Verás ‘Defending Jacob’ por Chris Evans y te quedarás por el misterio

Apple tiró la casa por la ventana con el lanzamiento en noviembre de 2019 de su plataforma exclusiva de streaming, Apple TV+. La compañía de Tim Cook ha confiado principalmente en el reclamo de grandes nombres de Hollywood para encontrar su hueco en el cada vez más abarrotado y competitivo mundo del streaming.

Además de contar con el aval de Oprah Winfrey y Steven Spielberg, el servicio se estrenó por todo lo alto con la muy oportuna The Morning Show, multimillonaria apuesta con Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell como protagonistas, que abordaba el #MeToo en el mundo de los talk shows diarios. Desde entonces, y a pesar de contar con títulos muy recomendables como Little AmericaDickinsonServant, Apple TV+ no ha hecho demasiado ruido. Sin embargo, en 2020 ha conseguido ganar terreno gracias a su primer éxito desde The Morning Show, la miniserie Defending Jacob (en España Defender a Jacob), basada en la novela de William Landay..

Continuando con su práctica de usar nombres con gran tirón comercial para la audiencia, Defending Jacob se ha beneficiado considerablemente de la popularidad de su protagonista, Chris Evans, recién salido del Universo Cinematográfico Marvel tras interpretar durante una década al Capitán América. Por su cercanía, su compromiso con las causas justas y su planta, Evans se ha convertido en una de las estrellas favoritas del público de todo el mundo. Y Apple sabía que mucha gente vería la primera serie de Chris Evans, fuera la que fuera, solo por él.

El resultado ha sido el esperado para Apple. La serie, creada por Mark Bomback (La guerra del planeta de los simios) y dirigida por Morten Tyldum (Passengers), es el mayor estreno de Apple TV+ desde The Morning Show, la cual se cree que es su serie número 1 (al igual que Netflix, Apple no desvela cifras exactas de audiencia). Y no solo eso. Según Deadline, lejos de desinflarse como le ocurre a tantas series, ha seguido creciendo en semanas posteriores, multiplicando su audiencia por cinco en los primeros 10 días. El final, emitido el pasado 29 de mayo, fue tendencia en muchas partes del mundo, incluida España.

Y lo cierto es que es fácil ver por qué Defending Jacob ha calado en la audiencia. Además del gancho de Evans y un estupendo reparto del que destacan Michelle Dockery, Jaeden Martell, Pablo Schreiber, Cherry Jones y J.K. Simmons, la serie tiene todo para atraer y enganchar al gran público: misterio, drama familiar y un proceso legal de esos que dejan a cualquiera pegado a la pantalla, especialmente a los fans de las series de juicios. Para quien no la haya visto, la historia gira en torno a un matrimonio (Evans y Dockery) cuya apacible y suburbana vida dan un giro de 180 grados cuando su hijo adolescente (Martell) es acusado del asesinato de un compañero de su instituto. A lo largo de 8 episodiosDefending Jacob siembra constantemente la duda en el espectador sobre si Jacob es o no culpable, dibujándolo como un chico problemático y con tendencias sociópatas que encajan con el perfil del asesino.

La serie explora los límites del instinto paternal y maternal mostrándonos dos formas de afrontar una situación que, sea cual sea el resultado, ya ha roto a tu familia para siempre. El personaje de Evans es un padre coraje dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrar la inocencia de su hijo, mientras que Dockery representa la duda y el miedo ante la posibilidad de que su niño, que desde pequeño ha exhibido comportamientos violentos y falta de empatía, sea un asesino. Los dos están muy bien (Evans convence, aunque no impresiona, y Dockery lo da todo dramáticamente en la recta final), pero es Martell quien produce escalofríos. El actor de ItPuñales por la espalda transmite perfectamente la dualidad entre la inocencia y vulnerabilidad de un niño y la frialdad de alguien capaz de cometer un acto atroz.

En el fondo, la de Defending Jacob es una historia que ya hemos visto antes (muchos la comparan con Mystic River de Clint Eastwood), una serie con los ingredientes habituales del thriller criminal y el melodrama familiar, en la que los giros argumentales tienen tanta importancia como la exploración de la naturaleza humana ante situaciones tan difíciles. La miniserie está bien estructurada, con dos primeros capítulos que sirven como preámbulo e invitan a seguir, un nudo interesante y un desenlace muy intenso que nos depara alguna que otra sorpresa. [Posible spoiler] La trama desemboca en un final abierto que no ha sido del agrado de todos, pero que tiene sentido, ya que el objetivo de la serie no es dar una respuesta definitiva e irrefutable al misterio, sino hacernos sentir en primera persona el dolor y la insoportable duda que sienten los padres de Jacob [Fin del posible spoiler].

Eso sí, aun haciendo las cosas bien, Defending Jacob no destaca especialmente entre el océano de series de calidad de los últimos años. Es decir, es una serie solvente y correcta, pero también convencional, tanto en lo narrativo como en lo cinematográfico (solo una queja: para transmitir el tono triste, frío y opresivo de la serie usan una fotografía tan oscura que llega a dificultar el visionado); un producto bien medido, que sabe captar la atención pero tampoco deja mucha huella una vez ha terminado. Seguramente Defending Jacob no pasará a la historia, pero nos garantiza ocho horas pegados al televisor (o el dispositivo de nuestra elección), lo cual ya es bastante.

Crítica: Passengers

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual (¿quizá las mayores?) en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y Jim y Aurora despiertan 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulta en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se ha mostrado en ninguna promoción y que se mantiene en secreto para conservar el factor sorpresa (o para evitar el posible rechazo de los espectadores). Por eso es recomendable subirse a bordo de la Avalon sin tener demasiada información sobre lo que allí va a ocurrir. Ese punto de inflexión cambia nuestra percepción de la historia y los protagonistas por completo, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Una decisión creativa que puede resultar controvertida (y que generará muchas críticas), pero en la que no nos podemos detener, primero para evitar los spoilers, y segundo porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo.

Ante todo, Passengers es una película divertida, y sobre todo un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical a lo Starlord incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y moralmente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción, su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers un espectáculo cinematográfico muy efectivo, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: The Imitation Game

THE IMITATION GAME

The Imitation Game (Descifrando Enigma) es la historia de Alan Turing (Benedict Cumberbatch), el matemático británico conocido por descifrar el código imposible de Enigma, la máquina que los alemanes usaban para enviar mensajes en clave con sus estrategias y avances durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno británico puso a Turing al mando de un grupo de académicos, lingüistas, oficiales de inteligencia y expertos en juegos de ingenio matemático (interpretados por Mathew Goode, Allen Leech, Matthew Beard y Keira Knightley) para desentrañar el funcionamiento de Enigma y poder así adelantarse a los movimientos del enemigo y salvar miles de vidas. A pesar de las fricciones en el grupo (según la película provocadas por el carácter áspero y la inestabilidad mental de Turing) y las constantes interferencias de las autoridades, que desconfiaban de lo que este mad mathematician estaba haciendo, la operación tuvo éxito y la Liga de Hombres (y Mujer) Extraordinarios de Turing logró resolver el misterio, acortando así la guerra considerablemente.

Sin embargo, poco después de esta hazaña, Turing fue arrestado por “indecencia grave” debido a su homosexualidad, lo que le llevó a cumplir una condena que ensombrecería sus logros históricos. Hoy en día, Turing es considerado una de las figuras clave del siglo XX, el genio pionero de la informática actual que para resolver Enigma diseñó la máquina que se convertiría en la precursora del primer ordenador; una inteligencia artificial creada para funcionar lo más fielmente posible como el cerebro humano, y que además poseía alma propia, la del primer amor de Turing. The Imitation Game transcurre en tres tiempos narrativos diferenciados: la operación Enigma (de 1939 a 1942), el sombrío “futuro” de Turing a comienzos de los 50 (donde lo vemos solo y mentalmente deteriorado) y sus años como colegial en una academia para chicos (Alex Lawther brilla con luz propia como el Turing pubescente), donde conoció a Christopher (Jack Bannon), su único amigo hasta el inicio de la guerra. Alan, a menudo víctima de acoso en la academia por ser “diferente”, se enamora de Christopher, la única persona capaz de mirar más allá de su trastorno obsesivo compulsivo y su comportamiento alejado de la norma, y ver a Alan de verdad: “A veces son las personas de las que no imaginas nada las que hacen las cosas que nadie podría imaginar”.

The Imitation Game póster españolTuring es retratado en The Imitation Game como un prodigio con indicios de síndrome de Asperger’s (una de las muchas licencias dramáticas para hacer más comercial el biopic), lo que ha provocado las inevitables (y justificadas) comparaciones con el Sherlock de Cumberbatch. No es de extrañar, el solicitado actor británico lleva a cabo una interpretación que pone énfasis en los tics del personaje, dibujando a Turing como un ser excéntrico a base de mohínes. A Cumberbatch le cuesta un poco hacerse con el personaje, rozando la sobreactuación y la caricatura sobre todo en la primera mitad de la película, para finalmente dominarlo y ofrecernos un muy emotivo desenlace junto a Keira Knightley (que cumple de sobra, precisamente porque ella sí rebaja su habitual histrionismo). En definitiva un trabajo dramático irregular que, a pesar de los laureles, no es ni de lejos el más destacado de un actor por otro lado de talento incontestable.

The Imitation Game es un biopic de manual, y esto salta a la vista en todo momento. Su director, Morten Tyldum, sigue al pie de la letra los dictados del género para acomodar la visión de la Weinstein Company en su empeño anual por tener presencia destacada los premios de la Academia. Estamos ante una de esas películas que hacen ruido en la carrera de los Oscars pero no poseen lo necesario para perdurar en el imaginario colectivo más allá de la ceremonia (¿Recordáis Una mente maravillosa?). El problema en parte es esa visión encorsetada y hollywoodiense del biopic, lo que provoca por ejemplo que la homosexualidad de Turing solo se aborde de soslayo (es cierto que nos da una historia de amor preciosa con la analogía entre Christopher y la máquina de Turing, pero siempre entre líneas) y evite explorar la carnalidad del personaje escudándose en su carácter y en la mentalidad del momento con respecto al tema. Pero este no es el principal problema de The Imitation Game -que al menos no sucumbe al drama almibarado y grandilocuente propio de este tipo de cine-, sino la monotonía que conlleva su naturaleza de película diseñada matemáticamente para los premios. The Imitation Game es un film inteligente y correcto pero demasiado frío y calculado, un trabajo “académico” bien presentado, pero al que le falta compromiso, pasión, y, sobre todo, alma.

Valoración: ★★★