Expediente X: Mulder y Scully y Miller y Einstein

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Expediente X se está empleando a fondo para aprovechar los (escasísimos) seis episodios de la miniserie y ofrecernos la experiencia X-Files más completa posible. Ya hemos tenido el obligatorio primer capítulo sobre la conspiración alienígena, un episodio autoparódico y un “Monster of the Week”. Ya solo faltaba un episodio malo. Y teniendo en cuenta que ya solo queda uno, nos tenía que tocar esta semana. Todas las temporadas de Expediente X tienen altibajos, capítulos mayores y menores, y alguno que sobresale por encima de los demás no precisamente por su calidad. En la décima temporada, esta función la desempeña “Babylon” (10.05), con diferencia el peor capítulo de lo que llevamos de miniserie.

La secuencia de apertura de “Babylon” muestra a dos jóvenes musulmanes perpetrando un ataque suicida en una galería de arte en Dallas. Uno de los dos sobrevive a la explosión, pero se mantiene a duras penas con vida, mutilado y en coma en el hospital. Mulder y Scully exploran las posibilidades para comunicarse con el terrorista, con la intención de hallar el origen de la bomba y prevenir ataques futuros. Mientras Scully investiga cómo sería posible ponerse en contacto con él usando la neurociencia, Mulder está convencido de que hay una manera alternativa de “conectar”, concretamente a través de una droga alucinógena que le proporcione una línea de comunicación con el terrorista en un plano místico al margen de la realidad. Mientras, dos jóvenes agentes del FBI, Miller (Robbie Amell) y Einstein (Lauren Ambrose) se unen a Mulder y Scully para trabajar en el caso.

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Lo que más llama la atención de “Babylon” es el desbarajuste tan grande que hay en el tono del capítulo. No sabemos muy bien cuál era la intención de Chris Carter, pero me da en la nariz que ni él mismo lo tenía claro. ¿Es una sátira exagerada en la línea de los capítulos de Darin Morgan o un drama de denuncia? ¿Se puede ser ambas cosas a la vez? Seguramente sí, pero hay que saber navegar ese espacio angosto que hay entre la comedia y el drama, y Carter simplemente no ha podido y se ha hundido. “Babylon” está repleto de diálogos muy pobremente escritos que hacen gala de una demagogia barata solo justificable si estuviéramos hablando de una redacción de primaria. Situaciones y frases maniqueas con las que Carter pretende retratar el racismo y la intolerancia de la sociedad ante los inmigrantes musulmanes. La intención es buena, la manera de hacerlo no podía ser más sensacionalista y simplona.

Pero lo que hace que “Babylon” sea un capítulo tan desafortunado es sobre todo la manera en la que mezcla el humor más estúpido con un asunto tan serio y de tanta relevancia en la actualidad. Si examinamos las escenas más locas del capítulo descontextualizándolas de la trama principal, no solo no hay problema, sino que destacan como grandes momentos en la línea de la Expediente X más absurda y autorreferencial. No vamos a negar que enfrentar a Mulder y Scully a sus versiones más jóvenes es una propuesta muy divertida (si bien algo desaprovechada), y desde luego muy propia de la serie. Tampoco vamos a menoscabar la suma importancia que tiene haber visto a Mulder bailando el “Achy Breaky Heart” de Billy Ray Cyrus con la camisa entreabierta y sombrero de cowboy durante su viaje lisérgico. Pero estos momentos, por muy simpáticos que resulten, no hacen sino mermar el mensaje del capítulo y frivolizar alrededor de un tema demasiado grave y delicado.

Actualmente, el nivel de la ficción televisiva, concretamente el de las series dramáticas, está muy alto. En su emisión original, Expediente X no lo tenía difícil para destacar como una serie inteligente y gratificante, pero las cosas han cambiado y aquí es donde Carter debe adaptarse más a los tiempos. Aceptamos que esto sea un viaje nostálgico para fans y no la medimos con el mismo rasero de antes (o de otros dramas de calidad actuales), pero una cosa es esto y otra muy distinta permitírselo todo por ser la serie que es. Lo que hace 15 años podía resultar provocador o estimulante ahora suena desvencijado y demasiado obvio, y Carter debería haber tenido esto en cuenta para apretarse las tuercas antes de escribir un guion tan amateur.

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Afortunadamente, como decía antes, hay suficientes momentos como para salvar el capítulo del completo desastre. Las interacciones de Mulder y Scully con Miller y Einstein son uno de sus aciertos (Ambrose está muy bien, Amell no hace demasiado, además de ser el encargado de decir el obligado “I want to believe” en este capítulo), y aunque descartamos el spin-off centrado en los dos nuevos agentes como buena idea (ya que no habría manera de que no fuera una parodia o una copia de la serie original y sus conflictos), nos encantaría ver de nuevo a estos personajes sacando de quicio a Dana y Fox, obligándoles a seguir autoanalizándose para nosotros (“Los menos buscados del FBI. Llevaba 23 años esperando para decir eso”). Por otro lado, nos alegra ver de nuevo a “Los pistoleros solitarios“, aunque su cameo visto y no visto sea algo decepcionante, o a Skinner (cuya presencia en esta temporada es más bien testimonial) y El Fumador (que protagoniza una de las imágenes más potentes de la visión de Mulder). También tranquiliza ver que Duchovny por fin parece reaccionar a una trama esta temporada. Había que ponerlo a bailar country para que despertase.

Por último, la escena final de “Babylon” nos deja con buen sabor de boca a pesar del patinazo del resto del episodio. Aunque nos lo den todo bien mascado, las reflexiones de Mulder y Scully (que nos ablandan el corazón cogidos de la mano y mirándose de aquella manera) vienen muy a cuento para continuar explorando los eternos dilemas de la serie (la ciencia contra la fe, también más cogidas de la mano que nunca en este capítulo; la belleza del lado misterioso e inexplicable de la vida; “¿Cómo reconciliamos el amor más fuerte con el odio más extremo?”) a la vez que seguimos desentramando la naturaleza de ambos personajes, algo en lo que el revival ha insistido hasta ahora. Una pena que para llegar a esas conclusiones hayamos tenido que asistir primero a un retrato tan estereotipado e ignorante de la inmigración y el terrorismo yihadista. No sabemos qué píldora se habrá tomado (o habrá dejado de tomarse) Carter, pero le ha llevado a realizar uno de los episodios más desequilibrados y fallidos de la serie. Teniendo en cuenta que este y “My Struggle” (otro guion que dejó bastante que desear) están escritos y dirigidos por él en solitario, cabe preguntarse si sería mejor que se limitase a producir y dejara a otros contar la historia.

Expediente X: Nunca fuiste “solo” una serie para nosotros

My Struggle 1

Mi relación con Expediente X es la misma que la de muchos otros miles de seguidores de la serie de Chris Carter. Siempre he estado seguro de ser el mayor fan y me pondré a la defensiva con cualquiera que crea lo mismo, pienso que sé más que nadie sobre ella (soy consciente del autoengaño, porque de hecho conozco a la persona que realmente sabe más de ella), que es mía. A veces una conversación sobre el pasado se convierte en una competición, en la que yo enumero mi colección de figuras de Sideshow Toys, insisto en que yo me compré las primeras temporadas en DVD cuando costaban ¡120€ cada una! o cuento que aun conservo como oro en paño los números de Teleindiscreta o Semanal TV con Mulder y Scully en portada (incluso aquella mítica Vale con los desnudos de David Duchovny en sus supuestas películas eróticas pre-X-Files).

En efecto, Expediente X definió en gran medida mis primeros años de formación como cinéfilo y seriéfilo, y también como persona. Cuando empezó a emitirse en España, se puede decir que yo aun era un niño. Como muchos de vosotros. La apasionante historia de Mulder y Scully, sus conspiraciones alienígenas, sus monstruos de la semana, la dialéctica crédulo-escéptica, y esa inigualable tensión sexual no resuelta me tenían completamente obsesionado. No había nada más estimulante que la conversación del día después en el patio del colegio (en la que siempre me hacía el mayor, a pesar de que muchas veces dejaba de ver el capítulo por miedo). Si hablamos de historia de la televisión, Expediente X definió junto a Twin Peaks una etapa crucial para el medio, caracterizada entre otras cosas por la “appointment television” (todo el mundo veía Expediente X), pero si hablamos a un nivel más personal, Expediente X me definió a mí: mis terrores nocturnos incorporaban imágenes de la legendaria cabecera de la serie (yo cerraba los ojos cuando aparecía la cara que se estiraba grotescamente), mi amor por la ciencia ficción aumentaba exponencialmente con cada episodio, la serie me hacía empezar a entender las posibilidades de Internet (en casa de mi mejor amiga, donde nos íbamos a merendar mientras esperábamos a que se cargase una foto de los agentes), mis gustos empezaban a ser más maduros y sofisticados (o eso creía yo) y, por último, pero no por ello menos importante, Expediente X potenciaba mi despertar sexual.

My Struggle 2

Me consta que, por mucho que quiera hacer de esta experiencia algo único e intransferible, lo mío con Expediente X es lo de mucha gente con Expediente X. Con el paso del tiempo, y como ha ocurrido con otras ficciones de los 90, Expediente X se asentó en la cultura popular como mucho más que una serie. Es parte de nosotros, y como tal, se ha negado a desvanecerse por completo. Por eso, el regreso de Mulder y Scully a la televisión después de 14 años (ignoremos la segunda película, aunque yo no creo que fuera tan mala para nada), ha sido recibido por (casi) todos nosotros como un regalo personal, entregado en mano por los propios Duchovny, Anderson y Carter. No pasaba año sin que rogáramos que los agentes especiales del FBI volvieran, porque había asuntos pendientes y sentíamos que su historia no había acabado. Expediente X no llegó a tiempo a su cita de 2012, pero al menos fijó una nueva para 2016, en plena eclosión del reboot y la nostalgia. La expectación era enorme, la campaña publicitaria omnipresente (que ni una de Marvel, vamos), y la espera insoportable. Entonces llegó el momento y el futuro se convirtió en pasado en un abrir y cerrar de ojos. Expediente X había vuelto. De verdad. Y la sensación al ver comenzar el primer episodio del revival era emocionante, exaltada, pero también extraña, agridulce. ¿Ha cambiado Expediente X? ¿Hemos cambiado nosotros? ¿Ha cambiado la televisión y es imposible reproducir lo que fue esta serie hace veinte años? A grandes rasgos, la respuesta a todas estas preguntas es “sí”.

My Struggle” (10.01) no ha sido recibido con el fervor que se esperaba. Crítica y gran parte del fandom lo han puesto de vuelta y media. Y con razón. Es cierto que la sensación de ver de nuevo el opening de la serie intacto, rodeados de nuestra vida y nuestros aparatos tecnológicos de 2016, es indescriptible, mágica, seguramente lo más parecido a viajar en el tiempo. Pero más allá de la cabecera, la cosa cambia. El primer episodio de la nueva Expediente X hace aguas por todos los lados, y no se debe solo a un problema de expectativas o de contacto con la realidad después de embriagarse de nostalgia, sino simplemente a un guion que deja mucho que desear. Quizá pensando en las nuevas generaciones de espectadores que se iban a enganchar porque era el acontecimiento seriéfilo del año, “My Struggle” intenta condensar nueve temporadas de historia en 45 minutos, e inevitablemente fracasa. Para enmendar el error de X-Files: Creer es la clave, el episodio empieza resumiendo (y respetando) la continuidad y la mitología de la serie, para después pulverizarla con una nueva premisa salida de la nada. La nueva teoría conspiranoica de Mulder pasa de puntillas por “lo de 2012” y reiventa la historia a modo de retcon, con la posibilidad de que el gobierno haya estado siempre detrás de las abducciones y las fecundaciones alienígenas. No fueron los extraterrestres los que embarazaron a Scully y a tantas otras mujeres, fueron los hombres trajeados del presidente. Interesante (?).

Founder's Mutation

Veamos, es una idea arriesgada que, a pesar de todo, puede funcionar, y además supone regresar de algún modo al arco central de la serie, a la vez que lo renueva para adaptar su potente imaginario a la era de la paranoia post-11S. Pero la manera en la que está presentada es torpe, forzada y apresurada, como la propia reapertura de los expedientes X. “My Struggle” está repleto de pobres diálogos sobre-explicativos que solo tienen la función de servir como recaps (exposición narrativa por un tubo), exceso de información (repetitiva y atropellada), una tendencia a mostrar demasiado (aunque vimos muchos alienígenas, monstruos y platillos volantes en la serie original, Expediente X se caracterizaba más por lo que ocultaba que por lo que enseñaba, y en “My Struggle” todo esto se lo pasa por el forro), aburridos nuevos personajes (sobre todo el de Joel McHale), incluso simplonas proclamas políticas (a Carter le debe haber encantado Mr. Robot). Y lo peor de todo es que para compensar sus carencias abusa del fan service (sí, soy consciente de la ironía del fan que, después de recibir lo que lleva años pidiendo, se queja porque es demasiado; la culpa es nuestra, por ser tan intensos con la serie). Expediente X siempre ha incluido a sus espectadores en el relato (alguna vez literalmente), y los guiños a las nueve temporadas anteriores eran obligados, pero seguro que había una manera menos tosca y evidente de hacerlos que repetir una y otra vez variaciones de las frases más famosas de la serie (“I want to believe” o “The truth is out there“) hasta que estas pierden su significado o devolvernos al Fumador (otra vez) de entre los muertos. Nos conformábamos con poco, el público fan es fácil, hasta que se le da por sentado y se cree que con un par de cucamonas basta.

Y luego están los actores. Bueno, en realidad no están ahí. Todavía no. Vale que el tiempo ha pasado por los agentes, que David Duchovny y Gillian Anderson nunca destacaron por realizar grandes aspavientos dramáticos (de vez en cuando estallaban, pero solían mantener la calma), y que sus personajes siempre tuvieron ese aire desapasionado e intelectual, pero en “My Struggle”, los actores simplemente no se han reencontrado con Mulder y Scully, no están en sus personajes, y se nota. Ambos deambulan por el episodio como carcasas vacías, apáticos, con miradas que antes lo decían todo y ahora parecen perdidas. Él pronunciando sus diálogos como si los estuviera leyendo en un teleprompter, y ella todavía metida en sus papeles de Hannibal The Fall, con una afectación somnolienta y hablando tan bajito y vocalizando tan poco que hay que subir el volumen de la tele (Bedelia du Maurier, ¡sal de Scully!). Un ejemplo perfecto de lo poco entregados que están sería la escena final en el porche, un momento que podría haber sido muy bonito (aquí al menos las alusiones a la tormentosa pero preciosa relación de los personajes/actores están mejor encajadas y son algo más emocionantes), pero que los actores desaprovechan con su interpretación desganada. Ojalá David y Gillian hubieran puesto el mismo afán en los episodios que en su tour promocional por las televisiones. Ahí sí parecen entusiasmados por volver a ser Mulder y Scully, y sobre todo por volver a estar juntos (pillines), no como en la serie, donde han perdido parte de la química que tienen fuera y han dejado de estar tan vivos como antes.

Founder's Mutation X Files

Afortunadamente, todo esto cambia en el segundo episodio “Founder’s Mutation“, un caso clásico y paradigmático de “Monster of the Week” con interesantes pinceladas de arco de personajes (concretamente sobre el hijo de Mulder y Scully, William). Esto ya sí es la Expediente X que conocíamos. El argumento episódico (confuso y retorcido, como los de antaño) evoca a las primeras temporadas de la serie, en las que no sabíamos muy bien qué estaba pasando pero nos daba igual porque nos encantaba, los guiños cómicos y meta son más acertados (“Soy pre-Google”, la significativa conversación sobre el monolito de 2001), y Duchovny y Anderson están algo más metidos en sus personajes (aunque siguen medio adormecidos, sobre todo Anderson, hierática de más hasta para Scully). Pero atención, porque Fox (la cadena) está emitiendo los capítulos de caso de la semana desordenados (las malas costumbres nunca mueren), y “Founder’s Mutation” es en realidad el quinto episodio en orden de producción. Es decir, el penúltimo de la temporada. Esto quiere decir dos cosas: que después de todo Expediente X sigue siendo Expediente X y podemos ver estos episodios desordenados (aunque ver a Mulder con traje de repente y a los dos en full mode “agentes del FBI” dé la sensación de que nos hemos saltado algo), y que quizá sea recomendable no esperar demasiado de Duchovny y Anderson, porque simplemente no hay tiempo. Crucemos los dedos para que se hayan quedado con buen sabor de boca a pesar de todo, y las desorbitadas cifras de audiencia de los nuevos episodios les animen a hacer más, y hacerlo mejor, en cuanto se queden libres.

Porque sí, a pesar de las quejas, quiero (queremos) más. Sabéis perfectamente que podríamos seguir a Mulder y Scully hasta el geriátrico y más allá. Forman parte de nuestras vidas, y nos negamos a renunciar a ellos, aunque el sentido común nos diga que es mejor dejarlos donde estaban y no remover el pasado (nostalgia mala). Pero es que Expediente X “nunca fue solo” una serie para nosotros, nunca fue un “solo” nada. Nuestra relación con ella es más especial de lo normal. Y al final el mero hecho de volver a este universo y reencontrarnos con estos personajes compensa todo lo demás. Quiero pensar que todo volverá a su sitio y habrá merecido la pena molestar a Mulder y Scully en su apacible retiro. Quiero que esta entrada me haya servido para desquitarme, para ajustar mis expectativas y a partir de ahora hacer la vista gorda a los errores y centrarme únicamente en lo que hace de Expediente X una serie tan importante para mí, para poder así volver a disfrutarla de verdad (aunque sé que no depende solo de mí). En definitiva, quiero creer. (¿Ves, Carter? Yo también sé hacer guiños facilones).