American Gods – Primera Temporada [Reseña y sorteo]

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Cuando Starz, la cadena de OutlanderAsh vs. Evil Dead entre otras, anunció que estaba preparando una adaptación del best-seller internacional American Gods con Bryan Fuller (Hannibal) al frente del proyecto, el júbilo se apoderó de los fans de Neil Gaiman y los aficionados al género fantástico en general, que está atravesando un momento muy fértil. La idea de una serie basada en una de las novelas más celebradas del popular autor británico, producida por uno de los productores televisivos más creativos y visualmente estimulantes del momento, era demasiado atractiva como para no dejarse invadir por el entusiasmo.

El pasado mes de abril, Starz estrenó American Gods (en España la ofrece en exclusiva Amazon Prime Video), rodeada de una gran expectación y precedida de varias promos que vaticinaban una de las series más sorprendentes e impactantes de los últimos años. Y lo cierto es que, a pesar de un comienzo algo confuso y titubeante (lógico por otra parte teniendo en cuenta el material en el que se basa y el estilo de su autor), no decepcionó, confirmándose a lo largo de 8 episodios como una ficción osada y completamente diferente a cualquier otra cosa que hay ahora mismo en televisión.

American Gods relata la lucha encarnizada entre los dioses antiguos y los nuevos, una contienda que tiene lugar en varios frentes y viene a reflejar la dualidad de la sociedad norteamericana, así como la dicotomía entre tradición y tecnología, la realidad física y la virtual, en un mundo en el que las fronteras entre el bien y el mal están más difusas que nunca.

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La historia sigue los pasos de Shadow Moon (Ricky Whittle), quien tras cumplir tres años de condena por robar un casino, es puesto en libertad el día que recibe la noticia de que su esposa, Laura (Emily Browning), ha muerto en un accidente de coche en pleno acto sexual con otro hombre. De camino al funeral, Shadow se encuentra con el misterioso Mr. Wednesday (Ian McShane), un peculiar y enigmático individuo que lo sabe todo sobre su vida. Shadow acepta el puesto de “guardaespaldas” de Mr. Wednesday, embarcándose así con él en un impredecible viaje a través de Norteamérica en el que descubrirá un mundo oculto donde la magia es real, una realidad adyacente a la de los mortales donde se está fraguando un conflicto fatal entre dioses, en el que Shadow tendrá un papel más importante del que cree.

Bryan Fuller es uno de los productores más personales e imaginativos que hay actualmente en televisión. Su ojo prodigioso para la estética, su preciosismo macabro y el respeto que siente por el género fantástico lo convertían en el candidato idóneo para acometer este loco proyecto. Claro que, por otro lado, Fuller se suele mover peligrosamente en la línea que separa lo sublime de lo pretencioso, cayendo a veces en el error del estilo sobre la sustancia. Afortunadamente, en American Gods esto no pasa, a pesar de que en ocasiones lo parezca. Lo mejor de la serie es que, además de sacar los ojos de las órbitas con sus imágenes, de una plasticidad y una belleza inigualables, cuenta una historia fascinante con unos personajes que enamoran.

De todos ellos es precisamente el protagonista, Shadow, el menos interesante, quizá porque la interpretación de Whittle carece de los matices y el carisma que requiere el personaje (aunque tiempo al tiempo, que el viaje personal de Shadow acaba de empezar y él sigue tan confundido como nosotros). Le hacen sombra (pun intended) Ian McShane, que brilla con una interpretación deliciosamente excéntrica, y la infravalorada Emily Browning, cuyo personaje conocemos en profundidad en el que es el mejor episodio de la temporada, “Git Gone”, un standalone hermoso y melancólico que compone una de las horas más redondas que se han visto en televisión este año.

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Y por supuesto, mención aparte merecen los demás dioses y criaturas fantásticas, en especial un desatado Pablo Schreiber como el divertido leprechaun Mad Sweeney, la siempre genial Kristin Chenoweth como la diosa de la Pascua y por encima de todos, ahí arriba, en lo más alto del Olimpo de American Gods, Gillian Anderson como Media, la diosa de la comunicación, un personaje que permite a la venerada actriz de Expediente X demostrar su versatilidad al convertirse en diferentes iconos de la cultura popular, como David Bowie, Marilyn Monroe o Lucille Ball, y que se revela como un golpe maestro de casting (una diosa real de la cultura pop encarnando a la diosa de los mass media en la ficción, más perfecto imposible). Solo por sus breves pero cegadoras apariciones, la serie merece la pena.

American Gods es una serie insólita, asombrosa, extraña, y sobre todo muy atrevida. Que forme parte de Starz, la única cadena que hace sombra de verdad a HBO en cuanto a violencia gráfica y contenido sexual, permite a Fuller dar rienda suelta a sus pulsiones más oscuras y sensuales, con escenas que se quedan para siempre en la retina, como la presentación de Bilquis (Yetide Badaki), que se traga al hombre con la vagina después del coito, o el encuentro sexual entre Salim (Omid Abtahi) y el Genio (Mousa Kraish), una secuencia de sexo gay de lo más explícito que se ha visto jamás en televisión.

Con su brutal apartado visual, sus seductores personajes y su compromiso con el delirio, American Gods es todo un regalo para los sentidos, una serie apasionante que no ha hecho más que empezar. No me quiero ni imaginar cuando llegue la verdadera guerra entre dioses.

american-gods-blu-rayLa primera temporada de American Gods ya está a la venta en España de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La serie se ha puesto a la venta en Blu-ray y DVD.

Ambas ediciones cuentan con contenidos adicionales perfectos para hacer más llevadera la espera de la segunda temporada:

• Entrevistas del reparto con Ian McShane, Ricky Whittle, Emily Browning y Bruce Langley

• Corto: “Antiguos dioses, Dioses modernos, Libro vd Show, Qué es American Gods”

• El origen de American Gods con Neil Gaiman

• Entrevistas en la Comic-Con de San Diego

¡CONCURSO! Si queréis ganar una copia en Blu-ray de la primera temporada de American Gods cortesía de Sony Pictures Home Entertainment, solo tenéis que dejar un comentario en esta entrada. Entre todos los que escribáis sortearemos el pack al azar, y el ganador o ganadora la recibirá en su casa gratis. Concurso solo válido para España. Finaliza el miércoles 6 de diciembre de 2017 a las 23:59h. ¡Suerte! [Este sorteo ha finalizado. Estad atentos a la página de Facebook de FNVLT para más concursos]

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Jonathan Strange & Mr. Norrell: entre la fantasía y la subversión [Otro cine de tacitas es posible]

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La miniserie de siete capítulos, basada en la novela de Susanna Clarke de 2004, se estrenó en BBC1 el 17 de mayo de 2015 y ha obtenido excelentes críticas.

Texto escrito por Aerys Munis

Jonathan Strange and Mr. Norrell (BBC, 2015) no es una serie británica de época cualquiera, aunque comparte con éstas los altos niveles de producción que se reflejan en la escenografía, vestuario, fotografía e iluminación, y logran transportarnos a la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Es un escenario fácil de reconocer, que ha aparecido innumerables veces en nuestras pantallas (la referencia a Jane Austen es ineludible): un lugar donde la frivolidad y formalidad de las clases acomodadas bebedoras de té desentona radicalmente con la cruda y sucia realidad del mundo que los rodea y que la buena educación insiste en ignorar. El contraste es especialmente marcado en la Inglaterra de la época de Regencia, gobernada por un rey loco confinado en Windsor e inmersa en la guerras napoleónicas. La guerra y la locura son dos de los temas fundamentales que sirven como marco a la lucha de poder –a todos los niveles- que conforma el nudo de la historia. Como los espectadores averiguarán muy pronto, la ambientación histórica es sólo un escenario para desarrollar una ucronía cuyo eje fundamental es la existencia de la Magia – una Magia extraña y poderosa que, aunque una vez reinó en territorios ingleses, se considera hoy extinta y mero objeto de estudio para intelectuales apolillados. La historia arranca precisamente con una reunión de la Sociedad de Magos de York en la que el tímido pero vehemente señor Segundus (Edward Hogg – Anonymous, Misfits, Jupiter Ascending) pregunta por qué la Magia práctica ha dejado de existir.

Sin dejarse amilanar por las risas de sus compañeros, Segundus trata de acceder a textos mágicos que le permitan practicar el arte, pero pronto descubre que todos han sido acaparados por un misterioso señor Norrell, que vive recluido en una abadía del norte de Yorkshire. Segundus, héroe improbable de vocecilla aguda y voluntad inquebrantable consigue entrevistarse con Norrell y convencerle de que muestre a los miembros de la Sociedad de Magos de Yorkshire de que aún es posible hacer Magia en Inglaterra.

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Aunque físicamente Gilbert Norrell (Eddie Marsan – Ray Donovan) se aleja bastante del estereotipo del mago poderoso y misterioso (no os dejéis confundir por su peluca sobredimensionada), su capacidad para ejercer la Magia va más allá de cualquier expectativa, como vemos a mediados del primer episodio.

El principal problema de Norrell es su introversión y su incapacidad para tratar en sociedad, beber té con educación y hablar de frivolidades, que como bien sabemos los aficionados al género, es el requisito indispensable para prosperar en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Su ayudante, Childermass (Enzo Cilenti – Game of Thrones, Wolfhall) es oficialmente el encargado de sus asuntos públicos, aunque según avanza la trama su protagonismo va en aumento, y su mirar avieso y sarcástico desde la distancia se convierte en el punto álgido de cada episodio.

Para poder llevar a cabo su objetivo, que no es ni más ni menos que ayudar al gobierno británico en su guerra contra Napoleón, Norrell deberá congraciarse con el ministro de turno, sir Walter Pole (Samuel West – Howards End), que desgraciadamente no está muy por la labor de escucharle y además acaba de perder a su prometida, Emma Wintertowne (Alice Englert – Beautiful Creatures),  a unos días de su boda, cuando su herencia era justo lo que necesitaba para poder seguir prosperando en su campaña política. Muy a su pesar, Norrell hace lo único posible para poder captar la atención del político (y con ello, el beneplácito del gobierno) y con su decisión atraerá una nueva e imprevisible forma de Magia a Inglaterra, cuyas consecuencias deberá afrontar durante el resto de la serie.

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El segundo protagonista, o realmente, el primero, aunque sea el segundo en aparecer, es Jonathan Strange (Bertie Carvel – laureado actor teatral), toda una fuerza interpretativa que, a medio camino entre el héroe austeniano y el antihéroe byroniano, cautiva pronto a la audiencia. Habiendo accedido a la Magia proféticamente pero casi por casualidad – después de ser instado por su prometida, Arabella Woodhope (Charlotte Riley, Peaky Blinders) a buscarse una ocupación y dejar de gandulear – a través de su personaje vamos aprendiendo más sobre los claroscuros del mundo de la Magia inglesa.

La comarca de Yorkshire, a través de sus acentos y sus paisajes, es el tercer protagonista de la historia. En ella se rodaron buena parte de las escenas (salvo algunos exteriores bélicos en Croacia y en Canadá)  y la mayoría de sus personajes proceden de la zona o acaban confluyendo en sus páramos misteriosos, donde parece rasgarse el tejido que separa la realidad del mundo de la fantasía. Precisamente con un pie a cada lado de esta frontera están personajes como Vinculus (Paul Kaye, Game of Thrones), Stephen Black (Ariyon Bakare – A respectable trade, Doctors) o  el caballero “con el cabello como el vilano del cardo” (Marc Warren –Band of Brothers, The Good Wife), el villano más carismático al este de los reinos del Infierno.

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Ganadora de los premios Locus, Hugo, World Fantasy,  Mythopoeic (y finalista del Nebula, Manbooker, Whitbread y Guardian), Jonathan Strange & Mr. Norrell es una novela que cautivó entre muchos otros a Neil Gaiman (varios de sus libros han sido llevados al cine o la televisión, destacamos American Gods, que se estrenará pronto en Starz) y muy pronto se convirtió en novela de culto, estatus que no va camino de perder ya que todo indica que nunca habrá una continuación y seguirá siendo una rara avis que fascine a los lectores que se atrevan con su casi mil páginas.  Cuando la novela fue publicada, allá por 2004, hubo una intensa campaña que buscó promocionarla como el Harry Potter para adultos, pero los parecidos entre ambas historias se reducen a la ambientación inglesas y la existencia de la magia, ya que se trata de una historia adulta, subversiva y bastantes grados más oscura incluso en su adaptación para las pantallas. Se trata de una serie peculiar, que atrapará por igual a los aficionados a la literatura fantástica, al cine de tacitas o a las guerras napoleónicas. Aunque hay espacio – y mucho- para beber delicadamente tazas de té mientras se conversa con medias verdades y muchos rodeos, el mundo tacitero no es sino un escenario para desarrollar sutilmente una muy acertada crítica a las estrictas convenciones sociales inglesas del siglo XIX (con especial atención a las desigualdades de clase, raza y género) mientras nuestra atención se distrae con el despliegue de luces y egos enfrentados de los dos magos protagonistas.

Aerys Muniz es filóloga y lectora ávida de fantasía y clásicos decimonónicos. Actualmente compagina sus estudios de doctorado en literatura comparada con la visión y revisión de demasiadas series y películas. Para su tesis de máster estudió la narrativa de Susanna Clarke desde la perspectiva de los estudios de género e identidad nacional.

Crítica: Cuento de invierno

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Akiva Goldsman es uno de los guionistas más poderosos de Hollywood. A lo largo de dos décadas ha acumulado libretos para sonados fracasos artísticos como las entregas de Batman dirigidas por Joel Schumacher, Perdidos en el espacio o Prácticamente magia, pero ninguno de sus tropiezos le ha parado los pies. Incomprensiblemente llegó a ganar un Oscar por el guión de Una mente maravillosa, ese clásico intemporal que a día de hoy recordamos como una de las obras maestras de comienzos de siglo (NO). Más recientemente se ha encargado de las adaptaciones cinematográficas del fenómeno literario de Dan Brown El código Da Vinci, haciendo que muchos nos cuestionemos por qué Hollywood sigue amparando a este señor (¿un milagro, quizás?). Por si su gran incompetencia escribiendo no fuera suficiente tortura, ahora Goldsman da el salto a la dirección con otra adaptación literaria, Cuento de invierno (Winter’s Tale), basada en la novela de 1983 escrita por Mark Helprin.

Cuento de invierno es una historia de amor bigger-than-life, de destinos cruzados y milagros, uno de esos romances hiperbólicos e hiperalmibarados que desafían el tiempo y el espacio, narrado abarcando más de un siglo y ambientado en Nueva York, como no podía ser de otra manera. Durante un allanamiento de mansión, Peter Lake, ladrón de 21 años interpretado por Colin Farrell (y con eso ya no hace falta decir más, pero aún así seguiré) se prenda de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, quizás el único acierto de la película), la hija mayor de Isaac Penn (William Hurt), millonario editor del periódico The Sun. Como mandan los cánones de los cuentos de hadas, Peter y Beverly se enamoran perdidamente en cuestión de minutos y comienzan una apasionada historia de amor que desafiará mil y un obstáculos, principalmente la enfermedad de ella (se está muriendo de tisis) y la amenaza del mafioso demoníaco Pearly Soames -un bochornoso Russell Crowe pidiendo el Razzie a gritos-, que quiere matar a Peter por traicionarle años atrás. Todo envuelto en un manto de realismo mágico que el realizador claramente no tiene ni idea de cómo utilizar, haciendo que la película caiga inevitablemente en el camp más vergonzoso -acentuado por la penosa partitura de Hans Zimmer.

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Goldsman, a medio caballo entre Frank Capra y Nora Ephron (que me perdonen ambos), se asfixia tratando de condensar la novela en 120 interminables minutos, conectando pasado y presente, e intentando casar los aspectos fantásticos y románticos de la historia. Cuento de invierno es un absoluto berenjenal narrativo, una película atropellada, pesada y confusa que demuestra una vez más que el guionista es incapaz de contar una historia, da igual lo simple que sea (y Cuento de invierno no es que sea Juego de Tronos precisamente). Algo con lo que no está de acuerdo Neil Gaiman, por cierto, que elogia a Goldsman por su trabajo y anima a todo el mundo a ver la película, a pesar de que caiga en el defecto de la mayoría de producciones fantásticas en Hollywood: la sobre-explicación. Esté o no de acuerdo yo con Gaiman (tampoco es que él sea el mejor estructurando historias), hay algo en lo que indudablemente tiene razón. Aquellos que se animen a ver Cuento de invierno probablemente sabrán exactamente lo que van a ver, porque esta no oculta lo que es: Una cinta de fantasía con ángeles, demonios y caballos voladores, cargada de diálogos tan cursis que parecerá que los de Crepúsculo están escritos por David Mamet y bochornosos sinsentidos que la convierten en toda una comedia involuntaria. Ya lo dice el peor eslogan de lo que llevamos de año: “Esto no es una historia verdadera. Es una historia de amor”.

Después de todo, estrenar este desastre épico el día de San Valentín ha sido lo más inteligente que podía haber hecho el estudio: Cuento de invierno está hecha para que no importe lo más mínimo si os perdéis la mitad de la película achuchándoos. Es más, quizás eso sea justamente lo que quieren, que prestéis más atención a vuestra pareja, y que con suerte así no os deis cuenta de lo mala que es la película. Así que si vais a ver Cuento de invierno, adelante, achuchaos, es lo mejor que podéis hacer.

PD: Si al salir del cine sentís un imperioso deseo de acudir a un Dunkin’ Donuts, no os extrañéis. En su tramo final, Cuento de invierno se transforma en un spot publicitario de esta franquicia. Atención a todos los planos en los que la fachada de un Dunkin’ aparece al fondo, convenientemente encuadrada entre Colin Farrell y Jennifer Connelly.

Valoración: ★½