[Reseña Blu-ray] Venom abraza su lado más cómico y romántico

Palabra de simbionte. 2018 fue un año muy loco en todos los sentidos, incluido el cinematográfico. Una de las mayores sorpresas de la cartelera fue Venom, la gran apuesta de Sony Pictures para empezar a construir su Universo Cinematográfico alrededor de los villanos y secundarios de los cómics de Spider-Man. Sin poder usar al propio Hombre Araña (Tom Holland) fuera de las películas del UCM, el estudio tenía una tarea complicada. Pero contra todo pronóstico, acabó con un exitazo entre manos y los cimientos bien asentados para desarrollar la saga de superhéroes interconectada que todo estudio desea.

Dirigida por Ruben Fleischer (que regresa este año con Bienvenidos a Zombieland), Venom cuenta con el aclamado Tom Hardy (Mad Max: Furia en la carretera) en el icónico papel del antihéroe de Marvel, uno de los personajes más populares de la Casa de las Ideas. El actor británico da vida a Eddie Brock, intrépido periodista de investigación que, después de perder su trabajo y a su novia (Michelle Williams), se convierte en el anfitrión del simbionte alienígena. Mientras Eddie trata de destapar la atroz verdad sobre el creador de la Fundación Vida, Carlton Drake (Riz Ahmed), cuyos experimentos han liberado a la peligrosa criatura, Venom se fusiona con su cuerpo, desatando impresionantes poderes, pero también un lado oscuro que deberá aprender a controlar.

Venom no parece una película de la nueva era de los superhéroes, sino una previa al Universo Cinematográfico de Marvel y el boom del cine basado en cómics (es decir, más noventera que de 2018). Pero esto no es necesariamente malo. Está claramente diseñada para derivar en franquicia y conectarse a un universo mayor, pero esto tampoco impide que se desarrolle como una historia contenida, sin exceso de guiños o personajes metidos con calzador para generar spin-offsVenom es mucho más simple que eso, y es de agradecer. No es más que una historia de orígenes clásica, y meter más elementos sería complicarlo demasiado desde muy pronto. La ausencia de Spider-Man, para muchos polémica, no supone inconveniente alguno, puesto que esta es la historia de Eddie Brock y su relación con Venom.

Y eso precisamente es lo mejor de la película. El tira y afloja entre Eddie y el simbionte aporta el conflicto moral que define la historia, pero también la principal fuente de humor, que estará considerablemente más presente de lo que la campaña promocional (mucho peor que la propia película) nos ha dado a entender. Hardy es conocido por dejarse la piel en sus personajes y Venom no es una excepción, pero aquí nos muestra una nueva faceta. El actor británico (haciendo gala de un cuestionable acento americano) se emplea a fondo y lo da todo, con un trabajo físico estupendo, pero también una interpretación excéntrica, descontrolada y por momentos muy excesiva que nunca deja de sorprender, incluso en sus momentos más ridículos. Hardy es la principal atracción de Venom y con él, la película se vuelve mucho más divertida de lo que imaginábamos.

Su trabajo suple con eficiencia los defectos de la cinta, que no son pocos. En primer lugar, un plantel de secundarios desaprovechados y poco interesantes, encabezado por un simplemente correcto Riz Ahmed y Michelle Williams en la que es su peor interpretación en años. La actriz nominada cuatro veces al Oscar está fatal y su química con Hardy es tan inexistente como sus ganas de estar ahí. Consigue destacar Jenny Slate, aunque su personaje es más bien pequeño y solo una herramienta narrativa para impulsar la acción.

Muchos han criticado su calificación PG-13, pero lo cierto es que esto no es verdaderamente un problema. A pesar de no ser para mayores de 18 años y no mostrar decapitaciones o fuentes de sangre, el film contiene bastante violencia, y aunque el “fuck” lo tiene prohibido, uno pierde la cuenta de las veces que dicen “shit”. Vamos, que no es Deadpool, pero tampoco es una versión infantilizada de Venom. Como tampoco es una película Rated-R mutilada. De hecho, su estructura es en su mayor parte íntegra y coherente, y aunque sí hay confusión tonal y brusquedad a la hora de saltar del thriller/terror a la comedia (tontorrona), al menos no adolece del síndrome de la tijera loca que sí sufrían Batman v Superman Escuadrón Suicida.

Venom tarda bastante en hacer acto de presencia, pero las pesquisas de Eddie Brock nos entretienen hasta que el simbionte se fusiona con su huésped y la acción empieza de verdad. A partir de ahí, el ritmo no baja en ningún momento. La dinámica Eddie-Venom, el entregado trabajo de Hardy y las escenas de acción convierten Venom en una película muy divertida. Solo flojea realmente durante el enfrentamiento final con Drake, donde la acción digital se vuelve más farragosa y no nos deja ver bien lo que está ocurriendo. Por lo demás, tanto el terrorífico diseño como los efectos digitales para dar vida al simbionte y las secuencias de acción física con Hardy cumplen holgadamente, pese a que visual y estéticamente sea más bien plana.

Venom nunca será considerada una gran película de superhéroes y es una de las principales responsables de abrir aun más la brecha entre crítica y público. Pero tampoco es el desastre que muchos esperaban. Es divertida, Hardy está glorioso, tiene más personalidad de lo que los trailers indicaban y momentos de humor muy memorables (aunque los más malvados digan que es una comedia involuntaria, hay mucha intención y autoconsciencia). En definitiva, Venom es una buena presentación que acaba haciendo justicia al emblemático personaje de Marvel y abre la puerta a una secuela que, puliendo los errores de esta, puede y debería ser mucho mejor.

EDICIONES DISPONIBLES

Venom ya está a la venta de la mano de Sony Pictures Home Entertainment España, que lanza siete ediciones físicas diferentes. Estas incluyen las ediciones sencillas en Blu-ray y DVD, combos Blu-ray 3D + Blu-ray y 4K UHD + Blu-ray, las ya tradicionales ediciones metálicas (una disponible en todos los puntos de venta y otra ecxlusiva de GAME), y finalmente, una edición coleccionista con todos los formatos y una impresionante estatua de resina limitada y numerada, que reproduce con todo lujo de detalles la lucha entre Venom y el simbionte Riot, y no se podrá conseguir en ningún otro sitio.

El éxito de Venom (que ha recaudado 855 millones de dólares en todo el mundo) ha derivado en incontables memes con los que algunos aspectos de la película se han viralizado. El más popular es sin duda el ¿imaginado? romance entre Eddie y el simbionte, tan extendido entre los fans que hasta Sony se ha apuntado a la broma con un trailer especial para celebrar el lanzamiento sacando el lado más romántico de Venom, y una aplicación (Venomlovefit.com) para dar besos de superhéroe (con lengua).

En cuanto a las ediciones, la que nosotros hemos adquirido es el steelbook exclusivo de GAME, que presenta un diseño alternativo de carátula con una ilustración de Venom sobre fondo rojo (puedes ver fotos del estuche aquí) e incluye un Bonus Blu-ray con el mini-documental exclusivo “Del simbionte a la pantalla”, que narra la historia completa de Venom, desde los cómics originales a su traslación a la gran pantalla. Este mini-documental también se encuentra en la edición steelbook normal. Los contenidos adicionales comunes a todas las ediciones en Blu-ray son los siguientes:

  • “Modo Venom”- Al seleccionar este modo, en la película irán saliendo pop-ups informativos con datos sobre la relación con los cómics, y referencias que hasta al más avezado se le pueden haber escapado.
  • “El protector letal en acción” – Tras las cámaras con el equipo de producción.
  • “La visión de Venom” – Cómo el director Ruben Fleischer llegó al proyecto, reclutó al equipo e hizo de Venom una realidad.
  • “Diseñando Venom” – El increíble viaje para diseñar y crear a Venom.
  • “Los secretos de la simbiosis” – Una colección de referencias ocultas.
  • Videoclip de Eminem y tráiler de Spider-Man: Un nuevo universo

Crítica: Venom

Todos los estudios quieren su propio universo cinematográfico, y Sony Pictures no iba a ser menos. Sobre todo cuando tiene los derechos de uno de los superhéroes más populares de la historia, Spider-Man, y de todos sus personajes satélite. El estreno de Spider-Man: Homecoming supuso el inicio de una nueva etapa en asociación con Marvel Studios, pero la nueva encarnación del Trepamuros en cines, interpretada por Tom Holland, por ahora va aparte. Cediendo Spider-Man a Marvel, lo que le queda a Sony es un catálogo selecto de secundarios, villanos y antagonistas del Hombre Araña con los que, al parecer, pretende crear una especie de reverso oscuro del MCU. Así nace Venom, la primera película de este Universo Arácnido a la que, si la taquilla responde, sucederá Morbius, el vampiro viviente.

Dirigida por Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland), Venom cuenta con el aclamado Tom Hardy (Mad Max: Furia en la carretera) en el icónico papel del antihéroe de Marvel, uno de los personajes más populares de la Casa de las Ideas. El actor británico da vida a Eddie Brock, intrépido periodista de investigación que, después de perder su trabajo y a su novia (Michelle Williams), se convierte en el anfitrión del simbionte alienígena. Mientras Eddie trata de destapar la atroz verdad sobre el creador de la Fundación Vida, Carlton Drake (Riz Ahmed), cuyos experimentos han liberado a la peligrosa criatura, Venom se fusiona con su cuerpo, desatando impresionantes poderes, pero también un lado oscuro que deberá aprender a controlar.

Venom no parece una película de la nueva era de los superhéroes, sino una previa al Universo Cinematográfico de Marvel y el boom del cine basado en cómics (es decir, más noventera que de 2018). Pero esto no es necesariamente malo. Está claramente diseñada para derivar en franquicia y conectarse a un universo mayor, pero esto no impide que se desarrolle como una historia contenida, sin exceso de guiños o personajes metidos con calzador para generar spin-offsVenom es mucho más simple que eso, y es de agradecer. No es más que una historia de orígenes clásica, y meter más elementos sería complicarlo demasiado desde muy pronto. La ausencia de Spider-Man, para muchos polémica, no supone inconveniente alguno, puesto que esta es la historia de Eddie Brock y su relación con Venom.

Y eso precisamente es lo mejor de la película. El tira y afloja entre Eddie y el simbionte aporta el conflicto moral que define la historia, pero también la principal fuente de humor, que estará considerablemente más presente de lo que la campaña promocional (mucho peor que la propia película) nos ha dado a entender. Hardy es conocido por dejarse la piel en sus personajes y Venom no es una excepción, pero aquí nos muestra una nueva faceta. El actor británico (haciendo gala de un cuestionable acento americano) se emplea a fondo y lo da todo, con un trabajo físico estupendo, pero también una interpretación excéntrica, descontrolada y por momentos muy excesiva que nunca deja de sorprender, incluso en sus momentos más ridículos. Hardy es la principal atracción de Venom y con él, la película se vuelve mucho más divertida de lo que imaginábamos.

Su trabajo suple con eficiencia los defectos de la cinta, que no son pocos. En primer lugar, un plantel de secundarios desaprovechados y poco interesantes, encabezado por un simplemente correcto Riz Ahmed y Michelle Williams en la que es su peor interpretación en años. La actriz nominada cuatro veces al Oscar está fatal y su química con Hardy es tan inexistente como sus ganas de estar ahí. Consigue destacar Jenny Slate, aunque su personaje es más bien pequeño y solo una herramienta narrativa para impulsar la acción.

Por otro lado, hay una clara confusión tonal. Muchos lo achacarán a su calificación PG-13, pero lo cierto es que el problema es su brusquedad a la hora de saltar del thriller/terror a la comedia (tontorrona) sin lograr definir un punto medio. A pesar de no ser para mayores de 18 años y no mostrar decapitaciones o fuentes de sangre, el film contiene bastante violencia, y aunque el “fuck” lo tiene prohibido, uno pierde la cuenta de las veces que dicen “shit”. Vamos, que no es Deadpool, pero tampoco es una versión infantilizada de Venom. Como tampoco es una película Rated-R mutilada. De hecho, su estructura es en su mayor parte íntegra y coherente, y no adolece del síndrome de la tijera loca que sí sufrían Batman v Superman Escuadrón Suicida.

Esto no quiere decir que no haya agujeros de guion. Los hay, aunque ninguno que hunda la película. Venom tarda bastante en hacer acto de presencia, pero las pesquisas de Eddie Brock nos entretienen hasta que el simbionte se fusiona con su huésped y la acción empieza de verdad. A partir de ahí, el ritmo no baja en ningún momento. La dinámica Eddie-Venom, el entregado trabajo de Hardy y las escenas de acción convierten Venom en una película muy divertida. Solo flojea realmente durante el enfrentamiento final con Drake, donde la acción digital se vuelve más farragosa y no nos deja ver bien lo que está ocurriendo. Por lo demás, tanto el terrorífico diseño como los efectos digitales para dar vida al simbionte y las secuencias de acción física con Hardy cumplen holgadamente, pese a que visualmente sea más bien plana.

Venom nunca será considerada una gran película de superhéroes, porque no lo es. Pero tampoco es el desastre que parecía. Es divertida,  tiene más personalidad de lo que los trailers indicaban y momentos de humor muy memorables (aunque los más malos digan que es una comedia involuntaria, hay mucha intención y autoconsciencia). En definitiva, Venom es una buena presentación que acaba haciendo justicia al emblemático personaje de Marvel y abre la puerta a una secuela que, puliendo los errores de esta, puede y debería ser mucho mejor.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El gran showman

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Michael Gracey afronta su primer reto como director con El gran showman (The Greatest Showman), extravagante y ambicioso musical co-escrito por Bill Condon (ChicagoDreamgirls) y protagonizado por Hugh Jackman, Zac Efron, Zendaya, Michelle Williams y Rebecca Ferguson. La película está basada en la leyenda de P.T. Barnum (Jackman), popular showman y empresario de la cultura popular estadounidense, cuya imaginación le llevó a conseguir la gloria y la riqueza a finales del siglo XIX, en los orígenes del entretenimiento de masas y las celebridades del mundo espectáculo.

A nivel narrativo, El gran showman no es gran cosa. De hecho, su guion flojea considerablemente, quizá precisamente por centrarse demasiado en Barnum en lugar de aprovechar mejor el plantel de “freaks” que tiene a su alrededor (sobre todo la mujer barbuda, la revelación Keala Settle), con el que se podría haber sacado más provecho de uno de sus mensajes centrales: “Todos somos especiales y nadie es como otra persona”. Sin embargo, las carencias del guion (que saltan a la vista sobre todo durante su recta final) se suplen sobradamente con un vibrante espectáculo digno de Broadway, lleno de canciones originales redondas (compuestas por Benj Pasek y Justin Paul, de La La Land) y una energía visual que recuerda por momentos a Moulin Rouge! (salvando las distancias).

el-gran-showman-posterEl gran showman es la prueba de que con la pirotecnia adecuada, el biopic de siempre se puede convertir en el mayor show del mundo. Y esta película tiene fuegos artificiales de sobra para encandilarnos y hacer que todo lo demás dé igual (que es precisamente el leit motif de Barnum). Además de los ya mencionados, su excelente reparto, por supuesto, encabezado por el polifacético Hugh Jackman, que brilla con fuerza en un papel hecho a su medida (su entregada interpretación es lo que más dota de corazón a la película), y Zac Efron, que por fin consigue recaer en un proyecto que le permite demostrar el talento que posee más allá de su físico. Una pena que los personajes femeninos no estén a la altura y solo existan para complementar a los masculinos: Zendaya en un papel muy pasivo, una Michelle Williams algo incómoda en su faceta musical (que ya exploró en Broadway hace unos años con Cabaret, aunque no se note mucho) limitándose a ser “la mujer de”, y Rebecca Ferguson desempeñando el rol de “la otra mujer”, herramienta para provocar un punto de inflexión en la historia de Barnum.

Aun con todo, es muy difícil no caer rendido ante las maravillas que ofrece la película, que luce con orgullo y convencimiento su artificio teatral y su carácter de crowdpleaser musical: el envolvente despliegue visual, su resplandeciente acabado artístico, y por encima de todo, las contagiosos temazos pop y las acrobáticas coreografías con las que cobran vida, ideadas y ejecutadas de forma impresionante. A pesar de sus defectos, El gran showman es una película irresistible, perfecta para disfrutar en compañía durante las vacaciones, un caramelo que satisfará a los fans de los musicales y que muchos veremos y escucharemos en bucle hasta aprendérnosla de memoria.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

rectify

La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

love

Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

atipico

En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Manchester frente al mar: Sobrevivir al dolor

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

manchester-frente-al-mar-blu-rayManchester frente al mar ya está a la venta en Blu-ray y DVD.

La edición en incluye los siguientes contenidos adicionales:

  • Escenas eliminadas.
  • Las emociones de la vida: Cómo se hizo Manchester frente al mar.

Audio: Castellano, francés, alemán, italiano y ruso DTS Digital Surround 5.1

Subtítulos: Inglés para sordos, castellano, árabe, holandés, francés, alemán, hindi, italiano, ruso y mandarín.

El siglo de las mujeres

20th-century-women

En su ya continuada labor rescatando títulos que no llegan a las salas comerciales para su distribución en el mercado del vídeo doméstico en nuestro país, Sony Pictures Home Entertainment sigue añadiendo interesantes propuestas independientes a su catálogo, como es el caso de Mujeres del siglo XX (20th Centurty Women) y Certain Women: Vidas de mujer, dos cintas con acento femenino a reivindicar.

Dos de los cineastas más reconocidos del panorama independiente actual, Mike Mills y Kelly Reichardt, nos traen sus últimos trabajos cinematográficos, películas que tuvieron una excelente acogida en los circuitos festivaleros y los certámenes de premios más importantes de la pasada temporada. De hecho, el caso de Mujeres del siglo XX es especialmente llamativo, puesto que estuvo nominada a un Oscar (mejor guion original) y dos Globos de Oro (mejor comedia, mejor actriz de comedia), pero ha tardado un año en ver la luz en nuestro país. Más vale tarde que nunca, porque es uno de los films más hermosos y cautivadores del año pasado.

"Tú lo has visto como persona ahí afuera, en el mundo. Yo nunca lo haré".

“Tú lo has visto como persona ahí afuera, en el mundo. Yo nunca lo haré”. Bening personifica prodigiosamente el anhelo prematuro y la melancolía de la madre que ve cómo su hijo se transforma en un adulto.

Mujeres del siglo XX nos traslada a California a finales de la década de los 70 para presentarnos a Dorothea Fields (Annette Bening), una mujer divorciada que cría a su hijo adolescente, Jamie (Lucas Jade Zumann), en un ambiente de amor, libertad y feminismo, con la ayuda de Abbie (Greta Gerwig), una fotógrafa que vive en su casa, William (Billy Crudup), un carpintero también inquilino de Dorothea, y Julie (Elle Fanning), la magnética mejor amiga del chico. La película narra el proceso de crecimiento de Jamie y la importancia de la influencia femenina en su educación y su manera de ver el mundo, pero la experiencia del chico es en realidad un pretexto para llevar a cabo el retrato de tres mujeres en etapas muy distintas de su vida, tres personajes femeninos fascinantes en el que es uno de los años más importantes de sus vidas.

Rebosante de encanto bohemio y un lirismo nostálgico embriagadorMujeres del siglo XX tiene el poder de transportar al espectador directamente a la época en la que transcurre, y contagiarlo así de su espíritu reivindicativo y liberador. La película destaca sobre todo por el buen hacer de su reparto coral: sus estupendos protagonistas adolescentes, ese torbellino de energía y carisma que es Greta Gerwig y sobre todo la siempre infalible Annette Bening, en el que es uno de los mejores papeles de su carrera (y también de los más infravalorados, porque a pesar de las nominaciones y premios que recibió, no se le prestó la suficiente atención). Mills (Thumbsucker) firma otro de esos pequeños grandes relatos norteamericanos sobre el paso del tiempo, la búsqueda de uno mismo, la familia y la conexión humana capaces de remover, incluso de cambiar algo por dentro a quien se tope con ellos.

Por otro lado, Kelly Reichardt (Wendy and Lucy, Night Moves) continúa cimentando su reputación de auteur laureada con su más reciente trabajo, Certain Womenuna historia de vidas cruzadas, basada en tres relatos cortos de Maile Meloy, sobre los avatares de cuatro mujeres enfrentándose al día a día de sus vidas en Montana. Un fresco íntimo, minimalista y costumbrista interpretado impecablemente por un elenco encabezado por cuatro grandes actrices: Laura Dern, Michelle Williams, Kristen Stewart y Lily Gladstone.

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Las cuatro mujeres de Certain Women son Laura (Dern), una abogada resignada al sexismo diario por parte de sus clientes y colegas de profesión que se ve envuelta en una peligrosa situación con rehenes; Gina (Williams), una esposa y madre cuyo empeño por construir el hogar de su vida le acaba enfrentando con su marido; Beth (Stewart), una joven licenciada en Derecho que conduce cuatro horas todas las semanas para dar clases en un pueblo remoto, donde se hace amiga de la cuidadora de caballos de un rancho cercano (Gladstone), nuestra cuarta mujer, quien desarrolla una fuerte atracción por la visitante.

Mientras Mills utiliza con mucho éxito el humor, la poesía visual, la música y la nostalgia para llevar a cabo su retrato femenino colectivo en Mujeres del siglo XX, Reichardt opta por una mirada más fría y distante en Certain Women, en la que sus mujeres brillan de forma natural opuestas al entorno árido y deprimente en el que les ha tocado vivir. Aunque Dern y Williams cumplan como de costumbre, son Stewart y, sobre todo, la desconocida Gladstone las auténticas revelaciones del film (si es que a estas alturas podemos seguir calificando con ese apelativo a Stewart, muy consagrada ya como musa del cine indie), protagonistas de una preciosa historia de enamoramiento contada en el contexto de la soledad más acuciante con la sutilidad y la aspereza que caracteriza a la cineasta.

Mujeres del siglo XXCertain Women son perfectos ejemplos de cine de mujeres y hecho por mujeres para todo el mundo, y ya están disponibles en formato DVD de forma exclusiva en los puntos de venta físicos y online de fnac.

Crítica: Manchester frente al mar

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Suite francesa

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Viajamos en el tiempo a un pequeño pueblo de Francia en 1940. La joven Lucile Angellier (Michelle Williams) espera que su marido regrese del frente. La muchacha vive con su autoritaria suegra (Kristin Scott Thomas), para la que trabaja ocupándose de gestionar la finca que tiene alquilada a una de las familias más pobres de la zona. La llegada al pueblo de un grupo de refugiados parisinos tras la ocupación de la capital trae consigo un regimiento del ejército que se encarga de sitiar el aparentemente apacible lugar, donde los soldados establecen sus residencias ocupando los hogares de los habitantes del pueblo. El oficial Bruno (Matthias Schoenaerts) recibe la orden de mudarse con Lucile y su suegra a la que es sin duda la casa más acaudalada de la zona, lo más parecido a una mansión en aquel humilde pueblo. Bruno es un soldado de buenos modales, galante y refinado, un buen hombre, distinto al resto de oficiales y soldados alemanes. Comparte con Lucile su afición a la música y trata a la joven con respeto y cariño, ganándose de esta manera su corazón, al que accede a través de la suite que está componiendo al piano. Lucile se enamora inevitablemente de él, y aunque Bruno le corresponde y ambos se lanzan a la aventura sin pensar en las consecuencias, viven en una realidad que hace que su amor sea imposible.

Suite Francesa es el nuevo largometraje de Saul Dibb, conocido sobre todo por otro drama de época, La duquesa (2008). Esta cinta histórica adapta la popular novela homónima de la escritora judío-francesa fallecida en Auschwitz Irène Némirovsky, manuscrito de 1942 que fue conservado por las hijas de la autora y publicado en 2004. Dibb compone una historia sobre los horrores de una guerra incipiente desde el punto de vista de la mujer que espera, del pueblo que continúa con sus quehaceres diarios mientras a su alrededor se gesta un conflicto que amenaza su seguridad. Suite Francesa está contada apoyándose en todo momento en el aspecto más humano del relato, por eso el film puede clasificarse sobre todo como drama romántico. La historia principal es el affaire que viven Lucile y Bruno, ellos son el núcleo de un relato que se ramifica para mostrarnos la vida en el pueblo, las diferencias de clase, los vaivenes ideológicos, las alianzas y los desacuerdos entre vecinos, y cómo el miedo condiciona sus relaciones y destapa secretos y traiciones entre sus habitantes.

cartel SUITE FRANCESADibb elabora un drama caracterizado por la fuerza contenida. Sus personajes no tienen la posibilidad de desatar sus pulsiones, ya que están constantemente vigilados por el enemigo. En cada escena de la película se puede respirar esa tensión atrapada, pero se hace especialmente patente en el personaje de Lucile. Michelle Willams lleva a cabo un trabajo interpretativo casi académico, deliberadamente comedido y basado en los matices, en lo que no se ve a simple vista, una de esas actuaciones que pueden pasar desapercibidas por evitar los aspavientos melodramáticos. Pero es que Suite Francesa no es un drama bélico al uso, sino una historia de amor furtivo que se diferencia dentro del género por su mesura y su prudencia. Y ahí es quizás donde está su mayor defecto, en la falta de riesgo y compromiso más allá del romance. Suite Francesa es un film estéticamente hermoso, goza de una ambientación y un trabajo de diseño de producción y vestuario exquisito, pero algo falla cuando una película sobre la ocupación nazi llega a resultar tan acogedora y reconfortante por momentos. Afortunadamente, el desenlace de la película nos recuerda que no estamos ante una novela de Nicholas Sparks (autor que coincide con la de Némirovsky en cartelera, no con una, sino dos adaptaciones) y dota de gravedad y dramatismo a la historia de Lucile y Bruno sin abandonar el temple narrativo que ha caracterizado a la película hasta ese momento.

Suite Francesa no puede equipararse a los dramas bélicos más celebrados del cine, pero tampoco es lo que busca. Su mayor baza reside en su impecable factura y sobre todo en el excelente trabajo de su reparto, con intensas interpretaciones por parte de los secundarios (destaca una soberbia Ruth Wilson, y que Scott Thomas está perfecta una vez más no hace falta decirlo), y una pareja protagonista cuya compenetración trasciende la pantalla. Williams lleva con gracilidad el peso del relato sobre sus delicados hombros y Schoenaerts se confirma como uno de los actores más potentes y magnéticos del cine actual.

Valoración: ★★★½

Crítica: Oz, un mundo de fantasía

A mediados de los 80, Disney ya se sumergió en los mundos de L. Frank Baum con una demencial secuela del clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) titulada Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, Walter Burch, 1985). Ahora se atreve con la historia de cómo Oscar Diggs llegó a la Ciudad Esmeralda para convertirse en el magnánimo y todopoderoso regente de Oz. Titulada casi idénticamente a la secuela protagonizada por Fairuza Falk -por cierto, Willy Wonka and the Chocolate Factory también se llamó Un mundo de fantasía en Latinoamérica y España-, Oz, un mundo de fantasía es la colorista y ultradigital visión de Oz que nos proponen Sam Raimi (Evil Dead) y Joe Roth (productor de la Alicia de Burton).

A los aficionados al cine de Raimi les alegrará comprobar que el realizador consigue que su sello personal se haga un pequeño hueco en la película. En Oz, un mundo de fantasía hay alguna que otra concesión al estilo que Raimi ha cultivado en sus películas de terror: la tensión expresada a base de zooms y ángulos propios de la serie B, la presencia (muy breve y camuflada) de su muso Bruce Campbell, y una clara voluntad por potenciar el aspecto terrorífico y grotesco de la historia, particularmente en su recta final. Pero no nos engañemos, el auteurismo que nos empeñamos en encontrar en Oz no es lo más destacable de la película, y por supuesto, no redime el fracaso artístico que acaba siendo. La identidad de Raimi se disuelve por completo en esta orgía de cromas y secuencias manufacturadas exclusivamente para el 3D que debería estar en Disneyland, y no en una sala de cine. Claro que lo peor de esta Oz no es su cualidad de atracción de parque temático, sino la absoluta desgana con la que se ha acometido la historia, y el triste desaprovechamiento de unos personajes que podrían haber dado mucho de sí.

La culpa también es de un reparto del que solo se salva -afortunadamente- el protagonista. James Franco es un verdadero acierto de casting. Su amplia sonrisa de bribón y sus ademanes chulescos pero infantiles lo convierten en el Oscar Diggs perfecto. Franco resulta creíble como el paso evolutivo inmediatamente anterior al Oz que todos conocemos. Pero su encanto no es suficiente para aguantar todo el peso de una película tan desbordantemente inconsistente. El relato también nos muestra los orígenes de tres de las brujas de Oz. Pero Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams parecen competir encarnizadamente por el título de ‘peor interpretación de la película’. Sinceramente, me resulta imposible decantarme por una. ¿Una Kunis irritante dejando en evidencia sus desoladoras carencias como intérprete de drama, una Williams que se desplaza torpe y desganada frente la pantalla verde y que no se deshace de la misma mueca en toda la película o una Weisz que parece estar imitando a la Charlize Theron de Blancanieves y el cazador? Se mire por donde se mire, un auténtico desastre.

Oz, un mundo de fantasía es básicamente la misma película que Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, con todo lo que ello conlleva. Ambas parecen pertenecer al mismo universo de trágicos cromas y desprenden ese acomodadizo sentido del espectáculo basado en la seguridad que proporciona el digital. Se salvan los personajes secundarios, impresionantemente animados, del mono volador y la niña de porcelana con daddy issues -el único gran personaje de la película, malgastado como todos. Sin embargo, la historia hace aguas en todo lo demás. El guion parece un primer borrador, con unos diálogos que transmiten la sensación de haberse conformado con lo primero que ha venido a la mente -porque lo importante es el despliegue visual y el plus por las gafas 3D- y una ineptitud alarmante a la hora de sorprender o transmitir cualquier tipo de emoción. No son suficiente reclamo los incesantes paralelismos con la película de 1939, es necesario construir un relato con entidad propia, y Oz, un mundo de fantasía no lo hace. Escudándose constantemente en dos leit motifs -“con fe todo es posible” y “más vale ingenio que magia”– la película de Raimi elabora un mensaje que pone en duda continuamente los meros cimientos de su discurso. Oz, un mundo de fantasía celebra en última instancia el trampantojo, la ilusión, el encanto de la artesanía manual y la técnica, pero lo hace después de habernos llevado en un agotador y mareante viaje a través de un mundo en el que nada es verdad. Puede que la película nos esté pidiendo -o exigiendo- que asumamos que esta es la nueva magia del cine de Hollywood, e incluso sugiriendo que si Meliés existiera en nuestro presente, sería un mago de lo digital. Pero a mí me cuesta enormemente tener fe en este futuro del cine.