Rocketman: Bienvenidos al show de Taron Egerton

El biopic musical se ha convertido en uno de los géneros del moda gracias al impresionante éxito de Bohemian Rhapsody en 2018. La película sobre Queen despertó el interés del público (y el de Hollywood) por ver en el cine a las figuras más míticas de la industria musical y esto benefició enormemente a Rocketman, biopic sobre Elton John que llegó a los cines la pasada primavera, rodeado de expectación y justificada fanfarria.

La película, producida por el propio cantante, narra el fascinante viaje de un joven prodigio del piano llamado Reginald Dwight y su transformación en una de las mayores superestrellas internacionales del pop-rock. Taron Egerton (Kingsman) se pone en la piel (y el alma) del icono británico en una película realizada por Dexter Fletcher, que ya dirigió al joven actor en otro biopic, Eddie el Águila, y producida por Matthew Vaughn, con quien trabajó en Kingsman (todo queda en familia).

Rocketman recorre la vida de Elton John a través de sus canciones más conocidas en un espectáculo musical colorido, sexy, deliciosamente kitsch y muy gay que mezcla números teatrales con detalladas recreaciones de algunas de sus actuaciones más memorables. Alejándose del realismo de Bohemian RhapsodyRocketman se zambulle de cabeza en la fantasía (palabra que John eligió para describir la película), con secuencias musicales oníricas y números de Broadway que (aunque no siempre se vuelven todo lo grandes que deberían) reinterpretan el repertorio de Elton John de forma creativa y estrambótica. El resultado es un estallido glam de lentejuelas y purpurina que capta perfectamente el espíritu y la actitud del artista.

Uno de los mayores aciertos de Rocketman es su decisión de no blanquear en exceso la vida de su protagonista. John ha reconocido que la película es una interpretación libre y llena de licencias de su propia biografía, pero esto no quiere decir que se haya dejado fuera algunos de sus pasajes más oscuros, muy importantes en la construcción de su persona, como la complicada relación con sus padres, su mala gestión de la fama o sus problemas de adicción. La película (no recomendada para menores de 16 años) contiene lenguaje explícito y escenas de sexo (homosexual) y consumo de drogas que, si bien no llegan a escandalizar, ayudan a pintar un cuadro más honesto y atrevido de la vida del cantante, no solo de sus momentos más alegres, sino también de los más difíciles.

Rocketman cuenta con un estupendo reparto en el que destacan Bryce Dallas Howard como la odiosa madre de John, un excelente Jamie Bell como su inseparable letrista y amigo Bernie Taupin (su amistad es uno de los aspectos más conseguidos del film) y Richard Madden como su exmanager y expareja John Reid, el villano oficial de la función. Pero sin duda, la película tiene nombre propio, y ese es Taron Egerton, que se entrega por completo al personaje y a la leyenda. Además de cantar de maravilla, el actor evita la imitación burda con una interpretación enérgica, emotiva y muy humana con la que rinde sincero tributo al icono sin caer en la caricatura.

Aunque asume riesgos con los que otros no se atreven, Rocketman es en el fondo un biopic narrativamente tradicional. Uno muy eficaz, eso sí, divertido, emocionante y con buena factura (la puesta en escena y el vestuario sobresalen, por supuesto). Lo que hace que se eleve, que flote por encima de otras películas biográficas es la fuerza de canciones como I Want Love, Your SongCandle in the Wind, el sensacional trabajo de un actor que nació para cantarlas y la figura que homenajea: un chico de pueblo convertido en una de las estrellas más emblemáticas y extravagantes de la historia del pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Rocketman ya está a la venta en digital, 4K UHD, Blu-ray, DVD y edición limitada Blu-ray en caja metálica. Este es el contenido adicional de las ediciones que ha sacado Paramount Pictures en nuestro país:

DVD

-Va a ser una aventura salvaje: La visión creativa
-Música reimaginada: Las sesiones de estudio
-Versión Sing-Along: con temas seleccionados

BLU-RAY (incluye los extras del DVD y contenido exclusivo adicional):

-Sencuencias musicales extendidas
-Diez escenas eliminadas y extendidas
-Convirtiéndose en Elton John: La transformación de Taron
-Más extenso que la vida: Diseño de producción y vestuario

La edición 4K UHD + Blu-ray incluye un disco 4K UHD con la película en ultra alta definición y sonido Dolby Atmos en su pista en versión original, y el Blu-ray con todos sus extras.

La edición especial limitada en caja metálica incluye el Blu-ray con todos sus extras en un elegante steelbook para coleccionistas.

El regreso de Mary Poppins: Feliz vuelta a la infancia

El legado de Mary Poppins es inmenso, tanto como el fondo del bolso mágico de su protagonista. La película de 1964 enamoró a varias generaciones de niños y adultos convirtiéndose en un clásico imperecedero, marcó un antes y un después en el cine gracias a su revolucionaria fusión de imagen real y animación  y catapultó a la fama a Julie Andrews, sellando su destino como leyenda del cine con una interpretación icónica e inolvidable que le valió un Oscar. La reciente etapa de Disney, caracterizada por la nostalgia y la recreación sus glorias pasadas, ha llevado al estudio a solicitar de nuevo los servicios de la niñera más famosa del cine en El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns), secuela oficial que llega 54 años después de la original.

Por el contrario, en el mundo de los Banks ha transcurrido menos tiempo. El regreso de Mary Poppins se desarrolla en el Londres de 1934, durante la Gran Depresión. Los hermanos Jane (Emily Mortimer) y Michael Banks (Ben Whishaw) han crecido, y ahora se enfrentan a los problemas de la vida adulta. Tras la muerte de la mujer de Michael y ante la posible pérdida a manos del banco de la casa donde crecieron (y crecimos), los Banks vuelven a necesitar a su niñera de la infancia, Mary Poppins (reencarnada en Emily Blunt). La institutriz “prácticamente perfecta en todo” vuelve a sus vidas para ayudarles a recuperar la esperanza y la alegría que han perdido al dejar atrás la infancia, inundando de música, luz y color el sombrío Londres junto a su antiguo amigo, el farolero Jack (Lin-Manuel Miranda).

El regreso de Mary Poppins podría haber salido mal por muchas razones. Continuar una de las joyas de la corona de Disney, tan querida e importante para tantas personas, cuyo papel protagonista se asocia indivisiblemente a una actriz en concreto, era una tarea muy arriesgada. Pero Disney la ha acometido de la mejor manera posible: dejando intacta la esencia de la obra maestra originalEl regreso de Mary Poppins es una película de las que ya no se hacen, un trabajo de tal clasicismo que podría haberse estrenado (casi) tal cual en los 60. El director, Rob Marshall (Chicago), pone su sensibilidad académica y su valiosa experiencia en el género musical al servicio de un film de otro tiempo y a la vez atemporal, en el que apenas hay concesiones a nuestra época o salidas de tono que delaten el año al que pertenece (más allá de los avanzados efectos especiales). Sus créditos iniciales al más puro estilo del Hollywood dorado, su puesta en escena y decorados vintage, sus diálogos inocentes, su mensaje inadulterado… todo en ella desprende el aroma del sistema de estudios y el cine de la vieja escuela.

Con más canciones que su predecesora y la presencia de Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton y compositor de las canciones de Vaiana), El regreso de Mary Poppins abraza más abiertamente su condición de musical, dejándonos números verdaderamente exquisitos, colando incluso algún que otro rap marca Miranda (como era de esperar). Si bien unos cuantos se desvanecerán fácilmente con el paso del tiempo, hay otros (‘A Cover is Not the Book’, ‘Trip a Little Light Fantastic’) que se quedarán grabados para siempre en la memoria del espectador, de la misma manera que lo hicieron los del clásico original.

Y es que, aunque oficialmente sea catalogada como secuela, El regreso de Mary Poppins es en realidad un remake (no tan) encubierto, ya que además de recuperar símbolos como la cometa, la banda de sufragista de la señora Banks o los objetos mágicos de Mary, reproduce la estructura de la película de Robert Stevenson y evoca una a una sus escenas más emblemáticas, solo que variando los elementos. Si en la original teníamos una canción para ordenar la habitación, en esta hay una para la hora del baño; el viaje a través de la baldosa pintada con tiza de la primera película (donde tiene lugar el “Supercalifragilisticoespialidoso”) aquí tiene su reflejo en una visita al mundo animado poblado por animales parlantes en la porcelana de un jarrón; la parada en casa del tío Albert que acaba con los protagonistas flotando de la risa reverbera en la secuencia de la prima Topsy (breve aparición de Meryl Streep), en la que todo se vuelve del revés… Y así hasta el final.

Un final, por cierto, que seguramente pasará a la historia como uno de los más bonitos que se han hecho jamás. A la película le cuesta coger fuerza y encontrar su ritmo, llegando a tener una primera media hora algo irregular, incluso pesada, en la que sobran varias canciones. Pero desde que Mary Poppins aparece por primera vez entre las nubes, la historia coge impulso y las emociones empiezan a arrollarnos. Sus números musicales, excelentemente ejecutados e interpretados, van de menos a más, aumentando en ambición y espectacularidad a medida que avanza el metraje, pero siempre conservando ese regusto tradicional del que hablábamos. Y después de acompañar a los Banks, a Mary y a Jack en sus extraordinarias peripecias, la historia culmina en un catártico desenlace que hace volar, literalmente. No importa lo cursi que sea, las veces incontables que hemos oído su mensaje (no hay que olvidar al niño perdido que todos llevamos dentro para ser felices), el optimismo y la alegría de este gran final nos embargan, y contener las lágrimas se convierte en una tarea imposible.

Os estaréis preguntando qué hay de Emily Blunt como Mary Poppins. Pues bien, estábamos en lo cierto cuando, ante el anuncio de su fichaje, pensamos en que no había mejor candidata para el puesto. No cabe duda, ella es Mary Poppins. Exudando carisma y presencia escénica, Blunt hace suyo el personaje sin quitárselo a Andrews. Lejos de reinventarla en un rapto de egolatría interpretativa, la actriz británica sigue al pie de la letra las pautas de su insigne precursora y reproduce lo que nos enamoró del personaje, ese carácter estricto (incluso borde) pero divertido y entrañable, dotándola de una profundidad y una riqueza de matices que corroboran el gran talento que ya conocíamos. Junto a ella brilla un elenco inmejorable, en el que destacan Ben Whishaw y Emily Mortimer, que nos convencen de que estamos de verdad ante los Banks con los que crecimos, una gloriosa Julie Walters robando por completo todas las escenas en las que aparece, Colin Firth haciendo exactamente lo que esperamos de él en un papel de villano, y Lin-Manuel Miranda aportando ternura, simpatía y nobleza en uno de los personajes más entrañables del año. Por no hablar de la presencia de los legendarios Dick Van DykeAngela Lansbury, cuyas apariciones van directas al corazón.

El regreso de Mary Poppins funciona como el reloj más infalible. Supone la vuelta del cine familiar que se hacía hace cinco décadas, componiendo un precioso homenaje rebosante de fantasía, magia y amor por los clásicos que transporta directamente a la infancia, te arropa y te canta una canción para que te vayas a dormir sin preocupaciones, proporcionando una sensación de calidez y felicidad que hacía tiempo que no sentíamos en el cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El gran showman

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Michael Gracey afronta su primer reto como director con El gran showman (The Greatest Showman), extravagante y ambicioso musical co-escrito por Bill Condon (ChicagoDreamgirls) y protagonizado por Hugh Jackman, Zac Efron, Zendaya, Michelle Williams y Rebecca Ferguson. La película está basada en la leyenda de P.T. Barnum (Jackman), popular showman y empresario de la cultura popular estadounidense, cuya imaginación le llevó a conseguir la gloria y la riqueza a finales del siglo XIX, en los orígenes del entretenimiento de masas y las celebridades del mundo espectáculo.

A nivel narrativo, El gran showman no es gran cosa. De hecho, su guion flojea considerablemente, quizá precisamente por centrarse demasiado en Barnum en lugar de aprovechar mejor el plantel de “freaks” que tiene a su alrededor (sobre todo la mujer barbuda, la revelación Keala Settle), con el que se podría haber sacado más provecho de uno de sus mensajes centrales: “Todos somos especiales y nadie es como otra persona”. Sin embargo, las carencias del guion (que saltan a la vista sobre todo durante su recta final) se suplen sobradamente con un vibrante espectáculo digno de Broadway, lleno de canciones originales redondas (compuestas por Benj Pasek y Justin Paul, de La La Land) y una energía visual que recuerda por momentos a Moulin Rouge! (salvando las distancias).

el-gran-showman-posterEl gran showman es la prueba de que con la pirotecnia adecuada, el biopic de siempre se puede convertir en el mayor show del mundo. Y esta película tiene fuegos artificiales de sobra para encandilarnos y hacer que todo lo demás dé igual (que es precisamente el leit motif de Barnum). Además de los ya mencionados, su excelente reparto, por supuesto, encabezado por el polifacético Hugh Jackman, que brilla con fuerza en un papel hecho a su medida (su entregada interpretación es lo que más dota de corazón a la película), y Zac Efron, que por fin consigue recaer en un proyecto que le permite demostrar el talento que posee más allá de su físico. Una pena que los personajes femeninos no estén a la altura y solo existan para complementar a los masculinos: Zendaya en un papel muy pasivo, una Michelle Williams algo incómoda en su faceta musical (que ya exploró en Broadway hace unos años con Cabaret, aunque no se note mucho) limitándose a ser “la mujer de”, y Rebecca Ferguson desempeñando el rol de “la otra mujer”, herramienta para provocar un punto de inflexión en la historia de Barnum.

Aun con todo, es muy difícil no caer rendido ante las maravillas que ofrece la película, que luce con orgullo y convencimiento su artificio teatral y su carácter de crowdpleaser musical: el envolvente despliegue visual, su resplandeciente acabado artístico, y por encima de todo, las contagiosos temazos pop y las acrobáticas coreografías con las que cobran vida, ideadas y ejecutadas de forma impresionante. A pesar de sus defectos, El gran showman es una película irresistible, perfecta para disfrutar en compañía durante las vacaciones, un caramelo que satisfará a los fans de los musicales y que muchos veremos y escucharemos en bucle hasta aprendérnosla de memoria.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La llamada

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No soy cristiano, no soy creyente, de hecho soy 100% ateo desde que tengo uso de razón, pero esta semana he oído la voz de Dios, y sorprendentemente se asemeja a la de un crooner que canta por Whitney Houston. Este milagro ha sido posible gracias a La llamada, adaptación al cine del fenómeno teatral del mismo nombre creado por Javier Ambrossi y Javier Calvo, conocidos por su faceta como actores y por ser los creadores de la sensación de Internet Paquita Salas. Recuperando al reparto original, los Javis, como ya se les conoce cariñosamente, llevan al cine su aplaudida obra después de cuatro años de éxito en el Teatro Lara de Malasaña, trasladando de forma intacta toda la magia que ha hecho de ella una parada obligada en el Madrid cultural.

Nos echamos la mochila al hombro (dentro, el bronceador para usarlo de micro y una cinta de cassette con nuestros temas electro latino favoritos), y nos subimos en el bus que nos lleva hasta el campamento cristiano La Brújula, en Segovia. Allí conocemos a María (Macarena García) y Susana (Anna Castillo), dos alocadas chicas en el crepúsculo de su adolescencia castigadas sin excursión por escaparse a un concierto. La hermana Bernarda (Gracia Olayo) llega a La Brújula para salvar el campamento con el poder de la música, concretamente su canción ‘Viviremos firmes en la fe’, mientras que la hermana Milagros (Belén Cuesta), una joven monja con dudas sobre su vocación, ejerce como vigilante y confidente de María y Susana, lo que saca a relucir sus propios sueños musicales, los que abandonó para entregarse a la fe. Una noche, Dios (Richard Collins-Moore) se le aparece a María cantándole canciones de Whitney, lo que marcará el comienzo de un fin de semana inolvidable tras el cual la vida de todas cambiará para siempre.

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La llamada llega a las salas de cine precedida de una enorme popularidad en la capital, donde la obra ha creado un auténtico culto entre los aficionados al teatro. Con esta película, los Javis pretenden llevar su creación a un público más amplio, para lo que han efectuado los cambios necesarios para adaptarla al lenguaje cinematográfico conservando toda la esencia de la obra. En la película de La llamada hay nuevas canciones originales, y también nuevos personajes, interpretados por la entrañable María Isabel Díaz (Vis a vis), el siempre eficaz Secun de la Rosa (Aída) y Esty Quesada, la famosa youtuber conocida como Soy una pringada, que sale poco, pero nos deja algunos de los puntazos más hilarantes del film. De la misma manera, el libreto de la obra ha ganado en profundidad, con detalles que ayudan a redondear aun más a unos personajes ya de por sí bastante definidos. Ambrossi y Calvo sacan el máximo partido del medio para enriquecer la historia de estas cuatro mujeres con planos preciosos envueltos en la fotografía impecable de Migue Amoedo, utilizando la cámara y la puesta en escena con inteligencia para descubrirnos matices sobre ellas y sus personalidades que no es posible detectar desde la butaca de un teatro, y que hacen que su sorprendente final adquiera mayor empaque y coherencia.

El resultado de este laborioso trabajo de adaptación es una película casi redonda, un torrente de emociones repleto de diálogos citables para la posteridad, desenfadados números musicales, golpes de humor de una naturalidad pasmosa, y una sensibilidad y energía contagiosas. La llamada sabe cómo tocar la fibra, sabe cómo hacer reír a carcajadas, cómo hacerte chasquear los dedos y mover el pie al ritmo de la música, sabe cuándo es el momento de hacer llorar al espectador, de hacerle reflexionar sobre lo que está viendo y sobre cómo aplicar su valioso mensaje a la experiencia propia. Solo baja la guardia durante los números de Dios, que a pesar de ser esenciales, pueden llegar a interrumpir ligeramente el fluir de la película.

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Ambrossi y Calvo ejercen dominio sobre las emociones, pero son las protagonistas las que lo llevan a otro nivel. Cuatro actrices en estado de gracia y en absoluta sintonía que firman con su mejor letra, como los creadores, la carta de despedida a unos personajes que cobraron vida con ellas, abriéndose en canal para interpretarlas por última vez. Y para siempre. Cuatro intérpretes soberbias de las que, aunque sea injusto elegir favoritas, tengo que destacar a Belén Cuesta y Anna Castillo. La primera por su espontaneidad, gracia natural y esa manera que tiene de comunicar y conmover con cada gesto, y la segunda por ser simplemente un portento de la comedia y el drama (qué mirada, qué sonrisa). Castillo es una de las mejores actrices de su generación y en La llamada demuestra que es capaz de hacer cualquier cosa, y hacerlo siempre bien.

El mensaje de La llamada no se puede entender en ningún caso como adoctrinamiento religioso, y más aun si uno conoce a sus directores (comprometidos a derribar el heteropatriarcado, como ellos mismos han declarado), sino como un llamamiento a la tolerancia y a la libertad para ser lo que cada uno es o quiere ser, valores que deberían estar al frente de la iglesia católica, pero que se olvidan a menudo. La llamada es un canto optimista a la vida, a la juventud, a las segundas oportunidades, a los sueños por los que merece la pena luchar, a la amistad y el “amor transformador”, una película rebosante de humanidad, frescura y talento con la que sus creadores nos invitan a tirarnos a la piscina en tiempos de cinismo, a dejar atrás el miedo al “qué pasará” para perseguir nuestra llamada, la que creemos que nos conducirá hacia la felicidad. “Lo hacemos y ya vemos” es el lema que necesitábamos, y La llamada el milagro que hará creer a los más escépticos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: ¡Canta!

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Chris Meledandri se ha confirmado como una de las fuerzas creativas y comerciales más destacadas del cine de animación actual. El estudio que dirige, Illumination Entertainment, lleva varios años con las pilas puestas para hacer competencia a los gigantes de la animación, Pixar, Disney y DreamWorks. Después de los exitazos de taquilla de Gru. Mi villano favoritoLos Minions Mascotas, el estudio amplía horizontes con ¡Canta! (Sing), comedia musical que, al igual que Zootrópolis, se ambienta en el mundo moderno, con la diferencia de que está poblado únicamente por animales. Sin embargo, mientras la película de Disney usaba esta idea para explorar cuestiones sociales muy actuales, ¡Canta! lo usa como mero elemento circunstancial.

La historia de ¡Canta! la hemos visto muchas veces. El optimista koala Buster Moon (Matthew McConaughey) ha heredado el sueño y el negocio de su padre, un teatro al que dedica todos sus esfuerzos y pasión, y que actualmente se encuentra en horas bajas. Desesperado por salvarlo, Buster tiene una idea que podría devolver el esplendor al escenario: organizar el concurso de canto más impresionante del mundo. Para ello, el koala hace un llamamiento a todos los animales con talento de la ciudad, solo que por un error de imprenta causado por su senil asistenta, una camaleona llamada Nana (Jennifer Saunders, probablemente lo más divertido de la película), los que acuden a las audiciones creen que optan a un premio de 100.000 dólares, en lugar de 1.000, que es la cantidad real de la que dispone. Después de pasar varias etapas, son cinco los finalistas que quedan para el concurso: Mike (Seth MacFarlane), un ratón crooner trapichero y con mucha labia, Rosita (Reese Witherspoon), una estresada ama de casa y madre de 25 cerditos, Johnny (Taron Egerton), un joven gorila hijo de un mafioso que desea alejarse de su familia de delincuentes, Meena (Tori Kelly), una elefanta adolescente que sufre un horroroso miedo escénico y Ash (Scarlett Johansson), una puercoespín punk-rock que vive artística y profesionalmente atada a su egoísta novio. Los cinco llegan al teatro de Buster convencidos de que este les está ofreciendo una oportunidad para cambiar radicalmente sus vidas, pero el secreto acaba saliendo a la luz, lo que provocará que el koala se dé cuenta de que su teatro no es lo único que hay que salvar.

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¡Canta! se apunta a la moda de los concursos musicales tipo Factor XAmerican Idol para realizar una aventura completamente arraigada en nuestros días. Aunque también suenan algunos clásicos intemporales (“Hallellujah”, “My Way”), el repertorio musical de la película está compuesto sobre todo por éxitos pop de los últimos años, canciones de Taylor Swift, Katy Perry, Carly Rae Jepsen, Lady Gaga Nicki Minaj, que le dan ese aura de producto actual, pero también peligrosamente caduco. La banda sonora es el síntoma de un problema mayor: no hay verdadero interés en realizar una película que vaya más allá de la superficie de un tema pop bien confeccionado. ¡Canta! es agradable, se deja ver y tiene momentos muy simpáticos, pero en conjunto le falta mucha entidad, le sobra metraje y es incapaz de escapar de las garras de lo convencional. La película no logra aprovechar las oportunidades que brinda la historia y el formato, sobre todo porque, para empezar, el plan de Buster no tiene mucho sentido (el concurso nunca llega a ser tal cosa y se revela solo como una excusa para sacar provecho de una moda), y para continuar, los números musicales no existen como tales hasta el final, sino que son más bien breves fragmentos de actuaciones a modo de gag (lo que provoca la sensación de que la película no termina de despegar).

Afortunadamente, el último tercio de ¡Canta! la rescata de caer en el soserío absoluto, gracias a un sorprendente y muy dramático giro que supone el punto de inflexión que le hacía falta urgentemente. A partir de ahí, las distintas tramas individuales, hasta ese momento bastante deslavazadas, empiezan a converger hacia un grand finale en el que, por fin, podemos disfrutar de números musicales propiamente dichos. Es entonces cuando más se lucen las fantásticas voces del cast original, de las que sobresalen las de Scarlett Johansson, que lo mismo te borda un tema hard-rock que el “Call Me Maybe”, y Taron Egerton, cuyo timbre es capaz de derretir los polos. Sin desmerecer a Kelly, MacFarlane y Witherspoon, todos perfectamente escogidos para casar con las personalidades de sus personajes.

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Este estupendo clímax hace que todo acabe encajando y pone toda la carne (musical) en el asador (el número estrella es el tema original interpretado por Johansson, lo que hace plantearse si esta película funcionaría mejor con canciones originales; pero como dice Damien Chazelle, director de La La Land, más allá de Disney, Hollywood tiene alergia a los musicales que no sean remakes o no estén compuestos por canciones conocidas). Gracias al espectáculo final, es inevitable salir con buen sabor de boca y una sonrisa en la cara (hasta los más cínicos se emocionan con la final de un concurso musical, es nuestra naturaleza humana). Sin embargo, no es suficiente. Todo en ¡Canta!, desde su desarrollo argumental hasta los anodinos diseños de personajes (los coloristas escenarios y las texturas son alucinantes, pero qué genérico es el aspecto de los animales) pasando por sus chistes del montón, resulta superficial y poco memorable, por no hablar de que su historia se sustenta sobre todo en estereotipos (cinematográficos y de género). Si Illumination quiere consolidarse en el cine de animación más allá de la recaudación en taquilla, tiene que empezar a preocuparse un poco de lo más importante: el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Trolls

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Trolls es la nueva marca de juguetes/moda nostálgica que se convierte en película de animación en Hollywood. Los simpáticos y omnipresentes muñequitos con puntiagudos pelos de colores de los 90 se convierten en protagonistas de su propia aventura animada gracias a DreamWorks y 20th Century Fox, que trasladan el imaginado universo de estas dicharacheras criaturas a la gran pantalla. A primera vista, Trolls parece la enésima cinta de dibujos de Happy Meal, y hasta cierto punto es exactamente eso, pero si miramos más de cerca nos daremos cuenta de que es un producto mucho más cuidado de lo que parece, y definitivamente mejor de lo que debería haber sido.

La película dirigida por Walt Dohrn (Bob Esponja) y Mike Mitchell (Sky HighShrek, felices para siempre) crea toda una mitología alrededor de estos personajes, que reciben un moderno lavado de cara a base de purpurina y pieles multicolor a juego con su pelo. La historia de los Trolls se asemeja a la de Los Pitufos, una comunidad muy unida que vive en armonía hasta que una amenaza exterior rompe su pacífica existencia. La diferencia es que la historia comienza con los Trolls ya en manos de sus antagonistas, los Bergens, una raza de ogros que creen que la única manera de hallar la felicidad es alimentándose de estos pequeños seres. De esta manera, todos los años celebran la festividad que conocen como el “Trollsticio”, donde eligen a varios Trolls del árbol donde viven (enjaulado y custodiado por ellos en el reino) para zampárselos en una gran comilona ritualística. Hasta que un día los Trolls se escapan a través de un túnel y rehacen su vida en el bosque. Allí permanecen ocultos hasta que una de las macro-fiestas de la troll más feliz del mundo, Poppy (Anna Kendrick), atrae la atención de sus captores, que encuentran el nuevo emplazamiento de la aldea y raptan a la mitad de su población. A partir de ahí, Poppy se embarcará en una odisea para rescatar a su amigos, con la ayuda a regañadientes del cascarrabias Branch (Justin Timberlake).

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Trolls sigue los dictados del cine de dibujos diseñado para reventar la taquilla y vender juguetes. Pero no hay que comérsela de vista. O mejor dicho, no hay que comérsela solo de vista. La película es todo un estallido de luz y color técnicamente sobresaliente y repleto de imágenes golosas y acción hiperactiva, pero también es una aventura infalible y con muy buen ritmo (nunca mejor dicho), una relectura del cuento clásico de superación y compañerismo convertido en cuento de hadas moderno inyectado de música y distracciones continuas para la generación EDM. Esto último puede sonar mal, lo sé, pero Trolls no llega a empachar o a convertirse en el despropósito que estaba llamada a ser gracias a un humor muy afinado y a una actitud desenfadada y autoconsciente que hace que, cuanto más tonta es, más encantadora y adorable se vuelve. El humor espídico que recorre la película está, salvando las distancias, en la línea de lo que vimos en La LEGO Película, y sus chistes y gags, en especial los musicales, son sorprendentemente ingeniosos.

Efectivamente, Trolls es también, y quizá por encima de todo, un musical. La película incluye versiones de clásicos del pop y el rock desde los 80 hasta nuestros días, imbuidos de ese sonido dance y electropop que domina las listas de éxitos, e interpretados por unos más que eficientes Justin Timberlake y Anna Kendrick, que se encuentran como pez en el agua durante toda la película (acompañados de un reparto de voces que incluye a Gwen Stefani, James Corden o Zooey Deschanel). Los números musicales (incluido el pegadizo “Can’t Stop the Feeling” de Timberlake, aquí interpretado a dueto durante el fantástico clímax) son la estrella de la función, ágiles, divertidos, bien interpretados y usados con inteligencia para avanzar la historia o complementar las caracterizaciones de sus personajes; como el otro tema original, la muy BroadwayGet Back Up Again“, donde Kendrick nos convence de que nos dejemos llevar por la película, o la preciosa cover de “True Colors” de Cyndi Lauper, con la que el film se vuelve oportunamente emotivo.

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Y ahí está la clave, en entregarse a la propuesta, abandonarse a su irresistible optimismo y su contagioso sentido del humorTrolls no es comparable a Pixar, ni incluso a los mejores títulos de DreamWorks, pero es que no tiene por qué serlo. No debemos subestimar el poder de una película como esta, que, en primer lugar, es un espectáculo mucho más calibrado y digno de lo que parece, y en segundo, está hecha para divertir y poner de buen humor, sin más. El problema es cuando una cinta de estas características menoscaba o se olvida de la inteligencia de sus espectadores, y afortunadamente, Trolls no lo hace, sino que se preocupa en conectar con ellos, y hacerles reír con algo más que el típico humor para pre-escolares. Con su bonito discurso sobre la búsqueda de la felicidad, algo con lo que tanto niños y mayores pueden conectar personalmente, Trolls acaba conquistando su propósito y nos invita a soltarnos el pelo y menear las piernas. Cuidado, imposible resistirse.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Sing Street

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Así como el videoclip mató a la estrella de radio, Internet hizo lo propio con la figura del hermano mayor. La consolidación de la red de redes como servidor supremo de información trastocó el modelo de la recomendación musical. Lo que hasta ese momento había sido una labor docente realizada de manera casi exclusiva por la figura del hermano mayor (o padre o tío enrollado) se convirtió de buenas a primeras en una investigación libre e independiente, sin ningún tipo de censura previa, uno de los pilares del programa mentor del hermano mayor.

Sing Street recoge los últimos coletazos del hermano mayor como dios supremo descubridor de artistas y poseedor de la verdad absoluta. Como si de un documento histórico se tratase, podemos comprobar en varias escenas los diferentes momentos de esa tutoría musical: desde el autocomplaciente “no es posible que no hayas escuchado esto” segundos antes de pinchar un tema por primera vez a las introducciones al más puro estilo Wikipedia a la hora de explicar las motivaciones, filosofías y opciones estilísticas de los grupos. El Brendan de Sing Street es el paradigma de hermano mayor. Un ser que lo sabe todo y que domina el arte de transmitir ese conocimiento. Un halo de leyenda que se ve amplificado por cierta semejanza entre Jack Reynor (Macbeth, Transformers: La era de la extinción), el actor que interpreta al hermano mayor en esta película, y el Andy Dwyer de Chris Pratt en Parks and Recreation.

Pero por desgracia, Sing Street no se centra en la relación fraternal, sino en la lucha del hermano pequeño por conseguir su identidad, el éxito musical y el corazón de la chica de turno. Un viaje personal que podría haber tenido un mínimo de interés si su director aparcase sus ansias de crear la feel good movie de la temporada. Un acto que no tendría nada de malo, ni debería sorprendernos, ya que estamos ante John Carney, director de Once y Begin Again. Pero esas ínfulas se vuelven dañinas cuando intenta mostrarnos el drama, cuando quiere conseguir que la shit sea real. Carney cumple medianamente con el aspecto más luminoso del film: las enseñanzas musicales del hermano mayor, alguna escena entre los chavales durante la grabación de sus videoclips, y logra hasta que la femme fatale principante tenga cierto aire a la portada de “Rio” de Duran Duran; pero fracasa absolutamente a la hora de dar cierta profundidad o dramatismo a la acción del film. Los problemas en casa, el bullying que sufre el protagonista en el colegio, su existencialismo de principiante… todo es un gran naufragio (pun intended) que Carney parece no vislumbrar.

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Duran Duran, The Cure, Spandau Ballet o The Clash son algunos de los grupos que Brendan enseña a Conor y que él utilizará como influencia a la hora de crear las canciones para su alter ego, Cosmo. Una simpática idea que regala los mejores momentos del film, las llegadas a la escuela de los adolescentes disfrazados de las bandas que han conocido musicalmente la noche anterior, y también alguno de los más flojos, la mayor parte de las canciones originales. Se acepta que los temas tengan cierto aire principiante (buscado o no) y hasta su grandilocuencia, pero lo que no se debe permitir es su pésima utilización durante el metraje. La repetición del patrón aprendizaje-creación-desengaño-revisión-canción-éxito provoca cierto cansancio. Pero ese agotamiento termina por convertirse en malestar cuando Carney intenta dotar de cierta grandeza a las canciones creando momentos épicos de pacotilla, cuyo epítome es la larguísima escena de la actuación en la escuela, que parece más bien un vídeo promocional de cara a la categoría a mejor canción original en los Oscar, o su sonrojante final.

Sing Street es una película buenrollera que podría haberse quedado en la categoría de olvidable, pero que se convierte en molesta por sus presunciones de película generacional.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Ricki

1288050 - RICKI AND THE FLASH

Lo dijo Cam de Modern Family: “Disculpa, pero Meryl Streep podría hacer de Batman y sería la elección indicada. Es la perfección”. Y los fans más acérrimos de la actriz lo adoptaron como su lema. No sé hasta qué punto es cierto (las nominaciones al Oscar a veces le caen por inercia), pero de lo que no cabe duda es de que no hay reto que se le resista a la laureada intérprete. El más reciente es convertirse en Ricki Rendazzo, de día cajera de un supermercado de alimentos orgánicos y de noche reina del hard rock en un tugurio local tipo “where everybody knows your name”. Cuando su hija es abandonada por su marido, Ricki decide regresar junto a la familia que abandonó para perseguir su carrera, con la intención de ofrecer su apoyo, y de paso enfrentarse a los fantasmas del pasado.

Streep le cogió el gusto a eso de cantar en Mamma Mia! (aunque lleva haciéndolo en el cine desde los 80) y, después de alardear de cuerdas vocales en Into the Woods, se cuelga la guitarra al hombro y explora un registro diferente, rasgando la voz para sonar como una vieja leyenda del escenario -o una fumadora de 80 años, según se escuche. Hay que reconocer a Meryl el mérito de cantar las canciones en directo (afortunadamente, aquí no hay playbacks horrendos), pero a Ricki (en inglés Ricki and the Flash, el nombre completo de la banda) le sobran unas cuantas actuaciones. Y no ya porque la Streep lo haga mal (cumple de sobra), sino porque tanta canción acaba saturando y afectando al ritmo de la historia. Dejando esto a un lado, la película dirigida por Jonathan Demme y escrita por Diablo Cody supone una grata sorpresa, a pesar de ser la típica dramedia bienintencionada sobre descafeinada familia disfuncional que tan bien se les da a los americanos.

El guion de Diablo Cody funciona sobre todo porque evita llevar la historia por derroteros disneyanos al no convertir el caso de Ricki en un “nunca es tarde para perseguir tu sueño”. Ricki no nos habla del tardío ascenso al estrellato de su protagonista, sino de otra clase de “nunca es tarde”, el que conlleva la aceptación y el entendimiento entre los miembros de una familia distanciada. Cody continúa en cierto modo lo que comenzó (y tristemente no le dejaron concluir) en su serie United States of Tara, insistiendo en la figura materna cuestionable y mostrándonos cómo sus problemas afectan a sus hijos. La diferencia aquí es que la protagonista no sufre una enfermedad que dificulte su tarea educadora, sino que son sus decisiones las que la han separado de su ex marido (magnífico Kevin Kline) y sus tres hijos, lo que hace la tarea redentora algo más difícil. En este sentido, Cody utiliza la importante voz de Streep para hacer llegar un mensaje feminista muy importante: una madre debe ser perfecta, “si se olvida un día de cambiarle los pañales al niño, es un monstruo”, mientras que el padre no es juzgado con el mismo nivel de exigencia. Ricki es consciente de que no ha sido la mejor madre, pero pide un respiro para ella, para todas aquellas madres que lo están intentando y para las que han decidido anteponer sus carreras a la maternidad, sabiendo que han dejado a sus hijos en buenas manos (Peggy Olson aprueba este mensaje).

CartelCine RICKI_39LStreep construye un personaje íntegro y real (a pesar de algún que otro mohín sobreactuado), una mujer que hace caso omiso al paso del tiempo y no se comporta de acuerdo a los cánones que la sociedad impone a las “señoras” de su edad. Como la Charlize Theron de Young Adult (también escrita por Cody), Ricki se niega a “crecer”, pero en esta ocasión Cody no quiere que entendamos a su protagonista como un ser dañado que hay que arreglar. Ricki ha asumido el destino que le han deparado sus incontables errores en el pasado, está cómoda en su piel y no se disfraza de rockstar para esconder otra cara (esa no es la razón por la que Demme nos muestra a Streep despojándose de su imagen para irse a la cama), sino que es una rockera de verdad, una persona para la que la música lo es prácticamente todo y el escenario su hábitat natural. Linda Brummell (su nombre de nacimiento) no existe, ella siempre ha sido y siempre será Ricki.

Por eso Ricki no es una historia de redención al uso, porque no busca el cambio para Ricki, sino que sus hijos acepten que tal cosa no es posible, y si todo sale bien, que esto la lleve a entenderlos también a ellos y ser consciente del impacto real que causó en sus vidas al abandonarlos. Para llegar a esta conclusión, Cody explora sobre todo la relación entre la protagonista y su única hija (de tres hermanos), Julie, interpretada por la hija de Streep en la vida real, Mamie Gummer, una estupenda actriz que ha entrado en Hollywood por tener la madre que tiene, y se ha quedado por méritos propios. Pero alrededor de Ricki orbita un variopinto grupo de personajes que complementan perfectamente a Streep, en especial el músico australiano Rick Springfield, que da vida a su pareja arriba y abajo del escenario. Todos ellos son el público de Ricki, algunos devotos, y otros más exigentes, las personas a las que ella ofrecerá lo único que tiene, su música, para tratar de obtener el perdón y ser aceptada tal y como es. El final feliz puede resultar excesivamente limpio y la resolución de conflictos entre personajes algo sintética, pero la entrega de Streep, especialmente durante el clímax del film, contribuye a que el edulcorante no se atragante.

Desde Juno, Cody ha ido depurando su estilo de artificio y en Ricki nos encontramos con una guionista más avezada. La película destaca principalmente por unos diálogos que sacan partido a los personajes y crean situaciones muy divertidas, sin perder de vista en ningún momento el núcleo emocional de la historia. La guionista ha confesado recientemente que no piensa volver a la dirección (tras un solo intento), para centrarse exclusivamente en escribir películas para otros directores. Si Ricki sirve como indicio, es la mejor decisión que podía haber tomado.

Valoración: ★★★½

Crítica: Dando la nota – Aún más alto

Kendrick Bellas

Dando la nota (Pitch Perfect) fue uno de los éxitos sorpresa de 2012, un sleeper pop que no solo funcionó mucho mejor de lo que se esperaba en taquilla, sino que pasó rápidamente a convertirse en película de culto para la generación Tumblr. Aunque su acción transcurre en la universidad, Dando la nota es en esencia una película de instituto, por eso muchos no dudaron en coronarla como la Mean Girls de los 2010’s o describirla como “Glee bien hecha” (yo mismo en la crítica que escribí en su día, antes de que Pitch Perfect se convirtiera en un fenómeno).

La película consagró a Anna Kendrick como nueva novia/It girl/amiga friki/ídolo tuitero/icono cool de América y convirtió a Rebel Wilson (Amy la Gorda) en una estrella. Había que darse prisa para generar una secuela aprovechando el momento. La popularidad de estas actrices está en lo más alto y varios éxitos recientes (LucyCincuenta sombras de Grey) han demostrado que el cine hecho y protagonizado por mujeres también puede triunfar en taquilla (duh!). Teniendo esto en cuenta, Universal ha demostrado tener reflejos muy “afinados” y ha hecho las cosas bien. Tanto que en su primer fin de semana, la secuela de Pitch Perfect dirigida por Elizabeth Banks, Dando la nota: Aún más alto (en USA simplemente Pitch Perfect 2), ha recaudado más que la primera película en todo su recorrido comercial en cines estadounidenses, rompiendo unos cuantos récords y asegurando una tercera entrega.

Dando la nota es un pelotazo es indiscutible y debemos celebrar que una película protagonizada casi íntegramente por mujeres en la que la rivalidad es sana (nunca por un hombre) y donde se celebra la camaradería (entre ambos sexos) y el trabajo en equipo haya cosechado tanto éxito, sobre todo teniendo en cuenta cómo está el panorama. El cine de Hollywood promete un cambio para los próximos años, y en parte se lo debemos a las Barden Bellas. Ahora bien, Dando la nota: Aún más alto no supone ninguna revolución en sí misma. Se trata de una clásica secuela fabricada (con prisa) aprovechando el tirón del éxito, que reproduce casi al pie de la letra a su predecesoraAún más alto es una segunda parte de manual. Es más espectacular y numerosa, traslada su acción al contexto internacional -el campeonato mundial de acapella que tiene lugar en Copenhague-, aumenta aun más la variedad del repertorio musical (hits actuales, éxitos de siempre, hip hop, country, temas de los 90…), y pone mucho más en juego. Pero a pesar de esto, el factor sorpresa se desvanece y lo que en la primera funcionó por su frescura (los susurros de Hana Mae Lee, las marcianadas de Wilson) aquí suena repetitivo y por tanto pierde gran parte de su gracia.

Rebel Wilson Pitch Perfect 2

La estructura de la secuela es prácticamente idéntica a la de la primera. Aún más alto comienza con una actuación que se convierte en un desastre (en lugar de vómito aquí tenemos un escándalo tipo nipplegate de Janet Jackson, pero mucho más bruto y con testigos presenciales de excepción, los Obama y Shonda Rhimes), continúa con la lucha de las Bellas por recuperar su voz (un reset que obliga al grupo a empezar de nuevo), tiene un intermedio en forma de batalla acapella (con David Cross como bizarro anfitrión) que palidece en comparación con la de la primera película, y termina con la gran competición. Afortunadamente, para compensar lo mecánico del argumento, los personajes evolucionan satisfactoriamente y sus conflictos internos, ambiciones, traumas y sueños se convierten en el corazón de la película.

Vemos cómo algunas Bellas se han graduado (Anna Camp, que ya tenía 30 años en la primera película no colaba ya como universitaria), cómo otras se niegan a salir al mundo real y se refugian en el grupo (Brittany Snow está estupenda), y cómo Beca (una Kendrick más cómoda desatando su lado más tontorrón) persigue su sueño de ser productora musical -divertida subtrama que cuenta con el genialísimo Keegan-Michael Key. Así que, aunque Dando la nota 2 sea un calco de la primera, tiene muchas armas para evitar el estancamiento y alicientes de sobra para mantener nuestro interés por saber qué les ocurre a estas chicas, más definidas y más unidas que la primera vez que las vimos. Además de las Bellas originales, tenemos nuevas incorporaciones que aumentan la diversidad y rejuvenecen al grupo, Flo (Chrissie Fit) y Emily, interpretada por la ubicua Hailee Steinfeld, “heredera” de las Bellas (Legacy en inglés) que sigue los pasos de Kendrick. De hecho, para intentar repetir la jugada de “Cups” (el nº1 discográfico que surgió de Pitch Perfect), Sia ha compuesto “Flashlight” para el personaje de Steinfeld, que acaba de fichar por una discográfica para grabar su primer álbum.

Kendrick Steinfeld

Y es que Dando la nota: Aún más alto se ha empezado a convertir en un musical tradicional. No solo hay más números (excelentemente dirigidos por Banks), sino que esta vez no se limitan al escenario, incorporando canciones narrativas, como la serenata en barca que dedica Rebel Wilson (con diferencia la peor cantante de la película) a Adam DeVine, y temas originales, como la mencionada “Flashlight”. Los momentos más estelares siguen teniendo lugar en las competiciones, pero no extrañaría que la progresión natural de la saga llevara la tercera parte por la senda del musical de Broadway (sería una buena forma de evitar o enmascarar el estancamiento en la misma fórmula).

En cuanto al humor, Aún más alto repite chistes y gags de la primera y explota las señas de identidad de sus personajes, en cierto modo haciendo que todo pierda un poco de magia. Hay muchas bromas que no llegan, especialmente las que protagoniza Flo, la latina (hondureña concretamente) que, como Sofía Vergara en Modern Family, perpetúa/se ríe de los estereotipos asociados con los inmigrantes hispanoamericanos en Estados Unidos (no es que sea ofensivo, es que no tiene mucha gracia). Este es uno de los recursos principales del guión, que a través del tronchante personaje del comentarista John Michael Higgins, se ríe de todas las razas y nacionalidades, y carga con especial inquina contra las mujeres. Pero sería absurdo acusar a Pitch Perfect de intolerante (lo saco a colación porque ya lo he leído en varios sitios), sobre todo porque el objeto de la burla es el propio personaje de Higgins (caricatura del republicano machista, misógino y racista), y por extensión, el ala conservadora de Norteamérica (“Todo el mundo nos odia”, reconoce el personaje de Elizabeth Banks, fantástica como siempre). El libreto vuelve a estar escrito por Kay Cannon, una de las guionistas de 30 Rock, serie conocida por no dejar títere con cabeza y satirizar la obsesión de Estados Unidos con la corrección política y la doble moral (Banks sabe mucho de esto porque interpretó a la ultra-conservadora y ultra-americana Avery Jessup en la comedia de Tina Fey). Además, Aún más alto es una película esencialmente feminista e inclusiva (y muy orgullosa de ello, “¡Somos un grupo de mujeres racialmente diverso!”), por lo que se puede permitir este tipo de humor corrosivo sin que se deba poner en duda su ideología.

Banks Higgins

Pero dejando a un lado estas cuestiones polémicas, Dando la nota: Aún más alto cumple con creces su cometido como película. Divierte, emociona, atrapa con sus espectáculos musicales y lo hace transmitiendo valores de compañerismo femenino en un contexto de competición sin caer en la moralina (en sus hilarantes encontronazos con la líder alemana del equipo rival de las Bellas, Beca no puede insultarla, solo elogiar su perfección como espécimen humano), y sin enfrentar al género opuesto en ningún momento (la representación masculina está en buenas manos con los encantadores DeVine y Skylar Astin). Aún más alto nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos hace tres años, estrecha los lazos que hay entre ellos (atención a la adorable escena en la tienda de campaña), y nos recuerda por qué queremos que triunfen en todo. Banks y Cannon han conseguido aumentar la dimensión humana de las Bellas, conservando la dulzura, el carisma y la locura que las caracteriza, en una película que ante todo es una celebración por todo lo alto de la hermandad femenina.

Valoración: ★★★½

Galavant: Cantando bajo el sol

Galavant Joshua Sasse

“Way back in days of old, There was a legend told, About a hero known as Galavant. Square jaw and perfect hair, Cojones out to there, There was no hero quite like Gaaalavaaant.
Naná nanananá naná nanananá nana nanananá nanaa naná!!”

La primera temporada de Galavant ya terminó, pero es imposible sacarse de la cabeza esta canción, tema oficial de nuestro apuesto héroe de mirada penetrante y barba recortada por las ninfas. Con esta pegadiza cantinela comenzó su aventura la miniserie de ABC, y con ella navegó hacia aguas desconocidas ocho escasos episodios más tarde. Esta comedia musical de 20 minutos, empeñada en que la conozcamos muy convenientemente como “Comedy Extravaganza!” y despachada en cuatro semanas, no ha cumplido las expectativas en cuanto a índices de audiencia, pero sí ha enamorado perdidamente a un fiel y entregado público, haciendo las delicias sobre todo del fan más obsesivo-compulsivo del mundo (por encima de comiqueros, directioners y cumberbitches): el aficionado a los musicales.

Galavant está protagonizada por un gallardo caballero de armadura reluciente, interpretado por Joshua Sasse, cuyos atributos físicos lo convierten básicamente en un príncipe animado de Disney que ha cobrado vida en carne y hueso. Autoconvencido de su papel como héroe de la historia, Galavant emprende un viaje hacia el reino de Valencia, para enfrentarse al rey Richard (un inconmensurable Timothy Omundson), que además de conquistar el lugar, le ha “robado” al amor de su vida, Madalena (igualmente genial Mallory Jansen). Le acompañan su escudero, Sid (Luke Youngblood, aka Pop Pop! de Community) y la princesa de Valencia Isabella (Karen David), compenetrado trío cómico, constantemente asediado por peligros y giros inesperados en su camino. Porque Galavant hace de la ruptura de expectativas y estereotipos la norma general, insistiendo en que las cosas no salen siempre como en los cuentos, aunque nuestro héroe se empeñe en que así sea. Por eso, Galavant se adscribe indudablemente a la nueva ola de cuentos reinventados que se empeñan en conquistar el cine y la televisión. Y aunque lo cierto es que los chistes basados en lo inesperado se acaban haciendo repetitivos y por tanto predecibles, Galavant es un soplo de aire fresco en la televisión en abierto, por su desenfadado aire guasón, su alto contenido en picante, sus excelentes personajes, y por supuesto, sus canciones, ingredientes perfectamente amasados que convierten a la serie en una fiesta continua.

TIMOTHY OMUNDSON, MALLORY JANSEN

Galavant está creada por Dan Fogelman (responsable de The Neighbors y guionista de varias películas de Disney como BoltEnredados) y producida entre otros por el ganador de ocho Oscars Alan Menken, compositor de muchas de las canciones más célebres de la segunda época dorada de Disney, los inolvidables temas de La Sirenita, Pocahontas, La Bella y la Bestia, Hércules o El jorobado de Notre Dame. Con la inestimable ayuda de Menken, Galavant traslada a la televisión la esencia de los clásicos cuentos medievales e historias de príncipes y princesas de Disney, con sus números musicales narrativos y ese toque de autoparodia y meta-humor (aquí llevado un paso más allá) que no puede faltar en ningún producto de estas características desde que la casa de Mickey Mouse nos regalase esa pionera que fue Encantada (2007). Y además, lo adereza todo con una pizca de La princesa prometida y comedia absurda de los Monty Python para dar como resultado un espectáculo sin parangón, diseñado -como todos los referentes mencionados,- para ser visto una y otra vez, hasta habérnoslo aprendido de memoria.

La corta duración de Galavant, a pesar de dejarnos un poco a medias, sirve para que el ambicioso proyecto no se vaya de las manos. Imaginaos si Menken tuviera que escribir canciones originales para 24 episodios al año (seguro que podría, pero la calidad disminuiría considerablemente). Los temas de Galavant cumplen con los estándares disneyanos, y aunque hay algunos más inspirados que otros (reconozcámoslos, Menken podría haber escrito muchos durmiendo), los 160 minutos de serie (que es lo que van durando las funciones de Broadway) nos dejan un puñado de secuencias musicales para la posteridad, como el citado número de apertura -y sus reprises, de los cuales el mejor toma forma de previously on-, la canción de Madalena ante los espejos, “No One But You” (muy Úrsula en La Sirenita), o el macabramente divertido dueto entre Gwynne (Sophie McShera) y el Chef (Darren Evans), “If I Could Share My Life With You”, que da rienda suelta al humor negro en la serie, mucho más presente de lo que esperábamos.

Y es que por suerte, Galavant sabe perfectamente cómo complacer al público adulto: personajes de verborrea incontrolable propensos a soltar tacos (censurados, claro) como si fueran víctimas de síndrome de Tourette, carnaza para todos los gustos (escotes que desafían la gravedad y una desvergonzada y autoconsciente explotación del físico de Joshua Sasse, como por ejemplo en la escena que acompaña este párrafo), detalles perversos y retorcidos de naturaleza sexual y hormonas desatadas en todos los rincones del castillo. Tampoco faltan los cameos de lujo (Ricky Gervais, Rutger Hauer, Hugh Bonneville, Anthony Stewart Heat, John Stamos, Weird Al Jankovic), ni los huevos de pascua para el fan de Disney, como la melodía de “Bajo el mar” de La Sirenita, que suena durante un genial gag. Todos estos elementos responden indudablemente a una máxima: hacer pasar el mejor rato posible. Para ello, Galavant no se corta en volverse loca, surrealista, incluso camp, cargando sus afilados diálogos de ingenio, y una energía absolutamente contagiosa. Pero nada de esto funcionaría tan bien si no fuera por el excelente casting de la serie, repleto de robaescenas (a Sasse le falta un punto de carisma al principio, y los ya mencionados secundarios lo eclipsan), como la diva Madalena (estereotipo de la damisela en peligro convertido en mujer fuerte que toma el control, se convierte en villana y nos da la mejor motivación posible para su maldad: “Me encantan las cosas”), el adorable y destartalado Chef (al que queremos ver bailar todo el rato), y sobre todo, sobre todo, el Rey Richard, la auténtica revelación de la serie, que junto a su mano derecha Gareth (Vinnie Jones) forma una de las amistades más retorcidamente bonitas de la tele.

La primera temporada de Galavant posponía su final feliz y terminaba sorprendentemente sin cerrar la historia, con cliffhangers por todos los frentes y el deseo explícito (en forma de canción) de contar con una segunda temporada para resolverlos, una decisión arriesgada que nos tiene a todos en vilo. Esperemos que ABC entienda que la historia no se puede quedar así y a pesar de los datos de Nielsen (el verdadero villano de Galavant), encargue cuanto antes una segunda parte, para la que probablemente Menken ya habrá escrito doce canciones sentado en “el trono”.

Gracias por leer, ya podéis seguir cantando esto mientras dobláis la ropa, os ducháis (con cubeta), o lo que sea que estabais haciendo:

Crítica: Into the Woods

INTO THE WOODS

Antes de que Disney sacase el proyecto adelante en 2012, Into the Woods llevaba más de veinte años en preproducción. Llegó a tener varias casas (Columbia y la Henson Company se encargaron de las primeras versiones), varios directores, y repartos completos que fueron sustituidos con cada (falsa) puesta en marcha, hasta que finalmente quedó en parón durante 15 años. La adaptación del popular musical de Broadway escrito por Stephen Sondheim (canciones) y James Lapine (libreto) parecía condenada a permanecer en el limbo de Hollywood hasta que fue rescatada por la compañía de Mickey Mouse, donde el proyecto encajaba como zapato de cristal. El renacimiento de los cuentos de hadas (ya oficialmente empacho y saturación) en la Disney y sus afiliadas televisivas (Disney Channel y ABC a la cabeza) propiciaba el panorama idóneo para que Into the Woods por fin viese la luz más allá de los árboles. Y así ha sido, bajo la nueva línea comercial de la compañía, y la dirección del veterano Rob Marshall (Chicago, Nine), los amantes de Broadway por fin pueden (podemos) disfrutar del célebre musical en su deslumbrante versión cinematográfica.

Into the Woods practicaba el meta-humor, la reinvención de estereotipos, la autoparodia, el crossover, el mash-up y otras estrategias postmodernas mucho antes de que estas estuvieran tan en boga. La película entrelaza los cuentos de los hermanos Grimm en una historia donde los personajes de Caperucita Roja, Rapunzel, Jack y las habichuelas mágicas y La Cenicienta comparten el mismo espacio narrativo, con el propósito de explorar las consecuencias de sus deseos y sus actos (algo así como un “y qué pasó después”). Para juntarlos a todos, el musical parte de dos personajes originales, el Panadero (James Corden) y su mujer (Emily Blunt), dos humildes campesinos que no pueden tener hijos a causa de la maldición de una Bruja (Meryl Streep), que regresa para devolverles la fertilidad a cambio de que estos le consigan una lista de objetos mágicos del bosque: el zapato de Cenicienta, un mechón dorado de Rapunzel, la capucha roja de Caperucita y una vaca blanca. Esta premisa da lugar a una comedia de enredos cuya acción principal tiene lugar en el bosque, un espacio de sueño y pesadilla (casi una representación onírica del subconsciente en la que todo puede pasar), reconvertido en escenario donde las “fábulas” entran y salen de escena, se cruzan y desaparecen entre la maleza, conservando así el espíritu teatral de la obra.

INTO THE WOODS

Y es que el punto fuerte de Into the Woods no son las canciones (si me lo permitís, con excepción de una o dos, fáciles de olvidar), sino la comedia. Es cierto que vista hoy en día, la historia ha perdido parte de la cualidad transgresora y originalidad, lo que la convertía en una obra rompedora y única a finales de los 80. Sin embargo, el material sigue siendo excelente y ha logrado aguantar el tiempo, sobre todo gracias a un sentido del humor irreverente, con un punto oscuro y perverso, e incluso un poso de tristeza, que nos deja números y diálogos para el recuerdo (o el trauma, según se mire): el encuentro del Lobo (Johnny Depp a punto de cargarse la película) y Caperucita, reimaginado como el incomodísimo cortejo de un pederasta a su víctima (definitivamente trauma); “Agony!”, el tronchante duelo de egos en el arroyo entre los dos Príncipes (divertidísimos Chris Pine y Billy Magnussen); o la muy millenial “On the Steps of the Palace”, en la que la indecisa Cenicienta (Anna Kendrick) se convierte básicamente en Shoshanna Shapiro. Todo va viento en popa, hasta que un giro inesperado cerca del final produce un impasse a partir del cual el ritmo decae dramáticamente, provocando que la última media hora de la película parezca un epílogo interminable (a pesar de un par de números sobresalientes).

Into the Woods es un film técnica y artísticamente impecable, pero también irregular. Uno capaz de darnos secuencias soberbias, como el prólogo -cuyo espectacular montaje ya le valía la nominación al Oscar que le han negado-, pero también de perderse (nunca mejor dicho) en sus numerosos y repetitivos rizos argumentales. Al final, es el reparto lo que aporta la unidad necesaria en una obra con tantos flancos abiertos que es imposible no perder el norte. Los actores están espléndidos (y sus cuerdas vocales a la altura), en especial los niños, Lilla Crawford y Daniel Huttlestone (reencarnación de Pedro, el del dragón Elliott) y las esperpénticas Christine Baranski y Lucy Punch (carcajadas aseguradas con ellas). Pero sin duda alguna, la robaescenas oficial de Into the Woods es Emily Blunt -quien merecía la nominación tanto o más que Streep, aunque fuera solo por sus encuentros con el Príncipe. Ya la teníamos más que fichada, pero con esta película confirma lo que sabíamos: posee uno de los talentos más completos y polivalentes del Hollywood actual. Blunt se revela como el alma de Into the Woods, proyectando luz propia en una historia que no tiene miedo a adentrarse en los vericuetos más oscuros del bosque, y que en última instancia nos proporciona una moraleja agridulce sobre la responsabilidad y la familia que corona una película más fiel en forma y espíritu a los cuentos originales de los Grimm que cualquier otra de Disney.

Valoración: ★★★½

Crítica: Frank

Frank Fassbender Domhall

Texto escrito por David Lastra

First things first, esta no es una simple película de Michael Fassbender. Todo aquel o aquella que se acerque a Frank por ver a su querido por el simple amor a sus infinitos dientes quedará enormemente afectad@ por una simple razón: Fassy aparece oculto durante (casi) todo el film por una cabeza ojiplática y sonriente de gigantescas proporciones, teniéndose que contentar únicamente con la voz (que no es poco) del actor germano-irlandés. Habiendo hecho este aviso para navegantes, déjense llevar por la inigualable locura (no pun intended) del icónico Frank en uno de los films del año.

Si tuviésemos que catalogar Frank rápidamente, podríamos afirmar que es un marciano biopic del cantante / actor / presentador / superhéroe mancuniano Frank Sidebottom, pero nos quedaríamos cortos y no haríamos más que confundir al personal. El director Lenny Abrahamson, en compañía de Jon Ronson al guión (escritor de Los hombres que miraban fijamente a las cabras y teclista de una de las bandas del Frank original), prefiere acercarse al mockumentary más que a las estrategias del biopic musical común para narrar esta historia. Realmente, lo importante en esta película es la disertación sobre la enfermedad mental en la música, Frank es solo la excusa.

Frank Sidebottom es el punto de partida del film. El alter-ego de Chris Sievey, trascendió a  finales de los ochenta tras unas cuantas apariciones humorísticas en la televisión británica, llegando a sacar un par de discos al mercado y protagonizando su propia (y muy recomendable) serie, Frank Sidebottom’s Fantastic Shed Show. El éxito del personaje se basaba en su histrionismo musical basado en la magia del absurdo y, por qué no decirlo, su gigantesca cabeza falsa. Pero como hemos dicho, Frank no es simplemente la recreación de la historia de Frank (que daría para más de un par de largos), sino una sensibilización fílmica sobre la enfermedad mental en el mundo de la música. No obstante, el Frank de la gran pantalla comparte la fragilidad ante el miedo al rechazo y al éxito de Daniel Johnston, la visión de The Shaggs a la hora de crear y se comporta de manera dictatorial con sus músicos, aunque no tan férrea y violenta, como Captain Beefheart. Realmente, una sobreinterpretación sobre el personaje podría hacernos desembocar en la teoría de que Frank no es sino Jesucristo resucitado. No obstante, le vemos obrar más de un acto milagroso durante el metraje.

Frank 2014

Sin ser producto de la mente de un fanboy cualquiera, la interpretación de Fassbender es de un magnetismo sin igual. Es imposible no caer rendido ante su Frank y seguir a pies juntillas sus directrices musicales y hasta cacarear. Es impensable una candidatura al Oscar, pero estaría mucho más merecida que la que consiguió por 12 años de esclavitud. Aunque también en mis sueños, The Sorondprfbs volverían a juntarse para interpretar en directo I Love You All en la ceremonia de los premios de la Academia en 2015 con motivo de su candidatura. Destacan en el reparto, el omnipresente Domhnall Gleeson, en un papel muy diferente al de Una cuestión de tiempo; la turbia Maggie Gyllenhaal, muy cercana a su Raven de Cecil B. Demente; y Carla Azar (miembro de la banda Autolux y batería oficial de Jack White en sus dos discos en solitario).

El glamour de la locura es pasajero y es al mostrar ese aspecto en el que “Frank” funciona mejor y destapa su maestría, sabiendo jugar con la seriedad del tema sin perder de vista el humor en ningún momento, convirtiéndose en una suerte The Devil and Daniel Johnston meets Cecil B. Demente, si es que tuviésemos que formular una de esas grandes frases para poner en la contraportada de un DVD.

Valoración: ★★★★★

Crítica: God Help the Girl

God Help the Girl

Texto escrito por David Lastra

Siguiendo las ordenanzas de David Bowie, Escocia ha optado por seguir bajo el amparo del Reino Unido. Puede que las aspiraciones independentistas hayan quedado aparcadas por el momento tras el mayoritario no en el referéndum del 18-S, pero Escocia nunca perderá su condición de campo de sueños y batallas. Una realidad retratada en la gran pantalla en innumerables ocasiones, ya sea contra osos poseídos de Brave; contra el propio opresor inglés en Braveheart; por la consecución de un pico de heroína en Trainspotting; o por la creación de la canción perfecta, como es el caso de esta God Help the Girl. Pero no caigamos en engaños, esta es una historia de amor absoluto a la música, pero también es una oda a las mujeres de camisetas de rayas y suéteres entallados que desafían la gravedad. Que el Dios de la Música nos ayude… y nos pille confesados.

Con sus Belle & Sebastian, Stuart Murdoch se convirtió rápidamente en el bardo y el mejor confidente de nuestros demonios, frustraciones y ensoñaciones durante la adolescencia y los años de universidad. Sus canciones nos mostraban tal y como éramos, jóvenes inexpertos e inocentes cuyas mentes se eclipsaban y colapsaban ante la aparición cuasidivina de la persona de turno que representaba la perfección absoluta, algo que  hasta ese mismo momento pensábamos que solo existía en nuestros sueños. Nuestra imaginación volaba  de la mano de sus amargas y melancólicas composiciones pop y terminaba chocando con la horrenda realidad confirmando una vez más que todo sería mucho mejor si viviésemos dentro de una canción o como mucho de un EP.

Con esa filosofía por bandera, Murdoch nos ha regalado con todo su corazón God Help the Girl, un sueño pop húmedo tan arrebatador y perfecto como un single de Belle & Sebastian. Aunque sea un símil fácil dado que es un musical, todo en esta película rezuma amor a las canciones y a los discos (¡larga vida al formato físico!). Nos zambullimos en un Glasgow idílico, que vive por y para la música, el trío protagonista del film no son outsiders, es normal tener  un grupo en esa urbe (y si se tiene éxito se acaba al más puro estilo beatle siendo perseguido por hordas de fans). Es el mundo donde las chicas de las portadas de B&S tienen piernas y van a conciertos de grupos que están empezando. Por el tono y sentimiento general, podríamos adscribir a este film junto a otros recientes cantos de amor puro a la música como son Nick y Norah, una noche de música y amor o Scott Pilgrim contra el mundo, pero sería injusto ya que la propuesta de Murdoch es más arriesgada y personal que la primera y mucho más obsesiva que la segunda.

Hannah Murray God Help the Girl

Una de las grandes bazas de God Help the Girl es el encanto y la química de los tres protagonistas. La película podría haber naufragado con tres pazguatos cantarines, para dar vida a unos personajes que se mueven tan firmemente en los campos de la pedantería y el exceso, hay que tener un cast perfecto (caso similar a la elección de cast de Only Lovers Left Alive). Emily Browning (Sucker Punch, The Host) en el papel de su vida como Eve, la  magnética, egocéntrica (realmente sería más acertado colocarle la etiqueta de decidida o independiente. Maldito machismo) voz cantante, amor a primera vista; Olly Alexander (miembro de la segunda generación de Skins, Penny Dreadful) como el mayor profeta del Dios de la Música, tan prendado de Eve como de su guitarra; y el reencuentro con uno de los mayores crush de mi vida, Hannah Murray (primera generación de Skins, Juego de Tronos) repitiendo el nombre del personaje con el que entró en la historia de la Televisión (“I’ll love you forever, Sid. That’s the problem”), inocencia, frenillo y desordenes en su apetito (en esta ocasión, sexual).

God Help the Girl no es solo el musical del año, sino una película generacional. De cuando se decía popero y no hipster, tiempos en los que las camisetas de rayas se imponían y las camisas de florecillas y demás estampados de sofá cogían polvo en el armario del hortera casposo de turno. Cuando éramos jóvenes y copiábamos las letras de las canciones a mano porque así eran más nuestras. Un mundo mejor.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Jersey Boys

JERSEY BOYS

Aunque no es su faceta más conocida, la carrera cinematográfica de Clint Eastwood siempre ha estado estrechamente ligada a la música. Durante los años más álgidos de su recorrido como actor demostró en varias ocasiones que tenía madera de estrella del country (véase La gran pelea  Aventurero de medianoche), y a finales de los 80 se ganó su gran reputación como director con el biopic Bird. A partir de entonces, Eastwood ha desarrollado varios proyectos con los que ha evidenciado su interés personal en el jazz y el blues, géneros a los que se ha aproximado siempre desde la perspectiva historicista (Thelonious Monk: Straight, No Chaser, un episodio de la serie de documentales The Blues). Por eso no es de extrañar que su primer gran musical para el cine (y su 33ª película como realizador) sea Jersey Boys, la historia verdadera del grupo The Four Seasons, basada en la exitosa obra de Broadway. Y por eso también es inexplicable que un “proyecto de pasión” como este haya dado como resultado una obra tan inconsistente, desafinada y poco apasionante.

A partir del material creado por Marshall Brickman y Rick Elice, Jersey Boys narra el ascenso al estrellato de Frankie Valli, Bob Gaudio, Tommy DeVito y Nick Massi, los cuatro jóvenes de Nueva Jersey que formaron el grupo The Four Seasons y triunfaron en la década de los 60 gracias a temas como “Sherry“, “Big Girls Don’t Cry” o “Walk Like a Man“, hasta que sus diferencias y algún que otro problema con la mafia acabó separándolos. A caballo entre el cine de mafiosos y el musical, Eastwood compone un filme toscamente estereotipado en el que los clichés pertenecientes a ambos géneros se acumulan para dar como resultado una película que parece realizada por un recién llegado (no puede ser que alguien tan curtido como Eastwood abuse tanto y tan mal de la ruptura de la cuarta pared). Por eso, más que un clásico, que es probablemente a lo que aspiraba su director, Jersey Boys cae en terreno TV movie, e incluso en ocasiones da la sensación de estar concebida como una parodia.

Póster_jersey-boysLa culpa de que Jersey Boys sea un traspiés artístico no es solo de su deslucida y arrítmica dirección, sino también del fallido reparto. La película está repleta de personajes desagradables sin cualidades redentoras, interpretados por actores mal dirigidos. Christopher Walken se lo pasa bien (quizás demasiado) haciendo de capo de la mafia, pero ni él ni Eastwood se toman al personaje en serio en ningún momento. Y luego está Mike Doyle, reduciendo al productor Bob Crewe a una vergonzante caricatura afeminada y extravagante que ni las películas de Esteso y Pajares (aquí está el verdadero Crewe). De los jóvenes que dan vida al cuarteto protagonista destaca Vicent Piazza, que a pesar de realizar un trabajo técnicamente notable como Tommy DeVito -o quizás por eso mismo- resulta sencillamente insoportable (hay veces que disfrutamos más admirando al villano de la función, pero esta no es una de esas ocasiones). Erich Bergen y Michael Lomeda equilibran la balanza tanto en la banda como en la película, aportando un agradable toque de humor y calidez que ayuda a sobrellevar el tedio.

Sin embargo, el mayor error de Jersey Boys es haber contado con el protagonista original de la obra de Broadway, John Lloyd Young, para que se pusiera en el papel de Valli también para el cine. El actor, que ganó el Tony por este personaje en 2006, demuestra que tener muchas tablas en el escenario no se traduce necesariamente en una buena interpretación delante de las cámaras de cine. Young es uno de los principales responsables de que Jersey Boys parezca a ratos un sketch de Saturday Night Live. Todo en su caracterización resulta forzado y artificial: sus manierismos, su aspecto, y sobre todo su voz. Para emular el característico falsetto del verdadero Valli, Young parece haberse inspirado más bien en un gato apareándose, lo que hace que nos parezca totalmente implausible cada vez que alguien queda sobrecogido por su voz sus alaridos o lo compara con un ángel (puede que esto sea cosa mía, que no soy un entendido en el tema).

Y los actores no son los únicos que desafinan. Todo en Jersey Boys parece hecho con desgana. Los valores de producción están sorprendentemente descuidados (el pobre uso de la animación por ordenador para completar los decorados y añadir extras, el bigote postizo de Gaudio siempre con el pegamento a la vista) y el pulso narrativo brilla por su ausencia: Eastwood pierde el norte en incontables ocasiones a lo largo del metraje y por completo durante la interminable recta final, cuando se encaja con calzador el conflicto de la hija de Valli. Solo parece haber algo de pasión (elemento indispensable en todo musical que se precie) durante la secuencia de los créditos finales, lo que hace plantearnos si quizás hubiera sido mejor confiar la adaptación a otro director. Uno menos interesado en las tribulaciones de la industria discográfica y en la (francamente poco interesante) biografía de estos personajes, y más en insuflar algo de vida y de espíritu musical a la película.

Valoración: ★★

Crítica: Begin Again

(L-R) KEIRA KNIGHTLEY and MARK RUFFALO star in BEGIN AGAIN

En 2006, una pequeña película rodada con dos duros provocó que cientos de miles de espectadores en todo el mundo desarrollaran una relación idílica y romántica con el cine y la música durante un tiempo. El musical indie Once, sueño húmedo de euro-dreamers, se convirtió en uno de los sleepers de 2006, gracias a su combinación de romanticismo “alternativo” y su melomanía de factura youtubera. Aquella película enamoró, literalmente, a muchos espectadores, que con ella descubrieron otro tipo de musical, uno íntimo y despojado de ornamentos, que en lugar de celebrar el espectáculo ensalzaba la importancia del proceso de composición musical, y lo utilizaba para contarnos cómo se enamoraban los protagonistas.

Su director, el dublinés John Carney, recupera esta idea para realizar Begin Again, una suerte de nueva versión de Once con presupuesto más elevado, reparto de estrellas y con la Gran Manzana como nuevo escenario. Begin Again es la historia de Gretta (Keira Knightley), una compositora británica que vive en Nueva York a la sombra de su prometido, Dave (Adam Levine), que está inmerso en pleno proceso de transformación en una gran estrella de la música gracias a su participación en una exitosa película (como la vida misma, que diría Carney). Una noche, durante una actuación en un bar del East Village, Gretta es descubierta -muy a su pesar- por el presidente de un sello discográfico, Dan (Mark Ruffalo), que le propone grabar un disco con él al margen de las majors, y de la ley, reclutando músicos amateur, familiares y amigos, y con distintas localizaciones de la ciudad de Nueva York como estudios de grabación improvisados para cada canción.

Cartel BEGIN AGAINBegin Again es una película tan común y predecible como reconfortante y universal, un dulce que no amarga a nadie, vaya. El filme despierta simpatía a base de buenas actuaciones, y echando mano de lugares comunes siempre complacientes -como el del padre ausente que conecta con su hija adolescente (Hailee Steinfeld, cómo no). Carney utiliza la misma fórmula que en Once, para presentarnos un romance en este caso mucho más soslayado que el de Guy y Girl, uno que lleva por derroteros inesperados, sobre todo en su desenlace. Lo queramos o no, Begin Again acaba calando a base de buenas intenciones, y sobre todo gracias a un notable casting y unas interpretaciones que rebosan química y naturalidad (los actores están tan cómodos, que a veces dejan de actuar y se limitan a disfrutar el momento). Keira Knightley rebaja sus cotas de histrionismo (sigue siendo la misma histérica de siempre, pero a menor escala), Mark Ruffalo está idóneo en el papel de rufián encantador (aunque necesite ir al logopeda urgentemente), y Adam Levine, líder del grupo Maroon 5, sorprende en su primer papel importante con una actuación que da con las notas adecuadas, fluctuando acertadamente entre la parodia y la humanidad a la hora de dar vida a su personaje.

Curiosamente, lo menos cuidado de la película son las canciones. Melódicamente funcionan, se quedan en la cabeza, y cumplen su propósito de acompañar emocionalmente a la historia y los personajes, pero fallan estrepitosamente las letras (subtituladas en su versión en castellano, claro está), que parecen haber sido escritas viendo la tele, tremendamente cursis y facilonas, incluso ridículas, tanto que en ocasiones uno se pregunta si estamos ante un elemento paródico. Se salva la inspirada pieza central de la banda sonora, la balada “Lost Stars“, interpretada por Levine. Aún con todo, la música está siempre en el corazón del relato, nos da las mejores escenas (la ruptura de Gretta y Dave, el paseo nocturno compartiendo iPod, la emocionante última grabación en la azotea) y marca el tempo de manera que Begin Again no tiene un solo bajón de ritmo, logrando la hazaña de componer el equivalente a un “disco” sin relleno innecesario. Carney no arriesga en ningún sentido, se limita a mantenerse en su elemento y repetir lo que se le dio bien una vez, incluyendo tímidamente varias reflexiones sobre el estado de la industria discográfica, pero nada más. Lo importante de Begin Again es tanto su relación como la de los personajes con la música, y cómo estos la utilizan para comunicarse y refugiarse, para curar heridas y mirar hacia el futuro. El resultado es una película tremendamente cálida y acogedora que despertará en más de uno la necesidad de perseguir un sueño.

Valoración: ★★★