Cómo vivir contigo mismo: Dos Paul Rudd mejor que uno

Paul Rudd está viviendo una auténtica época de esplendor y nosotros la estamos disfrutando a lo grande. De siempre un actor muy querido por la audiencia gracias a sus papeles en CluelessFriends Lío embarazoso, Rudd ha desarrollado una sólida carrera como uno de los rostros habituales de la comedia norteamericana y ha triunfado en el mundo de los superhéroes interpretando a uno de los personajes más simpáticos y divertidos del Universo Marvel, Ant-Man.

En 2019, Rudd vuelve a la televisión con Cómo vivir contigo mismo (Living with Yourself). Aunque ya había participado en la mencionada Friends o más recientemente en el revival de Netflix de Wet Hot American Summer, esta es la primera vez que Rudd protagoniza una serie, habiendo centrado hasta ahora su trayectoria sobre todo en el cine. Es precisamente Netflix la que lo ha convencido para que acepte un papel principal en televisión, y además, por partida doble.

Cómo vivir contigo mismo es la historia de Miles (Rudd), un hombre en plena crisis personal, matrimonial y profesional que acude a un misterioso spa para someterse a un tratamiento experimental que garantiza mejorar su vida radicalmente. Sin embargo, el procedimiento no sale bien y se despierta envuelto en plástico y enterrado en medio del bosque. Al regresar a casa, Miles descubre que ha sido reemplazado por otro hombre exactamente igual a él, una versión mejorada que le obligará a enfrentarse a sí mismo, literal y figuradamente.

Esta es la llamativa premisa de una ficción cuya primera temporada consta de 8 episodios de alrededor de media hora que Rudd convierte en un auténtico two-man show de principio a fin. Su interpretación doble es sin duda lo mejor de una serie que se apoya casi enteramente en su carisma y encanto de tipo cercano. Aunque lejos de la hazaña de Tatiana Maslany en Orphan Black -pero con efectos visuales igualmente impresionantes para duplicar al actor en el plano-, Rudd nos hace creer que de verdad estamos ante dos personas distintas (a pesar de que técnicamente son la misma), gracias a los matices diferenciados que aporta a cada Miles y a un trabajo de caracterización física sutil pero muy eficiente. Es decir, en todo momento sabemos cuándo es uno y cuándo es otro, lo cual no es tan fácil como parece (y si no que se lo digan a Sarah Michelle Gellar y sus gemelas de Ringer).

Aunque se presenta como comedia y tiene momentos muy divertidos (gracias, cómo no, a la presencia de Rudd), el tono de la serie es más dramático de lo que cabía esperar, con un humor a ratos bastante seco, un aire decididamente extraño y un tratamiento de la relación entre Miles y su mujer, Kate (Aisling Bea), que abraza lo amargo y se adentra a menudo en el melodrama doméstico. Cómo vivir contigo mismo no pretende hacer reír a carcajadas como otras comedias (o al menos eso parece), sino que está más interesada en mostrarnos la cara más incómoda de las relaciones y cómo estas pueden deteriorarse con el paso del tiempo, las dificultades y la depresión.

La primera temporada de Cómo vivir contigo mismo avanza con ritmo ligero pero firme, sin perder el tiempo ni retrasar los acontecimientos, que se suceden sin dar demasiados rodeos. La serie aprovecha los episodios para contar la historia de manera concisa, estructurando esta primera parte (esperamos que haya más) con saltos hacia delante y atrás en el tiempo y diferentes puntos de vista con los que va tomando forma. Ver un par de episodios no basta para hacerse una idea de lo que la serie puede ofrecer, ya que por ejemplo no es hasta el quinto episodio cuando se nos ofrece la perspectiva de Kate en el declive del matrimonio, y por tanto una versión más completa y justa de la historia.

Cómo vivir contigo mismo no es la serie que muchos esperaban, pero eso no es necesariamente negativo. Aunque su tono tragicómico puede resultar desconcertante, lo cierto es que encaja con la historia de un hombre deprimido y un matrimonio roto que están contando. La serie no ha hecho más que tocar la superficie y el viaje de autoconocimiento de Miles está lleno de posibilidades, tanto cómicas como dramáticas. Con dos Paul Rudd por el precio de uno merece la pena embarcarse en él.

Muertos para mí (Dead to Me): Viudas desesperadas

Esta reseña va a ser breve. De hecho, se os va a pasar tan rápida como la primera temporada de la nueva serie original de Netflix Muertos para mí (Dead to Me). Y la razón es que, cuanto menos sepáis sobre ella, mejor. Así que vayamos al grano.

Dead to Me está creada por Liz Feldman (2 Broke Girls) y producida por ella junto al actor Will Ferrell, el oscarizado Adam McKay (La gran apuestaEl vicio del poder) y Jessica Elbaum (Despedida de solteraNunca entre amigos). Se trata de una comedia negra con tintes de thriller que gira en torno a la fuerte amistad que surge entre dos mujeres que se conocen en un grupo de apoyo para personas que han perdido a un ser querido.

Christina Applegate da vida a Jen, una viuda con dos hijos a la que le cuesta abrirse a los demás tras la muerte de su marido. Linda Cardellini es Judy, una mujer amable y necesitada de cariño que trata de superar su propia tragedia familiar. Aunque chocan al principio, Jen y Judy no tardan en convertirse en un apoyo imprescindible la una para la otra. Sin embargo, Judy oculta un oscuro secreto que amenaza con destruir su nueva amistad.

Y no necesitáis conocer más detalles. Los giros argumentales empiezan en el primer episodio y se suceden a lo largo de toda la temporada, construyendo una historia absorbente en la que la información se va desvelando de forma inteligente y sorprendente, transformando y manipulando el relato para que el espectador se vea obligado a cambiar sus conclusiones de un capítulo a otro. A medida que conocemos nuevos datos y asistimos al tenso (y divertido) desarrollo de los acontecimientos, nos vemos más inmersos en una historia que da mucho más de sí de lo que cabe esperar por su premisa limitada y la rapidez con la que avanza.

Muertos para mí fusiona con acierto el drama, la tragicomedia y el thriller en una historia sobre la pérdida, la amistad, la familia, el matrimonio y las apariencias en los suburbios. Por su trama y enfoque recuerda inevitablemente a la película de 2018 Un pequeño favor y series como Mujeres desesperadas o Big Little Lies, pero tiene personalidad propia, gracias sobre todo a sus dos excelentes protagonistas. Acompañadas de un estupendo reparto, del que destaca James Marsden (uno de los actores más infravalorados y desaprovechados de Hollywood), Applegate y Cardellini ofrecen las mejores interpretaciones de sus respectivas carreras. Su trabajo en la serie huele a nominaciones en la próxima temporada de premios.

Los diez capítulos de Dead to Me piden ser vistos de una o dos sentadas. No es una serie muy original, como tampoco revolucionaria, pero lo que hace, lo hace muy bien. Su retorcida trama engancha de principio a fin y deja con muchas ganas de una segunda temporada. Es imposible no involucrarse emocionalmente con la amistad de Jen y Judy, dos personajes femeninos complejos y fascinantes a los que queremos ver triunfar y cuya relación deseamos que sobreviva a pesar de todo. Servíos un vino blanco (o vuestro veneno de preferencia), acomodaos en el sofá, y cuando hayáis terminado la temporada, venid a contármelo todo. A la hora que sea, estoy despierto toda la noche.

The Society: Jugar a ser adulto

Mientras cada nuevo intento de saga young adult se la pega en los cines, el drama adolescente es uno de los géneros más fértiles de la televisión. Y esto es algo que Netflix sabe perfectamente. El formato serial se ajusta fácilmente a este tipo de historias y sirve para enganchar y fidelizar al público más joven. La plataforma de streaming se ha especializado en series adolescentes con enfoque adulto y atrevido. Por trece razones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina, Sex Education o Élite se encuentran entre sus programas más populares y más comentados en Internet. Por eso, The Society era una apuesta segura.

Creada por Christopher Keyser (Cinco en familia, Tyrant), The Society sigue los compases del thriller teen post-apocalíptico, pero (sorprendentemente) no está basada en ninguna serie de novelas. Al menos no abiertamente. La serie, cuya primera temporada consta de 10 episodios de una hora de duración, recuerda a muchas cosas que ya hemos visto. Quizá demasiadas. Tiene algo de Under the Dome, de Perdidos (y todas las series que trataron de imitarla en los años siguientes a su estreno), del cómic The WoodsThe 100Wayward Pines, distopías Y.A. como El corredor del laberinto, y por supuesto, El señor de las moscas.

Con estos referentes, no es difícil hacerse una idea de lo que uno se va a encontrar en The Society. La serie gira en torno a los adolescentes de un pequeño pueblo que, tras un corto viaje en autobús, regresan a casa para comprobar que todos los adultos han desaparecido y no hay manera de salir de allí. La confusión da paso a la euforia y el desenfreno por la ausencia de figuras autoritarias. Pero pronto se dan cuenta de que su situación podría ser permanente, por lo que deben organizarse para crear normas de convivencia, soluciones para lidiar con la escasez de recursos y un sistema para resolver los problemas que puedan surgir, incluido el crimen. Es decir, levantar una sociedad desde cero, en una situación extrema y sin la ayuda de sus mayores.

La premisa es sin duda atrayente, sobre todo para el público más joven y los aficionados a la distopía adolescente. Sin embargo, The Society no da tanta importancia al misterio central como cabría esperar, sino que lo usa como pretexto para construir una fábula sociopolítica protagonizada por adolescentes que se ven forzados a ser adultos. Esa es la base de un género que se dedica a reflejar la sociedad desde los ojos de los más jóvenes, y que en este caso abarca más terreno que otros títulos similares, mostrándonos a través de las vivencias de sus protagonistas cómo se crean y funcionan las instituciones, la estructura laboral, cómo operan (y se corrompen) las fuerzas de la ley, las contradicciones e injusticias que se generan, los movimientos políticos y la disidencia, el papel de la religión, la democracia, la jerarquía y la función de los líderes… En este caso una líder autoimpuesta, Allie (Kahtryn Newton), que sigue el patrón Daenerys Targaryen o Laura Roslin, oscilando entre salvadora y tirana a lo largo de la temporada.

The Society aborda todos estos asuntos a partir de las tumultuosas relaciones amistosas, románticas y sexuales entre sus protagonistas, por lo que el factor drama adolescente está constantemente presente para los que lo busquen. Sin embargo, esto hace que el elemento de misterio quede sepultado prácticamente toda la temporada en favor de la creación de una sociedad en la que, durante mucho tiempo casi nadie se pregunta cómo han llegado allí y cómo pueden volver a casa, si es que pueden.

Después de plantear en el primer capítulo la necesidad de averiguar qué ha pasado, no es hasta el séptimo cuando se menciona un comité de investigación que ha estado estudiando la situación (nosotros no lo hemos visto) para ofrecer posibles hipótesis a lo que está ocurriendo. Y hasta el noveno, cuando ya han pasado más de seis meses, no se les ocurre hacer una expedición por el bosque que rodea el pueblo para intentar encontrar una salida, y no se les pasa por la cabeza investigar al conductor del autobús que los dejó allí. Y ese es uno de los principales problemas de The Society, que en su empeño en mostrarnos los engranajes de la sociedad y centrarse en sus personajes (algo que normalmente agradecemos de las series), se olvida de desarrollar el otro elemento clave de la historia.

Es un problema de planificación narrativa. La serie tiene demasiada prisa por mostrarnos a los adolescentes formando esa sociedad para a continuación ponerla en duda, por lo que acaba forzándolo hasta la artificialidad. No tardan en crear un sistema legal, celebrar un juicio (como los de la tele) o convocar elecciones generales. Hay asesinatos, un psicópata literal, una víctima de violencia doméstica que intenta envenenar a su pareja y un golpe contra el “estado policial” de Allie. Es demasiado. Todo en la primera temporada, y todo sin hacer apenas alusión a lo que los ha llevado a esa situación, obligando continuamente al espectador a cuestionar la lógica del relato (una cosa es que lo más importante no sea el misterio, sino los personajes, y otra que el misterio exista solo cuando se le antoja a los guionistas). A esto se añade que del numeroso reparto, hay muy pocos personajes con los que podamos sentir empatía. Eso si conseguimos distinguir los unos de los otros. Se comportan de manera exagerada (de nuevo para ajustarse a la voluntad de metáfora social de la serie) e irritante más allá del tópico del adolescente televisivo, protagonizan conversaciones en las que se nota demasiado al adulto que escribe/habla por ellos, y las relaciones son muy confusas y mal desarrolladas.

A pesar de todo esto, The Society es intermitentemente interesante. De hecho, tiene capítulos verdaderamente potentes y puede resultar provocadora y dar que pensar a su audiencia. Pero necesita centrarse. Tiene buenos actores, ahora debe dibujar mejor a sus personajes y dejarlos ser adolescentes, hacerlos más humanos y menos arquetípicos, estructurar mejor la historia, hacerla más creíble y encontrar un mayor equilibrio entre el drama, la reflexión y el misterio. A pesar de no poseer ni un ápice de originalidad, The Society tiene ingredientes de sobra para crear algo con impacto. La pregunta es, ¿tendrá el público paciencia con estos personajes o los abandonará a su suerte como ha hecho con tantas otras series parecidas?

Aniquilación: Destrucción creativa

El mundo se va a la mierda. No lo digo yo, lo dicen los científicos, los grandes pensadores y hasta alguna estrella de pop en su Instagram. No es ser catastrofista, es la pura realidad. Cada día comprobamos en nuestras carnes los efectos del calentamiento global. Vemos en las noticias cómo los casquetes polares se deshielan, la extinción irreversible de especies animales, sequías extremas, olas de frío polar… Pero no seamos agoreros, ¿y si esto no es el final, sino el principio de una nueva era? Ni mejor, ni peor, simplemente diferente. Esto es el Área X, el campo de juego de Aniquilación (Annihilation), la última película de Alex Garland (Ex_Machina).

Tras volarnos la mente con la inquietante y perfecta pieza de orfebrería fílmica que es Ex_Machina, Alex Garland vuelve por todo lo alto con otra sesuda cinta sci-fi con la que vuelve a poner nuestra existencia patas arriba. Una psicóloga (Jennifer Jason Leigh, eXistenZ) comanda una investigación científica al citado Área X. Su cuerpo de expedición está formado por cuatro especialistas de diferentes ramas: una bióloga (Natalie Portman, Jackie), una física (Tessa Thompson, Sorry To Bother You), una paramédica (Gina Rodriguez, Jane the Virgin) y una topógrafa (Tuva Novotny, Borg McEnroe. La película).

Ellas no son las primeras en adentrarse en esta misteriosa región, sino la duodécima patrulla. ¿Qué ocurre en el Área X para que nadie pueda entrar y salir de esa zona sin supervisión? Según los informes clasificados a los que hemos podido acceder destrangis, desde el momento en que cruzas la iridiscente atmósfera de la zona, todos tus conocimientos no valen para nada. Las leyes de la naturaleza pierden su carácter absoluto y se comban y rompen a su antojo. Nada es lo que parece, ni los animales, ni las plantas que nos rodean, realmente, ni nosotros mismos lo somos. Menos mal que lo que pasa en el Área X, se queda en el Área X. Sino que se lo digan al único superviviente de la anterior expedición, interpretado por Oscar Isaac, que repite con Garland tras deslumbrarnos como domador de ginoides en Ex_Machina.

Basándose libremente en la novela homónima de Jeff VanderMeer, Garland logra construir una intrincada y aséptica pesadilla de ciencia ficción en la que nada es lo que parece y ante la que el espectador no puede hacer otra cosa que dejarse llevar. Al igual que las cinco mujeres protagonistas al entrar en el Área X, Aniquilación nos embriaga y nos atrapa. Nos inquieta y nos aterroriza (la escena del oso ya forma parte de los momentos más terroríficos del cine moderno). Nos deja sin aire y nos fascina. El lento tempo del film, magistralmente marcado por la composición musical de Geoff Barrow (un tercio de Portishead) y Ben Salisbury (co-compositor junto a Barrow de la banda sonora de Ex_Machina y del episodio Men Against Fire de Black Mirror, entre otros trabajos), destroza por igual nuestro cuerpo y mente, haciendo que trascendamos de nuestra existencia terrenal y alcancemos algo… No sabemos el qué, pero algo diferente y novedoso. Una transformación reminiscente en sus compases finales a la hermosa Under the Skin. Una sensación parecida al sentido amor infinito de La fuente de la vida de Darren Aronofsky, pero mucho más amenazador y peligroso, extremadamente seductor y carnal.

Aniquilación es un cambio radical. El comienzo del fin o el fin del comienzo de la humanidad. Todo un hito en la nueva ola del cine fantástico y otro triunfo más para Alex Garland.

David Lastra

Aniquilación ya está a la venta en España en formato Blu-Ray y DVD, editada por Universal Pictures Home Entertainment. El Blu-Ray incluye los siguientes contenidos adicionales: Southern Reach: ‘Refracciones’ y ‘A los que vengan después’; Área X: ‘Resplandor’ y ‘Desaparecidas en el caos’; Hacia el faro: ‘Mente insondable’ y ‘La última fase’.

Muñeca rusa: Mil maneras de morir (y aprender)

Netflix se ha convertido en una caja de sorpresas. Nunca se sabe si te va a tocar una buena o una mala, pero siempre se puede contar con una dosis casi semanal de novedades que explorar en busca de una nueva historia a la que engancharse. Entre los últimos estrenos que aparecen casi de la nada (porque la plataforma los promociona muy cerca de su lanzamiento, si es que lo hace) y nos pillan desprevenidos destaca Muñeca rusa (Russian Doll), una de esas series que no necesitan una gran campaña publicitaria para tener éxito, porque les basta simplemente con ser tan buenas que el boca-oreja hará el resto.

Muñeca rusa vendría a ser algo así una comedia-thriller con tintes de drama existencial y fantasía. La serie está creada y protagonizada por Natasha Lyonne (Orange Is the New Black), que produce junto a Leslye Headland (Despedida de soltera) y nuestra querida Amy Poehler (Parks and RecreationBroad City). Escrita y dirigida por mujeresMuñeca rusa nos ofrece una nueva vuelta de tuerca a un recurso narrativo muy utilizado en el cine y la televisión, el bucle temporal. La historia gira (nunca mejor dicho) en torno a Nadia (estupenda Lyonne, ahora y siempre), una cínica e incorregible neoyorquina que muere una y otra vez, volviendo tras ello a la fiesta de su 36 cumpleaños. A partir de ahí, nuestra carismática matrioshka intentará buscar una explicación a lo que le está ocurriendo para salir del bucle, aprendiendo sobre sí misma y sus relaciones con los demás en el proceso.

Es una premisa que nos recuerda automáticamente a Atrapado en el tiempo, y que se ha usado en muchas otras películas (Corre, Lola, corre, Al filo del mañana, Feliz día de tu muerte…) e infinidad de capítulos especiales de series (Expediente X, Buffy, Sobrenatural…). Se ha explotado tanto que incluso podríamos hablar de un género en sí mismo. Y sin embargo, Muñeca rusa logra que la idea resulte fresca e interesante, que algo viejo parezca nuevo, y no un simple truco. A lo largo de los 8 episodios (técnica y visualmente excelentes y con una banda sonora bestial) que conforman la primera temporada, la serie juega con las posibilidades narrativas del recurso, utilizando la repetición en su favor para construir una historia con muchas capas; un misterio divertido, inquietante y absorbente que no deja de evolucionar, evitando en todo momento caer en lo formulaico. Vamos, que te pide verla del tirón.

Muñeca rusa es técnicamente una comedia, pero a medida que la temporada avanza, se va volviendo más dramática y oscura (es raro la comedia actual que no lo haga). La serie hace gala de una gran creatividad a la hora de idear las muertes (y sus consecuencias al reiniciar el día), resultando muy cómicas en su mayoría. Pero la muerte también se utiliza para tocar cuestiones serias y ahondar en la psique dañada de su protagonista, miembro de una generación perdida y sin rumbo. El bucle en el que se ve envuelta Nadia sirve para que nos planteemos si está en nuestras manos cambiar las cosas, y sobre todo, cambiarnos a nosotros. Se puede tomar como un castigo, un purgatorio que nos enseña que hagamos lo que hagamos, todo seguirá igual, o una oportunidad para corregir nuestros errores.

Es decir, al igual que The Good PlaceMuñeca rusa utiliza la premisa fantástica para reflexionar sobre cómo podemos ser mejores personas. Como en todos los relatos que incorporan saltos temporales, su guion se va complicando y ramificando con cada episodio, dando forma a una historia llena de giros y sorpresas que nos recuerda la importancia de hacer las paces con el pasado y aprender de los errores. Una historia que no ha acabado, ya que la serie está concebida para durar tres temporadas (buena idea, este tipo de series es mejor no estirarlas). Mientras esperamos la continuación, yo he decidido entrar en mi propio bucle y volver a ver la primera temporada. Afortunadamente, no hay que morir para hacerlo.

‘You’ y ‘Dentro del Laberinto’ son la misma historia y no me puedes convencer de lo contrario

Este artículo contiene spoilers de la primera temporada de You

Nueva semana, nuevo fenómeno viral de Netflix. La plataforma de streaming sigue generando éxitos en forma de series, realities y películas de las que todo el mundo habla en las redes sociales. El año acaba de empezar y ya tenemos tres: A ciegas, ¡A ordenar con Marie Kondo! y la que hoy nos ocupa, You. Estos días es difícil entrar a Twitter sin toparse con una avalancha de memes y debates a costa de cualquiera de las tres.

You es un provocador thriller originalmente producido para la cadena Lifetime, que Netflix distribuye fuera de Estados Unidos como parte de su oferta de series propias. Basada en la novela homónima de Caroline Kepnes, You está creada por Sera Gamble y Greg Berlanti, director de Con amor, Simon y responsable de las series de DC y Riverdale entre muchas otras. La historia gira en torno a Joe Goldberg (Penn Badgley, conocido por Gossip Girl), un joven librero de Nueva York que se obsesiona con una chica, Beck (Elizabeth Lail), y empieza a stalkearla hasta que consigue conquistarla, desatando en el proceso su naturaleza desequilibrada y psicópata.

La serie ha levantado una polvareda de críticas que aseguran que romantiza el acoso, pero lo cierto es que sus guiones, por predecibles y clichés que puedan ser, se aseguran de que esto no ocurra, dejando claro en todo momento que, aunque nadie en la serie sea precisamente un ejemplo de rectitud moral, Joe es el villano, el monstruo de la historia. El problema es que, claro, Penn Badgley, y por extensión el protagonista, es muy mono, y a la audiencia le cuesta muy poco colgarse de los psicópatas atractivos en la ficción, una constante en el cine y la televisión desde hace décadas (Christian Bale en American Psycho, Michael C. Hall en Dexter, Darren Criss en American Crime Story…).

Esta idea retorcida de enamorarse del malo de la película, del secuestrador o el asesino, saca a relucir nuestras pulsiones más oscuras. En el caso concreto de You, hace que nos cuestionemos más de una cosa sobre las relaciones, cómo entendemos el romanticismo y nuestros propios deseos, invitándonos también a reflexionar sobre la delgada línea que a veces separa el romance del acoso. En relación a esto, viendo la serie no pude evitar acordarme en más de una ocasión de mi película favorita de la infancia, Dentro del Laberinto, el clásico fantástico de los 80 dirigido por Jim Henson y protagonizado por David Bowie y Jennifer Connelly.

Dentro del Laberinto ha sido analizada en profundidad por su interesante subtexto sobre la maduración y el despertar sexual, pero también ha hecho arquear más de una ceja por la supuesta condición de depredador del Rey de los Goblins, Jareth, el personaje de Bowie, un hombre (goblin) adulto que se obsesiona con una adolescente de 15 años. Y entonces se me encendió la bombilla: salvando la diferencia de edad (y las marionetas, y los asesinatos), You y Dentro del Laberinto cuentan la misma historia.

Veamos, un hombre se enamora perdidamente de una mujer (a la que le encanta leer), desarrolla una obsesión malsana con ella y crea un juego siniestro en el que él parte con la ventaja porque la ha espiado de antemano. Jareth observa a Sarah en su dormitorio a través de una bola de cristal (de ahí saca todas las ideas para ponerle obstáculos y tentaciones en el Laberinto), mientras que Joe espía a Beck a través de las redes sociales, siguiéndola por la calle o mirando directamente por su ventana (hay que ver qué poco protegen los neoyorquinos su intimidad). Lo dos recaban información para usar en su beneficio y conquistar a su objeto de deseo. Y la frustración de ambos va en aumento cuando las circunstancias y las personas alrededor de su enamorada/presa les complican sus planes. Creepy total.

Regresando al tema del atractivo físico, aunque los cánones estéticos y de belleza han cambiado mucho en los últimos 30 años, hay que recordar que David Bowie fue uno de los mayores iconos sexuales para las y los adolescentes de los 70 y 80. El aspecto de Jareth (emblemático paquete incluido), entre una glamurosa estrella del rock y Heathcliff de Cumbres borrascosas, hizo que la audiencia juvenil de la época se pusiera de su parte y desease que Sarah aceptase quedarse con él. “Que me secuestre a mí” era, y es, un comentario frecuente. Y está pasando también con Joe, hasta el punto de que el propio actor ha tenido que aclarar en Twitter que es el malo de la serie, que es un asesino y no debemos soñar con vivir una relación con alguien así.

Por desgracia, ese es uno de los males de nuestra sociedad (al que yo reconozco contribuir): se lo perdonamos todo porque es guapo, porque nos pone. Pero esto no es Cincuenta sombras de Grey, donde sí se glorificaba la figura del hombre dominante y depredador, en You las cosas deberían estar más claras. Sobre todo cuando nos acercamos a la recta final de la primera temporada, en la que Joe muestra su verdadero rostro a Beck (al espectador llevaba mostrándoselo desde el primer capítulo). Es ahí, en el último episodio, donde me encontré con esto:

Es la misma línea de diálogo. Textual. “Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti”. Jareth se la dice a Sarah durante el número musical ‘Within You’. Joe a Beck después de encerrarla. Solo es manipulación. La sala de Escher es la cámara de los libros de Joe, donde ambos retienen a la chica. Los dos prometen una vida ideal junto a ellos, cuando en realidad no es sino un cautiverio para ellas. Afortunadamente, en ambos casos, la chica se rebela. Sarah se resiste a caer en las redes de Jareth y su voluntad debilita el poder del Rey de los Goblins. Beck descubre por fin el pastel y, aunque parece tentada por lo que Joe le ofrece, también opone resistencia. Aunque en su caso no acaba tan bien.

Enamorarse del villano de la historia es algo muy frecuente. La inocencia de los 80 y el precioso mensaje de independencia y crecimiento que nos ofrecía Dentro del Laberinto amortiguaba su vertiente más problemática. En el caso de You contamos con más información y experiencia sobre este tema. Deberíamos tenerlo más claro, pero aun así, muchos se dejan embaucar por el acosador, hasta el punto de no verlo como tal cosa (como le ha ocurrido a gente muy joven como Millie Bobby Brown de Stranger Things, que defiende a Joe). Ahí es donde reside el problema, y ahí es donde tenemos que debatir y dialogar para aclarar cualquier confusión que la serie pueda crear. No pasa nada por colarse de malo, siempre y cuando sepamos distinguir la realidad de la ficción.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina: Así se hace un reboot

En pleno reinado de la nostalgia, las palabras remake o reboot están a la orden del día, pero esa sobreexposición no hace que sean tomadas a la ligera. Más bien, ese tipo de recreaciones son examinadas con lupa tanto por los adoradores del producto original como por aquellos que critican la falta de ideas originales de las grandes productoras. Tras el considerable éxito entre el público adolescente (y no tan adolescente) de Riverdale, Roberto Aguirre-Sacasa (guionista de los remakes de Carrie y Pánico al anochecer) decide recuperar a uno de los personajes más icónicos y queridos del universo Archie: Sabrina, la bruja adolescente.

Aunque ‘that cute little witch’ lleva dando tumbos desde comienzos de los años sesenta en las páginas de Archie Comics, Sabrina Spellman nació para el gran público con las facciones de Melissa Joan Hart. Después de ayudarnos con ciertos problemillas de la pubertad en Clarissa, Hart tuvo el detalle de acompañarnos por nuestra adolescencia con Sabrina, cosas de brujas. Ella y sus dos alocadas tías, Hilda y Zelda, nos rellenaban los ratos muertos con una acertada y naif mezcla de humor físico y cierta ironía en el lenguaje. Pero si alguien quedará para siempre en nuestra memoria audiovisual, ese será Salem Saberhagen, un gato parlanchín bastante aficionado a Julio Iglesias, que nos enseñó las artes de la ironía y el sarcasmo. Series como esta Sabrina y Salvados por la campana hicieron que nuestras pequeñas mentes se obsesionasen con el sueño de ser adolescentes en Estados Unidos. El problema es que nuestros colegios e institutos no dejaban de ser una versión feísta y acartonada de Yo y el mundo.

Esta afinidad sentimental ante el original televisivo hizo que el anuncio de una nueva versión provocase cierto enarcamiento de ceja. Y la aparición del creador de Riverdale en el proyecto hizo que las alarmas se disparasen, puesto que, además de un protagonista (extremadamente) resultón (físicamente, no actoralmente), su serie se había convertido en todo un sinsentido muy poco disfrutable después de un notable episodio piloto. Los ánimos se templaron al comprobar que Aguirre-Sacasa también era el encargado creativo de Archie Comics y creador de una de las series de cómics más interesantes de la factoría El más allá con Archie y de uno de sus spin-offs, Las escalofriantes aventuras de Sabrina. Esa Sabrina y no la original o la televisiva sería la base para la nueva producción para Netflix. A priori, esta decisión artística ya nos prometía una bruja mucho más oscura y bizarra de lo que estábamos acostumbrados hasta ahora.

El segundo y mayor reto era el nombramiento de la nueva Sabrina. Kiernan Shipka, la mismísima Sally Draper de Mad Men, se llevaba el gato al agua. No literalmente, porque la actriz es alérgica a los felinos. Shipka ha sido considerada como una de las mejores intérpretes infantiles de las últimas décadas gracias a su soberbio trabajo como hija del protagonista de la serie de Matthew Weiner, y la habíamos visto responder bastante bien en situaciones cómicas en sus pequeñas apariciones en series como Apartamento 23 o Unbreakable Kimmy Schmidt. Tampoco se había dejado amedrentar ante una leyenda como Susan Sarandon (Pena de muerte) en Feud: Bette and Joan, e incluso ya nos había mostrado su lado oscuro en La enviada del mal junto a Emma Roberts (American Horror Story). Es en ese reverso tenebroso (pero sin un ápice de maldad, al contrario que en la película), donde Shipka debería canalizar su Sabrina interior e intentar sacar adelante un personaje tan complicado como el de la más joven de los Spellman.

Con Aguirre-Sacasa y Shipka encabezando el proyecto, el miedo a la desacralización de nuestra infancia se convertía rápidamente en hype. Otra de los grandes peligros de nuestros tiempos, la rapidez del cambio en las expectativas. No obstante, Las escalofriantes aventuras de Sabrina se ha publicitado como el producto estrella de Netflix para este Halloween, como en su día fuera Stranger Things. ¿Estaría Shipka a la altura del icono?, ¿será tan soporífera como las desventuras de sus vecinos de Riverdale?, ¿habría química entre las nuevas Hilda y Zelda?, y, lo más importante, ¿Salem seguiría entonando el ‘Soy minero’ desde su sofá?

El primer miedo se disipa desde la primera escena de la serie: Kiernan Shipka es Sabrina Spellman. A medida que va bajando las escaleras del cine con sus Scoobies, Shipka nos muestra su Sabrina. No estamos ante una risueña chica rubia, sino a toda una mujer dando una clase magistral sobre el cine de zombis. ¿Impostado? Por supuesto. Su personaje es una adolescente redicha, la lideresa de su banda… y toda una bruja en potencia, no lo olvidemos. Ella es una freak que vive en una funeraria junto a sus dos tías y su primo. Una outsider como en su día fueran Buffy Summers o Angela Chase y como aquellas dos amazonas, ella tampoco se va a callar ante los peligros que atenacen a ella y a los suyos. El bullying en los centros escolares es uno de los temas vertebrales de la serie, tanto en el anodino instituto como en la academia de brujas. Logrando componer un acertado y realista retrato actual sobre este tipo de situaciones de acoso en los centros educativos, llegando a mostrar ciertas pautas de solución bastante acertadas, aunque no siempre podamos contar con una legión de infantes fallecidos cubriéndonos las espaldas.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina nos muestra a una adolescente en pleno conflicto dual entre su naturaleza efímera y su condición sobrenatural. A sus dieciséis años, Spellman debe decir adiós a su condición humana y convertirse en una bruja con todas las de la ley. Su decisión está más o menos clara… hasta que descubre que tal libertad es ilusoria y que todo es una imposición de la Iglesia de la Noche para convertirla en sierva del Señor Oscuro. Esa futura servidumbre, unida a la obligación de no volver a ver a sus amigas y a su pareja, hacen que Sabrina se rebele contra lo establecido y haga temblar los cimientos del Mal en la Tierra. Esta lucha es una metáfora acertada sobre los movimientos feministas actuales en la sociedad occidental, porque realmente el Señor Oscuro no es sino la representación del hombre blanco cisgénero heterosexual intentando imponer su decisión sobre una mujer. La buena noticia es que Sabrina no responde al arquetipo de damisela en apuros y no tiene ningún miedo ante la posible confrontación. Para la posteridad quedará su sentencia en pro de la educación sobre la necesidad de aprender hechizos poderosos para poder así vencer al maligno de una vez por todas para que ninguna otra mujer se tenga que ver en su tesitura.

Junto a Shipka, destacan en su reparto Lucy Davis (The Office, Wonder Woman) y Miranda Otto (Eowyn en la saga El Señor de los Anillos), como Hilda y Zelda Spellman; el otrora chico Disney, Ross Lynch (Teen Beach Movie) como Harvey, el novio de Sabrina; Chance Perdomo como Ambrose Spellman, el primo pansexual de Sabrina (real, no queerbating como hacía el maldito Jeff Davis en Teen Wolf); y, especialmente, una desatada Michelle Gomez (Missy en Doctor Who), como Mary Wardell, la mentora de Sabrina en su instituto humano, cuyo rostro esconde la identidad de una vieja conocida/enemiga de la familia Spellman, la mismísima Madame Satán. Todos ellos conforman un reparto solvente, excepcionalmente consistente, teniendo en cuenta las graves deficiencias interpretativas de su serie hermana.

Aunque no hemos comprobado si el doblaje de Las escalofriantes aventuras de Sabrina sigue haciendo bizarras referencias a Estopa, Enrique Iglesias o el demonio (a.k.a. José María Aznar) como la original, sí podemos afirmar que este no es el Salem Saberhagen que conocíamos. El nuevo gato de Sabrina es un gato negro de verdad, no una marioneta de felpa desquiciada. El “familiar” elegido por la bruja en la nueva serie es un ser inmisericorde. Voraz y atroz cuando abandona su forma gatuna. La única similitud con el Salem de Sabrina, cosas de brujas son sus cuatro patas, el pelaje y una fidelidad absoluta a la hechicera. Esta omisión de un alivio cómico como podía haber sido Salem es una decisión acorde al tono de la propia serie (que ya aparecía en el propio cómic de Aguirre-Sacasa): extremadamente oscura, pero no perniciosa.

Las claves visuales de Las escalofriantes aventuras de Sabrina se asemejan bastante a las de Riverdale, no obstante comparten gran parte del equipo artístico y técnico, pero se alejan lo suficiente de aquella como para no parecer el mismo producto. Allá donde Riverdale opta por una estética más videoclipera y actual, Sabrina se acerca más a una estética más cómic, oscura y, por momentos, añeja. Su imagen bebe directamente de clásicos cinematográficos de terror (algunos de ellos citados directamente, como El carnaval de las almas) y cult movies más actuales como Posesión infernal o La Bruja, homenajeada en una de las escenas más sobrecogedoras de la temporada. Si bien Sabrina no llega a ser tan bizarra como dichas influencias, sino que se acerca más al nivel de oscuridad de las entregas tercera, séptima y octava de la saga Harry Potter. No olvidemos que estamos ante una serie para un público mayoritario dentro de la plataforma de streaming por excelencia.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina avanza con paso firme hacia una futura batalla entre el Bien y el Mal, entre la cara amable de la oscuridad y el amo y señor de la noche. Eso es inevitable, tanto como un crossover con Riverdale. Poco a poco el nombre de Greendale, la población donde reside Sabrina, ha ido apareciendo en unas cuantas conversaciones entre los habitantes de Riverdale (alllí es donde fue a parar Geraldine Grundy, la profesora de música y pareja/abusadora de Archie)… y los extraños descubrimientos del final del primer episodio de la tercera temporada de Riverdale (Labor Day) puede que hagan que Sabrina cruce el Sweetwater antes de lo previsto.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina ya están aquí.

El hype es real.

Viva el Mal, que no el capital.

All I want for Halloween is you, Sabrina Spellman.

David Lastra

Maniac: ¿Y qué es normal?

Con True DetectiveCary Joji Fukunaga se alzó como uno de los talentos más prometedores de Hollywood gracias a su particular estilo y forma de narrar, a caballo entre lo misterioso, lo onírico y lo lisérgico. La misma semana que se anunciaba su fichaje como director de la película número 25 de James Bond, se estrenaba su nuevo trabajo, Maniac, en Netflix, plataforma a la que regresa después de dirigir en 2015 su primera película original, Beast of No Nation.

Creada por Patrick Somerville a partir de una ficción noruega del mismo nombre y producida y dirigida íntegramente por Fukunaga, Maniac es una miniserie compuesta de diez episodios de duración variable (entre 25 y 50 minutos aproximadamente) a la que favorece ser experimentada en una o dos sentadas. Al contrario que las series de Marvel, por ejemplo, Maniac se presta mucho mejor al binge-watching gracias a su duración, estilo narrativo y naturaleza cerrada (no habrá segunda temporada).

La historia transcurre en un futuro alternativo muy cercano a nuestros días y sigue a Annie Landsberg (Emma Stone) y Owen Milgrim (Jonah Hill), dos desconocidos que participan en un misterioso ensayo farmacéutico con la esperanza de curar sus trastornos psicológicos. Annie vive sin rumbo desde que perdió a su madre y su hermana, mientras que Owen, el quinto hijo de una difícil familia adinerada, padece esquizofrenia. Los dos se someten al tratamiento del doctor James K. Mantleray (Justin Theroux), consistente en una secuencia de píldoras que, en teoría, pueden reparar la mente a través de una serie de pruebas y simulaciones. El experimento no sale como su creador esperaba, y Annie y Owen no dejarán de encontrarse en las fantasías inducidas por el medicamento.

Maniac no es True Detective, pero tiene algo en común con ella: su aire extraño y lunático. Cuando uno se adentra en la serie de Netflix, no sabe muy bien qué esperar, y esa es la mejor manera de afrontar un relato de sus características. Impredecible, surrealista y excéntricaManiac se compone de varias historias dentro de una historia que, saltando entre géneros, nos plantean uno de los dilemas más recurrentes de la ciencia ficción: ¿Qué es real y qué es fantasía? (como Legion, pero con más mesura). Fukunaga explora esta idea y la psique de sus personajes sobre todo desde el humor, componiendo una comedia absurda, extravagante y en el fondo muy humanista, reminiscente del trabajo de Michel Gondry (¡Olvídate de mí!) y Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich), y siempre en deuda con el Quijote de Cervantes y su eterna disyuntiva entre lo real y lo imaginario.

Uno de los puntos fuertes de Maniac es su fantástico reparto. Stone está en su mejor momento tras ganar el Oscar por La La Land, y aquí aprovecha ese impulso para componer una interpretación divertida, polifacética, profunda y en última instancia conmovedora (la preciosa relación con su hermana, encarnada por Julia Garner, es de lo mejor de la serie). Hill es el eslabón débil. No está a la altura de su compañera de reparto y falla cuando su personaje pone a prueba su versatilidad interpretativa y le exige ser gracioso (el actor, que saltó a la fama, precisamente junto a Stone, con la comedia Supersalidos parece haber perdido el sentido del humor). En el apartado secundario hay que elogiar a unos deliciosamente estrambóticos Justin Theroux y Sally Field, a los que (si hay justicia) veremos nominados al Emmy el próximo año, sin olvidar la presencia constante de Sonoya Mizuno y el siempre divertido Billy Magnussen, que interpreta a otro capullo arrogante, su especialidad.

Maniac es una marcianada absoluta, pero logra no perderse en sí misma con una historia que desafía la mente, pero se entiende, que ofrece respuestas, pero no sobreexplica, y sobre todo, que está constantemente salpicada de humor y emoción. La atmósfera, el diseño de producción retrofuturista, la banda sonora, todo está muy cuidado, pero afortunadamente lo de Fukunaga no se queda en el capricho o el mero ejercicio de estilo, sino que nos quiere contar algo. Maniac nos habla de muchas cosas: la conexión humana, la familia, el dolor de la pérdida, las enfermedades mentales, la delgada línea entre la cordura y la locura, y por encima de todo, el poder de las historias para entendernos, incluso curarnos. Y esa es una píldora que hay que tragarse sin pensarlo.

La importancia de Kate Messner y por qué nunca es tarde para descubrir ‘Todo es una mierda’

A principios de 2018, Netflix empezó a promocionar muy tímidamente su nueva serie original ambientada en los 90, Todo es una mierda (Everything Sucks!). Esta llegaba a rebufo del fenómeno Stranger Thingsy lo que muchos pensamos inmediatamente fue “Netflix ya tiene su serie de los 80, ahora quiere hacer lo mismo con los 90”. Pero Todo es una mierda no llegó ni a rozar el nivel de repercusión de Stranger Things. De hecho, Todo es una mierda fue cancelada tras una sola temporada.

Esta comedia generacional creada por Ben York Jones y Michael Mohan también juega la carta de la nostalgia. Utiliza muchos referentes pop de la época, hace avanzar su trama en lugares tan 90s como un concierto de Tori Amos o un videoclub Blockbuster, y las cintas VHS forman una parte importante de la historia. Pero estos elementos son algo más que un gancho. Jones y Mohan los diluyen astutamente en la experiencia más intrínsecamente nostálgica, y a menudo traumática, para todos: la adolescencia. Todo es una mierda transcurre en un instituto de la localidad de Boring, Oregon (que, aunque parezca mentira, es un lugar real) en 1996 (como My Mad Fat Diary) y narra la rivalidad entre los miembros del club de audiovisuales y los del club de teatro. Los primeros, por supuesto son los geeks, mientras que los segundos serían los freaks y, sorprendentemente, también los matones del instituto.

El primer capítulo de Todo es una mierda no es la mejor muestra de lo que más tarde va a ser la serie, a la que parece costarle un poco decidirse por qué tipo de historia quiere contar. Interpretada por actores desconocidos y filmada con estilo naturalista, casi amateur, que contrasta con el uso de numerosos clichés del género y personajes caricaturescos, la serie nos introduce en el universo de los novatos Luke (Jahi Di’Allo Winston), McQuaid (Rio Mangini) y Tyler (Quinn Liebling), tres parias sociales que se sobreviven al instituto en el club de audiovisuales, donde el primero se enamora de la hija del director, Kate, personaje que pronto se convertirá en el punto de vista principal de la serie.

Cuando los geeks destruyen por accidente los decorados de la obra del instituto causando su cancelación, el acoso por parte del club de teatro se vuelve insostenible, hasta que Luke propone una solución: unir los talentos de ambos grupos para realizar una película de ciencia ficción juntos. Esta colaboración desata nuevas tensiones, pero también sirve para que ambos grupos se conozcan mejor y desarrollen lo más parecido posible a una amistad, y también para que todos ellos se replanteen sus identidades y exploren quiénes quieren ser en realidad, en la más pura tradición de El club de los cinco.

Pero Todo es una mierda no es solo la crónica del choque de dos clases sociales durante la difícil etapa de la secundaria, sino también, y sobre todo, la historia de una adolescente descubriéndose a sí misma y su sexualidad en una década en la que Internet aun no estaba consolidado como fuente principal de información y comunicación. A lo largo de sus 10 episodios, la serie nos muestra cómo Kate (Peyton Kennedy evocando a una joven Jodie Foster y a su protegida Kristen Stewart) empieza a cuestionarse su identidad sexual, mientras desarrolla un cuelgue por la reina del drama club y su bully, Emaline (Sydney Sweeney), y a la vez empieza a salir con Mike para cubrir su secreto. Y esto es justamente lo que la distancia de la mayoría de historias de instituto a pesar de adherirse tanto a sus tópicos.

Incluso ahora, que tenemos personajes LGBTQ en casi todas las series teen y que acabamos de asistir a al hito cinematográfico de Con amor, Simon, la primera película adolescente mainstream con protagonista gay, es raro encontrarse una historia coming-of-age coming-out que se centre en una chica lesbiana. Por eso Todo es una mierda y la representación que ofrece era, y es, tan necesaria, porque aunque tengamos motivos para celebrar los pequeños (grandes) avances que estamos dando en este ámbito, las historias que gozan de más repercusión casi siempre están protagonizadas por varones gays.

La importancia de un personaje como Kate Messner no se puede pasar por alto, a pesar de que no se haya terminado de contar su historia. Si Todo es una mierda hubiera tenido mayor calado y hubiera durado lo suficiente como para ver a la protagonista compartir su verdad con el mundo, ahora mismo estaríamos hablando de todas las chicas jóvenes que han aceptado su sexualidad gracias a ella, de la misma manera que Simon Spier ha inspirado a muchos jóvenes a salir del armario. Por eso es especialmente doloroso que Netflix cancelara la serie, porque privó a todas esas chicas de ver evolucionar a Kate y, con su crecimiento, del imprescindible mensaje de aceptación que seguramente nos tenía preparado.

Eso sí, dejando a un lado lo que pudo haber sido y centrándonos en lo que ha podido ser, Todo es una mierda forma un relato lo suficientemente íntegro y cerrado como para que merezca la pena adentrarse en él, aunque sepamos que va a durar poco. Solo un par de cliffhangers rompen la ilusión de haber asistido a una historia completa. Por lo demás, su primera y única temporada se sostiene bien por sí sola y acaba siendo preciosa, sumándose a las grandes series teen de una sola temporada Freaks and Geeks (de la que es heredera directa) y My So-Called Life, tan efímeras e inolvidables como la propia adolescencia.

Pese a no tener el arranque más alentador, Todo es una mierda no tarda en dar razones para cogerle cariño. Es una serie profundamente entrañable, tierna y divertida, con personajes memorables, buenas interpretaciones (en especial las de Kennedy y Winston, ambos excelentes) y un punto melancólico muy acertado a la hora de retratar la adolescencia. Habla con tacto de la amistad, la familia y el aprendizaje, con todo el dolor, la decepción, los pequeños actos de rebeldía y también la ilusión que conlleva el proceso. Por eso recomiendo darle una oportunidad a pesar de la cancelación, en especial a aquellos (y sobre todo aquellas) que vivieron su adolescencia y, por tanto su despertar sexual, en los 90, ya que se sentirán especialmente identificados con ella. Quizá así, con el tiempo acabe ocupando el lugar que merece en el panteón de las series de culto.

‘Stranger Things 2’ es una obra de arte pop

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[Esta entrada NO contiene spoilers]

No fuimos conscientes de hasta qué punto es verdad aquello de que Netflix está cambiando la manera de hacer y consumir cine y televisión hasta el verano de 2016. Fue entonces cuando se estrenó en la plataforma la primera temporada de Stranger Things, precedida de una campaña de marketing más bien discreta que no hacía prever ni remotamente lo que acabaría pasando. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se convirtió en el mayor éxito del verano, redefiniendo el concepto de “blockbuster estival” para quitarle al cine la exclusividad que tenía sobre él. Es decir, en un verano cinematográfico especialmente escuálido, el mayor “taquillazo” de la temporada fue una serie de televisión.

Y lejos de menguar con el tiempo, la onda expansiva de ese fenómeno siguió creciendo en los meses posteriores a su estreno, gracias al boca-oreja, a la insistencia (o pesadez) de los medios y al factor on demand, que permite empezar y seguir las series al ritmo que cada uno quiere. Con Stranger Things no pasó como con otras series originales de Netflix, que se consumen de una o dos tacadas y se olvidan incluso más rápido. Al contrario que le ha ocurrido a Las 4 estaciones de las Chicas Gilmore The DefendersStranger Things sí se quedó en la conversación online, sí traspasó la línea que separa el entorno seriéfilo del mainstream. La primera temporada se desgranó hasta el último plano, sus actores infantiles se convirtieron en estrellas mediáticas, algunas de sus tramas se viralizaron hasta el absurdo (#JusticeForBarb) y su estilo influyó inmediatamente en productos posteriores (It). En gran medida, todo fue gracias al factor nostálgico, a lo bien que la serie jugaba la carta del homenaje cinéfilo para capitalizar la morriña de tiempos mejores que tiene secuestrada al espectador estos días.

En los 15 meses que han transcurrido entre el estreno de la primera temporada de Stranger Things y la segunda, el revuelo alrededor de la serie no ha hecho más que crecer, y por tanto, la expectación por los nuevos episodios se ha disparado hacia la estratosfera. Ante una situación así, en la que una creación se le va de las manos a su responsable para convertirse en propiedad de los espectadores, parece imposible afrontar una continuación sin que el impacto cultural devore a la serie. Pero los hermanos Duffer lo han conseguido. La segunda temporada de Stranger Things no solo está a la altura y conserva intacto el espíritu de la primera, sino que además va más allá siguiendo las reglas de las secuelas cinematográficas, aumentando y multiplicando todo lo que funcionó la primera vez con resultados más que satisfactorios.

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Stranger Things 2 es más grande, más ruidosa, más épica, más espectacular, tiene más acción, más terror, más personajes, más efectos visuales, y sobre todo, más homenajes cinéfilos. Pero como en la primera entrega, la serie es mucho más que mera nostalgia o pirotecnia. Los hermanos Duffer han sabido dominar el arte del pastiche sin olvidar la importancia de dar al espectador una historia y unos personajes por los que preocuparse, y afortunadamente, la secuela vuelve a encontrar ese equilibrio, en un contexto magnificado por factores externos. Como reza uno de sus eslóganes, Stranger Things es más Stranger que antes, pero en la búsqueda del “más grande todavía”, los Duffer no han descuidado lo que en el fondo ha hecho de esta serie un éxito más allá del truco de la nostalgia: su adictivo misterio, su extraordinario apartado visual y, sobre todo, sus fantásticos personajes, elevados en tiempo récord a la categoría de iconos de la cultura popular.

Sobre el argumento de Stranger Things 2 es mejor no entrar en detalle (por ahora). Baste decir que los nueve episodios que conforman la temporada están repletos de escenas, sorpresas, guiños y diálogos que en los próximos meses serán analizados y convertidos en meme hasta la saciedad. Si la primera temporada bebía de Encuentros en la tercera fase, Alien, E.T., Cuenta conmigo o Los Goonies (en general, de todo lo que fuese Steven Spielberg y Stephen King), la segunda sigue homenajeando a estas películas mientras aumenta su cantera de referentes con alusiones inconfundibles a otros clásicos del cine fantástico y de terror como Jóvenes ocultos, Gremlins, Los Cazafantasmas, El exorcista o incluso Parque Jurásico. Pero como decíamos, la nostalgia no fagocita a la historia porque los Duffer se aseguran de que lo más importante sea siempre el devenir de los personajes, sus relaciones, y el misterio. Un misterio que este año adquiere un cariz más terrorífico y apocalíptico con la amenaza de un monstruo del Upside Down mucho más grande y peligroso que el Demogorgon, una criatura de pesadilla que volverá a hacer sufrir a Will (Noah Schnapp) y a su madre lo que no está dicho.

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Además de seguir conociendo a los personajes del año pasado, contamos con nuevos fichajes, el matón Billy (Dacre Montgomery bordando al personaje televisivo más odioso del año), su hermanastra Max (Sadie Sink), que se unirá a la pandilla de Will, y en un golpe maestro de casting, Sean Astin (Mikey de Los Goonies) interpreta al afable Bob, la nueva pareja de Joyce Byers (Winona Ryder), oportunidad que los Duffer aprovechan para introducir el guiño más meta de la temporada.

Pero no os preocupéis, los nuevos personajes no eclipsan a los antiguos (con excepción de la hermana de Lucas, que se va a convertir con toda seguridad en la sensación de los próximos meses, y si no, acordaos), sino que los recién llegados se suman a la historia de forma orgánica, dejando que los personajes que ya conocemos lleven las riendas de la temporada. David Harbour redondea a su Jim Hopper con una interpretación si cabe más humana y matizada, Joyce empieza la temporada tranquila, pero acaba tan deliciosa y conmovedoramente histérica como la primera vez (aunque Ryder le ha cogido mejor el punto al personaje y está más equilibrada), y Steve Harrington (Joe Keery) continúa su proceso de reinvención para alzarse como héroe y candidato a ser uno de los personajes más queridos de la serie (el Team Steve va a aumentar considerablemente), sin olvidar a Nancy (Natalia Dyer), aun más fuerte y guerrera que el año pasado (Molly Ringwald Redux). Pero son los niños los que vuelven llevarse la serie de calle, especialmente Dustin (Gaten Matarazzo), Will (Schnapp se deja la piel en la recta final) y, por supuesto, Eleven (Millie Bobby Brown), cuyo enigmático pasado forma parte central de una temporada en la que la niña sigue evolucionando y descubriendo el alcance de sus poderes, de camino a convertirse en una auténtica superheroína (o mutante, que quizá sería más adecuado en este caso) y destapando a su vez una trama con mucho potencial para próximas temporadas.

Stranger Things 2 demuestra que a veces más sí es mejor. Aunque por momentos corre el riesgo de perderse en la ambición de hacerlo todo más grande, la serie sale siempre a flote gracias a una historia que extiende su mitología de la forma más adictiva y emocionante, empleando el mismo cóctel de aventuras, acción, ciencia ficción y humor que hizo de la primera un triunfo absoluto. Pero lo mejor es que la nueva temporada no se limita a reproducir el esquema de la primera, sino que se ocupa de avanzar la historia explorando las consecuencias de lo ocurrido mientras sigue desarrollando a sus personajes, en el caso de los más jóvenes orientándolos hacia la adolescencia, a la maduración que suele ocupar el núcleo de las cintas juveniles de los 80 en las que se basa la serie y que aquí nos deja momentos muy divertidos y entrañables.

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Como en la primera temporada, los nuevos capítulos de Stranger Things se pasan en un suspiro (cuando menos te lo esperas, aparecen los créditos finales), indicio de que no se ha desperdiciado ni un solo minuto, y están plagados de imágenes memorables, frases para estampar camisetas y ese cariño que hace que el espectador se involucre a otro nivel. Stranger Things es entretenimiento de altura, un producto masivo digno, de los que cuesta mucho encontrar y no tanto desprestigiar con un “pues no es para tanto”. Está claro que los que han acabado saturados con ella o no se tragaron la píldora nostálgica, no solo no disfrutarán de la segunda, sino que esta le dará mucha más munición para criticarla. Pero si, como yo y tantos otros, os dejasteis conquistar por la propuesta de los Duffer, Stranger Things 2 es otro arcón sin fondo para explorar en el desván, un mapa del tesoro en el que no importa tanto llegar a la X, sino disfrutar de las emociones fuertes que nos depara la búsqueda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

love

Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

Crítica: Death Note

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Netflix continúa elevando el listón de su producción propia con películas originales cada vez más ambiciosas y claramente diseñadas para hacer la competencia directa a las salas de cines. Después de su polémica visita a Cannes con Okja, la plataforma estrena una película que si nos hubieran dicho hace unos años que estaba en desarrollo, habríamos dado por sentado que era para la gran pantalla, y no para ver directamente en el salón de casa. Se trata de Death Note, adaptación norteamericana de uno de los mangas y animes más populares de todos los tiempos.

El largometraje está dirigido por Adam Wingard, un cineasta que en su corta carrera ya ha demostrado que es capaz de hacer cosas muy interesantes (Tú eres el siguienteThe Guest) y cosas, digamos, menos dignas (Blair Witch). Mi curiosidad hacia Death Note no se enfocaba tanto a la manera en la que se ha adaptado el material, sino a si la película entra en la primera o la segunda categoría del cine de Wingard. Vaya por delante que no he leído el manga en el que se basa Death Note, pero sí he visto el anime, por lo que estoy bastante familiarizado con el fenómeno (y su apasionado fandom). Digo esto para aclarar que esta crítica no está escrita por un fan ofendido por los cambios que se han hecho al original, por la americanización de la historia, porque L sea negro o Kira no se parezca a la versión de carne y hueso del personaje que había idealizado en mi mente. Esas cosas no podían importarme menos. Esta es una crítica de la película como pieza audiovisual, de su rendimiento como producto al margen, en la medida de lo posible, de su referente. Y como tal, Death Note es un despropósito.

Empecemos con el argumento, aunque la mayoría seguramente lo conozcáis de sobra. Basada en el manga de Tsugumi Ohba y Takeshi ObataDeath Note narra la historia de un estudiante de instituto, Light Turner (Nat Wolff), que un día se encuentra con un cuaderno sobrenatural que esconde un inmenso poder. Cuando el dueño del cuaderno escribe el nombre de alguien en sus páginas mientras imagina su rostro, esa persona muere. La aparición del cuaderno conlleva la irrupción en la vida de Light de Ryuk (Willem Dafoe), un shinigami o dios de la muerte que le empuja a explorar las siniestras posibilidades de su nuevo poder. Asqueado por su día a día y decidido a cambiar el mundo, Light acabará con la vida de aquellas personas que cree que deben morir, contando con el apoyo de Mia (Margaret Qualley), la chica de sus sueños, y enfrentándose a la oposición del cuerpo de policía y el misterioso L (Lakeith Stanfield), joven detective que oculta su cara para evitar ser aniquilado por su enemigo.

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Death Note es una adaptación estadounidense, y como tal, traduce la historia original, ambientada en Japón, a la idiosincrasia de su país. Para ello, Wingard la concibe como una película de instituto de fantasía y terror en la tradición del cine de adolescentes norteamericano, con un pie en los clásicos del género, otro en cintas de culto como Donnie Darko y la cabeza en el slasher moderno. Tenemos todo lo que define al cine teen, el inadaptado enamorado de la chica popular, los bullies, la presión social, y un pre-clímax que tiene lugar, cómo no, en el “homecoming dance”. Por supuesto, tampoco falta ese toque ochentero y nostálgico que tanto le gusta al director (y a Netflix), y que se manifiesta en una banda sonora electrónica con fuerte presencia del sintetizador y las ubicuas luces de neón como herramienta indispensable para diseñar el acabado cosmético de la película, como ya hiciera con The GuestEl resultado es un trabajo indudablemente jugoso y atractivo, una película que, nos convenza o no narrativamente, cumple a nivel técnico y visual, aunque esté un peldaño o dos por debajo de muchas de las producciones de Hollywood que llegan a los cines.

Lo que la desmarca principalmente de otros films adolescentes es su calificación Rated-R, de la que se saca partido para manifestar la rabia adolescente en forma de violencia extrema. Las muertes de Death Note son brutalmente gráficas, sobre todo las que tienen lugar en la primera mitad de la película, que se recrean atrevidamente en el gore y parecen llevar un paso más allá la perversidad de la saga Destino final. Pero no nos confundamos, que Death Note sea para mayores de 18 años y no tenga miedo a volverse realmente macabra no quiere decir que sea una película adulta, nada más lejos de la realidad. De hecho, es todo lo contrario.

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Apropiadamente, Death Note tiene un tufo emo muy de hace una década. Su pareja protagonista se pasea por el instituto lánguidamente, haciendo reflexiones nihilistas de baratillo, mirando con desdén a sus compañeros, a los que definen como “un rebaño de ovejas”, y lo peor de todo, sin apenas atisbo de humor o ironía. La realidad es que Death Note no es tan reivindicativa como cree, y su provocación es infantil y carece de una base sólida (más allá de V de Vendetta, a la que imita como un adolescente impresionable en busca de guía). El simplismo a la hora de acometer un relato tan moralmente complejo indica que no se ha sabido cómo enfocar los dilemas que este plantea, lo cual desemboca en una película que parece estar hecha a medias.

Pero eso no es lo peor de Death Note. Lo peor es que está muy mal contada. Todo va demasiado rápido, no hay apenas contextualización, y mucho menos caracterización de personajes (algunos de estos defectos los comparte con la serie, todo hay que decirlo). Antes de que haya pasado la primera media hora ya se ha desarrollado la trama a escala global de Kira. Apenas hay tiempo para profundizar, quedándose en la superficie en todos los aspectos, una superficie, por cierto, llena de agujeros y absurdos que hacen que la historia haga aguas por todos lados. Además, los guionistas (tres en total) no saben condensar una mitología enmarañada y una historia con tantas reglas (“¡Hay demasiadas putas reglas!”, y a cada cual más aleatoria) en una hora y cuarenta minutos, lo que hace pensar que quizá habría sido mejor realizarla como serie en lugar de un largometraje.

Y luego está el tema ya mencionado de su reparto, en especial la errática elección de Nat Wolff como Light. El actor simplemente no funciona en el papel, su interpretación es ortopédica, plana y acartonada. Y ya no es que esté haciendo de adolescente pasmado y rarito, es que es imposible empatizar con él. Margaret Qualley (que ya nos enamoró en The LeftoversDos buenos tipos) le saca las castañas del fuego, sobre todo al principio, pero tampoco es suficiente para salvar la película, ya que su química con el protagonista es nula, su relación forzadísima (“Soy una puta animadora, nada importaba hasta que te conocí”, le dice ella a él cerca del final, pero en ningún momento hemos visto o sentido tal cosa) y su personaje es igual de estúpido que el resto del film (una pena, porque es el que más potencial tiene).

Death Note tiene aciertos que la redimen por momentos, sobre todo si no le exigimos demasiado (lo cual es recomendable). Ya hemos mencionado la factura, su mejor cualidad. Otra cosa no, pero Wingard sabe ganarnos creando atmósfera con secuencias iconoclastas y llamativos momentos musicales (consuela saber que no lo hemos perdido del todo). Además, la película cuenta con buenos efectos especiales, entre los que destacan la escena final en la noria (de lo más espectacular que ha hecho Netflix) y la presencia de Ryuk, demonio realizado mediante una fusión de CGI, captura del movimiento y animatronic. Aunque no es una criatura todo lo terrorífica que debería haber sido, el Ryuk de Dafoe (y Jason Lilies, el actor que prestó su cuerpo al personaje), supone una presencia lo suficientemente inquietante como para que uno no deje de mirar a la pantalla.

Eso sí, aunque la película consiga entretener, se acaba yendo al garete por culpa de un guion escuálido y sin pies ni cabeza, un desenlace ridículamente retorcido y confuso, unas interpretaciones muy escasas (o dramáticamente exageradas sin venir a cuento, que no sé qué es peor) y una torpeza inusitada en algunas escenas de acción. Todo ello hace de Death Note un descarrilamiento creativo destinado a enfurecer a los fans del material original y dejar indiferentes (como poco) a los espectadores casuales.

Pedro J. García

Nota: ★★

The Defenders (Episodios 1-4): La paciencia es la clave de la victoria

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En 2012 asistimos a uno de los acontecimientos más esperados del cine moderno, la reunión de los superhéroes de Marvel en Los Vengadores, el gran crossover en el que culminaban más de cuatro años de aventuras individuales, cerrando así la Fase 1 del Universo Cinemático Marvel. Pero aquello fue solo el principio. Mientras en el cine estamos inmersos en la Fase 3, la televisión desarrolla su propia versión de Los Vengadores, una réplica más, digamos, modesta, de los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Justicieros que operan a nivel de calle y se enfrentan a amenazas menos grandiosas, pero igualmente peligrosas, y que habitan una zona más oscura y adulta de este universo de ficción.

Son Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, cuatro humanos con poderes especiales a los que hemos conocido en sus respectivas series de Netflix, y que por fin forman equipo en el crossover televisivo más esperado de los últimos tiempos, The Defenders. Cuatro series, cinco temporadas (recordemos que de momento solo hemos visto la segunda de Daredevil), 65 capítulos. Todo confluye aquí, en el acontecimiento catódico del verano. El camino hasta llegar a The Defenders no ha sido todo lo llano que esperábamos. La calidad de las series individuales ha diferido bastante, con las dos primerasDaredevil Jessica Jones, llevándose el mayor beneplácito de la audiencia, Luke Cage dejando más indiferente en general, y Iron Fist recibiendo las peores críticas del Universo Marvel. Aun así, el descenso en calidad no ha sido suficiente como para mermar las ganas de ver a estos cuatro superhéroes juntos en acción.

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Para cuando vemos a los cuatro ocupando el mismo plano en The Defenders, se nos olvida todo el relleno que hemos tenido que ver para llegar ahí y nos duele menos haber visto Iron Fist. De hecho, junto a Daredevil, la serie del Puño de Hierro es la más importante para seguir la trama central de The Defenders, directamente relacionada con la organización malvada La Mano y los poderes místicos de K’un-Lun. Así que, os haya gustado o no Iron Fist, no os arrepentiréis de haberla visto. Por mi parte, después de ver los cuatro primeros episodios de The Defenders, no solo me alegro de haber visto todas las series de Marvel/Netflix, aun con sus defectos, sino que he empezado a ver a Danny Rand de otra manera.

Como decía, solo he visto la primera mitad de The Defenders (lo que Netflix ha puesto a disposición de la prensa antes del estreno), pero ha sido suficiente para hacerme una buena idea general de lo que es la serie y despertar aun más el apetito por ver el resto. The Defenders cuenta tan solo con ocho capítulos, y aunque a priori se antoje escaso para encajar tantos personajes y tramas, lo cierto es que el resultado final no da la sensación de estar demasiado abarrotado o acelerado. Al contrario, la serie no podía ser más continuista en tono y ritmo, solo que ahora hay menos minutos que llenar, así que la historia se vuelve más compacta y no pierde el tiempo yéndose tanto por las ramas.

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The Defenders comienza con nuestros héroes separados, cada uno en su parcela de realidad de la ciudad de Nueva York. Y no podía ser de otra manera. Aunque nosotros los conocemos a todos, ellos aun no han sido presentados oficialmente (con excepción de Luke y Jessica), así que es lógico que tardemos un poco en ver al equipo tomando forma. En este sentido, los showrunners, Douglas Petrie y Marco Ramirez (afortunadamente, son los responsables de Daredevil los que toman las riendas del crossover), hacen un trabajo excelente estructurando la serie y dibujando la historia para llevarla hacia el emocionante encuentro. Al principio, The Defenders es cuatro series en una. Las respectivas apariciones de cada personaje reproducen el estilo visual, el color característico (rojo-azul-amarillo-verde) y la banda sonora de sus series individuales, así como continúan sus argumentos justo donde los dejó cada una. Esto puede ser chocante al principio, pero funciona, porque el espectador está perfectamente familiarizado con el lenguaje de cada serie, lo que le permite darle cohesión a todo en su cabeza.

A medida que The Defenders avanza, las tramas separadas se van entrelazando, los personajes secundarios de cada serie se empiezan a conocer, y poco a poco, los mundos de cada uno de ellos se van fusionando en uno solo, la Nueva York de los Defensores. Es un proceso que se cuece a fuego lento, pero que compensa enormemente cuando en el tercer episodio por fin vemos a los cuatro protagonistas compartiendo el mismo espacio y viéndose obligados a unir fuerzas por primera vez en la tradiconal y espectacular secuencia de lucha en el pasillo, una de las señas de identidad más distintivas de este universo televisivo. Para entonces, uno se da cuenta de que la espera ha merecido la pena. Vaya si ha merecido la pena.

The Defenders supone una mejora enorme con respecto a la serie que la precede inmediatamente, Iron FistEn la serie colectiva, el listón vuelve a subir. Los secundarios no solo no son una distracción de lo que de verdad nos importa, sino que aportan bastante a la historia (ayuda que se hayan traído a los que más nos interesan y se hayan dejado atrás a los eslabones más débiles), las interpretaciones de los protagonistas están más inspiradas, los diálogos son mejores, las coreografías de acción vuelven a brillar como en Daredevil, la cámara se mueve con más agilidad, se puede detectar más creatividad en los planos, en el montaje (hay unas cuantas transiciones entre las dispares tramas y estilos que son bastante ingeniosas), en el uso del color, y por último, hay más humor. Y es mejor.

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En este sentido, la presencia de Krysten Ritter como Jessica Jones es esencial. Sus chascarrillos sarcásticos funcionan como audiocomentario, apuntando a lo absurdo de la historias de cada héroe y la situación en la que se ven envueltos. Y aquí está lo mejor: Danny Rand se convierte en el hazmerreír del grupoThe Defenders presenta al personaje desde una perspectiva menos seria, y lo convierte en el saco de golpes de sus compañeros, sobre todo de Jessica y Luke. Desde su violento primer encontronazo, Finn Jones y Mike Colter muestran una química sorprendentemente buena, haciendo que Iron Fist y Luke Cage se conviertan en el dúo dinámico de The Defenders. Ver a Jessica pegando cortes a Danny es genial, pero ver a Luke metiéndose con su privilegio blanco o recriminándole su actitud de niño pequeño a la vez que le coge cariño es uno de los puntos fuertes de la serie.

Pero hay mucho más. No faltan los easter eggs (cuidado, que hay que prestar atención para ver el cameo de Stan Lee), las referencias a los cómics (Luke y Danny conversando mientras comen comida china), los divertidos one-liners de Jessica, hay un componente de misterio que recorre toda la trama y engancha, y por supuesto, buenas dosis de acción en todos los capítulos. Mención aparte merece el gran villano de la temporada (con permiso de la omnipresente Madame Gao), en este caso villana, Alexandra, interpretada por la excelsa Sigourney Weaver. Al principio puede parecer que estamos ante otra malvada corporativa (y hasta cierto punto lo es), lo que puede resultar decepcionante o aburrido para los que esperábamos algo más grande, pero Alexandra es más similar a Wilson Fisk que a cualquier otro villano de estas series, una mujer poderosa e influyente que esconde un as en la manga, un plan que podría desembocar en la mayor amenaza a la que se han enfrentado nuestros héroes. Hasta ahora se han visto las caras con enemigos relativamente más pequeños, pero como The Defenders, la escala del peligro aumenta, y estos deberán superar sus diferencias y aprender a trabajar juntos para enfrentarse a un reto más propio de Los Vengadores, un posible Apocalipsis en Nueva York.

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Los primeros cuatro episodios de The Defenders dejan ver una serie sólida, bien estructurada y segura de sí misma, con un acertado equilibrio entre acción y desarrollo psicológico de personajes (el odio de Jessica hacia su naturaleza superhumana, la desconfianza de Matt, el odio de Luke causado por la discriminación a su raza, todo esto es una fuente muy rica de drama, conflicto y humor). Pero nada se puede comparar al placer y la emoción de ver a estos personajes por fin juntos y comprobar la química que tienen como grupo. Puede que al principio The Defenders no esté a la altura del hype, al fin y al cabo, no es Los Vengadores, sino una continuación orgánica de las series anteriores, pero una vez ajustamos nuestras expectativas, hay muchísimo que disfrutar en ella. A falta de ver la segunda mitad, para la que estoy seguro de que se han guardado lo mejor, puedo confirmar que el Capitán América tiene razón. La paciencia recompensa.

Iron Fist: El cuarto en discordia

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La llegada de Daredevil a Netflix en 2015 supuso el emocionante inicio de una nueva facción televisiva del Universo Cinemático Marvel, réplica más oscura y violenta a las coloristas películas de los superhéroes de La Casa de las Ideas que, a pesar de distanciarse en tono y estética, tomaban prestado de ellas el mismo plan narrativo. Cuatro series individuales que nos presentarían a cuatro superhumanos y sus respectivos microuniversos por separado para posteriormente fusionarlos en un gran evento televisivo similar al de Los Vengadores, el crossover The Defenders.

Sin embargo, la expectación por este acontecimiento se ha visto algo empañada por el descenso gradual en calidad de las series de Marvel y Netflix, algo que se ha notado especialmente en las dos últimas, Luke Cage, y en especial la que hoy nos ocupa, Iron Fist. La serie sobre el Puño de Hierro aterrizó en la plataforma precedida de las peores críticas a las que se ha enfrentado Marvel en su etapa moderna, y de una fuerte polémica en torno a la elección del actor protagonista, el británico Finn Jones (Juego de Tronos). Marvel optó por mantenerse fiel a la historia original y contrató a un actor blanco para dar vida a Danny Rand, despertando acusaciones de whitewashing (a pesar de que el personaje de los cómics es caucásico) y desatando la ira de aquellos que habrían preferido a un actor asiático para el papel. Está claro que, hagas lo que hagas, no puedes contentar a todo el mundo.

Aunque es cierto que de los cuatro actores principales del Universo Callejero de Marvel, Jones es el eslabón más débil, el casting no es lo peor de la serie. Controversias aparte, la primera temporada de Iron Fist, creada por Scott Buck (entre otras cosas, showrunner de la infame segunda mitad de Dexter y la vapuleada Inhumans), no es tan horrible como sus sañudas críticas se empeñaron en decir, pero sí arrastra todos los problemas de las series de Marvel para Netflix, y añade unos cuantos más, haciendo que la primera fase de The Defenders acabe menos por lo alto de lo que nos habría gustado.

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Siguiendo con la idea de diferenciar cada serie de The Defenders dándole su estilo propio inspirado en diferentes géneros cinematográficos (Daredevil era un violento thriller legal, Jessica Jones un noirLuke Cage bebía del blaxploitation de los 70), Iron Fist se construye como un homenaje al cine de artes marciales, concretamente a las cintas de los 80 y 90, en las que, precisamente, un héroe blanco entrenaba para convertirse en un gran luchador. Nuestro protagonista es Danny Rand, un multimillonario heredero que regresa a Nueva York tras muchos años desaparecido. Dado por muerto, en realidad ha estado todo este tiempo en la fortaleza mística de K’un-Lun, situada en las montañas del Himalaya, donde se convirtió en un experto en Kung-fu y desarrolló el poder del puño de hierro. A su vuelta, Danny deberá recuperar su legado familiar mientras se enfrenta a los criminales de la ciudad de Nueva York y, junto a nuevos aliados como Colleen Wing (Jessica Henwick) o Claire Temple (Rosario Dawson), descubrirá los secretos más oscuros de La Mano, la organización secreta que conocimos en Daredevil.

Iron Fist no empieza mal. De hecho tiene una primera mitad bastante resultona y entretenida, sobre todo si no le exigimos demasiado y aceptamos que vamos a ver otra historia de orígenes que no ofrece nada nuevo. Si nos han gustado las entregas anteriores, es fácil encontrar alicientes para disfrutar esta, pero la serie no tarda en perder fuelle y dejar que afloren muchos de los defectos de sus tres predecesoras. En primer lugar, Iron Fist también sufre de un claro exceso de duración. A las anteriores series de Marvel/Netflix no les habría venido mal tener tres episodios menos o capítulos más cortos, y esta no es una excepción (de hecho le sobra el episodio 11 entero, y dos o tres tramas secundarias). En consecuencia, el ritmo va a trompicones y la historia divaga y se repite en varias partes de la temporada, quedando lastrada por mucho relleno, diálogos insustanciales y una estructura muy desorganizada. Por otro lado, de nuevo tenemos el problema de los secundarios. Colleen es de lo mejor de la serie, pero no se puede decir lo mismo de la familia Meachum. Este grupo de personajes tan poco interesantes ocupa un tercio de la serie con soporíferos conflictos familiares y empresariales que la alejan del género superheroico para acercarla al drama corporativo y las sagas de dinastías poderosas, aumentando así la sensación de que nos están dando gato por liebre.

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Además, está otra vez la cuestión de los villanos. Olvidaos de Wilson Fisk o KilgraveIron Fist se asemeja más a Luke Cage en materia de malvados. En lugar de molestarse en construir un antagonista con enjundia, la serie prefiere cantidad por encima de calidad, con varios enemigos desprovistos de carisma, que van y vienen o evolucionan de forma atropellada (Harold Meachum es hasta peor que Diamondback). Y por su eso fuera poco, vuelve a incurrir en el aburrido tópico de los ejecutivos corruptos y los malos vestidos de traje. Menos mal que tenemos a la temible Madame Gao (Wai Ching Ho). Porque ni siquiera esta vez nos ayuda mucho Claire Temple. El personaje de Rosario Dawson es el pegamento que mantiene unidos a Los Defensores, pero en la primera temporada de Iron Fist no le dan mucho que hacer, y eso que tiene más tiempo en pantalla que en el resto de series de Marvel. Nuestra enfermera favorita pasa sin pena ni gloria por el mundo de Danny Rand (viéndola en la serie, parece que va a bostezar en cualquier momento), y desaprovechar así a Dawson debería estar penado.

En cuanto al estilo, Iron Fist tampoco consigue destacar por encima de sus hermanas. Sí, se diferencia con un score electrónico a base de sintetizadores que nos transporta directamente al cine fantástico y de acción de los 80, pero poco más. El resto de la serie no tiene demasiada personalidad o identidad estética, así como tampoco se distingue por sus coreografías de acción o set pieces, que es donde una serie de Kung-fu debería sobresalir. En la primera temporada no falta la ya tradicional pelea en un pasillo, y afortunadamente es tan buena como las anteriores, pero al resto de combates cuerpo a cuerpo son bastante pobres, le falta brío, inventiva, y sobre todo técnica (¿Habéis visto lo mal editadas que están las escenas de lucha? ¿Habéis contado cuántas veces se le ve claramente la cara al doble de Jones?), aunque mejoren ligeramente en la recta final de la temporada. Es una pena ver cómo estas series ha ido bajando el listón de la acción, sobre todo cuando es tan importante. Todas ellas se han quedado por debajo de Daredevil en este aspecto.

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Hay un truco para sobrellevar mejor la mediocridad de Iron Fist: no tomarse a su protagonista muy en serio (algo que parece que están empezando a explotar desde el departamento de marketing de Marvel y Netflix, para darle la vuelta a las malas críticas y usarlas a su favor). Danny es un pringao, un niño, como le dice Madame Gao. Llega a Nueva York creyéndose el rey del mambo, pero no es más que un crío ingenuo que toma malas decisiones y al que rara vez le salen bien las cosas. Precisamente lo que le falta a Iron Fist es un poco más de sentido del humor, chistes que saquen partido del accidentado aprendizaje de Danny, que será un maestro en artes marciales, pero le queda mucho para ser un adulto y saber moverse en el mundo real (le deberían haber caído más palos por enterao). De esta manera, todo el mansplaining, el whitesplaining, la apropiación cultural, el endeble trabajo interpretativo de Jones o los abundantes clichés de la historia se podrían ver desde otra perspectiva. O no. Quizá la serie cambie de aires en la segunda temporada (debería), en la que Scott Buck será sustituido como showrunner por Raven Metzner (guionista de Elektra y productor de las series Falling Skies Sleepy Hollow). Pero por ahora, Iron Fist es el primer gran traspiés de la Marvel callejera, la prueba que hay que superar (a mí me ha costado meses) para llegar a The Defenders.

Pedro J. García

GLOW: Luchadoras dentro y fuera del ring

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Los 80 han vuelto. Sí, otra vez. Y esta vez para quedarse. Después del enorme éxito de Stranger Things, Netflix sigue explorando los claroscuros de esta década en GLOW, serie inspirada en el breve programa de lucha libre femenina del mismo título, cuyas siglas quieren decir “Gorgeous Ladies of Wrestling”. Creada porn Liz Flahive (HomelandNurse Jackie) y Carly Mensch (Nurse Jackie, WeedsGLOW viene avalada por la producción de Jenji Kohan, responsable de Orange Is the New Black, y parte del equipo de la dramedia carcelaria de Netflix, uno de los primeros grandes éxitos de la plataforma.

GLOW cuenta la historia de Ruth Wilder, interpretada por Alison Brie (Community, Mad Men), una actriz en paro que trata de abrirse camino sin suerte en el Hollywood de los 80. Desesperada y sin ningún papel a la vista, Ruth encuentra su última oportunidad en el casting de un programa de lucha libre para televisión, donde coincidirá con su ex mejor amiga, Debbie Eagan (Betty Gilpin), una actriz de telenovela que dejó la industria para criar a su bebé, pero decidió volver al trabajo al descubrir que su marido le está siendo infiel. Allí, Ruth y Debbie se unirán a un variopinto grupo de mujeres de muy diferentes procedencias, personalidades y aspiraciones profesionales que entrenan para convertirse en las próximas estrellas de la lucha, diosas enfundadas en licra y bañadas en purpurina que trabajan a las órdenes de Sam (Marc Maron), una vieja gloria de la serie B que ha dejado el cine atrás para guiar a este grupo de mujeres hacia la fama catódica.

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Que parte del equipo de Orange Is the New Black forma parte de GLOW es algo que cualquiera podría intuir con solo ver el primer capítulo. La diversidad del reparto es una de las mayores bazas de la serie: mujeres de distintas razas, edades y físicos que conforman un fresco femenino mucho más completo que casi cualquier otra ficción televisiva. Pero hay un aspecto clave en el que GLOW se distancia considerablemente de OITNB, y es uno que algunos espectadores agradecemos: los episodios, 10 en total para la primera temporada, duran media hora. Esto hace que GLOW se consuma fácil y gustosamente, sin dar lugar a la sensación de alargamiento que arrastran otras series de Netflix. Claro que, como toda cara tiene su cruz, la brevedad de la temporada puede hacer que la serie (por ahora) sepa a poco.

El título de GLOW pone fácil su descripción. La serie es deslumbrante y resplandeciente. La ambientación ochentera es una de las mejores que hemos visto en televisión, desde el diseño de producción hasta los fieles estilismos, pasando por supuesto por la excelente selección musical, que transporta directamente a esta década. Pero lo que hace que GLOW transpire 80s por los cuatro costados es cómo refleja la sociedad del momento y el tratamiento que da a la industria del cine. La serie no solo nos habla de un grupo de mujeres luchando dentro del ring para ganarse la vida, también es la crónica de su lucha por encontrar su hueco en una industria dominada por el hombre. Desde el primer momento en el que vemos a Ruth leyendo el protagonista masculino durante una audición en la que realmente opta al papel de secretaria, GLOW sienta las bases de su discurso feminista, a través del cual destapará la peor cara del mundo del espectáculo, una cara que hoy en día nos sigue mirando desde Los Ángeles, como demuestran las constantes noticias sobre la brecha salarial en Hollywood y los testimonios de actrices sobre audiciones repugnantemente sexistas en las que son tratadas como prostitutas o trozos de carne.

La crítica al sexismo de Hollywood es uno de los pilares de GLOW, pero por supuesto, el corazón de la serie se halla en sus personajes. La historia nos va dando a conocer a las luchadoras poco a poco, sus historias personales, sus secretos y sus ambiciones, descubriendo un reparto coral de mujeres, unas más carismáticas que otras, con las que es fácil encariñarse. Sin embargo, GLOW tiene dos protagonistas claras, Alison Brie y Betty Gilpin, dos portentos de la interpretación que ya habían despuntado en otras series (Brie en Community Mad Men, Gilpin en Nurse Jackie) y que aquí por fin tienen una plataforma a su medida para dar rienda su talento. Observar a Brie hacer el ridículo una y otra vez, tocar fondo e intentar salir a flote es una de las experiencias más hipnóticamente incómodas y fascinantes que nos ha ofrecido la televisión reciente, pero Gilpin es la verdadera robaescenas de la serie, un animal escénico del que no se puede apartar la mirada. También merecen su mención los dos personajes masculinos principales, Sam y Bash (Chris Lowell), el primero por representar lo más negativo de la serie con humanidad, sin caer en la categoría de villano, y el segundo por ser completamente adorable.

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La primera temporada de GLOW se pasa en un suspiro. Esta se centra en los entrenamientos de las chicas y la preparación del primer combate que será grabado como piloto del programa para la cadena, oportunidad que se aprovecha para contar una historia de superación y camaradería femenina que no tiene miedo a golpearse con el suelo. En el transcurso de los diez episodios, la serie nos deja momentos divertidos, pero también puede llegar a ser bastante cruda (a veces las dos cosas a la vez, como todo lo que tiene que ver con los horribles estereotipos culturales y raciales asignados a las luchadoras), ofreciendo un contraste muy interesante y agridulce. Eso sí, como adelantaba antes, la primera temporada no alcanza todo su potencial, sino que parece reservárselo para más adelante, dejando que sus flaquezas se apoderen de ella por momentos. Por ahora, GLOW no ha demostrado toda su fuerza, sino que solo está entrenando, tanteando el ring. Pero por lo que hemos podido ver, nos promete un gran espectáculo.

Santa Clarita Diet: Cuando la comedia se indigesta

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Hemos perdido ya la cuenta de las diferentes formas que han adoptado las historias de zombies en el cine, la televisión y la literatura. Del terror, su hábitat natural, hemos saltado a la comedia gamberra (Shaun of the Dead), el cine teen (Warm Bodies), el blockbuster (Guerra Mundial Z), el cine de época (Orgullo + Prejuicio + Zombies) o el drama “humano” (Les RevenantsIn the Flesh), por nombrar unas cuantas variantes modernas. Y cuando parece que hemos hecho tope, llega una nueva vuelta de tuerca. La última en sumarse a la reinvención de este género es Santa Clarita Diet, comedia de Netflix protagonizada por Drew Barrymore y Timothy Olyphant que le da un giro a la clásica mitología alrededor del no-muerto y la lleva hacia el terreno de la sitcom familiar, produciendo así una aleación cuanto menos extrañamente curiosa.

Sheila (Barrymore) y Joel Hammond (Olyphant) son un matrimonio de agentes inmobiliarios que llevan una vida rutinaria e insatisfactoria en Santa Claita, el típico pueblo apacible de vallas blancas a las afueras de Los Ángeles. Su vida transcurre con aburrida normalidad junto a su hija adolescente, Abby (Liv Hewson), hasta que Sheila experimenta un cambio radical: al parecer, ha muerto, pero sigue viva, y ahora necesita alimentarse de carne cruda para sobrevivir. Al principio, Sheila disfruta de los beneficios de su nueva dieta: una piel más resplandeciente que nunca, energías renovadas para afrontar cualquier cosa y una libido por las nubes (sinónimo intencionado de la nueva etapa profesional de Barrymore que inicia esta serie). Sin embargo, cuando pruebe su primer bocado de carne humana se dará cuenta de que no hay marcha atrás. Ahora Sheila necesita adoptar la dieta caníbal para no perder el control y convertirse en un monstruo, y lo hará con ayuda de su marido, junto a quien decide que la única opción es convertirse en asesinos. A ser posible de gente horrible, al más puro estilo Dexter. La familia que mata unida…

Hasta aquí, todo bien. Santa Clarita Diet parte de una idea muy simpática y gamberra que nos presenta la clásica comedia familiar suburbana desde un prisma más satírico e irreverente. El diseño de producción se asemeja al de las sitcoms de ABC y la banda sonora es un calco de la de Mujeres desesperadas (de la que también toma prestado a Ricardo Chavira). Pero las vísceras y los litros de sangre y vómito le dan otro barniz. Sin embargo, más allá de esta alocada premisa, la serie no tiene demasiado que ofrecer. Si dejamos a un lado su componente fantástico y el gore, lo que nos queda es la enésima comedia de enredos plagada de clichés, y en este caso, además llena de situaciones inverosímiles que desafían toda lógica interna (incluso para su disparatada propuesta y el género al que pertenece) y hacen que más que divertida, resulte irritante por momentos. Hablando claro, Santa Clarita Diet es una tontería mayúscula. ¿Que podría ser una tontería de las buenas? Claro. Pero su primera temporada malgasta terriblemente su potencial con tramas intrascendentes y absurdas que no van más allá del chiste fácil, uno que se estira a lo largo de los 10 episodios que la componen.

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Y mención aparte merece su reparto, al que parece que están obligando a trabajar bajo amenaza. A Barrymore le debieron decir “Netflix ha resucitado la carrera de la ex it girl Winona Ryder. ¿Quieres ser la siguiente?”, y no se lo pensó dos veces. ¿Pero quiere estar ahí de verdad? Desde luego no lo parece. La actriz tiene sus buenos momentos aislados (cuanto más loca se vuelve Sheila, mejor está Barrymore), pero su interpretación no podría ser más inconsistente y desentonada. Claro que al lado de su co-protagonista, Drew está de Emmy. Lo de Olyphant es increíble. El pobre está fatal, ortopédico y excesivamente artificial. Al menos Barrymore parece tomarse un poco más en serio lo que está haciendo, pero él no consigue disimular sus ganas de estar haciendo otra cosa. Y no me hagáis hablar de la hija, porque una cosa es ser la obligatoria adolescente insoportable de cualquier serie, y otra estar tan forzada y sobreactuada como Hewson (además, más que hija de Barrymore parece su hermana. Mayor). Aquí el único que se salva es Skyler Gisondo (descubierto en Vacaciones), que interpreta al vecino experto en zombies que instruye a los Hammond al más puro estilo Jóvenes ocultos. La serie debería hacer un Cosas de casa y convertir a su nerd local en el protagonista de la historia. Nos harían un gran favor.

Hacia la mitad de la temporada, Sheila define la poesía de su primer “convertido”, A Blade of Grass (versión violenta de Hojas de hierba de Walt Whitman), como “a twist on the familiar”, un detalle autorreferencial con el que la serie nos guiña un ojo (antes de salírsele de la cuenca). Sin embargo, de nada sirven las intenciones cuando el guion no está a la altura de las circunstancias. La trama se desarrolla de la forma más tópica y convencional posible, el humor va a medio gas y nos tienen que explicar los chistes o repetirnos varias veces las cosas por si no las hemos pillado. En consecuencia, la desesperación se puede oler a través de la pantalla. Lo que no se le puede negar a la serie es su atrevimiento a la hora de darnos ese “giro a lo familiar” sobre un género muy hastiado, una sitcom de toda la vida con bien de gore, palabrotas y ordinarieces, un producto ligero y desenfadado que para pasar un rato de desconexión bien puede servir. Claro que solo con esto no se hace una buena serie. Y sí Santa Clarita Diet se deja ver fácilmente, pero también podía haber sido buena. Detrás de los simplones chistes y el rancio slapstick está escondida la interesante sátira sobre la familia y la vida suburbana que (quizá) querían hacer. A ver si la encuentran en la segunda temporada.

Luke Cage: ¿A prueba de balas?

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Ya queda menos para ver en acción a Los Defensores, el equipo de superhumanos de pie de calle de Marvel, formado por Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist. Mientras esperamos a conocer a Danny Rand y a asistir al crossover más importante de la Marvel televisiva, repasemos lo que dio de sí la primera temporada de la entrega en solitario más reciente de NetflixLuke Cage. Después de darnos a conocer los rincones más oscuros de Hell’s Kitchen en DaredevilJessica Jones, Marvel Television nos sube en el metro y nos lleva hasta Harlem para contarnos la historia de Luke (Mike Colter), forzudo creado a principios de los 70 por Archie Goodwin y John Romita Sr., respuesta de La Casa de las Ideas al auge del cine de explotación protagonizado por actores negros.

Hasta ahora, Marvel Television ha mostrado una clara inquietud por diferenciar sus series individuales en Netflix dotándolas de un estilo marcado según los dictados de varios géneros cinematográficos. Así, Daredevil se construye como una cinta de artes marciales con toques de cine negro, mientras que Jessica Jones se adentra en el noir más clásico, tomando notas de las novelas de detectives y el pulp. Como no podía ser de otra manera, Luke Cage se presenta como un homenaje al blaxploitation, subgénero que la serie recrea excelentemente a través de la estética, la banda sonora de aire setentero y las escenas de acción (torponas hasta rozar el camp), y que adereza con los ingredientes tradicionales del cine de gángsters y guiños al western. Es decir, ya desde el primer episodio, Luke Cage deja patentes sus intenciones, marcando desde los primeros compases una personalidad fuerte y una identidad definida, lo cual se convierte en su mayor acierto.

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Contándonos la historia de Carl Lucas, un prófugo de piel tan dura como el titanio, Luke Cage lleva a cabo un retrato de la comunidad negra en Nueva York y una oda al barrio de Harlem, narrándonos las vicisitudes de los pequeños negocios y las dificultades de la población afromericana en un panorama de hostilidad y violencia creciente, así como la corrupción política del sistema, pero también celebrando su cultura en sus facetas más artísticas e innovadoras. Luke Cage vendría a ser el reflejo del movimiento Black Lives Matter en el género superheroico, una estilizada reconstrucción de la realidad en clave de ficción aumentada que nos habla de la brutalidad policial y los prejuicios, y que por encima de todo, reivindica la necesidad, y la responsabilidad, de reclamar, proteger y conservar para las siguientes generaciones una cultura de la que otros se han apropiado para explotarla con fines comerciales o para perpetuar el racismo. Con este objetivo en mente, la serie utiliza inteligentemente la música negra (rap, hip hop, blues, soul) para dibujar el contexto y la acción (el enfrentamiento final de Luke Cage y Diamondback está concebido como una batalla de rap) y da forma a un férreo discurso sobre la identidad y el legado de la población afroamericana en Estados Unidos.

“No soy un héroe, solo un tipo normal” -Luke

Pero más allá de su condición de símbolo, Luke Cage también representa el clásico dilema que define a casi todos los relatos superheroicos: ¿Qué hace al superhéroe? En este caso, la respuesta es más ambigua que la que podemos extraer de la facción cinematográfica de Marvel, ya que en la televisiva, las zonas grises están más extendidas y la diferencia entre el bien y el mal no se manifiesta de forma tan clara. Para responder a la pregunta tenemos que recurrir al personaje que ejerce como nexo de unión entre los Defensores, Claire Temple (Rosario Dawson). En esta ocasión, la enfermera adquiere un peso mayor en la historia (para alegría de todos) y aparece más tiempo en pantalla que en DaredevilJessica Jones, demostrando que es capaz de tener una química brutal con quien se le ponga delanteClaire es en el fondo la mayor heroína de la Marvel callejera, ya que carece de superpoderes, pero arriesga su vida igualmente para ayudar a los demás. Y esa es la lección que deja tras su (caldeado) paso por la vida de Luke Cage, a quien demuestra que no es necesario llevar armadura o capa para ser un superhéroe, que con llevar una sudadera con capucha y estar dispuesto a hacer lo correcto sin importar las consecuencias y sacrificarse por los demás es suficiente.

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Y hablando de arriesgar, otro de los aspectos más destacables de Luke Cage es su contenido para adultos, muy alejado de lo que acostumbramos a ver en las películas de Marvel, orientadas a todos los públicos. Ya desde antes del estreno, los responsables de la serie se aventuraban a definirla como “la The Wire de Marvel”. Y aunque la comparación le viene grande (enorme, de hecho), tiene parte de verdad, ya que Luke Cage aborda temas similares (la naturaleza del poder, la ambición, la corrupción del sistema, el crimen organizado) y se apoya fuertemente en el ritmo pausado y la crudeza de la aclamada ficción de David Simon. En Luke Cage se lleva un paso más allá lo que se hizo en Daredevil Jessica Jones, aumentando las dosis de violencia y las palabras malsonantes (otra cosa que reclama la serie es el uso del término “nigga”, que se repite constantemente), en un intento por explorar hasta dónde son capaces de llegar sus personajes, y también Marvel, que afortunadamente no parece poner trabas a la naturaleza más osada y adulta de estas series.

Pero no todo es positivo en la serie. De hecho, a pesar de sus aciertos, Luke Cage es la entrega de Marvel/Netflix más desigual hasta ahora. El principal problema que perjudica a la serie es algo que también afecta a DaredevilJessica Jones: que, aunque parezca mentira, 13 episodios de alrededor de una hora de duración es excesivoLuke Cage empieza con fuerza, pero se va desinflando por la necesidad de estirar las tramas para justificar la duración, y se resiente irreversiblemente hacia la mitad de la temporada, con la desaparición de Cottonmouth (Mahershala Ali), el mayor error de la serie. Con esta decisión se sacrifica un villano con presencia y carisma para cambiarlo por uno que parece una parodia, y dar más énfasis a otros rivales de Cage (la villana principal de la temporada es evidentemente Mariah Dillard), oponiendo al héroe a más de un enemigo. Pero en este caso, más no es mejor. Los prescindibles personajes secundarios, el superávit de malosos y la dilatación de los acontecimientos provoca demasiados puntos muertos y minutos de relleno que desfavorecen el conjunto.

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Por otro lado, el argumento es demasiado convencional y los diálogos son muy obvios, cayendo en la sobre-explicación y tocando todos los clichés posibles, algo que, por mucho que sea coherente con el estilo al que rinde homenaje, resulta en algo torpe y superficial. Y por último, su reparto no está al mismo nivel. Por un lado, Rosario Dawson, Mahershala Ali y Simone Missick hacen un estupendo trabajo, pero por otro, Alfre Woodard se pierde en la sobreactuación y construye a un personaje que roza el ridículo, mientras que a Mike Colter, nuestro protagonista, le falta mucha fuerza, paradójicamente. Colter tiene un físico impresionante que se ajusta como anillo al dedo a la imagen del personaje, pero su capacidad interpretativa está mucho menos desarrollada que sus músculos, y carece del carisma necesario para ser Power Man en todas sus dimensiones.

A pesar de todo, hay mucho margen para mejorar, más allá de la valiosa aportación que la serie realiza en un género eminentemente blancoLuke Cage parte con una gran ventaja, que no necesita tiempo como otras ficciones para afianzar su estilo, sino que arranca siendo muy consistente en su discurso, su voz y su estética diferente de los demás. Ahora hace falta que los guionistas se esfuercen un poco más al escribir los diálogos, construir la historia, y dotarla de profundidad más allá de los topicazos de género, para poder así llenar 13 capítulos con material de calidad, en lugar de tener que alargar las 6 horas interesantes que tienen. Porque aunque parece que Marvel está hecha a prueba de balas, en ocasiones no le viene mal que le digan que no es así.

The OA: El enigmático regalo sorpresa de Netflix

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Cuando la mayoría de medios ya han publicado sus listas de lo mejor del año y dábamos por cerrado el calendario seriéfilo de 2016, Netflix nos lanza una sorpresa a apenas dos semanas de dar la bienvenida a 2017, un regalo de Navidad que no nos esperábamos. The OA es la nueva y misteriosa serie que llega a la plataforma, rodeada de un gran secretismo y sin publicidad hasta pocos días antes de su lanzamiento (lo que en sí mismo es una inteligente estrategia publicitaria). Brit Marling y Zal Batmanglij, responsables de las películas Sound of My Voice The East, están detrás de esta extraña e indescifrable serie. Ambos han trabajado en ella junto a un reparto de primera (Emory Cohen, Jason Isaacs, Phyllis Smith, Riz Ahmed y Paz Vega entre otros) y productores del calibre de Brad Pitt, sin trascender a los medios hasta que ha estado lista para que se levante el velo. Y tanto misterio a su alrededor tiene una razón de ser: es mejor entrar en el juego que propone sin saber nada de antemano.

The OA es difícil de describir, casi inclasificable. Por un lado se puede considerar un thriller de desapariciones y un intenso drama New Age, muy en la línea de los anteriores trabajos del tándem creativo detrás de la serie (así como de los de Marling junto a Mike Cahill, Otra TierraOrígenes), por otro está claramente orientada al público que disfrutó el verano pasado enganchándose a Stranger Things y tiene mono de otro absorbente misterio para bingear, aunque en realidad su historia tiene mucho más que ver con Sense8, al hablarnos de una poderosa conexión humana que trasciende los límites de nuestro conocimiento. Drama, fantasía, ciencia ficciónThe OA combina estos géneros para resultar en algo completamente original y diferente, una historia que comienza con el regreso a casa de una chica que ha estado desaparecida siete años y se va convirtiendo poco a poco en uno de los relatos más envolventes y desconcertantes que nos ha dejado últimamente la televisión.

La adictiva historia de The OA apela directamente a los sentidos, y al estómago, es un relato espiritual de sensaciones, abstracto pero con una estructura narrativa muy concreta e inteligente (alternando pasado y presente para dosificar la información de manera que no podemos dejarla hasta el final) y una cuidada mitología e iconografía fantástica y sci-fi que se va desgranando a través de los episodios para desvelar un universo de ficción único y fascinante. Desde el momento en el que ponemos los pies, los ojos y los oídos en la serie, la voz de Prairie (Marling) nos transporta hacia una realidad que nos resulta muy familiar (un pequeño barrio residencial norteamericano, casi un no-lugar) para a continuación situarnos a oscuras en un camino que no sabemos dónde nos va a llevar, que puede resultar muy tenso, asfixiante, pero también liberador. Seguir la voz de Prairie, como hacen aquellas personas rotas que se congregan para recibir su sagrada narración y de cuya comunidad acabamos siendo uno más, supone convertirnos en creyentes y abrir nuestra mente a las posibilidades infinitas que hay a nuestra disposición. Suena a secta, y en cierto modo lo es. No pasa nada, no tengáis miedo de beber el Kool-Aid.

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Pero para que esto ocurra, hay que prestarse voluntario al experimento, hay que escuchar y dejarse llevar (“Confía en lo desconocido”, reza su tagline). The OA también es un producto excéntrico, lunático, y su planteamiento puede no tomarse en serio. A quien acepte la mano que extienden Marling y Batmanglij desde el otro lado de esta dimensión le espera un viaje muy emocionante, una insólita historia de amor (Prairie y Homer son nuestra nueva obsesión) y un refugio de entendimiento y aceptación. A otros simplemente les puede parecer una gran chorrada. Pero ese es parte de su atractivo, eso es lo que hace de ella algo extraordinario, algo que difícilmente dejará indiferente a alguien. Y es que estamos ante un trabajo que pide un salto de fe, y recompensa con una experiencia que, con suerte, puede llegar a ser catártica y trascendental. No solo en su emotivo y sorprendente desenlace, sino también en cada rincón y giro argumental, en cada imagen bañada en luz o ahogada en oscuridad, en cada paisaje sonoro (magnífica banda sonora del ex Vampire Weekend Rostam Batmanglij).

Podríamos tratar de analizar The OA en profundidad (llenando este texto de spoilers, claro), hablar de sus personajes (algunos complejos, otros todavía desdibujados, con suerte todos de vuelta para conocerlos mejor en una necesaria segunda temporada), pero en realidad se trata de una serie difícil de explicar, porque no está hecha para eso, sino para ser vivida, para sumergirse y dejarse consumir por ella. Entrad con los ojos cerrados y dejad que Prairie os los vaya abriendo para descubrir lo que se esconde detrás de esas dos siglas. La respuesta esconde un imaginativo y expansivo cosmos de ficción del que es imposible escapar.

Review: Dirk Gently Agencia de Investigaciones Holísticas

Ya está disponible en Netflix la primera temporada completa de una de las nuevas series más recomendables que nos deja este año, Dirk Gently Agencia de Investigaciones Holísticas (Dirk Gently’s Holistic Detective Agency). Tras este largo título se encuentra una co-producción británico-estadounidense basada en la serie de novelas escritas por Douglas Adams (el autor de la popular Guía del autoestopista galático), que llega para hacer las delicias de los fans de la comedia fantástica, concretamente de la British.

Dirk Gently corre a cargo del solicitado (y desigual) Max Landis (ChronicleMr. Right) y tiene como protagonistas principales a Samuel Barnett y Elijah Wood, que sigue sumando rarezas cinematográficas y televisivas a su currículum. El actor de El Señor de los AnillosThe Faculty lleva unos años apostando fuertemente, desde la interpretación y la producción, por el género fantástico. A la lista de títulos recientes en su haber (Wilfred, Grand Piano, Maniac, Open Windows) se suma otra historia centrada en un personaje tímido y peculiar que acaba como “héroe” involuntario en una peligrosa aventura (cualquier diría que el actor se interpreta a sí mismo en casi todos sus proyectos).

Partiendo de un crimen cometido en un hotel, Dirk Gently Agencia de Investigaciones Holísticas nos presenta a Todd (Wood), botones reservado y con problemas familiares convertido en uno de los sospechosos, y Dirk Gently (Barnett), un detective paranormal que se especializa en la investigación “holística”, la que sostiene que todo está conectado y nada sucede al azar, sino que forma parte de un esquema de causa-efecto que da forma al universo. Muy a pesar de Todd, que no está interesado en ser un sidekick (o “el Watson” de Dirk, o su companion), este se embarca junto al extravagante detective en una misión para descifrar la gran trama que se esconde tras el asesinato (lo que decía, hasta cierto punto, Wood está repitiendo lo que hizo en la recomendable Wilfred).

dirkgently_posterDirk Gently, que ya tuvo una adaptación televisiva en BBC hace seis años, es un producto hecho para encantar a los fans de Adams, de la literatura de Terry Pratchet y autores similares, y/o de Doctor Who (Dirk Gently es básicamente un Señor del Tiempo)El primer episodio supone una carta de presentación impecable, 50 minutos que establecen un tono muy definido -un divertido e hipnótico cruce de comedia fantástica, surrealismo y noir, más oscuro y con más drama y violencia de lo que esperaba- y disponen las piezas (un “elegido”, una asesina con machete, viajeros en el tiempo…) de un puzle con muchas ramificaciones que atrapa enseguida. Y lo que sigue a continuación es el desarrollo de una trama interconectada a gran escala con la que los aficionados a la ciencia ficción y el misterio se lo pasarán en grande.

Merece la pena embarcarse con Todd en esta caótica y extraña odisea de proporciones cósmicas, llena de ingenioso humor negro, encanto británico y sorprendentes giros argumentales, para ver si Dirk Gently nos acaba descubriendo el sentido de la vida y el universo. Aunque yo con el 42 ya me daba por satisfecho.