Faking It: La revolución sexual

Faking It beso

Solemos quejarnos de la ola de puritanismo, hipervigilancia y corrección política extrema que desde hace años influye en los productos audiovisuales dirigidos a los más jóvenes (y no tan jóvenes). Cuando echamos la vista atrás a nuestra infancia, nos sorprende descubrir que lo que veíamos entonces era mucho más oscuro y tenía muchas más capas de lo que recordábamos, y es cuando pensamos: “Qué tiempos aquellos, cuando no se nos sobreprotegía tanto. Nosotros veíamos de todo y mirad qué bien hemos salido”. Pero los tiempos han cambiado, y las generaciones han ido creciendo cada vez a un ritmo más acelerado. Por eso, mientras las series para niños son ahora (por lo general) más blancas e inofensivas, las que están protagonizadas por y orientadas a los adolescentes son más atrevidas y revolucionarias que nunca. Ser un adolescente hoy en día no es lo mismo que antes, y la ficción televisiva debe reflejar esa nueva realidad.

Actualmente, son dos las principales cadenas de televisión en Estados Unidos cuyo público objetivo es el adolescente, la CW y la MTV. La primera prefiere centrarse en el drama y la fantasía, mientras que la segunda lleva desde los 90 desarrollando un catálogo de comedias teen muy interesante, con el que han ido plasmando con mayor o menor acierto las tendencias de cada época. De los irreverentes retratos de la generación del grunge y el videoclip, Daria Beavis & Butthead saltamos a la etapa actual de la cadena, inmersa en la realidad de las redes sociales, el narcisismo y la libertad sexualAwkward. inauguraba un nuevo capítulo para MTV, con una propuesta que abordaba temas como el bullying, el sexo, el suicidio adolescente y la presión social de los institutos desde un punto de vista ácido y descarado. Pero el carácter incisivo de la serie se desvaneció pronto para dar paso a un culebrón interminable que perdía de vista su interesante premisa. Es entonces cuando llegaba a la cadena la serie que nos ocupa hoy, Faking It, hermana menor de Awkward. que no tardó en hacerle sombra.

Faking It puede parecer lo mismo que Awkward. en muchos aspectos. Tono, factura, temática, todo recuerda a la serie de la insoportable Ashley Rickards, pero (por ahora) supone un paso adelante con respecto a ella. Para empezar, el nivel interpretativo, sin ser para tirar cohetes, está mucho más alto, sobre todo en las escenas dramáticas. Pero es que además, Faking It lleva mucho más allá la idea del instituto como campo de batalla (con sus estratos sociales y luchas por el poder y la supervivencia), presentando una realidad en la que las fronteras sexuales se difuminan para darnos a conocer todo un abanico de posibilidades y orientaciones. Sin esto, estaríamos ante una serie resultona sin más, pero Faking It sabe jugar muy bien esa carta, partiendo de una premisa clásica de comedia de enredos que adapta con gracia al siglo XXI: Dos mejores amigas, Karma (Katie Stevens) y Amy (Rita Volk), están hartas de ser las parias del instituto e intentan por todos los medios convertirse en populares. Todos sus intentos fracasan, hasta que un compañero, Josh (Michael J. Willett), que cree que son pareja, las saca del armario públicamente. Así, Karma y Amy se convierten en las estudiantes más famosas de Hester High, por lo que deciden seguir fingiendo que son novias para conservar su repentino estrellato. Lo malo es que, mientras Karma es heterosexual, Amy se está cuestionando su sexualidad, y cree sentir algo por su mejor amiga.

Hester High

Esto es solo el principio, claro. La trama se ramifica y se enreda una y otra vez a lo largo de las dos temporadas que de momento lleva la serie. La primera, de tan solo 8 episodios, se centra sobre todo en la bonita y complicada amistad entre las dos protagonistas y el recorrido que ambas emprenden para descubrirse a sí mismas. Simpática pero mordaz, con una importante carga reivindicativa y efectivos momentos de ternura, Faking It no tarda en demostrar que posee la frescura que Awkward. perdió hace tiempo. Sin embargo, la duración extendida de su segunda temporada (20 episodios en total) empieza a pasarle factura. Faking It comienza a abusar del recurso del triángulo amoroso, se vuelve repetitiva en su empeño de ser fiel a su título (aunque las protagonistas dejen de “fingir” que son novias, se fuerza en todos los capítulos una trama en la que alguien miente, oculta o saca del armario a otro, o se hace pasar por alguien o algo) y acaba pecando de estiramiento y relleno. Por suerte, la segunda tanda de capítulos de la temporada que acaba de tocar a su fin (del 2×11 al 2×20) remonta el vuelo considerablemente. Y lo hace optando por una mayor coralidad y dando protagonismo al propio instituto y lo que este representa.

Siguiendo los pasos de Glee, Hester High se acaba convirtiendo en un símbolo de la liberación sexual y personal, un lugar en el que “todos te aceptan por como eres”, donde, tras mucho luchar, se rechaza la opresión de las etiquetas y se permite que cada uno busque la identidad propia a su ritmo (no tenerlo claro es normal, la serie retrata precisamente ese periodo de confusión). Faking It es una utopía en la que los adolescentes deben creer, un futuro muy posible que ya estamos construyendo, y que la ficción nos adelanta para ayudarnos a hacerlo. Sin dejar en ningún momento de ser una comedia ligera, a menudo cheesy, y con una importante carga erótica, sobre líos amorosos en secundaria, Faking It se desmarca de las demás series gracias a un variopinto plantel de personajes que contribuyen a normalizar la diferencia en el entorno adolescente (ser diferente es el nuevo negro), luchando contra la homofobia, la bifobia (ya era hora) y todo tipo de prejuicios relacionados con la comunidad LGBT+.

En Hester High y alrededores hay gays y heteros -y estos pueden ser mejores amigos, como es el caso del jock Liam Booker (Gregg Sulkin) y Josh-, lesbianas, bisexuales, bicuriosos, una chica intersexual (también se pasó Laverne Cox por un capítulo). Pero no solo eso, la serie incorpora una estudiante musulmana que viste hijab (la editora del tabloide del instituto), una chica en silla de ruedas y una enana, que, aunque sean personajes muy secundarios y nos recuerden que hace falta algo más de diversidad física y racial, contribuyen a la representación y visibilidad de sus colectivos, y no son definidas por esas características, lo cual es muy importante. Dejando a un lado sus fallos y tópicos (es una serie de MTV, tiene muchos), nos quedamos con esto: Faking It promueve la tolerancia y la aceptación de esta nueva realidad en la que el género binario se ha quedado obsoleto para describir nuestra sociedad, ofreciendo un paraíso queer en el que todo el mundo es bienvenido (sí, ¡los heteros también!) y nadie tiene por qué esconderse en el armario.

Crítica: Project Almanac

PROJECT ALMANAC

En Project Almanac, David Raskin (Jonny Weston), nerd de elevado cociente intelectual, socialmente inadaptado y (cómo no) con aspecto de modelo de Abercrombie & Fitch, encuentra junto a su hermana la cámara de vídeo de su difunto padre en el ático. En ella hay una grabación del día de su séptimo cumpleaños, donde David se descubre a sí mismo (o sea, a su yo del presente) reflejado en un espejo. Es la primera pista que le llevará a desempolvar un proyecto secreto del gobierno en el que su padre había estado trabajando antes de morir: una máquina del tiempo. Junto a sus dos mejores amigos, cerebritos pringaos, su hermana (un ente rubio sin personalidad) y la chica de sus sueños (que pasaba por ahí), el muchacho forma una suerte de “Club de los cinco” (en realidad son más “El club de los incomprendidos“) con el que logra poner en funcionamiento el dispositivo. El potencial de la máquina es ilimitado, y los chicos la usan como todos lo haríamos, claro está: tras descartar el asesinato de Hitler (chiste obligado), ganar la lotería, hacer cara a sus bullies, irse a desfasar a un festival de música, ser popular en el insti y conseguir que la chica se enamore de ti. Sin embargo, con cada aventura en el pasado van alterando el presente, hasta que el efecto mariposa desemboca en tragedias personales y a escala mundial.

Project Almanac posterAl igual que Ouija es “terror” para treceañeros, Project Almanac es “ciencia ficción” para la nueva generación MTV (cadena que produce el film). Dean Israelite, el realizador de la cinta, nos propone junto a los productores Brad Fuller (los remakes de La matanza de TexasViernes 13Ninja Turtles, la mencionada Ouija) y Michael Bay (sobran las presentaciones) una actualización del cine de viajes en el tiempo que amasa los tópicos recurrentes del género junto a los ingredientes artificiales de la nueva ola de ficción televisiva de la ex Cadena Musical. Es decir, aventuras clásicas, paradojas temporales, chicos guapos de catálogo de surf, chicas en bikini y shorts estranguladores aullando cachondas, espíritu y estética Spring Breakers, product placement (no falla el insólito plano de cierta bebida energética amiga de la cadena) y un falso halo de autoconsciencia e ingenio que pretende que nos la tomemos más en serio de lo que se merece (a lo Teen Wolf). Vamos, que durante todo su metraje Project Almanac se esfuerza en parecer lista, pero no puede ocultar la evidencia: será muy guapa y resultona, pero es tonta de remate.

Por esto, Project Almanac supone una oportunidad perdida. Tenía todo lo que hacía falta para postar como nuevo clásico de culto teen, pero se pierde en incontables agujeros narrativos y se autoboicotea recurriendo al hastiado estilo found footage en un intento de emular a Chronicle (2012) -la película busca desesperadamente motivos para que sus personajes sigan grabando pero no repara en que las escenas grabadas con un solo móvil no deberían tener montaje plano-contraplano. Cuando los protagonistas empiezan a construir la máquina del tiempo, se suceden las escenas sin sentido y la irrisorias explicaciones científicas a medias tintas. Pero da igual, antes de que nos empecemos a plantear de verdad lo pobremente hilado que está todo, la fiesta nos interrumpe, y nos damos cuenta de que el film no aspira a otra cosa más que a embelesar al adolescente salidorro con ganas de Lollapalooza (festival donde el film no le importa perder el tiempo). Para ello, Project Almanac incurre entre otras cosas en el sexismo más lamentable: ellos son los genios que aspiran a entrar en la universidad y obtener la gloria profesional, los que llevan la voz cantante en el proyecto mientras ellas se conforman con estar buenas, ser objetos de deseo y sujetar la cámara (literalmente, la hermana solo se pone delante de ella para enseñar cacho). Nada de esto nos sorprende teniendo en cuenta los distinguidos nombres que hay tras el proyecto, pero nos apena ver cómo lo que empieza como una más que decente y entretenida película de aventuras, que acaba convirtiéndose en otro Red Bull audiovisual.

Valoración: ★★

Review: Teen Wolf 4.01 “The Dark Moon”

Teen Wolf Season 4

No había hablado todavía del regreso de Teen Wolf porque básicamente no hay mucho que decir (aunque como siempre acabaré diciendo más de la cuenta). La serie ha vuelto con un par de cambios superficiales pero prometiendo la misma m. que en la tercera temporada. No se puede hacer un primer capítulo de temporada tan aburrido -esto va también por ti, True Blood. ¿Qué les pasa a nuestras series de verano? Aplicando el modelo de la review express que suelo hacer en la página de Facebok de fnvlt (es decir, pensamientos random sin hilo conductor), os dejo con lo mejor y lo peor de “The Dark Moon”, el primer episodio de la cuarta temporada de la serie.

Stiles Lydia 4x01

Lo mejor

Stiles sigue siendo el protagonista de Teen Wolf por derecho propio. El capítulo empieza con él (y con Lydia).

Lydia hablando español. ¿Cuántos idiomas y lenguas muertas sabe esta mujer? Cada vez está más claro que es una agente de 35 infiltrada en el instituto.

– La marcha de tantos personajes ha sido un revés a la serie. Pero hay que mirarlo por el lado bueno. No es que me alegre de que no estén Allison, Isaac y los gemelos Scavo, pero creo que puede ser positivo centrarse en este grupo reducido de teen detectives, esta manada de Scott formada por un lobo, un coyote, un zorro, una banshee y un humano. Todo muy cómic. La verdad es que, dejando a un lado fantasmadas y cutreces (las de siempre), los cinco funcionaron muy bien juntos en el episodio, y puede que esto reduzca la dispersión de la anterior temporada. Lo peor de Teen Wolf es que nunca sabe qué hacer con la mitad de sus personajes, y esto no pasa en “The Dark Moon”, donde todos tienen un papel importante y equitativo.

Kira sigue siendo adorable. Y su relación con Scott es lo más aaawwww de la serie. Un acierto ascenderla a protagonista (claro que no les quedaba más remedio).

Scott The Dark Moon

Lo peor

– En general, la serie sigue por los mismos derroteros: grandilocuencia innecesaria, ese tono épico que satura a los 2 minutos de empezar, y la ausencia del instituto y Beacon Hills, que es donde más nos gusta ver interactuar a los personajes -aunque este episodio es una especie de prólogo, así que seguramente la cosa cambiará. Y sobre todo: WIKIMITO. “The Dark Moon” está escrito por Jeff Davis, obviamente. Para que a este hombre le quiten el control de Teen Wolf tendrán que arrebatárselo de sus frías manos. Davis no ha hecho un cursillo para guionistas esta primavera, como le aconsejamos sus “fans” (esos fans a los que llama trolls porque le dicen que no hace bien su trabajo). Sigue incurriendo en los mismos errores, y mostrando los mismos vicios. NO sabe escribir, NO es capaz de desarrollar una historia original sin recurrir a mitologías ya existentes, y no se da cuenta de que el namedropping mitológico y las sobreexplicaciones y definiciones de palabros extraños que rellenan la mitad de los diálogos no cuentan como “historia”. Si en la tercera temporada teníamos mitología nipona, y la terminología hacía que dos de cada tres palabras fueran en japonés, este año tenemos folklore mexicano/azteca. PEREZA máxima, otra vez con lo mismo. Go home Jeff!!!

– La secuencia inicial, sobre todo los combates, mucho más torpes y peor filmados que de costumbre. Y en especial esa escena lésbica entre Kira y Malia, lo que confirma una vez más que Teen Wolf es gay-friendly solo por conveniencia. Que alguien le quite el carnet de gayer a Jeff Davis.

– Que siga sin explorarse la supuesta bisexualidad de Stiles. Es más, que se entierre cada vez más. Es canon, porque Davis lo ha confirmado en varias ocasiones, pero en realidad no lo es porque no lo hemos comprobado con nuestros propios ojos, más allá de dos o tres guiños para que los fans se emocionen (por nada) y sigan la serie con la esperanza de que en algún momento Derek ponga a Siles mirando a Kentucky. Davis se propuso crear una serie en la que la homofobia no existiese, pero está usando la homosexualidad como recurso cómico o para llamar la atención, y ha limitado a sus personajes gays o bisexuales a secundarios sin profundidad (Danny), personajes esporádicos que son lesbianas y de repente no lo son (Caitlin), o protagonistas y fan-favourites cuya sexualidad y TSNR con otros personajes masculinos se usa como queerbait, literalmente cebo para maricas (Stiles). Una pena.

– Esa secuencia final a lo Indiana Jones en la Iglesia Azteca, muy mal ejecutada, excesivamente larga, tres horas dando vueltas sin ver nada que se podían haber empleado para un par de diálogos de personajes, que es lo que hace falta.

– La villana mexicana reconvertida en aliada al final del capítulo, después de una escena de tortura absurda como ella sola, y sin ningún tipo de coherencia interna. Pero bueno, queda tan bien jugar mentalmente con Lydia (que yo entiendo menos para qué sirven sus poderes que ella) y electrocutar a Scott, ¿verdad, Jeff? Tu sentido de la épica está tan atrofiado como tu sentido de la lógica. En fin, no quiero ver más a la Chavela Vargas esta. Qué pesada, y qué mala actriz eres, mija.

Teen Wolf Dark Moon

En tierra de nadie

Kate Argent y Peter Hale apenas salen, solo en flashbacks. Espero sus regresos como agua de mayo. A ver si ellos animan un poco el cotarro, que esto está para echarse una siesta o dos.

Malia (Shelley Henning). A ver, no es que odie al personaje. Es demasiado pronto. Pero de entrada no me resulta interesante, y soy reacio a verla integrada en el grupo tan rápido, y sobre todo a verla liada con Stiles (Sterek Is Real). Necesitaban a un personaje femenino para mantener alejado a Stiles del lado oscuro, y para eso sirve Malia -aunque ya vimos al final del capítulo que el vínculo que Stiles siente con Derek está muy vivo (llamadme iluso, fangirl, infatuation junkie, o lo que queráis). Al menos reconozco que el beso que le propina a Stiles en los baños estuvo genial (Dylan O’Brien tiene pinta de besar muuy—¡paradme!) Por otro lado, parece que la dirección que está tomando el personaje es eminentemente cómica. Resulta que ahora Malia es la Anya de Teen Wolf. Al igual que la demonio de venganza de Buffy, la mujer coyote se está adaptando a esto de ser humana con la ayuda de su Xander particular, Stiles. Desconoce el sarcasmo, y otras herramientas de defensa del ser humano, y está habituada a las normas del salvaje mundo animal. Malia promete bofetadas de realidad y comentarios inapropiados, y si lo manejan bien, puede llegar a ser un buen alivio cómico en la serie, pero de momento resulta forzada y poco convincente.

– Ese giro final. Lo pongo en “tierra de nadie”, porque por un lado me ha parecido un buen giro, y lo único sorprendente y mínimamente emocionante del capítulo. Pero por otro, ¿esto qué quiere decir? ¿Que no vamos a ver a Tyler Hoechlin? ¿Por cuánto tiempo? Mira que llevan dos temporadas sin saber qué hacer con Derek, o mejor dicho, con Hoechlin, pero esto ya es el colmo. Para uno que no se va para dedicarse a mejores proyectos, a pesar de que es el actor que más debería sentir que sobra, van y lo quitan de en medio. Mira, no, yo sin Hoechlin NO. Que alguien encuentre el antídoto envejecedor y rebuenorrizante en el segundo capítulo de la temporada. Gracias.

Awkward.: La historia interminable de Jenna Hamilton

Awkward

¿Cuánto puede, o mejor dicho, cuánto debe durar una serie adolescente? Lo ideal sería que no mucho más que la propia adolescencia. Por definición, esta es una etapa efímera y pasajera, a pesar de que cuando la estamos atravesando nos parece una eternidad, y en muchos casos condiciona el resto de nuestras vidas. De ahí que a algunos nos gusten tanto las series y películas teen -llamadlo nostalgia, estancamiento vital o puro masoquismo. Pero en televisión, el género tiene corta fecha de caducidad, y el espectador, por muy dispuesto que esté, acaba cansándose de los dramaramas melodramas y los white people problems de sus protagonistas.

Recordad Blossom, que dejaba de tener sentido cuando su protagonista se convertía en adulta; O Dawson crece, que una vez acabada su (inolvidable y perfecta) primera temporada empezó a caer en picado; O The O.C., que después de convertirse en un fenómeno cultural en su primer año, cayó inevitablemente en el ostracismo. Si lo pensamos, las mejores series teen son aquellas que han sido canceladas -en teoría- antes de tiempo: Freaks and Geeks My So-Called Life. Dos ejemplos de que una historia sobre adolescentes no debe estirarse durante muchos años, porque entonces pierde toda su razón de ser.

Sadie imitates Jenna

Eso es lo que le lleva pasando a Awkward. desde el año pasado. Su primera temporada fue un soplo de aire fresco en el panorama televisivo actual. La serie nos ofrecía un punto de vista franco, provocativo, y en ocasiones cáustico, de la pesadilla que puede llegar a ser la adolescencia, especialmente en los institutos yanquis. Era una serie sobre las tragedias del día a día -las que desde fuera pueden parecer insignificantes, pero desde dentro se viven como el Apocalipsis- y nos las presentaba de manera mordaz y muy divertida. Pero entonces ocurrió lo inevitable: Awkward. empezó a repetirse, a dar vueltas sobre lo mismo una y otra vez, y se convirtió en un culebrón teen en el que su protagonista, Jenna, se debatía siempre entre dos pretendientes.

Se perdía entonces la esencia de la serie: Jenna, la chica invisible, se comportaba como la reina del instituto, y sus dilemas se reducían a elegir a un chico u otro. Este formato del trío amoroso se fue renovando con nuevos “galanes” (aunque ninguno superará a Matty, #TeamMatty 4Ever), y de esta manera, la serie seguía en punto puerto, girando sobre sí misma. Awkward. dejaba atrás la disyuntiva entre Matty y Jake (menos mal) (por cierto, a ver cuándo sacan del armario a Jake, si es que los guionistas se acuerdan de su existencia), y recurría a nuevos personajes para seguir haciendo lo mismo en lugar de cambiar el chip, haciendo que el principal problema de la serie fuera más evidente. Así, en la tercera temporada, llegó Collin (Nolan Gerard Funk), uno de los personajes más inconsistentes y peor escritos de la serie, y llevó a Jenna hacia su inevitable fase darks (que también ha atravesado este año Rae Earl, de manera más realista e inteligente). Y en la cuarta, que acaba de finalizar, hemos conocido al universitario Luke (Evan Williams), que pone a Jenna en contacto con su yo futuro, un yo que personalmente no estoy interesado en conocer.

Jenna Sadie

A pesar de un par de episodios decentes (sobre todo al principio, “Listen to This!”, “Sophomore Sluts”), esta cuarta temporada -el Senior Year– ha dejado patente que la serie ya ha superado su fecha de caducidad, y que si hubiera un ápice de sentido común en ella, echaría el cierre para darle un final digno antes de llevar a sus personajes a la universidad. Están todos agotadísimos, cada vez más irritantes, cada vez más paródicos y absurdos. Se comportan de manera ilógica solo por la necesidad de generar conflictos y hacer “avanzar” la historia. Mirad a San Matty por ejemplo, convertido este año en un capullo que no ve más allá de sus narices (es simplemente inaceptable que de repente sea tan tonto y esté tan ciego). Y no me hagáis hablar de Tamara. La Six LeMeure de Awkward. era una de sus mayores bazas, y ahora no es más que un dolor taladrante de cabeza, la prueba fehaciente de que la serie está forzando la maquinaria. Es oír su voz y caer rendido de agotamiento. Lo siento, pero el lingo Tamara ha perdido la gracia completamente. Solo Sadie se salva de la quema, porque ella era una caricatura desde el principio, y ha ido humanizándose poco a poco. Además, Molly Tarlov nos sigue dando los mejores momentos cómicos de la serie (impagable imitando a Jenna en el vídeo educativo inspirado en su vida). Nunca falla.

Y luego están los nuevos personajes, que vienen a (intentar) compensar la desafortunada marcha de Ming (y con ella, la trama más divertida de la serie, la de la mafia asiática). El dúo gay -que aporta tanto como Danny, el gayer oficial de Teen Wolf– personajes que están ahí para cubrir una cota, y que ejercen como queerbait. Porque todos sabemos que MTV va de progre y gay-friendly, pero en sus series solo hay homosexuales y bisexuales de pega, o de atrezo. Y por último, Eva (Elisabeth Whitson). ¿Se os ocurre un personaje más insoportable en la tele este año? Eva está ahí porque hacía falta una villana en la serie, ya que Sadie es en el fondo un miembro más de la pandilla (aunque mantenga su jodida mala leche intacta y su odio por los demás igual de vivo). La mala de Awkward. nos enerva, nos enfurece por las razones erróneas. No porque sea una buena villana (tipo Joffrey Lannister o Francis Underwood), sino por todo lo contrario, porque es un personaje raquítico, que no encaja en esta serie (en una de CW puede), porque actúa sin lógica interna, hace que todos a su alrededor se comporten de manera incoherente y que el espectador se pregunte constantemente: “¿Pero es que no lo estáis viendo?” No estaría mal que los guionistas de esta serie contasen con la posibilidad de que su audiencia sea mínimamente inteligente (lo mismo va para los de Teen Wolf).

Eva Awkward

En fin, Awkward. ya no tiene mecha, se ha apagado completamente, y lo más importante, su protagonista ha pasado de ser la voz de la audiencia a ser esa persona odiosa y tóxica a la que evitarías a toda costa en la vida real -quizás sea una percepción personal, pero me da que parte de la culpa la tiene Ashley Rickards, a la que nunca vemos con sus compañeros de reparto en los actos promocionales de la serie. Por eso no es de extrañar que el mejor episodio de este año haya sido uno en el que Jenna no podía hablar (“Listen to This!”, 4×02). “Snow Job“, el final doble de esta cuarta temporada (la primera sin su creadora y showrunner Lauren Iungerich), fue divertido, eso debo concedérselo, y tuvo grandes momentos (sobre todo gracias a Sadie, como decía antes), pero no es suficiente. Awkward. está pidiendo de rodillas que la sacrifiquen, que MTV asuma que se ha hecho mayor, y que va siendo hora de dejar que otros teens tomen el relevo.

Teen Wolf (Temporada 3B): Pesadilla en Beacon Hills

Teen Wolf Season 3B

“You two supernatural teenage boys. Don’t test my entirely un-supernatural level of patience” -Mamá McCall

¿Qué hacemos cuando nos hemos perdido? Volver sobre nuestros pasos, y si es necesario, empezar de nuevo. Jeff Davis se perdió en el bosque el año pasado y, afortunadamente, ha vuelto a encontrar el camino en 2014. Su Teen Wolf se había convertido en un embrollo saturado de datos enciclopédicos, pistas ocultas y sinsentidos que el creador de la serie no supo encajar en la historia que había creado, y que había hecho evolucionar formidablemente durante dos temporadas (de caspa a culto en dos años). Lo importante era demostrar que se había estudiado sus libros de mitología, mandando a tomar por saco la lógica interna y descuidando a sus protagonistas en favor de un montón de nuevos personajes y tramas desmembradas. Todo en busca de la sorpresa a largo plazo y el impacto de una audiencia entregada a la que subestimó trágicamente (si creía que podía colarnos cualquier cosa porque estábamos obsesionados con su serie, la llevaba clara), trazando un plan maestro que solo tenía sentido en su mente. En otras palabras: A Jeff Davis se le subió a la cabeza, y su ambición y fanfarronería estuvieron a punto de cargarse Teen Wolf.

Con los dos primeros episodios de la segunda mitad de la tercera temporada (que es como si fuera una nueva temporada completamente, así que a partir de ahora no volveré a referirme a ella con esa larga descripción), Teen Wolf regresa a los orígenes, para seguir adelante y permitirse ser mejor que nunca. Es el siguiente paso natural de una serie tras encontrar su voz, crecer y perder el norte. En “Anchors” (3.13) y “More Bad Than Good” (3.14) regresamos a la Beacon Hills que conocíamos. Volvemos al instituto (con cada uno de esos icónicos planos en los que los personajes abren vigorosamente las puertas del Beacon Hills High me retuerzo de placer), y al bosque, escenario principal de la primera temporada. Pasan a segundo plano los grandes edificios vacíos de esa metrópolis abandonada que ha resultado ser la parte alta de Beacon Hills (los nuevos decorados en Los Ángeles). Al menos en este comienzo de temporada, los cuarteles generales de la wolfie gang vuelven a ser las aulas del instituto, la cafetería, el patio. Y ver a nuestros personajes favoritos de nuevo en su hábitat natural nos devuelve la conexión que habíamos perdido con ellos.

Teen Wolf Anchors

Es muy pronto para sacar conclusiones, por supuesto, pero si los dos primeros episodios de esta temporada son indicio alguno, Davis ha renunciado un poco a sus fantasmadas para devolvernos a sus personajes. Esto no quiere decir que vaya a dejar de jugar al despiste, de manipular y de buscar a sus Big Bads y sus arcos argumentales en Wiki-Mito. Pero al menos se ha dado cuenta de que lo que más nos gusta es ver a Scott y Stiles interactuar (club de detectives adolescentes FTW), a Lydia descargar bombas de verdad, a Derek colgado de los brazos sin camiseta (nos hemos resignado a verlo sufrir, y él también, parece), los vestuarios del instituto (siempre en penumbra, y mejor llenos de vapor), las hormonas desatadas que hacen que todos los diálogos tengan doble lectura sexual (“We need an alpha who can get it… up”), las bobadas adolescentes (“What’s up with the scarf, Isaac?”). Y el sentido del humor. Sobre todo eso. A pesar de no abandonar su gusto por la tragedia (se las hace pasar canutas al niño de nuestros ojos, Stiles), Davis se deja a un lado el dramatismo grandilocuente (que ni Batman vuelve, vamos) y el forzado clímax permanente de los anteriores episodios para centrarse en la comedia (gracias por Mamá McCall), el suspense y la aventura. Y para ello, los dos primeros capítulos están construidos a partir de un misterio que se abre en un episodio y se cierra en el siguiente. Un nuevo “ataque animal” protagonizado por una niña-coyote, que Davis utiliza para recordarnos el origen de la serie, pero también para hacer avanzar a sus personajes después de los acontecimientos de “Lunar Ellipse” (3.12). Afortunadamente, ellos son su “ancla”, y le han devuelto los pies a la tierra.

Lo que Davis sí ha conservado de la anterior temporada es su impecable sentido estético. Siempre lo he dicho, Teen Wolf es una de las series más visualmente atractivas que hay en la tele, y esta temporada se reafirma en ello. Claro que el showrunner juega con una clara ventaja: sus actores son un regalo para la vista y poco hay que hacer para que un plano en los que salgan ellos sea bello. Sin embargo, con este arranque de temporada, Davis nos sigue demostrando que estos bien parecidos especímenes de adolescentes de 25 son mucho más que trozos de carne con ojos. Con la manada de alfas desarticulada, y sin caer de nuevo en el error de incorporar doscientos nuevos personajes (de momento solo tenemos a Papá Scott y a la pizpireta y adorkable Kira, aunque miedo me da ese plano final en “More Bad Than Good”), queda tiempo de sobra en Teen Wolf para prestar atención a sus protagonistas.

Teen Wolf More Bad than Good

Cual Buffy Summers en las temporadas 2 y 6, Stiles, Scott y Allison lidian con las consecuencias de haber muerto y vuelto a la vida. Allison ha perdido su destreza con el arco, Scott no se puede convertir en hombre lobo sin perder el control y correr el riesgo de convertirse para siempre en animal, y Stiles (que claramente ha dado otro estirón y ha aumentado sus horas de gimnasio, gracias) vive entre sueño y vigilia, sin saber si está despierto o no. Por cierto, Davis sabe que las secuencias oníricas son uno de los puntos fuertes de la serie, y este año ha empezado a usarlas como es debido (mención especial al impresionante prólogo de “Anchors” y a las pesadillas gore de Allison, con Kate Argent como otro de los enlaces al comienzo de la serie). A lo largo de estos dos primeros episodios, el trío original de Teen Wolf encuentra sus anclas y da un paso hacia su reinserción en la vida. Especialmente Scott, que gracias a su BFF vuelve a rugir muy fuerte (previamente Stiles había regresado a la realidad también gracias a su mejor amigo), como el alfa que es, y como Simba, para guiar a la niña-coyote de vuelta a la forma humana (“No ha habido nadie como yo / Tan fuerte y tan veloz / Seré el lobo más voraz / Y así será mi VOZ!). Scott recupera el control sobre sí mismo, y Davis hace lo propio con su serie. Mientras, los apolíneos Derek y Peter Hale son rehenes de un ¿clan? hispano (Derek: “no hablo español”), y evidentemente, se pasan los dos capítulos semidesnudos, empapados de sudor y tensando músculos todo el rato. No cabe duda, esta es mi Teen Wolf. Bienvenida de nuevo.

Teen Wolf: Tierra llamando a Scott McCall

3×01 “Tattoo”

Han sido casi 10 meses, 295 días, 7.080 horas, 424.800 minutos esperando el regreso de nuestros lobos cachondos y depilados favoritos. Y en todo este tiempo no hemos dejado de pensar en ellos, de hablar de ellos, de tener sueños húmedos con ellos. En parte porque somos un fandom muy pesado, en parte porque ellos se han encargado de que no nos olvidemos de su existencia, con su insistente, voluptuosa y sinvergüenza presencia en las redes sociales. Cerca de un año de insoportable espera que ha servido para que Teen Wolf gane adeptos, para que sea aun más idealizada por sus fans (que ojo, de ciego tenemos poco), y para aumentar la expectación por los nuevos episodios. Esto se ha saldado con varios récords de audiencia para MTV. Y la manada sigue creciendo. Regresamos así, todos juntos, al lugar al que siempre hemos pertenecido: al instituto.

La misma noche que terminó la segunda temporada comenzó la cuenta atrás oficial, y el creador de la serie, Jeff Davis, se las ha arreglado para que Teen Wolf no pierda su “momentum”, como dicen los angloparlantes. Para ello ha ido desvelando con cuentagotas detalles sobre la temporada, en convenciones, en Facebook, en Twitter. Si uno le ha seguido la pista a Davis no encontrará casi nada verdaderamente sorprendente en “Tattoo”. Estábamos al tanto de las nuevas incorporaciones, de los conflictos que ponían en marcha la temporada, de todo. Por eso volver a Beacon Hills ha sido como volver a casa. Pero, ¿ha merecido la pena la espera? El corazón dice que sí, la entrepierna dice que sí, la mente se lo piensa. Pero, ¿hace falta la mente para ver Teen Wolf?

“Tattoo” es un episodio altamente irregular que pone de manifiesto tanto las virtudes de la serie como sus defectos. El primer problema es que abarca demasiado. Muchos personajes nuevos (y ninguno interesante a priori), muchos cabos que atar, muchos frentes abiertos. Teniendo en cuenta que es el comienzo de una nueva temporada, y que además viene precedido de cambios en el reparto que ponían patas arriba la historia, le debemos cuanto menos el beneficio de la duda. Las anteriores temporadas no comenzaron con el mejor pie y acabaron dándonos los episodios que nos convirtieron en adictos sin recuperación posible. Sin embargo, es más difícil pasar por alto la ambición de Davis cuando esta resulta en escenas de acción que hacen que los cromas de Ringer parezcan Avatar. Este hombre tiene buenas ideas, su creatividad es emocionante, pero por mucho que una pareja de gemelos alfa que se fusionan como siameses y se convierten en un lobo gigante suene muy bien en teoría, verlo hecho realidad es otra cosa. Una de esas cosas que nos hacen encoger los dedos de los pies y fruncir el ceño. Una de esas cosas por las que nos gusta tanto esta serie.

Así comienza “Tattoo”, prometiendo toda la acción del mundo. Antes de los créditos iniciales, una persecución en moto que parece una atracción en 3D de Disneyland y el primer WTF de la temporada. Toda una declaración de intenciones, contundente a pesar de fallida, y también un recordatorio: “No os olvidéis de que esto no es Juego de Tronos“. Ni falta que nos hace. En Buffy había mantis religiosas y alcaldes que se convertían en serpientes gigantes, y nadie se quejaba, ¿no? Lo que viene después de los créditos sigue en la estela del teaser: un ciervo que se estampa contra el parabrisas de Allison y Lydia -que dice haber visto sus ojos enloquecidos antes del impacto, pero ni siquiera lo estaba mirando-, una bandada de pájaros (más festival CGI) que se precipitan sobre el aula donde comienza el curso en el instituto de Beacon Hills, y la constante amenaza de una manada de alfas esparcidos por el pueblo. Pero no solo de escenas camp vive Teen Wolf. Nos reencontramos los BFF (FFFFF) Scott y Stiles en una tienda de tatuajes, y comprobamos que la química entre estos personajes sigue intacta. Ellos son lo mejor de Teen Wolf. Hay compenetración, hay amistad real, de la que traspasa la pantalla, y también hay autoconsciencia para parar una manada de ciervos psicóticos.

Pero, ¿hay Sterek? Pues claro. En una escena cerca del final, cuando Derek Hale aparece después de hacerse rogar durante más de media hora -“Aren’t you supposed to be in school?”-, el trío dinámico protagoniza un momento Classic TW 100%. En esa secuencia, Stiles le guiña el ojo a Derek, y Derek toca el pecho de Stiles. Stilinski, con ojos en llamas por el deseo de guarecerse en los palpitantes pectorale… No. En realidad no hay Sterek. Al menos no en “Tattoo”. En tu cabeza siempre. Pero no perdamos la esperanza todavía, que la temporada acaba de empezar.

Now go home. Go back to being a teenager.

A pesar de las adorables fantasmadas, incongruencias varias como las enfermeras que van descalzas solo para que veas que tienen garras -en serio, ¿qué fue eso?-, o la insuficiente (y muy noventera) explicación a la ausencia de Jackson Whittemore -que al menos sirve para hacer un chiste cinéfilo tan obvio como necesario-, Jeff Davis sale airoso cuando prepara el terreno para lo que serán los arcos argumentales de la temporada. De momento parece todo muy aturullado y caótico, pero Davis sabe cómo construir tensión, y cómo contar una historia a base de anticipación. Es un narrador nato, y ni doscientos mil cromas se interpondrán en su camino.

En “Tattoo” se plantean muchas ideas, entre ellas la que vincula uno de los cuatro elementos de la Grecia antigua a cada temporada. Si la primera fue la del Fuego, y la segunda la del Agua, las perturbaciones en el mundo animal (¡¡mascotas suicidas!!) y la mención de posibles terremotos identifican la tercera como la temporada de la Tierra. Como si debajo de Beacon Hills se escondiera la mismísima Boca del Infierno, los fenómenos inexplicables se acumulan y Scott McCall, alfa en ciernes, se perfila como “el elegido” para enfrentarse a las nuevas amenazas. Un Scott más centrado y aplicado, que intenta deshacerse de su obsesión por Allison. Un adolescente en plena(s) transición(es). ¿Debemos “tener miedo de él, del hombre en el que se convertirá?” Nosotros confiamos en que su recorrido personal le lleve a convertirse en el súper héroe que está destinado a ser. Solo le pedimos una cosa a Teen Wolf mientras llega este momento: que sea todo lo cheesy que quiera, pero que no sea efímera.

Preguntas y curiosidades sobre “Tattoo”:

– ¿No os encanta cómo se está adaptando Mamá McCall al mundo fantástico al que ha descubierto que pertenece?
– Stiles lleva el pelo largo. ¿Os sentís cambiados por dentro?
– Para mí ya es uno de los planos de la temporada: Scott ejercitando bíceps en la barra mientras lee La llamada de la selva de Jack London. En la pila de libros leídos en su habitación: Adiós a las armas de Ernest Hemingway, Colmillo blanco también de Jack London, Grandes esperanzas de Charles Dickens y ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner.
– “¿Qué le ha pasado a la biblioteca en mi ausencia? ¿Y qué demonios es esto?” (enseñando una espada), dice el nuevo director de BH High. No os extraña que insista en mencionar a Buffy, ¿verdad?
– Papá Stilinski y Mamá McCall. ¿Pasará?
– ¿Hará Stiles un Pacey Witter con la nueva profesora de Literatura?

The Inbetweeners: Just Dance

Para haceros una idea exacta de lo que es The Inbetweeners sin ver ni un solo minuto imaginaos Superbad (Greg Mottola, 2007), Freaks and Geeks (Paul Feig, 1999-2000) y American Pie (Paul Weitz, 1999) mezcladas y agitadas toscamente junto a un puñado de temas marca MTV y hits electrónicos con un mes de caducidad. No hay mucho más, la verdad.

Remake de la serie homónima que duró tres temporadas en el canal británico E4 (el mismo de Skins o Misfits), The Inbetweeners sigue las triadas y tribulaciones de cuatro adolescentes intentando sobrevivir al instituto, mientras hacen lo posible e imposible por perder la virginidad. Una especie de reverso masculino de Awkward., con una carga aún mayor de sexo y un humor mucho más bizarro. Aquí también tenemos voz en off, la de Will Mackenzie (Joey Pollari), el nuevo estudiante del Grove High School, que como Jenna Hamilton, se convierte en diana para bullies y el hazmerreír de toda la comunidad estudiantil. Will se lleva casi todos los palos -es estirado, remilgado, amanerado, y encima novato-, pero sus nuevos amigos también son inadaptados sociales, freaks y geeks (sobre todo freaks) con las hormonas a punto de estallar. Neil (el tonto entrañable), Simon (el sensato, con el que es más fácil identificarse) y Jay (el payaso sin gracia) reciben a Will en su grupo con los brazos abiertos. O más bien dejan que la naturaleza haga su trabajo: Pringados Assemble.

The Inbetweeners no es tan perspicaz como Awkward., ni tan entrañable como las obras de Apatow, pero tiene una virtud: el deseo de hacerlo pasar bien a toda costa. Sin embargo, esto no es suficiente. La primera temporada (12 episodios) transcurre a base de gags estúpidos y situaciones disparatadas que ponen a los cuatro amigos constantemente en ridículo mientras tratan de meterse “en los pantalones” de la chica de turno. No hay apenas evolución, ni desarrollo argumental, y además la comedia es más bien rudimentaria: por ejemplo, a Jay (Zack Pearlman) se le queda atascado el miembro en un agujero de la piscina infantil pública. Y así casi todos los episodios. Pero claro, lo que ves es lo que hay. Ni promete otra cosa, ni se le puede pedir más, y si nos quedamos es bajo nuestra propia responsabilidad. Al fin y al cabo, 20 minutos a la semana de puro escapismo descerebrado no vienen del todo mal. Es una pena que hasta el último episodio (el del baile de fin de curso, por supuesto) The Inbetweeners no recurra al sentimentalismo, que viene muy bien para amortiguar las excentricidades y los excesos y motivar a seguir viendo la serie. Es en los últimos 5 minutos de la primera temporada cuando la serie se adentra verdaderamente en terreno Apatow, con un estupendo mensaje pro-freak, un inspiradísimo discurso It Gets Better y una bonita celebración de la amistad de estos cuatro personajes. Si la serie llega a tener una segunda temporada (está difícil), ese es el camino a seguir. Que la sangre no bombee solo hacia la entrepierna. A The Inbetweeners lo que le hace falta es más corazón.

Sabes que no importa nada, ¿verdad? Nada de lo que te preocupa: las chicas, el rechazo, el sexo. Crees que tu vida es un drama enorme, pero no lo es. Créeme, toda la gente a la que estás intentando caer bien ahora no va a significar una mierda en tu vida. Así que tú baila. Baila, porque algún día tendrás cosas de las que preocuparte de verdad. Pero ahora mismo no. Ahora puedes bailar.

Awkward: raro, raro, raro

MTV pasó sus años de guardería junto a El club de los cinco y todo el cine teen que John Hughes auspició en la década de los 80. Es justo pues que, un cuarto de siglo más tarde, la antigua cadena musical rinda homenaje al género que la definió hasta que perdió el norte con italoamericanos descerebrados y embarazadas a los 16. Después del paso en falso que supuso Skins el año pasado (a nadie le interesó un remake americano de una serie 100% británica), MTV resucita su oferta de ficción con Teen Wolf y Awkward, ambas en el transcurso de sus (exitosas) segundas temporadas. Si Teen Wolf se adscribe fácilmente al terror adolescente que Joss Whedon y Kevin Williamson redefinieron en los 90, Awkward bebe principalmente del cine de Hughes y Mean Girls, el incontestable referente teen de la última década. Pero la comedia creada por Lauren Iungerich (10 razones para odiarte) amasa innumerables influencias más allá de estas dos piedras de toque.

Awkward es un producto tan clásico como contemporáneo. Los elementos universales del género están ahí, todos, pero la idiosincrasia del quinceañero del siglo XXI los transforma considerablemente. El suicidio adolescente, el teléfono móvil como apéndice y las redes sociales de Internet intensifican las clásicas diatribas post-púberes: sexo, popularidad y la búsqueda de uno mismo. La protagonista de Awkward es Jenna Hamilton, una suerte de Ellen Page hetero, una Lindsay Weir sin el componente grunge, una Rory Gilmore mucho menos insoportable. Hace un año escribí un artículo (Lo geek vende), en el que clasifiqué los distintos tipos de adolescente inadaptado que podemos observar en las series norteamericanas. Pues bien, uno de esos tipos era el ‘adolescente invisible’, al que Jenna pertenece cuando da comienzo el relato de Awkward (su blog se llama ‘Invisible Girl Daily’ y la serie en España se ha titulado La chica invisible). Algunos de los precedentes de Jenna son la mencionada Lindsay Weir (Freaks and Geeks), que gana visibilidad al asociarse voluntariamente a los freaks, Carmen Ferrara (Popular), que de hecho desaparece ante los ojos de sus compañeros de instituto en un episodio, o Angela Chase (My So-Called Life), que se tinta el pelo de rojo carmesí para empezar una nueva vida. Sin olvidar, por supuesto, a los despojos sociales de Glee, la serie que ha logrado glamourizar lo geek. Jenna pasa de ‘chica invisible’ a ‘freak’ a causa de un accidente que hace pensar a toda la comunidad estudiantil que ha intentado suicidarse. Un desencadenante mucho más actual, desde luego.

A partir del malentendido, Jenna debe hacer frente a su recién adquirida notoriedad, que la sitúa en el punto de mira de bullies (atención, la archinémesis de Jenna está gorda y es mucho más insegura que ella) y de adultos sobreprotectores (e inconscientes), pero que también le obliga a hacer frente a las adversidades y en última instancia, encontrarse a sí misma. Complican las cosas los dos donjuanes que la pretenden. Si lo pensamos bien, la protagonista de Awkward es una chica de 15 años bastante mona de la que se enamoran el clásico jock rompecorazones y un adorable chico diez (que además también juega en el equipo de fútbol). Está bien, lo aceptamos. Es habitual que este tipo de historias tomen ese camino. Al fin y al cabo, es necesario apelar a las fantasías de la adolescente invisible real, el público objetivo de la serie, adentrándose así en el terreno de la comedia romántica.

Los primeros episodios de Awkward atraviesan dificultades para encontrar el tono adecuado. Sorprende su temeridad a la hora de mostrar el sexo entre chavales de 15 años e impactan sus diálogos, los mismos que hace una década nos escandalizaba oír de la boca de Carrie Bradshaw y amigas. En Awkward no hay reparos a la hora de hablar de sexo anal, enfermedades venéreas, tragar semen o tampones mal colocados -aunque MTV se encarga de censurar todos los shit, fuck, e incluso ¡cooch! en un irritante ejercicio de hipocresía. La sal gorda satura en ocasiones el producto (un mojón en un jacuzzi que provoca conjuntivitis a todos los participantes en una “orgía de magreos”, en fin), pero sale airoso a mitad de temporada gracias a un dominio del slapstick que recuerda a Suburgatory (lo que le falta precisamente a la comedia de ABC es la osadía de Awkward). También ayuda una evolución hacia lo emotivo que acaba implicando al espectador inevitablemente (gran parte de la culpa la tiene el excelente capítulo que homenajea Dieciséis velas). Como suele ocurrir con este tipo de historias, Awkward es una serie de doble lectura. Por un lado, se dirige (irresponsablemente, por qué no decirlo) al adolescente actual, ofreciéndole una divertidísima y adictiva herramienta de identificación y escapismo, y por otro permite al espectador adulto disfrutar de una sátira mordaz y subida de tono que critica veladamente la promiscuidad a la vez que se lo pasa genial con ella.

Teen Wolf: lobos depilados

El instituto es un infierno. Si estamos hablando de televisión, literalmente. La repercusión de la saga Twilight en las series orientadas al público adolescente y juvenil ha provocado un discreto resurgir de la aventura fantástico-romántica cuyas bases modernas podemos encontrar -cómo no- en Buffy, cazavampiros. Si la cadena CW explota el aspecto más gótico -y cursi- de este tipo de historias, solemnizándolas en exceso, MTV opta por la vía más camp y adapta (muy libremente) el clásico de los 80 protagonizado por Michael J. Fox, Teen Wolf –que en España se rebautizó apropiadamente De pelo en pecho. Así, la antigua televisión musical, ahora dedicada a otros menesteres -principalmente los reality shows-, desvía la atención de los omnipresentes vampiros, y propone una historia protagonizada por hombres lobo, que a primera vista puede antojarse vacua y estúpida -y probablemente lo sea- pero que quizás no debamos dar por sentado tan rápidamente.

Se trata de la clásica hipérbole monstruosa con la que el cine y la televisión ‘de género’ han representado la adolescencia en muchas ocasiones. La metáfora que relaciona el imaginario fantástico con las transformaciones físicas y emocionales propias de esta problemática etapa vital. El protagonista de Teen Wolf, Scott McCall (Tyler Posey), es un joven imberbe y socialmente alelado, pero con un cuerpo de infarto. De esta manera, la serie combina astutamente identificación y deseo sexual en su protagonista -que además ha aumentado considerablemente su masa muscular para los nuevos episodios. Después de ser mordido por un animal monstruoso en mitad de la noche, Scott comienza a experimentar cambios en su cuerpo. Y no hace falta que siga, ¿verdad? Los lugares comunes de este tipo de historias permanecen intactos, pero la propuesta de Teen Wolf resulta verdaderamente refrescante si conseguimos mirar más allá de su factura y sus pésimas interpretaciones -el casting debió hacerse por Tumblr. Durante su primera temporada, la serie no prescinde para nada del componente romántico, pero evita que este lastre la historia, y esto es lo que la distancia del resto de productos actuales pertenecientes al género. En su etapa de génesis, Teen Wolf es una aventura de acción sobre un chico que debe aprender a controlar sus pulsiones licántropas y en definitiva, a hacerse mayor. Una suerte de anger management para el adolescente.

I want a semi-freaking normal life (Scott)

Por mucho que sea posible encontrar en ella un discurso más elaborado del que cabía esperar, no podemos ignorar la verdadera naturaleza de esta hormonalmente desbocada fábula. Uno de los propósitos esenciales de Teen Wolf es satisfacer al público femenino. La proporción de descamisamientos azarosos por capítulo es enorme. Pero también existe un claro interés en el público homosexual, al que la serie se dirige constantemente mediante guiños, y aprovechándose de la evidente tensión sexual entre todos los protagonistas masculinos. Sin ir más lejos, Stiles (Dylan O’Brien) utiliza la atracción que Derek despierta en un compañero del instituto (Danny, único gay oficial entre gays extraoficiales), durante una jocosa escena en la que el lobo Beta (Tyler Hochlin) se desnuda una y otra vez delante de ellos. Ellas no están nunca presentes en ese tipo de momentos. Esto es cosa de chicos. La mirada gay cobra mayor importancia que la heterosexual femenina a medida que la temporada se desenvuelve. Y esto, además de ser una estrategia eficaz, supone todo un regalo para los escritores y escritoras de fan fiction.

A pesar de estar compuesta en un 90% de torsos masculinos rasurados y testosterona de mentira, Teen Wolf cuenta una historia, y además, no lo hace nada mal. La clásica relectura de La Bella y la Bestia es aderezada con algo que promete ampliar la mitología de la serie en su segunda temporada: Allison (Crystal Reed), la chica de Scott, descubre que pertenece a una casta de cazadores de hombres lobo -los Argent, original, ¿eh?-, lo que pondrá en peligro la relación. Atisbamos así para ella un futuro próximo como heroína de acción -ya la hemos visto manejar el arco como un prodigio sobrenatural-, opuesto al tradicional papel de damisela en peligro del que ella, por cierto, reniega. Por otro lado, el mejor amigo de Scott aporta la comedia necesaria para rebajar el componente trágico y grandilocuente de la historia romántica. Sidekick de manual, Stiles es todo un geek –O’Brien es el único intérprete de la serie a tener en cuenta. Aporta la autoconsciencia imprescindible en este tipo de productos, y es el encargado de salpicar los diálogos con referencias a la cultura popular -muy facilonas todas, eso sí. El tercero en discordia -recordemos, ellas por ahora no importan tanto-, es Derek, otro hombre lobo, misterioso, melancólico y sin sentido del humor, una especie de Angel -con mucho más gimnasio a sus anchas espaldas que el personaje de David Boreanaz- que acecha al protagonista, al principio como amenaza, más tarde como aliado. La trepidante recta final de la primera temporada de Teen Wolf genera alianzas, pone relaciones en peligro y prepara el terreno para una segunda entrega cargada de acción y saturada de criaturas monstruosas -si no te han mordido no eres nadie.

Con una textura digital que resalta la paleta de colores fríos, cámara epiléptica e iluminación natural con -a ratos horrorosos- retoques digitales, Teen Wolf se presenta como un cruce entre las mencionadas Crepúsculo, Buffy y también Friday Night Lights. El lacrosse, que sustituye al baloncesto del filme original, forma una parte importante de la historia, y el tratamiento realista de este y otros aspectos de la serie recuerdan a la de Peter Berg. Por otro lado, no cabe duda de que se trata de una producción de MTV, tanto por el uso de la música como por la ingenua realización noventera. Teen Wolf maneja con cierta soltura varios géneros, y aunque en ninguno de ellos logra deshacerse de su sambenito camp -la ejecución falla en general y no podemos evitar pensar “cutre” en todo momento-, nos brinda momentos de lucidez que elevan la apreciación del conjunto: ya sea a través de una escena de acción muy bien coreografiada, un momento terrorífico que provoca miedo de verdad o un diálogo inteligente que nos pilla desprevenidos. Eso es, en Teen Wolf hay vida más allá de los hombres semidesnudos colgados de los árboles, atados a lo sadomaso o pillados en el vestuario del instituto. Quizás no me creáis, pero es mejor no comérsela de vista.

 

La segunda temporada de Teen Wolf se estrena el 3 de junio en MTV (USA). Dadle un bocado y ya me contaréis qué tal.

Absolutamente Alaska y Mario

Cuando la semana pasada me enteré de que el octavo sería el último episodio de Alaska y Mario, mi mundo se tambaleó como nunca. Durante dos meses, el reality de MTV nos ha proporcionado algunos de los mejores momentos televisivos de los últimos años. Por esa razón, descubrir que la primera -y de momento, única- temporada no contaría con los 13 episodios de rigor, me dejó totalmente desolado. El éxito de audiencia del programa debería ser garante de una segunda temporada, pero todo depende de los deseos de los protagonistas de la serie: Olvido ‘Olvi’ Gara, frontwoman de Fangoria, icono incontestable de la cultura española y la modernez universal, esa mujer con la que todo el mundo querría charlar tomándose un café, y Mario ‘Marito’ Vaquerizo, cantante de playback, representante de estrellas y loca del coño maravillosa.

Si algo nos ha mostrado Alaska y Mario es que la bien avenida pareja que forman las dos personalidades madrileñas se sustenta en la más inquebrantable de las complicidades y funciona gracias a una complementariedad conmovedora. Ambas estrellas siempre han sido dadas a la sobre exposición, y sin embargo nunca los habíamos conocido de esta manera. Si antes Alaska y Mario Vaquerizo nos parecían “la extraña pareja”, a partir de ahora no podremos sino referirnos a ellos como “la pareja perfecta”.

Durante ocho episodios de casi 40 minutos de duración -gracias, MTV, al menos nos habéis dado eso- asistimos a los preparativos de la segunda boda de Alaska y Mario. Sin embargo, esto es solo una excusa para dotar de línea argumental a las andanzas extraordinariamente cotidianas y cotidianamente extraordinarias de la pareja y sus amigos. En las entrevistas concedidas a raíz
del estreno del reality,Alaska y Mario han reconocido que una de las principales razones por las que accedieron a grabarlo fue para dar a conocer y compartir con la audiencia el maravilloso grupo de personas que saturan su vida de color. Pues bien, como espectador y fan fatal de Alaska -y desde hace dos meses fan confeso del Vaquerizo- no puedo sino agradecer enormemente tal gesto altruista por parte de la pareja. Adoro la fauna que ha poblado Alaska y Mario, empezando por las bobísimas Nancys Rubias -nunca la ignorancia y la estupidez habían sido tan divertidas-, y terminando con Carmen Lomana -y su “cara de proletaria”-, los ‘de profesión maricas’ David Delfín y Alejandro Amenábar -junto a sus correspondientes boytoys insonorizados-, o los viejos amigos -artística y públicamente vinculados a la pareja- como el gran Fabio McNamara o la diva Nacho Canut. Sin olvidar a sus normalísimos progenitores. Eclecticismo, bizarrismo de pega y la extravagancia más kitsch -había que usar el término- son algunas de las características que podrían definir a este grupo de personas. Y sin embargo es su naturalidad a la hora de mostrarse tal y como son lo que los hace sencillamente únicos. No ha habido ningún tipo de autocensura en Alaska y Mario, continuamente salpicada de un sincero y adorable esnobismo.

No obstante, por mucho que quieran desviar la atención de sus magnéticas presencias, Alaska y Mario son los verdaderos protagonistas de la serie. Son ellos los que merecen las alabanzas más sentidas, por mostrarse sin tapujos ante nosotros. Y no me refiero solo a ver a Alaska sin cejas o a Mario en calzoncillos -que ya es loable de por sí-, sino a esos momentos de relajación absoluta en los que hemos podido conocer, pero de verdad, a las personas que se esconden detrás de sus personalidades públicas. Y lo que hemos descubierto es que lo que ocurre tras las puertas del piso rosa no es sino una prolongación natural de lo que ocurre ante los flashes. La cotidianeidad de su día a día nos ha mostrado a una Alaska disciplinada, seria, sabia aunque reservada, paciente y diplomática y a un Mario desbocado, excesivo, inconsciente -o a ratos demasiado auto consciente-, incontenible, incansable, pero siempre comprensivo y -abrumadoramente- cariñoso. El equilibrio en el que descansa la pareja es perfecto, y esto se puede sentir en cada escena juntos, ya sea haciendo las cuentas de casa o preparándose para un concierto. El último episodio es quizás el que mejor ilustre esta idea. En una de las tres celebraciones nupciales podemos ver a Alaska mirando con gran ternura y una preciosa resignación a su marido, mientras este balbucea sus agradecimientos como un niño que dice lo primero que le viene a la cabeza. Lo dicho, la pareja perfecta. Por otra parte, una de las cosas que más los une es sin duda alguna la pasión que comparten hacia todo. Pasión por sus amigos, por su familia, por Madrid, por la cultura y el arte popular, por la superficialidad y la banalidad, y ese culto al objeto -quien se atreva a llamarlo materialismo se las verá conmigo- con el que yo me siento tan identificado, y que me acerca enormemente a la pareja, obviamente salvando las diferencias económicas. Las horas muertas en eBay, los paquetes postales que no cesan de llegar, la inevitable emoción al encontrar un objeto ‘necesitado’ para seguir abarrotando la vitrina. Todo un estilo de vida que hemos podido presenciar en el reality. “Guardando todo por duplicado / Sin cansarme jamás /Afán sin control por acumular/ Lo que no es necesario / Suele ser extraordinario” (“Más es más”).

Alaska y Mario bien podría haberse llamado Mario y Alaska. Y seguramente a ella no le habría importado nada. Mario Vaquerizo se ha revelado como la auténtica estrella del show, mientras su mujer ha dado carta blanca a su fabulosa y a ratos esperpéntica locura -algo que sin duda ocurre también de puertas adentro y que es una de las claves de la solidez del matrimonio. Así, la compresión, la aceptación y el respeto casan con el exceso, la locura y una temeraria franqueza. Y así también es como se obtiene un producto televisivo sincero y revelador, cimentado en una realidad que se nos antoja distante y enormemente cercana a la vez. Porque Olvido Gara y Mario Vaquerizo son estrellas mediáticas que rechazan la total escisión de las vidas pública y privada, como hacen la mayoría. Pero ante todo, son proyecciones casi monstruosas de nosotros mismos, los que miramos la vida pasar. Viva la química y las cosas que os transforman y os hacen estar mejor todavía, Alaska y Mario.