Crítica: Malas madres

BAD MOMS

Yo no lo sé por experiencia propia, pero me lo puedo imaginar porque soy hijo y ya tengo mis años: ser madre es difícil. Y si encima tienes que ser la madre que los demás esperan, la que las revistas te dicen que debes ser, la que otras madres opinan que es el ideal de madre, la tarea se vuelve aun más frustrante e imposible (corregidme si me equivoco, solo soy un hombre). Esa es a grandes rasgos la ideal principal en la que se basa Malas madres (Bad Moms), alocada y empoderada comedia que cuenta la historia de Amy (Mila Kunis), una de esas madres modernas que parece que lo tienen todo, pero en realidad se están ahogando tratando de seguir las reglas de la maternidad del siglo XXI.

Amy es la prototípica madre americana perfecta, cumple una agenda apretada que incluye un trabajo donde no la valoran, unos hijos hasta arriba de actividades extra-escolares que dependen demasiado de ella y un marido que es más bien otro de sus churumbeles (y probablemente el más pequeño), es decir, cuida de todos menos de sí misma. Y lo hace sin dejar de estar guapa (porque a ver, es Mila Kunis, una de las mujeres más bellas del cine actual), y además sin perder la sonrisa o las buenas formas. Amy es eficiente, comprensiva, diplomática, paciente. Hasta que llega al límite, y lógicamente, estalla. Cuando el mundo a su alrededor se va a la mierda y las cosas salen mal a pesar de estar haciéndolo todo como supuestamente debe, solo queda una opción: tirar la toalla y comportarse como una “mala madre”, a ver cómo se las arreglan los demás sin ella. Para ello arrastra a otras dos madres, la sumisa Kiki (Kristen Bell) y la salvaje Carla (Kathryn Hahn) en una vorágine de alcohol, fiestas, desenfreno, y sobre todo, libertad. Libertad para hacer lo que les plazca sin remordimientos ni culpabilidad, sin importarles lo que los demás piensen de ellas. En especial la presidenta de la asociación de padres y madres de alumnos, la Regina George de esta película, Gwendolyn (Christina Applegate), que se convertirá en su archinémesis y hará lo posible por destruirlas.

Si el argumento de Malas madres os suena demasiado formulaico y predecible, es porque lo es. No en vano, el film está dirigido por Jon Lucas y Scott Moore, guionistas de una de las comedias Rated-R más exitosas e influyentes de los últimos años, Resacón en Las Vegas. Últimamente, parece que todas las comedias para adultos tienen que seguir el patrón de aquella cinta, y Malas madres no es la excepción. Solo que en esta ocasión (y como ya hemos visto afortunadamente en varias películas en los últimos años), el reparto está formado por mujeres, haciendo lo que tradicional e injustamente estaba reservado para ellos. Malas madres es una auténtica carta de amor (más bien verde y llena de sal gruesa) a las madres (concretamente a las malas, que son todas siempre a ojos de alguien) y una nueva reivindicación feminista del derecho de la mujer a ser tan cafre en el cine como el hombre. Podría haber salido mal, pero Lucas y Moore han hecho un buen trabajo con un guion que no solo saca partido de la idea para hacer reír, sino que hila sorprendentemente bien una serie de mensajes y lecciones morales “para todos los públicos”.

BAD MOMS

Malas madres no supone ninguna revolución (bebe mucho de Chicas malas y Bridesmaids), su argumento avanza de la manera más predecible, siguiendo los dictados del género, discurriendo por sus lugares más comunes. Pero aun así funciona. Y lo hace principalmente por dos cosas: los gags son infalibles y el reparto es muy sólido. Kunis es una leading woman espléndida, cálida, cercana y creíble a pesar de sus ojos de otro mundo, Bell sigue demostrando que es uno de los mayores talentos de su generación (y eso que su personaje tampoco le da para lucirse demasiado), Hahn es la puta bomba, la verdadera estrella de la película, y Applegate no podría clavar mejor a la mean girl amargada (Jada Pinkett Smith y Annie Mumolo también cumplen). Puede que las locuras en las que se ven envueltas estas mujeres resulten demasiado cliché, pero las carcajadas están aseguradas gracias a la precisión cómica y el encanto con el que sus actrices las acometen. El film no destacará por su originalidad o profundidad, no, pero los momentos descacharrantes son incontables y sus diálogos y one-liners tienen potencial para convertirse en memes y gifs que dentro de unos meses utilizaremos a diario para reaccionar o dar un corte a más de un despistado o machista en Internet (quiero enmarcar el discurso que Amy da a su hijo para explicar lo que significa la palabra “entitled”).

A pesar de ser una comedia simple, orgullosamente tonta, y muy similar a otras, Malas madres también sabe ser amable y emotiva cuando toca (tiene mérito haber tejido bien esos momentos en una comedia tan excesiva como esta). Yo pienso recomendársela a un par de madres que conozco (y que quiero), porque está hecha sobre todo para ellas (atención a los preciosos créditos finales), como reverencia y mea culpa por lo mucho que tienen que aguantar (algunos la acusarán de “feminazi”, a esos idiotas ni caso). Estoy seguro de que mis madres favoritas se divertirán viéndose reflejadas en ella, y puede que hasta se convierta en una de sus películas de cabecera. ¿Que está hecha para capitalizar el feminismo en taquilla? Sí, ¿y qué? Yay feminism!

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El destino de Júpiter (Jupiter Ascending)

Jupiter Ascending

A Andy y Lana Wachowski ya les da exactamente igual todo, y la prueba definitiva es esa hipnótica y fascinante debacle que es El destino de Júpiter (Jupiter Ascending). Haciendo balance de su carrera, no cabe duda de que con Matrix (1999) tocaron techo. Tras aquella lección de ciencia ficción y cine palomitero de calidad, bien podrían haberse retirado (muchos desearían que así hubiera sido), pero insistieron en quedarse, no porque tuvieran muchas historias que contar, sino porque sus cabezas acabarían estallando sin un lugar donde plasmar los universos que las abarrotan. Y es que como atestigua su filmografía posterior (las decepcionantes secuelas de Matrix, la insípida Speed Racer o la desbordante El atlas de las nubes), lo que a Andy y Lana les interesa hoy por hoy es edificar mundos de fantasía y diseñar las reglas que los ponen en funcionamiento y los derrumban (la lógica es lo de menos). Ellos ya no son narradores, son arquitectos, alquimistas, amos del calabozo. Y El destino de Júpiter no es más que el siguiente paso natural en su carrera, una epopeya espacial a medio camino entre Dune y El quinto elemento con la que “The Wachowski Brothers” nos piden hacer la vista gorda a lo risible de su argumento para poder disfrutar del festín visual y el fastuoso espectáculo que nos han preparado, en todo su esplendor camp.

Es la única manera de apreciar una película en la que una joven llamada Júpiter Jones (Mila Kunis), que trabaja limpiando retretes de gente adinerada (seguramente limpie más cosas, pero los Wachowski se empeñan en poner a Kunis de rodillas a frotar inodoros como si no hubiera mañana), resulta ser la reencarnación genética de la fallecida emperatriz del planeta Abraxas, donde sus herederos al trono luchan por el control de la Tierra, que ha sido utilizada desde la era de los dinosaurios como “granja” para producir un suero de juventud eterna para los alienígenas (un momento que retome la respiración), y cuyo destino depende de Júpiter, que con la ayuda de Caine Wise (Channing Tatum) -un guerrero humanoide medio albino con “más en común con un perro que con un humano” y adorables orejas de elfo que vuela y hace parkour con botas-cohete y se pasa la mitad de la película sin camiseta porque sí gracias-, viaja a través del espacio para detener al heredero Balem (estrepitoso Eddie Redmayne pidiendo el Razzie para hacer compañía a su Oscar), una melodramática diva carraspeante con mommy issues, y así salvar a la Tierra (aspiro y acabo con el oxígeno de la habitación). Eso es, muy a grandes rasgos, la trama de El destino de Júpiter, y me he dejado cosas tan importantes como la milicia de lagartos, los extraterrestres con caras de animales de peluche (salidos de Lilo & Stitch), las abejas dotadas biológicamente para detectar la realeza (!!!) y Sean Bean viviendo para contarlo, si es que es capaz.

JUPITER ASCENDING

Vamos, que El destino de Júpiter es demasiado fuerte para ser real; una space opera romántica con aires de cuento de hadas en la que la coherencia interna (y de cualquier tipo) brilla por su ausencia y todo giro y acontecimiento responde a una máxima: ¿¡Y por qué no!? Si Mila Kunis no se pregunta en ningún momento qué cojones está ocurriendo a su alrededor y se zambulle en la locura asimilando sin rechistar la información con la que la bombardean los personajes que se va encontrando (porque la embelesan con los vestidos más bonitos del universo, literalmente), ¿quiénes somos nosotros para hacer lo contrario? Sobre todo cuando se nos arrastra hacia una rocambolesca vorágine de acción diseñada para desorientarnos (prueba superada especialmente con las adrenalínicas secuencias de vuelo) y distraernos así de los escandalosos agujeros narrativos y la confusa mitología que no deja de (sobre)explicarse en ningún momento. Es una pena que las locas estas no sean capaces de (o no quieran) aprovechar las buenas ideas y conceptos que amasan (“el tiempo es el recurso más valioso del universo”) para contar una historia con un discurso más satisfactorio, pero es que los Wachowski nos lanzan tantas cosas brillantes y bonitas a la cara (¡esa arquitectura, ese vestuario con más de 1.3 millones de cristales Swarovski, esos colores, las pecas de Channing Tatum!) que lo demás nos acaba dando exactamente igual, como a ellos.

Jupiter Jones

Para gozo del niño o la niña de 13 años que llevamos dentro, El destino de Júpiter es en esencia una de esas fantasías épicas de los 80, un cuento exquisita y ridículamente kitsch protagonizado por una princesa en peligro (además de limpiando váteres, Kunis se pasa la película cayendo al vacío) y su aguerrido caballero, diamante en bruto de procedencia humilde y gran corazón, como Westley, o Aladdin (porque Júpiter también tiene algo de clásico noventero de Disney), donde no importa tanto lo que se cuenta, sino lo que se muestra. Una película que, como decíamos al principio, se esfuerza en crear un universo nuevo desde cero, pero lo hace abasteciéndose de mundos ya inventados por otros. Además de la mencionada Dune (evidente fuente de inspiración), El destino de Júpiter aglomera referentes y estilos para dar y regalar: un poco de cyberpunk, una pizca de tecno-anime, un toque de LegendLa princesa prometida (y no me digáis que ese “Your Majesty” no es el “As You Wish” de esta película), Blade Runner, Star Wars, y por supuesto, Brazil y el imaginario de Terry Gilliam (cuyo oportuno cameo en el film ya amortiza la entrada).

Lógicamente, el resultado es un batiburrillo caótico y sobrecargado, pero también una película viva y en constante movimiento, una que ha venido a divertirse y se divierte, como demuestra su tendencia a abandonarse sin vergüenza al humor bizarro (el flirteo zoofílico entre Kunis y Tatum es de ver para creer). Por eso, por todo lo citado anteriormente, y especialmente por Balem Abraxas (uno simplemente no supera a Balem Abraxas), El destino de Júpiter tiene todas las papeletas para convertirse con el tiempo en una de nuestras películas de culto favoritas, un estrepitoso fracaso comercial que el universo acabará poniendo en su sitio, junto a la realeza camp del cine. Y si no me creéis, preguntad a las abejas, porque no lo olvidéis nunca: Bees don’t lie.

Valoración: ★★★½

Crítica: Oz, un mundo de fantasía

A mediados de los 80, Disney ya se sumergió en los mundos de L. Frank Baum con una demencial secuela del clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) titulada Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, Walter Burch, 1985). Ahora se atreve con la historia de cómo Oscar Diggs llegó a la Ciudad Esmeralda para convertirse en el magnánimo y todopoderoso regente de Oz. Titulada casi idénticamente a la secuela protagonizada por Fairuza Falk -por cierto, Willy Wonka and the Chocolate Factory también se llamó Un mundo de fantasía en Latinoamérica y España-, Oz, un mundo de fantasía es la colorista y ultradigital visión de Oz que nos proponen Sam Raimi (Evil Dead) y Joe Roth (productor de la Alicia de Burton).

A los aficionados al cine de Raimi les alegrará comprobar que el realizador consigue que su sello personal se haga un pequeño hueco en la película. En Oz, un mundo de fantasía hay alguna que otra concesión al estilo que Raimi ha cultivado en sus películas de terror: la tensión expresada a base de zooms y ángulos propios de la serie B, la presencia (muy breve y camuflada) de su muso Bruce Campbell, y una clara voluntad por potenciar el aspecto terrorífico y grotesco de la historia, particularmente en su recta final. Pero no nos engañemos, el auteurismo que nos empeñamos en encontrar en Oz no es lo más destacable de la película, y por supuesto, no redime el fracaso artístico que acaba siendo. La identidad de Raimi se disuelve por completo en esta orgía de cromas y secuencias manufacturadas exclusivamente para el 3D que debería estar en Disneyland, y no en una sala de cine. Claro que lo peor de esta Oz no es su cualidad de atracción de parque temático, sino la absoluta desgana con la que se ha acometido la historia, y el triste desaprovechamiento de unos personajes que podrían haber dado mucho de sí.

La culpa también es de un reparto del que solo se salva -afortunadamente- el protagonista. James Franco es un verdadero acierto de casting. Su amplia sonrisa de bribón y sus ademanes chulescos pero infantiles lo convierten en el Oscar Diggs perfecto. Franco resulta creíble como el paso evolutivo inmediatamente anterior al Oz que todos conocemos. Pero su encanto no es suficiente para aguantar todo el peso de una película tan desbordantemente inconsistente. El relato también nos muestra los orígenes de tres de las brujas de Oz. Pero Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams parecen competir encarnizadamente por el título de ‘peor interpretación de la película’. Sinceramente, me resulta imposible decantarme por una. ¿Una Kunis irritante dejando en evidencia sus desoladoras carencias como intérprete de drama, una Williams que se desplaza torpe y desganada frente la pantalla verde y que no se deshace de la misma mueca en toda la película o una Weisz que parece estar imitando a la Charlize Theron de Blancanieves y el cazador? Se mire por donde se mire, un auténtico desastre.

Oz, un mundo de fantasía es básicamente la misma película que Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, con todo lo que ello conlleva. Ambas parecen pertenecer al mismo universo de trágicos cromas y desprenden ese acomodadizo sentido del espectáculo basado en la seguridad que proporciona el digital. Se salvan los personajes secundarios, impresionantemente animados, del mono volador y la niña de porcelana con daddy issues -el único gran personaje de la película, malgastado como todos. Sin embargo, la historia hace aguas en todo lo demás. El guion parece un primer borrador, con unos diálogos que transmiten la sensación de haberse conformado con lo primero que ha venido a la mente -porque lo importante es el despliegue visual y el plus por las gafas 3D- y una ineptitud alarmante a la hora de sorprender o transmitir cualquier tipo de emoción. No son suficiente reclamo los incesantes paralelismos con la película de 1939, es necesario construir un relato con entidad propia, y Oz, un mundo de fantasía no lo hace. Escudándose constantemente en dos leit motifs -“con fe todo es posible” y “más vale ingenio que magia”– la película de Raimi elabora un mensaje que pone en duda continuamente los meros cimientos de su discurso. Oz, un mundo de fantasía celebra en última instancia el trampantojo, la ilusión, el encanto de la artesanía manual y la técnica, pero lo hace después de habernos llevado en un agotador y mareante viaje a través de un mundo en el que nada es verdad. Puede que la película nos esté pidiendo -o exigiendo- que asumamos que esta es la nueva magia del cine de Hollywood, e incluso sugiriendo que si Meliés existiera en nuestro presente, sería un mago de lo digital. Pero a mí me cuesta enormemente tener fe en este futuro del cine.

That ’70s Show: sexo, drogas y rock & roll

Oh, aquellos maravillosos 90. Una de las épocas de mayor esplendor de la comedia de situación, con series como Fraiser, Seinfeld, Friends o Will & Grace llevándose de calle a una audiencia aun ajena a la revolución que se estaba gestando en el drama televisivo. En los 90 todo era color y risas enlatadas, decorados teatrales y estrellas invitadas que despertaban ovaciones al entrar por la puerta. El espíritu de las décadas inmediatamente anteriores se mantenía vivo en estas series, que comenzaban ya su proceso de sofisticación. Sin embargo, en 1998 nació en Fox una sitcom que hacía de la regresión total y la nostalgia su mayor baza. That ’70s Show (o como se tituló en España, Aquellos maravillosos 70) era una serie de los 70 que no podría haberse hecho en aquella década, un producto ingenuo en su planteamiento y presentación, y sin embargo, muy adelantado y revolucionario para la última década del siglo XX.

Creada por Marcy Carsey y Tom Werner (Roseanne, El show de Bill Cosby, Cybill), junto a Mark Brazill (3rd Rock from the Sun), That ’70s Show cuenta la historia de un grupo de adolescentes que ven el tiempo pasar en Point Place, un pequeño pueblo de Wisconsin. Recreando con fidelidad la estética setentera de series como Happy Days o La tribu de los Brady, That ’70s Show se ambienta en una etapa caracterizada por la experimentación, la vida contemplativa y la revolución sexual post-Woodstock. Eric Forman (Topher Grace) y sus amigos se reúnen en el sótano de su casa para fumar maría, beber cerveza a escondidas, hablar de sexo (o practicarlo) y gastarse pesadas bromas –burn! que dirían ellos. Al inicio de la serie, los seis protagonistas están en el instituto, a pesar de que los vemos en clase tan solo una vez en toda la andadura de la serie. Resulta especialmente llamativo (y refrescante) que una serie de Fox orientada al público familiar y juvenil mostrara en todos sus episodios a un puñado de adolescentes menores de 18 años bebiendo y consumiendo drogas. Claro que estamos hablando de una época de libertad pre-pezóngate, en la que los productores se salían con la suya gracias a unas cadenas más permisivas y relajadas.

Las hormonas en constante estado de efervescencia de los protagonistas conducían una historia de enredos amorosos y sexuales en las que al principio poco importaban los sentimientos. Solo Eric y Donna (Laura Prepon) se ajustaban a los cánones de pareja romántica. En estos dos vecinos y amigos de la infancia, un tirillas nerd y una despampanante pelirroja que se dan cuenta de que siempre han sido y serán el uno para el otro, recaía el peso sentimental de la serie. Grace y Prepon rebosaban química, en una relación en la que el sexo era muy importante, pero la amistad era lo que la hacía inquebrantable. El resto de personajes se dedicaban a emparejarse unos con otros, a robarse las novias, a ponerse los cuernos, sin reparos ni remordimientos. Un puterío total, vamos. De hecho, Jackie (Mila Kunis) pasó por los brazos de todos los personajes masculinos (menos Eric) a lo largo de las ocho temporadas que duró la serie. A medida que los personajes estrechaban sus lazos amistosos, estos encuentros sexuales adquirían mayor trascendencia y repercusión en sus vidas. Se empezaba a hablar de amor, a la vez que los seis protagonistas comenzaban a buscar su lugar en el mundo.

Y esa es la dirección que toma That ’70s Show a partir de que los personajes abandonan el instituto (al que nunca asistían, insisto). El éxito de audiencia de la serie garantizaba un alto número de temporadas, así que había que hacer frente, inevitablemente, al clásico conflicto de transición entre instituto y universidad. La solución: si ningún personaje estaba especialmente interesado en estudiar, ¿para qué mandarlos a la universidad? Una vez en el mundo real, los protagonistas comienzan a buscar trabajos, lo que multiplicaba las tramas individuales fuera del sótano de Eric. Aunque por supuesto, todos acaban de vuelta en él, perdidos, sin rumbo, sin saber hacia dónde se dirigen sus vidas. La séptima temporada incide especialmente en este asunto, con Eric tomándose un año sabático para encontrar su vocación. Acaba marchándose a África, dejando tirada a Donna, que previamente había renunciado a su futuro por quedarse con él en Point Place. Gran parte de la esencia de la serie, la preciosa relación entre Donna y Eric, se desvanecía tras la marcha de Topher Grace. “Siempre has estado a veinte pasos de mí. ¿Qué voy a hacer sin ti?”

Después de Grace, Ashton Kutcher también desertó, lo que dejó al reparto dramáticamente mermado -y supuestamente reforzado por un personaje de cuyo nombre no quiero acordarme- para una octava temporada que nunca debió existir. That ’70s Show agonizaba horrorosamente después de siete años de éxito. La redimían pequeños instantes de lucidez en los que los personajes se desnudaban emocionalmente, especialmente los proporcionados por la madre de Eric, Kitty (Debra Jo Rupp, injustamente ignorada en los premios durante ocho años). Ella se encarga de mantener el buque a flote, ejerciendo como madre del grupo, a pesar de que sus dos hijos ya no están en la serie. Y es en cierto modo gracias a la pequeña gran Kitty por lo que That ’70s Show despide a su audiencia con lágrimas en los ojos. “That ’70s Finale” proporciona el cierre perfecto a la serie después de ni más ni menos que 200 capítulos. Además, el emotivo último capítulo nos devuelve a Grace y Kutcher para completar el ciclo, que es de lo que se trata.

That ’70s Show es una serie tremendamente repetitiva (en la tradición de la sitcom clásica). Se insisten los mismos gags visuales, chistes y one-liners a lo largo de sus ocho temporadas, con desigual resultado. Mientras inventos como “el 360º” -las escenas en las que los protagonistas se sientan en círculo a colocarse y la cámara sigue sus conversaciones alucinadas- se convierten desde el piloto en recursos indispensables, llega un momento en el que uno no sabe si será capaz de aguantar más “pies en el culo” de Red Forman, o si las ensoñaciones y fantasías de los personajes han “saltado el tiburón”. Y sin embargo en esa repetición reside gran parte de su encanto. El regreso a lo conocido es sin lugar a dudas uno de los factores que convirtieron la serie en un gran éxito de audiencia en Norteamérica (en España pasó más bien desapercibida), y a sus actores protagonistas en estrellas mediáticas (especialmente a Kunis y Kutcher). La identidad de That ’70s Show quedaba establecida por la übersexualidad de sus personajes (los pantalones ajustados hasta el estrangulamiento podrían ser la clave), los enredos picantes y el carácter alocado y casi esquizofrénico de Eric, Donna, Hyde, Kelso, Fez y Jackie –“I think there’s a little something wrong with all of us”, Hyde-. Sin embargo, lo que le ha garantizado un lugar privilegiado en el firmamento de las sitcoms es la indudable química de su reparto, un grupo de amigos que crecieron y aprendieron juntos durante sus ocho años de emisión, y que según ellos, nunca dejaron de quererse. Seis “niños” sin apenas experiencia que se convirtieron en actores al amparo de una madre amantísima y una audiencia que comprobaba semana tras semana que además de sexo, drogas y discos de vinilo, en los 70 había mucho amor.