Mujeres desesperadas – Series Finale

La vida desesperada

La manera más efectiva de concluir una serie longeva como Mujeres desesperadas es insistiendo en el carácter cíclico de la vida, regresando al instante en el que comenzó todo para mostrarnos lo que ha cambiado y lo que no cambiará nunca. Desde luego no es la técnica más original, pero es sin duda la que más agradece una audiencia que ha demostrado su fidelidad a lo largo de ocho años. Y en muchos casos es el único punto y final posible. Lo sabe Marc Cherry, que para el último episodio de su serie nos transporta directamente hacia el piloto, magnificando la sensación de llevar toda una vida en Wisteria Lane. No, no es la primera vez que nos ocurre. Como espectadores, ya estamos curtidos en esto de despedir a unos personajes que han acabado formando una parte muy importante de nuestra vida cotidiana. Y aún así sigue resultando duro. Porque aunque sabemos que debemos hacerlo, nunca estamos preparados para decir adiós a aquellos a los que queremos.

Lo justo -o más bien lo ideal- es asistir a una conclusión que aporte cierre, pero que nos asegure que estos personajes seguirán viviendo más allá de los créditos finales. Y el último episodio de Mujeres desesperadas logra precisamente eso. Completar una etapa vital de las protagonistas y dejarnos echar un vistazo a lo que les espera más allá de Wisteria Lane. Las cuatro mujeres desesperadas se liberan así de la audiencia para ingresar en sus nuevas vidas, comenzando un capítulo que nosotros solo podremos imaginar. Como de costumbre, la marcha del que ha sido el hogar hasta ahora es lo que introduce el verdadero cambio en los personajes al final de una serie. Susan, Lynette, Gabrielle y Bree abandonan el barrio una a una, enseñándonos que en ocasiones, para seguir avanzando, hay que dejar todo atrás. Duele. Pero así es la vida.

El final de Mujeres desesperadas está dividido en dos partes. La primera hora se encarga de cerrar la trama que ha situado a Bree Van De Kamp en el banquillo de los acusados, y la segunda se ocupa de lo que he explicado en los párrafos anteriores, despedirnos de los personajes y dejarlos marchar hacia sus futuros. Dos episodios en los que Marc Cherry realiza una labor estupenda proporcionándonos la conclusión más satisfactoria en todos los sentidos.

Adrenaline, fear. You’d be surprised what people can do.

El juicio del pueblo contra Bree Van De Kamp prometía llevar la serie hacia terrenos más espectaculares y excesivos, pero la contención de Cherry ha impedido que todo se saliera de madre. Solo al comienzo de “Give Me the Blame” saboreamos ese gusto a juicio mediático que podía haber resultado en ‘La revolución de las amas de casa’. Los titulares rezan “Housewife murder trial bombshell!”, y Bree aparece en el juzgado divina, con gafas de sol, cabello al viento (por cierto, todo a cámara lenta), rodeada de periodistas, y con su abogado tapándole la cara. Pero no, aunque a veces lo parezca, esto no es Los asesinatos de mamá, de John Waters. Así que centrémonos.

El caso del asesinato de Ramón Sánchez se había enrevesado de tal manera que por momentos parecía imposible que fuera a arreglarse el entuerto. De hecho, los episodios inmediatamente anteriores desaprovechan el tiempo con más tramas de relleno, reservando lo mejor para las dos últimas horas de la serie. Por esta razón, a pesar de los grandes momentos cómicos y sobre todo, los enervantes giros que parecían situar a Bree en un callejón sin salida, el juicio transcurre de manera precipitada, y concluye casi sin darnos cuenta. La razón principal, el semi deus ex machina encarnado por una moribunda Karen McClusky que salta a la palestra para defender a las amigas con las que ha compartido sus últimos años de vida. La Sra. McClusky se sienta en el banquillo después de que nosotros, con el corazón en un puño, no veamos salida posible al caso de Bree. Karen confiesa el asesinato de Ramón en una apasionada interpretación motivada por el amor hacia sus vecinas. En su sencillo y emotivo discurso recoge una de las ideas principales de Mujeres desesperadas, por otra parte un cliché muy socorrido (porque siempre funciona): la familia son las personas con las que compartes tus día a día. En última instancia, el juicio, además de acabar con nuestras uñas, sirve sobre todo para hablarnos de la profunda amistad de unas mujeres que harían cualquier cosa (incluso aceptar la cadena perpetua) por protegerse las unas a las otras.

Let me tell you something about neighborhood. It’s not just a bunch of houses in the same place. It’s a community. It’s lives that are connected, people who care about each other. I know it sounds sappy, but damn it, it’s true. And these wonderful people I’ve lived beside, well, they’re my family.

Some people never get to know the folks next door.

“Finishing the Hat” incide en la idea del ciclo completo de la que hablaba al comienzo de la entrada. La segunda parte de la series finale retrocede hasta la mudanza de Mary Alice Young al barrio residencial de Fairview, es decir, al momento en el que todo comenzó. A continuación, volvemos al presente, donde Susan Mayer informa a sus vecinas de que se marcha para siempre de Wisteria Lane. Es decir, el momento en el que todo acaba. La noticia de Susan es eclipsada por la aparición de una antigua vecina del barrio, la loca loquísima Katherine Mayfair, que regresa de París con una oferta de trabajo para Lynette. Katherine ha superado su fase sáfica, tiene un acento francés espectacular -quiero oírla decir croissant y chateaus hasta el último de mis días- y se ha convertido en una exitosa mujer de negocios que está levantando un imperio global de comida congelada. Está más fabulosa y divertida que nunca, pero su aparición estelar sirve tan solo para desencadenar un conflicto -el de siempre- en Lynette. Katherine se retira de los focos para que los demás personajes tengan sus finales felices. De hecho, no solo las cuatro protagonistas obtienen un cierre redondo. También nos despedimos de Renee y Karen. La primera se casa, la segunda fallece. Y sin embargo a ambas las despedimos en los momentos más felices de sus vidas.

Si “Give Me the Blame” recurre a un lugar común, un juicio al final de una serie, la última hora de Mujeres desesperadas echa mano de tres: una boda, una muerte y un nacimiento. Este puñado de clichés tienen una justificación muy evidente. Nos vienen a decir que cuando algo acaba, algo comienza. No es sino la gran metáfora de las series de televisión, y una de las ideas en las que Cherry insiste con el episodio. El montaje final al son de “Wonderful, Wonderful” condensa en dos minutos todo lo que ha hecho que nos quedemos hasta el final, a pesar de los muchos baches en el camino. La muerte de Karen, la boda de Renee y el nacimiento de la nieta de Susan y Lynette sirven de perfecto panegírico a una serie que nos ha hecho reír y llorar a partes iguales. Esta preciosa escena nos muestra un ciclo vital completo para ilustrar el posterior mensaje de Mary Alice: “Even the most desperate life is oh so wonderful.”

Las vidas de las cuatro protagonistas han recorrido un largo y pedregoso camino en sus años como vecinas de Wisteria Lane, del que sin embargo atesorarán la fuerte amistad que las ha mantenido unidas todo este tiempo. Reunidas alrededor de la mesa para jugar al póker por última vez, Susan, Bree, Lynette y Gabby prometen sacar tiempo en sus vidas para volver a reunirse en el futuro. Mary Alice nos golpea con la cruda realidad: “sus promesas son sinceras, pero eso nunca ocurrirá”. Este agridulce final nos transporta directamente a otro precioso final de serie, quizás uno de los más abrumadores de la historia de la televisión, el de A dos metros bajo tierra. Si Mujeres desesperadas comenzaba su andadura altamente influenciada por American Beauty, su final nos remite a otra obra de Alan Ball, y concretamente al montaje final en el que uno a uno, somos testigos del futuro de todos los protagonistas.

I am so crazy nuts about you, guys.

Gabrielle ha sufrido la mayor evolución de la serie. Se convirtió en madre de dos monstruitos, y a pesar de las dificultades, y sobre todo de su personalidad, ha logrado dominar el arte de la maternidad. Los problemas de su marido, y sobre todo el asesinato de su padrastro a manos de este, le han obligado a madurar, aportándole en el último momento su tan necesitada epifanía: todos se han sacrificado por ella, es hora de hacer lo mismo por los demás. De egoísta y superficial ex modelo a madre, amiga y mujer trabajadora con talento. Gabrielle y Carlos cierran ciclo con sus roles revertidos, y con la promesa de que lucharán por hallar el equilibrio en su matrimonio, disfrutando sin embargo de la emoción y los riesgos de estar constantemente bailando un tango.

Por otro lado, Bree lleva muchos años luchando contra las circunstancias de la vida para conservar -o recuperar- su estatus social. Desde un primer momento, se nos insistió en el problema de las apariencias y la fachada que mostramos a los demás, y Bree ha sido siempre la personificación de esta idea. Su conservadurismo ha chocado en todo momento con las personas en su vida, y es lo que tras el juicio, le impulsa a retomar ‘el buen camino’. Eso y el amor. Eso sí, Bree está condenada al elisabethtaylorismo, y sabemos que lo suyo con el abogado no será para siempre. Pero no importa, lo que Bree necesita, más que a un hombre que se quede a su lado para siempre, es volver a ser una Stepford Wife, una portada de libro de cocina, y si le dejan, la Presidenta de los Estados Unidos. ¿Por qué no?

Hasta el último momento, Lynette ha sido una persona manipuladora. Sus motivos han sido honestos (recuperar a su marido), pero sus acciones nos han recordado en todo momento a esa mujer testaruda y victimista que nunca está contenta. La oferta de trabajo de Katherine introduce otro cliché. Lynette tiene la oportunidad de convertirse en presidenta de una empresa, pero en otra ciudad. Nos encontramos con el sempiterno conflicto del matrimonio Scavo. El final de Mujeres desesperadas nos devuelve las discusiones de las primeras temporadas -vaya, y de toda la serie, porque estos dos han estado siempre igual. Pero el fuerte brillo en los ojos de Felicity Huffman y Doug Savant cuando comparten escenas en “Finishing the Hat” nos indican que esto es el final, y que puede que algo esté a punto de cambiar de verdad. Lynette también tiene su epifanía: te pasas la vida intentando conseguir lo que no tienes para alcanzar la felicidad, y te olvidas de que ya eres feliz. Tom y Lynette deben estar juntos. Para siempre.

Por último, Susan Mayer ha sido siempre una mujer vulnerable, en gran medida debido a su dependencia absoluta de los hombres. Tras perder al amor de su vida, Susan da por finalizada una etapa. Se acabó lo de correr detrás de un hombre con el vestido de novia puesto. La muerte de su marido y el nacimiento de su primer nieto han alterado sus prioridades. Una Susan aferrada a los recuerdos que le han hecho feliz en Wisteria Lane se despide de su casa, dando la bienvenida a la mujer que hará de ella su nuevo hogar. Así concluye Mujeres desesperadas, con una de sus protagonistas pasando el testigo a una joven reticente a la vida en las afueras, por miedo a que sea demasiado aburrida. Qué ingenua. Como le advierte Susan, la vida en Wisteria Lane es de todo menos aburrida. Y en el fondo, ella lo sabe, porque como todos, esconde un secreto. De esta manera, Marc Cherry pone el broche final a su historia sobre apariencias, secretos y mentiras en los barrios residenciales. Una historia que además ha introducido en nuestras vidas a cuatro mujeres con las que hemos establecido un vínculo emocional inquebrantable, como ocurre con las mejores series. Les damos un beso de despedida a ellas. Y yo, por mi parte, creo que voy a asomarme al patio a hablar con mi vecina. Una mujer de la que sé muchas más cosas de las que ella cree.

Desperate Housewives Blogger’s Day: por qué la serie pasará a la historia de la TV

Con motivo del final de Mujeres desesperadas tras ocho temporadas en antena, las chicas de Con Series y a lo Loco han organizado un macro-evento blog que reúne a un gran número de blogueros TV para hablar de la serie desde sus respectivas webs. Se trata del Desperate Housewives Blogger’s Day (#DHBD), en el que cada blogger se encarga de un aspecto de la serie (personajes, season finales, los modelos de mujer, moda, homosexualidad, etc), intentando aportar una visión lo más completa posible de una de las series más influyentes de la última década. Yo me encargo de analizar las razones por las que, además de conservar un hueco para siempre en nuestro corazón, la serie de Marc Cherry pasará a la historia de la televisión. Al final de la entrada podéis encontrar enlaces al resto de piezas del puzzle DHBD. Que lo disfrutéis. Y ya sabéis, Kiss Them Goodbye.

MUJERES DESESPERADAS Y LA EDAD DORADA DE LA TV

Sin duda alguna, 2004 marca el inicio de una revolución en la ficción televisiva, un periodo de transformación en los productos y en los hábitos de consumo que a día de hoy se han asentado como norma en todo el mundo. Lo que se vino a llamar la Tercera Edad Dorada de la Televisión, inaugurada oficialmente por Los Soprano en 1999, se extiende hasta día de hoy. Ya no hablamos de Edad Dorada de la Televisión, hablamos de televisión a secas. Lo cierto es que podemos identificar las dos fechas mencionadas como orígenes separados en el tiempo del mismo movimiento. Si a finales de los 90, la televisión por cable demostraba las posibilidades narrativas del medio en relación -u oposición- con el ámbito cinematográfico, 2004 supone la consagración definitiva de las cadenas generalistas como creadoras de quality television, después de una década de experimentación. Canción triste de Hill Street y más tarde El ala oeste de la Casa Blanca otorgan las credenciales necesarias: hay vida, y calidad, más allá de HBO.

Los cinco años transcurridos entre ambas fechas es el tiempo lógico que llevó a las networks darse cuenta de lo que se podía hacer con la ficción seriada. Con dos grandes estrenos, Perdidos y Mujeres desesperadas, ABC reinstauraba el interés de la audiencia masiva por las series, tras un periodo de saturación de programas de telerrealidad. La serie de J.J. Abrams es considerada la piedra de toque de la nueva ficción TV, íntimamente ligada a la experiencia del espectador en Internet. Por su parte, el impacto de Mujeres desesperadas se desvaneció más rápidamente. Sin embargo, la serie de Marc Cherry, tras ocho -irregulares- temporadas en antena, ocupa por derecho propio un lugar privilegiado en la historia del medio, y concretamente en el panteón de la televisión de calidad. Veamos por qué.

LA HISTORIA TRAS LAS VALLAS BLANCAS

A principios de la década de los 90, Twin Peaks agitó violentamente la pacífica existencia del espectador medio norteamericano, y supuso la consolidación de los dramas TV estadounidenses en las audiencias internacionales. Se instauraba el gusto por las pequeñas comunidades que esconden oscuros secretos, y los misterios criminales ambientados en paisajes suburbanos. Marc Cherry recuperó con Mujeres desesperadas esta tradición televisiva, aprovechándola al máximo para construir su discurso sobre las apariencias y las relaciones entre vecinos. Jugando un poco a ser el Sam Mendes de American Beauty –influencia que regresa con fuerza para el final de la serie-, Cherry nos planteó la pregunta “¿Conocemos realmente a nuestros vecinos?”

A su vez, Mujeres desesperadas visibilizó a la ama de casa, convertida esta vez en una figura martirizada, una víctima de la vida, y en definitiva, una heroína posmoderna. Susan, Lynette, Gabrielle, y sobre todo Bree Van De Kamp, se convirtieron en arquetipos y referentes para todas las ficciones televisivas posteriores. El impacto de estos cuatro sólidos personajes sirvió para crear una tendencia en la televisión, la exploración de los dramas cotidianos del ama de casa magnificados bajo el prisma de lo trágico y lo patético, y a un nivel más amplio, las historias protagonizadas por mujeres de más de cuarenta. Sin embargo, es el aspecto puramente cómico lo que más ha transcendido en series posteriores, concretamente en las de ABC, que ha reservado un lugar privilegiado para la mujer de edad media en su oferta de ficción. Si Carolyn Burnham es el referente moderno del ama de casa desesperada en el cine, las cuatro protagonistas de la serie de Cherry -e insisto, Bree en especial- se convierten en modelo narrativo en el ámbito televisivo.

LA DIGNIFICACIÓN DE LA SOAP-OPERA

Mujeres desesperadas es un claro ejemplo de la hibridación genérica que presentan casi todos los productos televisivos de la última década. La serie de Cherry no trata sobre grandes dinastías, pero maneja las pasiones de sus protagonistas como si así fuera. Hasta el momento, se hacía casi impensable hallar la calidad propia de otras propuestas más puramente dramáticas en una serie categorizada muy a menudo como “telenovela” o “soap-opera”. Sin embargo, la incorporación de misterios que enganchaban irremediablemente al espectador, y sobre todo el finísimo tratamiento de la comedia -con un adecuado toque oscuro- obligaba a añadir siempre “de calidad” al final de esta denominación.

Los grandes arcos argumentales que ocupan toda una temporada acercan la serie a los preceptos de las soaps -sobre todo a las emitidas en prime time, como Dinastía o Falcon Crest. Esto, combinado con su carácter altamente episódico -los capítulos suelen contar con un tema principal que motiva y unifica las tramas- la convierten en un producto modélico de la quality television. La habitual presencia de conflictos sentimentales, confrontaciones entre familias con pasados oscuros y la pasión melodramática de muchas escenas encuentran su origen en la telenovela, y es lo que hace que el espectador la considere un guilty pleasure de manual. No obstante, Mujeres desesperadas desarrolla y consagra un estilo multigenérico que ayuda a evitar el desprestigio habitual de la soap. Aun con todo, y a pesar de nuestra fidelidad durante ocho años, la serie de Marc Cherry vivió su gloria televisiva tan solo durante sus primeras temporadas, tras las cuales, la repercusión de la serie se desvanecía. Al fin y al cabo, un par de años más tarde llegaba Mad Men, la telenovela definitiva.

PERFECCIONAMIENTO Y CONSAGRACIÓN DE LA DRAMEDIA TV

Ver un episodio de Mujeres desesperadas supone adentrarse en un universo dual en el que pasamos de la carcajada al puchero en cuestión de segundos. ABC no ha inventado la dramedia, pero sin duda la ha explotado hasta la saciedad -con el consiguiente agotamiento del espectador- en gran parte de su oferta de ficción. La mid-season de la temporada 2004-05 traía consigo Anatomía de Grey, otro culebrón “de calidad” que fusionaba con éxito melodrama y comedia. Tanto la de Cherry como la de Shonda Rhimes son series cortadas por el mismo patrón: voz en off que inicia y concluye el relato y una sucesión de escenas que buscan la risa y la lágrima casi a partes iguales. Las podremos diferenciar por la banda sonora -ambas series cuentan con scores clónicos-, que establece el tono y prepara al espectador. A pesar del desgaste de la fórmula -ABC sigue insistiendo en ella año tras año-, Mujeres desesperadas puede considerarse precursora de un modo de hacer televisión que ha calado en toda la ficción posterior. Y lo cierto es que, a pesar de los altibajos, Desperate Housewives ha logrado su propósito con creces: nos ha hecho reír y llorar a lo largo de ocho temporadas.

REPERCUSIÓN Y LABOR SOCIAL

El origen de la serie es de sobra conocido por todos. El germen de Mujeres desesperadas surge de la historia de Andrea Yates, un “ama de casa desesperada” que ahogó a sus cinco hijos en la bañera tras un episodio psicótico, en teoría provocado por la depresión. Marc Cherry, que se encontraba junto a su madre cuando vio la noticia en televisión, consideró necesario indagar en los motivos de un hecho tan atroz, y cambiando asesinato por suicidio, se propuso humanizar la figura de la mujer perfecta tras la valla blanca que ‘de repente’ pierde la cabeza. Es el clásico “era una persona muy amable, saludaba siempre cuando pasaba por mi puerta, no me esperaba esto” elevado a gran discurso, que ha articulado la serie a lo largo de toda su andadura.

Esta idea, en parte también inspirada en la propia madre de Cherry y sus vivencias durante la infancia, sirve al productor para levantar la voz por un colectivo que se ha dado siempre por sentado. En lugar de adoptar una postura única, Cherry representa las posibles variantes de ama de casa en sus protagonistas, que a lo largo de toda la serie abanderan causas muy diversas: la mujer trabajadora, los distintos modelos de educación, y en definitiva, el derecho a elegir de la mujer. Todo con una idea en común: la lucha contra los prejuicios. Todos hemos adorado a una republicana afiliada a la Asociación Nacional del Rifle. Así que la labor de Cherry ha servido para algo.

A mitad de serie, Mujeres desesperadas introdujo a una pareja gay en Wisteria Lane. Ya desde la primera temporada se había tratado el asunto con Andrew, el hijo pequeño de Bree, sin embargo, la presencia de Lee y Bob se recibía como una oportunidad para contribuir a la normalización del matrimonio homosexual en televisión. Si bien al principio la audiencia se quejó de que los nuevos vecinos habían sido introducidos para crear diversidad pero poco más, el paso del tiempo ha acomodado y consolidado a la pareja en el barrio -recordad el precioso “He’s my neighbor!” de Lynette en el episodio 7×10- sin recurrir a conflictos forzados, ni tampoco a lecciones condescendientes o moralejas. Y de eso se trata precisamente.

IMPACTO EN LA CULTURA POPULAR

Si algo ha contribuido a que Mujeres desesperadas ingrese en la memoria colectiva es la gran constante de sus ocho temporadas: las cuatro protagonistas. Más que modelos de comportamiento, maniquíes de moda o arquetipos narrativos, Susan, Lynette, Bree y Gabrielle han sido nuestras vecinas a lo largo de casi una década. Es por ello que nos duele despedirlas para siempre, aunque tengamos la absoluta certeza de que permanecerán en la historia de la televisión, ocupando el lugar privilegiado que les corresponde. Sin embargo, y a pesar de la harmonía y coralidad de la que ha hecho gala la serie, sería injusto no destacar a Bree Van De Kamp -manque pese a Teri Hatcher-, personaje convertido en auténtico icono del siglo XXI. Aunque las otras tres protagonistas no anden a la zaga, Bree es, y será la mujer que ha bombeado el corazón de la serie, el ama de casa que ha personificado en todo momento las ideas principales de Mujeres desesperadas. Será imposible olvidar a Susan, Lynette y Gabby. Pero Bree, a ti te amaría aunque fueras una asesina. Dejando a un lado el peso que ha recibido el personaje de Marcia Cross a lo largo de la serie -y en especial en su recta final-, no cabe duda de que juntas, alrededor de una mesa llena de cartas, fichas de póker y copas de vino, es como las cuatro mujeres desesperadas han alcanzado la inmortalidad catódica.

 

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Mujeres desesperadas, “Women and Death” (8.17)

Por regla general, la vida es una zorra. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte nos enseña su cara? Que la vida de repente adquiere un nuevo valor. Sí (léase con la cadencia de Mary Alice), nos han dado esa lección en infinidad de ocasiones, pero si se nos sigue insistiendo es precisamente porque la olvidamos muy fácilmente. Las mujeres de Wisteria Lane llevan muchos años coqueteando con la muerte en sus diversas facetas, pero es ahora cuando esta se les presenta como revulsivo, como oportunidad definitiva para hallar el sentido a sus existencias. El episodio “Women and Death” nos devuelve la clásica estructura de cuatro segmentos -uno por protagonista- que Mujeres desesperadas tanto ha explotado a lo largo sus ocho temporadas. El agotamiento de la fórmula se puso en evidencia en aquel infame “If…” (6.11), en el que las desesperadas se preguntaban qué habría sido de ellas si hubieran tomado otras decisiones importantes en sus vidas. Sin embargo, “Women and Death” saca el máximo provecho de esta estrategia narrativa, regalándonos a estas alturas un episodio que, sin ser uno de los mejores, demuestra el rumbo certero que la serie de Marc Cherry ha tomado en sus dos últimas temporadas.

En “Women and Death”, las vidas de Bree, Lynette y Gabrielle están a punto de ingresar en una etapa de inflexión que va a llevar al espectador hacia la recta final de la serie. De esta manera, la ubicua muerte de Mike Delfino permite avanzar la historia -quizás un tanto precipitadamente- hasta el punto deseado. Mike nunca fue un personaje interesante, y es por ello que su episodio homenaje no es sino una excusa para seguir explorando la evolución de las cuatro mujeres protagonistas. No podía ser de otra manera. Delfino llevaba siete años siendo un personaje comparsa, uno cuya única cualidad puede resumirse en una frase que se repite a lo largo del episodio: Mike es una buena persona. Nunca ha habido intención de explorar el personaje más allá de su honestidad e integridad, y es así cómo le decimos adiós. Este es uno de los mayores aciertos de un episodio que podría haber recurrido al dramatismo más culebronesco y que en su lugar construye un relato sosegado y contenido -exceptuando alguna concesión al sentimentalismo barato, como Renee cantando “Amazing Grace” en el funeral- acerca de la pérdida y lo que esta conlleva. La muerte de Mike se revela entonces como un sacrificio si no necesario, al menos conveniente, para acercarnos a la gran conclusión.

Los flash-backs de “Women and Death” están formados por breves secuencias, instantes aparentemente insignificantes, que nos dejan ver la importancia capital de los hombres en las vidas de las protagonistas. Si se busca un mensaje de emancipación femenina, está claro que esta no es la serie. Ya veremos si en los últimos episodios se opta por dar a las protagonistas una conclusión que no esté directamente relacionada con sus maridos -la última secuencia del capítulo es la clave. Pero de ser así, aun no es el momento. Ellas son -como siempre- las protagonistas; ellos, su razón de ser: Gabrielle se da cuenta de que su marido no ha dejado nunca de apoyarla, ni siquiera en los peores momentos de este, y decide que es hora de hacer lo mismo por él. Correcto; Lynette se remonta a su primera cita con Tom -esas pelucas son peores que el croma de Ringer– para concluir que deben estar juntos, para siempre. Necesario; Bree, que ha estado con demasiados hombres a lo largo de la serie, protagoniza la mayor regresión del episodio, hacia el mismísimo origen de su personalidad: su madre, para a continuación acordarse de su primer marido, Rex -encarnizada lucha de bótox entre Marcia Cross y Steven Culp. Conmovedor; Finalmente, Susan nos lleva a un diner para regalarnos la mejor escena del episodio: la importancia de una hamburguesa y la verdad sobre el Cielo. Perfecto.

Como diría Lana del Rey, “Heaven is a place on Earth with you”. Gracias por recordárnoslo, una vez más.

 

El arte de poner títulos

Dime el título del episodio y te diré qué tipo de serie ves. Hay muchas maneras de hallar creatividad en una ficción televisiva. Una de ellas es sin duda la fórmula que las series usan para dar título a sus episodios. Como comprobaremos, hay casi tantas maneras de titular un capítulo como series. La repetición es una de las técnicas más recurrentes, pero las variaciones son infinitas. En algunos casos, establecer una regla para poner títulos puede resultar un auténtico desafío a largo plazo, sobre todo si la serie en cuestión se mantiene muchas temporadas en antena: las ideas se acaban no solo para escribir los argumentos, sino también para poner los títulos. En otros casos, los títulos serán tan descriptivos que no indicarán ningún grado de creatividad, por lo que no podemos asumir que estos son reflejo de lo que nos vamos a encontrar en la serie. En resumen, el esfuerzo a la hora de dar título a los episodios no tiene por qué ser reflejo de la originalidad de una serie, sino que más bien es un curioso aspecto de la maquina publicitaria de la televisión, y en muchos casos, un buen pasatiempo para los guionistas y productores de las series. Incluso para nosotros. No lo voy a negar, a mí me encanta poner títulos a todo. Además, analizar el título de un episodio antes de verlo puede dar mucho juego entre los espectadores. Repasemos algunas de las fórmulas más conocidas y destacables:

Episodios sin título

No sabemos si es por pereza o con la intención de potenciar la cualidad altamente serial de algunas ficciones, pero muchas series no tienen título oficial para sus episodios, por lo que para identificarlos hay que recurrir a su número de producción o emisión. Esto hace que sea más difícil ubicar los episodios. Sin embargo, cuando uno destaca por encima de los demás no importa que no haya título, lo recordaremos sin problemas por su número. Es lo que ocurre con Queer as Folk. Probablemente nadie podrá decirme, sin mirar una guía, de qué va el episodio 3×05, pero todos sabrán de qué estoy hablando si digo “1×22”, y sobre todo, “5×10”. Más recientemente, Episodes, la serie de Matt LeBlanc ha decidido numerar, pero no titular sus capítulos.

Una palabra (como mucho dos)

Smallville es una de las series que vienen a la mente cuando pensamos en títulos de una sola palabra. La ficción sobre el joven Superman nos ayuda a identificar los episodios o bien con palabras sencillas (“Cool”, “Hug”, “Crush”, “Unsafe”, “Bound”), con palabras un poco más rebuscadas, que suenan ciertamente exóticas para los anglosajones (sufijos, prefijos y palabras de origen griego y latino como “Veritas”, “Hydro”, “Metallo”) o nombres propios (“Ryan”, “Zod”, “Lara”). Solo el episodio especial “Absolute Justice” tiene dos palabras en su título. House no sigue una fórmula férrea, pero la mayoría de sus títulos suelen estar formados por una palabra, o muy al estilo Tarantino, con dos (“Sex Kills”, “Skin Deep”, “Lucky Thirteen”, “Simple Explanation”, “House Divided”). En la primera temporada de The Good Wife también se usaba una sola palabra para los títulos de sus episodios (“Stripped”, “Unorthodox”). Nada raro hasta ahí. Si embargo, los capítulos de la segunda están formados por dos palabras (“Double Jeopardy”, “Silly Season”). Y los de la tercera, actualmente en emisión, por tres (“The Death Zone”, “Feeding the Rat”). Miedo nos da que la serie llegue a durar tanto como Urgencias.

Títulos crípticos

La reina de los títulos bizarros y en ocasiones indescifrables es el clásico Expediente X ( “Kitsunegari”, “Herrenvolk”, “Gethsemane”). Además, la serie de Chris Carter es quizás la que más rechaza por sistema la traducción de sus títulos, sobre todo porque el porcentaje de idiomas distintos al inglés utilizado es muy alto: “Sein und Zeit”, “Agua Mala”, “Je Souhaite”, “El Mundo Gira”, “Folie à Deux”. Sin embargo, aunque no lo parezca a primera vista, todos los títulos de Expediente X hacen referencia directa a la historia que cuenta el episodio en cuestión.

Por otro lado, Perdidos, a pesar de no jugar al título más raro como Expediente X, es conocida por esconder mensajes y autorreferencias, para lo que recurre en muchas ocasiones a frases o palabras repetidas a lo largo de la serie, haciendo así hincapié en la importancia capital de la continuidad: “Live Together, Die Alone”, “Man of Science, Man of Faith”, “Whatever Happened, Happened”, “What Kate Does”. Perdidos también es experta en inventarse títulos que no adquieren significado hasta que ha terminado el episodio (“Lockdown”, “The Man from Tallahassee”).

Conjunciones, artículos, preposiciones y demás

Una de las fórmulas más recurrentes es la de enlazar el título de la serie con el del episodio, de manera que cada capítulo incluya directa o indirectamente el título de la serie. En otras ocasiones, el título del episodio comenzará con una preposición, un artículo, una conjunción, o bien combinaciones gramaticales variadas. Veamos los ejemplos más conocidos.

Friends es indudablemente una de las series que más hondo han calado en nuestra cultura, y no solo por sus personajes y argumentos, sino también por la forma de titular sus episodios, siempre empezando con la expresión ‘The One’. Los capítulos de Friends son fácilmente reconocibles con tan solo echar un vistazo a sus altamente descriptivos títulos (“The One With the Sonogram”, “The One Where No One’s Ready”, “The One Where Everybody Finds Out”).

Todos los episodios de Scrubs comienzan con el posesivo ‘my’ (“My Bad”, “My Karma”, “My Super Ego”), permitiendo diferenciar los episodios especiales en los que la focalización varía, con el uso de otros pronombres (“His Story”, “Their Story”). Las misiones de Chuck se catalogan con el nombre del protagonista junto a la preposición’versus’ (“Chuck Versus the Intersect”, “Chuck Versus the Marlin”, “Chuck Versus the Suburbs”). Muchas otras series recurren sencillamente al artículo ‘the’ para todos sus episodios, por ejemplo The O.C. (“The Model Home”, “The Girlfriend”, “The End’s Not near, It’s Here”). Más recientemente, 2 Broke Girls usa la conjunción ‘and’ para complementar cada semana el título de la serie, sin el que los títulos aislados no tendrían sentido (“And the Rich People Problems”, “And the 90s Horse Party”). Por supuesto, ya lo habíamos visto antes. Por ejemplo en la comedia de Lea Thompson Los líos de Caroline, en la que, como ocurre con Chuck, sí se incluía en nombre de la protagonista en todos los capítulos (“Caroline and the Condom”, “Caroline and El Niño”).

Títulos musicales

La ABC tiene dos series en antena que comenzaron el mismo año (2004), y cuyos episodios se titulan como canciones o versos de canciones. En el caso de Mujeres desesperadas, todos los capítulos hacen referencia a algún musical. Más concretamente, casi todos provienen de alguna pieza compuesta por Stephen Sondheim (“Ah, But Underneath”, “The Ladies Who Lunch”, “Running to Stand Still”). Por otra parte, Anatomía de Grey utiliza canciones de género pop/rock, la mayoría muy conocidas (“Kung Fu Fighting”, “Sympathy for the Devil”, “I Will Survive”).

Nombres propios

Los episodios centrados en un solo personaje de un amplio cast de protagonistas son muy habituales desde que Perdidos lo convirtió en tendencia en la ficción televisiva de principios de siglo. Cada capítulo de la británica Skins se titula como el personaje en el que se centra (“Tony”, “Jal”, “Alo”, “Franky”), utilizando “Everyone” para las season finales en las que todas las historias convergen. Por otro lado, In Treatment nos permite asistir a las sesiones semanales de psicoterapia de un número de pacientes. Estos dan nombre a cada episodio, que además nos indica en qué semana de la terapia nos encontramos (“Sophie – Week Eight”, “Walter – Week Three”, “Frances – Week Six”).

Títulos POP

Hay series que ponen tanto esfuerzo en sus argumentos como en las obligadas referencias a la cultura popular que caracterizan a algunos géneros. La cadena CW parece haberse especializado en este tipo de ficción, apuntando con sus series adolescentes al target que más agradece los juegos de palabras en los que descubrir títulos de películas o frases hechas y expresiones de rabiosa actualidad (en muchas ocasiones vinculadas a fenómenos efímeros de origen en Internet). Los títulos de Gossip Girl juguetean con clásicos del cine cada semana: “Seventeen Candles”, “Desperately Seeking Serena”, “Southern Gentlemen Prefer Blondes”, “Petty in Pink”). Sin embargo, las que son posiblemente las mejores series estrenadas en esa cadena (cuando era UPN), Las chicas GilmoreVeronica Mars, abrieron la veda: “The Deer Hunters”, “Foregiveness and Stuff” o “Emily In Wonderland” son algunos títulos de la primera. “Ruskie Business”, “Mars vs. Mars”, “Leave It to Beaver”, “Cheatty Cheatty Bang Bang” lo son de la segunda. Aunque la tendencia actual sea hacer referencia a clásicos (o no tan clásicos) del cine y la música, los juegos de palabras (pop o no) en los títulos de las series siempre fueron muy habituales. Sexo en Nueva York, por ejemplo, tomaba refranes, frases populares o expresiones hechas y les daba el toque picante que definía a la serie (“No Ifs, Ands, or Butts”, “What’s Sex Got to Do With It?”, “Great Sexpectations”).

Los diálogos aportan el título

Una de mis técnicas favoritas es la que consiste en extraer una frase de algún diálogo para formar el título del episodio. Me proporciona una curiosa satisfacción llegar a ese momento en el que descubres quién es el personaje que pronuncia esa frase, en qué contexto ocurre y a quién se dirige. Damages utiliza esta fórmula, y gracias a la constante tensión que desprenden los diálogos de la serie, sus títulos son especialmente potentes (“And My Paralyzing Fear of Death”, “Do You Regret What We Did?”, “They Had to Tweeze That Out of My Kidney”). Uno de los nuevos estrenos de la temporada, Ringer, también sigue este patrón (“If You Ever Want a French Lesson”, “It’s Gonna Kill Me, But I’ll Do It”, “A Whole New Kind of Bitch”). No solo es divertido escuchar la frase durante el episodio, sino que aumenta considerablemente la expectación antes de verlo.

Otras tendencias

Como decíamos al comienzo de la entrada, el número de posibilidades a la hora de dar título a los episodios es infinito. La originalidad de la propuesta es en muchas ocasiones directamente proporcional a la singularidad de los títulos. Por ejemplo, la revolucionaria 24, narrada a tiempo real en temporadas de 24 episodios que cubren un día completo, organiza sus temporadas haciendo corresponder cada hora completa con un episodio. Sin embargo, no todas las temporadas comienzan a la misma hora, por lo que todo puede resultar muy confuso (por ejemplo, el episodio titulado “Day 2: 10:00 P.M. – 11:00 P.M.” sería el 2×15, pero “Day 4: 10:00 P.M. – 11:00 P.M.” sería el 4×16). La protagonista de Wonderfalls trabaja en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Su vida cambia cuando los objetos inanimados se empiezan a comunicar con ella. Cada episodio se centra en uno de esos objetos, dándole además título (“Pink Flamingos”, “Lying Pig”, “Totem Mole”). En The Big Bang Theory, todos los capítulos tienen por nombre una teoría, un experimento o un principio científico con el que se relaciona la trama (“The Dumpling Paradox”, “The Friendship Algorithm”, “The Bozeman Reaction”). Por último, los 70 episodios de la serie de Showtime The L Word comienzan con la letra ‘L’ (“L’Ennui”, “Limb from Limb”, “Lobsters”), sin excepción.

Mujeres desesperadas: siete años no es nada

Que sea Mujeres desesperadas la serie que me anime a retomar esto de bloggear sobre televisión no es casualidad. El culebrón de qualité de ABC es desde su estreno en 2004 uno de los buques insignia del nuevo drama televisivo norteamericano. Claro que esta afirmación queda obsoleta teniendo en cuenta que eso de “nuevo” es ya difícilmente aplicable a las series más longevas que se resisten a echar el cierre definitivo. Series como Anatomía de Grey, House o la que nos ocupa en esta entrada continúan estirando su acomodado éxito, con mejores y peores resultados. En el caso de las dos primeras, la innovación y la búsqueda del más difícil todavía son los ingredientes básicos para la supervivencia en antena. En el caso de Mujeres desesperadas, nadie hacía nada al respecto. El desgaste de las últimas temporadas no parecía preocupar a sus productores, que dejaban que la serie cayera en el más profundo hastío y el peor de los ridículos. La nueva edad dorada del drama en las networks entraba hace unos años en un inminente receso -acentuado por el anunciado final de Perdidos– y hacía necesario un cambio. Marc Cherry parecía ajeno a todo esto.

La cada vez más competitiva parrilla televisiva norteamericana -en la que los estrenos de cable obligan a las generalistas a ponerse las pilas- hizo que Mujeres desesperadas se saldase con un considerable -y merecido- bajón en las audiencias. Cuando uno había tirado la toalla con las vecinas de Wisteria Lane, Marc Cherry decidía hacer algo para recuperar a la audiencia. Y, ¿cuál es el mejor anzuelo para buscar el beneplácito de un público enormemente agotado? ¿Trucos como los tan desgastados saltos en el tiempo? ¿Drásticos cambios en el reparto? ¿Reinvención absoluta? Nada de eso. Más bien un simple regreso a la calidad. El final de la desastrosa sexta temporada de la serie de Cherry adelantaba un giro al que muchas series recurren cerca del final de su andadura: el regreso a los orígenes. Para muchas de estas series, la regresión supone una mera ilusión. No obstante, la séptima temporada no utiliza a Paul Young como reclamo fatuo, sino que saca el máximo provecho del personaje y lo convierte en acicate para la historia, y en última instancia, para el espectador. Paul desencadena un arco narrativo que durante la primera mitad de la temporada nos devuelve la esencia más pura de Mujeres desesperadas.

Sin duda es “Down the Block There’s a Riot” (7.10) el episodio estrella de la temporada, precisamente por hacer converger de manera magistral las tramas menores de los episodios anteriores con el plan maestro de Paul Young -desde ya mi malo favorito de la serie. Por si eso fuera poco, “Riot” aúna los principales leit-motivs de la serie y construye la perfecta parábola suburbana que funciona como pieza independiente del resto de la serie, a pesar de no contar nada nuevo con respecto a los seis años anteriores. El tono afectado y grandilocuente del episodio bordea el ridículo, pero no llega a tocarlo en ningún momento. En su lugar, una tensión que no se manejaba con tanta precisión desde “Bang” (3.07) hace que temamos por el bienestar de los personajes y que no seamos capaces de despegar la mirada durante los intensísimos últimos diez minutos.

“Riot” es el ya tradicional episodio de catástrofe de la temporada. Sin embargo, esta vez la catástrofe proviene del corazón del barrio residencial, y no es provocada por un agente externo. Los responsables son los propios vecinos de Wisteria Lane convertidos en una masa desquiciada y descontrolada, un gran monstruo con cabeza de elefante que destroza vallas blancas a su paso y que solo se detiene cuando deja de ver la paja en el ojo ajeno. Y es Lynette la encargada de aportar el clímax durante la locura, de abrir los ojos al monstruo, con tres sencillas palabras directamente desde las entrañas. “He’s my neighbour!” Tres palabras que funcionan como símbolo y eslogan, como indicio de lo que Mujeres desesperadas fue y, sorprendentemente, aún puede llegar a ser.

El episodio podría funcionar como conclusión definitiva de la serie a nivel de discurso, puesto que ofrece las ideas más importantes condensadas y simplificadas brillantemente, además de aportar cierta conclusión cíclica. Sin embargo, no lo es, y eso quizás sea aún mejor. Encontrarse un episodio de estas características tras siete años, y después de un progresivo y lento desgaste, es sin duda una señal de que quizás no esté todo perdido, y Mujeres desesperadas se marche por todo lo alto. Si es que se decide a marchar de verdad.

Finale Week: Mujeres desesperadas

Y la semana dedicada a los finales de temporada en fuertecito no ve la tele llega a su decimoquinto día. Qué cosas, Fuertecito tiene el poder de alargar el tiempo. Eso, y que sus obligaciones académicas le han impedido actualizar el blog [fin del uso de la tercera persona]. Hace ya tanto tiempo que vi los finales que me quedan por comentar, que no solo he olvidado los episodios, sino que también he olvidado lo que quería decir sobre ellos. Sí, señores, así es el nuevo seriéfilo. No queremos admitirlo, pero la inabarcable oferta “de calidad” de la tele norteamericana nos obliga a convertirnos en consumidores compulsivos, a devorar las series sin dejarlas reposar, y hacer cosas como tragarse nueve episodios de golpe para terminar una temporada y tener tiempo para empezar otra serie o continuar una que tenías parada hace meses. Demasiadas series, demasiado poco tiempo. Y este modo de consumir televisión se hace más inevitable aún si, como este año, la oferta de las cadenas generalistas da un bajón de calidad considerable. Las buenas series, los buenos episodios, se quedan grabados. Los episodios mediocres y patéticos se consumen y se tiran. Y de esos hemos tenido este año demasiados. Qué agotamiento. Y qué pena el cine, al que relegamos a un segundo plano porque ¡¡no hay tiempo para él!! Esto tiene que cambiar. Pero dejemos esta reflexión para otro día, y centrémonos en las series que nos quedan por comentar.

Si hay una serie que se ha ganado esta temporada la mayoría de vapuleos y abucheos por mi parte es Mujeres desesperadas. No me extenderé demasiado, puesto que ya he dejado patente en multitud de ocasiones mi opinión sobre esta sexta temporada de la serie de Marc Cherry: ha apestado como nunca. Ya no sirve ni para reírse de ella.

Es una pena que hitos catódicos como “Bang“, el episodio que confirmó que Mujeres desesperadas era mucho más que un placer culpable, queden totalmente sepultados por todos y cada uno de los episodios de la temporada que acaba de finalizar. Ya sabemos que el ritmo de la tele es vertiginoso, y que los espectadores, por muy analíticos, racionales y justos que seamos, no podemos evitar perder la perspectiva cuando una serie supera las cinco temporadas. Es decir, que a tenor del despropósito que ha sido la sexta temporada, es más fácil que cuando acabe la serie, recordemos Mujeres desesperadas desde la pena y el enfado por haber echado a perder algo realmente bueno, que por sus tres excelentes primeras temporadas (intentaremos luchar contra esto).

El último episodio de la temporada, “I Gess This Is Goodbye” -cántico que deberíamos entonar muchos, y que me consta que otros tantos han hecho- cierra el interminable misterio de la temporada, el de la familia Bolen. Angie & co. no han dado ni un solo buen momento de tensión e interés como antaño hicieron los Young o Betty Applewhite. Los guionistas -por llamarlos de alguna manera- han ido desgranando su pasado como si solo tuvieran preparados dos detalles sobre él y no quisieran desvelarlos hasta el final. Lo que queda en medio es mucha paja. Y si al menos estos personajes fueran mínimamente interesantes o carismáticos habríamos tenido algo para pasar el rato hasta que el estiramiento llegase a su fin, pero no -me consta que muchos no estarán de acuerdo con esto, pero a mí, Angie Bolen me ha parecido un personaje horrendo, y del resto de la familia, mejor no hablar. “I Gess This Is Goodbye” no solo da fin a la trama de los Bolen, sino que cierra la historia de Eddie, el asesino en serie adolescente de Wisteria Lane. No sé cuál de las dos tramas me ha parecido peor. Si la de los Bolen por aburrida y predecible, o la de Eddie por absurda y ridícula.

Por suerte, el final de esta temporada no llega al nivel de patetismo del último episodio de la quinta -quizás sea una ilusión provocada por lo que hemos aguantado durante nueve meses. Aunque tenemos que obviar muchas cosas para emitir un juicio mínimamente positivo sobre el episodio: los estúpidos problemas de Mike y Susan -no he podido odiar más a Mike Delfino esta temporada-, la bomba de Angie -me río a carcajadas en vuestra cara, de verdad-, el malvado interpretado por John Barrowman -evitemos comentarios que me tachen de cosas que no soy yo-, Orson -que a mí siempre me ha gustado, y tras esta temporada no puedo no unirme a su gran club de haters-, y sobre todo, sobre todo, la infame escena de reunión post-apocalipsis de Susan, Lynette, Gabby y Bree, en la que no se hace una sola referencia a los traumáticos eventos acaecidos en el barrio. Y no me habléis de elipsis, esto es lo que se llama “una mierda de guión”. Pensaba terminar este párrafo equilibrando la balanza y enumerando los aspectos positivos del episodio, pero me parece que sería injusto, además de suponer una tarea demasiado difícil.

El año que viene seguiré visitando Wisteria Lane -abandonar una serie después de seis años me resulta muy difícil, a pesar de todo lo anterior-, con la esperanza de que sea el último, y de que un episodio musical me haga olvidar todo el sufrimiento innecesario de este año. Cherry, pon a tus señoras a cantar, es lo único que puede arreglar este entuerto.

Para leer un amplio y certero repaso de la temporada a través de las principales tramas -las que más prometían-, os remito a esta entrada mi amigo Bertoff, el mayor amante de las desesperadas que conozco.

Mujeres desesperadas, "We All Deserve to Die" (6.19)

Esta semana, en Mujeres desesperadas:

1. Gabrielle se ofrece a Bob y Lee, los gays de Wisteria Lane, como donante de óvulos, pero cree que va a ser la madre y que va a tener influencia en la vida del bebé (claro, Gabby, claro). Cuando descubre, sorprendidísima, que Bob y Lee piensan criar solos al niño, vuelve a casa agradecida porque ve la cara de sus niñas gordas todos los días.

2. Bree sigue queriendo más a su hijo falso que a su hijo de verdad. La Van de Kamp se juega su carrera editorial en una noche, y está a punto de perderla porque alguien ha saboteado su menú. Orson abre los ojos (le cuesta) a Bree: Sam, su nuevo hijo y empleado puede estar detrás de todo. Más tonta que Gabrielle.

3. Susan atasca las tuberías de sus “amigas” de Wisteria Lane para que Mike tenga trabajo y no se sienta un fracasado y un mariquita por no poder hacer frente él solo al pago de su coche.

4. Lynette consigue el expediente policial de la prometida rusa de su hijo: es una timadora internacional que se casa con hombres para desaparecer después con todo su dinero. Lynette desenmascara a la rusa, que confiesa sus fechorías sin saber que su prometido está escuchándolo todo detrás de la puerta (!). Y hablando de “detrás de la puerta”, no podemos no mencionar la escena en la que Lynette está en el cuarto de su hijo, que llega de improvisto a casa, obligándola a esconderse detrás de la puerta del armario. Dos escenas abrumadoras. Bravo, bravo, bravo.

5. El ex de Angie (John Barrowman) está escribiendo la novela americana de siglo XXI. El chico Bolen, que le sirve café todos los días, le está ayudando, sin sospechar que es en realidad su padre, y que este ha decidido arrebatárselo a su madre por habérselo llevado lejos de él años atrás. Ley del talión y clímax desesperado. Qué bien.

6. Y se descubre quién es el asesino en serie de Wisteria Lane. Espera, ¿había un asesino en serie? Resulta que es el amigo de los gemelos Scavo, que al final del episodio se lleva a la rusa en coche y la estrangula. ¡Viva!

Hace unas temporadas, esta “mera” exposición de tramas no haría justicia a lo que en realidad era Mujeres desesperadas, una exquisita comedia dramática, un culebrón de calidad con personajes geniales y tramas muy divertidas, una gran serie que uno no debía juzgar por las tapas. Era fácil pensar que no había calidad en una serie de este tipo, pero la había, y a veces, en grandes cantidades. Hoy en día, las tramas de cada episodio, por muy ridículas que suenen, no representan a la vergüenza ajena que uno puede llegar a sentir viendo la serie. Calamidad.

Top Ten: Los personajes que más amo de la tele

Casi dos meses después de estrenar El fuerte de Fuertecito en blogspot con mi lista de personajes más odiados de la televisión actual, os traigo el yin de aquel yang, que si rehiciera a día de hoy, sería distinto con toda seguridad. Al igual que con la lista de más odiados, debo advertir que: a) es una lista absolutamente subjetiva (y altamente predecible y repetitiva, si seguís el blog), y b) se reduce drásticamente a personajes de las series norteamericanas en emisión que sigo actualmente, por lo que espero no ofender con ausencias y presencias, y que la ampliéis a vuestro antojo.Haciendo la lista, me he dado cuenta de que, aunque parezca lo contrario, no veo muchas series que estén actualmente en emisión. Que esta entrada sirva de resumen de lo que he estado escribiendo aquí estos últimos meses. Y si el tiempo me lo permite (uno puede soñar), empezaré y retomaré series para ampliar el contenido del fuerte.

10. Gabrielle Solis (Mujeres desesperadas)


Como no me canso de decir, Gabrielle sigue siendo lo mejor (lo único bueno, a veces) de Mujeres desesperadas, en una temporada en la que Marc Cherry tiene a todos sus personajes con el piloto automático puesto. Gabby es la madre más divertida y políticamente incorrecta de las networks norteamericanas, aunque últimamente pierda mucho fuelle por culpa de las lecciones morales que la serie nos quiere calzar con su personaje.

9. Crazy Claire/Locke Humo Negro (Perdidos)


Ex aequo para dos losties que antaño o me eran totalmente indiferentes (Claire), o me aburrían e irritaban enormemente (Locke). Supongo que soy fan de estos dos personajes en la última temporada de Perdidos porque ninguno de los dos es el que era. Claire está loca del c*** después de pasar tres años en la jungla creyendo que los otros se habían llevado a su bebé y Locke no es Locke, es el humo negro que ha tomado su forma. Ambos, por separado, son enormemente divertidos, incluso cuando no hacen ni dicen nada. Pero juntos son la bomba. Amigos para siempre.

8. Andy Bernard (The Office)


No sé si os habéis fijado, pero Ed Helms ha sido añadido como fijo a los créditos iniciales de la serie. Seguramente esto no sea más que una estrategia publicitaria, aprovechando el tirón del actor después de su éxito cinematográfico en Resacón en Las Vegas (The Hangover), una de las sorpresas de la taquilla de 2009. Sea como fuere, Ed y Andy lo merecen. Sí, como casi todos los secundarios de The Office. Pero Andy se ha ganado, progresivamente, un hueco en nuestros corazones. Sobre todo a partir de sus tramas amorosas, primero con Angela, y ahora con la adorable Erin (que podría estar en este puesto también). Bueno, y se lo ha ganado porque es genial, y punto.

7. Robin Scherbatsky (Cómo conocí a vuestra madre)




Y supongo que imaginabais que Robin estaría en la lista. He declarado mi amor por la canadiense de apellido imposible en incontables ocasiones. No sé explicar qué es exactamente lo que me atrae tanto de ella. Quizás sea su irresistible mezcla de locura, excentricidad, encanto e inocencia. “Especial” es la palabra que mejor la describe. “Espacial” a veces también sirve.

6. Daniel y Amanda Greystone (Caprica)


Otro inevitable ex aequo. Daniel es un villano sin serlo. Es un hombre de extraños principios (por decirlo de alguna manera), que antepone la obsesión por su trabajo a cualquier cosa. Es un personaje que no parece hacer concesión alguna al sentimentalismo o la compasión. Daniel Greystone es completamente fascinante. Y Eric Stoltz está construyendo uno de los personajes más complejos e interesantes actualmente en pantalla. Amanda, por su parte, me tiene medio obsesionado. Es una persona extraña y atormentada, algo rancia y desagradable incluso, y además de eso, es un personaje increíble, como su marido. Daniel y Amanda forman el matrimonio más interesante que he visto en mucho tiempo en televisión.

5. Meredith Grey (Anatomía de Grey)


Solo por verla en el episodio “Push” (6.17), parada, con cara de póker, mirando a su hermana en el suelo del aseo, llorando desconsolada, y no acercarse a ella, ni si quiera considerarlo una posibilidad (se lo vemos en la cara), ya merece estar aquí. Pero hay mucho más.

4. Cristina Yang (Anatomía de Grey)


Y si amo a Meredith de forma incondicional, pero me cuesta más convencer a la gente de las razones de ello, cuando digo que Cristina Yang es el mejor personaje de Anatomía de Grey, casi nadie me lo discute. Ya sea en registros cómicos o dramáticos, Sandra Oh insufla energía a su personaje, convirtiéndolo en el más vivo y visceral de la serie. Cuando está en escena con la número cinco, brilla aún más.

3. Michael Scott (The Office)


Michael es un personaje que consigue poner al espectador a prueba todas las semanas, con situaciones embarazosas que desafían la resistencia nerviosa y el límite de nuestra vergüenza ajena. Pero Michael no es solo eso. Es también uno de los personajes más tiernos y adorables jamás escritos. Parece incompatible, pero no lo es. El mérito es de Ricky Gervais, por crear un personaje tan grande, y de Steve Carrell, por construirlo con una pasión y entrega inigualables.

2. Patty Hewes (Damages)


Al igual que Michael Scott, Patty Hewes es otro de los personajes de esta lista que deben su maestría en gran parte al actor que les da vida. Que no podamos imaginar a otra actriz interpretando a Patty es un gran tópico, que en este caso, deberíamos usar a modo ilustrativo cada vez que recurriéramos a él. Desde el primer momento en el que la vemos en pantalla, sabemos que Patty es grande. Cuando uno llega a la tercera temporada, el placer que siente con todas y cada una de sus miradas y sus medias sonrisas es casi inaguantable.

1. Jack Shephard (Perdidos)


A ver dónde encontráis otro héroe de aventuras o ciencia ficción que llore en todos los episodios de su serie. Como no quiero terminar repitiéndome de nuevo (algo que me cuesta mucho a estas alturas), para saber por qué amo a Jack, podéis leer mi defensa a muerte del personaje aquí, o aquí, o aquí

Ahora vosotros. ¿A quién amáis?

Mujeres desesperadas, "My Two Young Men" (6.18)

Voy a enumerar lo mejor y lo peor el último episodio emitido de las desesperadas, siguiendo la tradición abandonada de mi amigo Bertoff (sí, él la inventó, ¿no lo sabíais?), el mayor incondicional de las damas de Wisteria Lane que conozco.

Lo peor

– Por supuesto, la indignante (por facilona e intrascendental) despedida de Katherine Mayfair.

– La trama de Gabrielle y Susan. Últimamente, la especialidad de los guionistas de Mujeres desesperadas es el reciclaje de guiones. Cogemos una trama vista hace un par de episodios (total, para qué disimular), tachamos “sistema de calificación por animales (girafas y leopardos)” y ponemos encima “venta benéfica de chocolatinas” y ya tenemos un buen cacho del episodio solucionado. Si al menos hubiera sido gracioso y no hubiera terminado en moralina más propia de Cosas de casa… Solo me he reído con Susan contando la historia de Barbara Briscoe: “Her mom gave her an antihistamine shot, which is technically a steroid, and she was juiced!”

– El bigote de Preston. Es más incómodo que ver a Katherine y Robin en la cama. Además, la guerra Lynette vs. Irina aburre hasta doler.

Lo mejor

– Dejando a un lado el componente “culebrón diurno” del hijo bastardo de Rex (que como es lógico, se apoya de espaldas en la pared y sonríe malevolamente sin que nadie lo vea), la trama actual de Bree está dando buenos momentos, como el protagonizado por Andrew y la guitarra (“Oh what fun indeed”). Más minutos para Andrew (y Danielle) siempre son bienvenidos.

– Lee. He decidido que me encanta, y quiero verlo jugando al póker asiduamente con las desesperadas. Es más, quiero que sea el sustituto de Katherine.

– Karen y Roy: “You could be that girl”.

– Jack “Hotness” de Torchwood aparece en Mujeres desesperadas como asesino implacable. No es que vaticinemos un gran giro para la anquilosada historia de los Bolen, pero siempre es bueno ver a John Barrowman. ¿Hará Marc Cherry, demiurgo mariquita, que también sea gay?

– Los niños de Mujeres desesperadas son geniales. Si normalmente Juanita se lleva todos los laureles, tengo que decir que M.J. le ha robado el protagonismo con creces en este episodio. Desde aquel capítulo en el que Susan y Mike creen que el niño es cortito, M.J. se ha convertido en un gran personaje. Mason Vale Cotton es oficialmente, en estos momentos, el mejor actor de la serie.