. Los efectos visuales son simplemente brutales, la estética está muy cuidada y aunque los personajes digitales se acerquen al “valle inquietante”, su fluidez de movimientos y expresividad es digna de admiración. Otra cosa no, pero Ready Player One supone un auténtico despliegue de pericia visual y excelencia técnica, lo cual no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, es Spielberg.

Ahora, donde Ready Player One falla es a la hora de convertir la orgía de cultura pop que la caracteriza en algo más que un amontonamiento de referencias para el gozo del espectador más observador, en una historia más trascendental. Dice mucho que su (indudable) valor de revisionado resida en la necesidad de descubrir todos los guiños y cameos que aparecen en sus abarrotados planos, y no en volver a ver a Parzival y Art3mis (el reparto está muy correcto, pero no es lo más destacable en ningún momento). Y es que, a pesar de los intentos de darle profundidad emocional (en especial a través del personaje de Halliday y la afectada interpretación de Rylance), la película y los personajes no pueden evitar quedarse en la superficie, en el truco de la nostalgia, lo cual resulta especialmente decepcionante teniendo en cuenta que detrás de las cámaras se encuentra un maestro de las emociones y uno de los padres de la actual generación de hipernostálgicos.

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Ready Player One es una celebración de la cultura pop y el mundo gamer que se apoya principalmente en su excelencia técnica y el poder de la intertextualidad. Hay que reconocer que ver al Gigante de Hierro de nuevo en acción o a tantos iconos del cine y los videojuegos reunidos en un mismo lugar tiene su indudable atractivo. Pero más allá del placer de identificar los cameos y asistir a locos crossovers que no creíamos posibles, hace falta alma. Y a Ready Player One le cuesta encontrarla entre su aturdidora vorágine de imágenes y guiños pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Bates Motel: Norma + Norman 4ever

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Aviso: Esta entrada incluye spoilers del final de Bates Motel

En 2013 había mucha curiosidad, pero no demasiada confianza depositada en Bates Motel. Cuando se estrenó esta precuela en clave contemporánea de Psicosis de Alfred Hitchcock, creada entre otros por Carlton Cuse (Perdidos), no había tantos remakes y reinvenciones televisivas de clásicos del cine (y no sabíamos que algunas podían ser tan buenas, como Fargo), y el hecho de que se emitiese en una cadena como A&E, no conocida por la calidad de su ficción, nos hacía arquear a muchos la ceja. La sorpresa fue que, sin ser nada extraordinario, Bates Motel era mejor de lo que esperábamos. Su mayor baza era la estupenda interpretación de Freddie Highmore y Vera Farmiga como Norman y Norma Bates, el corazón de una serie que nos hacía volver principalmente para disfrutar de esa inquietante y excéntricamente conmovedora relación maternofilial. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrieron correctamente, a pesar de navegar constantemente en el terreno de lo convencional e incluir bastantes tramas de relleno. Pero a partir de la tercera, y a medida que la historia se acercaba a los acontecimientos de Psicosis, la serie estalló y experimentó una clara evolución ascendente.

Como dije al finalizar su excelente cuarta temporada, con el transcurso de los años Bates Motel había pasado de serie de planchar a serie de calidad. Y una de las razones de este salto cualitativo es un diseño narrativo compacto y cerrado en cinco temporadas, y con la vista fijada siempre en el final, en el film de Hitchcock y el destino de Norma y Norman. Cincuenta episodios que presentan una historia redonda y que, como en Breaking Bad (salvando las distancias), evitan que la serie se vaya demasiado por las ramas. Es decir, Bates Motel se ha despedido en su punto álgido, sin quedarse más tiempo del que debía, con una fantástica quinta temporada en la que la serie ha pasado oficialmente de ser una precuela a un remake. Eso sí, uno muy libre, porque al final, Bates Motel ha preferido seguir los latidos de su propio corazón en lugar de los de la película de Hitckcock, redibujando la historia e introduciendo cambios para llevarla hacia un desenlace distinto, hacia un final cerrado para sus protagonistas. Por ejemplo, esta quinta temporada hemos conocido a Marion Crane, la icónica víctima de Norman encarnada originalmente por Janet Leigh, aquí interpretada (justa pero asequiblemente) por la cantante Rihanna, y hemos visto cómo la mítica escena de la ducha recibía una inteligente vuelta de tuerca que cambiaba los trágicos eventos para traerlos al siglo XXI.

Pero los cambios más significativos han tenido lugar en el personaje de Norman y su evolución como psicópata y asesino en serie, lo que nos ha llevado a unos capítulos finales en los que asistimos al desenlace de su historia de forma definitiva, y no como antesala de Psicosis. Con Norman encerrado a la espera de cargos por las atrocidades cometidas a lo largo de los años, parecía que Bates Motel se dirigía hacia un final anticlimático, pero un giro a última hora hacía que “The Cord”, el último episodio de la serie, proporcionase una conclusión satisfactoria y fuertemente emotiva a la serie, en la que los personajes que no están o no tienen tanto peso en la película original, Dylan (Max Thieriot) y el sheriff Alex Romero (Nestor Carbonell), juegan un papel crucial. El amor es lo que bombea los últimos latidos de Bates Motelel amor, la obsesión y la locura que en este caso se deriva de él, o que se deforma por la enfermedad. El de Alex por Norma, que le hace perderse a sí mismo en busca de venganza, el de Dylan por su hermano, que le lleva a aferrarse al último resquicio de esperanza por él, y por supuesto, el de Norman por Norma, que lo sume en un estado de regresión con el que se nos lleva de nuevo al principio para vivir con él, aunque sea por un momento, en la ilusión de que todo va a salir bien.

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Los últimos diez minutos del episodio resumen perfectamente lo que ha sido Bates Motel. Concretamente la “última cena” de Norma y Norman, una de las secuencias más macabras de la serie, en la que Dylan descubre sobrecogido el cadáver de su madre sentado a la mesa esperando que Norman sirva la cena para disfrutar de una velada en familia junto a su madre y su hermano. El violento enfrentamiento de Norman con Romero, y su encuentro posterior con Dylan en la casa de los Bates (ilógicamente sin vigilancia policial, todo hay que decirlo), están cargados de tensión y emociones a flor de piel por parte de todo el reparto, y nos dejan la que es la mejor interpretación de Freddie Highmore en los cinco años de la serie. Normalmente me deshago en elogios hacia la electrizante y sublime Vera Farmiga (¿veis? no puedo evitarlo), pero con su personaje formando parte indivisible de la psique de Norman, en esta ocasión es Highmore quien más se los merece. El desgarro y el compromiso con el que el joven actor abraza el estado final de la enajenación de Norman es digno de todos los laureles y augura un futuro brillante para él.

A su retorcida manera, Bates Motel nos regala un final feliz. Sí, es siniestro y bañado en sangre, pero también posee una evidente gran carga poética y aporta esperanza, en concreto para los dos personajes que han permanecido moralmente incorruptos, Dylan y Emma (Olivia Cooke), a los que se recompensa con un luminoso futuro familiar. Y por encima de todo, da a Norman lo que siempre ha querido, sin huir de condenar abiertamente sus actos: estar con su madre para siempre (el cordón umbilical permanece sin cortarse). La muerte de Norman es la única salida para todos los personajes, el final para unos y el principio para otros. El último plano de Bates Motel nos muestra la lápida compartida de Norma y Norman (la de él sin inscripción, porque solo Norma sería capaz de decir algo bonito sobre él después de todo lo ocurrido) y es inevitable imaginarse a madre e hijo a dos metros bajo tierra, dados de la mano y sonriendo apaciblemente, contentos porque van a pasar la eternidad el uno junto al otro.

Bates Motel: De serie de planchar a serie de calidad

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Cuando se estrenó Bates Motel, la precuela televisiva de Psicosis, hace ya cuatro años, la empecé a ver sin muchas expectativas. Los primeros capítulos no me dijeron demasiado. La elección de Freddie Highmore como el Norman Bates adolescente, y sobre todo la de Vera Farmiga como su madre amantísima, Norma, me pareció el mayor acierto de la serie. Pero más allá de eso, no lograba encontrar muchos alicientes. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrían en el terreno de lo convencional (sobre todo la primera), aunque fueran salpicadas de vez en cuando con algún episodio por encima de la media o algún momento impactante que ejercía como gancho para seguir viendo la serie. Aun así, me costó mucho seguir con ella, y la dejé aparcada durante mucho tiempo. Hasta que hace apenas un mes la retomé (en uno de estos arrebatos completistas) y me vi sus dos temporadas más recientes (tercera y cuarta) en un suspiro, cambiando por completo mi apreciación de la serie.

Lo bueno de Bates Motel es que se ha decidido que termine en su quinta temporada, con un total de cincuenta episodios. Carlton Cuse ejerce como showrunner, guionista principal y productor ejecutivo de la serie, y sabe mucho de la importancia de no alargar demasiado una serie, gracias a su experiencia en Perdidos. Además, en el caso concreto de Bates Motel es especialmente recomendable no estirar de más la historia, porque todo el mundo conoce su desenlace. Así que el sentido común ha prevalecido, y como en Breaking Bad, Bates Motel termina antes de se cumpla su fecha de caducidad. Por eso sus dos últimas temporadas han sido realmente buenas, porque la historia ha ganado ímpetu y ha evolucionado hacia el punto que todos esperábamos desde que comenzó. Esto hace que cada acto de Norman, cada decisión que toman los Bates y cada giro de la historia adquiera mayor significado y esta pueda ser apreciada por el espectador en toda su riqueza de matices. Como conocemos (o creemos conocer, que nunca se sabe) la conclusión de la historia, resulta muy satisfactorio ver cómo las piezas van encajando y la serie se va transformando en algo más oscuro y macabro, como la película de Alfred Hitchcock.

Pero más allá de la emoción que supone conectar serie y película, Bates Motel ha conseguido crear su propia narrativa y desarrollar su propio universo, para llevar a cabo una reinvención retro-moderna de la cinta de Hitchcock, ya que, como sabéis, la historia se ha llevado a nuestros días conservando ese estilo influenciado por los 60. Por supuesto que no han faltado las tramas de relleno, principalmente las protagonizadas por el hijo mayor de Norma, que afortunadamente pasa a segundo plano en la cuarta temporada (Dylan nos gusta, pero sus historias siempre nos han sobrado, al menos hasta que las han cruzado con la de la adorable Emma). Pero como decía, a partir de la tercera temporada, la serie toma un camino mucho más definido, y esto se nota en todos los capítulos. No es que antes fuera una serie a la que se le pudiera reprochar mucho (dentro de su carácter de serie ‘menor’, nunca se pudo tachar de ‘mala’), pero Bates Motel ha ido subiendo hasta culminar en una cuarta temporada excelente, en la que Highmore y Farmiga se han vuelto a superar (y mira que ya estaban espléndidos desde el principio) y la serie ha pasado de ser un pasatiempo sin más a un drama de calidad a tener en cuenta.

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Ha sido fascinante asistir a la evolución de la enfermiza relación entre Norma y Norman, y sobre todo conocer mejor a la madre del asesino, uno de los personajes más cautivadores que hay actualmente en televisión. Sin desmerecer a Highmore, que este año se ha empleado a fondo en las escenas dramáticas, Farmiga es la auténtica estrella de Bates Motel. Un cuerpo celeste del que no se puede apartar la mirada. El trabajo de la actriz a la hora de componer al personaje y dotarlo de dimensiones es tan increíble como infravalorado. Verla pasar de la ternura sobreprotectora a la histeria desbocada en una décima de segundo ya hace que la serie merezca la pena. Pero es que además, Farmiga tiene una vis cómica excelente, y hace que Norma no solo sea un personaje interesante, sino también sorprendentemente divertido. Y aunque está claro que Bates Motel es mejor cuando Norma está en pantalla, esta penúltima temporada ha conseguido elevar la calidad en todos los aspectos para ponerse a la altura de su deslumbrante protagonista femenina.

La cuarta temporada de Bates Motel ha llevado la relación de Norman y Norma un paso más allá, arriesgando todo lo que la serie puede arriesgar en una cadena como A&E. Esto no es Showtime, así que no esperéis que aborden el tema del incesto hasta sus últimas consecuencias (mejor de esta manera, sugerente, furtiva y enormemente tensa e incómoda). Claro que eso no quiere decir que la serie huya de lo controvertido o de lo provocador, todo lo contrario. Estos últimos capítulos han servido precisamente para explorar más a fondo el complejo de Edipo de Norman y los trastornos psicológicos que lo convertirán (o ya han convertido) en el asesino en serie de Psicosis, y ha vuelto a manejar el componente morboso de frente, pero con sensibilidad e inteligencia, sin caer en lo gratuito, y lo más importante, poniéndolo siempre al servicio de la historia y los personajes. Que navegue con soltura esos farragosos grises morales (tan propios de la televisión de nuestro tiempo) es lo que hace que Bates Motel sea una serie mucho mejor de lo que parece, de lo que se cree. Si en su quinta y última temporada logra mantener esta trayectoria ascendente, tiene la posibilidad de despedirse como un producto digno de esta época de televisión de calidad, aunque no se le reconozca.

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La señal (The Signal)

THE SIGNAL

Raro es que nos llegue a la cartelera española una película de ciencia ficción que no sea una superproducción de Hollywood con reparto de estrellas. Sin embargo, todos los años, del Festival Internacional de Cinema Fatàstic de Sitges suele escaparse alguna cinta con ganas de ser descubierta por el gran público. Es el caso de La señal (The Signal), segunda película de William Eubank (Love), que fue galardonada en el mencionado certamen con el premio a Mejores Efectos Especiales. El film, cuyo guión está co-escrito por el propio Eubank, nos propone un viaje lleno de enigmas y preguntas, una historia que se transforma constantemente hasta culminar en un imaginativo final caracterizado por el estupendo uso de los efectos digitales, un gran trabajo de economía de medios con el cual Eubank se las arregla para sacar el máximo partido de un presupuesto más bien ajustado (apenas 4 millones de dólares).

La señal es la historia de Nic (Brenton Thwaites), un estudiante universitario que emprende un viaje de una punta a otra del país para llevar a su novia, Haley (Olivia Cooke), a su nueva casa, Cartel La señaldonde estudiará durante un año separada de él. Les acompaña el mejor amigo de Nic, Jonah (Beau Knapp), con el que comparte su afición y talento informático. La mudanza sufrirá un cambio de itinerario para que Nic y Jonah traten de localizar a un genio cibernético que se ha infiltrado en los sistemas del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sin embargo, las pistas que tienen les acabarán llevando por un camino totalmente inesperado. Y es que La señal es sobre todo eso, un viaje lleno de bruscos giros que van cambiando la historia y componen un misterio que va adquiriendo un carácter de conspiración cada vez mayor, y del que es mejor no saber demasiado de antemano.

De esta manera, La señal es en realidad varias películas en una. Lo que comienza como un road trip con cierto aroma a Friday Night Lights sobre jóvenes en una importante encrucijada personal pasa a ser enseguida una suerte de film de found footagecon la llegada de los amigos a la cabaña remota desde la que surge la “señal” de baliza que les lleva a emprender su aventura. Dentro de la espeluznante casa-búnker en el bosque, la cosa se vuelve bastante Proyecto de la Bruja de Blair, con referencia incluida. Pronto el terror (que dura poco pero es bastante efectivo) da paso a la ciencia ficción, cuando Nic se despierta en unas asépticas instalaciones hospitalarias después de haber sido atacado por un E.B.E. (ente biológico extraterrestre). Allí será sometido a pruebas, dirigidas por el críptico Damon (Laurence Fishburne), e irá descubriendo poco a poco los secretos del lugar, del hombre que lo observa oculto en su traje de aislamiento, y de la organización que lo mantiene en cuarentena. Así hasta el explosivo desenlace, que parece pensado para la director reel que Eubank acabará mandado a Marvel.

La señal es cine joven, hecho con ilusión y ganas de sorprender. Quizás Eubank peque de ingenuo en el desarrollo de su historia, mucho más predecible y convencional de lo que él cree, y se vuelque demasiado en el aspecto visual y técnico de la película (impecable la composición de planos) en detrimento de la coherencia, pero este es uno de esos casos en los que la intención cuenta tanto como el resultado. En un género en el que, paradójicamente, cuesta mucho innovar, se agradece que haya jóvenes talentos con el entusiasmo y la pericia técnica para al menos intentar marcar la diferencia. Le seguiremos la pista.

Valoración: ★★★