‘Aquaman’ es la película que DC necesita, pero eso no quiere decir que sea buena

Arthur, escúchame. Ese mundo está muy mal. La vida bajo el mar es mucho mejor que el mundo allá arriba. ¿No ves que tu propio mundo no tiene comparación? Además, tú eres el verdadero rey de Atlantis y tienes todo el derecho a reclamar el trono, que tu hermano va de mal en peor. Aquaman, tu reino te necesita… y el Universo DC mucho más.

Situada cronológicamente después de los acontecimientos de Liga de la Justicia, Aquaman nos introduce en los orígenes del personaje titular. Desde el romance a lo Un, dos, tres… Splash de sus padres (interpretados por Nicole Kidman y Temuera Morrison, Guerreros de antaño) hasta sus primeros pasos como superhéroe local. Su apacible existencia como levantador de submarinos se resquebraja cuando ve cómo su ciudad es arrasada por una ola gigantesca, al igual que le ocurría a Sosuke en Ponyo en el acantilado. Aunque muchos lo quieran catalogar como desastre natural, esta no es sino una de las primeras acciones de su hermano, que cual líder de extrema derecha no solo quiere elevar el proteccionismo de su villa de las profundidades, sino también arrasar y someter a la población del mundo seco. Para intentar frenarle, Aquaman deberá encontrar el Tridente de Atlán, legendaria arma de su abuelo que le serviría para reclamar su derecho legítimo al trono de Atlantis.

Tras la debacle de crítica y público que supuso Liga de la Justicia, DC mandó al banquillo a su cabeza visible, Zack Snyder, y depositó su confianza en todo un valor en esto de las resurrecciones: James Wan. Máximo artífice del renacer del cine de terror de las últimas décadas gracias a las sagas Saw, Insidious y Expediente Warren. Su nombre está asociado a una cadencia y a un ritmo perfecto hecho por y para el disfrute (o el mal rato voluntario y los sustos) del espectador. Esa ausencia total de ritmo y de equilibrio entre el componente épico y el humorístico eran los puntos más débiles del Universo DC, por lo que la elección de Wan no solamente era una buena apuesta de cara a la taquilla, sino una decisión in extremis para intentar salvar un emporio cinematográfico de capa caída.

¿Ha sido Wan capaz de salvar la papeleta? El resultado es bastante agridulce. No llega a fracasar estrepitosamente como Snyder o David Ayer (Escuadrón Suicida), pero ni de lejos llega al digno trabajo que realizó Patty Jenkins (Monster) con Wonder Woman. Aquaman es ambiciosa en la creación de su universo subacuático, que cobra vida de la forma más asombrosa y exuberante, y además tiene la actitud adecuada, pero acaba incurriendo en todos y cada uno de los errores marca de la casa.

Volvemos a enfrentarnos a una innecesariamente elevadísima duración (que no cuenten conmigo para el director’s cut), exceso de tramas mal conectadas, una historia extremadamente genérica (lo cual no sería un problema realmente si estuviese bien estructurada), una colección de personajes planos y faltos de desarrollo interesante (un saludo en especial para Black Manta, uno de los villanos más insulsos de DC en cine), unos efectos digitales inconsistentes que hacen que la película parezca por momentos un videojuego, otro sobrecargado clímax apocalíptico (cuando de verdad se acabe el mundo no vamos a asustarnos, vamos a bostezar), gags de humor infantiloide y cambios bruscos de tono (no sabe si tomarse en serio o no), unos cuantos momentos de vergüenza ajena (¿Qué le pasa a DC con las madres?) y cierta sensación de tijera a última hora en el montaje (trama recortada de Black Manta recortada, y una sola referencia a la pertenencia e Aquaman a la Liga de la Justicia) seguramente para hacer borrón y cuenta nueva.

Aunque la elección de Jason Momoa (Juego de tronos) como Aquaman chocase a los fans de DC, el aperitivo que tuvimos en Liga de la Justicia hizo pensar que quizá esta versión macarra y socarrona del personaje podría funcionar. Pero de la misma manera que Henry Cavill parecía el Superman perfecto o Jared Leto un potencial buen Joker, a Momoa le falta talento para ir más allá de la superficie. Claro que esto no es completamente culpa suya, sino de un personaje que está escrito así, simple, acartonado y sin ningún tipo de profundidad, reducido a los estereotipos del héroe y aderezado con latiguillos y gracietas irrisorias. Errores que en ocasiones incluso aparecen subrayados con unos riffs de guitarra espantosos (en un intento de emular a Wonder Woman). Pero no es Momoa el único en caer en la maldición de DC: dos intérpretes de la valía de Nicole Kidman y Willem Dafoe (The Florida Project) parecen más preocupados en cobrar sus cheques que en dar vida a sus personajes (aunque vuelva a ser culpa igualmente de lo desdibujados que son sus roles) y Amber Heard (y su peluca) no da la talla, siendo incapaz de hacer creíbles unos diálogos de lo más torpe. Quien sale más airoso es Patrick Wilson (Expediente Warren), chico Wan por excelencia. Aunque su villano no sea más que un Loki de Hacendado, el actor sabe medir el histrionismo necesario para su personaje y aporta aplomo a la película.

Aunque no llegue a ser un despropósito como Escuadrón Suicida y de hecho incluya algunas de las secuencias más épicas que hemos visto en el cine últimamente (el descenso a la fosa es espectacular y el clímax, aunque abarrotado, tiene planos brutales), Aquaman supone otra oportunidad perdida para DC, que esta vez se ha aventurado a hacer un placer culpable con la esperanza de que sea lo que el público busca (y oye, quizá en eso haya acertado). En esta ocasión duele especialmente porque creíamos en que este viaje al fondo del mar tenía mucho potencial para elevar el universo DC, pero aquí estaremos dando oportunidades hasta que el estudio consiga enderezar su rumbo más allá de la Mujer Maravilla.

David Lastra

Nota: ★★½

Reseña: La seducción, de Sofia Coppola

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Después de la incomprendida The Bling Ring (2013), Sofia Coppola se apartó temporalmente del cine para continuar su fructífera relación con el mundo de la música dirigiendo videoclips para la banda de su marido, Phoenix, se hizo cargo del vapuleado especial de Navidad para Netflix de Bill Murray, continuó diseñando y protagonizando campañas de moda y dirigió su versión de La Traviata de Valentino. Su regreso al cine tras este breve pero productivo paréntesis creativo la lleva a reencontrarse con Kirsten Dunst, quien protagonizaría su primer largometraje como directora, Las vírgenes suicidas, y más adelante, la magnífica (y también infravalorada) María Antonieta.

Con La seducción (The Beguiled), Coppola vuelve al cine de época para realizar una nueva adaptación de la novela homónima de Thomas Cullinan, llevada al cine en 1971 por Don Siegel en El seductor. Con su versión, Coppola conduce la historia hacia su terreno al poner casi todo el énfasis en los personajes femeninos, en lugar del protagonista masculino, en el caso de la cinta clásica, Clint Eastwood, en el remake, Colin FarrellLa seducción es un hipnótico drama psicológico con sutiles toques de thriller y comedia negra que nos transporta hasta la Guerra de Secesión estadounidense para adentrarnos en un internado de señoritas que recibe la visita inesperada de un soldado. Una premisa metafórica que se ajusta como anillo al dedo al estilo y la particular visión de la realizadora.

La llegada del cabo McBurney (Farrell) al caserón regentado por la estricta señorita Martha (Nicole Kidman de nuevo en la cima de su carrera) trastorna la armonía que reinaba allí hasta entonces, sumergiendo a la directora, su ayudante (Dunst) y sus jóvenes inquilinas en un juego de seducción que acabará desatando fuertes tensiones entre ellas, celos y traiciones que traerán consecuencias inesperadas. El elenco femenino, encabezado por unas soberbias Kidman y Dunst (esta última sobresale especialmente y merece mucho más reconocimiento del que tiene) y secundado por un reparto infantil y adolescente del que destacan Elle Fanning y Oona Laurence, realiza un excelente trabajo construyendo el microcosmos de la película, mientras un irresistible Colin Farrell se encarga de ponerlo patas arriba. La influencia manipuladora que ejerce el soldado sobre estas mujeres desgarra el velo de un universo etéreo y aparentemente sosegado, pero en realidad opresivo y marcado por el aislamiento, bajo cuya superficie bulle el anhelo de romper las cadenas y los corsés que las asfixian.

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Esa es la mayor virtud del film, contar mucho con poco. Coppola lleva a cabo un trabajo (a ratos excesivamente) minimalista en cuanto a trama y diálogos del que, sin embargo, se pueden extraer muchas capas si se presta la debida atención. Más allá de su exquisito y envolvente acabado visual (todo un placer para los sentidos), que no sorprenderá a cualquiera que esté familiarizado con la preciosista obra de Coppola y su maestría y minuciosidad para crear atmósferas, La seducción es un cuento gótico que encierra entre paredes la incertidumbre y la violencia de un conflicto histórico transformador, una elegante sátira costumbrista, y por encima de todo, una intensa fábula erótica sobre la pasión y el poder del deseo.

La seducción ya está a la venta en Blu-ray y DVD. En ambas ediciones podemos encontrar los siguientes contenidos adicionales:

Cambio de perspectiva: Directora y elenco explican cómo La seducción difiere tanto de la novela homónima como de la primera versión cinematográfica, además de incidir en el brillante papel de los actores que ayudaron a Sofia Coppola a llevar a la gran pantalla esta adaptación.

Estilo del sur: Descubre cómo vestuario, peluquería, maquillaje y otros elementos se unen para crear una experiencia íntegra no sólo para el espectador, sino también para los actores.

Crítica: El sacrificio de un ciervo sagrado

Pongámonos serios, ¿a quién quieres más, a mamá o a papá? O puede que a la otra mamá o al otro papá. Puede que incluso la respuesta que decidas elegir no sea otra que la arrolladora ‘ninguna de las anteriores’. La cuestión se las trae, ya que cualquiera de las opciones posibles conlleva cierta carga de culpabilidad, ya sea de origen cristiano, occidental o cualquier otro. Pero la cosa se puede poner aún más peliaguda cuando hacemos una pregunta un pelín más oscura: ¿a quién matarías, a mamá o a papá? Ahora no se escucha ninguna voz disonante, si acaso alguna pedorreta de incredulidad. Y si te digo que la supervivencia del otro depende directamente de asesinato del otro. Venga, valiente, contesta. Es la hora de la verdad, llega El sacrificio de un ciervo sagrado.

Yorgos Lanthimos es un perfecto jodecabezas. El realizador griego ya nos las hizo pasar canutas en esa marcianada idiomática y altamente violenta llamada Canino. Puede que las costuras estuviesen demasiado a la vista y que alguna que otra resolución cayese en lo burdo, pero lo que es innegable es su capacidad inventiva y su maestría a la hora de crear mindfucks. A pesar de ese tropezón insulso llamado Alps, volvimos a confiar en él gracias a esa fábula de terror llamada Langosta, donde nos mostraba el drama de ser soltero en nuestros días. En esta El sacrificio de un ciervo sagrado vuelve a hacer gala de ese sentido directo y real que le caracteriza. En el universo Lanthimos las metáforas no tienen cabida y si en el título ya nos ofrece un sacrificio, eso es que va a correr sangre.

Una vez más, Colin Farrell (Minority Report) vuelve a convertirse en la insospechada musa de Lanthimos tras su primer encuentro en Langosta. Si acaso un poco más plano que en aquella, la interpretación de Farrell como el Doctor Steven Murphy supone un paso más por el buen camino en su renacer artístico (La seducción, Animales fantásticos y dónde encontrarlos…). Su crimen en esta ocasión es que comparte escenas con dos animales escénicos que le eclipsan casi en su totalidad: Nicole Kidman y Barry Keoghan.

2017 es el año Kidman, ya se festejó en Cannes y cada uno de sus trabajos que hemos visto estos meses no hacen sino confirmarlo: Big Little Lies, La seducción, Top of the Lake: China Girl y ahora esta El sacrificio de un ciervo sagrado. Para su Anna Murphy, Kidman canaliza a la Alice de Eyes Wide Shut, usando su desdén y erotismo, pero sin ni un solo ápice de jovialidad. Pero el verdadero triunfador de este sacrificio es Barry Keoghan. Si su papel en Dunkerque le colocó en el mapa, su Martin en El sacrificio de un ciervo sagrado le podría valer su primera candidatura a los Oscar (por el momento ya se ha ganado una mención en los Indie Spirit). Keoghan es el ente perturbador casi sobrehumano que lo destroza todo. Él no es un ser humano al uso, ni siquiera es un veinteañero. Más bien es una presencia, similar a la del visitante que encarnaba Terence Stamp en Teorema. Pero allá donde el personaje de Pasolini exploraba los placeres de la carne, el de Lanthimos tiende a la destrucción completa y total de todo aquel que no se atenga a sus normas. Una actitud que le acerca muchísimo a los dos pipiolos de Funny Games de Michael Haneke. Puede que incluso tengan su propio grupo de WhatsApp.

Con El sacrificio de un ciervo sagrado, Lanthimos logra que volvamos a aceptar incondicionalmente sus normas, aunque sea para introducirnos en una pesadilla, contraria a toda la lógica de nuestro mundo moderno. Un absurdo que no nos podría ocurrir nunca, aunque seguro que el matrimonio Smith de la película hubiese pensado lo mismo si hubiese visto la película antes de la visita de Martin.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Lion

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La construcción de la identidad personal supone el viaje más importante de todo ser humano. Esa odisea comienza desde la más tierna infancia y llega a su consecución cuando el sujeto llega a una etapa de madurez. Esa identidad hace que el sujeto sea único, aunque comparta afinidades a diferentes grupos sociales. Las figuras paternales son el elemento clave en las primeras etapas de este viaje, ya que el sujeto crea la base de su identidad a través de la reflexión y la observación de sus actos. La consecución de la identidad no es un acto certero y permanente, ya que al ser un proceso dinámico, puede variar a lo largo de los años o puede no verse completada hasta una etapa más avanzada de adultez. Tanto esos cambios como la imposibilidad de encontrar unos rasgos o características diferenciadas provocan una crisis de identidad. Lion se acerca a ese preciso momento del conflicto en que todo se rompe y la sensación de vacío se hace insoportable.

Al adentrarse en su tercera década de existencia, Saroo sufre una crisis de identidad. A pesar de contar con un entorno positivo y acogedor, tanto por parte de su familia de adopción como de su pareja, y un futuro halagüeño, la melancolía que le atenaza es atroz. Aunque haya madurado y se haya convertido en una persona adulta, Saroo no ha logrado encontrarse a si mismo. Puede que haya logrado construir una identidad propia, pero esa misma no le sirve a sus treinta años. Por ello, debe encontrarse a sí mismo y para ello debe desenterrar su origen. Saroo fue adoptado a los cinco años por una pareja australiana después de haber aparecido perdido en las calles de Calcuta. Es ese pasado pre-australiano el que cohibe la creación de la identidad de Saroo y es por ello que decide encontrar a su madre y a sus hermanos.

Mediante un parsimonioso inicio, Garth Davis (Top of the Lake) nos muestra la infancia de Saroo: las condiciones precarias de su hogar, los pequeños robos junto a su hermano, su sufrida madre,… Una situación que se rompe cuando el pequeño Saroo (interpretado por el efectivo debutante Sunny Pawar) se queda dormido dentro de un tren con destino a Calcuta, a unos dos mil kilómetros de su ciudad natal. Aunque arriesgado, este prólogo sin apenas diálogos y que sobrepasa los veinte minutos de extensión, es todo un acierto por parte de Davis ya que logra tanto sentar el tono del film como que el espectador se imbuya de lleno en la pérdida de Saroo y se emocione con el proceso de adopción.

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Tras un salto temporal, Lion se olvida de esa cadencia y opta por un ritmo más vertiginoso y fragmentado, descuidando en demasía la narración. Esa decisión provoca la sensación de estar viendo pequeños tráilers o resúmenes de las escenas que realmente tendríamos que estar visionando. Este desbarajuste se ve solventado gracias a la carga emocional intrínseca de la historia. Es completamente imposible no emocionarse a medida que las investigaciones vía Google Earth van dando sus frutos y, especialmente, con el climax final.

Es bonito ver hasta dónde ha llegado un viejo amigo como Dev Patel (Slumdog Millionaire. ¿Quieres ser millonario?). Diez años hace ya que le conocimos en la primera generación de Skins. Diez años en los que le hemos visto crecer, tanto profesional (ha sido chico Boyle, Shyamalan, Sorkin…) como físicamente (su cambio en Lion es sorprendente). Como colofón a esta década de amistad y para que no sufra una crisis de identidad como la de su personaje, Patel ha conseguido su primera candidatura a los Oscar como mejor actor secundario. Galardón que no logrará por el alto nivel de sus competidores, pero es una mención que se agradece dado su trabajo interpretativo en este film. Igualmente irreprochable es la conseguida por Nicole Kidman (Moulin Rouge) por su papel como madre adoptiva de Saroo. Esperemos que este papel le haya servido a Nicole para centrarse y volver a elegir mejor sus papeles, ya que desde su retorno solo había vuelto a dar en la diana en Los secretos del corazón y Stoker.

Lion es un melodrama tremendamente efectivo y bastante efectista, que aunque muestre en demasía tanto sus costuras como su hoja de ruta, emociona de lo lindo hasta al espectador más hierático.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: El editor de libros (Genius)

Michael Grandage, director artístico del prestigioso Teatro Donmar Warehouse de Londres y a quien muchos ya proclaman sucesor de Sam Mendes, debuta en la dirección de cine con El editor de libros (Genius), film basado en la biografía Max Perkins: El editor de libros, de A. Scott Berg. La ópera prima de Grandage nos cuenta la relación del famoso autor norteamericano Thomas Wolfe y su editor, Max Perkins, la persona que descubrió a otros importantes novelistas como F. Scott Fitzgerald, John Steinbeck o Ernest Hemingway.

Mostrándonos el trabajo de Perkins en la editorial neoyorquina Scribner y cómo este afecta a su vida privada, la película supone un apasionado recorrido por el arte de la creación literaria y el mundo editorial en la Norteamérica de los años 30. Colin Firth se pone en la piel del editor, un hombre sereno, intuitivo y analítico que ve cómo su mundo se tambalea con la irrupción de un torbellino creativo, Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law (que está viviendo recientemente un resurgimiento profesional). Wolfe es un diamante en bruto, un artista de ingenio desbordante y tendencia al exceso que necesita ser pulido antes de presentarse al gran público. Ese es el trabajo de Perkins, y la labor del editor de libros, un profesional que debe gestionar la creatividad del autor para que la obra alcance la forma perfecta.

El editor de libros nos habla de una tumultuosa pero preciosa relación profesional convertida con el tiempo en amistosa y familiar, en la que el joven Wolfe desempeña hasta cierto punto el papel de hijo de Perkins (quien solo tuvo hijas). Colin Firth (Perkins) vuelve a dejar constancia de su enorme talento y presencia con una interpretación equilibrada, contenida y llena de matices (la película es suya, no cabe duda), mientras que Jude Law (Wolfe) es todo histrionismo, vehemencia y entusiasmo infantil, un trabajo entregado, pero también más irritante que carismático. Firth y Law son secundados por Laura Linney, que interpreta a la sufrida esposa de Perkins, y una magnética Nicole Kidman, cuyo personaje es esencial a la hora de dibujar el carácter impetuoso e irresistible de Wolfe, un hombre incapaz de corresponder la profunda dependencia emocional que genera.

Pero además de constituir un melancólico drama de promesas y decepciones, El editor de libros es una oda a la labor profesional del editor, pieza clave en la formación de muchos de los grandes genios literarios del siglo XX, que debe permanecer en la sombra mientras el autor se lleva la gloria y la fama (como Perkins reconoce en la película, dedicar un libro al editor está mal visto, pues este debe ser invisible).

Aunque El editor de libros no es más que otro biopic al uso que no será especialmente recordado, la excelente puesta en escenaambientación, así como el entusiasmo y la pasión con la que Grandage aborda el proceso creativo de Wolfe y su editor/ángel de la guarda, hacen que la película suponga un homenaje inspirado y convincente, además de especialmente idóneo, incluso imprescindible, para los amantes de la literatura, y en concreto de los grandes autores estadounidenses del siglo pasado.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Un largo viaje (The Railway Man)

RUSH

Un largo viaje, genérico título español para The Railway Man de Jonathan Teplitzky (Burning ManMejor que el sexo), es la historia real de Eric Lomax, un soldado británico de la Segunda Guerra Mundial que, junto a su pelotón, fue apresado, esclavizado y torturado por el enemigo durante un largo cautiverio en un campo de trabajo japonés. Muchos años después, Lomax, interpretado por Colin Firth, descubre que su verdugo sigue con vida y no solo no se ha movido del lugar de sus crímenes, sino que ejerce como guía turístico de la zona. Aún en contacto con uno de los compañeros con los que vivió los horrores de la guerra (Stellan Skarsgård) y tras conocer a la mujer de su vida, Patti (Nicole Kidman), Lomax se propone enfrentarse al hombre que condicionó el resto de su vida.

Un largo viaje es una historia de supervivencia y perdón basada en el best-seller autobiográfico (publicado en 1995) de Lomax, y nos habla del largo y tormentoso recorrido personal de un hombre horriblemente dañado por su pasado, y cuyas heridas siguen muy abiertas. Colin Firth da vida con suma delicadeza y sin miedo alguno a ser turbio y despiadado, a este ex soldado aficionado a los trenes cuyo aspecto erudito y apacible oculta el hecho de que fue uno de los soldados más valientes de la guerra. Su obsesión por el mundo del tren (que se extiende hasta conocer perfectamente todos los itinerarios posibles del territorio británico) no es sino una manifestación del lacerante trauma que lo mantiene conectado, a través de los miles de kilómetros de líneas ferroviarias, con la pesadilla que solo él conoce. Y Firth transmite brillantemente -como de costumbre- el insoportable dolor que esto significa.

The-Railway-Man-PosterLa historia de Lomax nos obliga a saltar en el tiempo, primero desde un evocador prólogo de hermoso romanticismo en el que se nos muestra, con muy buen pulso, el enamoramiento de Eric y Patti -Kidman tan convincente y vulnerable como siempre. Y después entre el presente -la dificultosa vida en pareja del matrimonio, una vez atravesada la etapa de recién casados- y el pasado en Japón, donde conocemos al joven Lomax, interpretado por Jeremy Irvine (War Horse). Él es quien se merece en este caso todos los laureles por dar vida a la versión joven de Colin Firth, y no solo por su excelente trabajo de contención dramática y complejidad emocional, sino también por hacernos creer en todo momento que estamos viendo realmente a la encarnación pasada del actor británico. Irvine sobresale de un elenco en el que también despunta el joven actor que da vida al verdugo de Lomax, Tanroh Ishida. Ambos aguantan estoicamente la mayor carga dramática de la película y allanan el camino para que sus dos versiones adultas -también estupendo Hiroyuki Sanada– concluyan el film con un satisfactorio cara a cara.

Sin embargo, Un largo viaje es también una película de desequilibrios. Teplitzky no logra aguantar el ritmo mientras trata de hilvanar pasado y presente, y se le va la historia de las manos con secuencias excesivamente largas, o excesivamente cortas, y no del todo bien conectadas. Además, aunque la película nos ofrezca interpretaciones reseñables, no hay nada verdaderamente destacable, técnica, estética o narrativamente, que las encuadre y las haga memorables. Es decir, Un largo viaje es una película demasiado correcta, austera y convencional (incluso anticuada), un film que trata con mucho respeto, y quizás con demasiado tiento, el síndrome post-traumático de la guerra, resultando en un trabajo carente del impacto y la emoción que suelen conllevar estos relatos bélicos tan profundamente humanos por definición. Si Un largo viaje  nos conmueve no es por cómo está hecha, sino porque la historia de Lomax es por sí sola lo suficientemente poderosa como para afectarnos, sobre todo con su tremenda conclusión: “En algún momento hay que dejar de odiar“.

Valoración: ★★★

Crítica: Grace de Mónaco

Nicole Kidman Grace de Mónaco

El francés Olivier Dahan, realizador de La vida en rosa (Edith Piaf), era a priori un candidato ideal para llevar a la gran pantalla la glamourosa historia de Grace Kelly, la icónica belleza de Hollywood que renunció a su carrera en el cine en los años 50 para convertirse en la Princesa de Mónaco. Sin embargo, la experiencia de Dahan en la biografía de Piaf ha resultado ser insuficiente para levantar Grace de Mónaco, un proyecto condenado desde el principio por la elección de su actriz protagonista, Nicole Kidman (en un cuestionable movimiento publicitario parecido al de su amiga Naomi Watts en Diana), y por la mala reputación que arrastra el género del biopic, sobre todo cuando se centra en figuras de la alta sociedad como la que nos ocupa.

Grace de Mónaco no abarca la biografía completa del personaje, sino que, al igual que la mencionada Diana o la reciente Hitchcock de Sacha Gervasi, acota su cronología de manera que asistimos únicamente a una etapa de su vida -en un sorprendentemente corto metraje de apenas hora y media. En el caso de Grace, se trata de la que transcurre a comienzos de la década de los 60, seis años después de la boda con el príncipe Rainiero III de Mónaco (interpretado en la película por un Tim Roth venido a menos), y abarca hasta la gala benéfica de la Cruz Roja, celebrada en 1962. Poco más de un año en la vida de la princesa, que explora los acontecimientos alrededor del punto de inflexión más importante en su historia, cuando Alfred Hitchcock le ofrece volver a Hollywood para interpretar a su Marnie, la ladrona. Dahan utiliza esta disyuntiva para retratar a un personaje dividido entre dos mundos, una mujer que aún siente la llamada del arte pero está comprendiendo la responsabilidad que conlleva ser la esposa de un mandatario y la imagen de un estado, y establece un acertado paralelismo entre su labor interpretativa en el cine y como consorte del líder monegasco: “Este es el papel de tu vida“.

Grace de Mónaco cartel españolDesde el comienzo de Grace de Mónaco, con un aviso que aclara que estamos ante un relato de ficción basado en hechos reales, y a lo largo de todo el metraje (de la manera más machacona y repetitiva), se insiste en la idea de la vida de Su Alteza Serenísima como la de una princesa de cuento de hadas. Y así se refleja tanto en el etéreo y preciosista acabado del filme como en el excelente diseño de vestuario, peluquería y escenografía. Dahan trabaja para reforzar esta percepción de la historia, pero a la vez trata de acercarnos a la realidad del personaje en un periodo de tumulto, durante el conflicto por el intento de asimilación de Mónaco por parte de Francia. Pero por muchos intentos de dotar a la historia de enjundia y trascendencia, el realizador no consigue traspasar su enlustrada superficie. Y mira que lo intenta. A través de unos intrusivos (casi pornográficos) primerísimos primeros planos al rostro de Kidman, Dahan busca (desesperadamente) reflejar el tormento interior de Grace. El resultado es efectista, un capricho estético más -como esas ocasionales secuencias al más puro estilo hitchcockiano– en una obra que destaca casi exclusivamente por su cuidadísimo envoltorio.

Efectivamente, Grace de Mónaco no es más que una bella y lujosa farsa repleta de malas imitaciones (atención a Paz Vega o a cualquier político o personaje histórico que aparece en la película), pero nos sirve al menos para constatar de nuevo el (cada vez más infravalorado) talento de Nicole Kidman. La mencionada escena en la que Dahan nos pone literalmente en la piel de Grace, mostrándonos muy de cerca los ojos más hermosamente tristes del cine, siempre lacrimosos y agotados de estar abiertos, como también el clímax en la gala de la Cruz Roja (con diferencia la mejor secuencia del filme), nos permiten disfrutar de la Nicole más vulnerable y delicada, una actriz sumamente conmovedora. Es una pena que en ningún momento seamos capaces de ver en su rostro o de oír en su voz a alguien que no sea la propia Kidman, y mucho menos a la Princesa de Mónaco.

Valoración: ★½

 

 

Críticas: Rebelde (War Witch), Stoker, Objetivo: La Casa Blanca

Rebelde (War Witch) (Rebelle, Kim Nguyen, 2012)

La nueva película de Kim Nguyen, seleccionada por la Academia de Cine de Canadá para representar a su país en la más reciente ceremonia de los Oscars, cuenta la historia de Komona, una niña de 12 años raptada por un ejército de rebeldes de la África subsahariana.

Rebelde está narrada por la propia Komona, que cuenta su desgarradora historia a su bebé cuando este aun está en su vientre. La propuesta de Nguyen fluctúa entre la dureza de las experiencias de Komona como una niña de la guerra y el carácter poético y esperanzador de un dulce relato de amor adolescente, así como la búsqueda de refugio y el mejor mundo posible en el que dar la bienvenida a un hijo.

Rebelde nos llama la atención sobre los horrores que acontecen en el continente africano, hablándonos de la supervivencia a toda costa de estos niños arrancados de su infancia, y explorando a su vez las diferentes percepciones de la muerte. La vía de escape que Komona encuentra (como la Bruja de la guerra, y como novia del Mago) nos ayuda a sobrellevar el infierno del que somos testigos, pero no logra aliviar completamente el dolor. La cautivadora interpretación de Rachel Mwanza personifica a la perfección la dualidad Rebelde, la luz y la oscuridad de una infancia mutilada.

 

Stoker (Park Chan-wook, 2013)

Texto de David Lastra

Tachar a Stoker como un orgasmo estético podría desmerecer el producto final, pero no puedo no decirlo. La composición de Park Chan-Wook, la fotografía de Chung-hoon Chung, el vestuario de Kurt and Bart, las piezas de piano de Philip Glass o los toques electrónicos de Clint Mansell son una verdadera maravilla por separado, así que en su conjunto dan lugar a esta obra de arte fílmica.

Pero no todo en esta película se come por los ojos o por el oído, el guión de Wentworth Miller (sí, él prota de Prison Break) es un intrincado viaje a la América profunda, la de los crímenes, la que solo aparece en las páginas de sucesos o desaparece entre el día a día de sus habitantes. Un relato arriesgado (especialmente para el cine estadounidense) y que enlaza a la perfección con la marca de autor del director.

En esta ocasión, Mia Wasikowska será el catalizador de la violencia, estando a la altura de los requisitos de la retraída India, pero si alguien destaca son los dos adultos. Nicole Kidman sigue con paso firme su recuperación (del bótox) y crea una mujer arrasada por las emociones, tanto por el suicidio de su marido como por la irrupción de su cuñado. Ese cuñado está interpretado por Matthew Goode y encarna el verdadero objeto de deseo, oscuro no, lo siguiente. Su presencia turbadora recuerda al visitante celestial de Teorema de Pier Paolo Pasolini. Sí, su pose ante (y sobre) el teclado del piano merecen la comparación con Terence Stamp.

Objetivo: La Casa Blanca (Olympus Has Fallen, Antoine Fuqua, 2013)

Tras una trágica noche de invierno, el presidente de los Estados Unidos (un correcto Aaron Eckhart que deja a la altura del betún el sex-appeal que muchos reconocen en Obama) relega al mejor hombre de su cuerpo de seguridad a un puesto de administración. El guardaespaldas en cuestión, Mike Banning (interpretado por Gerard Butler en un papel hecho a su medida) encuentra la oportunidad perfecta para recuperar la confianza de su jefe cuando la Casa Blanca sufre un ataque terrorista por parte de una guerrilla de Norcoreanos. El atentado pone en jaque al gobierno estadounidense, y la amenaza nuclear podría destruir el país por completo. Banning es el único hombre capaz de adentrarse en la Casa Blanca, acabar él solo con los terroristas, salvar el mundo, y lo más importante, recuperar el favor de su Presidente.

Podríamos defender el exaltadísimo patriotismo y la vergonzosa propaganda de esta película argumentando que es una suerte de revival de las cintas de acción de los 90 al más puro estilo Jungla de cristal (justo lo que no fue la última entrega de la saga de Bruce Willis), y que las implicaciones políticas son lo de menos. Pero no tendríamos razón. Ya no estamos en los 90, y este tipo de cine ya no funciona como antes. Es especialmente revelador (e indignante) que episodios de series de televisión sean censurados porque su violencia puede herir la sensibilidad del americano medio después de terribles acontecimientos como el de las bombas de Boston, pero Olympus Has Fallen se pavonee orgullosa (y muchos opinarán que provocadora) en un panorama político tan tenso como el que vivimos en estos momentos. Sobra decir que el espectador internacional no es el público objetivo de esta película.

Pero el principal problema de Objetivo: La Casa Blanca no es este, sino el hecho de que es una película esencialmente TONTA. Más tonta que cualquiera que la esté viendo en la sala, más tonta que nadie y que nada. Gerard Butler se confirma como buen héroe de acción (cercano, humano, cae bien), pero no logra levantar una cinta que con cada escena se sume poco a poco en el más absoluto de los ridículos. Teniendo en cuenta el terreno en el que juega, G.I. Joe, resulta mucho más digna. Y ya es decir.