Onward: Magia, fantasía épica y amor fraternal

Pixar lleva 25 años elevando el listón del cine de animación, siempre a la vanguardia técnica y creativa. Sin embargo, recientemente, el estudio de Emeryville se ha centrado principalmente en las secuelas (con excepción de Coco en 2016), cosechando récords en taquilla, pero también dando la sensación de que su creatividad ya no era tan fértil como hace unos años y estaba jugando demasiado sobre seguro. En 2020, Pixar aparca las secuelas para estrenar dos películas originales, Onward Soul, repitiendo así lo que hizo en 2015 con Del revés El viaje de Arlo.

Mientras esperamos el regreso del visionario Pete Docter (Monstruos S.A., Up, Del revés) con Soul, el año de Pixar comienza con su película número 22, Onward, dirigida por Dan Scanlon, que debutó en el estudio con el corto de Cars, Mate y la luz fantasma y firmó su primer largometraje como director con la precuela Monstruos University. En esta ocasión, Pixar nos traslada a un mundo suburbano de fantasía en el que la magia ha quedado obsoleta debido al avance de la tecnología y criaturas mitológicas como elfos, minotauros, cíclopes, hadas y sirenas viven rodeados de las comodidades y los adelantos de la vida moderna, mientras que otras, como los unicornios, son tan comunes e indeseables como los roedores.

La historia se centra en dos hermanos elfos de caracteres muy opuestos, Ian y Barley Lightfoot (voces originales de Tom Holland y Chris Pratt), que se embarcan en una aventura para encontrar una gema mágica con la que completar un hechizo que les ayudará a pasar un día con su padre, quien falleció cuando los dos eran pequeños. Ian es un adolescente tímido y socialmente torpe que no se atreve a salir de su cascarón, mientras que Barley es todo lo contrario, un joven extrovertido y alocado que se pasa el día intentando que los demás recuperen el interés por la magia y yendo a todas partes en su amada furgoneta. Los dos emprenden un viaje a contrarreloj y lleno de peligros para ver a su padre, mientras su madre (Julia Louis-Dreyfus) les sigue la pista para protegerlos. La odisea de los Lightfoot servirá para que Ian se atreva por fin a vivir una aventura en la que aprenderá a usar la magia y salirse de su zona de confort gracias al apoyo de Barley, del que se había distanciado al hacerse mayor.

Siguiendo la estela de Frozen, solo que con hermanos en lugar de hermanas, Onward explora la familia y los lazos fraternales con la inteligencia y la sensibilidad que cabe esperar de Pixar, a la vez que homenajea la fantasía épica y el rol/RPG tipo Dragones y mazmorras o Zelda con grandes dosis de imaginación y creatividad. Por otro lado, en su historia también se pueden detectar ecos de Brave (el hechizo afecta al padre en lugar de a la madre en este caso), Zootrópolis (por el contraste humorístico entre los seres fantásticos y el mundo moderno), Indiana Jones y Los Goonies (adolescentes emprendiendo una búsqueda del tesoro llena de acertijos y trampas subterráneas), con un toque de Este muerto está muy vivo (en serio).

En general, la película está llena de buenas ideas, personajes divertidos (la Mantícora, voz de Octavia Spencer, es la robaescenas oficial) y un sentido muy desarrollado de la aventura, con estupendas escenas de acción y aprendizaje mágico siempre ligadas a la evolución y crecimiento de los personajes, así como un sentido del humor que, si bien no siempre llega a ser todo lo eficaz que debería, pone una sonrisa en la cara de principio a fin.

Se podría decir que Onward es 70% Disney y 30% Pixar. Esto no es necesariamente malo (los clásicos de Disney de la última década han subido mucho de nivel), pero a ratos se echa de menos en ella esa magia única que suelen tener las películas de Pixar. Aunque la idea de la que parte es muy buena (se inspira, por cierto, en la historia real del director, cuyo padre murió cuando él solo tenía un año), tiene mucho encanto y hay momentos memorables (la persecución en carretera, la escena del puente levadizo, las pruebas subterráneas), el desarrollo es más bien convencional y carece de ese componente que hace que las películas de Pixar se diferencien del resto. Al menos hasta que llegamos a los últimos veinte minutos.

Es en el acto final de Onward donde nos reencontramos con la magia del estudio del flexo en su máxima expresión. Esa capacidad para despertar emociones a flor de piel con una conclusión profunda y trascendental que resume a la perfección, incluso redefine y revaloriza, la historia que nos acaban de contar; una historia sobre amor fraternal que habla de la pérdida y la familia con sentimiento y madurez. Entre la acción épica y el drama más emotivo, Onward nos ofrece un desenlace precioso para sus personajes y nos deja con un bonito mensaje inspirador: atrévete a arriesgarte, a vivir una aventura. Al final, aunque parecía que no, Pixar vuelve a buscar la lágrima, y la encuentra.

A Onward le falta ese componente conceptualmente ambicioso de otras películas originales de Pixar, pero incluso siendo una de las entregas relativamente más modestas del estudio, tiene la calidad que se espera de ellos. Ni que decir tiene que visual y técnicamente es una maravilla (las texturas en los primeros planos son increíbles), además, cuenta con un guion muy sólido y termina con uno de los finales más conmovedores de su catálogo. Fusionando fantasía, aventura y drama coming-of-ageOnward no supone ninguna revolución (sería injusto pedírselo), pero nos recuerda que la verdadera magia de Pixar reside en saber contar historias con significado para todo el mundo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La forma del agua

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La imaginación de Guillermo del Toro es uno de los lugares más fértiles del planeta. De su mente han salido algunas de las criaturas más mágicas y terroríficas del cine de los últimos 25 años, así como imágenes que parecen directamente fotografiadas del ámbito de los sueños y las pesadillas. El espinazo del diabloHellboyEl laberinto del faunoPacific RimLa cumbre escarlata, las series The StrainTrollhuntersDel Toro es sinónimo de fantástico, un género frecuentemente relegado a segunda fila por ser considerado menor o no tomarse lo suficientemente en serio (con honrosas excepciones como El Señor de los Anillos). Pero esto ha cambiado este año gracias a su última película, La forma del agua (The Shape of Water), que con 13 nominaciones a los premios Oscar empieza a otorgarle al género la atención y el respeto que hacía tiempo que no se le daba.

La forma del agua es un cuento de hadas para adultos que se desarrolla en el Baltimore de principios de los 60, con la Guerra Fría como telón de fondo. La película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja como limpiadora en un laboratorio gubernamental de alta seguridad donde se están llevando a cabo misteriosas investigaciones científicas. Su vida cambia para siempre al descubrir junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer) un experimento clasificado como alto secreto: un poderoso hombre anfibio (Doug Jones) atrapado en Sudamérica. Elisa establecerá una conexión especial con la criatura, que como ella, tampoco puede usar la voz para comunicarse, una amistad que se transformará en amor y llevará a la mujer a urdir un plan junto a su vecino y único amigo, Giles (Richard Jenkins), y otros aliados inesperados, para liberar al hombre anfibio de las garras del malvado coronel Strickland (Michael Shannon).

Del Toro recoge influencias de muchos lugares para dar forma a la historia y el universo visual de la película. La forma del agua nace inicialmente de su amor por el clásico de Universal La mujer y el monstruo, pero en ella también encontramos numerosos elementos en común con cuentos clásicos como La Bella y la Bestia La Sirenita (la comparación con Disney es fácil al tratar una relación de amor entre especies) y relecturas de los mismos como Un, dos tres… Splasho evidentes trazas del realismo mágico de Jean-Pierre Jeunet, cuyas películas DelicatessenAmélie han jugado un papel importante en el acabado estético del fabuloso mundo de Elisa Espósito (tanto es así que Jeunet ha llegado a acusar de plagio a Del Toro, aunque esa polémica la dejaremos para otro día). Este cóctel de influencias da lugar a un verdadero regalo para la vista, un magnífico trabajo de diseño artístico, puesta en escena y uso de la luz y el color que nos muestra al director mexicano en la cima de sus posibilidades.

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La forma del agua nos deja también al Guillermo del Toro más soñador y romántico. Con ella, el director establece un paralelismo entre el agua y el amor, dos “materias” maleables que se adaptan a la forma de lo que contenga en un momento dado. Como él mismo explica, “independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Con la historia de Elisa y el hombre anfibio, Del Toro desarrolla una cura para el cinismo de nuestros días, situando un romance que rompe las barreras de la comunicación y los prejuicios en el contexto de una época de odio entre naciones y discriminación por motivos de raza, género u orientación sexual. Una época que bien podría ser los 60 o 2018. Así, La forma del agua aborda numerosos temas de relevancia presente (acoso sexual, sexismo, homofobia, racismo) con los que añade capas y lecturas a un cuento tan atemporal como actual.

El mundo de La forma del agua es hermoso y cruel, erótico y sangriento, dulce y poético, es un engranaje que funciona con precisión artística gracias a la visión tan específica y personal de Del Toro, pero que alcanza la sublimación con la interpretación que se sitúa en el centro. Lo de Sally Hawkins es de otro mundo. Su capacidad para expresar emociones sin palabras es sin duda merecedora de todos los elogios y reconocimientos que está recibiendo. Pero su recital interpretativo viene además reforzado por el excelente trabajo de los secundarios: Jones, mago de las caracterizaciones monstruosas cuya labor debajo del látex y el maquillaje no debemos subestimar, Shannon abrazando por completo su papel de villano de cuento, Spencer, que aporta la nota más divertida del film, y sobre todo Jenkins, que, con la humanidad que lo caracteriza siempre, da vida a uno de los personajes más entrañables y compasivos que hemos visto recientemente en el cine. Para más señas, un hombre gay de 60 años, colectivo que apenas disfruta de representación positiva en la ficción.

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Aunque estamos quizá ante la cinta más pulida en lo narrativo de la filmografía de Del Toro, en La forma del agua ocurre, a menor escala, lo que suele pasar con prácticamente todas sus películas. El guion no está tan trabajado como la ambientación o el apartado técnico y visual. Aun aceptando que se trata de un cuento de hadas (donde las cosas pasan porque sí y no debemos cuestionarlas demasiado), los agujeros y los trucos del guion pueden chirriar, así como lo precipitado de algunos pasajes, en especial en lo que respecta al enamoramiento entre Elisa y el hombre anfibio. Del primer contacto al segundo hay un salto muy brusco en el que parece haber cambiado todo, y da la sensación de que falta un trozo de historia que nos cuente mejor cómo ha florecido esa relación.

Es un problema, no obstante, que se subsana a base de amor. Viendo a la pareja protagonista interactuar, explorar sus sentimientos y descubrirse físicamente (la escena de su primer encuentro sexual es una buena muestra de la intensa belleza que puede alcanzar el film), acabamos creyéndonos lo que hay entre ellos y luchando contra cualquier incongruencia de guion para protegerlo. Pero ante todo, el amor que eleva la película es el que Del Toro siente por el cine y por el género fantástico, una devoción que como de costumbre, salta a la vista en cada plano (no en vano, Elisa y Giles viven encima de una sala de cine). Es esa pasión ingenua y contagiosa lo que convierte La forma del agua en un trabajo sincero, un precioso acto de amor que renueva la validez de la expresión “la magia del cine”.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Un don excepcional (Gifted)

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Marc Webb debutó en la dirección de largometrajes con (500) días juntos, una de las grandes sorpresas de 2009, y también una de las comedias románticas más influyentes de los últimos años. Como suele ocurrir con los directores más prometedores, los grandes estudios de Hollywood se fijaron en él para ponerlo al frente de una superproducción, y así es como Webb acabó dirigiendo las dos entregas de la truncada segunda franquicia cinematográfica de Spider-Man. Tras el tibio recibimiento de The Amazing Spider-Man y su secuela, Webb se centró en televisión (Crazy Ex-GirlfriendLimitless), para regresar este año al cine con su cuarta película como director, Un don excepcional (Gifted).

Webb deja atrás el blockbuster para volver al cine de corte indie, con un proyecto de menor envergadura que, curiosamente, está protagonizado por uno de los superhéroes más famosos del cine, Chris Evans (Capitán América). Claro que su alianza profesional tiene mucho sentido, ya que ambos han hecho caja con el cine de superhéroes, pero sus inquietudes artísticas se acercan más al drama íntimo y personal, que es justo como se podría definir Un don excepcional, cinta que recoge influencias de títulos como El pequeño TateKramer contra KramerEl indomable Will Hunting.

En la película, Frank Adler (Evans) es un hombre soltero que, tras la muerte de su hermana, cría a su sobrina, Mary (Mckenna Grace), en una pequeña ciudad de Florida. Mary es una brillante niña prodigio cuya inteligencia superdotada y extraordinario dominio para las matemáticas siempre le ha dificultado la tarea de vivir su infancia con normalidad. Empeñado en que su sobrina lleve una vida como la de los demás niños, Frank se niega a mandarla a una escuela avanzada, encontrándose pronto con la oposición de la abuela de Mary, Evelyn (Lindsay Duncan), una estricta y acaudalada bostoniana que nunca ha mostrado interés por su nieta, pero regresa para separarla de su hijo con la intención de darle la educación necesaria para convertirla en una estrella de las matemáticas. Mientras las tensiones familiares van en aumento, Frank y Mary encuentran apoyo, y una familia, en Roberta (Octavia Spencer), su cariñosa casera, y Bonnie (Jenny Slate), la profesora de Mary, cuyo interés por su fascinante alumna desembocará en una relación con su tío.

Un don excepcional es la definición de crowd-pleaser, una de esas películas confeccionadas a medida para sumir al espectador en una montaña rusa de emociones. Webb sabe exactamente qué teclas tocar para que nos involucremos en la historia de Frank y Mary, combinando astutamente comedia y drama para hacer pasar de la sonrisa (incluso alguna carcajada) al llanto sin esfuerzo aparente. Si bien incurre en todos los lugares comunes de la dramedia familiar y el indie norteamericano, y peca de excesivamente almibarada por momentos, el sentimiento que recorre toda la película es genuino, por lo que es fácil enternecerse con su conmovedora historia y su mensaje sobre la familia y la infancia.

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Claro que para que una película como esta funcione y no nos ahogue en la sensiblería lacrimógena, debe contar con un reparto que sepa trasladar esos sentimientos del papel a la pantalla de manera convincente. Y en este sentido, Un don excepcional no podría salir mejor parada. Por un lado tenemos a Chris Evans en un papel contenido que culmina durante la recta final una de sus mejores interpretaciones dramáticas hasta la fecha, gracias en gran medida a su contrapunto interpretativo, la pequeña Mckenna Grace, un auténtico prodigio infantil con el que el actor tiene toda la química del mundo y del que es imposible apartar la mirada. Y por otro la siempre eficiente Octavia Spencer, todo fuerza y corazón, Jenny Slate en un papel que le viene como anillo al dedo, y la distinguida Lindsay Duncan encarnando con amenazante porte y elegancia a la villana de la película, una mujer a la altura de las institutrices y madrastras más estrictas de la ficción.

Aunque no se libre en ningún momento de ese aire de melodrama televisivo de sobremesa y se puedan ver los hilos con los que se mueve al espectador hacia la emoción deseada, sus evidentes buenas intenciones hacen de Un don excepcional una de esas películas con las que no cuesta dejarse llevar (como ocurría con Criadas y señorasFiguras ocultas, casualmente ambas con Octavia Spencer). Gracias a la simbiosis entre sus protagonistas y el acertado equilibrio de tonos, Webb escapa de las redes del telefilm para ofrecernos un trabajo cálido, humano y rebosante de inteligencia emocional con el poder de ablandar a cualquiera.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Figuras ocultas

Hidden Figures Day 25

Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres no vende”. También Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres negras no le interesa a nadie”. Los medios: Figuras ocultas, película protagonizada por tres actrices afroamericanas, es un éxito con más de 20 millones de recaudación en su primer fin de semana en Estados Unidos. Hollywood: Esto…

Después del #OscarsSoWhite del año pasado, Hollywood se está poniendo las pilas para tratar de arreglar el problema de representación racial que hay en la industria del cine. En este panorama de cambio (intensificado en respuesta al temible cambio que a su vez está ocurriendo en el poder), llega oportunamente Figuras ocultas (Hidden Figures), drama dirigido por Theodore Melfi (St. Vincent) que nos narra un importante capítulo en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y la población afroamericana en Estados Unidos, donde la segregación racial todavía era una realidad amparada por la ley.

Figuras ocultas cuenta la historia de un equipo de élite de mujeres negras que trabajaron en la década de los 60 como matemáticas en la NASA, las brillantes mentes en la sombra que ayudaron a Norteamérica a ganar la carrera espacial contra su mayor rival, la Unión Soviética, propulsando así un importante movimiento de igualdad de derechos. La película, basada en el libro de Margot Lee Shetterly, se centra en tres de estas mujeres en concreto, Kaherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe), “figuras ocultas” de la NASA, tan importantes como los astronautas que recibieron la gloria, pero que no se enseñan en las clases de historia, a pesar de ejercer como los “ordenadores humanos” que hicieron posibles los viajes espaciales en el umbral de la nueva era informática.

A través de estos inspiradores personajes presenciamos el viaje a las estrellas de un grupo de mujeres pioneras en el contexto de una nación deseosa de superarse a sí misma y rebasar a las demás potencias. La lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el avance tecnológico funciona como telón de fondo de un relato muy humano, lleno de emoción y humor, y confeccionado a medida según los parámetros del cine biográfico. Efectivamente, Figuras ocultas es todo lo que cabe esperar de un biopic histórico, tanto es así que es posible recitar los diálogos antes de que estos tengan lugar. Y ese es su mayor defecto, que se ajuste de manera tan convencional a las reglas del género, reproduciendo las mismas charlas motivadoras de siempre, los mismos clichés de superación y las mismas situaciones lacrimógenas que hemos visto en tantos otros films parecidos, y que la acercan peligrosamente a territorio telefilm.

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Sin embargo, esto no puede (o no debe) distraernos del gran valor de una película como esta, de su necesidad, por desgracia tan vigente. Aunque Figuras ocultas se las arregle en un par de ocasiones de convertir al hombre blanco en el héroe de esta historia (que el director y guionista sean blancos quizá tenga que ver, quizá no), son Dorothy, Mary y sobre todo Katherine, las que nos conmueven, cuyos triunfos celebramos con más entusiasmo. Es cierto que la emoción está tan matemáticamente calculada que se pueden ver los hilos desde lejos, pero es fácil dejarse llevar por la naturaleza de crowdpleaser de la película, por sus buenas intenciones y el clasicismo con el que está realizada (que a muchos recordará a Criadas y señoras, aunque no le llegue a la suela de los zapatos a aquella).

Secundadas por un reparto de lujo que incluye a Kevin Costner, Kirsten Dunst, Glen Powell, Jim Parsons y Mahersala Ali, las protagonistas elevan la película de categoría con loables interpretaciones, en especial Henson, que está sencillamente espectacular, desprendiendo ternura, espíritu luchador y fuerza por los cuatro costados. Tres mujeres negras, tres grandes talentos, tres estrellas que simbolizan una lucha del pasado que puede extrapolarse a nuestro resquebrajado presente, que nos dejan una historia que se tenía que contar precisamente en estos momentos, y que su protagonista real, la verdadera Katherine Johnson, ha vivido para verla en el cine a los 98 años. No importa que sepamos que nos están tocando las teclas más fáciles, es imposible no emocionarse.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Mom: La comedia que quería ser drama

Fun Girl Stuff and Eternal Salvation

El viejo arte de la comedia de situación no se ha perdido del todo. Aunque hoy en día casi todas las cadenas norteamericanas prefieren las comedias single-cam, porque resultan más contemporáneas y sofisticadas, las sitcoms de la vieja escuela sobreviven. Para encontrar la mayoría hay que acudir a CBS, donde no solo aguantan, sino que triplican en audiencia a cualquier comedia ‘moderna’ de la competencia. Este tipo de series conservan las características tradicionales del género: risas enlatadas, escenarios casi teatrales, tramas episódicas… Pero ni ellas han escapado a la hibridación de comedia y drama que ha caracterizado a la televisión del siglo XXI. Sitcoms como Friends, Will & Grace o las actuales The Big Bang Theory How I Met Your Mother siempre han incorporado elementos dramáticos en sus habitualmente ligeros argumentos (una muerte, una separación, una pelea muy en serio), pero ninguna ha hecho lo que lleva haciendo Mom durante tres temporadas: comedia dramática pura en casi todos sus episodios.

Mom comenzó su andadura como complemento a 2 Broke Girls. Es decir, otra serie protagonizada por un dúo de mujeres graciosas que chocaban en todos los capítulos. Pero pronto comenzó a desmarcarse de su compañera de cadena. Mientras la serie de Kat Dennings y Beth Behrs se estancaba en un ciclo repetitivo del que aun no ha salido, Mom se atrevía a evolucionar. Protagonizada por Anna Faris y Allison JanneyMom empezó siendo una sitcom familiar que giraba en torno a una madre soltera alcohólica que debía lidiar con su trabajo de camarera, sus hijos (un niño y una adolescente embarazada) y el regreso de su madre, la culpable de todos los males en su vida, y también una adicta. Aunque al humor le faltaba bastante gancho (era más bien típico y predecible, muy poca cosa), la serie destacaba por abordar temas muy serios y comprometerse con ellos a largo plazo, lo que hacían de ella una propuesta semi-interesante. Afortunadamente, Mom no dejó de abordar de frente el drama de sus personajes, e inició un proceso de transformación que ha desembocado en una fantástica tercera temporada.

A medida que la serie avanzaba, se descubría que el mayor filón para contar historias estaba en las reuniones de Alcohólicos Anónimos a las que asisten Christy (Faris) y Bonnie (Janney). Por eso durante la segunda temporada se crearon tramas para separar a Bonnie de sus hijos y llevar la serie hacia otro terreno. Mom dejaba de ser una comedia familiar para convertirse progresivamente en una sitcom de amigas. La serie encontró una dinámica muy buena en el grupo de AA y decidió prescindir casi por completo de los niños (a los que hemos visto una o dos veces en la última veintena de capítulos). Y lo cierto es que fue la mejor decisión que pudo haber tomado. Las ‘chicas’ del grupo forman un equipo divertidísimo, y con ellas la serie ha ganado entidad y madurez, gracias a la experiencia de sus intérpretes y la forma tan entrañable en la que se explora su amistad. Pero como decía, lo que hace de Mom una serie especial no es solo esto, sino su manera de afrontar el drama de sus personajes, con un pulso firme y sorprendentemente natural para navegar la comedia más tontorrona y la tragedia más dura (parece mentira que sea del mismo creador que Dos hombres y medio y Big Bang, Chuck Lorre).

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Mom ha encontrado la fórmula para hacer comedia de temas muy serios sin ningún atisbo de moralina y, sobre todo, con respeto. Ese equilibrio es muy difícil de conseguir, especialmente en este tipo de series, que a menudo optan por lo burdo y se olvidan de los acontecimientos importantes de un episodio a otro. Mom no es así, se trata de una serie comprometida, a pesar de su apariencia liviana. En sus tres años de vida ha hecho frente con valentía al tema del embarazo adolescente (con una trama de adopción muy agria con la que se evitaba el final feliz en el que suelen acabar estas situaciones en la ficción televisiva), a la muerte en numerosas ocasiones (una de ellas la del gran amor de tu vida, ni más ni menos), al fracaso como madre, y al más importante de todos: la adicción. Entre risas, situaciones disparatadas y diálogos picantes, Mom nos recuerda en todos los episodios que nos está contando la historia de un grupo de mujeres que padecen una enfermedad, y nos invita a que nos riamos con ellas de todo, sin dejar de bombear en ningún momento el corazón, ni recurrir al humor ofensivo o, peor aun, el adoctrinamiento.

No cabe duda de que este equilibrio no sería posible sin la labor de sus actrices. Hay que elogiar a Mimi Kennedy (Marjorie) y las adiciones tardías pero ya imprescindibles de Beth Hall (Wendy) y Jamie Pressly (Jill), que tienen una química descacharrante (we miss you, Octavia Spencer) y también dan la talla dramáticamente en los momentos necesarios. Pero Mom no sería lo que es si no fuera por el gran juego que dan Anna Faris y la todoterreno Allison Janney. Ya desde el principio, la desgarbada, efervescente y distinguida presencia de Janney (que recordemos tiene 7 Emmys, dos por Mom) subía de categoría a la serie, convirtiendo a la actriz de The West Wing en la gran estrella de Mom. Pero es que Faris se ha puesto las pilas para no quedar en segundo plano ante la genial interpretación de su madre en la ficción, y actualmente está mejor que nunca, personificando junto a Janney lo que hace especial a esta serie: la capacidad para hacer reír y llorar en el transcurso de veinte escasos minutos (¿Cuántas veces nos hemos quedado hechos polvo tras el fundido a negro final de un capítulo, por muy divertido que fuera?). Y es eso a fin de cuentas, su capacidad para emocionar sin manipular y reírse de la tragedia con sensibilidad, lo que ha hecho que Mom pase de ser una sitcom enlatada del montón a una de las comedias en abierto más afinadas de la actualidad.

Crítica: La Serie Divergente – Leal

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Casi todo lo que se puede decir de Leal (Allegiant), la tercera entrega de la “Serie Divergente“, ya lo dijimos el año pasado, cuando se estrenó el capítulo anterior, Insurgente. Leal es la primera mitad del final de la saga basada en la trilogía de novelas de Veronica Roth, un desenlace que, al igual que ocurrió con CrepúsculoHarry PotterLos Juegos del Hambre, ha sido dividido en dos partes (aunque nadie lo pidió y el tibio recibimiento de la anterior película seguro que hizo cuestionarse a más de uno la decisión). Supuestamente, este pre-clímax hace que la historia avance, pero en realidad las cosas no cambian demasiado, por no decir nada. Leal sustituye un regimen totalitario (el de Janine – Kate Winslet) por otro exactamente igual (el de David – Jeff Daniels), y por encima de todo, sigue sin tener muy claro qué nos está contando. Por eso, al final, entre la confusión y el tedio, volvemos a tener la sensación de estar viendo la misma película por enésima vez.

Explicar el argumento de Leal no solo sería trabajoso, sino que no serviría para nada. Dejémoslo en que esta tercera parte lleva a Tris (Shailene Woodley) y su grupo de rebeldes más allá del muro que aísla Chicago del resto del mundo, donde las cosas no son mucho mejores que en la ciudad (a la que amenaza una guerra entre facciones), es decir, una trama completamente idéntica a la de otra saga distópica adolescente, El corredor del laberinto. Claro que no podemos acusar a ninguna de estas películas de copiar a la otra, porque en realidad todas están haciendo lo mismo: amasar referentes y tópicos del cine y la literatura de ciencia ficción para levantar universos post-apocalípticos cortados exactamente por el mismo patrón, sagas pensadas como si fueran series de televisión (no en vano, esta no es la “Saga”, sino la “Serie Divergente”). Cuando termina Leal, uno tiene la sensación de haber visto el capítulo inmediatamente anterior a un final de temporada, con la diferencia de que para ver el último no hay que esperar una semana, sino un año. En el caso de otras sagas puede servir para aumentar la expectación, en el de Divergente sirve para que perdamos cada vez más interés.

Robert Schwentke (que tiene en su distinguido currículo cosas como Plan de vuelo: desaparecidaR.I.P.D.) repite como director, después de incorporarse el año pasado para elevar las cotas de acción de la saga, perdón, serie. Leal sigue el camino marcado por Insurgente, redefiniéndose como película de acción con ínfulas de gran relato sci-fi. Y ese es el principal problema de la película (y la serie), que sus aspiraciones están muy por encima de sus posibilidades. Como InsurgenteLeal se toma tan, tan en serio a sí misma (menos en un par de momentos en los que intenta, en vano, hacer algún chiste), que no nos queda más remedio que compadecernos de ella. Y es que la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como entretenimiento vacío para evadirse. Porque seamos sinceros, hay pocas sagas adolescentes más aburridas que esta.

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Aunque somos conscientes de que no debemos ser demasiado exigentes con estas películas (al fin y al cabo, sabemos de sobra que no somos su público objetivo), Leal lo vuelve a poner difícil hasta para el más indulgente (sugerencia de título para la última parte o el pack de la serie completa). Se trata de una película sin vida, con una puesta en escena muy pobre (hay algún croma por ahí que resulta bastante sonrojante) y una historia completamente desestructurada y mal contada que se las arregla para ser absurda y aleatoria, a la vez que rutinaria y predecible. La coherencia brilla por su ausencia, como en las anteriores entregas, pero aquí es peor aun, gracias a un argumento que amontona ideas y conceptos cogidos con pinzas (pretendidamente unidos en una celebración de la diferencia, con moraleja sobre los peligros de la manipulación genética) y se (nos) confunde con toda clase de situaciones azarosas (decisiones cuestionables, agujeros por todas partes, y personajes inverosímilmente ingenuos que se mueven en contra del sentido común). Todo para acabar en un “desenlace” de lo más chapucero y simplón, más propio de una serie fantástica de los 90 que de una superproducción de Hollywood.

Por si eso fuera poco, los actores se pasean estáticos por la película (sobre todo la impasible Woodley, que no podría tener menos ganas de estar ahí), se mueven y se relacionan gélidamente, con el mismo ímpetu con el que uno se levanta del sofá un domingo para coger el mando a distancia que está en la otra punta del salón. Claro que esa falta de entusiasmo y entrega no es solo culpa suya (el reparto está lleno de gente con talento, jóvenes y veteranos), sino sobre todo del material tan estéril y falto de emoción con el que trabajan. Esta serie no da más de sí, porque de entrada no tenía mucho que dar (como los libros en los que se basa, según dicen), y su difuso planteamiento ha alcanzado un punto muerto en esta película. Mala señal cuando sabemos que todavía queda otra.

Valoración: ★½

Crítica: Zootrópolis

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No cabe duda de que Buscando a Dory será un gran taquillazo y una secuela de calidad (o eso esperamos), pero Pixar lo va a tener difícil este año para superar a su compañera de oficina, Disney. La compañía de Mickey Mouse, precisamente bajo la supervisión del propio John Lasseter, parece haber encontrado por fin su mojo, y después de los éxitos de FrozenBig Hero 6, nos trae la que será sin duda una de las mejores cintas animadas de 2016, Zootrópolis (Zootopia), un estallido de energía, color e imaginación lleno de grandes personajes con el que Disney eleva considerablemente el listón del cine de animación por ordenador.

La premisa y argumento de Zootrópolis no son necesariamente originales: Judy Hopps (Ginnifer Goodwin) es una chica de campo que tiene un sueño, ser policía en la gran ciudad. Con tesón y mucho trabajo, Judy se convierte en la primera coneja del cuerpo de policía de Zootrópolis, una imponente urbe donde los mamíferos (depredadores y “presas”, carnívoros y herbívoros) han evolucionado y viven en (caótica y estresante) armonía, organizados en cuatro barrios según su hábitat (Sahara Square o Tundratown, por ejemplo). Sin embargo, Judy se encuentra con mil y un obstáculos para demostrar que es algo más que una “conejita tonta” y que puede ser una gran agente a pesar de su tamaño. Con ese objetivo en mente, se autoadjudica un misterioso caso que su distrito no es capaz de resolver: una serie de desapariciones en Zootrópolis que parecen esconder una conspiración relacionada con los depredadores de la ciudad. Para llevar a cabo su misión, Judy se alía con Nick Wilde (Jason Bateman), un zorro granuja que se gana la vida cometiendo fraudes en la calle, y que también se enfrenta a sus propios obstáculos en la vida: en Zootrópolis, nadie se fía de un zorro, por el mero hecho de serlo.

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Como decía, la idea es más bien convencional, una historia clásica de superación con buenas dosis de espíritu motivacional y la lección disneyana por excelencia: “con esfuerzo, cualquier sueño se puede hacer realidad”, o su variación “puedes ser cualquier cosa que te propongas”. Pero lo que hace de Zootrópolis una película extraordinaria a pesar de su carácter formulaico es su inagotable ingenio, que toma forma en un guion inteligente repleto de hallazgos y ocurrencias gracias al que no deja de sorprender ni un solo minutoZootrópolis es una aventura de ritmo endiablado (no decae en ningún momento), un misterio absorbente, y ante todo, una comedia excelente. Su mayor acierto es haber traducido las idiosincrasias particulares a cada especie animal al lenguaje moderno de la gran ciudad, respetando detalles como las escalas de tamaño (aquí los animales son atropomorfos, pero los ratones son minúsculos y viven en su propia mini-ciudad, y las jirafas saludan desde dos pisos de altura) o usando (pero nunca abusando de) las nuevas tecnologías, con gran presencia de los móviles (bien empleados más allá de la típica gracieta, dándole un aire más cercano y contemporáneo a la historia). Esta yuxtaposición (versión para todos los públicos de lo que está haciendo BoJack Horseman en televisión) ayuda a darle la vuelta a los tópicos y genera una fuente inagotable de gags físicos y chistes geniales, de los que sin duda destaca el encuentro con los perezosos, que aquí, evidentemente, son funcionarios de Tráfico. Sencillamente una de las mejores secuencias cómicas que vamos a ver este año.

Con Zootrópolis, las carcajadas están aseguradas durante todo el metraje (y no solo gracias a los perezosos, ojo, que aparecen solo en un par de escenas). Pero la película es mucho más que eso. Zootrópolis es una historia con muchas capas, una película familiar que se experimenta a varios niveles, y que los niños y los adultos pueden disfrutar por motivos distintos, como suele ocurrir con los títulos de Pixar. No llega a ser tan compleja como Inside Out, pero sí se encarga de apelar al adulto en todo momento, con escenas que podrían ser consideradas muy atrevidas para los estándares de Disney (por ejemplo, la del balneario nudista regentado por un yak “fumado”), secuencias de acción más violentas y oscuras de lo habitual (peleas muy viscerales, o “animales”, heridas visibles, incluso algún susto) y (algo más que) guiños a cosas tan adultas como El PadrinoBreaking Bad, que hacen referencia a temas escabrosos como la mafia o las drogas, y que, evidentemente, solo podrán entender los más mayores (que gozarán de lo lindo, claro). Pero sin duda, el valor más importante de Zootrópolis, tanto para niños como para adultos, es su poderoso mensaje feminista y de denuncia contra los prejuicios raciales y culturales. Esto es lo que hace de la película un producto de nuestro tiempo, una auténtica lección de valores que hace partícipes a los niños de la lucha moderna contra el sexismo y el racismo. Como debe ser.

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Zootrópolis está hecha con un detallismo apabullante y una entrega absoluta en todos los departamentos. A nivel narrativo, puede ser imprevisible, desbordantemente creativa, buenrollista pero mordaz, y cuenta con un guion maduro, con elementos de misterio, crimen, y giros sorprendentes que mantienen la historia siempre viva y en constante movimiento, a pesar de dividirse en actos siguiendo la fórmula establecida. También hay que destacar el trabajo de doblaje (en versión original), con notables interpretaciones por parte de Idris Elba, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia SpencerAlan Tudyk (en la que es su cuarta colaboración consecutiva con Disney) o Jenny Slate. Y por supuesto, hay que elogiar especialmente a Goodwin y Bateman, que aportan a sus personajes una gran naturalidad y emociones reales (no hay más que ver el llanto de Judy en su precioso reencuentro al final), lo que resulta en una gran química entre ellos. Por último, aunque no haga falta decirlo, Zootrópolis es un triunfo técnico absoluto, una película muy física y de una gran fuerza visual. La animación es brutal (¡qué expresividad corporal y facial!), los diseños de personajes -homenaje en clave moderna a Robin Hood– son una delicia (un sueño para el fandom furry), las texturas se pueden sentir en la yema de los dedos, la acción es vertiginosa y los muy diversos ambientes y escenarios que conforman la metrópolis dejan sin aliento.

Claro que, como ya hemos señalado, este film también supone un salto considerable en la trayectoria moderna de Disney al llevar un paso más allá su mensaje, convirtiendo una fábula modélica de crecimiento personal protagonizada por una chica que se eleva por encima de sus circunstancias y sus opresores en un manifiesto en contra de los prejuicios sociales y la estereotipación, un proyecto de futuro que propone un mundo (una utopía) donde nadie sea juzgado o dado por sentado debido a su especie (raza/condición/sexo). Zootrópolis no es solo un regalo para la vista, una bonita historia de amistad y una irresistible aventura cómica, también es una valiosa obra de ficción que, de convertirse en clásico, contribuirá a dar forma a las próximas generaciones de adultos de la mejor manera posible.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La Serie Divergente – Insurgente

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La llama de las adaptaciones de novelas para adolescentes parece estar apagándose. A Katniss Everdeen, la líder indiscutible del movimiento post-Crepúsculo y Harry Potter, le queda una película para decirnos adiós, y su relevo, Tris Prior, que llegó a rebufo de la sufrida Sinsajo, no termina de enamorar a la audiencia. Después de Divergente (2014), el primer capítulo de la saga basada en los best-sellers de Veronica Roth, nos llega Insurgente, secuela con la que se pretende elevar el listón de la franquicia con más acción, un tono decididamente más oscuro y un estilo más arraigado en la ciencia ficción, con la esperanza (en vano) de que esta llegue a un público más amplio. El problema es que Tris no es Katniss, y por mucho que se esfuerce en disfrazarse de lo que no es, La Saga Divergente no es más que una mala copia de Los Juegos del Hambre.

Además de su tibia recepción crítica (que no es realmente importante en el caso de las adaptaciones Y.A., porque su público objetivo no se guía por esto), varios factores juegan en contra de Insurgente. En primer lugar, la cercanía con respecto a Hunger Games hace que las comparaciones sean inevitables, y que Divergente parezca un pasatiempo menor para rellenar la espera entre las películas de la otra saga. En segundo lugar, el mercado ya está saturado, como han demostrado los sonados fracasos young adult de los últimos años (iba a enumerar los inicios de saga frustrados, pero ya se nos han olvidado todos), lo que provoca que Insurgente no sea recibida con tanto entusiasmo por su audiencia target (adolescentes ya más resabiados que pasan con pasmosa facilidad a lo siguiente). En tercer lugar, Shailene Woodley no es la estrella que Hollywood se empeña en vendernos. La muchacha es buena actriz (no hay que perdérsela en Bajo la misma estrella), pero por lo general cae antipática, y no consigue resultar creíble como heroína de acción.

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Sin embargo, el principal factor en contra de Insurgente no es externo, es la historia en sí. Ya comprobamos en Divergente que el universo distópico que nos presentaba Roth no tenía ni pies ni cabeza. Sus normas desafían todo tipo de lógica, y solo existen de forma caprichosa, para construir un sistema totalitarista “de moda” y generar un conflicto social que no sería capaz de crear de otra forma. Lo normal (y recomendable) es que seamos más permisivos en nuestro pacto de ficción con este tipo de películas, pero Insurgente nos pone las cosas realmente difíciles con escenas cada cual más absurda e inconexa que la anterior. Hagamos memoria, estamos en una Chicago futurista, la sociedad se divide en facciones organizadas según las características personales de cada ciudadano (Cordialidad, Erudición, Verdad, Abnegación y Osadía). Todas viven bajo la autoridad de un gobierno central, élite presidida por una megalómana gélida y divina, JeanineKate Winslet, que tiene mucha más presencia en la secuela y, afortunadamente, esta vez ha decidido actuar. Sin embargo, existen personas que ponen en peligro el orden establecido, seres capaces de lo jamás pensado: ¡poseer dos o más características a la vez! Son los llamados “divergentes”, o como los conocemos en mi casa: personas normales.

Insurgente retoma la acción poco después del final de Divergente, con Tris, Cuatro (Theo James), Peter (Miles Teller) y Caleb (Ansel Elgort) ahora como fugitivos buscando aliados para derrotar a la bruja a la vez que huyen de su ejército de monos voladores, liderado por Eric (Jai Courtney). Mientras, Jeanine intenta abrir una caja mágica (¿por qué no?) que oculta un mensaje secreto, y que solo puede ser desbloqueada por un “elegido”, un divergente puro (con las 5 características al 100% de su potencia) que no es otro que Tris. Así, la película se divide en dos secciones, una primera en la que los rebeldes se refugian con facciones amistosas (por ahí desfilan Naomi Watts y Octavia Spencer, porque no tenían nada mejor que hacer), se enfrentan a sus captores y lidian con traiciones a izquierda y derecha; y una segunda en la que asistimos a las pruebas de Tris, simulaciones virtuales que le llevarán a descubrir los secretos sobre su familia y el pasado del mundo en el que habita, para a continuación abrir la puerta al futuro. Un futuro que, por cierto, se asemeja sospechosamente al de otra reciente saga teen clon de Hunger GamesEl corredor del laberinto. Vamos, que son todas la misma película.

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Ya desde el comienzo de su campaña promocional se quiso dejar claro que esta secuela sería diferente a su predecesora al menos en una cosa: la acción. Para ello, Lionsgate contrató a Robert Schwentke (Red, R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal), que sustituye al director con el mejor nombre del mundo, Neil Burger. Aunque no faltan las eternas escenas de sobre-exposición y las dosis de romance atormentado (la escena de cama de Tris y Cuatro no podría estar más metida con calzador y peor realizada), sí que es cierto que Insurgente se esfuerza en dar algo de movimiento a la trama. Para ello, la película avanza a base de persecuciones y combates bien coreografiados (Jai Courtney sube considerablemente el nivel físico de estas secuencias) y set pieces que elevan la espectacularidad de una saga que empieza a parecerse a un videojuego de realidad virtual. Sin embargo, ni toda la acción del mundo ni los mejores efectos digitales serían suficientes para camuflar la realidad de Insurgente, una saga insulsa y sin ritmo que nos exige demasiada indulgencia y a cambio se toma en serio a sí misma hasta niveles sonrojantes.

Valoración: ★★

Crítica: Snowpiercer (Rompenieves)

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Tras un fallido experimento científico diseñado para acabar con el calentamiento global, la Tierra se ha convertido en un gran erial blanco sin vida, sumergido en una nueva era glacial. Los últimos seres humanos que quedan en el planeta viven, sobreviven o malviven en el único tren en funcionamiento, el Rompenieves (Snowpiercer), una impresionante máquina de última generación que da la vuelta al mundo sin detenerse y cuyo ciclo de rotación dispone el calendario para sus habitantes. Están segregados en los distintos vagones del tren, organizados para suministrar las necesidades básicas para la vida en un ecosistema artificial; y divididos de manera que la clase explotada sufre hambre y frío en la cola y la clase alta disfruta de una vida de exceso y privilegio en los primeros vagones. Movido por el deseo de conocer los secretos del tren y liberar a los suyos del yugo de la dictadura, Curtis (Chris Evans), se embarcará en una aventura que le llevará de la cola hasta la sala de máquinas del tren.

guia.inddTanto el relato como el imponente acabado visual de Snowpiercer recuerdan al Terry Gilliam de Brazil y 12 monos -aunque el cómic en el que se basa es anterior. Remontándonos aún más en la historia del sci-fi, Joon-ho Bong, aclamado director de The Host y Memories of Murder dispone las capas de la sociedad de clases de manera que su film también evoca necesariamente al mundo de Metrópolis de Fritz Lang, solo que la sociedad de Snowpiercer se estructura de manera horizontal en lugar de vertical. La película propone un fascinante microcosmos sociopolítico condensado y estratificado que Bong levanta a partir del cómic homónimo de Jacques LobJean-Marc Rochette y Benjamin Legrand. Este erige un universo increíblemente rico en detalles, habitado por personajes excéntricos -de los que destaca la divertidísima Mason, una impresionante nueva transformación física de Tilda Swinton-, y cuya inventiva y originalidad es directamente proporcional a las restricciones y trabas que supone una propuesta de estas características.

Quizás puede echársele al film cara una excesiva duración (tengo mucha curiosidad por saber si la versión recortada de los Weinstein suple este problema), que hace que se resienta sobre todo en su excesivamente alargado clímax, y carga la historia de más peso filosófico y melodramático del que puede aguantar. Por muy necesarias que sean todas esas reflexiones trascendentales y existencialistas para dotar de sentido completo a la película, estas acaban lastrando el ritmo, y haciendo que el final parezca no llegar nunca. Algo perdonable en cualquier caso, porque Snowpiercer es una obra magna, increíblemente ambiciosa y arriesgada, un trabajo de orfebrería fantástica cuyos fallos y aciertos la convierten en una película única. A lo largo del tren, vagón a vagón, Snowpiercer nos involucra a base de acción de primera, afiladísima sátira y sorprendente sentido del humor -atención a la secuencia del vagón escuela-, en una apasionante lucha de clases, conduciéndonos en última instancia hacia el declive de la raza humana. No cabe duda, Snowpiercer es ciencia ficción distópica en su forma más perfecta.

Valoración: ★★★★