Bates Motel: Norma + Norman 4ever

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Aviso: Esta entrada incluye spoilers del final de Bates Motel

En 2013 había mucha curiosidad, pero no demasiada confianza depositada en Bates Motel. Cuando se estrenó esta precuela en clave contemporánea de Psicosis de Alfred Hitchcock, creada entre otros por Carlton Cuse (Perdidos), no había tantos remakes y reinvenciones televisivas de clásicos del cine (y no sabíamos que algunas podían ser tan buenas, como Fargo), y el hecho de que se emitiese en una cadena como A&E, no conocida por la calidad de su ficción, nos hacía arquear a muchos la ceja. La sorpresa fue que, sin ser nada extraordinario, Bates Motel era mejor de lo que esperábamos. Su mayor baza era la estupenda interpretación de Freddie Highmore y Vera Farmiga como Norman y Norma Bates, el corazón de una serie que nos hacía volver principalmente para disfrutar de esa inquietante y excéntricamente conmovedora relación maternofilial. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrieron correctamente, a pesar de navegar constantemente en el terreno de lo convencional e incluir bastantes tramas de relleno. Pero a partir de la tercera, y a medida que la historia se acercaba a los acontecimientos de Psicosis, la serie estalló y experimentó una clara evolución ascendente.

Como dije al finalizar su excelente cuarta temporada, con el transcurso de los años Bates Motel había pasado de serie de planchar a serie de calidad. Y una de las razones de este salto cualitativo es un diseño narrativo compacto y cerrado en cinco temporadas, y con la vista fijada siempre en el final, en el film de Hitchcock y el destino de Norma y Norman. Cincuenta episodios que presentan una historia redonda y que, como en Breaking Bad (salvando las distancias), evitan que la serie se vaya demasiado por las ramas. Es decir, Bates Motel se ha despedido en su punto álgido, sin quedarse más tiempo del que debía, con una fantástica quinta temporada en la que la serie ha pasado oficialmente de ser una precuela a un remake. Eso sí, uno muy libre, porque al final, Bates Motel ha preferido seguir los latidos de su propio corazón en lugar de los de la película de Hitckcock, redibujando la historia e introduciendo cambios para llevarla hacia un desenlace distinto, hacia un final cerrado para sus protagonistas. Por ejemplo, esta quinta temporada hemos conocido a Marion Crane, la icónica víctima de Norman encarnada originalmente por Janet Leigh, aquí interpretada (justa pero asequiblemente) por la cantante Rihanna, y hemos visto cómo la mítica escena de la ducha recibía una inteligente vuelta de tuerca que cambiaba los trágicos eventos para traerlos al siglo XXI.

Pero los cambios más significativos han tenido lugar en el personaje de Norman y su evolución como psicópata y asesino en serie, lo que nos ha llevado a unos capítulos finales en los que asistimos al desenlace de su historia de forma definitiva, y no como antesala de Psicosis. Con Norman encerrado a la espera de cargos por las atrocidades cometidas a lo largo de los años, parecía que Bates Motel se dirigía hacia un final anticlimático, pero un giro a última hora hacía que “The Cord”, el último episodio de la serie, proporcionase una conclusión satisfactoria y fuertemente emotiva a la serie, en la que los personajes que no están o no tienen tanto peso en la película original, Dylan (Max Thieriot) y el sheriff Alex Romero (Nestor Carbonell), juegan un papel crucial. El amor es lo que bombea los últimos latidos de Bates Motelel amor, la obsesión y la locura que en este caso se deriva de él, o que se deforma por la enfermedad. El de Alex por Norma, que le hace perderse a sí mismo en busca de venganza, el de Dylan por su hermano, que le lleva a aferrarse al último resquicio de esperanza por él, y por supuesto, el de Norman por Norma, que lo sume en un estado de regresión con el que se nos lleva de nuevo al principio para vivir con él, aunque sea por un momento, en la ilusión de que todo va a salir bien.

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Los últimos diez minutos del episodio resumen perfectamente lo que ha sido Bates Motel. Concretamente la “última cena” de Norma y Norman, una de las secuencias más macabras de la serie, en la que Dylan descubre sobrecogido el cadáver de su madre sentado a la mesa esperando que Norman sirva la cena para disfrutar de una velada en familia junto a su madre y su hermano. El violento enfrentamiento de Norman con Romero, y su encuentro posterior con Dylan en la casa de los Bates (ilógicamente sin vigilancia policial, todo hay que decirlo), están cargados de tensión y emociones a flor de piel por parte de todo el reparto, y nos dejan la que es la mejor interpretación de Freddie Highmore en los cinco años de la serie. Normalmente me deshago en elogios hacia la electrizante y sublime Vera Farmiga (¿veis? no puedo evitarlo), pero con su personaje formando parte indivisible de la psique de Norman, en esta ocasión es Highmore quien más se los merece. El desgarro y el compromiso con el que el joven actor abraza el estado final de la enajenación de Norman es digno de todos los laureles y augura un futuro brillante para él.

A su retorcida manera, Bates Motel nos regala un final feliz. Sí, es siniestro y bañado en sangre, pero también posee una evidente gran carga poética y aporta esperanza, en concreto para los dos personajes que han permanecido moralmente incorruptos, Dylan y Emma (Olivia Cooke), a los que se recompensa con un luminoso futuro familiar. Y por encima de todo, da a Norman lo que siempre ha querido, sin huir de condenar abiertamente sus actos: estar con su madre para siempre (el cordón umbilical permanece sin cortarse). La muerte de Norman es la única salida para todos los personajes, el final para unos y el principio para otros. El último plano de Bates Motel nos muestra la lápida compartida de Norma y Norman (la de él sin inscripción, porque solo Norma sería capaz de decir algo bonito sobre él después de todo lo ocurrido) y es inevitable imaginarse a madre e hijo a dos metros bajo tierra, dados de la mano y sonriendo apaciblemente, contentos porque van a pasar la eternidad el uno junto al otro.

Bates Motel: De serie de planchar a serie de calidad

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Cuando se estrenó Bates Motel, la precuela televisiva de Psicosis, hace ya cuatro años, la empecé a ver sin muchas expectativas. Los primeros capítulos no me dijeron demasiado. La elección de Freddie Highmore como el Norman Bates adolescente, y sobre todo la de Vera Farmiga como su madre amantísima, Norma, me pareció el mayor acierto de la serie. Pero más allá de eso, no lograba encontrar muchos alicientes. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrían en el terreno de lo convencional (sobre todo la primera), aunque fueran salpicadas de vez en cuando con algún episodio por encima de la media o algún momento impactante que ejercía como gancho para seguir viendo la serie. Aun así, me costó mucho seguir con ella, y la dejé aparcada durante mucho tiempo. Hasta que hace apenas un mes la retomé (en uno de estos arrebatos completistas) y me vi sus dos temporadas más recientes (tercera y cuarta) en un suspiro, cambiando por completo mi apreciación de la serie.

Lo bueno de Bates Motel es que se ha decidido que termine en su quinta temporada, con un total de cincuenta episodios. Carlton Cuse ejerce como showrunner, guionista principal y productor ejecutivo de la serie, y sabe mucho de la importancia de no alargar demasiado una serie, gracias a su experiencia en Perdidos. Además, en el caso concreto de Bates Motel es especialmente recomendable no estirar de más la historia, porque todo el mundo conoce su desenlace. Así que el sentido común ha prevalecido, y como en Breaking Bad, Bates Motel termina antes de se cumpla su fecha de caducidad. Por eso sus dos últimas temporadas han sido realmente buenas, porque la historia ha ganado ímpetu y ha evolucionado hacia el punto que todos esperábamos desde que comenzó. Esto hace que cada acto de Norman, cada decisión que toman los Bates y cada giro de la historia adquiera mayor significado y esta pueda ser apreciada por el espectador en toda su riqueza de matices. Como conocemos (o creemos conocer, que nunca se sabe) la conclusión de la historia, resulta muy satisfactorio ver cómo las piezas van encajando y la serie se va transformando en algo más oscuro y macabro, como la película de Alfred Hitchcock.

Pero más allá de la emoción que supone conectar serie y película, Bates Motel ha conseguido crear su propia narrativa y desarrollar su propio universo, para llevar a cabo una reinvención retro-moderna de la cinta de Hitchcock, ya que, como sabéis, la historia se ha llevado a nuestros días conservando ese estilo influenciado por los 60. Por supuesto que no han faltado las tramas de relleno, principalmente las protagonizadas por el hijo mayor de Norma, que afortunadamente pasa a segundo plano en la cuarta temporada (Dylan nos gusta, pero sus historias siempre nos han sobrado, al menos hasta que las han cruzado con la de la adorable Emma). Pero como decía, a partir de la tercera temporada, la serie toma un camino mucho más definido, y esto se nota en todos los capítulos. No es que antes fuera una serie a la que se le pudiera reprochar mucho (dentro de su carácter de serie ‘menor’, nunca se pudo tachar de ‘mala’), pero Bates Motel ha ido subiendo hasta culminar en una cuarta temporada excelente, en la que Highmore y Farmiga se han vuelto a superar (y mira que ya estaban espléndidos desde el principio) y la serie ha pasado de ser un pasatiempo sin más a un drama de calidad a tener en cuenta.

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Ha sido fascinante asistir a la evolución de la enfermiza relación entre Norma y Norman, y sobre todo conocer mejor a la madre del asesino, uno de los personajes más cautivadores que hay actualmente en televisión. Sin desmerecer a Highmore, que este año se ha empleado a fondo en las escenas dramáticas, Farmiga es la auténtica estrella de Bates Motel. Un cuerpo celeste del que no se puede apartar la mirada. El trabajo de la actriz a la hora de componer al personaje y dotarlo de dimensiones es tan increíble como infravalorado. Verla pasar de la ternura sobreprotectora a la histeria desbocada en una décima de segundo ya hace que la serie merezca la pena. Pero es que además, Farmiga tiene una vis cómica excelente, y hace que Norma no solo sea un personaje interesante, sino también sorprendentemente divertido. Y aunque está claro que Bates Motel es mejor cuando Norma está en pantalla, esta penúltima temporada ha conseguido elevar la calidad en todos los aspectos para ponerse a la altura de su deslumbrante protagonista femenina.

La cuarta temporada de Bates Motel ha llevado la relación de Norman y Norma un paso más allá, arriesgando todo lo que la serie puede arriesgar en una cadena como A&E. Esto no es Showtime, así que no esperéis que aborden el tema del incesto hasta sus últimas consecuencias (mejor de esta manera, sugerente, furtiva y enormemente tensa e incómoda). Claro que eso no quiere decir que la serie huya de lo controvertido o de lo provocador, todo lo contrario. Estos últimos capítulos han servido precisamente para explorar más a fondo el complejo de Edipo de Norman y los trastornos psicológicos que lo convertirán (o ya han convertido) en el asesino en serie de Psicosis, y ha vuelto a manejar el componente morboso de frente, pero con sensibilidad e inteligencia, sin caer en lo gratuito, y lo más importante, poniéndolo siempre al servicio de la historia y los personajes. Que navegue con soltura esos farragosos grises morales (tan propios de la televisión de nuestro tiempo) es lo que hace que Bates Motel sea una serie mucho mejor de lo que parece, de lo que se cree. Si en su quinta y última temporada logra mantener esta trayectoria ascendente, tiene la posibilidad de despedirse como un producto digno de esta época de televisión de calidad, aunque no se le reconozca.

Perdidos, "Ab Aeterno" (6.09)

La partida interminable

Escribir algo sobre el episodio de Perdidos de cada semana es una tarea complicada, porque para cuando uno se pone a ello ya ha discutido el episodio hasta la saciedad, en foros, en persona con amigos, en su propia mente. Si habitualmente, escribir una review sobre esta serie es más una tarea de síntesis de opiniones (que a menudo cambian o evolucionan en estas discusiones, a veces acaloradas), que una labor de análisis propiamente dicha, con el último episodio, “Ab Aeterno” (6.09), esto va más allá, pues es un episodio de los que hacen ruido, que no deja indiferente a nadie, que provoca reacciones e invita a no quedarse callado después de verlo.

Por eso, lo que voy a hacer en esta entrada es recoger algunas impresiones sobre el episodio, añadir mi opinión al respecto, y después, ampliarlas con ideas de cosecha propia (que a estas alturas no serán solo mías, claro):

1. A muchos espectadores de Perdidos, esta temporada les está pareciendo lenta y aburrida. Es lógico. Desde la segunda mitad de la tercera temporada, y en especial a lo largo de las dos siguientes, la acción primó sobre la reflexión y la introspección. Esta última temporada es una vuelta a los orígenes. Y ya muchos no se acuerdan, pero la primera temporada de Perdidos, por muy mítica que sea, era pausada, contemplativa, llena de diálogos sobre la vida de los personajes que en muchas ocasiones poco aportarían a las temporadas posteriores. Sin embargo, esta vuelta a los orígenes no puede ser pura y absoluta, porque el camino recorrido es largo y está lleno de eventos que hacen que cada momento reflexivo, de diálogo en plano contra plano de esta sexta temporada sea un momento crucial, y al que no sepa disfrutar eso, y se aburra eperando que pasen cosas, le digo: Abre los ojos, o los oídos. Ya están pasando.

2. Muchos se quejan de los errores de continuidad y de los fallos técnicos de este episodio. Que si no es lógico que el barco llegue tan alto como para destruir la parte superior de la estatua y acabar en un relativo buen estado en tierra firme (uno de los momentos que más ha desafiado la suspensión de la credulidad del espectador de lo que llevamos de serie). Que si Richard podía haber cogido el clavo con el pie, en vez de rendirse al no poder alcanzarlo con la cabeza. Que si cuando Jacob y el hombre de negro vieron llegar el barco, hacía un día estupendo y en este episodio, hay una tormenta casi apocalíptica. Pues bien, por una parte, tienen todo el derecho a quejarse. Una serie que destaca por su detallismo extremo, y por tener a la audiencia más exigente, no debería tener descuidos tan grandes. Por otra, yo les digo: Superadlo. Es una pena si eso os estropea el visionado de un episodio como “Ab Aeterno”.

3. Otros dicen que el hecho de que la acción de “Ab Aeterno” se ambiente en las Islas Canarias juega en detrimento del episodio. Siempre que una serie norteamericana se acerque geográfica o temáticamente a nuestro país, va a estar entrando en un terreno farragoso. Es muy complicado encontrar secundarios que tengan el acento exacto del lugar al que se supone que pertenecen, eso cuando los responsables de las series se preocupan por el contrario (que no es lo habitual). Lo que siempre ocurre es que acabamos viendo a sudamericanos interpretando a españoles, con acentos híbridos extraños (muchas veces son más norteamericanos que otra cosa), y construcciones gramaticales latinas y por consiguiente, seriamente contaminadas del inglés. El primer problema, el del acento, tiene una solución: olvidarse de España y ambientar este tipo de tramas en Latinoamérica (con la consiguiente pérdida de gracia de todo el asunto). Pero esto es una decisión artística, y si los de Perdidos querían las Canarias, hay que aguantarse. Sin embargo, el tema de las construcciones gramaticales tiene una sencilla solución. Señores, contraten a un asesor de castellano que les diga que esa frase que suena tan horriblemente mal tiene que cambiarse. Claro que yo no sé cómo hablaban en las Canarias hace siglo y medio (aunque dudo mucho que fuera como en La loba herida). Así que esta reflexión la debería hacer un experto en la materia.

4. Otros tantos se quejan de que sigue faltando información. A estos quiero gritarles directamente, perder los estribos con ellos y decirles que dejen de ver Perdidos, y se vayan a ver El mentalista. No quiero ser intolerante, pero es que quejarse de esto tras un episodio como “Ab Aeterno”, que explica lo explicable y más, que nos remonta a las primeras temporadas y ata cabos sin sacar apenas a ningún protagonista de la serie, me parece una suprema estupidez. Esta gente se queja ya más por inercia que por otra cosa. Miedo me dan cuando se emita el final de la serie. Creo que puede haber revueltas a nivel mundial. Gente prendiendo fuego a contenedores , y a guionistas, porque Perdidos no ha respondido a sus puñeteras preguntas y porque ¡¡falta información!! En serio, por el bien de la humanidad, dejad de ver la serie.

5. Por suerte, este episodio ha provocado más respuestas positivas que negativas, aunque por lo que he escrito anteriormente parezca lo contrario. Richard Alpert es un gran personaje, y obtener al fin las respuestas que dan sentido a su existencia en la isla supone poco más que un hito dentro de la propia serie. Como no podía ser de otra manera, el desencadenante de la historia de Ricardus es una mujer, un amor eterno. La presencia de Isabella en Perdidos lleva la serie a terreno culebronesco, pero es que no puede ser de otra manera. Cuarenta y cinco minutos es muy poco tiempo para convencernos del amor entre Ricardo e Isabella, por lo que hay que recurrir a lo arquetípico y dejarse las complejidades para otras historias de amor (como la de Kate-Sawyer-Juliet-Jack), lo que sumado a los acentos latinoamericanos y el romanticismo acusado de la ambientación, resulta en una telenovela de época que algunos han encontrado difícil aguantar.

6. Por último, tengo que decir que nunca me había gustado tanto Jacob y todo lo que conlleva la historia de su personaje y su relación con el hombre de negro. “Ab Aeterno” es el máximo exponente de lo que ha venido a llamarse la cultura colaborativa. Que los guionistas hayan incluido a la serie la teoría más extendida entre los fans durante la primera temporada, la de que todos están muertos y la isla es el infierno, más allá de una simple referencia, es un ejemplo más del gran juego que es Perdidos para los guionistas (algo que no me canso de repetir, lo sé). Pero no es tan simple como esa “explicación”. No se trata más que de otra artimaña para confundir, para que sigamos elaborando teorías y que la recta final sea de todo menos complaciente. Muchos acabarán (o acabaremos, quién sabe) indignados y sin ganas de volver a jugar, pero será una partida que nadie olvidará.